viernes, 11 de abril de 2014

No te me acabes nunca.


Sabes que yo sí volvería a buscarte, que me dejaría arrastrar por tu voz hasta el mismo infierno. No en vano a ti y a mí no nos unió cupido sino el diablo y ambos sabemos que yo me quedé con él a cambio de que te dejara marchar. Podría decir que no tuve otra opción que esa, pero mentiría. Tuve más opciones, pero todas pasaban por que tú también permanecieras atrapada.

No sé qué estarás haciendo ahora, ni en qué lugar del mundo estarán dejando huellas de delicados pies de bailarina. A veces, en algunas noches como ésta, me importa demasiado incluso para alguien tan resignado como yo. A mí sólo me queda poder volar cometas de palabras desde este blog que se repite una y otra vez y que pronto tendrá tanta oscuridad que no dejará pasar esa luz que alguna vez se adivinó al final del túnel.

Sé que he convertido mi vida en una infértil colección de despedidas, y sé también que en cada adiós voy perdiendo un poco más de lo que estaba destinado a ser, y no es que me conforme con ello, a decir verdad vivo todos los días como si fuesen el último de la condena, pero se me está haciendo muy larga.

 No sé si el destino se puede cambiar y si ese cambio puede suponer una vida distinta a la que uno iba a tener; si es así supongo que aún puedo permitirme tener alguna esperanza, si no es así, quizá sea porque el diablo siempre gana.

Pero a veces, sólo a veces, ganar es perder y viceversa. Yo sé que perdiendo yo ganaste tú; y que lo contrario hubiera supuesto perder los dos.

Supongo que querer a alguien es un poco eso: dejar que el otro, si tiene alas, vuele aunque sea lejos.

Me pregunto si alguna vez miraste hacia atrás al hacerlo.






lunes, 7 de abril de 2014

Todo texto es una profecía, no porque intervenga algo mágico y se pueda adivinar el futuro, sino porque cuando uno escribe en realidad plasma el deseo inconsciente de que algo suceda, o el de que algo que sabe que es probable y teme no llegue a pasar nunca. No sé qué ocurrió contigo, si lo uno o lo otro, ni si lo que voy a escribir a continuación tiene que ver con la esperanza de que suceda o con el terror de que no lo haga ya nunca más.



Hace tiempo que no sé nada de María, su personaje se perdió en el abismo de mi vida junto con los otros personajes de la novela que nunca acabé. Lo que no sabe nadie es que María existe en carne y huesos y sigue con su vida muchos años después de que yo la imaginara. Lo que tampoco sabe nadie es que María y yo aún no nos conocemos, que aún no sabemos el uno del otro, perdidos cada uno en su laberinto, a millones de átomos de distancia, atrapados en la tela de araña de ese destino que no llega. 

A María la soñé tan nítida que cuando aquella mañana desperté pensé que se había ido antes del alba, y si he de ser sincero, hasta creí notar el calor residual de su cuerpo bajo el edredón. Pero durante la jornada me fui convenciendo de que había sido un espejismo y que, durante aquellos días en los que trababa la novela, mi cerebro empezaba a sabotear mi consciencia con personas que no existían y que querían existir a través de mí, de aquella historia en la que alguien estaría dispuesto a morir por ella, una ella aún sin forma.

Durante un tiempo estuve confundido, el personaje se quedó ahí, como un fantasma que se ha aparecido una sola vez y le deja a uno con la sensación, a medida que pasa el tiempo, de que ha sido engañado por el mundo, como si el mundo creara espejismos de forma aleatoria y le hubiera tocado a uno ser objeto de uno de esos episodios. 

Pero entonces María apareció en mi novela, llegó casi por casualidad y se quedó al lado del narrador como el niño que coge de la mano a un adulto con la esperanza de que no lo suelte nunca. Imagino que María era el reflejo de muchos de mis miedos y de otros tantos de mis anhelos. Podría decir que la historia necesitaba a María y que ella se aprovechó de ello para tomar la forma que no encontraba, como si siguiera la teoría de las ánimas de Platón, y algunas no pudieran reencarnarse en personas y tuvieran que hacerlo en el personaje surgido de la imaginación de un aprendiz de escritor.

María se equivocó al elegirme porque yo tenía claro que jamás iba a ser escritor y que aquella novela era una historia que no iba a llegar a ninguna parte porque era demasiado enrevesada y porque el narrador era poco creíble y menos aún lo suficientemente valiente como para llegar hasta el final de su historia. Pero si la novela se quedó físicamente parada en ciento cuarenta páginas, ésta empezó a crecer de otra forma sin que yo llegara a controlarlo del todo. Durante los dos años siguientes, la novela fue desarrollándose en mi cabeza, añadiendo y eliminando escenas, escribiendo diálogos que nunca llegaron a pronunciarse... y la vida y la maldita crisis me fueron engullendo poco a poco hasta dejarme sin palabras ni futuro, aún así me quedaba María y la historia de Moriría por ella y, en cierta forma, gracias a ello tenía momentos de secreta felicidad; hasta que un día María desapareció de esa versión imaginada y la novela pasó a ser ese proyecto en el cajón que nunca vería la luz y yo acabé por olvidarme de que una vez quise ser alguien diferente a lo que soy.

Ayer encontré un fragmento de la novela, unas notas en la que se reproducía un texto que no recordaba haber escrito, era parte de una escena entre María y el personaje principal, el narrador en primera persona. Y de alguna forma que no entiendo, todo volvió a empezar de nuevo.

"Creí que María se derrumbaría en cualquier momento, que se quebraría en mil pedazos como una figura de porcelana que se estrella contra el suelo; la sujeté fuerte por debajo de los hombros y la sostuve justo antes de que sus piernas le fallaran. María ladeó la cabeza y me miró tan de cerca que pude ver delfines y ballenas surcando el océano azul violáceo de sus ojos. Me miró como quien pregunta qué está pasando y sabe que por mucho que lo intente no va a comprender la respuesta.

Pero inmediatamente María, a pesar de todo, se recompuso; sus piernas se volvieron lo suficientemente fuertes para sostenerla, como esas cañas de bambú que soportan un peso que, a simple vista, es imposible que puedan resistir durante mucho tiempo. María tenía el cuerpo tenso, lo que no podían las fuerzas lo suplía la rabia y el acero templado con el que estaba hecha su alma. Su orgullo era más fuerte que la ley de la gravedad o que el límite de su cuerpo. Y sin saber el porqué pensé en los animales que, recién nacidos apenas tardan unos minutos en ponerse de pie, tambaleándose, practicando un equilibrio que sus patas aún no han aprendido a coordinar. Y en ese momento supe quién era María y también supe que si uno de los dos podría salvar al otro, era ella a mí y no al revés.

Y entonces me dí cuenta de quién era yo y lo mucho que envidiaría toda mi vida a las personas con la determinación de la que hacía alarde ella, de lo diferente que sería mi vida si  hubiera afrontado los problemas en lugar de haber huido de ellos, de que la cobardía no consiste en el hecho de encogerse de hombros y creer que lo que uno tiene es lo que le ha tocado, sino en conformarse con la idea que eso es inevitable, y también supe casi de inmediato que el valor es saber que uno nunca será lo suficientemente bueno y aún así dejarse la vida en intentarlo.

- Vamos, María - le dije con firmeza - Tenemos que salir de aquí antes de que lleguen quienes quiera que sean esos hombres.

María sonrió a sabiendas que malgastaba una energía preciosa - Sabía que vendrías - dijo -  Tú siempre acabas haciendo lo que menos te conviene."




domingo, 6 de abril de 2014

No me imagino la oscuridad si ti. Bueno, igual sí que la imagino pero no logro saber cómo se llama. Debería estar prohibido poder imaginar cosas que luego no puedes nombrar ni señalar con el dedo.


Si me preguntaran qué me gustaría haber sido, en qué me hubiera gustado tener alguna especie de talento, creo que diría que me hubiera gustado saber escribir, escribir de verdad, ordenar ideas, contar historias, ser Carver o Fante, o Bukowski, o Nabokov.

También me hubiera gustado ser alguien normal, o al menos tener una vida normal y no esto que estoy viviendo. Supongo que debo empezar a admitir que tarde o temprano debería hacer un reset completo. A veces pienso que el sentido de la vida tiene que ver con darse cuenta de que no tiene sentido y que lo mejor nunca estará por llegar.

Imagino que el infierno debe ser tener la certeza de que se desperdició algo tan valioso como una existencia que seguía un tiempo lineal e irreversible. El pecado original es el transcurrir de ese tiempo, ser consciente de que tarde o temprano uno va a morir sin ser lo que estaba en sus manos haber sido, no poder nombrar las cosas que debieron formar parte de la vida que nos tocaba vivir y que nunca conocimos porque nos distrajo el deseo por lo superfluo.

Si me preguntas cuál me hubiera gustado que fuera mi destino te diría que me hubiera gustado pasar más tiempo junto a ti y ser como Fante o Carver, con eso me hubiera bastado. Quizá por eso ya nada de lo que ocurra en adelante tiene sentido.

Porque ya sólo podría alcanzar una de las dos cosas, y tengo la sensación de que una sin la otra no me bastarían.


viernes, 4 de abril de 2014

Abrirás el corazón y te darás cuenta que las apariencias no sólo te estaban engañando, sino que los osos serán siempre osos y nunca se convertirán en lo que deseas que se conviertan; como mucho se convertirán en ranas si les pasas la mano por el lomo. A solas en el bosque las apariencias importan mucho menos que las sombras.


En la casa de mis padres aún se conservan, casi intactos, lo cuentos que leía antes de irme a dormir. Nadie me los leía porque mi madre se iba a la cama tarde preparando las cosas para el día siguiente, y porque lo de tener tiempo para un niño requería de un espacio mayor para ella, un espacio que no tenía porque la rutina se lo envenenaba todo; y las prisas, y el orden. Creo que mi madre esperaba esos momentos últimos del día para sentir el silencio como un sucedáneo de la tranquilidad y el reposo, como si irse a dormir no bastara para descansar del todo la mente sin ese ritual de soledad previo. Yo siempre supe que no formaba parte de ese remanso, que yo era lo otro: parte del ruido y de la exigencia; lo veía, lo intuía.

Ahora que me he hecho adulto me he dado cuenta de muchas cosas de entonces, se me han curado muchas heridas porque ahora sé que las cosas no son fáciles y que dar afecto requiere dosis infinitas de tranquilidad, que el amor se vierte sobre los demás por rebosamiento, porque estamos llenos de él y no podemos darlo hasta que nos sobra.

Supongo que mi madre también sufría insomnio por estrés como yo lo hago ahora y que, de alguna forma, he aprendido eso y lo llevo como un signo de identidad familiar, como muchas otras cosas que voy descubriendo a medida que llego a ese mismo lugar y ese mismo tiempo pero cuarenta años más tarde.

Aprendí a leer por las noches a través de aquellos cuentos de tapas amarillas que llegaron a mi cuarto para rellenar las estanterías de mi escritorio recién comprado porque se veía demasiado vacío, y aprendí con curiosidad insana porque me fascinaban las historias que ocurrían fuera de mi casa, lejos de mi familia y de mi colegio, como si intuyera que huir de mi mundo hacia ese otro que estaba ahí fuera, tan lejanos como los reinos donde se desarrollaban, fueran un lugar, no ya que descubrir, sino a donde emigrar cuando fuera más mayor.

La infancia es difícil cuando sabes que no encajas en donde estás y te das cuenta, además, que vas a tardar mucho tiempo en poder marcharte a buscar ese lugar en el que, probablemente, te sentirás menos aislado, o más en paz, o simplemente en donde tu alma no estará siempre tensada como una cuerda de violín, inmóvil y dura, a punto de romperse por algún extremo en cualquier instante.

Reconozco que leer me congració un poco con el mundo, quizá porque encontré personajes tan inadaptados como yo que, tarde o temprano, acababan cambiando su destino por otro más acorde con quienes eran. Pero por encima de todo, me di cuenta que más allá de sus personajes, los que trataban de redimirse era los escritores; redimirse de sus conflictos purgándolos a base de palabras, de escenas, de pensamientos en voz alta, de viajes imposibles y de justicias improbables en el mundo real. Aprendí a leer de la mano de otros que me entendían, y en seguida dejé de leer cuentos de hadas y empecé a asaltar la biblioteca de mi hermana, que era bastante mayor que yo, y que estaba encantada de dejarme sus libros porque eso significaba que dejaba de incordiarla durante unos días.

Imagino que leí obras que no estaban al alcance de la comprensión de un niño de aquella edad, pero creo que quizá eso fue, precisamente, lo que me salvó de creer que mi vida iba a tener que adaptarse a mi entorno sin esperanza de que las cosas mejoraran con el tiempo. Y supongo también que eso es, precisamente, lo que me une a ti, que cuando me lees o te leo, tenemos la certeza de que en el fondo estábamos buscando, aun partiendo de distintas circunstancias, la voz del otro no sólo para que nos cuente historias sino para escuchar al mismo tiempo, al niño que llevamos dentro, aquél que fuimos y que soñaba con ser otro en otro lugar en donde encajara, que soñaba que un día podría abrir su corazón sin temor a que se dañara, un lugar donde no tener miedo a que el amor nunca llegue.


martes, 1 de abril de 2014

Nunca llegaremos a ser lo que soñamos porque soñamos todos los días y todas las noches cosas distintas y nunca llegaremos a ser todo. A menos que ames; entonces podrá ser muchas cosas al mismo tiempo. Casi todas.


Me gustaría poder decir que no leí las instrucciones sobre el uso de la vida, que a alguien se le olvidó mencionar que existía un manual colgado en pdf en alguna página de internet; quizá, de haberla leído, hubiera encontrado el capítulo que lleva tu nombre: uno que habla de océanos y ballenas. Supongo que alguien debió intuirlo y me lo susurró al oído mientras dormía, no se explica de otra forma que, a pesar de vivir rodeado de montañas, tenga esta obsesión por el agua.

No sé si alguna vez lo he mencionado, pero durante un tiempo casi quise ser marino. Estuve tan cerca de serlo que apenas me separaron unas décimas en selectividad. A los dieciocho años uno no sabe cómo suceden las cosas, el azar tiene un alto grado de magia.

Apenas salí de la infancia me encontré que la vida era un autobús que no paraba demasiado tiempo y al que había que subirse en marcha. También aprendí que no iba a ser fácil vivir ignorando que existía un capítulo perdido de un manual que aún no sé si es de verdad o una leyenda, y que me pasaría tantos años aprendiendo a leer para que, cuando llegara el día en que te tuviera delante, supiera recitarte de memoria a Pablo Neruda con las manos.

El caso es que no esperaba que el tiempo durara tanto, no me imaginé que la vida se me iba a hacer eterna y fugaz al mismo tiempo, que pasarían épocas tan lentamente que creí que no acabarán nunca y que las recordaría por sólo uno o dos recuerdos incrustados en ellas, nada más.

Me pregunto si recordaré este día alguna vez o si llegará a formar parte de todos los que pasaron por el destructor de documentos de mi memoria; si al mirar atrás, un día, cuando lleve mucho más tiempo pensando que qué larga se me está haciendo esta vida, recordaré este uno de abril y sentiré alguna emoción distinta a las demás, si sonreiré o lloraré, si me sentiré afortunado de haber seguido viviendo con el tesoro de un día así, o si pediré a dios que lo borre del disco duro del tiempo.

Quizá no tengamos ningún dominio sobre el destino porque no tenemos tampoco decisión sobre lo que somos, sobre cómo nos construimos poco a poco o cómo nos moldea la vida que nos toca vivir. Tal vez el azar sea ese gran océano en el que sirve la experiencia, la posición de las estrellas, las cartas de navegación y las bitácoras pero donde no podemos evitar la furia del viento y las olas, tomar decisiones equivocadas, abandonar puertos donde quizá debimos fondear para siempre.

Quizá, como decía Saramago en El hombre duplicado, "el caos es un orden por descifrar" y quizá en ese orden está la materia prima con la que, más adelante, tendremos que construir nuestro día a día, unos buenos y otros malos, unos que nos cambiarán la vida y otros que se perderán sin dejar rastro.

Y quizá también, no debamos pensar tanto y merecería la pena dejarnos ir y abandonarnos a los remolinos del viento y seguir el camino de las nubes como cometas que se recogerán cuando ya han volado suficiente.

Tal vez nos haya tocado vivir una vida difícil en un momento cumbre de la civilización, o una vida sin sentido en un entorno que enloquecido de aparente racionalidad. En cualquier caso, me quedo con la frase de "El árbol de la vida" de Terrence Malick, esa que le dice la madre a su hijo:

"A menos que ames, tu vida pasará muy rápido"

lunes, 31 de marzo de 2014

Fotografías antiguas


Se nos volvió invisible el rastro de las pisadas en la hierba, la luna lo borró con un manto de tiempo como si quisiera dejarnos en nuestra conciencia la incertidumbre de "un pudiera haber sido". Se ennegreció la maleza hasta volverse casi azul marino, hasta hacernos olvidar nuestros nombres y el tacto de la palma de la mano  leyendo mutuamente y en braille el surco de las líneas del destino de ambos.

Y llegó la luz sin luz y la vida sin vida, como siempre que marzo se extingue entre los últimos y helados estertores invernales. Y recordé lo mucho que yo quería quererte a cientos de miles de millones de átomos de distancia y de lo lejos que quedan los viajes espaciales para la soledad en la espera del astronauta abandonado en el centro de entrenamiento; desde donde no se pueden ver las estrellas porque si se vieran se volvería loco.

Supongo que si pudiera volver a aquel instante, si pudiera pedir, sin parecer un mendigo, una señal inequívoca que me permitiera seguir teniendo esperanzas regresaría, aunque tuviera que construir una máquina del tiempo, a aquella noche de luciérnaga y brisa en la que me sentí tan pleno que casi creí morirme de vida.

jueves, 27 de marzo de 2014

Llegó de nuevo la primavera, y con ella, los muros bajos donde sentarse y dejar colgar los pies...


Ya había perdido completamente la esperanza de volver a Rosa Martini, las calles seguían tan inhóspitas como los últimos años, pero entonces... entonces llegó la primavera y volví a asomar la cabeza por encima de los tejados y a buscar el horizonte más allá de dónde creía que el sol se ponía.

Y ahí estaba ella, con su vestido azul y sus palabras amarillas.



Luces de ciudad es, probablemente, una de las historias más sencillas que se hayan filmado. Pero con los años, sigue siendo de las pocas que me emocionan. Una de dos: o soy muy simple, o es que me permite seguir creyendo en el ser humano.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Watching the wheels go round and round


Al principio creía que que todo iba a ser más fácil. Si he de ser sincero, pensaba que una vez llegado a los cuarenta la vida iba a ser una lucha diaria de baja intensidad contra la desidia, que al llegar esta etapa de la vida, sólo me quedaría la sorpresa fingida y de vez en cuando alguna pequeña sorpresa de verdad que me sobresaltara y me descolocara aunque sólo fuera por unos momentos.

Pensé que la vida iba a ser como remar sobre las aguas tranquilas de un estanque y que . Sin embargo, a veces me siento como si navegara en un mar embravecido, ni tan siquiera sin destino marcado, sólo con la idea en la cabeza de salvar la ola siguiente y rezar para que amaine la tormenta.

Supongo que pensaba que mi vida iba a ser como la de la generación de mis padres, que trabajaron treinta años en una misma empresa haciendo casi siempre lo mismo. Sé que los tiempos van cambiando, que la tecnología lo ha cambiado todo y que la sociedad vive acorde a ello. Iba a decir que aunque lo parezca, no me estoy quejando, pero sería demasiado evidente que mentiría. Una de las cosas que últimamente más vigilo es eso de mentirme a mí mismo, porque me he dado cuenta que tal y como a veces se ponen las cosas, la esperanza sólo se sostiene a base de ficciones, de proyectos que se alargan en el tiempo. Me he dado cuenta de que a veces la esperanza se basa en alargar los plazos hasta el siguiente punto de verificación, que lo mejor para no saber en qué estado se encuentra uno, es no preguntárselo.

Pero he de admitir que es una mala estrategia. Porque si bien el destino es algo que uno no puede llegar a controlar, sí que se puede prever con la información suficiente y por adelantado. Supongo que eso forma parte del aprendizaje: no obviar lo que es obvio, no poner a la esperanza como pantalla tras la que ocultar la realidad que se avecina.

Desde hace un tiempo evito escribir en el blog; cuando entro, leo post antiguos y me dejo llevar de unos a otros de una forma caótica. Los leo antes de mirar la fecha en que fueron escritos y casi siempre soy capaz de recordar qué me impulsó a escribir aquello, más allá de las ideas, orbitando alrededor de fuertes emociones... es como si hubiese escrito un mapa que me permitiera viajar a los rincones de mi pasado más inmediato, como si al leerlos pudiera encontrar motivos de cómo soy ahora, de por qué elegí ciertos caminos.

A veces soy capaz de ver que en aquellos escritos anticipaba acontecimientos que luego fueron casi inevitables, que intuía las situaciones y las reacciones que se sucederían con el paso del tiempo. En ellos puedo reconocer eso de lo que hablaba antes: la locura de cerrar los ojos y apostarlo todo a la esperanza en un juego casi de azar en donde las posibilidades de éxito tienen sus propias estadísticas, que nunca sopesé.

Tengo que decir que desde que vuelvo a leer los post antiguos tengo más claro que vivir es apostar por la locura, es jugar cuando no existen unas reglas para el juego. Vivir es eso que nos lleva cuando creemos que seremos eternos, y sólo tenemos el derecho de serlo cuando somos jóvenes. Imagino que uno madura cuando se da cuenta de que el resto de lo que queda por vivir es más corto que lo ya vivido. Me gustaría pensar que empiezo a ser consciente de que los errores del pasado no son tan eternos como yo mismo, que a esta edad la consciencia empieza a tener un peso que evita que siga volando en pos de quimeras. También he de decir que soy consciente de que me tocó vivir un tiempo de incertidumbres, de inseguridades, de olas de diez metros, en lugar de las tranquilas aguas del estanque imaginado.

Todo lo que ocurre por sorpresa ocurre porque hemos aceptado por verdades conceptos de vida que correspondían a épocas que no eran nuestras, sino de los que nos educaron. Supongo que el trabajo no es para siempre, ni la pareja, ni nada de lo que sí fue para nuestros padres. A mí eso me ha costado comprenderlo y el blog contribuyó a mostrar mi perplejidad antes todo los cambiante. No voy a negar que aprendí a base de encontrarme una y otra vez la realidad. Y la realidad es tan cruel como altas ponga uno sus expectativas.

Y supongo que pasó eso: que las expectativas sólo estaban basadas en la esperanza de que todo fuera como yo quería que fuera y cerré los ojos a ello.

Quizá debí abrir más los ojos. Aceptar lo que se me estaba ofreciendo, no apostar al rojo cuando cabía la posibilidad de que saliera el negro.

Pero, ¿y si hubiera salido el rojo?

miércoles, 19 de febrero de 2014

Dicen...

Llámame ñoño pero este tipo de canciones me gustan... como me gusta "Cómo conocí a vuestra madre" o "Big bang theory". Igual estoy envejeciendo identificándome con personajes que tienen 15 años menos que yo.

Dicen que hoy en día la adolescencia dura hasta los 25 años.

Y que viviremos casi cien años.

Y que no tendremos una sola pareja

Ni un sólo trabajo.




viernes, 14 de febrero de 2014

Me he convertido en un fantasma más.


Tres llamadas, y seis whatsapps, yacen en el fondo de la pantalla de mi móvil. Sin abrir y sin contestar. A estas alturas de la noche ya sabes que no quiero contestarlos, sabes que he entrado y a qué hora lo he hecho. Probablemente te preguntarás a qué viene todo eso. Quizá un día recuerdes que escribía en un blog y puede incluso que recuerdes su nombre y lo busques en google; y llegues a este día y descubras esto que estoy escribiendo.

Si es así, lo entenderás todo y me llamarás cobarde. Y te darás cuenta de inmediato que más que cobardía fue cansancio.

Me gustaría creer que dejamos un mundo mejor que el que hubiera habido si tú y yo siguiéramos juntos ahora. No sé si alguien notará la diferencia, espero que yo sí.

Y aunque no lo creas, espero que tú también.

miércoles, 12 de febrero de 2014

No sé si prefiero la libertad a una cómoda ignorancia


Me llama después de mucho tiempo sin hacerlo. El whatsapp es mucho más cómodo y no deja que tiemble la voz aun cuando los dedos sí lo hagan. Nunca antes me había sentido tan conectado y desconectado al mismo tiempo, tantas horas al día, a un fantasma. Si cierro los ojos me cuesta recordar las enredaderas de su pelo o la luna ondeando a media asta en el pozo de aguas cristalinas desde donde solía mirarme. Siempre me gustó el tono con el que habla, su voz cadenciosa y pausada, la solidez de aquello que afirma, como si a cada palabra consultase un compendio de leyes inalterables en el tiempo y de las que ella tiene un conocimiento que nadie más tiene.

Al otro lado del teléfono su imagen se vuelve más nítida, hasta los fantasmas tienen curvas cuando su voz los delata. Apenas escucho lo que me dice porque sólo puedo pensar en cómo hacerle entender que casi lo sé todo. No soy de esa clase de hombres que admiten que las cosas se acaban para siempre y empiezo a sentirme mal por dejar que siga hablando, que siga dando por sentado mi ignorancia. Una ignorancia que terminó cuando el otro vino a esperarme a la salida de la oficina para ver quién era yo, para decirme que dejara de ver a su novia. Al principio creí que era un loco, uno de esos infelices que se creen con patente de corso porque una chica les ha sonreído dos días seguidos en el metro, pero entonces se me ocurrió poner cara de no saber nada (algo que era cierto) y le dije que mejor lo hablábamos en una cafetería (en la que no me conocen). Creo que no tenía planeado que yo reaccionara así, creo que quería encontrase conmigo como una advertencia o una amenaza, decirme que estaba dispuesto a luchar conmigo por ella, pero me vio en forma y con cara de no saber muy bien qué estaba pasando, y ante esa duda, quizá creyó que era mejor hablarlo de forma civilizada.

Resultó que el otro era yo, que la aventura que tienes desde hace meses era el hombre que me mira desde detrás de los espejos. Y entonces comprendí las no llamadas, las no contestaciones, los fines de semana desaparecida, los encuentros furtivos con la excusa de vivir tan lejos el uno del otro. Y el no dormir juntos más de dos noches seguidas, y las sábanas siempre recién planchadas, y los adioses sin remordimientos y ese sentimiento de soledad que no se me iba ni cuando estábamos juntos.

Y entonces sentí algo parecido a la lástima por el hombre que estaba dispuesto a luchar por ti, que estaba dispuesto a cerrar filas entorno a ti. Me pregunté si él seguiría creyendo a esa voz tuya tan segura de sí misma, o si algún día se daría cuenta que sólo la utilizas para esconderte detrás de ella. Y de otra forma, también sentí lástima por mí mismo, porque yo no era distinto a él, y probablemente en sus circunstancias hubiera hecho lo mismo.

Le dije la verdad: que no lo sabía. No le pedí perdón y ni siquiera se me pasó por la cabeza sentir simpatía por él. En realidad, llegó un momento en el que estaba fuera de mí mismo, viendo desde otra mesa a un hijo hablándole a su padre de lo mucho que le hacía sufrir la relación con su novia. Supongo que yo ya empiezo a parecer algo más viejo de lo que soy, o veo a los jóvenes más jóvenes de lo que jamás fueron. Y pensé en si desde fuera también te vería así a pesar de que eres mayor que tu chico real.

Sigues hablando por teléfono, quieres que nos veamos el jueves, susurras que te cuesta vivir sin mi tantos días al mes, y entonces, cuando voy a contártelo todo, te digo simplemente que el jueves no puedo, sabiendo que voy a empezar una cobarde cadena de excusas con las que te iré atando al desengaño, lenta y fieramente, buscando que seas tú quien acabe conectada a un fantasma cuya voz aprendió a mentir para no tener que servir a la verdad, porque la verdad es un veneno mortal que no tiene antídoto una vez se inocula en el otro, porque la verdad no te hace libre, sobre todo cuando uno hubiese preferido tomar la decisión de salir al bosque y huir de los ladridos de los perros.