lunes, 16 de diciembre de 2013

lunes de oficina (o de cómo si hay que morir en el intento, mejor que lo intente otro)


La mañana ha sido tranquila en términos generales. Álvarez sigue practicando su técnica de dormir con los ojos abiertos hasta las once de la mañana con vagos resultados porque ronca y porque Laura le tiene en gran estima y le consulta constantemente los más mínimos detalles de la reestructuración de plantilla. Creo que aún no saben que se puede despedir a lo bestia, así que de momento sólo han puesto la cafetera en medio de la oficina. Ya verás cuando se den cuenta que el cable no llega, espero que no corra la sangre.

Durante la hora del café (ya sin café) mi amada me ha contado lo mucho que me echa de menos y lo mal que se lo ha pasado el fin de semana conociendo millonarios en el club náutico de Palma. He notado cierta tristeza en sus palabras y casi me han dado ganas de consolarla, pero me he retenido por no hacerla sufrir y por el hecho de que lleva una navaja siempre encima para pelar la fruta. Eso hace que me tome mi generosa emotividad con cautela cuando se trata de la princesa de mis desvelos.

Cuando ha pasado por delante de Álvarez le ha comentado algo así como "Joder, Álvarez, este fin de semana he conocido un negro más grande que ese armario, no voy a poder sentarme en una semana" y luego me ha mirado con fingido rencor. Álvarez le ha contestado con un ronquido y acto seguido se ha desplomado sobre el teclado justo cuando entraba nuestro anciano presidente de la corporación... que ha interpretado el gesto como una reverencia.

A mí todo este jueguecito con mi amada ya me está cansando. Si quiere dejarme, que lo diga de una vez, que con tantas indirectas no hay quien se entere.

Sin embargo la mañana no ha sido del todo improductiva, desde que nuestra amada líder Laura me pillara a semana pasada in fraganti meándome en la cafetera, se ha creado cierto compañerismo entre ella y yo. No sabría decir muy bien el porqué, quizá por aquello que me dijo "yo llevo años haciéndolo", pero el caso es que desde ese día ya no me cae ninguna bronca, y me invita a bajar con ella al bar de abajo para tomar café y una copa de coñac. "Mira niño, olvídate de esa zorra y búscate alguien como tú" se ha sincerado esta mañana después de la segunda copa de coñac "yo tengo una prima solterona que...". Entonces nos hemos puesto sentimentales, me ha contado que vive con dos gatos, en un piso enorme y frío, nos hemos abrazado llorando y hemos cantado una canción de Luz Casal pero una versión que parecía de Los Chicos (porque yo canto siempre dando palamas) y Miley Cyrus (se ha quedado en ropa interior y se ha colgado de la lámpara) y luego nos hemos liado en el lavabo de minusválidos. Cuando hemos salido ya era la hora del vermut y nos hemos pimplado sendos gin-tonics con bravas.

Me gusta este trabajo, nunca sé cómo va a acabar el día, es lo más parecido a una expedición por el Amazonas pero sin selva ni río, lleno de peligros a cada paso y siempre rodeado de salvajes dispuestos a acabar contigo. Al principio no tenía muy claro que acabara adaptándome, pero tres meses después creo que cualquier otro trabajo me resultaría insulso.

A la hora de comer Laura me ha llevado con ella a la reunión con unos japoneses, me ha presentado como el delegado industrial de la empresa. Al vernos entrar, los japoneses nos han recibido con cierta sorpresa, quizá por nuestro aspecto desaliñado, con la ropa por fuera y despeinados, pero después de cuatro botellas de vino hemos acabado cantando la de "libre, libre quiero ser.. quiero ser quiero ser libre". Han firmado todo lo que le hemos puesto delante y ya tenemos contratos hasta que acabe la crisis y más allá. Uno de ellos creo que hasta nos ha regalado su alma, no sé por qué Laura se empeña siempre en intentar comprar el alma de la gente, con los contratos que propone ya uno se queda sin espíritu.

De camino al trabajo, ya en el taxi y con Laura agotada, desparramada y durmiendo a pierna suelta a mi lado, me he dado cuenta de lo orgulloso que debería estar por mi nueva condición de directivo de éxito, y de que lo mucho que me he esforzado haya tenido su recompensa. Me gustaría que mi padre hubiera podido verme hoy, en mi máximo esplendor, llenando la copa de vino de los japoneses hasta que perdieron la dignidad y la conciencia. Si de algo estoy seguro es de que me esperan más días de gloria. He podido ver la luz al final del túnel de mi existencia pasada y no pienso dejar escapar esta oportunidad.


Hace un rato que hemos llegado de nuevo a la oficina. Hemos guardado los contratos en la caja fuerte y lo hemos acabado de celebrar con una botella de Mateus que siempre tengo en mi taquilla, la cual he convertido en nevera a base de robar el compresor de la máquina de refrescos y acoplarle la turbina de un helicóptero tomahawk: congela en diez milisegundos medio kilo de gambas... el día que me la deje abierta puede que llegue una segunda glaciación a este planeta.

En fn, creo que va siendo hora de acabar esta agotadora jornada... qué ganas tengo que llegue el fin de semana ya.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Alguna vez tenía que intentarlo, las catástrofes siempre suceden cuando alguien decide que va a cambiar algo que ya estaba bien como estaba


"Nunca antes
había escrito algo
que se pareciera
a un poema.

Los poemas no pagan facturas
Como mucho
el director de mi banco
diría al leerlo
"muy bonito,
¿dónde está mi dinero?"

No le pienso hablar
de ti
y de mí,
de que me quitas
la vida

No le voy a hablar
de la pluma que encontré
ayer
en el lugar en el que había
predicho
la luz de mi sueño.

A veces me pregunto
(ya sé que no es bueno preguntarse)
si no estaré, en realidad,
loco.

No loco de quererte con locura
que de eso sí lo estoy;
y me gusta

sino loco de verdad
de los que imaginan cosas
que no suceden
por mucho que
cierren los ojos
y aprieten los dientes

y trabajen los domingos
en filosofar piedras de hierro
para convertir en oro
todo lo que reluzca.

No sé.
Tengo miedo de estar loco
por si tú me dejas
 un día
por extravagante

Tengo miedo de que
sea imposible que el universo
quepa en un frasco.

Creo que dejaría de soñar
si tú me lo pidieras,
pero no me lo pidas
porque lo haría sin pensar

y dejaría de escribir al menos
este poema.
Se borraría él
y me borraría yo.

Y le devolvería al banco
lo que es suyo
y el director de mi banco
me diría "muy bien, así me gusta"
Y yo ya no sería yo

y no podría quererte como
te quiero ahora,
me faltaría poder creer que
algún día,
pronto
te regalaría un universo que
te cupiera en la palma de tu mano,
en el frasco
de tu vientre".

lunes, 9 de diciembre de 2013

La extinción de los hombres


Recuerdo a mi abuelo. Llevaba siempre la espalda recta y tenía un porte elegante. Tenía mal genio, es decir, se enfadaba cuando algo no le gustaba. Supongo que por eso se fue a la guerra y supongo que quizá por ello volvió y siguió con su vida más o menos donde la dejó. Tenía un sexto sentido: el sentido del honor. Su palabra era compromiso y aceptaba como justo lo pactado, aunque saliera perjudicado a veces. Hablaba con todo el mundo que razonara y se alejaba airado con los que eran incapaces de dar más respuesta que "por que sí" o "porque lo digo yo".

De él aprendí a escuchar historias e imaginar otros tiempos y otros personajes, pero si algo aprendí de verdad es a comprender que la vida que llevamos es también el lenguaje con el que nos expresamos, es nuestro discurso al mundo y no las palabras que salen por nuestra boca, sin embargo uno debe expresarse con corrección y respeto.

A pesar de tener mal genio, mi abuelo era un hombre amable, le gustaba la conversación y hablaba con todo el mundo, sin hacer distinción de clase social alguna...

Tengo la sensación de que aquellos hombres se han ido extinguiendo con el tiempo, que de la misma forma que desaparecieron los Neardenthales, la raza humana ha evolucionado hacia otro estadio de evolución, donde el honor no significa nada, donde un hombre se mide exclusivamente por lo exterior, donde se ha sustituido la vida real por la apariencia. No es lo mismo el valor que la honra.

Uno de los relatos que estos días me ha emocionado, es el del carcelero de Nelson Mandela, cuenta que desde 1978 fue su guardián y se sintió profundamente impresionado por su prisionero. Un día, cuando Mandela era presidente, a este guardia le tocó custodiar el parlamento. El presidente, al verlo, se fue con los brazos abiertos hacia él y lo abrazó, y se lo presentó a todos los parlamentarios y a sus ministros diciéndoles que ese hombre había sido su carcelero, como quien presenta a un viejo amigo, sin rencor.

Creo que el mundo de hoy, la clase política de hoy, los que nos gobiernan en la sombra financiera, han perdido esa perspectiva. Yo diría que estamos creando las bases de un mundo donde la gente no tenga la capacidad ni el espacio, ni el tiempo para cultivar la amistad. Y creo, sinceramente, que la amistad es la puerta por donde entra el progreso, la colaboración tiene más rendimiento que la competencia, aunque la competencia sea también necesaria.

Y no hay amistad sin respeto, y no hay respeto sin educación, y se educa con el ejemplo.

Nos estamos extinguiendo, pero no lo oímos porque no nos deja escuchar el ruido de la muchedumbre.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Conozco tanto eso del miedo a lo desconocido...


Supongo que el destino es muy extraño. Llevo varios días perplejo antes un millón de inverosímiles coincidencias, cosas que pienso y pasan, personas que aparecen como surgidas de la niebla...

Me gustaría creer que todo obedece a un plan, un plan que se ha quedado obsoleto y discurre por su cauce mientras yo me he quedado atrás, en una vía muerta a la espera de que ocurra algo.

A veces me siento así. Como si me hubiera detenido en el camino que tenía que llevar agua allí donde la necesitaran. Lo cierto es que no tengo la sensación de haber abandonado, sino que estoy en un momento de stand by y que dentro de poco volveré a retomar ese camino.

Si lo que está ocurriendo es real y no otra señal más de que me estoy volviendo loco, en breve volveré a mis nuevas obligaciones.

Estoy acabando una segunda patente, también relacionada con el agua. Si me la financian será lo que la electrónica supuso a la aparición de la electricidad: una evolución y un nuevo lenguaje, en química y en la conservación del medioambiente.

Pero esa es otra historia...



sábado, 30 de noviembre de 2013

En resumen... que parece primavera.


No he podido evitarlo. Te he estado evitando un océano de meses, casi se me abre el tiempo como una naranja, es decir, hincándole los pulgares hacia dentro, y luego tirando hacia fuera y hacia abajo al mismo tiempo. Has llegado. Antes que tú un ejército de hormigas han ido recorriéndome la espalda hasta certificar que aún sigo vivo. Poco, pero vivo.

No he podido evitarlo, de veras, yo creía que controlaba, no como me bebo cuatro copas y digo a voz en grito que voy bien (elegante y comedido, pero eso sí: derramado mi cuerpo en el suelo), sino como cuando me  empeño en hacer dieta la eternidad de dos semanas y lo consigo, así que yo creía que controlaba, con todas las distancias, y las noches que no te cogía el teléfono y al día siguiente mentía y decía que no lo había oído.

No he podido evitarlo, confieso que a mi miedo le serigrafié un letrero amarillo en el que se leyera indiferencia, no porque estuviera aterrado, sino porque hace tiempo que vivo con distancias, porque siempre que me apego a alguien me la pego, y ya empiezo a estar mayor y no me sueldan bien los huesos.

Pero no he podido evitarlo, no quería decirlo...

... tengo ganas de verte.

viernes, 29 de noviembre de 2013

La libertad es un precipicio del que se sale con alas


Esta semana encontré en nuestro rincón un escrito que creías haber borrado. Ya ves, con todo lo que ha diluido el tiempo y Microsoft empeñándose en seguir siendo el diablo. Una carta. Dirigida a mí. En la que me decías lo que yo ya había escuchado en boca del silencio. Es bien sabido que el silencio siempre supo más por viejo que por Windows.

No supe qué decir, tan muerto de miedo se quedó el bicho que vagamos él y yo por el teclado sin rumbo ni ni fijo ni variable, llamé a la mujer de los cien años de palabras y me dijo "seguro que hay más", así que me puse a descender hasta la oscuridad donde quedó nuestro pasado, lleno de baúles donde el polvo esconde cosas, por si te hubieras dejado alguna con la intención de que yo viniera a buscarla, y encontré un camino de piedras blancas puestas allí para, por si algún día te decidías a volver, saber que existía un camino.

Ha llovido una inmensidad desde entonces, y no volviste hacia atrás. Quizá aquella vez que me llamaste fue un intento de ver hasta dónde habíamos llegado cada uno de lejos, estábamos muy pequeños en el horizonte ya. Tú te habías ido a vivir con tu novio de entonces, yo quizá pasé las peores navidades de mi infancia. Será que, en la vida, nunca se puede regresar, debe ser que es por eso que uno evoca, y recuerda, a veces sueña, que se es otro que ya no existe. Y escribe en blogs que casi nadie lee.

Esta semana me di cuenta de que no rompimos cuando nos dijimos adiós sino cuando decidimos ser otros muy distintos de los que fuimos.

Y fue entender eso y me convertí en otra persona. Y empecé a escribir en otro blog, que esta vez sé seguro que nadie más lee, y me liberé de ser el que nunca perdía la esperanza.

Y me alegré de que te fueras tan lejos, y de que yo... pudiera volver a enamorarme.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El tiempo pasará

Esta canción me pone contento... llevo todo el día tarareándola...

jueves, 21 de noviembre de 2013

Cuando sólo quede la ternura


Tu voz suena extraña al otro lado del teléfono. Me pregunto dónde ha ido toda aquella pasión que sentía por ti, por estar cerca de ti, por volver verte una y otra vez. Si alguna vez he sentido algo más fuerte que la necesidad de seguir vivo fueron esos años de luz oscura con la que me iluminaban todos los dioses crueles cada vez que tu nombre salía de alguna boca. Y desapareciste. Y te casaste. Y tuviste hijos.

O desaparí yo, o me casé yo, no eso no, tampoco tuve hijos. De vez en cuando coincidíamos en fiestas, a tu marido yo le caía simpático, me invitaba a vuestra casa, hicimos un negocio juntos, me abría una ventana a las cosas que hacíais, a dónde ibais, no sabría decir el porqué, pero siempre acaban por confiarse a mí personas a las que apenas conozco. Creo que fui el primero en saber que tu marido empezaba a odiarte, lo intuí una tarde, en la cadencia distinta al pronunciar cada una de las tres sílabas de tu nombre. Para entonces yo ya había renunciado a ti, pero ese día volvió la luz oscura, y el recuerdo de tu piel, y las sábanas revueltas y follar hasta el amanecer, y el escalofrío cuando no me cogías el móvil, y el alivio de tu nombre el su pantalla un rato más tarde, y el amor de tu boca por mi polla, y la necesidad de ti, y el terror a ti.

Tu marido no supo el porqué, pero ante la inminencia de vuestro desastre volví a desaparecer. La excusa fue una mujer (si te he de ser sincero no me acuerdo de quién), el odio siguió su curso, el odio es un torrente que se desborda y lo inunda todo y os inundó a los dos. Yo estaba en Munich cuando me llamaste, lo recuerdo porque aquel día la luz dejó de ser oscura, primavera en diciembre, lo recuerdo: se me quedaron colores tatuados en el fondo de la retina. 

Y volvió de nuevo el vértigo de verte. Yo entonces estaba con otra chica, tenía las piernas largas y bonitas, le decía que me quedaba hasta tarde en ele trabajo y en realidad iba a verte a ti, a ese piso en el Eixample al que te mudaste.

Pero desaparecí otra vez, o desapareciste tú. O me casé, o te casaste de nuevo tú. 

Pero ayer llamaste. Tu voz era la de otra persona, otra por la que la no se oscurece el sol cuando una voz provoca tu nombre en mi cabeza. Hablamos como dos viejos amigos, que supongo que es lo que podríamos ser ahora. A mí la vida me fue cansando como un boxeador a su rival más experto, sé que un día de éstos me va a golpear de lleno. A ti la vida te volvió más selectiva, te curó la locura. 

A mí me gustabas porque estabas loca, supongo que yo a ti porque hasta ayer no me había rendido nunca.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Música para desesperados


No sabría decir el porqué, pero soy incapaz de escribir mientras escucho música. Ni de leer, ni de pensar... para hacer todo eso tengo que olvidar que la música suena, y eso requiere concentración; una concentración que hace tiempo que no consigo encontrar por mucho que me ponga a buscarla.

Me cuesta comprender a los que me cuentan que se ponen música para hacer esto o lo otro, se me hace difícil creer que no se detienen en la música, en las letras si las entienden, me cuesta imaginar que uno empieza algo así para olvidarse de ello y dedicarse el resto de la tarde a hacer otra cosa, como si conectar el MP3 fuera como poner la calefacción, para estar más a gusto, una sensación corporal auditiva que evita el frío silencio, como si el silencio fuera frío.

Quizá sea eso, que a mí el silencio me gusta, me calma, y me arropa como una manta cuando llega el frío.
Quizá porque cuando aparece el invierno me bajo a la habitación más pequeña y trabajo allí, junto a Ulises y Penélope silenciosos, pegados el uno al otro dentro de su cesta, durmiendo al calor el uno del otro, despertándose para comprobar que está allí el otro y volver a dormir hasta la hora de la cena.

En cualquier caso, me gusta ponerme música cuando me tomo cinco minutos de descanso, aunque también me gusta ponerme a escribir algo (lo que lo hace incompatibles), por eso en el blog escribo y pongo una canción, para que coexistan en un lugar común, con la falsa sensación de que van unidos, pero tan distantes entre sí como la distancia física que hay entre tú y yo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Alegría


Quizá si que recuerdo el tacto de tu piel cuando mis manos ingresaba, casi siempre con la urgencia que tienen las manos de los tímidos, debajo de tu blusa. Quizá lo recuerdo porque sigo siendo capaz de evocarte desnuda y sigo perdiendo la respiración casi al instante. Si alguna vez el olvido me vence con su enfermedad de almizcle, si a mi cerebro se le escapas como un pez recién salido del agua, sé que mis manos seguirán hablándole de ti al resto de mi cuerpo, para que siga el corazón latiendo, mis oídos escuchando el rumor de la ciudad a través de la ventana, mis ojos buscando la luz entre las hojas de los árboles, como cuando estábamos juntos.

Quizá sí te recuerdo. Busco cualquier rastro de ti en cuanto dejo de concentrarme en lo que esté haciendo, mi alma sigue sedienta de saber de ti, como un emigrante que sesenta años después, cuando ya nada lo ata al lugar donde nació, sigue rebuscando en los periódicos el nombre de la tierra donde sus raíces aún se aferran al suelo y siguen alimentándose con otra lluvia que nunca conocerá, ni la de que le protegerá ninguno de sus paraguas.

Sí. Supongo que debe ser eso. Que soy uno de esos asuntos pendientes que quedaron de lo nuestro, que yo no formaba parte de lo importante, que me quedé ahí, sin acabar del todo, como esas cosas que se dejan para más adelante y que no se acaban de concretar ya nunca. A veces pienso que lo nuestro siguió, pero sin mí, como si me hubiese quedado por el camino y ya nunca hubiera podido volver a alcanzarte.

Supongo que eso que digo no es del todo cierto, supongo que uno deja marchar y el otro se va, y viceversa, y otra vez lo mismo, y otra vez viceversa. En cualquier caso se me quedó en las palmas de las manos impregnado algo que te pertenece y aun tanto tiempo después siento la necesidad de devolvértelo, aunque sepa que sólo es una excusa más para volver a verte y que me digas que me lo puedo quedar para siempre.

Antes de empezar, a este post le puse de título de alegría, quería escribir algo realmente bonito, algo que cuando uno acabara de leerlo sintiera algo así como que las cosas merecen la pena, que uno es capaz de soltar lastre, terminar lo que se dejó a medias, que lo que viene es mucho mejor precisamente por eso, porque ya nada tira de uno hacia atrás.

Pero se me olvidó que mis manos y tu piel tienen su propio recuerdo, que se quedó ahí escondido por si a mi cabeza se le olvidas, como si en el fondo supiera que la alegría es en realidad algo que debe guardarse en un lugar donde se la encuentre cuando se haya perdido todo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El lugar donde se convocan los huracanes


Ya sé que el tiempo no borra las heridas, lo sé porque cuando llueve me duelen varios huesos del alma, no porque hayan soldado mal después de alguna caída, sino porque el cuerpo se hace su mapa donde las cicatrices son cauces de risas y montañas de recuerdos al que acude cada vez que quiere recordarte. Supongo que mi alma es ciega porque necesita recorrer con la yema de los dedos ese mapa inconfesable, secreto, a veces olvidado y otras puntiagudo, doloroso como un nido de alacranes, para tenerte presente. No creo que sea el cambio de tiempo lo que le provoque esos repentinos deseos de tocarte así, tan de lejos, tan tarde, pero hace ya muchos años que dejé de hacerle preguntas porque también se empeña en hacerme creer que es muda, supongo que no se acuerda que ella y yo hablábamos sentados, con los pies colgando, sobre una roca lunar y comíamos pipas, y veíamos el fútbol, y jugábamos a adivinar vidas, y nos prometíamos cuidar el uno del otro.

Yo sé que el tiempo no va a juntar todo eso y lo va a pasar, hoja por hoja, por la trituradora de documentos, que tu recuerdo es algo a lo que voy a tener que sobrevivir y que me costará más o menos lo mismo que todo aquello que, de una forma u otra, me ha ido haciendo lo que soy, capa a capa, como a un terreno sedimentario, con todos los adioses y todos los hasta nuncas, con todos los no me dejes y con las inmensas oquedades de los siento que me estoy cansando de ti. Sonrío mientras lo pienso, porque siempre tuve la suerte de que la última capa, la de la superficie, acabara siendo fértil. No de inmediato, pero el clima es benigno, los pájaros anidan en mi cabeza, trabajo la tierra y siembro aunque no siempre acabe recolectando los frutos. Quizá la vida no sea otra cosa que apostar a que va a salir bien. Lo que sea.

Ha pasado el tiempo, reconozco que nada ha conseguido erosionarte de ese mapa braille donde tu recuerdo es el lugar donde se convocan los huracanes para decidir hacia dónde van cada uno y la fecha de su nuevo encuentro; si te he de ser sincero, a veces bajo a la lluvia que provocan y me empapo de rayos y vientos para poder seguir sintiéndome vivo.

Pero ya es hora de volver al trabajo, escribo por las noches para acabar de escribir por las mañanas. Hoy se me hace tarde, el destino me espera a la vuelta de la esquina, de cualquier esquina, y llevo demasiado tiempo persiguiéndolo como para abandonar ahora. Ya he asumido que allá donde vaya seguiré acarreando conmigo a ese otro yo mudo y ciego, y que continuaré con la esperanza de que un día grite y corra de nuevo porque se ha despertado de ese sueño en el que podía posar, sobre algo parecido a ti, sus manos de prestidigitador aficionado. Y lo sé porque esta vez sí, esta vez he apostado a que va a salir bien esto a lo que no puedo, después de tantos años, ponerle nombre.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La impaciencia


Chisporroteó un último instante, la estrella fugaz volvió de nuevo a la oscuridad del infinito y buscó otros planetas donde su luz fuera cegadora. A mí me quedó un pequeño hueco, aséptico y silencioso, inapreciable a simple vista, que se llena de agua cuando llueve y en el que juegan los niños que saben pisar charcos.

Podría decir que las cosas no van demasiado bien últimamente, pero teniendo en cuenta cómo han ido estos últimos años no voy a quejarme. Si pudiera pactar que estos años de crisis hubieran sido como éste último, probablemente firmaría en una hipotética línea de puntos. Pero eso ahora es intrascendente, o al menos, me quita mucho menos el sueño, quizá le añadiría o quitaría alguna cosa, pero no mucho, quizá este sentimiento amargo de que no acabo quitarme porque mis proyectos no se acaban de materializar.

Quizá es que lucho solo en un mundo donde no eres nadie si no tienes padrinos, pero creo que eso me está haciendo cada vez más fuerte, curiosamente, cuanto más fuerte me hago respecto a lo que pienso, más problemas tiene mi cuerpo, esta semana ha vuelto a sangrar la úlcera, supongo que eso sólo es una somatización de lo acabo tragando. Y sí, quizá debiera decir más cosas, pero al final me las callo, quizá haya batallas que no merecen ser ganadas, al menos no merecen ser ni tan siquiera disputadas. A veces es mejor quedar como un tonto que se cree todo lo que le dicen, a iniciar algo en el que uno no va a ganar nada, sólo dejar patente la verdad, una verdad que puede llegar a ser dolorosa sólo para el que la revela.

La nueva patente ya casi está lista, creo que esta vez me he superado, no creo que esta vez actúe de manera  tan inocente como con la primera, pero en todo caso ya tengo en mente una tercera patente, más compleja aún, pero infinitamente más eficaz. Sé que el tiempo juega en mi contra, pero eso es casi lo que menos me importa, llevo más de tres años con esto entre ceja y ceja y sigo con ello a pesar de los contratiempos. El bicho grita de alegría y de rabia, y me llena de vida todo el cuerpo, y aunque sé que ha nacido para destruirme, sé que luchar contra él es luchar por mí, y eso me lleva cada día un poco más allá de mis límites. El bicho, es por así decirlo, el hierro candente que me abrasa y me mantiene despierto.

En el post anterior, sentía que alguien iba a ponerse en contacto conmigo, lo sentía físicamente, quizá sólo era el anuncio de mi recaída, el caso es que intuyo que el día se acerca y creo que para ese día, estaré más centrado de lo que estoy ahora.

En cuanto a la estrella polar... quizá indicaba un norte frío o un punto entre las estrellas, se fue y eso es casi todo lo que puedo decir.


Algún día alguien le quitará esa percusión machacona y hará de esta canción una balada preciosa, pero hasta que ese día llegue...

lunes, 4 de noviembre de 2013

Lo que el destino esconde del pasado


No sabría muy bien el porqué, ni mucho menos aún el cómo, pero sé que está cerca de ponerse en contacto conmigo. Le diría que no lo hiciera, pero a mí siempre me gustó que las sirenas salieran del agua por sí mismas, que se me acercaran caminando con sus recién estrenadas piernas, que aprendieran mi lengua a fuerza de buscarla dentro de mi boca.


El vídeo está grabado a cien metros de mi casa, hay un momento en que se ve a lo lejos. Acabo de descubrirlo ahora, y recuerdo que pasé por delante un día en el que en el hotel había un equipo de rodaje. Quizá fue ese día. Curioso que la canción tenga que ver con lo que he escrito porque no había escuchado la letra con atención hasta ahora.

lunes, 28 de octubre de 2013

Miríadas de estrellas fugaces harán que parezca de día


Cada vez tengo menos que decir. Es un hecho. Antes siempre tenía una inquietud, sentía la necesidad de escribir acompañada de arcadas que nacían en la boca de mi mano hacia las yemas de mis dedos, siempre tenía la suicida vocación de sumergirme en historias que me atraparan y, cuando salía del agua de esa literatura de vino barato me secaba con la toalla del blog para vencer al frío que te deja lo que ya se ha acabado.

Pero de un tiempo a esta parte, después de seis o siete días de escribir en él, me entra una tristeza infinita y debo dejarlo por un tiempo. No sé muy bien a qué obedece esa media docena de nubes negras, o lo sé muy bien pero he aprendido a dejarlo bajo llave.

Hace mucho tiempo que no quiero seguir con todo esto, se me está haciendo todo muy cuesta arriba. Son demasiadas cosas una detrás de otra, antes seguía por inercia, pero ahora me he quedado en medio de la nada. Supongo que no tardaré en volver a ponerme en marcha, pero esta vez es la primera en la que tengo la sensación de que pudiera ser que el destino me alcanzara por la espalda.

Últimamente me cuesta respirar, desde hace unos meses tengo la sensación de que cada día estoy más lejos de a donde quiero ir, no sabría cómo explicarlo, es un ahogo como si los pulmones se me hubieran empequeñecido, como si sólo pudieran respirar con la parte superior del pecho y el resto se hubiera negado a hacerlo.

La estrella polar se fue apagando poco a poco. Pasó como una estrella fugaz por mi cielo, no quise agarrarme a su estela y se fue enfadada conmigo para orbitar el centro de otra galaxia, eso sí,  dejándome escrita en la carta de navegación algo que quería remarcar: que en otras circunstancias yo hubiera sido sólo uno más entre esa muchedumbre que se pasaba soñando con la improbable posibilidad de acercarse a alguien como ella. Que yo había tenido la suerte que buscan hombres infinitamente mejores que yo sin conseguirlo jamás.

Al cabo de poco tiempo coincidí con ella en la sala de reuniones de una ONG y hablamos, me dijo que no había querido decir lo que dijo aunque ambos supiéramos que lo que había sentenciado se correspondía con una ley fundamental del universo que yo, sin ser consciente de ello, había quebrantado; algo así como que la gravedad no se correspondiera con la masa de un cuerpo, ni a velocidades de vértigo, ni siquiera en ensoñaciones cuántico-marcianas.

Fuimos a cenar y bebimos demasiado, volvimos a eclipsarnos bajo un manto de nubes que olían a las sábanas del hotel donde se hospedaba. Se fue; fugaz de nuevo, a mí me quedó un cráter azul tatuado en la boca del estómago. Supongo que me encariño demasiado pronto, o que la gravedad es una ley que no permite que se rían de ella más de una vez.

Desde detrás de la ventanilla del taxi que la llevaba al aeropuerto me dedicó la mirada más enigmática que una esfinge como ella sabe pronunciar con los ojos. Yo la entendí de inmediato, fugaz como en un sueño en el que se cambia constantemente de personajes y de lugares, y supe que quería que yo entendiera que sería la última vez que la veía en carne y polvo de estrellas.

viernes, 25 de octubre de 2013

treinta años de guerra en el bosque


La guerra sigue. Los cadáveres se amontonan y pronto no quedará un rincón en mi corazón donde enterrarlos. Hace tiempo que ya no siento casi nada, sólo el deseo de ser el próximo; ese deseo se ha convertido en un sentimiento, algo que ha sustituido a la alegría y a la tristeza, a los rayos de sol, a la serena bajo la luna.

No me acostumbro a enterrar seres queridos, hace tiempo que me digo que no voy a querer a nadie más, nunca jamás, pero luego llegan las bombas y paso días enteros en refugios con gente que apenas conozco y con quienes comparto el miedo y el hambre. La guerra hace extraños compañeros de celda. Luego llega la tregua y salimos a recoger los restos de la batalla, recolectamos hierbas y caracoles, compartimos la cena, pero cuando vuelven a sonar las sirenas nunca coincidimos en el mismo refugio.

Y vuelven las caras nuevas, y las bombas fuera, y los días, y la sed, y la oscuridad y el deseo de que todo acabe. Pero la guerra nunca acaba.

Cuando cesa la piedra y el hierro llega el momento de enterrar a los muertos. A veces me toca enterrar a alguien a quien apenas reconozco. La guerra es así, nunca le toca a uno hasta que es demasiado tarde y ve pasar por delante a los amigos acérrimos y a los enemigos íntimos, después de algo así me quedo un tiempo pensativo y me importa todo un poco menos, en ocasiones camino con las manos en los bolsillos bajo una fina lluvia de acero y pólvora pero nunca me llevo ni un rasguño, creo que me protege un ángel de la guarda cruel y vengativo que me condena a vivir como castigo a algo que he hecho en el pasado y que no recuerdo.

Pero lo que peor llevo es tener que acompañarlos con las manos atadas a la espalda al bosque y dar la orden de fuego.

jueves, 24 de octubre de 2013

Un poco de nada


Sigo sin saber qué escribir. Podría decir que me siento observado por ojos nuevos que buscan algo entre estas palabras que justifiquen algo, no sé muy bien el qué. Para mí, todo queda muy lejos ya, tan lejos que si cierro los ojos no puedo recordar ni el día ni el momento, sólo puedo recordar el sonido de la ruleta al girar y la bola deslizándose a toda velocidad en dirección contraria. Supongo que al azar se le quiere buscar una explicación que sólo tiene cuando hablamos de grandes estadísticas.

Pero en una mesa de juegos, los resultados a diez años visa, no tienen mucho sentido, la bola corre, la rueda gira, y todas las existencias se quedan fijadas en sólo treinta segundos. La estrella polar sabía que el azar era otra forma de karma y que yo era el vehículo, todo lo demás carecía de sentido, un mantra "hagan juego" se parecía tanto a la voz de mi madre llamándome para la cena... hubiese jurado que... de veras, hubiera puesto la mano en el juego, pero... 

... era elegante. Vestida de largo parecía una walkiria (sin casco con cuernos, claro), sus ojos permanecían eternamente en la visión de los dioses y los ojos de éstos la preferían a ella. Tenía una piernas perfectas, unos senos hercúleos... o vicerversa, y empecé a amarla cuando la bola se detuvo en la casilla roja, impar, dañina, con los números dorados como su cabellera. Según le daba la luz parecía una estatua de bronce o una vestal esculpida en mármol blanco, quise que no fuera así, pero soy adicto a este juego, y esta vez la misma voz de mi madre, llamándome desde la eternidad, me anunciaba que había ganado. Ganaba de nuevo, mientras tú intentabas entender algo sin conseguirlo, entre un galimatías indescifrable. 

Imagino que debo dejar de escribir sin saber qué es lo que quiero contar, no conduce a nada, no nos lleva ni a ti ni a mí a ningún lugar en el que nos sintamos seguros. Ocurre que he llegado tarde a casa, no tenía ganas de leer los correos acumulados durante el día, y quería dejarte algo con lo que te entretuvieras, no creo que lo haya conseguido, te voy a dejar una sensación extraña cuando acabes de leer esta entrada.

Igual era lo que pretendía: que siguieras pensando unos segundos en mí cuando acabaras de leerme.

martes, 22 de octubre de 2013

Sobre el tejado de zinc


He empezado esta entrada más de cinco veces. Incluso una vez llegué al tercer párrafo, pero es que hoy no se me salen las palabras de la boca, ni encuentro la escalera para subirme al tejado de zinc donde solíamos subir a ver irse a dormir a las estrellas.

Supongo que el FIN justifica los medios.


lunes, 21 de octubre de 2013

El silencio en el que el ya nadie se esconde



Llevo todo el día en silencio. No sabría decir si el silencio se ha instalado en mi casa o sí soy yo el que lo convoca, el caso es que no me salen las palabras por mucho que abra la boca y quiera decir algo con sentido. A veces enciendo el spotify del ordenador y hasta la música me suena muda y tengo que poner las canciones una y otra vez para escucharlas, para que todas juntas la hagan una.

No sé si amaneció el día dormido, en casa no queda nada de Avellaneda, se fue llevando sus cosas poco a poco, quizá el ruido se fue con ella porque lo trataba mejor que yo, lo cierto es que sin ella la vida que resonaba entre estas cuatro paredes se ha ido amortiguando con los días. Hace tiempo que tiene otro novio, más de su edad, con más afinidades y menos cosas a medio terminar. Reconozco que esto me hace sentir algo más viejo, pero quizá era lo adecuado para que ella se sintiera más joven.

No sabría decir el porqué pero intuyo que este otoño va a ser un otoño silencioso, no va a haber días estridentes, sino que el ciclo de las cosas va a ir más lento, y eso me da un poco de rabia. A mí lo que me gusta es que la vida sea una mezcla de sonidos cotidianos, no sé, entiendo el idioma del mundo a través de su latido de baja intensidad.

Estos días estoy conociendo mucha gente nueva. Por fin el proyecto parece que empieza a ir hacia adelante, ya he empezado a vender máquinas, las asociaciones parece que van poniendo más atención a lo que digo. Incluso algún periodista me ha llamado para hacer una nota de prensa. Si echo la vista atrás y veo de dónde vengo y lo que he hecho, creo que pude haberlo hecho mejor, pero los tempos han ido siendo los adecuados. Supongo que he tenido que comprender la lección (si es que la hay) y creo que dentro de muy poco todo empezará a dar sus frutos. Estuve a punto de perder mi casa, como muchos les ha ocurrido, creo que supe jugar las cartas y, aunque el azar no me fue favorable, ahora estoy en mejor posición. Al menos he conseguido una mínima estabilidad desde la que empezar a plantearme cosas.

En este proceso me he dado cuenta de varias cosas:

1) No le importas a nadie. Lo que hagas debes hacerlo por ti mismo.
2) En el momento en el que empieces a hacer las cosas por ti mismo empezará a haber gente a la que le importes.
3) A veces las ideas son buenas pero necesitan de un proceso para que se hagan realidad.
4) En algunas ocasiones, las oportunidades aparecen de la nada. Aparentemente. Como suelo escribirlo casi todo y releerlo de vez en cuando, me he quedado perplejo de lo mucho que sabía que podía acabar ocurriendo y que efectivamente ha acabado por ocurrir.
5) La intuición es otra forma de conocimiento, uno lo sabe pero no quiere que sea verdad. La vida es un equilibrio entre lo que se sabe, lo que no se sabe, lo que no se quiere saber y lo que no se quiere que se sepa.

Podría escribir más cosas, hacer una lista más larga (a mí siempre me gustaron las listas), pero creo que es mejor dejarlo en esos cinco puntos.

No sé, el día sigue siendo silencioso. Los días se van haciendo más cortos y queda la noche. Estos días también me ha entrado mucho sueño. Supongo que el otoño llama a las puertas casi sin empuje, el calor de estos días se me hace extraño. Aunque me gusta ir en manga corta empiezo a sacar la ropa de invierno.

Ayer le comenté Manel todo esto del silencio y me contestó que me comprara un perro, me dijo que se liga mucho con un perro. Se le supone a uno que le gustan los animales, y los niños, me dijo. Y si el perro es de una raza adecuada mucho mejor. A mí me cuesta creer que un perro me tape las carencias, además, Ulises y Penélope no me lo perdonarían. ¿Y quién lo sacaría a pasear si yo paso un montón de tiempo fuera de casa? Manel no tiene perro, sin embargo me dijo que yo sí debería tenerlo. Supongo que eso me debería hacer pensar en ello.

Todo esto para no dejar de escribir. Tengo miedo a terminar y que no hayas llegado hasta aquí, o miedo a terminar de escribir y reencontrarme con la casa vacía. Supongo que es lo que debo hacer. Terminar de escribir.

Estos días siento la necesidad de encontrar un espacio para escribir otra vez algo de ficción. No sabría decir el qué. Supongo que podría seguir con los personajes histriónicos y ver dónde acaba todo. Pero por otro lado no puedo dejar de pensar que he inventado algo que puede salvar vidas y debo llevarlo a su fin. A veces me ocurre que dejo una cosa para seguir con otra, como si la felicidad siempre estuviera en aquello que he dejado de hacer para hacer lo que estoy haciendo ahora.

Pero eso es otra historia.



viernes, 18 de octubre de 2013

Sabíamos que más tarde o más temprano...


Me he colado de puntillas dentro de una foto tuya, embozado como en un cuadro de Goya, invisible a la vista de quien solo mira sin observar, y lo he hecho aprovechando que la puerta estaba abierta y que soy de los que llaman suave por si despierto al niño que duerme dentro.

Reconozco que el morbo es mi noveno o décimo pecado capital y que tú te has convertido en mi vellocino de oro recién forjado, confieso que me he desnudado para empaparme en una lluvia de estrellas y que he empezado a bailar al son de los susurros armónicos que desprende la vía láctea cuando gira sobre sí misma, y por primera vez en mucho tiempo me he sumergido en el océano de unos ojos abisales, a sabiendas que he de ahogarme en ellos, quien sabe si definitivamente.

A mí, las fotografías siempre me provocaron terremotos, detrás de cada una de ellas he visto una historia que empieza, se desarrolla y termina, quizá por eso las librerías me dan vértigo y ante la moda de tapas que incitan a conocer lo que encierran me siento como si entrara en una selva donde se esconden personajes que nunca sabré que existen pero que, de alguna forma que no soy capaz de comprender, sé me acechan en la seguridad de su anonimato.

Y en el instante guardado en mil píxeles de colores ocres llevo detenido toda la tarde, toda la noche... y me he sentido como Humbert ante la fiebre de conocer la existencia de Lo, de divisar la superficie aparentemente calma del mar de sus pupilas, y como a él también me recordaste a otra mujer iniciática, al olor que desprendía su cuerpo desnudo cuando el sueño nos concedía una tregua, al frío de las noches juntos, a la languidez de quien se pierde y se encuentra en la vida de otro.

No sé si la razón acabará brindándose a sí misma a alguien como yo, pero llevo demasiado tiempo buscándote como para quedarme sin salir a agarrar la cola de cometa que hoy me dejas, aunque tenga por seguro que voy a tardar una eternidad y media en encontrarte, aunque no sepa ni quién ni dónde, ni cómo, hoy empiezo, de una forma invisible, a convivir con ese otro que no puede vivir ya sin ti.




miércoles, 16 de octubre de 2013

Hoy es world food day


Es importante saber que el sistema está amenazado por la especulación sobre los alimentos y la campaña mundial de algunas multinacionales para hacer creer a todos que sólo las semillas transgénicas son las únicas capaces de asegurar cosechas "sanas" y abundantes.

Supongo que el tiempo dirá hasta qué punto caímos en manos de las corporaciones y si la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI sólo fue un espejismo mediante el cual una parte del mundo tuvo acceso a una comida barata y de calidad.

Porque quizá eso haya acabado, y no en aras de un mundo más sostenible, si no porque la comida se acabe convirtiendo en un artículo de lujo.

El tiempo nos lo dirá. Yo, por si acaso, creo que voy a plantar un huerto en mi terraza.

sábado, 12 de octubre de 2013

¿A quién le importa?





En los primeros cincuenta años del siglo XXI la población mundial crecerá un 50%. En 2050 seremos entre 9.300 y 11.000 millones (en 2013 unos 7.000).

La mitad de este crecimiento se dará en tan sólo nueve países: China, India, Pakistán, Congo, Etiopía, Nigeria, Tanzania, E.E.U.U. y Bangladesh.

India superará los 1.600 millones y China los 1.400 millones.

Los países desarrollados pasará de 1.200 a 1.280 millones y el conjunto de los países en vías de desarrollo pasará de 5.600 millones a casi 8.000 millones.

Si tenemos en cuenta la violencia, la falta de oportunidades, el hambre, la explotación de los recursos por parte de unos pocos, la marea humana que se avecina es inevitable.

Ahora piensa: Que si juntaramos a todos los 7.000 millones en un sólo lugar y los pusiéramos hombro con hombro, todos juntos, ocuparíamos tan sólo el equivalente al área metropolitana de Los Ángeles. Por tanto, quizá el problema no sea tanto la población sino el acceso a los recursos para su supervivencia.

En 2050 la demanda de alimentos se habrá multiplicado por 2 con respecto a hoy día. Fondos de inversión están comprando grandes extensiones de tierra para cultivos y la especulación ha hecho aumentar el precio de los alimentos básicos (maíz, trigo, azúcar) más de 70% en los últimos años tres años. Algunos están ganando mucho dinero y se están preparando para ganar aún mucho más.

Para evitar que los más desfavorecidos no pueda acceder a los alimentos hay que invertir en agricultura de pequeña escala y para eso hace falta el acceso al agua. Ente el 65 y el 85% del agua dulce que consume la humanidad se destina a riego.

El siguiente paso será el dominio del agua, la especulación sobre ella.

Todo está interconectado, no podemos llorar a los muertos acusando a los culpables, porque tú y yo vivimos bajo su mismo yugo de especulación y podemos hacer muy poco. Para ellos somos ganado en el que en lugar de sacarnos leche o huevos, nos sacan dinero (impuestos, pago desorbitado por servicios universales).

Podemos sentir vergüenza por no haber ayudado a salvar a los inmigrantes de Lampedusa, pero fuimos nosotros también los que les metimos en ese barco. Subimos a barcos a miles de náufragos todos los días porque la población crece y nuestros gobernantes siguen favoreciendo a las grandes corporaciones en su afán de poder y recursos, en su guerra fría de especulación con los alimentos, como fuimos víctimas en su especulación con la vivienda en España, o lo seremos con el coste de la mano de obra.

Desgraciadamente vamos todos en un mismo barco, el equilibrio hace tiempo que se rompió y hacemos agua por todas partes.

El terremoto hace tiempo que está sucediendo, sólo nos queda esperar a que llegue el tsunami. Quizá dentro de cinco años, o de diez... pero si no creamos una agencia eficaz de colaboración internacional, los 1.280 millones que viviremos en los países desarrollados no podremos mirara a la cara a los 8.000 millones que vivirán en condiciones difíciles creadas (o no paliadas) por nosotros.

A pesar de ello yo sigo manteniendo la esperanza. Sigo pensando que una tercera revolución (post)industrial, la de la democratización de los recursos acabará por triunfar. La generación de los jóvenes a los que les hemos vetado nuestro "bienestar" acabarán por crear unas nuevas, las que han necesitado crearse. No creo en la humanidad, no creo en el que decide a los dieciocho años que va a estudiar en una escuela de negocios, o que va a ser broker, pero sí creo en todos los que estudian ciencias de la vida, los que empiezan a crear una realidad 3D imprimible, que crean equipos de potabilización de agua accesibles para una gran cantidad de personas. Creo en los que quieren cambiar el mundo, políticos con principios, abogados que luchan por la justicia, médicos, biólogos... los que no se conforman sólo con sobrevivir, sino con los que creen que van a mejorar la vida de los demás.

Es la única forma con la que nos mereceremos que durante los treinta y cinco años que quedan para el 2050, al mirarlos a la cara, todos los náufragos nos la devuelvan sin rencor.



miércoles, 2 de octubre de 2013

Lo mejor de mi vida


Hace tiempo que escribo para el viento, de hecho, si me paro a pensarlo bien, todos escribimos para él; escribir es otra forma de hablar solo, nadie nos escucha desde dentro y las palabras sólo nos sirven a nosotros, y ni siquiera eso porque hasta nosotros mismos olvidamos lo que una vez nombraron. Ahora mismo sigo hablando solo, aunque imagines que estoy hablando contigo cuando me lees, apoyando los codos en la mesa, tecleando en morse un mensaje sin matices, en un lenguaje que se habla con las palmas de las manos y que traduzco a este otro idioma hecho de sonidos ante la imposibilidad de sellártelo en la piel con mi boca. Si alguna vez quise escribir, te lo juro, fue para que tú me escucharas como lo estás haciendo ahora. Si alguna vez quise conseguir un sólo éxito en toda vida fue derribar ese muro tras el que tú y yo nos escondimos.

Siempre escribí para contarte cosas, inventarlas de cien maneras distintas, darle un argumento o convertirlas en una confesión a altas horas de la noche, siempre esperando una respuesta, siempre hablándole al polvo suspendido en un aire quieto, en una habitación casi vacía, en este rincón del mundo hecho guarida. Si de algo puedes estar segura es que yo no sé escribir, sólo sé escribirte a ti, no soy capaz de hilvanar una frase con sentido si no pienso en que es a ti a quien se lo digo. Este blog se llama en realidad "Moriría por ti", pero tú nunca lo supiste, o sí, tal vez siempre lo supiste y preferiste el silencio.

Pondrás la excusa de que yo te conocí después o que en realidad no te conozco, y yo podría tratar de buscar un ardid y decir que te estaba esperando. Y mentiría. Y no mentiría. Hace años que entiendo el tiempo como algo que no sigue una línea recta, ni de atrás hacia adelante. El tiempo es un laberinto, por eso el cerebro tiene ese infinito cruce de calles por mapa, porque él lo sabe y entiende que para comprender lo importante es verlo todo quitándole la variable del tiempo, como un álbum de fotografías, como un collage hecho de retazos de una vida pegado en una pared.

Si fuera realmente así, ¿qué importaría cuándo nos conocimos? ¿qué importaría que no nos conociéramos aún? Seguiría escribiendo para ti, te desearía con la misma fuerza, te añoraría antes de haberte tocado por primera vez, o te recordaría aunque me fuera antes que tú.

Y si es así, yo coexisto con todos los hombres a los que has querido y querrás antes y después que yo, y aunque confiese que al pensarlo no sonrío, no me duele compartir el cajón de las fotos, he reconocer que me gustaría que sintieras un cariño especial cuando pienses en mí, o que me intuyas llegar cuando quieras conocer a alguien como yo. Y supongo que por eso tampoco nunca queremos con todo el corazón a una sola persona, porque sabemos que sólo somos uno más, especial o no, en el facebook de la vida de a quien quisimos amar para siempre, desde siempre.

Ya se va haciendo tarde, mi coraje se va convirtiendo en distancia, el tiempo empieza a caminar de nuevo hacia alguna parte delante de mi con las manos en los bolsillos, disfrazándose de sorpresas, quién sabe si aparecerás tú por primera vez o de nuevo, no sabría decir con certeza si lo deseo o lo añoro. En cualquier caso quiero que sepas que me gusta cómo eres, lo poco, lo mucho o lo nada que sé de ti, que pasar todo este tiempo junto a ti ha sido, es o será lo mejor de mi vida.

martes, 24 de septiembre de 2013

El verano se ha escondido en alguna parte porque no quiere irse

Al verano se lo llevó el viento una tarde en la que aún daba gusto sentarse en las terrazas a tomar algo en compañía. Y como no quería irse de Barcelona, se agarró a las hojas de los árboles que se asoman a la ventana de la habitación en la que duerme Avellaneda y las fue arrancando en su desesperado intento de quedarse a pasar el invierno entre sus ramas.


Cuando ella se despertó se apagaron al unísono todas las luciérnagas que habitan las farolas de su calle; y casi sin darse cuenta a mi alma también se la llevó el mismo viento que se llevaba el estío. Quizá yo no me agarré tan fuerte, al menos a las hojas, porque a mí el otoño me sedujo susurrándome al oído que eso era lo mejor para todos, como a un niño que se le promete que luego volverán a jugar al parque mientras se le tira de la mano. Me fui convencido de que si el verano se iba y volvería al año siguiente, Avellaneda no se desprendería de dentro de mí por muy lejos que me fuera.

Yo sé que ella no sabe, que ni tan siquiera intuye, lo mucho que me curó que nos quisiéramos, porque yo era incapaz de amar desde hacía mucho tiempo, quizá porque la voluntad de querer se me olvidó en la cestita donde dejaba las llaves junto a una puerta que no daba entrada a mi casa o porque estaba esperando a que apareciera Avellaneda para que algo en mí se conmoviera.

No creo que yo nunca llegue a saber lo que es la felicidad; es más, tengo la sensación de que por mucho que la persiga siempre estará en otra parte, pero también puedo decir que junto a ella pude atisbarla a través de un agujero en la pared, allá a lo lejos, entre todas las risas que crecieron entre nosotros, en los paseos por ciutat vella, o al calor de un vaso grande de chai con jengibre.

Sé que el verano no quiere irse de Barcelona, como yo tampoco quiero irme, que mientras podamos ambos nos agarraremos fuerte a las esquinas del Eixample y querremos creer que las terrazas llenas de fumadores son la esperanza de que el invierno sólo es un pretexto de los fabricantes de ropa de abrigo para vendernos sus paños.

Y Avellaneda seguirá siendo todo el amor que la camaradería encierra. Intuyo que ella ya está muy lejos y que cuanto más crezca, más lejos se llevará todo eso que dejamos por vivir a medias. En cualquier caso, le deseo todo lo mejor al verano por su osadía de no querer marcharse, de seguir agarrado a las ramas del árbol al que da su ventana. He de reconocer que siento envidia de que pueda verla amanecer cada mañana, aunque creo que mientras el verano siga ahí, en cierta forma, yo también estaré.




domingo, 7 de julio de 2013

Otros tiempos, metas antiguas, los mismos valores, los caminos con corazón.


Hace tiempo este blog perdió su sentido. El blog nació para dar forma a una novela y en cinco años y medio de existencia la novela no ha visto la luz. Poco a poco el blog fue ocupando ese espacio destinado a ella, a la novela negra que fue surgiendo a raíz de escuchar una voz narrativa que me llamó la atención y tratar de transcribirla al papel. El blog acabó convirtiéndose en una pizarra mágica donde iba creando una realidad paralela a la verdadera, acabó por mezclarse con mi tristeza y mis frustraciones, se fue degradando al mismo tiempo que, de vez en cuando, buscaba nuevas voces narrativas para aplicarlas a esa novela que hace mucho tiempo que murió.

Estos días he estado pensando si este blog, al no cumplir su cometido inicial, no se había convertido en un blog zombie, en algo que lleva mucho tiempo muerto y sigue por inercia, comiéndose los cerebros de las otras historias que siguen surgiendo y a las que no les doy espacio.

El jueves pasado, leí un artículo de opinión en otro blog al que sigo, decía algo así como que uno es feliz cuando sigue el camino que siente que tiene más corazón. Hace tiempo que sabía que estaba haciendo cosas que no me gustaban, quizá por eso he estado buscando nuevas fórmulas para crear otros caminos en los que encontrar ese corazón. Pensaba que lo había encontrado en hacer equipos para potabilizar agua en lugares donde se necesitan, pero mi sorpresa es que, a pesar de ser uno de los grandes problemas del mundo, los gobiernos pasan bastante y la gente es muy escéptica en todo, sin contar con la avaricia de muchos y la formidable capacidad de otros para poner palos en las ruedas.

Estos días, después de que Avellaneda volviera a su estado de musa lejana e inasible, después de leer ese artículo, de hablar con personas que me conocen, de reflexionar acerca de lo más esencial y básico, eso que nunca nos atrevemos a cuestionar porque consiste en derribar todo lo construido para empezar de nuevo, después de que me viera inmerso en proyectos impulsados por otros que implicaban que yo debía apostar por otro camino, me pregunté si éste tendría corazón.

Y me respondí que no.

Hace diez años emprendí un camino que sí lo tenía, pero lo dejé a un lado porque llegó la crisis y mis deudas requerían de un esfuerzo extraordinario para no comprometer a toda mi familia. No me arrepiento de haber dado aquel paso, pero ha llegado el momento en el que debería volver al camino del corazón, el camino que siempre proporcionó más alegría al que escribe a quienes estaban a mi alrededor.

Emprender un camino requiere la valentía de dejar otros a un lado. Algunos lo llaman priorizar y otros desprenderse, siempre es lo mismo: abandonar ideas preconcebidas, creer en uno mismo, en el propio talento, que nunca acaba siendo el que todos creen que tienes.

Entre las cosas que dejo atrás, está este blog. No dejo de escribir, pero ya no lo haré en público, quizá de vez en cuando me venza la nostalgia, quizá por eso no lo cierro del todo, porque de forma virtual siempre me acompañaron los blogs que seguía y corría a abrir para leerlos casi con ansiedad.

Pero es tiempo de cambiar, no sé cuántos años me quedan de vida, pero sí sé cómo no quiero vivirlos y aunque no soy dueño de mi destino (ninguno lo somos) sí lo soy de mi tiempo (al menos en parte) y he pensado en que ese tiempo tenga más de realidad y menos de internet.

Voy a echar de menos este lugar. Supongo que he madurado, quizá por eso sienta que esta vez sí va en serio lo de dejar a un lado Moriría por ella. Y es que ya no moriría por ella, quizá porque nadie merece que muramos (de ninguna forma) para darle vida a otro proyecto que no sea el nuestro.



Esta canción merecía ser la última, ella es la Ella de Moriría... quizá por fin llegó la primavera (otra canción de Dani Flaco)

jueves, 27 de junio de 2013

La estrella polar



La mujer de la estrella polar apareció una noche de luna gigantesca, me cogió de la mano sin que yo pudiera retirarla a tiempo, imperceptible y fugaz, trayéndome el olor azul de su océano en una cajita cerrada con un candado que sólo podía abrir la suave desesperación de un beso. Yo le dije que era un mal momento, por supuesto no le hablé de Avellaneda, ni de que de repente me sentía mucho más viejo de lo que soy, no porque Avellaneda se fuera, sino porque todos los adioses envejecen, al menos a mí, y me dejan con la sensación de que estoy mayor para que me vuelva a gustar una mujer. Siempre pienso que no podré volver a querer como ya he querido. Y supongo que es cierto y no lo es del todo, quizá sea verdad eso que el sr. Ortiz me dice algunas veces, cuando nos sinceramos tras un par de copas: "Es el corazón el que se nos hace viejo, toni, ya no hacemos nada por primera vez y el corazón aprende por su capacidad de sorprenderse, de amar lo nuevo. Busca una vida agitada y nunca te sentirás viejo".

Pero el sr. Ortiz no comprende esta nostalgia que me asalta de vez en cuando, ni siquiera sabe que una vez existió Avellaneda, ni que la mujer de la estrella polar brilla con luz blanca, que viene de un norte sin brújula y que a mí siempre me queda esa mala costumbre de creer que traicionar un recuerdo es como traicionar a la persona con quien los has vivido, o traicionar los propios sentimientos, o... no sé, quizá las huellas que dejan en mí los afectos duran demasiado tiempo.

La mujer de la estrella polar tiene el norte agrietándole la piel al calor de este sur, y en sus ojos viajan mil icebergs sobre el gran azul. No sabría decir si su cuerpo guarda el fuego bajo tierra como la isla de donde viene o si se puede guarda la compra en los compartimentos de su corazón. A mí me gustaría creer que lo descubriré algún día no muy lejano, cuando se me deshiele el recuerdo de Avellaneda, cuando se me rejuvenezca el corazón a base de sorprenderse con lo que le depara el mundo.

Yo sé que la mujer de la estrella polar sabe cosas que yo no sé que sabe, quizá aprenderlas nos rejuvenezca a los dos tanto nos devuelvan los años en los que, cada uno por su lado, envejecimos sin darnos cuenta.

lunes, 24 de junio de 2013

Si todo el tiempo que nos queda se comprimiera en un segundo



Avellaneda se acabó yendo. Se diluyó como la sal en el agua fría del mar del Norte. A veces lanza un destello como el de un faro en la oscuridad, cada vez más pequeño cuanto más lejos estoy. Reconozco que siempre hubo cosas que no se me dieron bien. Una de ellas fueron esta clase de adioses sostenidos, en los que la persona de la que sabía todo de ti y tú de ella, se convierte en un gran misterio. No se me da bien porque no entiendo que decir adiós no signifique decir adiós para según qué cosas y al mismo tiempo signifique que sí para otras, decididas sobre la marcha, según el momento. A mí esta indefinición me incomoda, tengo la sensación de andar molestando, o peor aún, la de que Avellaneda me ve como a alguien patético que intenta hacerse el simpático cuando en realidad está perdido. ¿Y quién no se pierde cuando juega a un juego sin conocer las reglas?

Supongo que voy aprendiendo que las cosas son así de caprichosas y que tiene que ver poco con las personas que las vivimos y que, a veces, hay que tomar decisiones que uno no quiere tomar. Arrancarse un afecto es como arrancarse un trocito de alma para sustituirla por nada, es decir, un hueco y, a mí, en los huecos siempre me resonaron los ecos de las palabras que sonaban ciertas, quizá porque lo eran, quizá porque vivimos siempre en presente y todo lo demás son fotografías hechas para inmortalizarlas, como si el cerebro tuviese un álbum de fotos con las que recordad la felicidad y poder conformase con un "fui feliz".

No sabría decir si he sido feliz. Si mañana mi avión se estrellara, durante los minutos que pasan entre que sabes qué es lo que va a ocurrir y el impacto supongo que me arrepentiría de no haber hecho muchas cosas, pero sobre todo de no haber encauzado mi invento hacia quien lo necesita de veras, haberme perdido en haber concedido al diablo el beneficio de la duda, pero no creo que me arrepintiera de no haber sido feliz o infeliz.

Me arrepentiría de no haber cuidado más a mis padres, ahora que son mayores, o quizá me arrepentiría de no haber hecho más mi vida en lugar de estar tan pendiente de ellos. O de haber estado más pendiente de mis sobrinos. Pero creo que no me arrepentiría de haber dejado que Avellaneda se hubiera diluido como la sal en el agua fía del mar del Norte sin intentar con todas mis artimañas que se hubiera mantenido sólida, alegre y real, a mi lado. Quizá porque fui yo quien me alejé mientras ella se alejaba, o porque siempre supe que Avellaneda ni era sólida, ni alegre, ni real. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en que las cosas pudieron ser siempre como al principio y que, por mucho tiempo que pase, siempre quedarán algunas de las palabras que escribí en este blog, aquí o perdido en un servidor de internet.

O quizá quede en ti sin tú saber que se queda, que en realidad mientras me lees estoy salvando una parte de lo que siento en eso que tú sientes ahora, para que mis palabras no se las lleve el viento sino tu decisión de olvidarlas.


miércoles, 19 de junio de 2013

Pearl


No sabría cómo explicar este desasosiego. De verdad que no sabría. Supongo que el tiempo me ha puesto en mi lugar y mi lugar era éste. Y aunque he de reconocer que no me lo esperaba, es lo que suele pasar. Lo que no entiendo aún son los mecanismos por los cuales, a pesar de encontrarme a kilómetros de distancia, y sin posibilidad de saberlo, tengo esta serie de intuiciones.

Pero ahora ya no importa. Al final, todo acaba igual.

lunes, 17 de junio de 2013

Una librería en el casco antiguo


El sábado recibí una llamada de muy lejos, tan lejos que el tiempo y la distancia se juntaron en una línea; como el cielo y el mar lo hacen en el horizonte. Creo que si fuera hacia ese lugar no llegaría nunca y, a pesar de haber vivido meses intensos a la luz y el calor de su fuego, empiezo a pensar que el recuerdo sólo es un viaje hacia ese punto sobre el horizonte; y que lo único que hago es admirar una y otra vez, puesta de sol tras puesta de sol, lo que pudo haber sido a través de los rastros de lo que sí fue.

No voy a reproducir la llamada ni la melancolía que me caló hasta los huesos. El sábado hacía calor y me apetecía comerme una gran porción de primavera por lo decidí que no iba a afectarme más que lo estrictamente necesario, pensé que mi vida era ésta y era la que había querido que fuera, que era fruto de todas las decisiones que había tomado, de todos los proyectos que tenía entre manos y que, si bien la vida está determinada por las decisiones propias, también están las de los demás, y ahí tenemos poco qué decir. Que me llamara, ya fue en sí mismo, una sorpresa, fue como cuando la conocí: encontrar un santuario secreto de mariposas azules en un frondoso y silencioso rincón del bosque. Quizá me sentí bien y mal al mismo tiempo, como cuando una parte de tu cuerpo está expuesto a calor y otra a un frío intenso. Me pregunto si de haber reconocido el número desde el que llamaba hubiera descolgado el teléfono. Pero lo hice y quise quedarme tranquilo, en paz. Como si eso se pudiera forzar...

El subconsciente no entiende de órdenes. Así que durante dos noches he tenido sueños en los que aparecía ella. Y eso es muy extraño por dos motivos: Uno, no suelo recordar mis sueños; y dos, en todos estos años no había soñado con ella ni una sola vez. Puede que los sueños no tengan un significado concreto y que ella no sea, en realidad, ella; sino que uno de los personajes hubiera adoptado su forma aprovechando su llamada del sábado. No sabría qué pensar respecto a eso. Sólo decir que en el sueño ambos habíamos encontrado una paz por separado, ninguno de los dos llevábamos la vida de entonces, ni la ciudad era la misma, ni tan siquiera ninguno de los dos era el mismo. Es extraño lo vívido de algunos sueños, las texturas, los olores, los sonidos... parecen tan reales...

El domingo por la mañana Avellaneda me había enviado un vídeo al correo. Me emocionó hasta que se me saltaron las lágrimas. No sólo por el homenaje a Montserrat Figueras sino por el sincero afecto de los que la conocieron y por el profundo amor que se le notaba a Jordi Savall cuando hablaba de ella. Me pregunté hasta qué punto es consciente una persona de lo mucho que es querida por alguien y qué clase de contradicciones se desatan dentro del que sospecha que es amado con esa constante y pacífica pasión. No sabría decir el porqué, pero esa pregunta me creó cierto desasosiego, me trasladó a un lugar del que había huido hacía mucho tiempo y estuve toda la tarde del domingo pensativo, ordenando cosas por la casa, pero sintiendo un entumecimiento interno, como si para poder conocer la respuesta, debiera convertirme en algo así como de cartón piedra.

Pero ahora ha llegado otro tiempo, una oportunidad que se cierra es, en realidad, una oportunidad que se abre frente a nosotros. Sé que el tiempo no sólo acaba curando las heridas que uno no quiso nunca hacerse a sí mismo. Sé que Avellaneda nunca sabrá cuánto ni cómo llegué a quererla ni qué dolorosa fue su marcha a pesar de que haya escrito anteriormente que me había sido soportable, tampoco sabrá que, en realidad, conocerla supuso un antes y un después en cómo quería que fuera mi futuro.

Sé que el tiempo juega en mi contra, pero no puedo dejar de pensar en que en algún lugar encontraré la paz a la que sentí haber llegado en mi sueño.

Sólo eso. Paz. Ahora ya sé que existe y puedo sentirla, porque la he mirado a los ojos en un sueño y la he escuchado en la voz dulce de Montse Figueras y en el lamento de la viola de Jordi Savall