sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuando la vida te pone contra las cuerdas


El destino. Siempre el destino. Nos quedaban quince días. Después: la nada. El vacío. Las esperanzas perdidas. Lo empezado hace mucho años frente a un abismo, pisando un freno que no funcionaba.

Entonces... entonces me llamó mi casi nuevo hermano y me dijo que encargara mesa para ir a celebrar que nos aceptaban en un proyecto europeo, que teníamos la mejor puntuación posible, y nos pusimos a llorar los dos.

Lo importante siempre es creer.

Creer que todo va a ir a mejor.

Que el tiempo siempre pone a cada uno en el lugar que le corresponde.

Que la diferencia es el trabajo bien hecho y sobre todo: la dedicación, Hacer las cosas bien, pensando en el bien común es fundamental para que las cosas salgan adelante.

Se acercan tiempo interesantes.

Esta noche he dormido peor de lo que esperaba. Supongo que la tensión de los últimos meses no se va en unas horas.

Ahora a seguir en la brecha.






martes, 22 de noviembre de 2016

El extraño caso de la niña sin sangre


Hubiese podido dejarlo todo como estaba, haber dejado pasar una vez más lo que siempre dejo pasar. Siempre. Hubiese podido apagar el móvil y girarme dentro de las sábanas y tratar de dormir a pierna suelta. Pero a veces el bicho habla a gritos, se despereza cuando yo sólo quiero dormir... y lo peor de todo, sabe que en ese momento es cuando yo tengo menos que ganar, o lo que es lo mismo: que es hora de perderlo todo.

A veces pienso que todo es un juego de azar, que lo que te une a otra persona es una partida de póker en la que lo importante siempre es saber quién va de farol. Y yo soy un mal jugador porque no sé mentir, todo el mundo sabe que yo no sólo tengo mala suerte cuando se reparten las cartas, sino que voy a intentar ganar una mano tarde o temprano.

Me gustaría creer que con ella era distinto. Que hubo una mínima posibilidad de que esta vez sí pudiera corregir toda esa tendencia a acabar arruinándolo todo. Pero hay algo que no puedo dejar de pensar, o mejor dicho, hay algo que no puedo dejar de recordarme cada vez que pienso en ella. Nunca tuve una oportunidad. Quizá durante los primeros nanosegundos en que nuestras miradas se encontraron por primera vez.

Pero ya está.

El resto sólo fue plegar las velas e ir a la deriva.

Y toda deriva acaba en las rocas

Y toda roca en un nuevo comienzo.


martes, 1 de noviembre de 2016

Una llamada se hace corta para uno, demasiado larga e incómoda para el otro.



Me dice que las cosas van mejor, que al final se adapta uno a todo, que se acostumbró a tener las esperanzas justas, ni más ni menos; las suficientes como para no desilusionarse cada día. Que la vida tiene su inercia, que hay que conformarse con conformarse, que aún se acuerda de mí cuando empieza a hacer calor, cada año un poco menos.

Que yo era un encantador de serpientes prometiendo siempre el cielo.

Que el cielo siempre estuvo lejos.

Que sólo pudo seguirme un tiempo, que no creyó en mí. 

Demasiado años, demasiados mañana tal vez y demasiados hoy no.

El teléfono es frío como estas primeras noches de noviembre, oscurece su voz, esa voz que aún sabe a su boca, a la calidez de las palmas de unas manos contra una piel que se eriza, una lucha cuerpo a cuerpo, la batalla ganada de una guerra perdida.

Y todo el tiempo del mundo y yo tan cerca del cielo, tan cerca del mismo infierno, tan demasiado y tan demasiado poco; no hay lugar para los sueños sigue diciendo. Me acostumbré a mis hijos, a verlos crecer como quien ve crecer los campos de trigo, como quien ve llegar las barcas con las redes recogidas, ve caer la noche y la chimenea haciendo un hogar de cualquier habitación.

Verlos dormir sin temor.

Quizá vivir sea eso. Una tranquila sucesión de rutinas que te tranquilizan el alma, que te hacer ser alguien sin mayúsculas, alguien que sólo espera que el golpe del azar sea esta vez en positivo aunque con pocas posibilidades de que así sea.

Ver pasar las estaciones.

Ver hacerse hombres y mujeres a los niños.

Tener una vejez tranquila.

Morir en una cama.

No haber deseado nunca ser otra persona distinta de la que se ha sido.

jueves, 6 de octubre de 2016

La suspendida voz de B.W. en aquellas frías noches de invierno.



Me gustaría volver a encontrar a voz con la empecé este blog. No sé si entonces era una buena o mal alternativa a la mía, pero en cualquier caso era algo distinto a lo que había sentido dentro de mí. Era algo tan poderoso que casi me sustituye. Y en ese momento necesitaba que algo o alguien ocupara mi lugar sin hacer preguntas, sólo para coger el volante y llevarme de copiloto hacia donde fuera. Algo o alguien que me dejara durmiendo en el asiento de al lado y condujera toda la noche. Eso era todo lo que necesitaba

A veces las cosas surgen sin saber de dónde vienen, llegan cuando más lo necesitas, a veces también ese cuando es algo destinado a ser un cómo o un porqué, viene a sujetar cosas (aunque sea a medias) que uno no sabe cómo sostenerlas. Y ese día te conviertes en otro, en uno que sí puede, en alguien que tiene la suficiente fuerza como para aguantar lo que venga.

Algo así siento estos días. Creo que se acerca un tiempo en el que tengo que volver a ser eso.

Golpear antes de ser golpeado.

La vida es una sucia bastarda a la que hay que enseñarle los dientes. No importa cómo. No importa dónde, sólo importa que no saldremos vivos al enfrentarnos a ella. Sólo es cuestión de tiempo que las cosas se pongan feas y tengas que volver a ser ese hombre que has estado destinado a ser y al que le importa una mierda si lo hará bien o mal. Sólo se trata de aguantar de pie sin que se note que ya estás muerto.

Porque no te quepa la menor duda: ninguno de nosotros puede asegurar que mañana no será cierto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Incendios controlados


Podría decir que la echo de menos y, en parte, esa pequeña parte a la que uno se aferra cuando nada queda a lo que agarrarse, pero bueno, al final uno tiene que elegir entre estar y marcharse.

Posiblemente dejar ir es lo que más duele cuando uno se apega a algo, aunque sea a la idea de que en el futuro las cosas cambiarán para llegar a un estado anterior, es decir, que el cambio no ha surgido efecto y volvemos al punto inicial.

Sólo que las cosas cambian para siempre.

Y uno ha de dejar ir para llenar su vida de otras vidas y otros momentos que también tendrán fecha de caducidad.

Supongo que es por eso que la vida es cambio aunque el día a día nos de una visión de algo estático sujetas por rutinas, como un clip sujeta folios sueltos o las anillas de los clasificadores agrupan trimestres...

Pero entre usted y yo no hubo nada, no al menos nada que pueda archivarse más allá de unos momentos desesperados en los que casi nos volvimos otros.

Cambiamos. Y mientras cambiábamos nos volvimos parte del pasado de cada uno, recíprocamente cada vez más invisibles, más algo y menos alguien.

Espero que el tiempo acabe por borrarnos los reproches, espero que la vida le vaya bien, de veras, no como eso que se suele decir, sino como todo eso que le deseas a quien quieres o, como es el caso, a quien un día quisiste.

Agradezco todo lo vivido cuando nos veíamos, supongo que aprendí más de lo que creo, fui más yo y menos otro, que cuando llegue el día en que me despida, si es verdad eso de que pasa por delante de uno toda su vida, la época en la que está usted la recordaré como una de las mejores de mi vida.



Al final



Imagino que al final todo tenía que ver con esto. Con dar por bueno o no lo vivido, firmar en la línea de puntos y girar de nuevo la rueda de las existencias.

Haber aprovechado la oportunidad tratando de cambiar el mundo aunque sea sólo un poco.

Haber contribuido algo a la felicidad de otros, haber conocido el amor y la pérdida, querer ser alguien más y dar lo que fuera no ser uno de tantos.

Dar y recibir.

Ser quien estabas destinado a ser y que parezca que haya sido una elección.

Nunca es una elección.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuando por fin lleguemos a nuestro destino



A veces creo que el pasado es consecuencia del futuro. Es decir, como si en el futuro tomáramos la decisión de ser quienes somos y aceptáramos pasar por todo lo que hemos de pasar hasta alcanzarlo. Como si el futuro y el pasado estuvieran pasando al mismo tiempo y tomáramos decisiones que modifican uno y otro continuamente.

Y al descubrir que eso es así nos encontráramos con momentos de transición, huecos en los que caben... quién sabe qué cabe. Que el sentido de la vida estuviera precisamente en esos momentos, ahí, en esos minutos sin objetivo que no pertenecen a ninguna magnitud, sólo al ser con que habitamos esta pobre conjunción de dimensiones.

Como si el tiempo pudiera estar en el pasado, en el futuro, en los dos a la vez... y en ninguno.

Todo evitable y todo posible.

Eternos si nos reencarnamos

Una fogata que se consume si sólo hay esto.

domingo, 7 de agosto de 2016

Mil kilómetros para decir adiós.


Ayer estuve todo casi todo el día conduciendo. Salí a las seis de la mañana de casa y entré en el hotel a las nueve de la noche. Me equivoqué en un cruce y atravesé la sierra de Gredos por un carretera serpenteante y con precipicios a ambos lados. Creo que la llaman la calzada romana. Me gusta más coger curvas que recorrer kilómetros en línea recta. Supongo que es mi carácter, no sé, debo preferir lo complicado. Hay algo de riesgo en los trayectos desconocidos y abruptos que me atrae.

Me recordó a mi viaje por la costa desde Los Angeles a San Francisco. Me gusta conducir solo y a mi aire, parando poco, sin que nadie me moleste. Dicen que los hombres, al igual que los chimpancés, a medida que nos hacemos viejos tensamos cada vez más las relaciones con los demás.

Supongo que por eso pienso que soy un alma vieja: porque no me gusta mucho la gente en general, sólo unas pocas personas. No soporto lo cercano, lo inmediato, lo insustancial me desespera.

El caso es que ayer tuve mucho tiempo para pensar. Me pasé todo el camino triste sin un motivo que lo explicara. Llevaba días esperando una respuesta a una pregunta que nunca debí formular. Sé que esa respuesta ya no llegará a tiempo, porque ya me despedí; a decir verdad, me pasé despidiéndome casi mil kilómetros.

Imagino que uno se despide no de la otra persona, sino de lo que esa persona significa en su vida. Creo que en el fondo, uno sólo toma conciencia de que, en realidad, se cierra una etapa de años y que es mejor no insistir más. No deberíamos insistir más allá de lo necesario. Uno nunca sabe dónde termina la dignidad y empieza la mendicidad emocional.

Creo que lo que peor llevo es no significar nada, no dejar huella, morir para esa otra persona sólo para resucitar cuando le haga falta y volver a caer.

No sé si existe el síndrome de Quasimodo, el personaje de la novela de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París, pero el caso es que me siento así, y supongo que, en el fondo, algo de razón hay. Y como el título de este blog, Quasimodo decide morir cuando muere su amor imposible Esmeralda.

Es decir, muere por ella.

No sé qué decir, una vez llegado aquí, creo que ya no hay nada más que contar.

Ésta era la herida.

Siempre lo ha sido.

En realidad, todo lo que he escrito se resume en esto.

Por eso escribo, por eso tengo la necesidad de escribir...

la necesidad de ser otro.

Creo que esa también es la razón por la que rehuyo el contacto humano, salvo contadas ocasiones.

El porqué siento esa animadversión por el género humano y al mismo tiempo siento la necesidad de ser aceptado como parte de él.

Nunca perdono, pero siempre estoy dispuesto a echar una mano.

Hasta mi casa tiene su propia torre de Nôtre Dame.

Quiero decir que, bueno, esto era todo.

No sé si acabaré publicando esto...



y claro, éste es el vídeo.

Aprendiendo a vivir con ello.

La última versión



Y no más giros de la rueda.



Sé que el tiempo abrirá de nuevo la herida, que volveré a intentarlo una y otra vez, que te encontraré y te perderé de nuevo.

Que pasaremos apenas unas horas juntos.

Que somos almas viejas.

Que mientras tanto vivimos vidas con más o menos sentido.

Que a veces se me hace demasiado largo todo eso de olvidar lo que en su mayor parte es (y debe ser) olvido.

En esta vida aprendí que siempre hay que aprender de nuevo.

Partir aunque no se sepa a dónde.

Abrirse a todas las posibilidades.



Que toda herida acaba por cicatrizar.

Que morir no es la muerte

y que la muerte no es morirse.

No me acostumbro a decirte adiós aunque lo haga todo los días.

Ni aunque sepa que, de una forma u otra, salvo muy contadas excepciones, me lees y piensas que soy un alma vieja.

al que tu alma ya conoce.

Ya sea en la otra orilla del océano, o sentados cada uno en su borde de la cama.

viernes, 5 de agosto de 2016

Siempre quiero verte



Hacía tiempo que no escribía dos posts el mismo día. He de suponer que agosto es lo que es y no puedo darle menos importancia de la que tiene; hoy es día cuatro y que como a quien le duele un hueso roto cuando va a llover, a mí me duele algo mal curado que tiene que ver con otro agosto... con tantos agostos que ni ya recuerdo cuántos.

Y ya sabes, las cosas siempre tienen un lado claro, un final feliz, un premio merecido, una segunda oportunidad...

Un llover sin llover sobre mojado.

miércoles, 3 de agosto de 2016

La indefensión aprendida



Supongo que empecé el blog por todo eso de que quería ser escritor y bueno, hice los cursos de la Escola d´Escriptors del Ateneu Barcelonès y empecé una novela... y mientras tanto la vida transcurrió a su aire y lo fui relatando con más o menos acierto aquí. Porque en estos ocho años y medio me han sucedido muchas cosas y muchas personas.

Cuando empecé el blog, no tenía ni idea de que iba a hacer tres patentes, que confiarían en mi tanta gente, que mis socios serían quienes son: no los conocía. Creo que tenía claro que quería hacer algo grande en el mundo del agua. No sé, supongo que siempre se espera ser algo o alguien distinto al que estás destinado a ser, o al que los demás quieren que seas. 

Todos los días son para mí un punto de partida. No sé cómo decirlo, mi vida se ha convertido en algo muy distinto a lo que era, y aunque soy la misma persona creo que soy una versión más mejorada de mí mismo en lo que a trabajo se refiere.

Sin embargo hay cosas que no cambian. El mes de agosto sigue siendo un mes malo, he elaborado muchas teorías al respecto, puede que sea el calor, o el no poder desconectar del todo, el poder hacer vacaciones quince días y no saber qué hacer con ellas. En agosto me vuelvo aquella otra persona que fui o solía ser. Me convierto en un ser triste, alguien que prefiere la soledad y al mismo tiempo la detesta.

Este mes de agosto empieza igual y con algo más de presión añadida porque nos han escogido para gestionar el aterrizaje de una multinacional farmacéutica en Catalunya y todo lo quieren para ya mismo. Así que es posible que no tenga vacaciones... luego montamos stand en Smart Cities en la Fira de Barcelona en noviembre, los equipos definitivos para salir al mercado en septiembre... 

Me gustaría creer que todo esto tiene un sentido.

Pero sé que no lo tiene.

Me gustaría pensar que detrás del tinglado que estoy montando habrá un retorno de alguna forma.

Como cuando quieres a alguien y esperas ser correspondido.


Supongo que aprendí, literalmente, a vivir sin querer ni que te quieran, y a llevarlo bien durante casi todo el año. 

Pero siempre llega agosto 

para pillarme desprevenido 

trayendo consigo eso que nunca supe entender y que algunos llaman indefensión aprendida.

Y a lo que yo llamo la espera.

La gran espera

Ese océano de tiempo en el que se mece el destino, que sin saber cómo, nos une a ti y a mí a través de una invisible eternidad de lugares y de nombres.