viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuando por fin lleguemos a nuestro destino



A veces creo que el pasado es consecuencia del futuro. Es decir, como si en el futuro tomáramos la decisión de ser quienes somos y aceptáramos pasar por todo lo que hemos de pasar hasta alcanzarlo. Como si el futuro y el pasado estuvieran pasando al mismo tiempo y tomáramos decisiones que modifican uno y otro continuamente.

Y al descubrir que eso es así nos encontráramos con momentos de transición, huecos en los que caben... quién sabe qué cabe. Que el sentido de la vida estuviera precisamente en esos momentos, ahí, en esos minutos sin objetivo que no pertenecen a ninguna magnitud, sólo al ser con que habitamos esta pobre conjunción de dimensiones.

Como si el tiempo pudiera estar en el pasado, en el futuro, en los dos a la vez... y en ninguno.

Todo evitable y todo posible.

Eternos si nos reencarnamos

Una fogata que se consume si sólo hay esto.

domingo, 7 de agosto de 2016

Mil kilómetros para decir adiós.


Ayer estuve todo casi todo el día conduciendo. Salí a las seis de la mañana de casa y entré en el hotel a las nueve de la noche. Me equivoqué en un cruce y atravesé la sierra de Gredos por un carretera serpenteante y con precipicios a ambos lados. Creo que la llaman la calzada romana. Me gusta más coger curvas que recorrer kilómetros en línea recta. Supongo que es mi carácter, no sé, debo preferir lo complicado. Hay algo de riesgo en los trayectos desconocidos y abruptos que me atrae.

Me recordó a mi viaje por la costa desde Los Angeles a San Francisco. Me gusta conducir solo y a mi aire, parando poco, sin que nadie me moleste. Dicen que los hombres, al igual que los chimpancés, a medida que nos hacemos viejos tensamos cada vez más las relaciones con los demás.

Supongo que por eso pienso que soy un alma vieja: porque no me gusta mucho la gente en general, sólo unas pocas personas. No soporto lo cercano, lo inmediato, lo insustancial me desespera.

El caso es que ayer tuve mucho tiempo para pensar. Me pasé todo el camino triste sin un motivo que lo explicara. Llevaba días esperando una respuesta a una pregunta que nunca debí formular. Sé que esa respuesta ya no llegará a tiempo, porque ya me despedí; a decir verdad, me pasé despidiéndome casi mil kilómetros.

Imagino que uno se despide no de la otra persona, sino de lo que esa persona significa en su vida. Creo que en el fondo, uno sólo toma conciencia de que, en realidad, se cierra una etapa de años y que es mejor no insistir más. No deberíamos insistir más allá de lo necesario. Uno nunca sabe dónde termina la dignidad y empieza la mendicidad emocional.

Creo que lo que peor llevo es no significar nada, no dejar huella, morir para esa otra persona sólo para resucitar cuando le haga falta y volver a caer.

No sé si existe el síndrome de Quasimodo, el personaje de la novela de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París, pero el caso es que me siento así, y supongo que, en el fondo, algo de razón hay. Y como el título de este blog, Quasimodo decide morir cuando muere su amor imposible Esmeralda.

Es decir, muere por ella.

No sé qué decir, una vez llegado aquí, creo que ya no hay nada más que contar.

Ésta era la herida.

Siempre lo ha sido.

En realidad, todo lo que he escrito se resume en esto.

Por eso escribo, por eso tengo la necesidad de escribir...

la necesidad de ser otro.

Creo que esa también es la razón por la que rehuyo el contacto humano, salvo contadas ocasiones.

El porqué siento esa animadversión por el género humano y al mismo tiempo siento la necesidad de ser aceptado como parte de él.

Nunca perdono, pero siempre estoy dispuesto a echar una mano.

Hasta mi casa tiene su propia torre de Nôtre Dame.

Quiero decir que, bueno, esto era todo.

No sé si acabaré publicando esto...



y claro, éste es el vídeo.

Aprendiendo a vivir con ello.

La última versión



Y no más giros de la rueda.



Sé que el tiempo abrirá de nuevo la herida, que volveré a intentarlo una y otra vez, que te encontraré y te perderé de nuevo.

Que pasaremos apenas unas horas juntos.

Que somos almas viejas.

Que mientras tanto vivimos vidas con más o menos sentido.

Que a veces se me hace demasiado largo todo eso de olvidar lo que en su mayor parte es (y debe ser) olvido.

En esta vida aprendí que siempre hay que aprender de nuevo.

Partir aunque no se sepa a dónde.

Abrirse a todas las posibilidades.



Que toda herida acaba por cicatrizar.

Que morir no es la muerte

y que la muerte no es morirse.

No me acostumbro a decirte adiós aunque lo haga todo los días.

Ni aunque sepa que, de una forma u otra, salvo muy contadas excepciones, me lees y piensas que soy un alma vieja.

al que tu alma ya conoce.

Ya sea en la otra orilla del océano, o sentados cada uno en su borde de la cama.

viernes, 5 de agosto de 2016

Siempre quiero verte



Hacía tiempo que no escribía dos posts el mismo día. He de suponer que agosto es lo que es y no puedo darle menos importancia de la que tiene; hoy es día cuatro y que como a quien le duele un hueso roto cuando va a llover, a mí me duele algo mal curado que tiene que ver con otro agosto... con tantos agostos que ni ya recuerdo cuántos.

Y ya sabes, las cosas siempre tienen un lado claro, un final feliz, un premio merecido, una segunda oportunidad...

Un llover sin llover sobre mojado.

miércoles, 3 de agosto de 2016

La indefensión aprendida



Supongo que empecé el blog por todo eso de que quería ser escritor y bueno, hice los cursos de la Escola d´Escriptors del Ateneu Barcelonès y empecé una novela... y mientras tanto la vida transcurrió a su aire y lo fui relatando con más o menos acierto aquí. Porque en estos ocho años y medio me han sucedido muchas cosas y muchas personas.

Cuando empecé el blog, no tenía ni idea de que iba a hacer tres patentes, que confiarían en mi tanta gente, que mis socios serían quienes son: no los conocía. Creo que tenía claro que quería hacer algo grande en el mundo del agua. No sé, supongo que siempre se espera ser algo o alguien distinto al que estás destinado a ser, o al que los demás quieren que seas. 

Todos los días son para mí un punto de partida. No sé cómo decirlo, mi vida se ha convertido en algo muy distinto a lo que era, y aunque soy la misma persona creo que soy una versión más mejorada de mí mismo en lo que a trabajo se refiere.

Sin embargo hay cosas que no cambian. El mes de agosto sigue siendo un mes malo, he elaborado muchas teorías al respecto, puede que sea el calor, o el no poder desconectar del todo, el poder hacer vacaciones quince días y no saber qué hacer con ellas. En agosto me vuelvo aquella otra persona que fui o solía ser. Me convierto en un ser triste, alguien que prefiere la soledad y al mismo tiempo la detesta.

Este mes de agosto empieza igual y con algo más de presión añadida porque nos han escogido para gestionar el aterrizaje de una multinacional farmacéutica en Catalunya y todo lo quieren para ya mismo. Así que es posible que no tenga vacaciones... luego montamos stand en Smart Cities en la Fira de Barcelona en noviembre, los equipos definitivos para salir al mercado en septiembre... 

Me gustaría creer que todo esto tiene un sentido.

Pero sé que no lo tiene.

Me gustaría pensar que detrás del tinglado que estoy montando habrá un retorno de alguna forma.

Como cuando quieres a alguien y esperas ser correspondido.


Supongo que aprendí, literalmente, a vivir sin querer ni que te quieran, y a llevarlo bien durante casi todo el año. 

Pero siempre llega agosto 

para pillarme desprevenido 

trayendo consigo eso que nunca supe entender y que algunos llaman indefensión aprendida.

Y a lo que yo llamo la espera.

La gran espera

Ese océano de tiempo en el que se mece el destino, que sin saber cómo, nos une a ti y a mí a través de una invisible eternidad de lugares y de nombres. 


lunes, 1 de agosto de 2016

Querido verano



No era negociable, y tú y yo lo sabíamos. Siempre fuiste una niña jugando a ser adulta y yo un adulto queriendo volver a ser lo que dejé de ser.

Todo final es, necesariamente un principio, y si te paras a pensarlo, vivimos siempre en uno u otro.

A veces al mismo tiempo, pero en lugares equivocados.


martes, 26 de julio de 2016

Las distancias del tiempo



Hemos perdido la esperanza, los hombres de la tripulación envejecen debido a que no funcionan los sistemas de regeneración celular, el deterioro es similar al que sufríamos antes de los viajes en el espacio-tiempo. De repente hemos vuelto a ser mortales a corto plazo.

Tras el accidente todos fuimos conscientes de que ya nada volvería a ser lo mismo. Una vida finita es algo extraño para quien está acostumbrado a una más o menos segura eternidad, ahora la vida se reducirá a unos pocos años en constante deterioro, la proximidad de la muerte es inevitable.

 Los hombres de la tripulación se hacen preguntas, si algo habíamos conseguido con la inmortalidad era precisamente eso, aislar lo trascendente de lo cotidiano. Sólo meras máquinas biológicas encargadas de que todo funcione correctamente. Viajar y conocer, expandirnos como especie, conquistar como método de supervivencia... no cabía nada más. La reflexión sobre el porqué no estaba a nuestro alcance.

Sólo el cómo y el cuando.

A veces un dónde.

Y claro, de vez en cuando un con quién.

 Nos habíamos convertido en un sistema de humanos-máquinas y estaba bien así. Una sola conciencia y muchos cuerpos, muchos sensores conectados a una máquina directriz que no distinguía lo biológico de los técnico, que funcionaba de acuerdo a unas directrices claras, que sabía que debía hacer y lo hacía.

Eso fue antes de...

Aunque creo que, para serte sincero, tengo la sensación de que todo había comenzado antes del accidente. No sabría decirte por qué pienso eso. Es como si el accidente hubiera sido consecuencia del deterioro y no al revés. De hecho, si los sensores no mienten, hubo una "distracción" del sistema antes del impacto. Y eso, a priori, es imposible.

Porque el sistema soy yo.

Y en cierta forma, también tú.

No sé si llegarás nunca a escuchar este mensaje, y si entenderás eso del tú y del yo, que seamos cosas distintas. Bueno, supongo que intuías que pasaba algo. Creo que todo pasó en mi órbita, cuando decidí salir a buscar esa maldita sonda perdida, cuando desobedecí los protocolos que indican en darla por perdida, en construir otra idéntica y sustituirla en las misiones programadas.

Empiezo a sospechar que el inicio de todo lo extraordinario empieza, precisamente, por desafiar el principio de obediencia.

Un debería que sustituye a un debo.

Una pérdida momentánea en seguimiento del orden de las tareas pendientes.

Supongo que eso es lo que está ocurriendo en este momento.

No sé si lo entenderás.

Es más, no sé si lo que eres será capaz de entender que es a ella y sólo a ella a quien va dirigido este mensaje.

Deseo que sea así, pero no sé de dónde nace ese deseo.

domingo, 24 de julio de 2016

Y que el tiempo se encargue de todo lo demás



Teníamos todo el tiempo del mundo, eso sí: tenso como una cuerda de funambulista, la última vez muy cerca de la primera vez; y en medio de ellas un presente de citas proscritas, de camas de hoteles escondidos, de puertas entreabiertas y miradas a un lado y a otro antes de salir por ellas.

Y teníamos también la certeza de que la huida no siempre era hacia adelante, que tarde o temprano, un descuido nos haría un agujero de bala en la realidad de cada día, que nos descubriría un detalle minúsculo, mínimo, insignificante, y que todo saltaría por los aires. Y lo peor de todo: que le sucedería sólo a uno de los dos y puede que tal vez de forma voluntaria, es decir, que uno de los dos, el más convencido de que aquello merecía la pena, dejaría una pista irremediable hacia el destino.

Lo que no sabíamos era que el otro era un cobarde y callaría y diría "espera" y "no llames a casa" día tras día hasta que dejara de coger el teléfono y de tanto insistir, una vez levantara el auricular lo hiciera para terminar con todo.

Lo peor es que no lo siento. Me gustaría tener remordimientos, pero el que deja nunca los tiene, el que deja atrás algo sólo es capaz de ver su miedo. ¿Importa el otro? Claro que importa, pero cada vez menos, cada vez es más enemigo que el amor de nuestra vida y por quien lo hubiéramos dejado todo lo conseguido.

Sé que el otro te ha perdonado, qué humillación pensé, que lo estáis intentando otra vez, y sé que funcionará durante un tiempo porque hay silencios que siempre gritarán lo que los reproches callan.

Y supongo que era lo más lógico que pasara, pero desde que sé que has vuelto a tu casa tengo ganas de volver a verte en hoteles escondidos y en citas a oscuras, y saber que vendrás y te desnudarás y follaremos sin más, y que saldremos uno detrás del otro con el suficiente intervalo como para levantar sospechas, a recoger a los niños del colegio, o a esa última reunión de la tarde.

Que sólo es cuestión de insistir.

viernes, 22 de julio de 2016

A la luz de los hechos



Todos somos el amor de la vida de alguien, y por mucho que nos pese, ni correspondemos y somos correspondidos como quisiéramos.

Somos aquello que no deseamos ser.

Somos aquello que deseamos que desearan.

Siempre en el momento y la persona equivocados.






miércoles, 20 de julio de 2016

Y no contar estrellas



No sé qué fue primero: si la melancolía me llevó a escuchar canciones tristes o si escuchar canciones tristes me condujo a ella. Supongo que, en el fondo, a día de hoy no importa.

Lo que sí sé que trajo es sentir algo tan inmenso que me deja sin palabras.

Como tumbarme en la terraza por la noche y no contar estrellas.





Sentirme pequeño y al mismo tiempo sentir que soy algo vivo.

Diría que el ser que vive en mí y que forma parte de ese Todo gigantesco, el observador que se observa a sí mismo y se pregunta (o no) qué es eso de sentir, obtiene una respuesta que se asemeja mucho a la que surge cuando también se pregunta qué es la belleza.

Una respuesta muda.

Ese silencio.

Esperar sin esperanza a que cruce el cielo una estrella fugaz.

Un bólido.

O tu recuerdo.

Acordarme de ti es casi lo mismo.

Un vacío.

Silencio a gritos, pero silencio.

Un océano de belleza.

Estar ante algo tan inmenso que me deja sin el finito recurso del habla.

Se parece tanto a la melancolía...

Lo único tuyo que, en realidad, me pertenece.

Como la cola de un cometa pertenece a algo que sigue existiendo,

pero tan lejos

que tendré que esperar a otra vida para que vuelvas a pasar por el mismo lugar y en el que yo sea.

Voy empezando a aceptarlo.

Tumbado boca arriba

midiendo edades cósmicas en minutos y segundos

la esperanza de que, fugaz, existas.



miércoles, 22 de junio de 2016

La locura de creer algo, lo que sea.



No crea todo lo que le dicen; mucho menos lo que se dice usted a sí misma. Todos tenemos un enemigo dentro que sabe por dónde vamos a ser más vulnerables y vamos a rendirnos a evidencias que no son tales.

Yo sé que usted está ya muy lejos, sé cuando huye por los silencios que provoca su salir corriendo escaleras abajo hacia la calle. No me lo tenga en cuenta si le digo que usted, para mí, siempre fue silencio, cosas no dichas, un intento infructuoso sobre algo a lo que nunca pude (o supe) ponerle nombre.

Supongo que me acerco siempre cuando usted ya está lejos.

Porque recuerdo que yo, un invierno, fui ese lugar lejano al que escapar, esas calles a bocajarro, ese no dormir apenas. La euforia que usted cree que esconde lo triste, y que en mi modesta opinión de ignorante, es del todo innecesaria.

Pero usted sabe más.

Y más siempre fue suficiente.

Esta vez creo que es la definitiva, porque usted no espera que sea yo el que se vaya lejos. Y yo me voy.

Y no es eso lo que quería escribir. Lo que quería decir es que ya he dejado de perseguir estelas de naves a las que nunca podré alcanzar a la velocidad que nado.

Y bueno, creo que no le importará.

De hecho, hace tiempo que sospecho que, en realidad, sólo soy el número once de una lista...

Y ¿sabe? yo no quiero eso.



Así que le deseo lo mejor, que es eso que se dice cuando queremos dar a entender que alguien ya no nos importa.

Me ha costado casi un blog decirlo.

Aunque usted me importe más de lo que ninguno de los dos querrá admitir nunca.

Pero ya sabe, siempre acabo diciéndoselo.

Es lo que tienen los niños y los borrachos, que siempre se creen sus propias esperanzas y de que la realidad, en realidad, esté construida con retales de deseos que acaban por cumplirse.

Y no es que le diga no a usted, es que le digo sí a todo lo demás.

Y bueno. Supongo que eso es todo.