lunes, 22 de septiembre de 2014

Todo tiene su lugar en el mundo, incluso aquello no puede materializarse.


Dicen que es la sexta ciudad del mundo que la gente prefiere visitar. A mí me seduce casi cada semana un par de veces, mis personajes viven en ella y temen morir lejos de ella; y yo he vagado por sus calles porque mi alma encuentra cobijo entre sus piedras, he soñado vivir en ella, yo, que no soporto las multitudes...

Me hechiza

Me subyuga.

Me convierte en mejor persona y en el peor animal enjaulado. Me volvería asfalto para ser su piel.

Into the Night from Jordi de Temple on Vimeo.

Time lapse de Jordi de Temple.

A ciertas damas hay que dedicarles poemas para seducirlas, aunque a veces las palabras no bastan quizá porque las palabras se deshacen en cuanto salen por la boca y se convierten en mero vapor de agua si no hay un pedazo de alma de quien las pronuncia.

A esta ciudad no se la contenta con poco.

Yo lo apostaría todo.

Sé que lo sabes.


jueves, 18 de septiembre de 2014

Fue una mala idea


Fue una mala idea dejar de ser amantes para cambiar a esto, sea lo que sea, a lo que nos dedicamos ahora. Una mala idea, ni siquiera una mediocre o con posibilidades de que con el tiempo, al madurar, se convierta en casi buena.

Fue una mala idea cambiar las cicatrices que me hacías en las manos con tu cuerpo, por los dos besos de rigor cuando de vez en cuando quedamos siempre lejos de tu casa, sin guerra con la que firmar la paz contigo en la cama, o en el portal bajo las escaleras de tu casa.

Fue una mala idea seguir viéndonos sin vernos.

Una mala idea siempre acaba mal.

Al menos para mí.

Tenerte sin tenerte.

Ser sin ti.

Ya sé que te dije que no me dijeras si estás con alguien pero a veces no soporto toda esa incertidumbre de saber si piensas en otro cuando estás conmigo y decides después de compararnos que cambiaste a mejor.

Y te lo callas. Para no hacer daño al único hombre que quema su vida por no abandonarte.

No sé que consigo con ello.

Los dos sabemos que un día te cansarás y empezarás a darme largas.

Y yo a insistir hasta que me hunda del todo al darme cuenta que ves mi nombre en el teléfono y no descuelgas ni piensas responder.

Hasta que un día te acuerdes de mí al cabo de los meses y caigas en la cuenta que hace siglos que no llamo. Y te preguntes, depende de si tu día es bueno o malo, qué será de mí.

Pero no llamarás porque tú si sabes dejar atrás el pasado. No como yo, que sólo sé escribir adioses.

Pero por si un día te preguntas un sólo porqué y buscas de verdad un respuesta; Sí, yo ya sabía que era una mala idea y aún así decidí seguirte queriendo.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La última vez que la luna orbitó tu cielo supe que se abría una grieta en el universo que ya nadie podría cerrar, ni siquiera con la eternidad por delante.


Fingí que no lo sabía, que nadie me pregunte el porqué. Algo dentro de mí se negaba a admitir que yo hubiera podido hacer algo para evitarlo, pero en el fondo ya sabía que ocurriría incluso antes de conocerla.

Luego llegaron el día y la hora exactas, y yo pasé por el lugar que había predeterminado el destino. Así de fácil y así de estúpido. Pude haber burlado al azar porque me había adelantado a él, pero no lo hice. Pasé por delante del escaparate de la librería y los vi a través del cristal.

Ella me vio pasar y al instante supo que yo podía haber no pasado y, sin embargo, lo había hecho. Supongo que todo lo que sucedió después no importa demasiado, no tiene trascendencia. A veces uno sólo tiene que vivir el guión siguiendo las instrucciones, dejarse llevar y caer lentamente hacia el desenlace.

Quizá en el último momento tuve el impulso de rebelarme contra lo inevitable, quizá cruzó como un rayo que ilumina la noche una milésima de segundo, la idea de que podía cambiar el curso de todo lo que iba sucediendo, que bastaba un gesto mío para detener todos los adioses que crecían, como malas hierbas, en lo que antes era un desde ahora y para siempre.

Pero no lo hice.

Podría exponer una docena de excusas bien argumentadas y probablemente te las creerías.

Pero lo cierto es que no hice nada porque estaba cansado y porque me importaba todo una mierda. Y tal vez esa sea la única verdad; porque por mucho que le doy vueltas esa es la única respuesta que me vale para contestarme todas las preguntas que me hago sobre lo que ocurrió.

Me sorprende que sobreviviera a ello. Y me sorprende más aún que hoy siga creyendo que el día que desaté la luna que estaba anudada con un cordel a la barandilla de su balcón fue uno de los más tristes que haya sentido.

Quizá porque después ya no volví a sentir como antes.

Como si me hubieran amputado un miembro invisible con el que podía sentir el contacto real de otro ser humano.

Como si alguien me hubiera anestesiado para siempre para que ya no me doliera la soledad.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Quizá el precio de soñar despierto era despertar del sueño.


Llegará un día en el que mirarás hacia atrás y no verás nada. Habrás vivido muchos años, habrás creído que hiciste algo bueno, pero en realidad sólo habrás destruido decenas de sueños. Entre ellos el mío y ¿sabes? me gustaría creer que no podrás vivir con ello. Pero sé que podrás, que en realidad te importará una mierda.

Y a mí me joderá que sea así.

Esa será la lección para mí: que el mundo es injusto y que debería haber valorado eso el día en el que te conocí e intuí que no eras como yo, que, en realidad, a ti lo de la justicia no te iba demasiado.

Y yo detesto a la gente como tú.

Porque el mundo es como es porque tú estás en el consejo de dirección de los bancos, de las grandes empresas, en los despachos de los ministerios y de los gobiernos. Tú y tu falta de ética y de palabra sólo contemplan los sueños si puedes apoderarte de ellos.

Y yo no he podido hacer nada. O casi nada.

Quizá alguien tuviera razón cuando me dijo que, en realidad, yo soy un misántropo obligado a vivir en una pesadilla en la que no puedo dejar de interactuar con cada vez más gente.

A veces me falta el aire.

No sé si tendré fuerzas para seguir este camino.

Pero entonces recuerdo que llegará un punto en el que miraré hacia atrás y veré mi vida sin pasión, quizá porque ya esté muerto, y me daré cuenta que nada importa demasiado, que tú y yo somos insignificantes y que, si lo paro a pensar, lo único que merecía la pena era haber vivido con pasión todos los días, que vivir es eso, da igual qué hagas.

Y no sé si me gustará mucho haber llevado la vida que he llevado.

O al menos vivirla como la he vivido.

Quizá no.

No sé, quizá esté escribiendo esto porque aún tengo tiempo de enmendarlo.

martes, 2 de septiembre de 2014

El Universo es una florescente roto en millones de pedazos que se resiste a apagarse del todo.



Pocas cosas que contar. El jueves tendré las cosas claras respecto a una de las patentes y estos días me quedo sin aliento ante la posibilidad de que esta certeza muera, de que tenga que empezar de nuevo y que ese empezar de nuevo sea otro más de una larga cadena de otros intentos que nunca se materializan. Por otro lado, he generado otras dos patentes más, y también fui previsor a la hora de no comprometer a nadie más allá de lo necesario. Intuía que las cosas acabarían así y, si de algo empiezo a estar convencido, es de que la intuición es más fuerte que la lógica convencional, mucho más que la necesidad de que las cosas sean como uno desea que sean.

Supongo que dentro de unos años, miraré hacia atrás y recordaré estos días como la etapa en la que cambié del todo, la etapa en la que arriesgué para ser lo que seré entonces. Y sé que me veré como alguien que quiso tener razón y que quiso mantener una independencia cuando todo indicaba que debía ser distinto. Y que me equivoqué y que acerté equivocándome. Y que fui terco. Y egoísta. E intransigente.

Y que la dignidad es lo único que te va a quedar cuando no te quede nada y que es lo único que podrás cambiar por comida cuando eso ocurra.

Yo he tenido suerte. Estoy teniendo suerte.

El universo, aun cuando se esté apagando lentamente, sigue teniendo espacio para todos. La vida es una gran oportunidad que merece aprovechar.

El otro día un amigo me decía que a veces se preguntaba si era buena idea traer hijos a este mundo. Y yo no dije nada, pero pensé que cada persona que nace tiene la oportunidad de mejorar el mundo. Y que cuantos más tengan ese objetivo, mejor será todo.

A veces pensamos que nosotros somos los responsables de dejarles un mundo mejor, y es cierto. Pero también lo somos de ayudar a que ellos sean capaces de mejorarlo.

Y sólo hay una forma. Educándolos por y para el amor. Y eso no se aprende en los libros de texto. Se aprende por contacto.

Supongo que es tan difícil...

miércoles, 27 de agosto de 2014

Paul Auster y el palacio de la luna.


Me lo juego todo a una carta. A veces pienso que la vida es enormemente aburrida y es por eso que me planteo estos abismos: para darle emoción. Sí, ya sé. Podría viajar, conocer mundo, subir montañas, hacer un ironman cada día durante cincuenta días consecutivos... pero prefiero estos momentos en los que me juego meses de trabajo en una sola entrevista, en una sola cita. Y pierdo.

Pierdo para volver a levantarme, para poder llegar de nuevo a otro momento en el que deberé jugármelo todo a una nueva carta. Y volver a perder.

Pero ahora que la rutina es caer, lo emocionante, lo transgresor es ganar. Y me doy cuenta de que tengo miedo a ganar.

Llevo días preguntándomelo. A qué tengo miedo. Y no sabría el decir a qué. Ni el porqué.

A veces pienso que si me salieran las cosas bien me tendría que dedicar a algo que no me gusta, que nunca quise ser ingeniero y que ganar significaría ser esclavo de las decisiones del pasado. Pero entonces surge la gran pregunta; una pregunta que no puedo responder porque quizá pondría patas arriba todo lo que he creído, todo por lo que he luchado... y además. ¿quién abandona a pocos metros de la meta sin motivo?

Por otra parte, la vida que llevo no tiene solución, hace tiempo que lucho contra la idea de que la vida no tiene sentido. Es una idea que, en cuanto te posee, todo pasa a costar mucho más.

Y luego está el tiempo. El tiempo pasa y no vuelve.

Nunca regresas al punto donde podrían cambiar las cosas.

Si pudiera volver atrás, ¿qué cambiaría?

miércoles, 20 de agosto de 2014

Un lugar y un tiempo en el mundo en el que quedarse anclado y esperar a que pase la tormenta.


Me dice que intuye que las cosas van a ir a mejor, que una voz dentro de ella que nunca se equivoca se lo ha dicho en sueños. Y me sonríe con un sonrisa tan frágil como una hoja seca en un cálido día de finales de verano, cuando sabes que todo lo que queda por venir no es más que una prórroga de algo que ya ha pasado.

Asiento con la cabeza sin apartar la vista de la carretera y cuando la miro, unos segundos después, la sorprendo mirándome fijamente las manos. Me gustan tus manos, me dice. Son manos fuertes, a las mujeres nos gustan las manos así, manos en las que puedes confiar, que en cualquier momento pueden agarrarte y sacarte de allí donde estés.

Me pregunto cuántas mujeres habrán escuchado antes esas frases dichas por ellas mismas que las palabras que salían del poseedor de unas manos así. La vista le hace sordo a uno. Cuántas veces me habré visto poseído por una cara bonita cuando todo lo que me decía indicaba que el resto de la persona no era de fiar, y aun así seguí engañándome hasta que no hubo remedio.

La gente es así: quiere creer. Necesita creer. No importa en qué, cualquier excusa basta y sobra.

Seguimos por la carretera hasta llegar a una señal que indica el desvío hacia un hostal un kilómetro dentro de un bosque de encinas. No sé por qué, pero en ese momento recuerdo otro bosque de encinas y otra compañía, un niño en el asiento de atrás y un fin de semana de hace muchos años. Me gustaría poder vivir en un presente sin lagunas de recuerdos que desborden cuando menos me lo espero. Siento cierta nostálgica alegría por poder recordar aquellos días y al mismo tiempo una profunda tristeza por todo aquello que uno pierde por el camino. Si he de ser sincero, pienso que nunca volví a tener algo por lo que mereciera la pena seguir luchando, no desde la época que evoca este bosque de encinas. Supongo que la decadencia es eso, tener un punto de felicidad y bienestar de no retorno, un tiempo y un lugar al que sabes que no vas a poder volver nunca.

El camino se vuelve de tierra y las ruedas hacen crepitar las ramas secas y las pocas hojas que aplastan las ruedas. Los neumáticos absorben con dignidad las diminutas piedras que saltan a nuestro paso y el aire se llena de olor a polvo y a frondosidad; la temperatura baja un par de grados, el sol apenas pasa a través de la tela de araña de hojas y ramas.

S. apaga la radio y baja la ventanilla. Dice que necesita sentir la fuerza del bosque, que de alguna forma que no entiende la recarga de energía; y yo le sonrío porque no sé qué hacer cuando alguien me dice cosas que sólo uno mismo puede comprender. Supongo que es mi manera de decir que lo entiendo.

En cinco minutos llegamos a un claro del bosque y al hostal donde deberíamos escondernos unos días.

martes, 12 de agosto de 2014

Porque si las luces se apagan y me quedo solo, es decir, conmigo mismo, pero sin ti, a veces debo cerrar los ojos aunque esté a oscuras porque una tenue luz que me iluminara por sorpresa me molestaría y dejaría de parecerme la soledad tan oscura y tan sin ti y ¿sabes? creo que no podría soportar eso, que haya vida, o luz, o esperanza de que exista en alguna parte, en algún tiempo.


Yo sé que usted sabe lo mucho que la quería. Sé que lo sabe porque no puede no saberlo, porque a mí se me notaba en el rostro cuando notaba su presencia, y yo sé que usted me quería porque se le notaba en los ojos, y ¿sabe? también creo que a los dos se nos notaba desde afuera la camaradería, y quizá eso sea precisamente lo que más eche de menos; eso de saber que ambos estábamos ahí, sin prejuicios, con los miedos justos y las certezas a flor de piel cuando usted venía y me abrazaba como una enredadera y yo me quedaba quieto porque intuía que necesitaba algo sólido a lo que agarrarse.

No sé si el amor es eso, intuir primero y hacer después lo que a uno le sale de dentro, como si ese lenguaje sólo pudiera hablarse con poca luz lo más cerca posible el uno del otro, reconociendo en el otro las huellas dactilares del cuerpo ajeno como propio y bajando la voz hasta hacerse susurro.

Pero no puedo evitar ser aquello para lo que nací, y un hombre nace para tener cuerpo de piedra y adorar a lunas de hierro. Todo lo demás es cambio. Y uno cambia sólo cuando aprende porque aprender es ir forjando a base de golpes aquello que no se puede cambiar sólo con la voluntad. 

Yo aprendí que dejar marchar a quien se ama no sirve para nada y que la tristeza es sólo el síntoma de un dolor mucho mayor, como lo es la fiebre de la enfermedad que nos ha de matar. Con el tiempo la fui olvidando, no porque yo quisiera, sino porque era inevitable que volviera a vivir otros presentes mucho más inmediatos que su recuerdo, sin embargo aún, de vez en cuando, la recuerdo tan físicamente que tardo en darme cuenta que es mejor no pensar.

Pero a veces me acuerdo de usted.

Y de la camaradería que regentaban nuestros cuerpos.

Y de la voz que se hacía susurro.

Y del destino que nunca fue.

domingo, 3 de agosto de 2014

Cuando sé que me lees me pregunto qué pensarás


Sé que me lees. Algunas veces te imagino leyendo frente a la pantalla de ordenador y veo reflejada la luz de la pantalla en tu cara. Te brillan las pupilas y no sé el porqué, pero imagino que en tu casa en ese momento hay un silencio amable, de esos de taza de té y zapatillas. Desde que los grifos no gotean al silencio se le ha acabado su banda sonora.

Y me pregunto qué será de ti, y me digo a mí mismo que parece mentira que, sin conocerte en persona, significaras tanto en mi vida. Esa época fue una de las mejores de recuerdo y, la verdad, no es que la eche de menos, pero sí me falta esa extraña región en la que nos encontrábamos a medio camino del hilo de araña que unía mi muñeca a la barandilla de tu balcón.

Si he de ser sincero, ya nunca volví a ser el mismo. Apenas escribo porque ya no me reconozco en mis palabras, y las leo y pienso que me he acabado convirtiendo en la peor versión del hombre que tú imaginabas que yo era. El tiempo se ha ido encargando de llevarme al lado menos humano del vivir, donde los sueños se convierten en condenas.

Me decepciona decepcionar a las personas que creen en mí.  Y de todas las personas a las que he decepcionado quizá seas la que más me dolió hacerlo. Porque no hubo consecuencias, porque nunca habrá más que sueños que nunca empezaron, o no hubo ninguna posibilidad de que empezaran porque la distancia es un océano plagado de monstruos que aterra con sólo nombrarlo. Y porque el mundo ya no es tan amplio como creíamos.

El caso es que esta tarde de domingo, un domingo sin melancolías y de obras menores, de cables y clavos, de papeles que tirar y revistas que ordenar, a mí me dolió recordar al hombre que fui, y que en parte fue gracias a ti.

Y si es verdad que el más allá existe, tú y yo coincidiremos de nuevo en aquel lugar común, esté donde esté. Y viviremos junto al mar. Si alguna vez tú y yo volvemos a encontrarnos el mar se reflejará en nuestros ojos como sé que ahora la luz de la pantalla se refleja, a cada lado del hilo de araña que nos une, en ellos.

martes, 29 de julio de 2014

Oh, mi estrella fugaz.


Hace un tiempo inventé un método para inventar. He de decir que, a mí me da buen resultado, tengo siete patentes a la espera de que se me financien. A este método lo llamé el paradigma de la bicicleta, no porque fuera un paradigma sino porque ahora la palabreja se ha puesto de moda y todos los modernos te escuchan si la oyen de tu boca.

En realidad es una tautología, pero si la llego a llamar la tautología de la bicicleta me hubiesen tomado por un idiota o por un raro. Ahora, si la llamo el paradigma de la bicicleta, al oír bicicleta también me toman por idiota pero como he dicho paradigma, ah!, se quedan a ver qué pasa.

No voy a desgranar en qué consiste el método. Te tendrás que comprar el libro (o bajártelo de internet pirateado) pero creo que una vez sea publicado la humanidad avanzará científicamente en un año lo mismo que en los treinta anteriores.

Puedes llamarme modesto.

O arrollidarte ante mí.

Como prefieras.

Es coña. No puedes elegir.

El caso es que después de escribir y registrar mi método voy y me encuentro con una conferencia (en youtube o vimeo) de Bill Gates en la que dice lo mismo que yo.

El muy cabrón me había robado la idea treinta años antes. ¿Qué significa eso? Pues claro! El muy hijo de puta, en el futuro inventará una máquina del tiempo para adjudicarse mi descubrimiento!

Así que, sin perder los nervios y adoptando esa templanza (¡me cago en su padre!) y espiritualidad (y en dios) que me caracterizan he decidido inventar una máquina del tiempo con el propósito de que Bill Gates no pueda inventar una máquina del tiempo. ¿A qué es una idea buenísima?

Ves como el método funciona...

Me voy a dormir que hoy me he pasado bebiendo gin tonics.

Fin del comunicado, único lector(a) que me queda.

PS: Lo de escribir arrollidarte en lugar de arrodillarte lo he hecho a propósito ¿por qué? Para ver si te dabas cuenta la primera vez.

PS2: Ahora sí. Fin del anexo al comunicado y por tanto fin del comunicado.

sábado, 26 de julio de 2014

A veces sueño con olas


A veces sueño con olas y tú ya no estás en ninguna de ellas.
Pero no me salen las palabras y supongo que eso es bueno, porque antes, cuando no podía pararlas, tú decías que no estaba haciendo lo correcto, que las palabras no me sacarían del lío en el que estaba metido. 
Y tenías razón. Desde que te te hago caso siempre tienes razón.

Y me pregunto si una cosa lleva a la otra.

Pero sigo soñando con olas y me sigue gustando. Creo que, de algún modo, lo que verdaderamente soy, eso que no es mi cuerpo ni las cosas que me rodean, sigue creyendo que el océano es aún posible.