Sigo buscando la forma, las palabras, la magia. Voy detrás de ellas pero se me escapan, debería habérmelas atado a la muñeca como un globo de helio, aquellos brillantes con una cara de Mickey o con forma de delfín. Deberíamos atarnos la magia a la muñeca para que no saliera volando nunca.
El fin de semana me lo he pasado rehaciendo el business plan, en breve tendré que presentarlo delante de inversores. Cuanto más lo pienso menos ganas tengo de volver a ser empresario. No va conmigo, tampoco va conmigo escribir. Debe de ser la crisis de los cuarenta. Tengo más o menos claro cómo me gustaría que fuera mi vida y no sé si con esto seré capaz de llevarla a buen término.
Hace tiempo que sé que se me he secado, que ya no tengo alma, me cuesta seguir hacia adelante, no es por el insomnio acumulado, es por todo lo que es mi día a día, este trabajo sin presente, este sobrevivir a medias. Se me hace extraño todo esto, sentir que no estoy vivo sin estar muerto. A veces dormiría con la ropa puesta, me dejaría arrastrar por la desidia, despertaría tarde.
Me repito, día tras día, todos los días son el día de la marmota.
Supongo que las cosas son como son y que ya no tengo remedio. Llegado a un punto ya no se puede volver a atrás, todo lo que haga a partir de ahora estará viciado por todos los fantasmas del pasado, las amenazas del presente, la incertidumbre del futuro. Como a todos.
No importa. No tengo motivos para quejarme, teniendo en cuenta que hay enfermedades que pueden romperte por la mitad, que hay destinos sin solución, que podría caer y arrastrar conmigo a tanta gente...
Me siento afortunado hasta cierto punto.
Espero que estés bien, pienso en ti mucho más de lo que crees. Sabes que esto va por ti.
Sabía que no había nada más: la sangre roja al rojo vivo prendiendo fuego a sábanas de hoteles por encima de mis posibilidades, las noches en blanco, las paradas en las gasolineras al borde de carreteras que no nos llevaban a ningún lugar seguro, el alcohol avivando las llamas de su cuerpo contra el mío, huir los dos con pero con sólo un billete de vuelta. Juro que lo sabía.
Dejé de preguntarme qué hacía una chica como ella con alguien como yo para no tener la respuesta correcta, no porque fuera un cobarde sino porque quería dejarla en suspenso todo el tiempo que pudiera. Sabía que no había nada más, que yo no era su príncipe ni ella una indulgente princesa, que nadie estaría preparando perdices para ningún banquete, sabía que se iría el día menos pensado, que llegaría el día que se cansaría de esta vida al borde siempre de la noche más oscura, sabía que le costaría dejarme, pero sabía que lo haría, como sabes que dejará de llover cuando está lloviendo, como que tarde o temprano llegará la primavera.
No entendí el final, sigo creyendo que me dejó mientras aún me quería y que siguió queriéndome de esa forma extraña con la que se quiere lo que se deja atrás pero lo tienes si alargas la mano. Se me rompió el corazón en tantos pedazos... que para unirlos hizo falta herramientas de relojero. No he vuelto a ser el mismo, ya nunca podré volver a serlo.
Y ahora que me he convertido en esto, en esta sombra, ahora que busco una salida a todo el pasado, ahora que me engaño intentando volver a antes de que todo se desencadenara, me siento como si empezar de cero fuera otra mentira más que me digo, para que tú al oírla me digas que despierte de una vez o que me duerma para siempre.
Ahora que ya no soy de piedra, y tú ya te perdiste en la memoria, ahora que la tela de araña se convierte en hebras de cristal, que se rompen si las tocas, en este invierno bajo cero; ahora que sé que no regresarás nunca y que nunca pensaste en hacerlo, ahora que empiezo a tener claro que mi destino es muy distinto al que imaginaba hace unos años, que me he pasado los días tras el vaho de las ventanas volviendo a ti sin quererlo, ahora que sé que en cualquier momento Tokio me está esperando en algún rincón del tiempo o que el destino es esa tarea inacabada por falta de presupuesto y que es inútil seguir esperando; ahora que me convenzo a mí mismo de que todo ha sido para bien para no tener que planteármelo porque puede que si lo hiciera no llegaría a la misma conclusión, ahora... ahora tengo tantas ganas de empezar de cero!
Me repito una y otra vez. Mi pensamiento es un fractal que se eterniza, ya no escribo porque siempre escribo lo mismo, tengo la sensación de que he dejado algo inconcluso, de que me he quedado atrapado en un tiempo del que es ya imposible rescatarme. Y mientras... esto.
Ya no siento como antes, me limito a plasmar mis pensamientos, mis esperanzas, mis miedos, con la banda sonora de mi tristeza a bajo volumen, pero ya no siento, me da miedo alegrarme, me da miedo la caída que siempre ha venido después. Desde fuera del blog, mirando hacia atrás, veo la rotura del hombre que pude llegar a ser y me enfrento al hombre que soy. No me gusta ser tan débil, no me gusta vivir con miedo. No he dejado de intentarlo una y otra vez, no he dejado de ir por mi camino, no sé si merece la pena haber dejado tanto a un lado, no somos eternos.
No se puede ser tan inestable, no se puede depender tanto de querer y que te quieran, al principio creí que tenía mala suerte, luego el tiempo me confirmó que no es mala suerte, son las malas elecciones. Siempre he intentado no hacer lo que no me gustaría que me hicieran. Creo que nunca he dado falsas esperanzas, no empiezo nada que sienta que tiene una fecha de caducidad. Probablemente me estoy perdiendo muy buenos momentos, probablemente cualquier cosa es mejor que esto que vivo ahora.
Me escondo en un fractal de mi mente como un pez en un fondo coralino, siento que no estoy a la altura de las expectativas, que sólo soy eso: un pez, en un océano de tiburones.
Me levanto cuando caigo... pero hay días en los que me cuesta más seguir adelante, los últimos años ha sido siempre levantarse de la última caída. Sé que no tengo derecho a quejarme y que me sobran motivos para la esperanza, pero hay días en los que me canso demasiado, tengo demasiadas cosas que hacer, demasiados frentes abiertos y voy al médico y éste me dice que no voy bien. Entonces pienso en qué merece la pena y qué no. Y pienso que esto no.
Y entonces me pregunto qué es lo que vale la pena, y me quedo en blanco.
Me quedo en blanco. No sé qué hacer.
Y siento culpa porque alguien a mi edad debería tener una posición o, por lo menos, tener claras sus verdades absolutas.
Tú no sabes cuánto hay de deseo en mis manos, que tu piel sea una ciudad, y yo a oscuras, su insomne transeúnte en busca de emociones fuertes, ansioso por entrar con las peores intenciones en los garitos donde sólo van a parar tus malos pensamientos, y recorrerte entera como cuando leo un libro donde nada se esconde, donde incluso se ve lo que no se desea ver... tú no sabes cómo me pierdo en el mapa que tengo de tu cama, con una orografía distinta cada mañana de pliegues y distancias, bajo el terremoto de tus sueños, me haría geólogo ahora mismo para estar ahí cuando vuelva la noche y tú a tu movimiento involuntario de placas tectónicas chocando en el algodón de la ropa de cama.
Tú no te imaginas que todo esto lo hago por ti, que en realidad yo ya debería ser hace mucho tiempo un vaga-mundo, un ser sin patria, un prestidigitador que al abrir la mano, en lugar de una moneda, hubiera un surtidor de agua, que desde que hace un tiempo dejé la vida a un lado, me convertí a la religión de la locura, y cabezota como soy me hice de vapor de agua, si ni siquiera tengo un cuerpo, sólo una idea abierta como una herida.
Yo ya sé que soy distinto, que soy un pez fuera del agua, que nada ni nadie me dura mucho, que tengo la duda de si mis gatos volverían si pudieran andar por el campo, que vivo en esa nube que es la esperanza continua (donde crecen los castillos a ritmo de burbuja inmobiliaria), que me atrevo a proyectar grandes sueños con mi limitada capacidad de financiarlos, que veo un mundo con más agua, que veo un mundo mejor aunque pocos lo vean, que no es que sea altivo, es que soy tímido, pero un tímido que te quiere, capaz de abrir una mano hasta que broten selvas, aún no sé cómo pero lo averiguaremos.
Sí, ya lo sé, no puedo volver a caer en lo mismo, (no caigas, no caigas, no caigas...) El bicho anda revuelto estos días, se me agarra al pecho, hace que me cueste respirar, que me cueste dormir, ayer me tomé una tila, por fin ha llegado la primera oferta sobre la máquina... es mareante.
Me invitan a un lugar exclusivo de una costa. Me pagan el vuelo, la estancia, ya me han devuelto el contrato de confidencialidad firmado, yo llevo el artículo que publiqué en una revista junto con la estrella roja y el número de patente tatuados en el cerebro, me gusta verme en mi sueño pero... me siento cercano a la tristeza, no sabría explicar el porqué. Siento que vivo un episodio de seducción industrial, palabras amables, sonrisas, el "nosotros" siempre en la boca para que me vaya haciendo a la idea (probablemente equivocada) de que formamos un equipo cojonudo. Ya he pasado por eso otras veces, solo que ahora he cerrado toda posibilidad de que me roben la idea de negocio y ahora he hecho una máquina que sustenta en exclusiva ese negocio ¿Sabré más viejo que por diablo?. Curioso que los dos palos más grandes que me he llevado me hayan hecho más fuerte, más cauto y por tanto, ahora que sí tengo algo extraordinario entre mis manos, sepa que no debo hacer para perder la ventaja.
Distinguir quién es amable porque quiere que te lleves esa impresión y quien es buena gente va a ser difícil. Ya he dicho que no me importa que nadie se haga rico a costa de este negocio, es más, si pone el dinero y los recursos, es lógico que saque un rendimiento económico, pero quiero que quede muy claro que debe llegar a donde es necesario. No se trata de hacer dinero. Se trata de hacer dinero ayudando.
Tengo otra propuesta. La propuesta es menor, una empresa pequeña, gente joven y entusiasta. No tienen experiencia internacional. Ponen mucho de su parte, montan un laboratorio, me dan la dirección técnica, crean marca, saben que no tendrán acceso a la patente pero desean comercializarla, hacerse un nombre, pero sobre todo ellos me expusieron su proyecto antes de que yo hablara de mi máquina. Ellos ya querían ir a donde se necesita el agua con sus medios. Tardé varios días en desvelarles mi secreto. Me dijeron que no pudieron dormir en varios días de la emoción. Me gustaría trabajar con ellos pero en los recursos está la velocidad y cada minuto que pasa es tarde para mucha gente. Igual estoy exagerando pero a todos los que les he hablado de mi máquina se les ilumina la cara, a veces de codicia, otras por lo que representa. En unos días ya la podré presentar. Es increíble. No sé cómo sentirme. Vivo en el vértigo, con el estómago en el aire.
La estrella roja cada vez calienta más, se vuelve más cercana y más cálida. Mientras, a ella la echo de menos cada vez con menos intensidad. Hay algo de cristales rotos por donde se cuela un viento gélido en todo esto. En ese sentido me siento bien, quizá porque creí que volvería a la desesperación y a la tristeza y no lo he hecho. Esta vez no ha sido así, esta vez ha sido completamente distinta. Ha sido como un sueño; como si hubiera estado durmiendo todo el fin de semana y hubiera soñado que estaba con ella. No me ha llamado desde que se fuera, no ha dado señales de vida... todo es demasiado extraño. Me gustaría creer que la vida me ha dado la oportunidad de cerrar un capítulo del pasado y tirar la llave al océano; y esta vez sin que vaya dentro de una botella que pueda volver a mí dentro de un tiempo.
Veo un futuro más humano del que he tenido estos últimos años. Quizá me equivoque pero creo que el hecho de poder hacer algo que haga tanto bien a tantas personas me limpia de resentimiento por dentro. No lo sé, quizá esté desvariando, pero me siento ilusionado, impaciente y con miedo, las tres cosas al mismo tiempo.
Me gusta este vídeo por el agua, por el juego, por la canción y porque creo que por fin, por primera vez en diez años podré irme de vacaciones sin preocupaciones... sólo por eso ya merece la pena!
Hace un rato que se ha ido. Cada vez las historias me duran menos. Dos días, esta vez no ha llegado ni a dos días, si me lo tomara a bien, supongo que llamaría al record Guiness de los récords y me pegaría la vacilada. Sabía que era algo imposible y pasajero, lo supe desde que se presentó en la puerta sin maleta, o puede que lo supiera antes, en cuanto escuché su voz y me dijo que estaba en Barcelona.
Supongo que dejas escapar oportunidades... que la mujer de tu vida es, en realidad, eso que debería tenerte reservado el destino y debería ser sí o sí. Pero el destino es un mapa trucado con una brújula imprecisa, nos lleva a lugares a donde no queremos ir en lugar de de llevarnos a donde deseamos establecernos.
Cuando acabamos de comer me dijo que tenía algo que enseñarme. Cogió el teléfono móvil y empezó a enseñare fotos de una niña preciosa. Me dijo cómo se llamaba, que tenía tres años, que era su hija. Había otras fotos, donde salía el padre, no tenía cara de ser un buen padre, es decir, no tenía cara de contar cuentos ni de bajar al suelo y ensuciarse los pantalones de tierra. Tenía cara de casa cara y buen trabajo, de excursiones los domingos, de segunda residencia en la montaña, tenía cara de saber lo que quería, de no leer novelas, de no llorar con las comedias románticas ni si quiera de verlas. No pegaban ni con pegamento extra-fuerte, pero quizá me cegaba la subjetividad del que tiene a su mujer entre los brazos.
En ese momento supe que quería decirme que era el momento de irse. Yo no reunía las condiciones para sustituir el mundo que tenía. Ni tan siquiera creo que estuviera segura de que quería verme, creo que todo le surgió como un impulso, quizá tuvo una corazonada y se vino hasta la puerta de mi casa y estuvo dando vueltas sin saber si llamar o no al interfono. Supongo que tampoco me vio demasiado fuerte, o que mi vida había tomado otro rumbo que me llevaría a otros lugares, detrás de mi patente. Y creo que pensó que era demasiado riesgo cambiar el guión que tenía escrito.
Le dije que se trajera la niña y mientras lo decía pensaba en que mi casa no era la adecuada, o que debería comprar muebles y no tenía dinero para ello, que no estaría preparado hasta dentro de unos meses, sentí que dejaba pasar de nuevo la oportunidad de ser lo que debíamos haber sido. Lo dije de corazón, porque soy un imbécil, porque no sé ser de otra forma, en menos de diez segundos había vendido la patente y ya no me importaba tanto que alguien pudiera aprovecharse de ella si me daba lo suficiente como para darle una buena vida a ella y su hija. Todo lo que creía que me importaba en mi vida no tenía sentido.
No he querido despedirme de ella, le he dicho que no quiero despedirme, como los niños pequeños que no quieren decir adiós cuando no quieren que te vayas. Me he cerrado en banda y le he dicho que ella sabe igual que yo que nos entendemos mejor que nadie el uno al otro, que cuando se fue lo que le eché en cara no fue otra cosa que traicionara eso que ella y yo formábamos. Que volviera estos días me confirmó que ella pensaba lo mismo. No sé qué más hubiera podido hacer.
Bueno, se ha ido, era lo normal, y no soy quién para decir nada de lo que ha pasado este fin de semana. De veras. Sinceramente, espero que dé señales de vida, que aparezca cuanto antes y me diga lo que quiero oír. No debe ser fácil, no creo que sea sencillo lo que se planteó y le impulsó a hacer lo que hizo este fin de semana. Imagino que no se encontró al toni que esperaba o sí se lo encontró pero le volvió la cordura. El caso es que uno no puede elegir quién se va a quedar en su vida, siempre decide el resto, como nosotros decidimos si formamos parte de la vida de otros.
Me he tomado una taza de te en una taza que me regaló para cuando viniera a mi casa, nunca vino, y que he guardado todos estos años para la ocasión. Era lo único que me quedaba de ella, eso y un bote de menta que debe estar caducado.
Empiezo a pensar que estoy cansado de ser siempre el otro, el plan B de los sueños de nadie, creo que empiezo a estar en el límite de eso que algunos llaman las circunstancias. En los últimos años no he hecho más que dejarme llevar, como si la vida no mereciera vivirse, y apenas hace unos meses que me planteé que quizá sí mereciera la pena. Supongo que hay cosas que son difíciles de comprender de inmediato y es el tiempo el que te acaba empujando sin sentido, por ese mapa tramposo y esa brújula que acabas por no hacerle caso.
No sé qué va a ocurrir, ni hacia dónde me llevará el destino, pero aunque no me creas, antes de que ella me llamara sabía que lo haría, estaba seguro que estaba a punto de hacerlo. Y sigo teniendo esas intuiciones que me llevan a ver el futuro con optimismo.
Creo que tengo la capacidad de ser feliz.
Y creo que ella vino porque quería probar aquella felicidad de nuevo.
Siempre pensé que estábamos hechos el uno para el otro, pero eso no es sinónimo de que lo estuviéramos.
Reconozco que estoy triste y feliz al mismo tiempo.
Es como si se hubiera cerrado una etapa de mi vida, que aquello seguirá siendo eterno aunque ninguno de nosotros estemos allí para vivirlo.
Ayer fue como al principio, como si no hubieran pasado siete años, como si no se hubiera ido. El piso tenía más luz, se ordenaron los libros como por arte de magia, como si hubieran vuelto a sus estanterías en lugar de vagar por las mesas, Ulises y Penélope volvieron a ser felices y nos acurrucamos los cuatro como una pequeña manada de gatos, una familia peluda. Escuchamos música que hacía años que no escuchaba, la cocina se llenó de comida recién hecha, humeante. Fue como si de repente el hogar volviera a mi vida, como si a mi casa alguien le quitara el plástico que la envolvía.
Salimos a pesar del frío, cubiertos como dos terroristas, hablamos más bien poco, no me preguntó nada porque no quería que le preguntara nada. Y no lo he hecho. No he preguntado quién le ha llamado seis o siete veces esta noche, cuando a pesar de tener el teléfono en silencio, éste se iluminaba a través del bolso, no le he preguntado porque estoy viviendo un presente que se desharía contra el muro de las certezas.
Dormimos encajados el uno en el otro como dos piezas de tetris, abrazados en espiral hasta que los pies se le calentaron, llevaba una camiseta mía, un pantalón de pijama sin su otra mitad, y recuperamos aquella humanidad que nos unía, un calor recíproco que nos calentaba a ambos. "No ha pasado el tiempo" pensé, era como si hubiera vuelto al poco de irse.
Por la noche leyó la parte de la novela que tengo impresa. Me dijo "debes acabarla, debes salvar a María, debes salvar al niño... el personaje es como tú eras cuando te conocí" y supongo que hubiera dado lo que fuera porque en ese instante ese "tú eras" fuese "tú eres", pero sé que el tiempo ha pasado lo suficiente y que yo ya no soy el mismo, que tengo cuarenta años y no escribí la novela, que no me hice rico sino todo lo contrario, que he perdido algunos años de esperanza en esperanza, que notaba el hueco que me había dejado como a quien le amputan algo imprescindible de su cuerpo, que no hay mayor fracaso que no haber cumplido ciertas expectativas. Expectativas que no existían cuando nos cogíamos de la mano camino del centro a perdernos la tarde el uno en el otro.
Hubiera madurado de otra forma, supongo, con ella a mi lado, no hubiera sido ese estorbo que imagino creyó ver en mi. El tiempo le da la razón a quien crea las circunstancias... pero ahora... ahora yo empezaba a estar bien dentro de mí, empezaba a ver algo que antes no podía ver. Un día me monté de nuevo en mi vida como si fuera otro tranvía al que no llamara deseo y me levanté y la vida me llevó por otros caminos a los que imaginaba. Me he caído muchas veces, puedes ver las cicatrices, hasta aprender a andar, a nadar, a vivir sin cariño.
Sale a comprar el pan, lo que quiere decir que devolverá las llamadas casi invisibles, y cuando trae el pan, de la panadería de las estrellas de mantecado, vuelve cambiada, más silenciosa, pongo canciones y bailamos como si estuvieramos en la pista de una discoteca, abrimos una botella de vino (la última que me queda) y suena Bohemian like your, me agarra y me besa con desespero, la subo a horcajadas mientras algo se quema en la cocina... me pregunto si se quedará a dormir también esta noche, y pienso que esto es como recordar con los cinco sentidos, que no viene para quedarse, sólo pasa por Barcelona.
Su teléfono se enciende cada vez con más frecuencia. Hay alguien frenético al otro lado que quiere que le den una respuesta. Y ella no la da porque está huyendo, está resguardándose en un lugar seguro y yo soy ese sitio, esa persona, eso que sustituye al osito de peluche de los niños en el corazón de los adultos. No sé si es necesario todo esto pero hoy me importa un poco menos, porque con el tiempo aprendí a sortear la esperanza, a evitarla para poder vivir mejor. Y sé que sólo hay esto.
Me dice que esta vez quiere hacerme feliz, está igual que siempre, viste igual que siempre pero distinto, se alegra de verme, se le dilatan las pupilas como agujeros negros que engullen una galaxia verde, le brilla todo, como cuando teníamos aquello nuestro, o eso que tanto se le parecía a estar mutuamente secuestrado por un ente invisible, éramos el síndrome de estocolmo el uno del otro, mi rehén preferido y mi carcelera sádica mal de la cabeza.
"Subamos a tu casa" me dice nada más llegar. Le digo que mi casa es un laboratorio y me mira con extrañeza "¿Ahora te dedicas a sintetizar droga?" y se ríe. Le cuento lo la máquina, lo del agua, lo de que no hay nada igual ni de lejos en todo el mundo, le cuento lo de la patente, lo de la gente que se salvará de sufrir cólera y otras enfermedades. Le cuento lo de los inversores, lo del prototipo, le cuento casi todo mientras ella me mira. "Te brillan los ojos" me dice "como cuando estábamos juntos".
Subimos a casa, Ulises y Penélope se acuerdan de ella, maúllan como locos, Ulises se frota contra ella desesperado, Penélope no se acerca tanto, pero le pide caricias. Ella se arrodilla y los acaricia. "Son como tú" dice "o más bien tú como ellos". No me disgusta que me compare con mis gatos, ella se va hacia la nevera y saca salchichas de pollo y la corta para dársela, imagino que las cosas no han cambiado tanto desde que se fue.
Ulises y Penélope nos siguen hasta la cama como queriendo participar en la orgía. Después de un rato de ver que no les hacemos caso se van en busca de la salchicha, dejándonos a nuestro aire. Nuestros cuerpos han cambiado un poco, nos hemos hecho un poco más mayores, pero sigue ardiendo el mismo fuego, nos calcina el mismo infierno y las mismas ganas de apagarlo con la saliva del otro.