miércoles, 23 de abril de 2014

Crónica de un amor que necesita fechas a las que aferrarse para no se sabe muy bien qué.


Hoy es Sant Jordi. La tradición dicta que debes regalarle una rosa a tu amada, o un libro, o ambas cosas. Es un gesto amable, es la excusa perfecta para recordarle a esa persona especial lo mucho que significa para ti. No importa que la rosa llegue de muy lejos, del país de las flores, cortada casi de raíz para convertirse en símbolo, ni que tal vez quien las cuidó y vio crecer, quien se tuvo que separar de ellas, apenas vea ni un uno por ciento del beneficio creado. La misma persona que le contaba sus penas en voz baja (es bien sabido que las flores crecen más cuando se les susurra), las dificultades de no llegar a fin de mes, o le daba las gracias por haber conseguido ese trabajo, o algún amor no correspondido, o peor aún: un amor correspondido por la persona equivocada.

Las rosas no son amor.

Mañana los libros más vendidos serán de los que salen en la televisión, en programas de humor, libros escritos para esta fecha en las que se sabe que se comprarán un número concreto de libros y hay que aprovechar la oportunidad para que editoriales y personajes públicos se echen una mano mutuamente. Cuando veo a alguien que lleva bajo el brazo un libro el día de Sant Jordi, uno que está entre los más vendidos, me dan ganas de llorar, no sé muy bien el porqué, quizá por los árboles talados para este espectáculo bochornoso en el día de la palabra escrita.

Los libros no son cultura.

En los días de las pantomimas, detrás de lo que se nos vende, siempre hay algo que se nos oculta, o que no queremos ver. Aunque al final todo es interpretable y hasta hay una bondad en ellos. Las rosas crean puestos de trabajo en los invernaderos y los libros crean empleos en la industria forestal y la del papel impreso. Y supongo que eso es lo que importa. Mi padre, de 80 años, le regalará a mi madre un rosa y ella sonreirá y la pondrá en agua y supongo que celebrarán algo que yo ignoro, y el mundo seguirá dando vueltas y seguirá recurriendo a los ritos para tener un significado con la amalgama de éstos, que entre todos, eso sí, forman nuestra cultura.

Una cultura de la que cada día me siento más lejos.

viernes, 18 de abril de 2014

Cien años de soledad: Cuando la soledad no es estar solo, sino vacío.


Algunos aprendimos a leer cuando los bancos y las cajas de ahorro regalaban libros en lugar de quedarse con nuestras casas, porque nuestra infancia fue una epidemia de libros de la que no pudimos inocularnos antídoto alguno porque entonces el negocio eran las editoriales, el mundo era básico y el desarrollo no tenía que ver aún con la tecnología y ni imaginábamos que los ordenadores estaban llegando para no irse nunca jamás.

He de reconocer que siempre he sido muy influenciable, presa fácil de la publicidad y las modas. Y no sé si fue por ello que aquella inundación de palabras me caló tan adentro entonces. Si de pequeño me desviví por las historias de Julio Verne, los cómics de la segunda guerra mundial o los de aventuras, estoy seguro de que me hice mayor en el momento en el que cayó en mis manos Cien años de Soledad. Recuerdo que debía tener doce o trece años y estuvo en mi mesilla varias semanas sin que pudiera pasar de la página diecinueve. Pero caí enfermo y tuve que guardar cama unos días. Nunca más pude apartar la vista de la novela.

Estuve obsesionado con ella. La acababa y la volvía a empezar, disfrutaba con las maravillas de Melquíades aun sabiendo que al último de la estirpe de los Buendía se lo acabarían llevando las hormigas, pero sobre todo, empecé a vivir en el mágico día a día de lo mundano, a conocer qué sentían hombres con determinaciones sin sentido y empecé a amar la literatura hasta el punto que estuve dudando si hacer letras para acabar dedicándome a ese mundo. Creo que, de haberlo hecho, hoy sería psicólogo o abogado en lugar de ingeniero. Nunca sabré qué sería de mí en este momento de haber escuchado a todos los que me aconsejaron que no escogiera ciencias. Como no puedo imaginar una respuesta, lo mejor será que no haga preguntas.

Supongo que la primera vez que escribí un texto fue bajo la influencia de Cien años de soledad, frases cortas y un texto mágico se entrelazaron para dar vida a un hombre condenado a través de los siglos. Apareció de la nada un Sísifo viejo y cansado en una historia corta con un guiño escondido a la novela que tanto significaba para mí. Gané el concurso del instituto, y eso que aún iba a segundo de BUP, pero para mí, lo que de verdad me ilusionó, es que fuera capaz de crear una trama con escenas, un guión surgido de dentro de mí.

Por supuesto, en tercero de BUP eché de menos la literatura y comprendí que lo mío nunca serían las matemáticas. Tiene gracia que lo diga ahora, pero me propuse hacer algo que no me gustaba cuando podía haber disfrutado haciendo lo que sí me gustaba. Como ya he dicho no es bueno hacerse esas preguntas tantos años después.

Hace casí veinte años que leí por última vez Cien años de Soledad y supongo que mi vida ha ido por derroteros similares a los de la estirpe de los Buendía. Quizá no sea tanto la soledad como la sensación de vacío lo que me lleva de la mano todos estos años. Tal vez, si no hubiera leído nunca Cien años de soledad, sería menos consciente de todo ello, no me hubiera pasado la vida buscando una historia que me conmoviese por todo lo contrario, que me hubiera dado una visión más benévola acerca del destino.

Ahora todo eso no importa demasiado, lo que importa es que con Gabriel García Márquez muere un mundo en el que las cosas tenían un nombre y un significado más allá de los conceptos y sentidos que imperan hoy en los noticiarios y en internet. Muere la magia y la capacidad para admirar algo que no sea material, quizá lo que acabe por matar esta civilización sea que la eficacia le está ganando la partida a lo artístico y en esa guerra entre esas dos visiones del mundo, no habrá cabida para los que estamos en medio.

Lentamente, las generaciones que nos siguen, acabarán por olvidar novelas como ésta y no tendrán como referencia algo distinto a lo que nos ha traído la tecnología de masas. Es un hecho. El mundo se ha convertido en un mundo de plástico y de pantallas que escupen consignas alienantes.

Pero el ser humano seguirá sintiéndose vacío, quizá cada vez más, y por consiguiente más solos frente a una sociedad cada vez más agresiva, donde los bancos y las cajas de ahorro, las mismas que regalaban libros a los niños hace treinta años, hoy les roban el futuro para calmar la avaricia de los que nunca tienen ni tendrán bastante.

jueves, 17 de abril de 2014

No soy quién para decir lo que importa o lo que no, pero una vez dicho esto me voy a saltar lo que he dicho: Lo que de verdad importa es ser siempre honesto con el otro, porque si lo eres con los demás lo estás siendo con todo tu entorno. Y recuerda que tu vida se desarrolla ahí, en ese escenario y con esos personajes. El mundo es más pequeño de lo que parece y el número de personas que querrás y te querrán de verdad es muy reducido.



No sé si podré seguir viviendo con la incertidumbre, con la escasez o la melancolía, no sé hasta que profundidad tendré que bucear para sacar el tapón de la bañera que desagüe todo lo que se ha ido acumulando durante todos los años vividos. Ni sé si alguna vez llegará ese día en el que piense, por fin, que he llegado a ese lugar y a ese tiempo al que siempre quise ir, y en el que sé que me sentiré por fin en paz conmigo mismo.

Lo que sí sé es que mientras lo intentaba conocí personas que me hicieron sentir que no estaba solo en el camino, que me acompañaron, que me quisieron con tanto miedo como yo a ellas, con tanto temor a que fuese lo que fuese no tuviera remedio, que nos separamos antes de que hacerlo resultara insoportable.

Pero a veces, sólo a veces, algo me dice que el mundo tiene siempre un plan B, un pudiera haber sido, un as debajo de la manga con la que ganar la mano de ese juego al que sólo él sabe que está jugando. A veces me siento como si llegara a la antesala de ese lugar en el que me sentiré en calma.

Hay besos que se quedan en la recámara sin ser disparados.

Momentos que se quedaron en carretes de fotos que nunca fueron revelados.

Palabras pronunciadas que se convirtieron en el mismo vapor de agua del que están hechas las nubes, pero que nunca se desharán en lluvia.

Y personas que lo pudieron ser todo y sin embargo se bajaron en la estación equivocada.



No sabría decir si alguna vez llegaré a ese lugar del que hablo, lo que sí sé es que dejaré el mundo mejor que cuando lo encontré mientras lo intento.

Porque nunca sabes lo mucho que puedes influir en alguien, lo mucho que puedes llegar a cambiar la vida de otro simplemente estando ahí.

Yo, por si acaso, seguiré estando.

viernes, 11 de abril de 2014

No te me acabes nunca.


Sabes que yo sí volvería a buscarte, que me dejaría arrastrar por tu voz hasta el mismo infierno. No en vano a ti y a mí no nos unió cupido sino el diablo y ambos sabemos que yo me quedé con él a cambio de que te dejara marchar. Podría decir que no tuve otra opción que esa, pero mentiría. Tuve más opciones, pero todas pasaban por que tú también permanecieras atrapada.

No sé qué estarás haciendo ahora, ni en qué lugar del mundo estarán dejando huellas de delicados pies de bailarina. A veces, en algunas noches como ésta, me importa demasiado incluso para alguien tan resignado como yo. A mí sólo me queda poder volar cometas de palabras desde este blog que se repite una y otra vez y que pronto tendrá tanta oscuridad que no dejará pasar esa luz que alguna vez se adivinó al final del túnel.

Sé que he convertido mi vida en una infértil colección de despedidas, y sé también que en cada adiós voy perdiendo un poco más de lo que estaba destinado a ser, y no es que me conforme con ello, a decir verdad vivo todos los días como si fuesen el último de la condena, pero se me está haciendo muy larga.

 No sé si el destino se puede cambiar y si ese cambio puede suponer una vida distinta a la que uno iba a tener; si es así supongo que aún puedo permitirme tener alguna esperanza, si no es así, quizá sea porque el diablo siempre gana.

Pero a veces, sólo a veces, ganar es perder y viceversa. Yo sé que perdiendo yo ganaste tú; y que lo contrario hubiera supuesto perder los dos.

Supongo que querer a alguien es un poco eso: dejar que el otro, si tiene alas, vuele aunque sea lejos.

Me pregunto si alguna vez miraste hacia atrás al hacerlo.






lunes, 7 de abril de 2014

Todo texto es una profecía, no porque intervenga algo mágico y se pueda adivinar el futuro, sino porque cuando uno escribe en realidad plasma el deseo inconsciente de que algo suceda, o el de que algo que sabe que es probable y teme no llegue a pasar nunca. No sé qué ocurrió contigo, si lo uno o lo otro, ni si lo que voy a escribir a continuación tiene que ver con la esperanza de que suceda o con el terror de que no lo haga ya nunca más.



Hace tiempo que no sé nada de María, su personaje se perdió en el abismo de mi vida junto con los otros personajes de la novela que nunca acabé. Lo que no sabe nadie es que María existe en carne y huesos y sigue con su vida muchos años después de que yo la imaginara. Lo que tampoco sabe nadie es que María y yo aún no nos conocemos, que aún no sabemos el uno del otro, perdidos cada uno en su laberinto, a millones de átomos de distancia, atrapados en la tela de araña de ese destino que no llega. 

A María la soñé tan nítida que cuando aquella mañana desperté pensé que se había ido antes del alba, y si he de ser sincero, hasta creí notar el calor residual de su cuerpo bajo el edredón. Pero durante la jornada me fui convenciendo de que había sido un espejismo y que, durante aquellos días en los que trababa la novela, mi cerebro empezaba a sabotear mi consciencia con personas que no existían y que querían existir a través de mí, de aquella historia en la que alguien estaría dispuesto a morir por ella, una ella aún sin forma.

Durante un tiempo estuve confundido, el personaje se quedó ahí, como un fantasma que se ha aparecido una sola vez y le deja a uno con la sensación, a medida que pasa el tiempo, de que ha sido engañado por el mundo, como si el mundo creara espejismos de forma aleatoria y le hubiera tocado a uno ser objeto de uno de esos episodios. 

Pero entonces María apareció en mi novela, llegó casi por casualidad y se quedó al lado del narrador como el niño que coge de la mano a un adulto con la esperanza de que no lo suelte nunca. Imagino que María era el reflejo de muchos de mis miedos y de otros tantos de mis anhelos. Podría decir que la historia necesitaba a María y que ella se aprovechó de ello para tomar la forma que no encontraba, como si siguiera la teoría de las ánimas de Platón, y algunas no pudieran reencarnarse en personas y tuvieran que hacerlo en el personaje surgido de la imaginación de un aprendiz de escritor.

María se equivocó al elegirme porque yo tenía claro que jamás iba a ser escritor y que aquella novela era una historia que no iba a llegar a ninguna parte porque era demasiado enrevesada y porque el narrador era poco creíble y menos aún lo suficientemente valiente como para llegar hasta el final de su historia. Pero si la novela se quedó físicamente parada en ciento cuarenta páginas, ésta empezó a crecer de otra forma sin que yo llegara a controlarlo del todo. Durante los dos años siguientes, la novela fue desarrollándose en mi cabeza, añadiendo y eliminando escenas, escribiendo diálogos que nunca llegaron a pronunciarse... y la vida y la maldita crisis me fueron engullendo poco a poco hasta dejarme sin palabras ni futuro, aún así me quedaba María y la historia de Moriría por ella y, en cierta forma, gracias a ello tenía momentos de secreta felicidad; hasta que un día María desapareció de esa versión imaginada y la novela pasó a ser ese proyecto en el cajón que nunca vería la luz y yo acabé por olvidarme de que una vez quise ser alguien diferente a lo que soy.

Ayer encontré un fragmento de la novela, unas notas en la que se reproducía un texto que no recordaba haber escrito, era parte de una escena entre María y el personaje principal, el narrador en primera persona. Y de alguna forma que no entiendo, todo volvió a empezar de nuevo.

"Creí que María se derrumbaría en cualquier momento, que se quebraría en mil pedazos como una figura de porcelana que se estrella contra el suelo; la sujeté fuerte por debajo de los hombros y la sostuve justo antes de que sus piernas le fallaran. María ladeó la cabeza y me miró tan de cerca que pude ver delfines y ballenas surcando el océano azul violáceo de sus ojos. Me miró como quien pregunta qué está pasando y sabe que por mucho que lo intente no va a comprender la respuesta.

Pero inmediatamente María, a pesar de todo, se recompuso; sus piernas se volvieron lo suficientemente fuertes para sostenerla, como esas cañas de bambú que soportan un peso que, a simple vista, es imposible que puedan resistir durante mucho tiempo. María tenía el cuerpo tenso, lo que no podían las fuerzas lo suplía la rabia y el acero templado con el que estaba hecha su alma. Su orgullo era más fuerte que la ley de la gravedad o que el límite de su cuerpo. Y sin saber el porqué pensé en los animales que, recién nacidos apenas tardan unos minutos en ponerse de pie, tambaleándose, practicando un equilibrio que sus patas aún no han aprendido a coordinar. Y en ese momento supe quién era María y también supe que si uno de los dos podría salvar al otro, era ella a mí y no al revés.

Y entonces me dí cuenta de quién era yo y lo mucho que envidiaría toda mi vida a las personas con la determinación de la que hacía alarde ella, de lo diferente que sería mi vida si  hubiera afrontado los problemas en lugar de haber huido de ellos, de que la cobardía no consiste en el hecho de encogerse de hombros y creer que lo que uno tiene es lo que le ha tocado, sino en conformarse con la idea que eso es inevitable, y también supe casi de inmediato que el valor es saber que uno nunca será lo suficientemente bueno y aún así dejarse la vida en intentarlo.

- Vamos, María - le dije con firmeza - Tenemos que salir de aquí antes de que lleguen quienes quiera que sean esos hombres.

María sonrió a sabiendas que malgastaba una energía preciosa - Sabía que vendrías - dijo -  Tú siempre acabas haciendo lo que menos te conviene."




domingo, 6 de abril de 2014

No me imagino la oscuridad si ti. Bueno, igual sí que la imagino pero no logro saber cómo se llama. Debería estar prohibido poder imaginar cosas que luego no puedes nombrar ni señalar con el dedo.


Si me preguntaran qué me gustaría haber sido, en qué me hubiera gustado tener alguna especie de talento, creo que diría que me hubiera gustado saber escribir, escribir de verdad, ordenar ideas, contar historias, ser Carver o Fante, o Bukowski, o Nabokov.

También me hubiera gustado ser alguien normal, o al menos tener una vida normal y no esto que estoy viviendo. Supongo que debo empezar a admitir que tarde o temprano debería hacer un reset completo. A veces pienso que el sentido de la vida tiene que ver con darse cuenta de que no tiene sentido y que lo mejor nunca estará por llegar.

Imagino que el infierno debe ser tener la certeza de que se desperdició algo tan valioso como una existencia que seguía un tiempo lineal e irreversible. El pecado original es el transcurrir de ese tiempo, ser consciente de que tarde o temprano uno va a morir sin ser lo que estaba en sus manos haber sido, no poder nombrar las cosas que debieron formar parte de la vida que nos tocaba vivir y que nunca conocimos porque nos distrajo el deseo por lo superfluo.

Si me preguntas cuál me hubiera gustado que fuera mi destino te diría que me hubiera gustado pasar más tiempo junto a ti y ser como Fante o Carver, con eso me hubiera bastado. Quizá por eso ya nada de lo que ocurra en adelante tiene sentido.

Porque ya sólo podría alcanzar una de las dos cosas, y tengo la sensación de que una sin la otra no me bastarían.


viernes, 4 de abril de 2014

Abrirás el corazón y te darás cuenta que las apariencias no sólo te estaban engañando, sino que los osos serán siempre osos y nunca se convertirán en lo que deseas que se conviertan; como mucho se convertirán en ranas si les pasas la mano por el lomo. A solas en el bosque las apariencias importan mucho menos que las sombras.


En la casa de mis padres aún se conservan, casi intactos, lo cuentos que leía antes de irme a dormir. Nadie me los leía porque mi madre se iba a la cama tarde preparando las cosas para el día siguiente, y porque lo de tener tiempo para un niño requería de un espacio mayor para ella, un espacio que no tenía porque la rutina se lo envenenaba todo; y las prisas, y el orden. Creo que mi madre esperaba esos momentos últimos del día para sentir el silencio como un sucedáneo de la tranquilidad y el reposo, como si irse a dormir no bastara para descansar del todo la mente sin ese ritual de soledad previo. Yo siempre supe que no formaba parte de ese remanso, que yo era lo otro: parte del ruido y de la exigencia; lo veía, lo intuía.

Ahora que me he hecho adulto me he dado cuenta de muchas cosas de entonces, se me han curado muchas heridas porque ahora sé que las cosas no son fáciles y que dar afecto requiere dosis infinitas de tranquilidad, que el amor se vierte sobre los demás por rebosamiento, porque estamos llenos de él y no podemos darlo hasta que nos sobra.

Supongo que mi madre también sufría insomnio por estrés como yo lo hago ahora y que, de alguna forma, he aprendido eso y lo llevo como un signo de identidad familiar, como muchas otras cosas que voy descubriendo a medida que llego a ese mismo lugar y ese mismo tiempo pero cuarenta años más tarde.

Aprendí a leer por las noches a través de aquellos cuentos de tapas amarillas que llegaron a mi cuarto para rellenar las estanterías de mi escritorio recién comprado porque se veía demasiado vacío, y aprendí con curiosidad insana porque me fascinaban las historias que ocurrían fuera de mi casa, lejos de mi familia y de mi colegio, como si intuyera que huir de mi mundo hacia ese otro que estaba ahí fuera, tan lejanos como los reinos donde se desarrollaban, fueran un lugar, no ya que descubrir, sino a donde emigrar cuando fuera más mayor.

La infancia es difícil cuando sabes que no encajas en donde estás y te das cuenta, además, que vas a tardar mucho tiempo en poder marcharte a buscar ese lugar en el que, probablemente, te sentirás menos aislado, o más en paz, o simplemente en donde tu alma no estará siempre tensada como una cuerda de violín, inmóvil y dura, a punto de romperse por algún extremo en cualquier instante.

Reconozco que leer me congració un poco con el mundo, quizá porque encontré personajes tan inadaptados como yo que, tarde o temprano, acababan cambiando su destino por otro más acorde con quienes eran. Pero por encima de todo, me di cuenta que más allá de sus personajes, los que trataban de redimirse era los escritores; redimirse de sus conflictos purgándolos a base de palabras, de escenas, de pensamientos en voz alta, de viajes imposibles y de justicias improbables en el mundo real. Aprendí a leer de la mano de otros que me entendían, y en seguida dejé de leer cuentos de hadas y empecé a asaltar la biblioteca de mi hermana, que era bastante mayor que yo, y que estaba encantada de dejarme sus libros porque eso significaba que dejaba de incordiarla durante unos días.

Imagino que leí obras que no estaban al alcance de la comprensión de un niño de aquella edad, pero creo que quizá eso fue, precisamente, lo que me salvó de creer que mi vida iba a tener que adaptarse a mi entorno sin esperanza de que las cosas mejoraran con el tiempo. Y supongo también que eso es, precisamente, lo que me une a ti, que cuando me lees o te leo, tenemos la certeza de que en el fondo estábamos buscando, aun partiendo de distintas circunstancias, la voz del otro no sólo para que nos cuente historias sino para escuchar al mismo tiempo, al niño que llevamos dentro, aquél que fuimos y que soñaba con ser otro en otro lugar en donde encajara, que soñaba que un día podría abrir su corazón sin temor a que se dañara, un lugar donde no tener miedo a que el amor nunca llegue.


martes, 1 de abril de 2014

Nunca llegaremos a ser lo que soñamos porque soñamos todos los días y todas las noches cosas distintas y nunca llegaremos a ser todo. A menos que ames; entonces podrá ser muchas cosas al mismo tiempo. Casi todas.


Me gustaría poder decir que no leí las instrucciones sobre el uso de la vida, que a alguien se le olvidó mencionar que existía un manual colgado en pdf en alguna página de internet; quizá, de haberla leído, hubiera encontrado el capítulo que lleva tu nombre: uno que habla de océanos y ballenas. Supongo que alguien debió intuirlo y me lo susurró al oído mientras dormía, no se explica de otra forma que, a pesar de vivir rodeado de montañas, tenga esta obsesión por el agua.

No sé si alguna vez lo he mencionado, pero durante un tiempo casi quise ser marino. Estuve tan cerca de serlo que apenas me separaron unas décimas en selectividad. A los dieciocho años uno no sabe cómo suceden las cosas, el azar tiene un alto grado de magia.

Apenas salí de la infancia me encontré que la vida era un autobús que no paraba demasiado tiempo y al que había que subirse en marcha. También aprendí que no iba a ser fácil vivir ignorando que existía un capítulo perdido de un manual que aún no sé si es de verdad o una leyenda, y que me pasaría tantos años aprendiendo a leer para que, cuando llegara el día en que te tuviera delante, supiera recitarte de memoria a Pablo Neruda con las manos.

El caso es que no esperaba que el tiempo durara tanto, no me imaginé que la vida se me iba a hacer eterna y fugaz al mismo tiempo, que pasarían épocas tan lentamente que creí que no acabarán nunca y que las recordaría por sólo uno o dos recuerdos incrustados en ellas, nada más.

Me pregunto si recordaré este día alguna vez o si llegará a formar parte de todos los que pasaron por el destructor de documentos de mi memoria; si al mirar atrás, un día, cuando lleve mucho más tiempo pensando que qué larga se me está haciendo esta vida, recordaré este uno de abril y sentiré alguna emoción distinta a las demás, si sonreiré o lloraré, si me sentiré afortunado de haber seguido viviendo con el tesoro de un día así, o si pediré a dios que lo borre del disco duro del tiempo.

Quizá no tengamos ningún dominio sobre el destino porque no tenemos tampoco decisión sobre lo que somos, sobre cómo nos construimos poco a poco o cómo nos moldea la vida que nos toca vivir. Tal vez el azar sea ese gran océano en el que sirve la experiencia, la posición de las estrellas, las cartas de navegación y las bitácoras pero donde no podemos evitar la furia del viento y las olas, tomar decisiones equivocadas, abandonar puertos donde quizá debimos fondear para siempre.

Quizá, como decía Saramago en El hombre duplicado, "el caos es un orden por descifrar" y quizá en ese orden está la materia prima con la que, más adelante, tendremos que construir nuestro día a día, unos buenos y otros malos, unos que nos cambiarán la vida y otros que se perderán sin dejar rastro.

Y quizá también, no debamos pensar tanto y merecería la pena dejarnos ir y abandonarnos a los remolinos del viento y seguir el camino de las nubes como cometas que se recogerán cuando ya han volado suficiente.

Tal vez nos haya tocado vivir una vida difícil en un momento cumbre de la civilización, o una vida sin sentido en un entorno que enloquecido de aparente racionalidad. En cualquier caso, me quedo con la frase de "El árbol de la vida" de Terrence Malick, esa que le dice la madre a su hijo:

"A menos que ames, tu vida pasará muy rápido"

lunes, 31 de marzo de 2014

Fotografías antiguas


Se nos volvió invisible el rastro de las pisadas en la hierba, la luna lo borró con un manto de tiempo como si quisiera dejarnos en nuestra conciencia la incertidumbre de "un pudiera haber sido". Se ennegreció la maleza hasta volverse casi azul marino, hasta hacernos olvidar nuestros nombres y el tacto de la palma de la mano  leyendo mutuamente y en braille el surco de las líneas del destino de ambos.

Y llegó la luz sin luz y la vida sin vida, como siempre que marzo se extingue entre los últimos y helados estertores invernales. Y recordé lo mucho que yo quería quererte a cientos de miles de millones de átomos de distancia y de lo lejos que quedan los viajes espaciales para la soledad en la espera del astronauta abandonado en el centro de entrenamiento; desde donde no se pueden ver las estrellas porque si se vieran se volvería loco.

Supongo que si pudiera volver a aquel instante, si pudiera pedir, sin parecer un mendigo, una señal inequívoca que me permitiera seguir teniendo esperanzas regresaría, aunque tuviera que construir una máquina del tiempo, a aquella noche de luciérnaga y brisa en la que me sentí tan pleno que casi creí morirme de vida.

jueves, 27 de marzo de 2014

Llegó de nuevo la primavera, y con ella, los muros bajos donde sentarse y dejar colgar los pies...


Ya había perdido completamente la esperanza de volver a Rosa Martini, las calles seguían tan inhóspitas como los últimos años, pero entonces... entonces llegó la primavera y volví a asomar la cabeza por encima de los tejados y a buscar el horizonte más allá de dónde creía que el sol se ponía.

Y ahí estaba ella, con su vestido azul y sus palabras amarillas.



Luces de ciudad es, probablemente, una de las historias más sencillas que se hayan filmado. Pero con los años, sigue siendo de las pocas que me emocionan. Una de dos: o soy muy simple, o es que me permite seguir creyendo en el ser humano.