viernes, 5 de noviembre de 2010

Cosas de puños

Pocos lo saben. Hace años, y durante seis meses, entrené para ser boxeador.

Al dueño del gimnasio al que yo iba lo visitó un antiguo amigo, un muchacho con la nariz rota y cara de pocos amigos. El dueño del gimnasio lo llamaba Carlos "cara de piedra" Martínez y era un tipo tan básico que tenía que acabar todas sus frases con un latigillo "¿no?" para sentirse seguro de que le estaban escuchando.

Desde aquél día todos los chicos del gimnasio empezamos a entrenar bajo las órdenes de cara de piedra. Es por eso que sé saltar a la comba y huyo de las peleas. El entrenamiento de un boxeador es más complejo de lo que parece. Los músculos del tronco y las piernas son casi más vitales que los de los brazos, la rapidez de movimientos mucho más apreciada que la fuerza bruta, la astucia mucho más valorada que la velocidad de manos.

De aquella época me quedé con un físico proporcionado, aún cuando engordo mantengo un tipo masculino y mi metabolismo es capaz de acelerarse para adelgazar a voluntad (aunque mi voluntad es libre... com el sol cuando me amanece yo soy libre, como el m...).

Lo dejé. En realidad lo fuimos dejando todos poco a poco. Cara de piedra nos fue poniendo motes y tras los motes descubrimos nuestras debilidades. El mío era "cara bonita" y me decía que todos mis contrincantes irían a por mi cara. "A los boxeadores no nos gustan los guapitos", me decía. Y creo que era cierto. Me extrañó, yo nunca me he considerado guapo, ni mis parejas tampoco.

Lo dejé el día en el que me pusieron a entrenar con uno de los nuevos y le dí demasiado fuerte, demasiado rápido... era felillo y algo dentro de mí me dijo que era una pelea entre los guapitos y los feos y que le iba a dar porque podía hacerlo (novato de pacotilla) y por todos los que teníamos que cubrirnos en exceso la cara.

No sangró. Me miró desde el suelo preguntándome por qué le había dado tan fuerte. Yo no supe qué decir, la sala se quedó en silencio y todos mirándome. Le dije que lo sentía. Cara de piedra sonreía y en seguida supe que sabía lo que había sucedido.

Le ayudé a levantarse y le pedí perdón. Dejé que me pegara un poco pero nunca en la cara.

No volví a entrenar.

4 comentarios:

Marnie J. dijo...

de pronto se pone a actualizar y una no da más de sí:
en cuanto a lo de la luna, me alegra que se haya desatado de ese balcón y haya salido en busca de otro mucho más agradecido co usted...
en cuanto al amor y la muerte, una cosa es una beso de amor y otra cosa los dos típicos besos de despedida...
y en cuanto a esto, como siempre le he dicho me encantan sus historias de ficción (no me lo creo, lo pilla ¿no? jijiji...)

La susodicha dijo...

... bueno, a veces es mejor frenar cuando se desmanda algo interno.
Poner al día las cuentas con el mundo, en las caras o vidas de otros...es un deporte muy extendido.
Es el estúpido juego de revanchismo... que hace de esto, que dicen humanidad, algo que da ganas de verlo petar...

Suso dijo...

Saltando llegué a tu blog y la verdad me encantó buena parte de tus escritos, quería comentarte algo, intentaré pasar para seguir descubriendo, un fuerte abrazo.

Daeddalus dijo...

Es curioso, mientras te leía sentía que estaba leyendo a otro, a otra persona, y no me ha gustado, y yo me entiendo... supongo que me has hecho recordar... Siempre he sentido cierta fascinación mal entendida por los boxeadores de vía estrecha.