Yo sé que usted se va y que las cosas que deja conforman, si lo meto todo en una caja de zapatos, nada más que un puñado de recuerdos que con el tiempo se harán cada vez más viejos y harán que nada de esto (ni siquiera estas palabras) tenga sentido, porque el tiempo juega a su favor y para mí ya son demasiadas cosas que me juzgan en contra como para que le discuta al tiempo su papel de destructor de momentos.
Yo sé que usted no tiene la mirada con que yo la miro, ni entiende lo que yo entiendo, ¿sabe? uno llega a una edad en la que todo le parece lo mismo, como cuando chico uno compraba cromos de futbolistas y acababa siempre con un mismo jugador (nunca el más valioso) seis veces repetido, porque casi todo se repite, aunque eso usted ya lo sabe; uno se acostumbra a que las cosas se rompen casi siempre por la misma antigua fractura, la misma grieta, la misma debilidad invisible, supongo que lo difícil es luchar contra la gran costumbre, detenerse y contemplar todas y cada una de las ramas del árbol antes de subirse a él, pero también es cierto que uno vive sin que haya lugar a retrocesos. Algún día usted se dará cuenta que yo no la cambié por todo eso que usted cree que lo hice, sino que, en realidad, huí hasta que mi cuerpo se volvió polvo de camino, que lo que hice fue dejar de ser yo para convertirme en ese otro que me gustaría ser, solo que nunca supe en qué dirección ir; ya sabe, a veces, lo único importante es mantenerse en movimiento.
No sabría decir el porqué, pero desde que me convertí en personaje de blog, todo empezó a cicatrizar mucho más lentamente, quizá porque escribir es otra forma de enfermar y de perder, a velocidades del trueno, la capacidad de curarse a uno esta enfermedad que es vivir todos los días, uno detrás de otro casi siempre sin un sentido en sí mismo sino que pertenece a un fin postrero, como esas horas que trabajamos al día para cobrar a fin de mes, solo que aquí no hay fin de mes que valga, en fin, ya me estoy liando.
Lo que quiero que entienda, musa querida, es que mientras escriba, mientras sea personaje de este blog, no me van a faltar cielos estrellados por las noches, ni campos de trigo mesados por el viento, ni el sonido que hace el agua de un arroyo en el silencio de la montaña, no me va a faltar inspiración con la que "desasfaltar" cualquier camino para llenarlo de piedras y baches, y charcos, y polvo, y de usted.
Yo sé que usted se va, aunque en realidad sea yo el que se vaya, y sé que no es a causa de que las musas no existan, sino precisamente por eso: porque para que existan han de ser inasibles.
Como siempre que no tengo demasiado tiempo, tengo la imperiosa necesidad de perder diez minutos en escribir algo aquí. Es como si la prisa me empujara a detener el tiempo. Porque cuando escribo detengo, en mi interior, una especie de reloj de cuyas manecillas no soy el dueño.
Hace días que la musa se me ha vuelto esquiva. Escribo con los dedos en lugar de con esas otras partes intangibles, que nunca sé si fueron del todo yo u otra forma más de tratar de explicarme que no todo acaba en este cuerpo. Si me preguntaran si la musa se ha volatilizado respondería que ojalá no, pero con los años me he ido dando cuenta de que la eternidad es algo instalado en nuestro adn para que la esperanza tenga una referencia con apariencia consistente.
Estos días ando releyendo "La tregua". A veces me siento un poco como Martín Santomé y no puedo dejar de pensar en que la poesía puede estar en lo más cotidiano, que toda nuestra vida, nuestras dudas, nuestras emociones, todas esas que no nos atrevemos a sentir son, en realidad, una forma más de belleza en la ardua tarea de vivir, que todo lo que hacemos siempre habrá algo muy por encima de nosotros que lo dotará de una conciencia que va más allá de lo inmediato. A veces pienso que la literatura sólo es eso: un punto de vista más, algo que hace más humano lo que ya, de por sí, es humano.
Porque necesitamos ver eso, necesitamos que nos cuenten historias, conocer personajes con sus contradicciones, frotarnos con esa otra existencia que corre paralelamente a nosotros y que nos comenta. Durante un tiempo, he de confesarlo, todo lo que me pasaba lo transcribía dentro de mi cabeza a modo de novela, escribía sin escribir renglones efímeros mientras caminaba por la calle. Probablemente, si me viera, Buda se tiraría de los pelos al oírme y me diría a gritos que esa es la causa de mi sufrimiento, pero creo que ya es demasiado tarde para dejar de pensar en todo como si fuera un texto escrito. También es cierto que, antes de volverme loco, acabé por desconectar y para ello el blog me vino que ni de perlas, pero esa es otra historia y apareció por casualidad, se me coló dentro del corazón como una aprendiz de luciérnaga que me iluminó al mismo tiempo que aprendía a brillar.
Si de algo estoy contento es de que, a pesar de todo, conservo cierta inconstante inocencia acerca de las cosas. Por una parte, mi yo adulto sabe los peligros mientras que mi yo niño se lanza de cabeza a por todo lo que puede ser divertido. Si de algo estoy convencido es que mi parte de niño sabe que lo único que se necesita para ser jugar es alguien con quién hacerlo, imaginación y, a veces, una caja de cartón. El resto es atrezzo, un gran decorado a modo de esos programas de Facebook como la granja, que no sirven para nada. Las cosas sirven para muy poco, a menos que sean herramientas.
Han pasado más de diez minutos. Imagino que te habrás dado cuenta. Mientras, he ido haciendo otras cosas, mañana voy a una feria con distintos inversores y, tal vez, pueda dejar de vender mi alma al diablo, o cambiar de diablo. Supongo que el tiempo que ha pasado no deja de ser una de esas burbujas hechas de instantes que van explotando una tras otra, porque el tiempo, la vida, es eso: un sincesar de creaciones y destrucciones, donde lo único de lo que podemos estar seguro es que nada (ni nadie) es para siempre.
Los lobos andaban fuera merodeando los resquicios de las ventanas, sabía que tarde o temprano se abalanzarían sobre mí pero no para devorarme, sino para meterse dentro y habitarme. Los lobos saben cuándo pueden atacarme y cuándo no, lo saben porque está escrito en su piel bajo la maraña de espinas que los cubren, lo saben porque está impreso en un instinto común que nos une, cada uno en un extremo del mismo; yo en mi supervivencia y ellos en la suya.
Los lobos aullaban. En la noche sonaban como un esqueleto metálico y oxidado aquejado de la artrosis que precede a su derrumbe, sonaban a animal herido, a barco que se dobla antes de hundirse, si no supiera quienes son en realidad diría que estaban tristes y que esa era su forma de emitir un lamento que hiciera temblar hasta la luna, pero no puedo evitar sentir escalofríos, y volverme loco. La locura es lo único que me ha salvado hasta ahora, pero la locura requiere un punto de insconsciencia y yo me estoy haciendo mayor; y con la edad llegó, poco a poco y casi sin darme cuenta, la inevitable cordura.
Quizá las cosas deban ser así y debería rendirme ante la evidencia, quizá tendría que abrir las ventanas y dejar que entraran dentro de mí y devolver a la naturaleza lo que le pertenece. Aún así sigo impetuosamente obcecado en resistir por si el destino cambia las cosas. Hay un corazón tendido en alguna parte que me pertenece y sé que revivirá en cuanto tenga la suficiente fortaleza física que hoy le ha abandonado. Me pregunto si estará seguro en el bosque, a la vista de todos, sin que nadie repare en él. A veces lo más visible, por cotidiano, pasa inadvertido.
Ya es tiempo de terminar. La nieve se derrite y el bosque tiene una misión a la que, para sus adentros, ha decidido llamar "primavera". Tiene gracia que ya estemos a las puertas del verano, pero así es el bosque: sigue sus propios ritmos, crece con sus árboles y ve desde el cielo a través de los ojos de las águilas, pero el tiempo... el tiempo es un gran desconocido para él.
Bueno, es tiempo de terminar, ya lo había dicho antes, hace frío. Ha estado haciendo frío estos últimos días. No soporto el frío, pero no puedo salir afuera a buscar leña. La musa se fue hace tiempo y no creo que regrese. Me pregunto si sabía lo de los lobos y quiero creer que no, pero lo más probable es que sí lo supiera.
Será una noche larga. Me gustaría poder asomarme a las ventanas a ver la luna reinar sobre la noche, quizá lo haga, quizá tenga una posibilidad, una sola, cuando todos estén despistados, cuando la noche sea más poderosa que el hambre.
Me muevo sigilosamente sobre las dunas de sus sábanas al compás de los acordes de un silencio cuyo ritmo sólo yo puedo oír, un latido con el que el mundo invoca la vida, esta vida no, sino la vida con mayúsculas, esa a la que aspiramos sin saber dónde se encuentra. Oigo el sonido del mundo, es un susurro casi inaudible, algo más que un sonido en sí. Es, en realidad, un escalofrío que tampoco despierta del todo, pero aún así sé que está ahí. Que está ahí y me habla. Quizá lo oiga porque lo escucho a través de su piel; si entorno los ojos y me concentro incluso puedo ver la micronésima parte de un destello de luz, de una galaxia que languidece una y otra vez sin resignarse a morir.
Mis pasos se pierden por la habitación, mis pisadas son huellas independientes que ya no me pertenecen y ya no son mías porque de alguna manera que no puedo entender están vivas, están siendo creadas mientras yo estoy dentro de su cama, como si un fantasma (mi fantasma) estuviera dando vueltas y las estuviera sembrando a su paso. Y aunque sé que no puede ser, miro el suelo absorto y veo las huellas bailar y buscarse entre ellas, como en una fiesta a la que han sido invitadas y donde desean conocer otras huellas anteriores a ellas o futuras.
Me abrazo fuerte a su cuerpo; es cálido como el trópico y huele un poco a incienso, me pregunto si serán los restos de alguna visita a la tienda india de la esquina o si es que su olor ya es ese y lo será para siempre, porque todos debemos oler a algo para ser alguien, quizá por eso a veces somos unos fantasmas para nosotros mismos: porque nos acostumbramos al aroma que desprendemos y perdemos la conciencia de que ahí, justo ahí, hay ese alguien que somos nosotros mismos.
Me pregunto si ella se habrá acostumbrado al mío y si ya soy para ella otro fantasma más que no conoce, si cuando vaya por la calle y yo esté a unos metros de distancia notará algo familiar sin reconocerlo del todo y pensará en mí. Reconozco que parte de mi vida la he depositado en la esperanza a que esto suceda, y aunque juraría que no, al hacerlo puede que haya renunciado a muchas más cosas, casi todas, a las que se cosen las etiquetas con las que marcamos aquello que nos ha de hacer felices.
Cuando llega la mañana y la noche deja de emitir ese sonido como de rueda de molino que hace la vía láctea al girar sobre sí misma, cuando el bullicio de los gorriones en los árboles y los primeros rayos de sol rasgan las nubes con sus tijeras de luz, abandono su cuerpo y momentáneamente la esperanza de que alguna vez todo esto tenga una versión con final abierto, donde los protagonistas se miran a los ojos y creen encontrar lo que andaban buscando, donde realmente empieza la historia que nunca nos cuentan porque se da por hecho que los protagonistas se realizan como seres humanos.
Donde lo invisible se vuelve visible, donde el infortunio deja paso a la abundancia, donde las cosas ya no importa cómo sucedan y hasta cuándo, en una paz agitada de eterna primavera, en un instante que no termina de acabar nunca.
Al principio creía que la musa era un pájaro que volaría en cuanto le abriera las puertas de la jaula. Si de algo estoy convencido es que una de las cosas que vine a hacer al mundo es a abrir jaulas. Lo que no sabía era que todas las aves vuelan lejos, salen disparadas hacia el azul y las nubes y, sinceramente, creo que en eso he sido siempre un iluso, ahora no importa si lo he sido mucho o poco, el caso es que nunca por eso he dejado de tener esa obsesión, aunque inmediatamente después sintiera pánico a qué le pudiera pasar en libertad a un animal que no conoce los peligros del mundo.
Supongo que, en el fondo, nuestras obsesiones nos reflejan a nosotros, nos explican. Quizá porque uno ansía la libertad cuando está preso y añora la seguridad de la prisión cuando está en peligro, uno desea al otro cuando es libre y desea espacio cuando está en la misma habitación.
Ayer leí un artículo que hablaba de los feos y los guapos, de lo que se gana y de lo que se pierde, de que el equilibrio está en el desequilibrio, de que todo es, en realidad, una carrera continua en pos de que nadie salga corriendo.
Reconozco que siempre me he sentido atraído por la belleza, a mí (que soy bastante de justificaciones) me da por decir que me siento atraído por la belleza argumentada. Nunca he podido estar con alguien que no supiera reír, jugar a los juegos de palabras y silencios, bueno, miento, sí lo he estado, la belleza es algo que arrastra, algo que te convierte en esclavo, tanto a uno como a otro. Recuerdo ahora el título de una de las novelas de Tarenci Moix "El amargo don de la belleza" y pienso que quizá la belleza sólo acentúa los vacíos interiores, no sé, quizá esté hablando por hablar, sólo estaba pensando en el artículo que leí ayer... esta entrada tenía que ver con pájaros y el azul, y los barrotes y que siento que dentro de poco me voy a encontrar con la inmensidad y eso, eso, en cierta forma, me da miedo.
El miedo. "Vivir con miedo. En eso consiste ser esclavo" decía el replicante de Blade Runner. Me gusta la banda sonora de Vangelis, la ciudad enorme en la que los protagonistas sólo son diminutas partículas de polvo. En 2050 el 65% de la humanidad vivirá en ciudades. Yo, sin embargo, creo que el futuro está en el campo, en la tierra, en tener un huerto y perro. Supongo que eso tiene que ver con lo que uno es en realidad: los deseos, la posibilidad de futuro, el inmenso espacio abierto, la inmensidad del tiempo abierto ante uno.
Desde hace días (me he saltado decir que me ingresaron en el hospital por una urgencia médica de la que me estoy recuperando) siento que la vida no es una línea recta por la que vamos como un tren sobre raíles, siento que la vida es como una pompa de jabón que en cualquier momento puede estallar. Viajamos a merced de finas corrientes de aire, somos algo que, como la burbuja de jabón, está destinada a desaparecer... ya sé que es una tontería, pero no puedo dejar de pensar en ello, y de escribirlo, al fin y al cabo, esta es mi pizarra donde escribo mis tonterías para recordarme que en el fondo soy un tonto que se ha creído cosas increíbles...
Pero intuyo que algunas van a cambiar muy pronto y que mi destino también estará ligado a que recupere mis ansias de volar alto, de llegar lejos, de ser todo lo fuerte que puede se un hombre, eso sí, ni un ápice más.
Al principio de la entrada decía que pensaba que la musa era un pájaro que volaría en cuanto le abriera la puerta de la jaula, pero eso era al principio; la musa, con su gabardina de charol negro, su pelo afilado, su mirada y sus besos de basalto calentado por el sol, no es un pájaro a pesar de sus alas, algún día seguiré escribiendo la historia de la musa y se podrá entender quién es.
En cualquier caso, si a alguien le apetece buscar cómo empieza la historia de la musa, intuirá quién es y por qué pude o quise confiar en ella.
Quizá sea porque uno sabe qué es lo realmente importante para otro y lo sabe de inmediato, quizá porque en, realidad, soy yo el que quiere creer que todo es como quiero que sea, no lo sé, en cualquier caso, y vaya por delante, las musas aparecen cuando uno menos se lo espera, y lo único que puede hacerese en esos casos, es escribir todas las historias posibles con la palma de las manos, en el blanco infinito de su piel.
Todo lo demás, es perder un tiempo precioso de lo que nos queda por vivir, que puede ser muy poco.
No me ha salido la entrada que pensaba, quería ser más optimista, pero supongo que tengo una forma triste de escribir, de contar incluso las cosas que más me ilusionan, tal vez porque haya empezado a escribir mientras leía autores que buceaban en sus esperanzas y decepciones, o porque no es posible escribir algo con sentido si no tratamos de explicar aquello que no podemos mostrar cara a cara. En cualquier caso, aunque no me haya salido una entrada optimista, y haya quedado enterrado eso de que intuyo que algo grande se acerca, quiero decir que mientras escriba en un blog que se llama "moriría por ella", no esperéis nada alegre, sino turbulento, porque quizá yo no sea tan yo como creáis y sí más el personaje que empezó a ser el protagonista de este diario a medias, de este intento fracasado de escribir una novela.
Hace días que quería escribir otra entrada, pero no puedo, el blog se me ha hecho algo ajeno a mí. Podría decir que mi vida se va llenando de otras cosas, pero eso sería como admitir que el blog ha estado llenando un vacío al que me daba miedo asomarme porque, de igual modo que tengo vértigo, siento el mismo pavor a los espacios en blanco, a las horas por delante, a todo eso que es como un precipicio, a todo eso que supone la evidencia de que todo es un gran absurdo.
Hace día que quería escribir otra entrada, pero tal y como está el mundo me parece que todo lo que escriba va a parecer frívolo, ni las historias de la musa, ni esos textos que nacían de no sé muy bien dónde, todos me parece inútil. Porque supongo que no es tiempo de palabras, sino tiempo de lucha, porque no me sale de dentro más que veneno con el que acabar con todos los que nos están llevando a este holocausto silencioso.
No soy nadie. Nunca lo he sido. Todas las palabras de este blog se las acabará por llevar una mala tarde el formateo del disco duro donde estará alojado, dios sabe dónde. Pero no puedo escribir más al optimismo desde el pesimista que siempre he sido, ya no. El mundo se ha convertido en algo demasiado sucio, cuanta más información, más sale a la luz la barbarie de la que está cimentada nuestra sociedad. Hemos olvidado todo lo bueno, vivimos en un mundo podrido por el dinero, pero al mismo tiempo lo necesitamos como si fuera una droga. Droga para pagar deudas, droga para seguir viviendo... somos unos yonkies donde la única diferencia entre unos drogadictos y otros es si tienes suficiente o si tienes que salir a buscarte la vida todos los días.
En eso consiste ser esclavo, en tener una necesidad imperiosa todos los días. En dormir para levantarte con el mono y no ser dueño de ti mismo. Vives con la seguridad de que a fin de mes tendrás puntualmente tu dosis en el banco. Trabajas y hablas de la felicidad, te tomas unas cervezas, planeas ir de vacaciones, comprarte el último de Murakami... pero si la dosis no llega te vuelves loco, tu vida cambia, tu vida se vuelve un infierno.
Por eso no escribo, porque la forma que tengo de ver el mundo cambia, porque la vena poética se ha ido secando a base de irme rozando contra todo lo que me rodea. Y sin embargo no puedo quejarme, y este blog siempre ha sido eso, una forma de quejarse, una bandera al viento en la que no había nada más que tela, sin ideas, sin sentido, sólo queja y esperanza, pero queja, sólo palabras, sólo intentos para delimitar los contornos de eso que soy o de lo que me gustaría ser.
Ahora sé que no vivimos solos ni morimos solos. Somos parte de algo, algo más grande que la suma de todos nosotros; de una forma que no entiendo aún, y saber cómo, lo he visto. No debería haberlo visto, no debería, no he hecho nada para verlo.
Lo último que he escrito en el blog viene a decir que me gustaría ser el de antes, poder escribir como antes y es que, en cierta forma, he cambiado, antes... antes era todo como más nuevo, todavía quedaba lugar para la esperanza, había una forma distinta de afrontar lo cotidiano, pero ahora, ahora tengo sensaciones extrañas, enfermedades provocadas por el estrés, no sabría decir qué ha cambiado, pero lo noto, sigo siendo el mismo, accedo a este blog y puedo seguir escribiendo pero... pero soy otra persona, alguien que no se sorprende y no se ilusiona, alguien que prefiere correr los menos riesgos posibles, gastar lo mínimo...
... y eso es algo que sé que están programando otros desde arriba, los que nos gobiernan. Por eso no escribo, porque seguiría escribiendo sobre la derrota, les seguiría el juego.
Hoy en día, la desobediencia civil no es otra que la alegría, el decirles a la cara que no van a acabar con nosotros, con nuestros sueños, ni con nuestras ganas de vivir. Quizá por eso sea también tan necesario escribir y quizá por eso me cueste tanto.
Quizá la única forma efectiva de rebelarse es tener ganas de hacer cosas por uno mismo, tratar de crear el propio destino. Porque si de algo (lo único) debo estar agradecido es que, por lo menos ahora, sé cuál es el lugar al que pertenezco.
Si el tiempo no pasara, es decir, si nos hubiéramos quedado anclados a aquellos días que vinieron después de nuestro después, tal vez yo seguiría odiando el odio, retando a la vida a que me viniera a buscar a la salida para pegarme con ella. Pero el tiempo pasa, cada vez más rápido, cada vez sin hacer menos pausas, sin vacaciones ni fines de semana largos. El tiempo ha cogido la inercia de la gran bola de nieve ladera abajo que nos engulle y nos arrastra.
Y ya te había olvidado. No puedo decir que haya sido fácil porque coincidieron varias cosas al mismo tiempo, mi vida se llenó de problemas, de esos a los que la gran bola de nieve no se lleva lejos, traté de volver a ser otro y traté de reinventarme, y confié mi suerte a eso que te molestaba tanto de mí: mi fantasía. A base de imaginación conseguí salir poco a poco adelante, bueno, a ratos. Pero adelante.
Y volvió la musa, casi robándome las palabras, dejándome mudo a veces, dejándome exhausto hasta altas horas de la madrugada, la musa se convirtió en una forma sólida de sombra y consiguió que casi volviera a creer en el ser humano, me dejó ocupar un lugar en el que no hubiera imaginado volver a hacerlo. Y supongo que he crecido, que he madurado, que me he vuelto menos sensible y más fuerte. Siempre supimos que yo era, en verdad, el fuerte.
Ya había dejado de pensar en ti, pero ayer ocurrió algo inesperado y me vi pensando en ti de otra forma distinta a como lo había hecho hasta ahora. Y sentí vergüenza de haberme creído con derecho a todos esos reproches antiguos que con la distancia suenan huecos y rotos. Y por la noche, de vuelta a casa, no pude pensar en ti aunque quisiera, traté de rescatar recuerdos como si echara un cubo en un pozo seco, sólo pude oír el rechinar de la polea oxidada y sentir en mis manos la soga polvorienta.
Esta mañana conseguí recuperar algunos recuerdos, no muchos, algunos rincones de tu casa, alguna vez que nos emborrachamos, alguna noche juntos, dos o tres viajes en metro, dos fiestas de cumpleaños, un jardín, a tu madre y aquella sensación de que pensaba que yo no era suficiente para ti porque no tengo un porvenir (y qué razón tenía y qué equivocada estaba al mismo tiempo).
Así que hoy se han recolocado cosas en su sitio, de alguna forma que no entiendo aún, he soltado lastre y me he dado cuenta de la importancia que tiene soltarlo, dejar volar la idea de lo que pudo haber sido y centrarse en lo que uno quiere que le suceda.
Y creo que he aprendido que el rencor pasa factura con retraso, que sólo se puede odiar a quien se ama y por tanto, cuando el tiempo no importa ambas cosas son sólo una y no es ninguna de las dos, sino otra cosa distinta.
No iba a escribir esto, pero espero que te vaya bien, de veras, al fin y al cabo yo no soy de desearle mal a nadie, era sólo rencor por impotencia, no por maldad. Espero que a partir de ahora nos vaya bien a los dos, lejos, en la distancia. Yo sé que mi camino no va a ser fácil, pero al menos espero que el tuyo sea aquello que siempre quisiste que fuera.
Conocerte me hizo mejor persona (con retraso), supongo que al fin y al cabo es a lo que le doy importancia de veras. Y con mejor no quiero decir más buena, sino más fuerte, más convencido de mis valores, de aquello que lo que soy, porque cuando uno te dice que no eres suficiente para él, sólo te queda el camino que te lleva a reafirmarte en lo que eres.
Si en cada despedida dejo algo de mí es que dejo un hueco a algo nuevo. Y lo nuevo que he conocido, lo nuevo que he creado, el esfuerzo que me ha costado, las personas que he conocido... pude hacerlo gracias a no anclarme a ese tiempo inmóvil en el que se convirtió mi vida después de ti hasta que se volvió a poner en marcha.
Y a todo eso lo doy por bueno. En cierta forma (aunque no voy a hacerlo) debería darte las gracias.
Yo sé que crees que ya no me acuerdo de ti, que acordarse tiene que tener necesariamente algo relacionado con cuerdas y que las cuerdas solo sirven para atar, de una forma u otra, cosas a cosas, personas a cosas, personas a personas; pero yo no sé si recordar tiene que ver con todo eso. Bueno, el caso es que me acuerdo de ti y, aunque no lo diga en voz alta, a veces (pocas, cada vez menos) me llegas desde lejos, como esa molestia en mi lesión en la rodilla, que sólo se manifiesta cuando va a cambiar el tiempo, cuando llega el frío.
No sabría decir el porqué de todo este tiempo de silencio, de veras que no lo sé, de repente me quedé mudo, sin nada qué explicar, el mundo me invadió con sus lúgubres y efímeras conquistas, con sus ilusionantes ilusiones, su neón y su futuro lleno de posibilidades. Reconozco que soy un apostador nato, siempre apuesto por la vida, me quedo en un rincón tratando de atrapar el mundo en unas pocas partidas de póker, pero casi siempre pierdo lo justo para poder seguir apostando. Sé que tarde o temprano llegará una buena mano y me retiraré para siempre, pero por ahora no acaba de llegar... y el tiempo pasa.
El tiempo pasa, me hago viejo, me salen achaques, gano experiencia en cosas que no se van a repetir y sigo siendo un aprendiz de las que van apareciendo, por lo que parece que no aprendo, pero sí, si lo hago, cada día mi capacidad de asombro mejora como el vino, no es mayor ni menor, simplemente se hace más selecta, me sorprenden pocas cosas pero siempre me hacen sonreír o decir "lo había imaginado".
Quizá por eso hoy me acordé de ti, porque cada vez que gano o pierdo algo me ata, y esto que me ata a ti tiene mucho de selva y de locura y de cordura, y de distancia y de tiempo que ya no es tiempo, porque yo empiezo a recuperar mi capacidad de ser el que soy y entre todo eso que soy hay un mundo que, de una forma que no entiendo del todo, no puedo dejar de amar de una forma cálida y sencilla.
Hoy sé que voy a escribir esa novela, no que voy a reescribir un texto que se quedó a medias, ni una historia que no me salga desde el alma.
Y que tú vas a estar a mi lado.
En la distancia o en esta pantalla que estás leyendo.
Pero vas a estar porque ya hace mucho tiempo que estás aquí, entre todas estas palabras que se hilvanan casi solas y que buscan, de una forma u otra, emocionarte hasta la médula.
Anoche, mientras esperaba que el sueño viniera (hace días que no soy capaz de dormir inmediatamente después de irme a la cama) se me ocurrió una historia que escribir. Aunque parezca mentira (después de tener abierto un blog durante más de cinco años) hacía mucho tiempo que no se me ocurría una idea para un texto largo, más allá de una escena. Bueno, en realidad se me ocurrió una escena y luego vino el resto: la sutil y elaborada venganza del protagonista hacia el perpetrador de una injusticia. Con otra injusticia.
Creo que el proceso deshumanizador de la venganza es un aspecto clave para entender la deriva de la Humanidad, en este siglo y en el pasado. Quizá también tuvo que ver con que viera "La bandera de nuestros padres" de Clint Eastwood. El caso es que me pareció que el ser humano es capaz de creerse cualquier cosa mientras está inmerso en algo más grande que él y sólo cuando sale de la vorágine y es capaz de verse con cierta perspectiva, es cuando sale realmente su naturaleza humana. Soy de los que creo que el ser humano es solidario y que la sociedad es un "a ver quién la hace más gorda".
Solidario. Los grupos humanos no pudieron sobrevivir en un medio hostil si no hubiera sido por sus vínculos sociales: cazar en grupo, proteger a los pequeños, defenderse de otros animales... la solidaridad está en nuestros genes, sólo que el mundo se ha hecho demasiado grande y defenderse de otros grupos (otros países, otras razas, otras religiones...) en un mundo tan global, cuesta ubicarse y reconocerse. Ahí tenemos ejemplos de solidaridad entre comunidades y violencia extrema contra lo que es diferente. La gente viste de forma similar para reconocerse entre ellos, para saber que piensan igual. Ahora mismo se me están ocurriendo los judíos ortodoxos, por ejemplo, con sus tirabuzones y sus sombreros negros, los tuareg, con sus túnicas y turbantes azules, los adoradores del dinero con sus trajes y corbatas...
Pero bueno, el caso es que se me ocurrió una historia y me di cuenta de que el personaje tramaba una venganza por un hecho aparentemente poco importante y consagraba su vida a hacerla realidad, involucrando a gente inocente, deshaciéndole la vida por completo, hasta que al final todo se le escapa de las manos, incluso sus sentimientos, y se convierte en el catalizador de algo que va más allá de cualquier cosa que podamos programar: la búsqueda de la felicidad. Porque el deseo de estar mejor siempre es lo que cambia las cosas. Al final nosotros decidimos.
Supongo que, al no tener tiempo, no la escribiré, pero eso no quita que me quedara sorprendido de recuperar la capacidad de "inventarme" una nueva historia. Creía que me había secado por dentro, pero no es cierto. Uno no se seca nunca del todo.
La musa se estremece cuando le digo que no voy a dejar que le pase nada. Si lo pienso bien, tiene cierta gracia que alguien como yo pueda prometer algo así; pero a veces uno sabe que la persona que tiene en frente sólo quiere tener la certeza de que no está sola en el mundo, de que entre tanta gente desconocida hay alguien que se preocupa por ella lo suficiente como para cogerla por los hombros, mirarla a los ojos y prometerle que vas a hacer de su vida un lugar del todo seguro. Todos necesitamos creer en algo, lo que sea, algo que con sólo pronunciarlo te caliente los huesos como si te echaran una manta por encima.
No sabría decir por qué prometo cosas que no sé si voy a saber cómo cumplirlas, quizá lo haga porque soy consciente de que es precisamente no estar solo lo que hace el mundo más seguro, que la presencia del otro es indispensable para que no te quedes en medio de la nada y no tengas a quien acudir. Quizá lo que sea una paradoja es que cuantos más somos encima de este planeta, más peligroso resulta y más solos estamos.
La abrazo hasta que entra en calor, sus huesos son fríos y frágiles; su cuerpo se vuelve tibio y acogedor a mi contacto, tal vez la seguridad sea esto: la tibieza cuando estás helado, una cabaña en medio del bosque donde nadie va a venir a buscarte, alguien que escuche lo que tienes que decir y una voz y una presencia que te recuerde que puedes compartir aquello que tienes, los deseos, los gustos, las mentiras y las verdades, los silencios... a veces se necesitan silencios para saber que también hay veces que no hay nada que decir.
Nos vamos a la cama, esa misma cama que desprendía una humedad fría y que ha ido calentándose poco a poco hasta hacerse acogedora, la abrazo mientras llega el sueño, pero ninguno de los dos es capaz de dormir, la caminata por el bosque, de noche, nos ha activado todo el cuerpo. No pienso en la llamada de teléfono que he ido a hacer al pueblo, aunque decirlo sin que venga a cuento, me delata. No suelo mentir, a veces soy contradictorio, sólo eso, digo que no pienso en algo cuando debería decir que no quiero pensar en ello. Hago de la llamada una cometa y la suelto hasta que se ha ido lejos, muy lejos, sólo sostengo el hilo invisible que la ata, desaparece.
La agarro con fuerza, pienso que este año volveré a escribir o a acabar la novela, que la musa ha llegado para arrancarme palabras hasta que vuelvan a fluir desde donde están atrancadas. Pienso en ello mientras la tengo cogida por la cintura, y siento que si la aprieto más fuerte conseguiré que no se vaya nunca, pero cuando voy a hacerlo se da la vuelta y me mira fijamente a los ojos, como si esos segundos de vacilación fueran silencio, el silencio que se tienen dos cuerpos que se buscan pero no se entregan a las palabras que desgarran la carne ni se ahogan en la boca del otro, húmedas y calientes, suciamente bonitas, despiadadamente sinceras, palabras que no son palabras porque el deseo tiene un lenguaje hecho de caricias y de manos que buscan a tientas acabar de una vez con la tentación, como su cuerpo lo es para mí, como mi cuerpo lo es para ella.
Porque todo lo que decimos y pensamos es una simple traducción para que nos entretengamos en no escuchar el verdadero sonido que hace nuestra alma cuando se juntan dos cuerpos que se quieren, porque todo en la vida se reduce a eso: el deseo.
La primera vez que vi al diablo pensé "es igual que ella, es lo mismo, el mismo afán, sus palabras dibujan en el aire las mismas piruetas", pero el diablo me ofreció una oportunidad única y yo la cacé al vuelo, firmé en un papel lo que en un papel puede escribirse.
El diablo sabe más por seductor que por viejo, sabe más por lo que habla que por lo que calla, pero al diablo le pierde algo que ni el mismo sabe: la avaricia.
El diablo necesita ganar almas para que su alma tenga sentido, necesita ser el diablo y poder decirle a todo el mundo que comprar almas es lo mejor del mundo, y que él siempre gana por mucho que corran o se escondan. Al diablo le pierde la lengua, todas las que sabe, todo lo que con ellas puede decirse, todo lo que con ellas puede callarse.
Al diablo se le escapan almas, de vez en cuando alguien tiene en cuenta que su avaricia es mayor que la precaución de todas las cláusulas, que todo está tan abierto o cerrado como una coma indique. Y yo, ese día, el día en el que me puso delante la hoja para que firmara, antes de que se diera cuenta de que las cosas iban a ser distintas a su promesa, antes de que él supiera que tarde o temprano se iba a aburrir de mi y entonces no vendría a perseguirme, antes de que eso sucediera, yo escribí una coma en un lugar casi inocente...
... en ese instante pensé que todos somos el diablo, que todos somos seres capaces de acaparar almas de otros, de seducir con cantos de sirena a otras sirenas que cantan para seducirnos.
Hoy el diablo me llamó a su despacho y me dijo que no iba a cumplir sus promesas pero que mi alma sí le pertenecía. Y yo sonreí por dentro; porque yo iba muy por delante de él, porque yo ya sabía que llegaría este día y ya lo había previsto, y también supe que el diablo nunca me había tomado en serio, que el diablo no sabía que yo también soy el diablo.
Yo sé que peco de ingenuo, que el mundo es muchísimo más complicado de lo que vemos sólo con los ojos, que la justicia es algo etéreo e inasible, que la razón no pertenece a nadie, ni siquiera al que razona. Quizá por eso las cosas son como son y cambiarlas cuesta tanto, no porque puedan o no cambiarse sino porque es difícil tener la certeza que hacia donde lo hacemos, supondrá una mejora.
El viernes esta canción apareció de repente, siempre me gustó el sonido de la cora y pensé que lograba una bonita combinación con la trompeta, que dibujaban una bonita música, y que si vamos a cambiar el mundo deberíamos cambiarlo desde el corazón, desde la colaboración entre todos los mundos que contiene el nuestro.
La musa me dice que la cora es un instrumento triste, y pienso que algunas personas también sólo pueden generar "músicas" tristes, como si el alma fuera un metal delicado al que no se pude golpear con demasiada frecuencia ni fuerza, y necesitara músicas afines, lugares de paz, mañanas de luz.
Y puede que sea ingenuo y que esto me lleve a cometer errores por confiar demasiado, pero si de algo estoy seguro es de que el viaje va a merecer el esfuerzo, y que al final, es mejor perder (una pequeña batalla) que no haber ganado un amigo y que el amor (todo lo que cabe en esa palabra hueca como el cascarón de huevo de dinosaurio) es, en realidad, suficiente excusa como para abrir el corazón a distintas músicas, distintas voces, toda clase de colaboraciones.
Por tanto, colaboremos, estemos abiertos... pues al fin y al cabo, cada día que pasa estamos más cerca de ser sólo una humanidad.
Y hoy el sol juega a esconderse entre las nubes, dice el hombre del tiempo que éstas acabarán ganando y lloverá; lloverá mucho, lloverá hasta que se haga barro todo lo que huela a tierra, todo lo que pueda contener una semilla.
Cada día que pasa estoy más cerca de lograr estabilizar el proyecto del agua, cada día que pasa me llegan más y más proyectos a los que no puedo dejar de ver como oportunidades. Me gustaría tener la capacidad de priorizar, pero ¿cómo hacerlo?
Escucho a Ablaye Cissoko y me calmo, me calmo y la musa se calma conmigo, el bicho descansa, pero yo sé que su descanso le da nuevas fuerzas, fuerzas que utilizará cuando más débil esté yo. Sé que nada va a ser fácil, pero siento el reto como un viento al que hay que dar la cara para que no te arrastre, porque estamos hechos para caminar hacia adelante, porque somos nómadas, porque somos la continuación de miles de la saga que, siendo un animal débil, conquistaron su entorno para que, ahora, consciente, pueda devolverlo intacto a la Naturaleza.