lunes, 9 de diciembre de 2013

La extinción de los hombres


Recuerdo a mi abuelo. Llevaba siempre la espalda recta y tenía un porte elegante. Tenía mal genio, es decir, se enfadaba cuando algo no le gustaba. Supongo que por eso se fue a la guerra y supongo que quizá por ello volvió y siguió con su vida más o menos donde la dejó. Tenía un sexto sentido: el sentido del honor. Su palabra era compromiso y aceptaba como justo lo pactado, aunque saliera perjudicado a veces. Hablaba con todo el mundo que razonara y se alejaba airado con los que eran incapaces de dar más respuesta que "por que sí" o "porque lo digo yo".

De él aprendí a escuchar historias e imaginar otros tiempos y otros personajes, pero si algo aprendí de verdad es a comprender que la vida que llevamos es también el lenguaje con el que nos expresamos, es nuestro discurso al mundo y no las palabras que salen por nuestra boca, sin embargo uno debe expresarse con corrección y respeto.

A pesar de tener mal genio, mi abuelo era un hombre amable, le gustaba la conversación y hablaba con todo el mundo, sin hacer distinción de clase social alguna...

Tengo la sensación de que aquellos hombres se han ido extinguiendo con el tiempo, que de la misma forma que desaparecieron los Neardenthales, la raza humana ha evolucionado hacia otro estadio de evolución, donde el honor no significa nada, donde un hombre se mide exclusivamente por lo exterior, donde se ha sustituido la vida real por la apariencia. No es lo mismo el valor que la honra.

Uno de los relatos que estos días me ha emocionado, es el del carcelero de Nelson Mandela, cuenta que desde 1978 fue su guardián y se sintió profundamente impresionado por su prisionero. Un día, cuando Mandela era presidente, a este guardia le tocó custodiar el parlamento. El presidente, al verlo, se fue con los brazos abiertos hacia él y lo abrazó, y se lo presentó a todos los parlamentarios y a sus ministros diciéndoles que ese hombre había sido su carcelero, como quien presenta a un viejo amigo, sin rencor.

Creo que el mundo de hoy, la clase política de hoy, los que nos gobiernan en la sombra financiera, han perdido esa perspectiva. Yo diría que estamos creando las bases de un mundo donde la gente no tenga la capacidad ni el espacio, ni el tiempo para cultivar la amistad. Y creo, sinceramente, que la amistad es la puerta por donde entra el progreso, la colaboración tiene más rendimiento que la competencia, aunque la competencia sea también necesaria.

Y no hay amistad sin respeto, y no hay respeto sin educación, y se educa con el ejemplo.

Nos estamos extinguiendo, pero no lo oímos porque no nos deja escuchar el ruido de la muchedumbre.

1 comentario:

Heidi dijo...

Pesarosa reconozco ciertas y sabias tus palabras...
Siempre creí que el hombre sería su propio monstruo. El que acabara consigo mismo.
Cuídate.
Besos.
;-P