jueves, 31 de diciembre de 2009

Los patos



Ayer ví a Alex. Sigue igual que hace más o menos un año. Cuando llegué vino a buscarme y miró si llevaba algo en las manos pero no encontró nada, porque no le había podido llevar nada. No me preguntó si le llevaba algo porque imagino que su madre le había dicho que no era para eso que habíamos quedado, eso sí, me dio un abrazo, dos besos. Es extraño cómo son los niños para la forma de pensar de los adultos. Los niños no esconden nada.

Ha cambiado y no ha cambiado. Pero sigue teniendo esa felicidad perenne en sus dos ojazos negros, sigue teniendo una sonrísa que enamora a cualquiera. Hace mucho tiempo que entre Esther y yo se rompió lo que hubo como una vajilla contra el suelo pero sigo admirando esa capacidad de crear felicidad entorno a Alex. Hace mucho tiempo que Esther y yo dejamos de querernos pero siempre querré a Alex porque es imposible no quererlo.

Dice mi madre que tengo que olvidarlo, que no es nada mío, que ni siquiera está bien que quiera verlo, aunque sea una vez cada dos años, y yo lo entiendo, sé que hay que dejar que el tiempo y la distancia germinen en olvido pero ¿qué puedo hacer si no confío en los adultos? ¿si cuando un niño te dice te quiero lo dice de verdad? Lo ví durante más o menos tres cuartos de hora. Escribió mi nombre y la fecha del día 29 de diciembre de 2oo9, escribió su nombre, escribió lo que le íbamos diciendo en servilletas de papel. Soy consciente de que viví los mejores momentos, cuando más gracioso estaba, que crecerá y se convertirá en un adulto pequeñito y que esta vez sí, acabará olvidando a Toni de Barcelona. Y yo debo creer que lo olvidaré también con el tiempo y otro niño.

Creo que ya lo dije hace mucho tiempo en este blog. Si de algo me arrepiento es de no haber sido padre. Y si algo me consuela es que por lo menos, esta crisis, esta bancarrota mía, no ha afectado a ningún hijo mío.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Gracias por el fuego


Me dice que casi me quiere. También me dice que las palabras se las lleva el viento y me deja en un no se qué que no me lleva a ningún otro lugar. Me quedo quieto, ahogándome en sus insondables ojos oceánicos. Me quedo ahí, oyendo a los gatos jugar a que la caja de la aspiradora es una casa y tratando de encontrar un hilo que hilvane de una vez por todas todos los sueños de los que está compuesta mi vida. Sí, mi vida está contruída como esas colchas hechas de decenas de pedazos de tejidos distintos. Mi vida, lo que soy, está hecha de de contrastes y deseos, de ilógica razón, de sueños que se perpetúan para que no los derrote la realidad.

Mi vida juega a ser eterna, un culebrón venezolano que seguirá mientras siga la audiencia sobre un índice predeterminado y que tiene vocación de final feliz a pesar de que nada indique eso mismo. Alguna vez se me termina el guión e invento otro personaje que le dé vida, un pasado truculento, un hijo secreto... No, definitivamente, mi vida no es un culebrón venezolano. Es otra cosa, otra cosa de deseos que no se cumplen, una carta a los reyes magos que espera al año siguiente con fe inquebrantable a pesar del fracaso del año anterior.

Y en medio estoy yo. Esta tarde, volviendo de Zaragoza me he preguntado qué quería ser de mayor y si había estado estudiando para ello. La respuesta a la segunda pregunta ha sido un "sí" flojito, un sí inseguro puesto que no tengo ni tendré el título. Soy ingeniero químico porque un título lo dice pero no tengo alma de ingeniero a pesar presentarme al mundo diciendo que lo soy. Si no sé lo que soy, sí debería saber qué quiero ser.

No sé si existen preguntas que responder ni si existen respuestas que buscan preguntas en las que encajar, pero hoy me ha vencido la certeza de que tanta incertidumbre no es un buen camino, que debo tomar una determinación ya mismo antes de que los acontecimientos la tomen por mí.

Hoy ha aparecido la pregunta del qué y la seguía la del para qué. Y sinceramente, creo que esta vez sí, esta vez, voy a buscar el cómo y el en cuánto tiempo. Teniendo en cuenta que no soy eterno, debo empezar a poner plazos, quiero dar un primer paso sabiendo dónde y cuándo voy a dar el último.

Gracias por las preguntas.




domingo, 27 de diciembre de 2009

Si fuera dios


Si fuera Dios no me dejaría llevar por las apariencias, trataría de dejarme llevar por lo que me pasa piel adentro, me decidiría a hacer algo, a ser lo que siempre he sido.

Si fuera Dios no perdería el tiempo en tareas administrativas, supongo que pondría en lugar del dedo, la gasa en la llaga, me detendría en las cosas que importan. Si fuese Dios quizá cambiaran las cosas.

A veces creo que espero a que suceda algo que me coloque en cierto lugar privilegiado. Pero eso nunca sucede. Siempre hay un primer día en el que todo ocurre y ese primer día cambian sólo un poquito las cosas (si es que cambian).

Hoy no tengo un buen día, simplemente he esperado. Simplemente me he quedado a la espera. Y el tiempo se me ha hecho inmenso. Puedo soportar muchas cosas, puedo aparentar ser fuerte pero a veces demasiadas cosas son realmente demasiadas.

No sé qué será de mí durante los próximos días, no me consuela que el mundo vaya a mejor; eso a mi banco se la repanfinfla, ni que en los últimos meses haya empezado de nuevo a subir mi facturación y mis expectativas de contruir nuevas depuradoras. Vivo en la cuerda floja, vivo demasiado cerca del abismo y llevo demasiado tiempo allí. ¿La solución? fácil. Dejarme llevar. ¿Mi solución? aguantar hasta que el alma me explote (tarde o temprano lo acabará haciendo).

No puedo evitar pensar que me quejo sin razón, que hay situaciones mucho más críticas que la mía. A veces me avergüenzo de la ansiedad, del no dormir, de no ser tan fuerte como para que nada me afecte.

Me voy a dormir, en este momento es lo mejor que puedo hacer.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cartografía de una duda


Esta mañana ha sido una de esas mañanas que incumplen todas las leyes de la termodinámica, y casi al unísono el tiempo ha decidido detenerse y a mí con él. El tiempo se ha convertido en un enemigo estos días. Cuanto más intento ponerlo en marcha, más pesado e imposible de mover se vuelve. No sabría decir el porqué de todo esto. Sólo sé que me quedan demasiadas cosas por hacer y poco tiempo, que vienen las fiestas y yo aprovecharé para trabajar en los recovecos que tiene este laberinto en donde se queda estancado el aire.

A veces le echo la culpa al frío y otras a la ADSL, pero acabo convencido que lo que me ocurre es como si el observador observara el mapa y en él a sí mismo. Y eso me tranquiliza porque sé dónde estoy y al mismo tiempo me deja en un estado de incertidumbre porque es como si no supiera hacia dónde ir.

Se me está haciendo difícil este fin de año, demasiadas complicaciones en el trabajo. Veo llegar las oportunidades y no sé si llegarán a tiempo. A veces vivo de la esperanza y otras en las calles de una angustia que no me deja dormir.

A veces escribo para olvidar y otras olvido escribir.



El tiempo huye hacia adelante


A veces uno se da cuenta de que el tiempo y la distancia no son el olvido sino una pared donde pegar recuerdos. A veces uno se da cuenta de que se vive de argumentos de películas antiguas de la que sólo quedan sus carteles.

El tiempo no tiene razones ni sentimientos. El tiempo sólo se tiene a sí mismo y para siempre.

Y esta noche te echo más de menos que nunca.




(me gusta esta letra, nunca he sabido el porqué)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Recuerdo nº 129



Dices que me recorre las venas un viento helado, que tengo los ojos de niebla, que son de lobo mis huellas, que la nieve es mi tierra. Dices que, a veces, puedes escuchar cuando estás junto a mí el silencio de la noche en el bosque y que eso, en lugar de darte miedo, te da calor y confianza; que eso, precisamente, es lo que más te une a mí.

Hace tiempo, cuando aún soñaba todas las noches que caminaba descalzo, tenía la extraña sensación de que vivía por inercia. Aquellos años fueron, sin yo saberlo entonces, una prueba, algo así como un camino iniciático, algo que, más tarde, me acabaría moldeando hasta llegar a esto que soy ahora. Si bien entonces odiaba aquella vida, hoy no podría concebirla sin aquellos días de zozobra. Creo que uno templa sus sentimientos en la soledad, en el mirar por la ventana los campos a través de la bruma, uno se hace fuerte a base de saberse débil, de sentir la escarcha por la mañana crujir al posarse sobre tu cuerpo.

También sé que con la fuerza del bosque no hay suficiente, que la verdadera fuerza sale de compartir la hoguera con otros como tú, saberse a salvo no es vivir a salvo sino saberse parte de una tribu de otros forjados por el mismo fuego, por las mismas inquietudes. Quizá fue esa la primera intención del blog, quizá fue la única razón por la que uno escribe: el saberse acompañado, escuchado, hasta querido.

Luego, por supuesto, todo acaba pareciendo otra cosa. A veces uno sueña con lo que nunca fue por mucho que pudo haber sido.

Hoy me he cruzado con mi profe de Matemáticas de C.O.U. Hemos hablado un buen rato. Me gusta ese hombre afable. Me gusta que un día me explicara que fue capitán de barco y lo dejara todo por Rosa, su mujer y se hiciese profesor para estar con ella. Fue él, con sus historias, el que me insufló la idea de estudiar ingeniería naval y poder así ver mundo, algo que no hice. Para entonces ya me habían arrebatado las letras. Siempre supe que yo lo que quería era que me contaran historias. Todo lo demás ha sido circunstancial en mi vida, ahora soy lo que queda en el fondo una vez se decanta un líquido durante años, tras la calma y el silencio.

Sin embargo, con cada sueño, con cada historia que me lleva, en cada frase distinta a las otras frases que leo, en todos y cada uno de los puntos y aparte en los que por fín respiro, está conmigo todos los hombres que he sido y todos los que probablemente seré. No puedo decir qué seré al fin ni si algún día cumpliré mi destino, sólo diré que desde hace varias noches tengo un sueño recurrente, un sueño en el que, por fin, puedo ser quien siempre he sido.

Y no me malinterpretéis, pero a veces, echo de menos aquellos días en los que todos los sueños tenían el denominador común de que en todos iba descalzo. Y no porque el pasado sea mejor sino porque sé pienso que no debe ser bueno llevar zapatos en los sueños, debe ser porque pienso que uno hasta protege sus pies mientras duerme, pensando que alguien debe haber hecho hostil el suelo, como si ni en sueños, uno pudiera estar del todo a salvo.

Y divago y divago. Como siempre, como antes. Perdido en esta tarde de casi invierno, demasiado oscura, amenazando nieve sin atreverse. Demasiados asuntos pendientes, demasiadas tareas que se me acumulan.

martes, 15 de diciembre de 2009

lunes, 14 de diciembre de 2009

Recetario muy abreviado para unas muy felices fiestas



Después de tirar por accidente (y por el desagüe) mi maravillosa receta de piña al cava y después de, entre lágrimas y un desatascador, deshacerme de los restos que obstruían el fregadero reflexioné largamente acerca de si no estuviera yo sobrevalorando mis dotes de chef.

Tan larga y meditabunda actividad dio como resultado un sopor indescriptible, que dio paso a una siesta-relámpago de seis horas y una posterior merienda a base de lo único que me quedaba en la nevera: un tomate, un limón seco y duro y un yogurt con la efigie de Pedro I de Rusia (el grande) de sabor turrón (aunque puede que en realidad fuese mostaza de Dijon).

En previsión de que se acercan las fiestas y que mi amada Terminator 2 se ha autoinvitado a mi casa para nochebuena con fines todavía no descifrados por mí, he decidido, en un alarde de elegancia, sentido de la dignidad y haciendo uso de las maneras tan exquisitas que en mí son naturales y que todos ustedes conocen, robar un pavo esa misma noche (ya cocinado) y a ser posible extraído ya del horno (aunque ahora que lo pienso un horno nuevo no me vendría mal).

Esta inseguridad en mí mismo me persigue por momentos hasta tal punto que me pregunto si además de un dudoso chef, no seré también un amante regular, un profesional mediocre o un escritor de serie B. Así que salgo al balcón con el ánimo de un héroe que sube a la montaña más alta para recrearse en las vistas de todo aquello que insufla valor en el corazón de un hombre, y miro entre la ventisca de nieve las farolas que alumbran mi calle, lúgubres y constantes; y un escalofrío me recorre la espalda (quizá porque el termómetro marque -6ºC). Un pensamiento con vocación de eternidad me inunda: La duda es la prueba a la que los hombres deben enfrentarse para tomar la determinación e ir más allá de sus propias capacidades. Ese pensamiento me emociona hasta tal punto que lágrimas afloran a mis ojos y crece en mí una determinación: Seré lo que yo quiera ser... pero a partir del uno de enero, de momento seguiré con el plan de robar el pavo.

Entro de nuevo en casa y enciendo la calefaccción. Mi corazón vuelve a la calma. Pedro I, el grande, me observa desde la etiqueta del frasco encima de la encimera con la dignidad y el reconocimiento que merece un igual a él. Sí, Pedro, el mundo necesita hombres como nosotros, capaces de soportar cualquier carga, hombres que amen su destino y que el destino esté hecho para ellos. Me acerco al frasco y lo cojo con mis manos. Leo: Mostaza Vlad Drakul. ¿De qué me sonará a mí ese nombre? Un retorcijón me aparta de mis pensamientos. Pedro I me mira y sonríe con cierta sorna. Otro retorcijón me dobla sobre mí mismo. Salgo corriendo al cuarto de baño tropezando con los cacharros de la comida y del agua de mis gatos, que me miran en silencio y sin inmutarse, quizá con cierta curiosidad. Probablemente murmuran en su lengua algo de mí, pero yo ya no estoy para verlo, yo ya estoy haciendo la pose del pensador de Rodin, con la conciencia nublada y embotados los sentidos, pensando en Terminator 2 y preguntándome qué querrá de mí en nochebuena.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Experimento culinario nº 3


(Lo de culinario debe venir de culo)

Se coge una tarde de lunes cualquiera, a ser posible una mala tarde que uno, en su estúpida ignorancia, crea que las cosas se pueden arreglar a base de hacer un pastel, un suflé, o cualquier otra portentosa manera de hacer una mezcla de ingredientes que, tras una elaboración sencilla y artesana, dé como resultado algo que no te provoque arcadas, la muerte (o la muerte por los espasmos que te produzcan las arcadas).

Paso número uno.

Se coge de la nevera esa piña de oferta irresistible y que lleva más de una semana en el cajón de la fruta. Se hace trocitos del tamaño de un puño después de pelarla.

Se abre aquella botella de cava que te regaló hace seis años un comercial del que siempre intuiste que no le caías bien en exceso (ni en defecto). No reconoces la marca pero prefieres no buscarla en google por si está entre las trescientas cincuenta formas de explosivos que la humanidad conoce.

Se cogen los trozos de piña y se mete en una batidora de vaso como la que tenía tu madre en casa hace treinta años. Batidora que yo he heredado de la mía mediante el filial sistema del hurto.

Paso número cuetro:
¡Qué malo está el puto cava! Se riega la batidora (por dentro) con el líquido espumante hasta cubrir los trozos de piña. IMPORTANTANTE: Se pone la tapa.

Paso número cinco

Se pone en marcha la batidora.
Se para de inmediato después de descubrir por qué era tan importante poner la tapa.

Se reinicia el batido de la mezcla durante treinta segundos. Es posible que en este punto el motor antediluviano de la batidora con la que tu madre te hacía las papillas, y que carece de cualquier protección, haya hecho saltar el diferencial automático de tu casa. Si levantas la palanquita y la luz no vuelve sal al descansillo, si allí tampoco hay luz, sal al balcón. Si tampoco hay luz en tu barrio, sal tú del país: el ministerio de Industria y la comisión nacional de la energía han puesto a trabajar a un equipo de más de trescientas personas para localizarte. Felicidades, acabas de hacer caer la red eléctrica en cadena y debe de haber seis o siete países a oscuras. Cuando te mueras irás al cielo de los musulmanes con treinta o cuarenta vírgenes del sexo contrario al tuyo. Aunque con la suerte que tienes seguro que se equivocan y te envían a toda la tropa de tu propio sexo.

Paso número seis

LA papilla espumosa de color amarillento está a punto de nieve. Pruébala.

Inocente... ¿qué te hacía indicar que eso no iba a estar asqueroso? Recuerda en ese momento que en casa hay canela. Échale canela a discreción. Sigue estando asqueroso. En este punto hay que ser cauto. Cualquier mente científica como la nuestra llegará a la conclusión de que "habrá que echarle más canela". Error. Hay que echarle edulcorante Natreem a porrillo. Lo vuelves a probar. Está igual de asqueroso pero sabe dulce. Un dulzor químico e insalubre.

Paso número siete.

Después de un corto (pero intenso) debate con uno mismo se llega a la conclusión de que hay que tirar esto, con el consiguiente argumento en contra: Cómo voy a tirar esto si la piña me costó tres euros. Se elige una solución de compromiso: se mete en un bol y se introduce en el congelador con la aviesa intención de sacarlo en un día no muy lejano y "ya veremos qué hago".

Y ya tenemos el famoso helado de piña al cava.

(que me estoy comiendo mientras escribo esta receta exquisita y por la que opto al Nobel de la Paz del año que viene)

Si tenéis niños no lo hagáis en casa, puede crear transtornos del sueño y manías persecutorias (de ellos hacia vosotros). Negaré cualquier implicación en este asunto. Mi abogada es implacable y no admitirá ninguna demanda. Mi abogada es terminator 2.

A veces terminator 2 y yo dormimos juntos. Ella desconoce la existencia y sabor de mi patente.

Y yo rezo para que nunca lo descubra.

sábado, 5 de diciembre de 2009

No Bridge




Pues no, no me voy de puente. Me quedo por aquí, con mis cosas...

viernes, 4 de diciembre de 2009

El silencio


Esta noche he encontrado cierta calma. La calma es como ver pasar las nubes, es como charlar con los amigos más queridos. Es encontrar la novela y sus personajes esperándolo a uno con el regalo de su personalidad mucho más clara. Esta noche mis dedos han investigado teclas y han resuelto viejos y planteado nuevos jeroglíficos.

Esta noche huele a que todo es posible y a que casi todo tiene una continuidad. Pero se me cierran los ojos. Y se me ha gastado la pila. Y me dejaré llevar despacio a través de los sueños hacia el rincón en el que habitas, en el lugar exacto en el que se marca en el mapa tu insólita presencia.

A veces uno se convierte, sin saberlo, en su mejor peor enemigo, en la oveja negra del rebaño de nubes negras. Y algo luminoso crece y crece. Hoy he comprendido algo que no puedo expresar en palabras, algo que mañana seguirá teniendo vigencia, algo que ha madurado en mi interior en el silencio de todos estos días.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Toda la verdad sobre la niebla


Dice el bicho que estoy hecho de mantequilla, que soy fácilmente cuestionable, que tengo el sabor que tiene la sangre cuando te muerdes demasiado fuerte el labio inferior, que soy una presa fácil, que no acaba conmigo porque para qué si no tengo escapatoria.

Dice el bicho que debería estar muerto de miedo, que durante la próxima luna nueva habrá cambios y más cambios y entre ellos uno que me hundirá para siempre en unas arenas movedizas eternas de poco más de un metro sesenta de profundidad "lo suficiente para que puedas respirar pero no puedas huir". Dice el bicho que ya se acerca el día y la noche en la que todo se desencadene, el día y la noche en la que todo (pasado y futuro) se convertirá en presente "un presente que no podrás soportar".

Sin embargo el bicho se queda callado cuando le pregunto si existe la posibilidad de que un todo esté hecho de infinitesimales todos, que la realidad no sea otra cosa que la superposición de miríadas de realidades. Ahí es donde el bicho me demuestra que tiene una pequeña debilidad. Y esa debilidad es mi esperanza. Esperanza de que exista una salida negociada, la esperanza de que tarde o temprano exista una fisura por donde las letras caigan en el cesto correcto y alguien, en algún lugar alejado, mire, lea, piense y diga "por aquí, toni, el camino es por aquí".

Entonces el bicho se enfurece y se restriega por las paredes de mi casa, abre y cierra las puertas, convoca a los otros demonios y se pasan la noche aullando por el barrio, viniéndome a ver cuando me saben dormido, inseguros y despiadados como una bandada de estorninos desorientados, deseosos de algo que no saber qué es ni dónde se encuentra.

Luego llega la mañana y la mañana es como un gran portalón que se abre y deja pasar la escarcha unos centímetros adentro que, tímida, no llega a penetrar del todo la oscuridad de mi alma. A veces, lo reconozco, pienso en ti y en la tibia dulzor de tu piel tan blanca, en el sabor a amapolas de tus labios amargos, pienso en tí y en esa forma tan triste que tienes de ser alegre y en esa forma tan niña de ser adulta. Entonces deseo estar a tu lado y agarrarme muy fuerte a tí, en un abrazo que me recuerda a ese cuadro que nunca recuerdo cómo se llama y en el que unos náufragos ven salir unos primeros rayos de sol entre las nubes.

Y sé que soy un boxeador que sólo pierde a los puntos, pero me cuesta tanto hacer puntos... A veces creo que sólo sé ganar con el crujir del aire, en las heridas abiertas, en las marcas en la piel del otro.


miércoles, 2 de diciembre de 2009

La niebla


Llevo diez días encerrado en casa. Afuera, en la calle, condensa lentamente una neblina con los vahos de los vecinos y el humo de los coches y que va camino de convertirse en una nube; una nube sucia y pegajosa, inmóvil, ajena al viento que la desharía o se la llevaría. Como esa nube sin su viento, así me siento yo sin tí.

Hace tiempo que la asociación vecinal perdió la esperanza de que el viento airease la calle. Después de más de veinte edificios derribados (los primeros por orden municipical y los últimos a pico y pala enarbolados por la turba desesperada) los vecinos se volvieron huraños y cesaron las reuniones para poder encontrar soluciones (o señalar a un culpable al azar y despellejarlo, o destinar los recursos de las fiestas a la construcción de un ventilador gigante). Cabizbajos y paquidérmicos, los niños van al colegio con la ropa húmeda que sus madres hace tiempo dejaron de tender para que se secara al sol. Los niños juegan en otros barrios, algunos se han ido a vivir con parientes que viven apenas una calle más abajo, por donde sí pasa el viento con la misma irregular regularidad de siempre. Y los adultos miran desde detrás de las ventanas, desalentados, la niebla preguntándose si se trata de un castigo divino o si, simplemente, el fenómeno (más bien la usencia de éste) responde a una causa científica.

Hace un mes ocurrió algo que nos dió esperanza durante un corto espacio de tiempo. Bajó la temperatura bruscamente y la nube se condensó provocando una lluvia fina que alivió momentáneamente el bochorno irrespirable de la calle. La alegría duró poco. El tiempo que tardamos en darnos cuenta de que aquella lluvia espesa venía a empaparlo todo con una consistencia y un olor nauseabundos, que las cloacas desprendían un sonido como a lodo, que aquello más que un alivio suponía la constatación de que si algún día el viento se dignaba a pasar por la calle y llevarse el aire enrarecido, nos quedaría el recuerdo impregnado en las paredes de los edificios, en las aceras, en el brillo asesinado en las carrocerías de los coches.

Diez días llevo escuchando a Camela. Enloquecido y con los ojos vidriosos de ver todos sus vídeos una y otra vez, enferma el alma, enamorado locamente de la Angeles u odiándola a muerte según el momento y el estado de mi corazón. Te echo de menos y todas sus letras me traen tu recuerdo con el repiqueteo de la caja de sonidos del órgano del tío de los tres que ni canta ni actúa ni nada de nada.

Algunas noches cuando consigo dormir te requetesueño y me hundo en las aguas oscuras de tus ojos que en otro tiempo fueron cristalinas. Otras veces sueño que me ahogo y al contrario de lo que pasaría si lo hiciera de verdad, cuanto más me falta el aire menos angustia siento y sólo la idea de que la tranquilidad absoluta me supondría la muerte y con ella la imposibilidad de volver a verte, me devuelve poco a poco la respiración. Sé que tarde o temprano llegaré a la conclusión (supongo que también en sueños) de que es mejor llegar hasta el final pero de momento todavía mantengo el control y siempre vuelvo a la superficie de tu mirada. Y allí permanezco... hasta que vuelvo al ordenador y enloquecido, a la visión compulsiva de los vídeos de Camela.

La vecina del primero primera ya no me odia, ha pasado a la indiferencia. Y si bien todavía algunas veces derrama cubos de agua cuando yo paso y aplica al charco que se forma una corriente eléctica considerable (cualquier día hace caer las líneas de alta tensión una tras otras desde Balsareny hasta Grenoble) ya no lo hace con aquella vivacidad en el rostro y se ve que su maldad se ha tornado en una malicia casi inofensiva empujada por una inercia cada día menos veloz y que, el día menos pensado, dejará de interesarle realmente mi presencia en este mundo. Llegado ese día, no sé si lo soportaré. De momento, estoy tranquilo porque me responde, eso sí, sin aquella voz de ultratumba, a mis buenos días con su clásico y entrañable "hijo de la gran puta".

Pero sigo pensando en tí aún a la una de la madrugada y escuchando "lágrimas de amor" a todo trapo. Te imagino lejos y en compañía de otro que no soy yo, en un hotel quizá, en una residencia campesina tal vez, en cualquier caso, acabo por volver a pensar y escribir. Mañana vuelvo al trabajo. Lo he decidido. El jefe no ha parado de llamarme y no le he cogido el teléfono. Tal vez esté molesto. Tal vez por eso sus mails amenazándome con despedirme al principio y despidiéndome después.

Creo que si le cuento lo de la ausencia del viento, lo entenderá.


jueves, 26 de noviembre de 2009

Díselo al viento


Es el tiempo el que agita mis persianas y no el viento. El viento no sabe llevarse nada, no quiere llevarse nada, no sopla, evita mi calle, lo veo mecer las hojas de los árboles de la gran avenida desde mi ventana como diciendo "te estoy esperando". Pero por mi calle no pasa. Al principio los vecinos lo comentaban como una curiosidad, luego empezaron a formarse corrillos en la puerta del supermercado, entre todos contrataron a un perito que determinase qué impedía al viento transitar por nuestra calle.

El perito hizo mediciones, buscó en el plan general de ordenación municipal el laberinto por el cual el viento discriminaba nuestra calle nº 15 y después de cobrar sus honorarios señaló un edificio dos calles más arriba que desviaba en su dirección natural cualquier corriente de aire. Dos años de lucha vecinal dieron por fin sus frutos y doce familias vieron como el edificio donde vivían era echado a bajo por los servicios municipales de Acoso y Derribo en una sola tarde, tarde en la que el alcalde inauguraba un nuevo centro cívico con equipaciones ultramodernas entre las que se incluía toda clase de artilugios electrónicos que nunca se usaron.

Pero el viento siguió sin pasar por mi calle. Fue entonces cuando mi vecina del primero primera, dios la tenga la primera de la lista para llevársela, reparó en mí y tomó por cierta la dudosa coincidencia de tu marcha de mi casa y la incomparecencia del viento a las tareas que le corresponden por el cargo que ocupa. Dos días después de que el perito apareciese boca abajo en la cuneta de la carretera que une nuestra ciudad con la capital, vino a visitarme a casa un comité de investigación ciudadana con una serie de preguntas (129 para ser más exactos) a las que respondí con indiferencia y sin invitarles a galletas ni nada de nada. El asunto de las galletas no hizo más que añadir un agravio más a la ya de por sí tensa calma con la que mis vecinos me obsequiaban a diario, haciendo turnos de vigilancia y siguiéndome a donde quiera que yo fuese.

(Se da el caso que tuve que viajar a Dubai por negocios y que hasta incluso allí me siguió una representación del comité de vigilancia ataviados con ropa que no llamase la atención, sombreros y gafas de sol; para más inri dió la fatal casualidad que reservaron los asientos adyacentes al mío por lo que nos pasamos todo el viaje haciendo como que no nos conocíamos, mirando hacia otra parte, hablando con acento mexicano para dirigirse a mí cuando era del todo imprescindible).

Cuando volví, el tema del no obsequio de galletas se había salido de madre y ya casi nadie se acordaba de que todo empezó por la extraña desaparición del viento. Nada más llegar (las maletas estaban aún sin abrir) un grupo de exaltados derribó la puerta de mi casa, me amenazaron con punzones, cuchillos y ¿¿tridentes?? mientras otra parte del grupo iba a la cocina, se apoderaban del bote de galletas y tras repartirlas entre todo el grupo de asaltantes se las comieron mirándome fijamente y en silencio. Luego se marcharon.

Hace días que todo ha vuelto a la normalidad. Mi vida transcurre entre las acusaciones veladas de brujería y mi trabajo como ingeniero químico. El viento me sigue a todas partes, divertido. Pero sigue sin pasar por mi calle. Y sin llevarse tu recuerdo.



PS: Desde mi ventana veo mi calle iluminada por decenas de antorchas que llegan hasta mi portal. Qué bonito.

PS2: Llaman a la puerta ¿quién será a estas horas?

sábado, 21 de noviembre de 2009

La mujer tortuga


Puedo sentirte. Estás ahí detrás, el bicho se calla como si pudiera oírte mover los ojos al seguir estas palabras. Está listo para atacar en cuanto te muevas, está dispuesto a no dejarte escapar porque ya le perteneces, como le pertenecen las cicatrices de mi cuerpo, como todas las veces que dije que era la última vez, la última gota, y después los días que le siguen hasta que vuelvo a caer.

El bicho no te quiere. El bicho te necesita. Aún no sé el porqué pero te persigue, en tensión, allá donde vas. No se burla de mí, no tiene tiempo, se levanta por la mañana y se va. Vuelve por la noche y cae rendido en el sillón a los pies de mi cama. Al día siguiente lo mismo. El bicho te estudia con detalle, toma notas, se te adelanta. Y tú haces lo de siempre sin ser ya nada lo mismo.

Ya ha llegado. Ahora debes de estar sola. Aunque tú no lo sepas he estado contigo todo el día. Todos los días desde hace días. Entre tu piel y tu ropa. Detrás de estas palabras y detrás de todas las palabras con las que te cruzas a diario.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Y tal vez


A veces, recostado contra la encimera de la cocina y con una taza de café entre las manos, piensa que tal vez la felicidad absoluta no es un estado de ánimo, que tal vez la felicidad absoluta es la ausencia del deseo de ella, como los budistas que anhelan llegar al Nirvana cuando el Nirvana es la ausencia total de anhelos.

A veces pasea la casa solitaria, repasa mentalmente que hay que lavar las cortinas, darle un buen meneo al sofá, limpiara los cristales, y luego se prepara ese café que le transportará a esa calma y ese pensar que la felicidad incompleta es la más perfecta de las felicidades. Y luego vuelve al ordenador y a una historia que se le atraganta, que le abandona cuando más la necesita, que sabe que, como todo, tendrá un grado de imperfección que la hará más humana y al mismo tiempo más cruel. Se encerrará entre las cuatro paredes y los libros apilados en el suelo, se acordará de sus amigos escritores publicados y soñará despierto con ver la portada de alguna de sus historias en los escaparates de las librerías del centro. Quizá, luego cuando lo piense, se sonrojará al pensar que algún día se cruzará en el metro con alguien que lea su libro, y lo hará porque ese deseo le parece el más pedante de todos, el más vanidoso, la constatación de que se escribe por amor a uno mísmo.

Tal vez, escribirá unas líneas aprovechables y se dirá a sí mismo que esta vez sí, esta vez vuelve a estar conectado con la musa y volverá a leer una y otra vez lo escrito hasta que pierda todo el sentido y esa aureola de literatura de la buena que sabe que nunca alcanzará. Una vez acabado el plan estratégico de la página diaria (que no cumple ningún día) bajará al centro a repasar mentalmente donde colocarán su novela, una portada de dos manos de niño sobre un corazón de patata que pedirá a su autora si hace falta de rodillas, y verá el producto acabado, e irá al banco o a la estación, mirando a la gente que pasa camino de otros bancos y otras estaciones y se preguntará si alguien podrá adivinar la historia que lo llena y al mismo tiempo lo tiraniza, si entre ellos a alguien le interesará lo que su imaginación y su corazón esconden.

Luego, se irá de nuevo a casa, arreglará facturas y emprenderá proyectos que nada tienen que ver con la historia. Proyectos que no dejan lugar a la ensoñación ni al desaliento, que no dejan espacio a las dudas ni a la pregunta de si tiene o no talento. Se sumergerá en la calculadora y teclerará números y memorias en lugar de acariciar las teclas con los dedos. Y llamará a clientes y buscará direcciones de correo. Y será jueves por la mañana, y pensará en ella, y ella, tal vez le escriba "me acuerdo de ti" en un mensaje.



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miércoles, 18 de noviembre de 2009

La tregua


Me pregunto si el olvido sabrá que llegará el invierno y después otra vez la primavera. Me pregunto si se me calmará esta intranquilidad, este no mirar al sol, no salir del agujero, no ser ni piedra ni madera. Me pregunto si al final de todo esto habrá calma; y si al final de la calma encontraré otra cosa mejor o de nuevo la voz del bicho gritándeme y riéndose de mí por haber creído que era el fin, cuando sólo se trataba de una tregua.

Hoy no ha salido el sol.

Vídeo: Youssou N´Dour - Neneh Cherry - Seven seconds




Las palabras duelen como las piedras, duelen cuando se arrojan desde lo más alto hacia abajo. Las palabras son armas arrojadizas, son de duro granito, son pesadas y ruedan ladera abajo. No me gustan las palabras... y sin embargo vivo hechizado por ellas.

Las palabras cortan como los cristales de un vaso roto. Por mucho que los barras siempre queda alguno escondido debajo de una mesa, siempre hay alguno esperando a ser el que provoque la herida. No me gustan las palabras... y sin embargo me gusta el dolor y ver cicatrizar sus heridas en mi piel.

Las palabras son como nubes, siempre como nubes. Son blancas y pasan pero también son negras y gritan. No me gustan las palabras... y sin embargo me gusta la fuerza y el poderío de las nubes.

...Y soñar contigo y dejarme la piel cuando te rozo, y verte cuando no estás si cierro los ojos.

... y echarte de menos sin motivo; y saber que existes. Y no darme por vencido.

vídeo: Dido - Life for rent

martes, 17 de noviembre de 2009

Esperanza


Siempre acabo regresando. Como si me uniera a este blog una goma elástica invisible que, cuanto más me alejo, más se tensa. Me pregunto si alguna vez, de tanto tensarse, la goma se acabará rompiendo y quedaré libre y me pregunto también si sabré entonces qué hacer con esa libertad inesperada. Creo que soy de esa clase de hombres que necesitan un lugar seguro al que regresar, que soy de esos que acumulan recuerdos para poder volver a ellos, saber que en ellos viven amigos que probablemente nunca ya piensen en mí, que viven amantes que nunca llegaron a serlo y otras que sí lo fueron y les acabó venciendo la desidia de vivir junto a un eterno indeciso.

No es fácil vivir encima de una cuerda. No es fácil añorar un pasado que muchas veces no merece ser recordado. Imagino que todo el que me conoce sabe quién o qué soy al poco tiempo de frecuentarme. No lo escondo, nunca lo he hecho. Quizá si fuera más constante habría acabado todas las novelas que empecé y que se fueron muriendo, que me fueron dejando. Resulta curioso que diga que fueron ellas quienes me dejaron y no que fuese yo quien las fuera poco a poco abandonando. Tal vez ahí esté la clave de todo o quizá ahí no haya nada de nada, sólo el eco de las propias palabras en tu cabeza mientras las estás leyendo. En cualquier caso, de nada sirve levantarse y empezar de nuevo. Siempre empiezo de nuevo. A veces, cada día es un nuevo inicio: trescientos sesenta y cinco días primeros al año. Miles de primeros días desde el primero que terminarán algún otro día con un plan inconcreto e inacabado.

Si algo debo decir en favor mío es que por lo menos soy optimista. Cada día que empiezo tengo planes para él. Le he dado una estructura desde primera hora hasta la última, me he propuesto hacer decenas de cosas a las que posiblemente no pueda darles cabida en sólo veinticuatro horas. Y me canso y llego agotado al último segundo del último minuto de la última hora. Y caigo redondo elaborando un plan para el día siguiente. Un plan en el que escribiré un página de una novela que ya no cree en mí, en el que conseguiré a ese cliente que conjurará definitivamente el plan fallido de hace algunos años y que me llena de piedras los bolsillos y me lacera el alma con diminutas agujas ardientes. Entonces recuerdo que debo ser feliz y planeo la felicidad pero sólo es una huída hacia adelante. Sólo es una caída eterna que nunca se concreta. Que esa felicidad que planeo es a quince años vista y que tiene la nocturnidad de la emboscada y la alevosía de todas las leyes escritas desde el inicio de los tiempos.

Escribir sacia a mis demonios, me centra en quien soy y dónde estoy, me llena de esperanza porque es como mirarme en un espejo y saber que el que está ahí es fuerte porque sabe que es débil. Y sí, soy débil porque lo aguanto casi todo. Soy débil porque no puedo dejar de volver una y otra vez a caer en los mismos errores todos los días, porque me construyo cada mañana con las ruinas del que fui el día anterior.

Pero no hay mayor valentía que, a pesar de saber eso, levantarse todas las mañanas con un propósito nuevo, con una o mil metas inacabadas, dispuesto a reinventarse uno mismo y reinventar el mundo a mi alrededor. Y a veces gano y a veces pierdo, a veces bailo de contento y otras me hunde una sola palabra. A veces me paso el día buscando sin encontrar y otras encuentro al mismo tiempo diez cosas que andaba buscando.

Pero siempre mantengo intacta la esperanza.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Nacho Cano: Vivimos siempre juntos


Este blog se cierra temporalmente por cese de la actividad. Lo he dicho ya varias veces y siempre he vuelto así que no te extrañe que esta tarde vuelva a haber una entrada. O mañana. O nunca.

Serás un hombre, hijo mío


¿Por qué seremos tan frágiles?

Hace días que no puedo escribir y no sé el porqué. Hace días que el bicho me susurra al oído palabras antiguas, palabras que son una tristeza profunda de la que creía haberme librado. Y a pesar del insomnio no escribo. Sólo me limito a dar vueltas y más vueltas. Es como tener esperanza a la desesperada, como tener esperanza por decreto.

Pero el bicho lo sabe todo de mí y sabe que ya ha ganado. Y yo me limito a repetirme la lista de cosas que un hombre no debe hacer bajo ningún concepto. Y sé que si no las hago tendré una oportunidad y que si me dejo llevar por una sola de ellas todas las piezas caerán detrás como por efecto dominó.

1. Un hombre ha de ser fuerte
2. Un hombre jamás, bajo ningún concepto, debe llorar.
3. Un hombre ha de tener las cosas claras. Nunca dudar.
4. Un hombre vale lo que vale solo, en sí mismo. El grupo no cuenta.
5. Un hombre ha de cumplir con su destino, luego ya le quedará tiempo para disfrutar.
6. Un hombre no debe dejarse llevar por sus sentimientos
7. Un hombre ha de hacer cosas de hombre
8. Un hombre ha de mantener las distancias.
9. Un hombre ha de lograr lo que se proponga. Si no lo hace debe sentirse como un fracasado.
10. Un hombre...

Pero el bicho sabe que soy frágil y se ríe de mí sentado a los pies de mi cama. Y es tarde y el sueño me vence. Pero entonces recuerdo que debo ser fuerte y yo venzo al sueño. Y escribo al viento. Y repaso los mandatos y los impulsores de Análisis Transaccional. Y entonces pienso lo mucho que deseo ser niño para poder.

1. Reconocer que puedo ser débil
2. Saber que puedo estar triste cuando ocurra algo que me entristezca.
3. Tener en cuenta todas las posibilidades que me brinda la vida.
4. Saber que no estoy solo, que pertenezco al mundo.
5. Que tengo derecho a disfrutar y a descansar.
6. Tengo sentimientos irrefrenables e incontrolables, y que puedo expresarlos si lo hago sin herir a nadie.
7. Que ser un hombre es mucho más que demostrar a los demás que se es hombre.
8. Quiero, deseo, necesito intimidad, seguridad, respeto, cariño.
9. Saber que el fracaso no es no lograr lo que se desea, sino desfallecer, dejar de intentarlo.
10. Saber que un hombre es lo que dice su ralación con su entorno, es lo que ayuda a crear con su presencia en el mundo.

Y yo tengo la intención de aportar mi granito de arena. A pesar de que el bicho haya ganado de antemano. Eso es lo que me movió hace veinte años cuando decidí estudiar ingeniería y es lo que me ha movido durante todos estos años. Sé que no lo he hecho bien del todo pero no tenía la experiencia necesaria: es la primera vez que vivo en este planeta y creo que me engañaron cuando me dijeron en qué consistía ser un hombre.



Y Rudyard Kipling escribió:

"Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza

Si sabes esperar y a tu afán poner brida
O blanco de mentiras esgrimir la verdad
O siendo odiado, al odio no le das cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad

Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
y los tratas lo mismo como dos impostores.

Si puedes soportan que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados.
O mirar hecha trizas tu adorada quimera
y tornar a forjarla con útiles mellados.

Si todas tu ganancias poniendo en un montón
las arriesgas osado en un golpe de azar
y las pierdes, y luego con bravo corazón
sin hablar de tus perdidas, vuelves a comenzar.

Si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlo cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice adelante.

Si entre la turba das a la virtud abrigo
Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
Si eres bueno con todos pero no demasiado

Y si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más serás hombre hijo mío…."


¿Sabes? Me alegra tener mi destino en mis manos porque sé que está en las mejores (a pesar de que no tenga claro donde me llevarán mis pies).

martes, 3 de noviembre de 2009

Pasarán

Hoy no sé por qué esta canción se me ha pegado a los zapataos como uno de esos papeles con algo adhesivo y que por mucho que lo pises con el otro pie no se va, como mucho se pega al otro zapato.

Supongo que es como si llegase el final de algo, como si al final el frío me trajese la nostalgia, como si pegadas a mis suelas llevara el silencio pegado; el silencio de muchos silencios antiguos, como si el tiempo y la distancia no fuesen el olvido sino una forma de enmudecer los recuerdos.

Debe de ser que noviembre siempre fue un mes de nombre demasiado largo para lo corto que se me hacen los días. Debe de ser que me busco (te busco) y no me encuentro.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Las once y once


Existen días que son de paso, en los que sé que me limitaré a diluirme en las tareas irremediables. Hoy es uno de esos, quizá, porque espere a que cuando vaya acabando, me sorprenda la voz, las luces y las manos de la verdadera vida, de los posos que quedan una vez se han esfumado los sueños.

Podría decir que es esa hora de más a la que no le saco rendimiento aún, quizá si me apuro, podría pensar que es como si mi cuerpo esperara de una vez por todas la llegada del frío. Si me detuviese y contemplara en el silencio interior que ya no lo es tanto tal vez llegaría a la conclusión que sólo es falta de luz y la ausencia repetida de otro cuerpo y otros ojos devorando ese día a día que se va poblando de documentos y tareas administrativas. Pero si hiciera eso, si me conformara con la explicación más sencilla obviaría ese sentimiento extraño que me lleva de la mano desde hace muchos años. Un sentimiento ambiguo de práctica y miedo, un sentimiento que espera, que tiene miedo a salir a recorrer las calles.

Y si pudiera poner palabras a "eso" y "eso" pudiera hablar, pobrablemente diría que esperar es creer que va a vivir para siempre, como si cada día en el que no se hace lo que uno quiere hacer, es como alargar un día más la vida, como si una vez hecho todo lo que se tenía que hacer a uno se le acabara la vida.

La otra noche soñé con mi abuelo. No contaré el sueño, era angustioso. Llevo ese sueño pegado al cuerpo como aquellas calcomanías que llevan los niños y que acaban por deshacerse con el paso de los días.

Supongo que son demasiadas cosas, demasiados objetivos a corto y medio plazo. Supongo que es esa novela que hace tiempo que abandoné y que imagino todavía abierta. Supongo que esta forma de escribir que cada día tiene menos que ver conmigo, y supongo también que son todos los proyectos que tenía y que no acaban de concretarse.

Debe ser que todo tiene su tiempo. Debe ser que los días son una contínua línea discontínua, que llevo mal las facturas y los retrasos, que ya es noviembre siendo aún octubre, que naufragué en los ojos azules de la chica de la bicicleta, que no es ni verano ni otoño ni invierno, que no tengo horarios, que son las once y tengo que ir al banco.

Será que que te debo una explicación.

martes, 27 de octubre de 2009

Vídeo: Macaco -Mama Tierra

ADSL


Ya vuelvo a tener ADSL en casa.

No sé si es una buena noticia o no lo es. El caso es que lo primero que he hecho es pasear con desespero blogs y páginas, como si en realidad fuese cierto eso de que soy adicto a ciertas personas y ciertas veredas que son mi mapa y mi camino, que forman parte de mí aunque no sepa cómo han llegado a serlo.

Vuelvo a tener ADSL en casa, me pregunto si me calmará ese insomnio que ya no tengo.

viernes, 23 de octubre de 2009

Impulso eléctrico (triste y pasajero)

A veces siento la extrema necesidad de ser el de antes (sin saber muy bien quién era el de antes y quién soy ahora). Imagino que echo de menos este blog y a quien lo escribía, como si ahora viviera del rendimiento de aquellas palabras, como aquél que ha escrito lo mejor que ha podido y sabe que nunca podrá escribir nada que se le iguale.

A veces siento que mi alma vive dentro de un líquido pegajoso y que me supura como la resina del tronco de los pinos que hay entre la casa de mis padres y la de mi hermana. Y no sé ponerle palabras, es como si me estuviese prohibida la melancolía, como si al final, la medicina fuese como esas pastillas que impiden que llores a cambio de que no sientas nada de nada. A veces me siento como un mosquito encerrado en ámbar. A veces pienso que el sentido de las cosas no encuentra una explicación en esto a lo que me voy acostumbrando.

Y sigo leyendo en los muros de vuestras páginas y sigo volcado en un recuerdo inmediato e incluso en ocasiones, me pregunto si no seré un adicto al pasado, que en realidad estoy enganchado a deshilachar recuerdos, y en caso de no tenerlos, crearlos.

Y entro a hurtadillas y me enamoro de frases, frases que pasan a ser en ese mismo instante mías del todo, y miro por la ventana y me pregunto el porqué de esta insana sensación de estar siempre incompleto.

A veces echo de menos al náufrago habitante que lanzaba botellas al cielo desde mí. Y a veces, cuando estoy solo y a oscuras, cuando mis dedos buscan y encuentran el lomo duro y suave del teclado, vuelvo a respirar y a sentir, vuelvo a ser yo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Como hace seis o siete años

He cambiado de compañía telefónica. Me han desconectado y la nueva compañía, hasta que me llegue el router ADSL me ofrece conexión gratis hasta ese momento. ¿Cómo? con el módem interno del portátil, es decir a 56 k de rapidez. Un caracol artrítico va cien mil veces más ràpido.

Así que me he visto obligado a vivir como antes de la aparición del ADSL, es decir, con tranquilidad y paciencia. Aunque parezca una estupidez, tan sutil modificación en mi vida diaria ha desembocado en una cierta activación de mi persona. Ahora yo voy más ràpido, tengo más ganas de hacer cosas. Hace días que me conecto mucho menos pero esto ha colmado el vaso.

El doctor Medrer (alias doctor Mabuse) que me trata de mi adicción a internet, a las relaciones virutales, a los diarios digitales, a las musarañas cibernéticas y demás pobladores de la red, dice que voy por buen camino. Hoy le he pinchado las cuatro ruedas de su flamante Mercedes porque las dos horas que me da para conectarme se han reducido a una. Le he pedido de rodillas que entendiera que son 56 k de mierda. "Te basta y te sobra para responder a los emails del trabajo" ha dicho. Pobre inconsciente, mi venganza irá mucho más allá de esos insignificantes donuts de caucho vacíos bajo su coche. Mi venganza será el tiempo, y el tiempo es un inmisericorde aliado de los que no tienen nada que perder.

Perder. Extraño verbo. Si yo pierdo, otro gana. No se puede perder sin que nadie gane. Por tanto, todo es movimiento y perder o ganar sólo extremos de una gigantesca e invisible balanza en la que pesan tanto nuestras virtudes personales como el lastre de miles de antepasados y su visión del mundo que les rodeaba y que hemos heredado.

Hoy no hay foto, ni canción, sólo las palabras blancas sobre el fondo negro. Como yo, mis palabras son lo único que destacan sobre lo oscuro, muy oscuro, casi negro de mi corazón.

Sé que debo explicaciones y que nadie entiende nada. "Pero sigues escribiendo en el blog". ¿Qué puedo decir? ¿Que cuando más cerca estoy del infierno mejor me siento? Porque es así. Cuanto más abajo estoy, más me siento yo mismo, cuanto más arriba estoy, más me cuesta saber de qué material estoy hecho.

Prometo escribirte pero no me pidas que lo haga éste en lo que me he convertido. Dame la oportunidad de romper esta película que, como una segunda piel, me enfunda como si estuviese envasado al vacío. Prometo escribirte. Tú sabes que lo haré, yo sé que lo haré. Porque aunque resulte extraño, no hay un día que no piense en tí al menos durante dos horas, dos horas a las que debo vencer para recuperar el control de algo que ni yo mismo sé si quiero recuperar.

Si te sirve de consuelo, la novela avanza.

domingo, 11 de octubre de 2009

Quizá éste sólo sea el principio.


Me vuelco en el blog como se hace con un cajón encima de la cama. En lugar de objetos rebusco sentimientos y pienso cuántos tiraré y cuántos volveré a guardar en el mismo cajón, en esa parte de mí mismo en la que se suelen depositar por su propio peso las horas vividas que el corazón, según sus leyes, decide que son las que importan. He de decir que mi corazón y yo no coincidimos casi nunca; he de decir que mi corazón y yo somos como esas parejas de ancianos que siempre discuten al tiempo que no pueden vivir el uno sin el otro.

Estos días han transcurrido extraños. El jueves murió la madre de mi amigo y ex-socio Jose y el viernes el padre de mis amigos Pedro y Benjamín. Así que ha sido extraño porque he visto de cerca lo absurda que es la vida, lo a medias que lo deja a uno, la poca explicación que se puede dar, lo mucho que nos separa.

Conocía a la madre de Jose. Tenía una vitalidad que vivía hacia afuera. Era de esas personas que se echan de menos por la ausencia del torbellino que deja de remover las cosas a su alrededor. Sólo había tenido a Jose y supongo que lo quería como sólo los hijos únicos quieren a un hijo único. Siempre que me la encontraba por la ciudad o cuando iba a su casa para llevar o traer alguna cosa en los traslados que aquejaron la empresa que Jose y yo teníamos, siempre demostraba ser optimista, siempre tenía la idea de que todo iría a mejor. La echará de menos el padre de Jose, como se echa de menos lo que uno más necesita. La echará de menos Jose, como echan de menos los hijos únicos a sus madres únicas. La echará de menos, sin saberlo, el bebé que Jose y Marta esperan para últimos de marzo.

Conocí al padre de Benjamín y Pedro. Su casa siempre tuvo las puertas abiertas a los amigos de sus hijos. Era un hombre dicreto y tímido. Nunca nadie le oyó decir una palabra más alta que otra, le dio una buena educación a sus hijos y éstos la aprovecharon. Recuerdo cuando solía ir, hace más o menos quince años, a su casa. Había un ambiente distendido alrededor suyo, como esos anfitriones que lo son simplemente estando. Le echarán de menos las tardes y sus plantas, su mujer lo echará de menos ahora que la jubilación ya llegaba, lo echarán de menos sus hijos y sus nietos.

Estos días me he dado cuenta de dos cosas: una, la muerte me deja sin palabras. dos, me gobierna un falso sentimiento de eternidad que no me hace nada bien.

Ayer, en el súper, cuando volví del entierro, me encontré con Carmen y Esteve. Me enseñaron con orgullo a su niña de veinte días, Abril. No voy a decir que unos nacen y otros mueren, que es el ciclo de la vida. Pero coincidió que hacía mucho tiempo que no iba a un entierro (quizá cinco años) y mucho que no veía al niño recién nacido de un amigo o un conocido. La coincidencia fue extraña pero no reflexioné en absoluto hasta ahora.

Hago balance de mi vida, es decir, vuelco el cajón imaginario encima de mi cama imaginaria y veo y escojo con qué me quedo y con qué no. Y hago sitio para que quepan más y más buenos recuerdos y más y más compromisos.

Como no conocí a Isabel y como tampoco conocí a Benjamín directamente pero sí como la madre de Jose y el padre de Pedro y Benja, colgaré algo que creo que estarían de acuerdo, lo mismo que Jose Agustín Goytisolo y que escribió una vez a su hija Julia.



Mejor la vesión de Los Suaves porque la de Paco Ibáñez es más triste.

jueves, 8 de octubre de 2009

El extraño oficio de olvidar


Sospecho que el olvido tiene puertas y ventanas por donde se crean corrientes y que tarde o temprano una puerta se desliza lentamente, coge velocidad y se cierra dando un portazo. Supongo tembién, que "el olvido" es un término casi literario, tan necesitados estamos de que nuestra vida sembrada de rutina viva una emoción vestida de palabras que indiquen que esa vida tiene cumbres borrascosas, cien años de soledad, un palacio en la luna.

Lo cierto es que la cabeza olvida, los álbumes de fotos olvidan y por supuesto, hasta el corazón se hace el desmemoriado durante tanto tiempo que acaba también por olvidar. No sé hacia qué dirección van los recuerdos que uno ya no siente, si hacia atrás porque somos un tren que avanza, si hacia abajo porque los enterramos como sepultureros, o hacia arriba porque es como soltar un globo lleno de Helio que se pierde de vista. Lo cierto es que nunca va hacia adelante, los recuerdos que se olvidan ya no vuelven a aparecer en nuestro camino. ¿Quiero decir con ésto que las personas que pasaron por nuestra vida deben desaparecer para siempre? ¿debemos negar que exisitieron y que una vez sentimos profundamente amor, amistad, deseo? Yo creo que no. Creo que somos lo que somos gracias a que aprendimos juntos. Somos lo que somos porque tuvimos que afrontar situaciones nuevas y tuvimos que ingeniárnoslas, escucharnos, escuchar al otro. Sé que hace años, cuando estuvimos juntos, Esther me quiso, y sé que entonces yo la quería. ¿Acaso hay alguien que esté con otra persona y no la quiera?

Duele que eso se acabe. Pero se acaba. A veces incluso se acaba una y otra vez durante un largo período de tiempo. Pero se acaba acabando también. Se acaba sin dejar cabos sueltos, sólo recuerdos. Hoy me preguntaban si volvería con ella. He respondido que no. ¿Porque estás con la chica de la bicicleta? siguieron preguntando. No, respondí, no volvería aunque estuviese solo. Las relaciones se acaban aunque las personas continúen.

A veces las relaciones han de acabar así, un día dejan de estar y no las vuelves a ver. Supongo que hay dos tipos de personas: los que se van del todo y los nunca acaban de irse.

A la chica de la bicicleta la llaman antiguos amores, antiguos amantes. No me importa, sé que está conmigo. Me lo dice: me llamó tal, me llamó cual. Me lo dice y yo sé que al decírmelo exorcisamos el fantasma del secreto, de lo oculto. Sin embargo, al decirle que me había llamado Esther obvió que fue ella quien me llamó y dedujo que yo aún sentía algo indefinido por ella. Cogió su bicicleta y se fue, dejándome con cara de idiota, pensando que tal vez prefería que yo no hubiese correspondido a sus confesiones con las mías.

Se fue con su bicileta calle abajo, sin decirme a dónde iba, sin saber qué venganza tomaría, y yo me quedé pensando que tal vez yo no tenía derecho a descolgar esa llamada de hola ¿qué tal? ¿cómo te va la vida? que para qué voy a engañar, ni me quitó el sueño ni me provocó ningún desasosiego, tal vez me hizo pensar qué rara es la vida y tuve el deseo de que le fuera bien, que diga adiós no significa que no desee lo mejor para con quien ya no tengo contacto.

En cuanto a la chica de la bicicleta, sospecho que a veces es mejor escuchar al otro y callar lo propio. No hemos vuelto a hablar desde que le conté que recibí una llamada lejana. La llamo y no me coge el teléfono.

Empiezo a pensar que uno vale lo que calla, que uno es el personaje y no la persona.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El templado infierno


Surgió de la nada cuando ya todo eran huellas en la niebla. Llamó por teléfono como si no hubiese ocurrido nada, como si, al final, todo pudiera suceder de nuevo una y otra vez. Al cielo, que en ese momento estaba nublado, se le cayeron las estrellas al suelo haciendo agujeros diminutos en las nubes. Era de noche y pensé que quizá algunas llamadas llevan necesariamente impresas la premisa de que se han de perpetrar al menos con insidiosa nocturnidad. Y hablamos y reímos. Sí, quizá fue eso lo peor: que reímos. Y me preguntó qué tal todo y yo le dije que existía una chica y una bicicleta. Y le pregunté qué tal todo y me respondió vagamente que regresaba de un infierno. Otro infierno, otra vez. Y no supe qué sentir ni mucho menos qué pensar porque regresar del infierno y sentir que lo primero que necesita es llamarme por teléfono me produjo desasosiego. Y eso, en cierta forma me animó, porque antes estas llamadas me producían cierta alegría. Una alegría sucia y deshilachada pero alegría al fin y al cabo.

Llevo toda la mañana inquieto, hablándole al desierto de las páginas en blanco, no saliéndome una sola línea a derechas, borrando una y otra vez las malditas cartas de presentación. Hojas caídas de un otoño que no acaba de llegar. Sé que su llamada ya no conlleva ningún peligro y sin embargo, llevo quince horas perdido, durmiendo como mucho antes, no reconociéndome en los espejos, teniendo la certeza de que nunca se sale del todo del infierno, de que algunas personas representan para nosotros una gran hecatombe de la que se sobrevive por casualidad y nos obliga a reconstruirlo todo.

A eso de la una, he encontrado la calma. Estaba bajo el teclado, estaba en las palabras, estaba en la historia perdida y olvidada que se reencuentra y automáticamente despierta en la memoria las escenas que a uno le gustaron, obviando aquellas que a uno le atormentan el transcurso de algunas noches de insomnio. Me pregunto si volveré a padecer insomnio y si es así, en que invertiré ese tiempo. Me pregunto si volverá a llamar y se me enviará la fotografía que me prometió que me enviaría y que aún no ha hecho.

Esta mañana, cuando la chica de la bicicleta me llamó recuperé la alegría, como si la oscuridad de la noche anterior tuviera que disiparla con su llamada matinal y optimista. A veces, para vivir la luz y el sol tiene uno que haber pasado una temporada a tientas por la niebla.

Al final, a uno no le duele que las cosas no hayan podido ser. Al final, a uno lo que verdaderamente le duele, es que sean tan fáciles de olvidar.

viernes, 2 de octubre de 2009

Viaje relámpago


Ayer hice lo que pocas veces hago: dejarme llevar por una intuición que sé que tiene muchos más números de ser errónea que de ser cierta. El caso es que me llamó Jesús por teléfono. Hablamos de psicosocionomía y del curso de George Escribano en Zaragoza. Casi al final me dijo: "Esta tarde voy a una conferencia que Álex da en Zaragoza. Vienes y hablamos". No tenía entrada y eso era un problema porque la asistencia requería de rigurosa invitación. Jesús llamó a alguien que sí sabía, esta señora, muy amable, me dijo que había habilitada una sala con pantalla para seguir la conferencia. Como mal menor, pensé que por lo menos hablaría con Jesús y decidiríamos qué hacer con la piscosocionomía.

Una de las cosas que siempre he tenido por cierto es que nunca hay que dar nada por perdido. Soy un optimista con tendencia a la tristeza pero un optimista al fin y al cabo. Dos horas y media después de hablar con Francesca, la amable señora a la que llamé por mediación de Jesús, estaba en la puerta de Ibercaja, a doscientos sesenta kilómentros de mi casa. ¿Una locura? ¿un gasto innecesario? Sin entrada, esperaba en la puerta a que llegara Jesús y saludarlo. Entonces recibí una llamada.

Era Francesca que me anunciaba que la iban a ingresar de urgencias (nada grave) y que tenía dos entradas disponibles (la de ella y su hija) en la lista de entradas que tenían que pasarse a recoger. Me dijo el número. Fui hacia adentro y nervioso, como si estuviese haciendo algo malo, entré, busqué en la lista los números, dije el nombre y entré.

Una vez dentro pensé que habían hecho falta varias variables, todas ellas encadenadas:

1ª Que Jesús me llamara por la mañana y me dijera que por qué no nos veíamos y que Alex hacía una conferencia en Zaragoza (donde Jesús vive)

2º Que ayer por la tarde no tuviese un compromiso ineludible

3º Que contactara telefónicamente con Francesca y ésta se preocupase de informarme.

4º Que yo cogiera el coche y me lanzara a toda velocidad hacia Zaragoza y llegara a tiempo.

5º Que yo conociera Zaragoza y supiera llegar al lugar en un tiempo adecuado.

6º Que Fracesca realizara un acto tan desprendido de estar en urgencias y acordarse de mí (esto me pareció tan extraordianrio). Ni a Paul Auster se le hubiese ocurrido en una de sus novelas.

7º Que la voluntaria de la entrada me dejara pasar a pesar de no tener aspecto de llamarme Francesca y mucho menos aparentar ser la hija de Francesca.

Así pude asistir a la conferencia de Alex, sentado al lado de Jesús. Así pude ver in situ las explicaciones de Alex y me transportó al día que lo conocí y que cómo pude poner palabras a gran parte de lo que vivía en mi interior.

Imagino que no hay responsabilidad que más pese que abrir la caja de Pandora que es uno mismo, no hay mayor responsabilidad que sacar todos los miedos, enfrentarse a ellos, pero también poder asumir los propios talentos no como algo que pincha sino como el oficio al que estás destinado a trabajar. Miedos e inseguridades; filias y talentos, lo que asusta es la responsabilidad de saber qué hacer con ellos y cómo el mundo los va a acoger.

Ayer no saqué nada en claro. Alex se tuvo que ir pronto, Jesús se enrocó en el guión que sigue la psicosocionomía desde que fue concebida por Alex y por George y que deberá superar para darse a conocer (no tengo la menor duda de que lo hará). Bueno, sí que saqué algo en claro. No equivoqué el camino. Y tengo miedo a la responsabilidad de ganarme la vida siendo lo que soy y haciendo lo que sé hacer.

Una de las cosas que nunca hago es marcarme fechas. Esta vez sí lo voy a hacer. Un año para solucionar temas pendientes: la empresa, las importaciones desde Alemania, los cursos de psiconomía. Tres meses para acabar la novela. Ni un segundo más para asumir la responsabilidad de ser yo mismo y actuar en consecuencia.

Casualmente ayer fueron varias personas con las que hablé o me escribieron dando vueltas sobre el mismo asunto.

Todo tiene un sentido cuando nada tiene sentido.




Es la tercera vez que lo cuelgo. A veces me asusta ver todo lo bueno y hermoso que me rodea y lo empeñado que estoy en no disfrutarlo.

jueves, 1 de octubre de 2009

Vídeo: Manu Chao - King of the Bongo

A veces me siento un poco así, como si hubiese cambiado mi estado natural por otro artificial y ajeno a mí. Supongo que las crisis son útiles para darse uno cuenta de qué es lo que importa de verdad.

Espero poder volver a mi selva interior, poder reconciliarme con el animal que soy.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Volar


Aterrizo como uno de aquellos aviones de papel que solía hacer volar cuando era niño. Entonces ya sabía que la aeronáutica no iba a ser mi modo de vida, y quizá entonces fue cuando empecé a soñar con ser algo que tuviera que ver con las palabras. El arte y oficio de fabricar aviones de papel era demasiado inexacto; para mí la exactitud estaba en las historias que leía en los libros.

¿Fui un niño solitario? En absoluto, jugué y corrí con los otros niños del colegio y con los del edificio donde vivían mis padres. Pasaba horas jugando en la calle. A pesar de ello, siempre viví como si viera el mundo detrás de un escaparate, como si mi vida fuese sólo mía y no cupiera nada ni nadie más.

Quizá por eso hoy aterrizo, con un golpe seco, cayendo de morro, como un avión de papel. Dispuesto a que me recojan del suelo, me echen aliento en la cara y tenga otra oportunidad para vencer la gravedad, para sostenerme a través del aire mediante un sortilegio que no había funcionado en el vuelo anterior. Aquel optimismo que de niños, nos llevaba a imaginar que lo que no funciona puede funcionar a la vez siguiente.

Supongo que la esperanza es eso: volver a tirar una y otra vez el mismo avión de papel, haciéndole cortes en las alas, atusándole la punta, poniendo celo para que las alas no se separen, arrancar una hoja de la libreta para hacer otro avión más perfecto, comprar una cartulina y doblarla, salir al balcón y tirarlo desde muy arriba y asomarse a la barandilla para ver como cae. Supongo que eso es la esperanza: perserverar con la ilusión de que en uno de esos vuelos iremos montados nosotros en el papel o que seremos el avión.

Llevo días sin poder escribir. Llevo días sin encontrar dentro de mi cabeza el camino de salida del laberinto. Mi vida ha entrado en una dimensión de realidad y yo no sé ser real. Siempre he sido un soñador de historias, un oyente, lector, imaginador, de personajes y de circunstancias. Siempre he sido un habitante del otro lado de la luna.

Necesito mi dosis personal de tristeza, necesito saber quién soy de vez en cuando, que se me derramen las palabras hasta que formen un charco escrito. Necesito saber que mi alma tiene ese espacio propio para poder observar el mundo con apresurada calma.

Las palabras me han servido para poder llegar hasta ti. De no ser por ellas no hubiese habido ninguna posibilidad de que pudiera salir de mi mundo y poder rozar el tuyo. Poder recuperar las palabras... necesito poder recuperarlas de nuevo, necesito que aquello que vivía en mí pueda volver a ser como antes. Necesito saber que aún me lees.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Manostijeras


Tal vez (sólo tal vez) exista un lugar donde no tener que llegar ni del que esconderse, quizá exista un lugar en el que uno no se encuentre, de repente, de la mañana a la noche, aturdido y descentrado, en medio de una calle tan conocida como desconocida. Es más, quisiera que el espacio y el tiempo fueran tan sólidos como el escaparate de una joyería, quisiera ser esa burbuja de aire que se quedó atrapada ahí, en medio del grueso cristal, enfriándose, al que el experto en calidad, después de examinarla y dudar un instante, diera la lámina por buena, pensando que una burbuja no hace nada malo exisitiendo ad eternum en medio de un océano de fría e impentrable dureza.

El otro día, en el tren (he estado varios días sin poder conducir) una señora llevaba una cesta de la compra, sobresalían por encima una caja de cartón con media docena de huevos (recordad que siempre hay que poner lo más frágil arriba y lo más resistente abajo), quizá fue porque esperaba que un cliente me volviera a llamar, quizá fuera porque estaba algo mareado, el caso es que pensé que a veces uno cree que lo que uno quiere es lo que está como dentro de un huevo y lo casca para tenerlo, pero no es lo que uno estaba buscando, uno se da cuenta de que la esencia no estaba dentro, era el huevo intacto en la mano. Sí, ya sé que resulta raro lo de pensar en huevos cuando uno va en tren, pero qué le voy a hacer, supongo que el incidente de la pierna me ha hecho relentizar un poco todo, supongo que viajar con gente desconocida, depender de horarios y vías, dejar para más adelante tareas del todo urgentes, es como sentarse a contemplar las pequeñas cosas.

Las nueve. Voy a llamar a ese cliente que me no quiere, a esa casa de válvulas que está a mi disposición cuando usted quiera pero que se encoje de hombros cuando le pregunto cuál de ellas hay que sustituir en mi corazón para que éste funcione como un reloj.
Hoy es un día extaño, repleto de trabajo atrasado y de facturas que hacer y envíos que cursar; visitas que hacer, sábanas que añorar.

martes, 15 de septiembre de 2009

Emailssímissimos


En primer lugar quisiera decir que mi ausencia ha sido producto de varios afortunados y desafortunados sucesos.
Desafortunados:
- Accidente (sin rotura ósea), paso por el hospital y pierna maltrecha
- Debido al accidente no puedo conducir, eso requiere de desplazamientos en medios públicos.
- A causa del accidente tomo una pastillas para el dolor que ya quisieran muchos camellos tenerlas en su catálogo.

Afortunados:
- Desplazamientos para ver a la chica de la bicicleta.
- Empieza a moverse un poco el mercado y por tanto trabajo algo más.
- Infinidad de contactos para captar más trabajo.

Prometo responder a los correos uno por uno, en especial a uno. No suelo ser de los que desaparecen así de un día para otro, aunque alguna vez, de forma inexplicable, lo haya hecho.

Son días de vértigo y movimiento. Son esos días que uno recuerda como el inicio de algo, muchos años después, cuando se mira hacia atrás.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El sonido de las esferas


Me dice que somos del viento. Yo me pregunto que si de un viento tan fuerte que lo pueda arrastrar todo bien lejos. Ella permanece en silencio y eso que dijo se queda suspendido ahí, cada vez con más peso, hasta que se vuelve del todo sólido, como si el silencio diera consistencia a las últimas palabras pronunicadas, como si el silencio fuese una batidora que dejase el aire a punto de nieve.

Mira hacia otra parte mientras juega con las llaves. Pasa una por una por la anilla que las une, las deja caer encima de la mesa desde una altura que sólo se puede medir en latidos y luego las vuelve a coger y las vuelve a pasar. La otra parte a la que mira es a la ventana; pero no a lo que hay fuera, sino al cristal de la ventana, como si éste fuera opaco, como si fuese una pantalla de cine donde va proyectando y dando forma a lo que le pasa por la cabeza. No dice nada más, sólo eso de que somos viento. Suspira. Suspira en círculos, como esas volutas de humo que algunos fumadores habilidosos son capaces de crear.

Pasan treinta segundos que parecen dos horas. Una moto pasa por la calle haciendo un estruendo amortiguado por la doble cámara de la ventana que le hace de pantalla, luego me mira y dice que se va. "Me voy antes de que no pueda despegarme de ti, antes de que caiga en la cuenta de que sabía desde el principio que esto nuestro era un disparate. Somos muy diferentes tú y yo, somos dos solitarios que de vez en cuando tenemos que buscar a otro, buscar un abrazo con el que engañarnos y creer que todavía somos capaces de sentir como el resto de las personas. Pero eso es sólo un amor de subsistencia, eso es el amor de los que no saben amar. Así que aquí acaba todo".

Le digo que la quiero y que eso que dice es la excusa perfecta, le digo que es una cobarde, una inmadura, una niña que se cansa del juguete porque sabe que puede comprar otro, que los niños de hoy son tan caprichosos porque saben que pueden tener lo que deseen, y que ella es una consumidora de hombres, que quizá por eso los confunda cuando me habla de ellos, que quizá por eso me llama, a veces, por un nombre que no es el mío. "No es eso. Sólo es que tarde o temprano dejaré de quererte" me dice. Y claro, luego tendrás que deshacerte de mí y eso mancha las manos y huele a basura, le digo. "Eso es un golpe bajo" me dice. Sé que lo es pero me digo que estoy harto de perder siempre por jugar limpio mientras los demás me tiran tierra a los ojos o dan por supuesto que soy como ellos dicen que soy.

Se levanta de la silla, se mete las llaves en el bolso y dice que se va. Le digo que no se vaya, que tendrá tiempo de hacerlo cuando se canse de mí. "Tengo miedo de no cansarme de ti" me dice. "Entonces no te canses de mí" le digo mientras la cojo por la cintura. Y me sonríe. "Siempre tienes una palabra adecuada para cada momento" me dice. "Tú siempre haces que tenga una palabra adecuada para poder acercarme a ti" le digo. "Eres un encantador de serpientes" me dice divertida. "Nunca he sabido si es el fakir el que hipnotiza a la cobra o es la cobra la que mantiene al fakir hipnotizado" le digo. "¿Ves como siempre tienes una palabra a punto?" me dice. Le sonrío. Y le doy un beso. Y la cojo de la mano y la llevo hasta mi cama.

lunes, 31 de agosto de 2009

Un inciso


Cinco minutos para descansar, mis ojos necesitan el negro de moriría por ella como un náufrago una vela o una columna de humo en el horizonte. Me deslizo por la tarde hacia el lugar donde se mecen las horas, donde tarde o temprano, acabo encontrándome conmigo mismo y mis ganas de desandar los pasos que mi corazón ha dado marcha atrás durante el día. Y en estos días convulsos tiro por el suelo los fragmentos de novela que no puedo acabar, las palabras que me sustituían a mí en el acto de vivir, se van por el desagüe de la ducha los últimos restos de la crisálida con la que me habéis conocido. ¿Quién soy ahora?

Y como en un sueño, suena esta canción y entonces... entonces sé que sigo siendo yo, sólo que con más miedo del que puedo asumir de forma natural. Debe de ser la depresión post-vacacional o que los días son más cortos; debe de ser que mi tiempo tiene un sabor distinto, que no echo de menos echar de menos, que, al fin y al cabo, no estoy hecho de otra materia de la que estaba hecho hace más o menos un mes. Miro alrededor y pienso y me doy de baja de "soñadores sin fronteras" por impago de la cuota de la entrada diaria. Y mi corazón me pide a gritos que vuelva y yo vuelvo cinco minutos, sólo cinco minutos, a dejarme llevar sabiendo que me vas a leer desde tan lejos, sabiendo que ese "algo" que tenemos tú y yo sigue ahí, arañando las esquinas, queriéndose escapar más allá de estos tejados.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Rediografías de partituras


La otra noche soñé con algo que me produjo una mezcla de tristeza y de esperanza. No sabría decir muy bien si la esperanza era porque hacía muchos días que no recordaba los sueños. El sueño era que, en la mesita de noche había un aparato de fax por donde entraban (salían) radiografías de partituras musicales. La mesita de noche era del piso donde vive la chica de la bicicleta y los faxes estaban dirigidos a ella. Fin del sueño. Me desperté y sonreí ya he dicho que no sé muy bien si por el sueño o por recordar lo soñado.

Ayer la chica de la bicicleta me anunció que había quedado para cenar con un antiguo amigo. "En su casa" me dijo. Un viejo amigo que casualmente vive solo, un viejo amigo que le dijo que qué linda se la veía, un viejo amigo que "nos conocemos desde que éramos así", un viejo amigo que le envió un mensaje que decía "qué bien me lo pasé contigo el otro día". Un amigo al que cuando le pregunté a qué se dedicaba ella me contestó "músico".

De algunos es conocido mi percepción psíquica, ¿eh, Pinturas? Inmediatamente relacioné el sueño con los amigos de la niñez. No dije nada del sueño pero le dije que el viejo amigo quería algo más que seguir siendo su amigo. Ella se rió de mí. Yo me quedé tranquilo de su risa. Luego escribí algo y abrí las puertas a los fantasmas del pasado. Los fantasmas del ayer siguen burlándose de mí. Subí a la terraza y me senté a leer en una de las sillas. Leí cuarenta páginas pero si alguien me preguntara qué pasó en el transcurso de esas páginas no podría decir exactamente el qué.

Esta tarde quise jugar a un viejo juego. El juego consiste en decir "no soy tuyo" y el juego concluye cuando ambos jugadores acaban pensando que el otro puede ser tan de uno como no. Ese juego me llevó siempre al infierno, un infierno de hierro colado y rugiente. No pienso volver allí. Lo tengo decidido. No voy a ir a donde quieran, no voy a caer una y otra vez en un juego al que no quiero jugar.

Cuando se rozan los cuarenta uno no puede evitar vivir cosas por primera vez en escenarios de segunda mano. Ni ella ni yo podemos evitarlo, pero sí se puede callar y eso es lo que voy a hacer. Porque esta mota de polvo no puede empañar lo mucho que quiero que me salga bien esto y porque esta vez no voy a caer en la tentación de suponer ni hacer suponer. Soy demasiado ingénuo, estoy empezando a querer demasiado a la chica de la bicicleta como para dejar que el fax de una partitura durante un sueño tenga tanta importancia.

Esta noche subiré a leer de nuevo. Y esta vez me voy a enterar de lo que leo.