miércoles, 3 de mayo de 2017

lunes, 24 de abril de 2017

Perderemos los días y nos quedarán las horas sueltas, nos quedarán los recuerdos, los momentos, la triste o la dulce sensación de que por un instante estuvimos completos. Ya sabes lo que digo, puede que haya pasado una eternidad y media, pero sé que sigues entendiéndolo, que en el fondo sólo tú me entiendes.



Demasiado tiempo es demasiado, le dijo él desde el fondo de la habitación.

Ella siguió de pie, estatua y pájaro al mismo tiempo, tan a punto de quedarse para siempre como de desplegar las alas y volar tan lejos como pudiera. Se supone que la vida es un constante tomar decisiones meditadas largo tiempo, pero a veces parece como que todo lo que vivimos pertenezca a esos microsegundos en los que al no saber qué decidir, tomamos una opción entre todas para no permanecer en una duda que nos perturba cada hora que pasa más y más.

Él. Hay días en los que aún sigue creyendo que lo suyo era algo duradero, que si lo piensa fríamente, casi cree recordar el instante exacto en el que ella decidió que debía volar para posarse en una rama y desde allí tomarse unt tiempo para pensar qué hacer. Si regresaba o si emigraba junto a las de su especie.

Si le preguntaran respondería que cuando la vio salir por la puerta tenía la convicción de que volvería, que el instante de no saber qué decidir y aceptar la primera opción que apareciese sucedió días después, no muy lejos de la casa. Quizá en el motel que hay en la carretera que lleva a la colina roja.

Sigue convencido de que si hubiera ido a buscarla aún estarían juntos. También sabe que no hubiera llevado la vida que llevó desde entonces y, en el fondo, eso amortigua cualquier nostalgia, la idea de que todo pudo haber sido distinto.

Todo eso de que la vida fluye.

De que no se detiene.

Que detrás de una cosa sólo puede venir otra.

Que la memoria se llena de más cosas que recordar para tapar otras que siguien ahí como un "puediera haber sido".

Que olvidar es sólo aprender a enterrar como hacen los perros con las cosas que desean ocultar de los demás.

Que al final la vida es también todas esas vidas que no vivimos y enterramos para buscarlas más adelante y que nunca recuperamos porque no tenemos tiempo de hacerlo.

Sólo para que cuando estemos tan cerca del final que lo veamos sin necesidad de hacer hipótesis, podamos mirar atrás y ver viejos momentos como quien mira viejas fotos y poder preguntarse qué hubiera pasado si hubiéramos sido valientes en lugar de ser los protagonistas de esa gran huída en la que convertimos nuestros días.



lunes, 19 de diciembre de 2016

Carta a lo desconocido



Sé que un día me despertaré y todo habrá cambiado. Un día todo por lo que he ido haciendo lo que he ido haciendo esto cristalizará en algo diferente. Tan nuevo como viejo, tan humano y tan deshumanizado, tan cercano y tan ciencia ficción al mismo tiempo. Una línea marcada en el tiempo que se junta con el horizonte a la que nunca crees que vas a llegar.

Y llegas.

Hay lugares a los que uno sabe que va a volver. Lo sabe porque hay algo así como un destino que nos arrastra. 

Me gustaría creer que las cosas van a salir bien, que sólo es el principio de algo que tiene verdaderas ganas de quedarse.

Y puede que el tiempo no acompañe. Y puede que toda la información acumulada sólo sea la punta de un iceberg que se deshiela. Reconozco que no lo controlo.

Mañana no será un gran día, pero será el inicio de saber dónde estamos.

Es hora de actuar.



sábado, 10 de diciembre de 2016

Cuando te vea


Al principio creí que esta vez las cosas iba a ser más fáciles, que el tiempo no caducaría, que volveríamos a ser lo que solíamos ser, pero luego me di cuenta que eso no iba a suceder, que las historias están para vivirlas y mientras las vives, para respetarlas. 

Supongo que no había otra forma más desastrosa de acabar con todo. No había nada más difícil de negociar que la soledad de los días que iban a llegar. Quizá por eso nunca te llamé ni supe qué decir cuando me escribías aquellos mensajes. Todo lo que soy es lo que demostré esos días.

Ahora las cosas van mejor, me va bien el frío y me va bien que soñar de vez en cuando contigo, en lo que podía haber sido y en todo aquello que nunca nos dijimos porque yo me fui antes de que llegaras.

A veces pienso en ti, en cómo hubiera sido como padre, en cómo nos hubiéramos acurrucado juntos para ver la tele en el sofá, en tus primeras veces de todo y en el pequeño profesor que seguramente tienes metido entre ceja y ceja. 

El año pasado, cuando estuve en San Francisco, pasé por delante de una galería de arte donde se exponían unas pinturas de Margaret Keane y te imaginé así, como ese cuadro (luego supe que era la Margaret Keane Gallery) y creo que algo se movió dentro de mí. Algo que sabía que tarde o temprano nos encontraríamos.

Luego lo dejé ir.

Y hoy estoy aquí, tratando de no mezclar las cosas, tratando de no mezclar las personas, haciendo caso omiso a la cordura.

Dejando de creer que todo tiene un significado.

Buscando una salida digna a todo esto.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuando la vida te pone contra las cuerdas


El destino. Siempre el destino. Nos quedaban quince días. Después: la nada. El vacío. Las esperanzas perdidas. Lo empezado hace mucho años frente a un abismo, pisando un freno que no funcionaba.

Entonces... entonces me llamó mi casi nuevo hermano y me dijo que encargara mesa para ir a celebrar que nos aceptaban en un proyecto europeo, que teníamos la mejor puntuación posible, y nos pusimos a llorar los dos.

Lo importante siempre es creer.

Creer que todo va a ir a mejor.

Que el tiempo siempre pone a cada uno en el lugar que le corresponde.

Que la diferencia es el trabajo bien hecho y sobre todo: la dedicación, Hacer las cosas bien, pensando en el bien común es fundamental para que las cosas salgan adelante.

Se acercan tiempo interesantes.

Esta noche he dormido peor de lo que esperaba. Supongo que la tensión de los últimos meses no se va en unas horas.

Ahora a seguir en la brecha.






martes, 22 de noviembre de 2016

El extraño caso de la niña sin sangre


Hubiese podido dejarlo todo como estaba, haber dejado pasar una vez más lo que siempre dejo pasar. Siempre. Hubiese podido apagar el móvil y girarme dentro de las sábanas y tratar de dormir a pierna suelta. Pero a veces el bicho habla a gritos, se despereza cuando yo sólo quiero dormir... y lo peor de todo, sabe que en ese momento es cuando yo tengo menos que ganar, o lo que es lo mismo: que es hora de perderlo todo.

A veces pienso que todo es un juego de azar, que lo que te une a otra persona es una partida de póker en la que lo importante siempre es saber quién va de farol. Y yo soy un mal jugador porque no sé mentir, todo el mundo sabe que yo no sólo tengo mala suerte cuando se reparten las cartas, sino que voy a intentar ganar una mano tarde o temprano.

Me gustaría creer que con ella era distinto. Que hubo una mínima posibilidad de que esta vez sí pudiera corregir toda esa tendencia a acabar arruinándolo todo. Pero hay algo que no puedo dejar de pensar, o mejor dicho, hay algo que no puedo dejar de recordarme cada vez que pienso en ella. Nunca tuve una oportunidad. Quizá durante los primeros nanosegundos en que nuestras miradas se encontraron por primera vez.

Pero ya está.

El resto sólo fue plegar las velas e ir a la deriva.

Y toda deriva acaba en las rocas

Y toda roca en un nuevo comienzo.


martes, 1 de noviembre de 2016

Una llamada se hace corta para uno, demasiado larga e incómoda para el otro.



Me dice que las cosas van mejor, que al final se adapta uno a todo, que se acostumbró a tener las esperanzas justas, ni más ni menos; las suficientes como para no desilusionarse cada día. Que la vida tiene su inercia, que hay que conformarse con conformarse, que aún se acuerda de mí cuando empieza a hacer calor, cada año un poco menos.

Que yo era un encantador de serpientes prometiendo siempre el cielo.

Que el cielo siempre estuvo lejos.

Que sólo pudo seguirme un tiempo, que no creyó en mí. 

Demasiado años, demasiados mañana tal vez y demasiados hoy no.

El teléfono es frío como estas primeras noches de noviembre, oscurece su voz, esa voz que aún sabe a su boca, a la calidez de las palmas de unas manos contra una piel que se eriza, una lucha cuerpo a cuerpo, la batalla ganada de una guerra perdida.

Y todo el tiempo del mundo y yo tan cerca del cielo, tan cerca del mismo infierno, tan demasiado y tan demasiado poco; no hay lugar para los sueños sigue diciendo. Me acostumbré a mis hijos, a verlos crecer como quien ve crecer los campos de trigo, como quien ve llegar las barcas con las redes recogidas, ve caer la noche y la chimenea haciendo un hogar de cualquier habitación.

Verlos dormir sin temor.

Quizá vivir sea eso. Una tranquila sucesión de rutinas que te tranquilizan el alma, que te hacer ser alguien sin mayúsculas, alguien que sólo espera que el golpe del azar sea esta vez en positivo aunque con pocas posibilidades de que así sea.

Ver pasar las estaciones.

Ver hacerse hombres y mujeres a los niños.

Tener una vejez tranquila.

Morir en una cama.

No haber deseado nunca ser otra persona distinta de la que se ha sido.

jueves, 6 de octubre de 2016

La suspendida voz de B.W. en aquellas frías noches de invierno.



Me gustaría volver a encontrar a voz con la empecé este blog. No sé si entonces era una buena o mal alternativa a la mía, pero en cualquier caso era algo distinto a lo que había sentido dentro de mí. Era algo tan poderoso que casi me sustituye. Y en ese momento necesitaba que algo o alguien ocupara mi lugar sin hacer preguntas, sólo para coger el volante y llevarme de copiloto hacia donde fuera. Algo o alguien que me dejara durmiendo en el asiento de al lado y condujera toda la noche. Eso era todo lo que necesitaba

A veces las cosas surgen sin saber de dónde vienen, llegan cuando más lo necesitas, a veces también ese cuando es algo destinado a ser un cómo o un porqué, viene a sujetar cosas (aunque sea a medias) que uno no sabe cómo sostenerlas. Y ese día te conviertes en otro, en uno que sí puede, en alguien que tiene la suficiente fuerza como para aguantar lo que venga.

Algo así siento estos días. Creo que se acerca un tiempo en el que tengo que volver a ser eso.

Golpear antes de ser golpeado.

La vida es una sucia bastarda a la que hay que enseñarle los dientes. No importa cómo. No importa dónde, sólo importa que no saldremos vivos al enfrentarnos a ella. Sólo es cuestión de tiempo que las cosas se pongan feas y tengas que volver a ser ese hombre que has estado destinado a ser y al que le importa una mierda si lo hará bien o mal. Sólo se trata de aguantar de pie sin que se note que ya estás muerto.

Porque no te quepa la menor duda: ninguno de nosotros puede asegurar que mañana no será cierto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Incendios controlados


Podría decir que la echo de menos y, en parte, esa pequeña parte a la que uno se aferra cuando nada queda a lo que agarrarse, pero bueno, al final uno tiene que elegir entre estar y marcharse.

Posiblemente dejar ir es lo que más duele cuando uno se apega a algo, aunque sea a la idea de que en el futuro las cosas cambiarán para llegar a un estado anterior, es decir, que el cambio no ha surtido efecto y volvemos al punto inicial.

Sólo que las cosas cambian para siempre.

Y uno ha de dejar ir para llenar su vida de otras vidas y otros momentos que también tendrán fecha de caducidad.

Supongo que es por eso que la vida es cambio aunque el día a día nos dé una visión de algo estático sujetas por rutinas, como un clip sujeta folios sueltos o las anillas de los clasificadores agrupan trimestres...

Pero entre usted y yo no hubo nada, no al menos nada que pueda archivarse más allá de unos momentos desesperados en los que casi nos volvimos otros.

Cambiamos. Y mientras cambiábamos nos volvimos parte del pasado de cada uno, cada vez más invisibles el uno para el otro, más algo y menos alguien.

Espero que el tiempo acabe por borrarnos los reproches, espero que la vida le vaya bien, de veras, no como eso que se suele decir, sino como todo eso que le deseas a quien quieres o, como es el caso, a quien un día quisiste.

Agradezco todo lo vivido cuando nos veíamos, supongo que aprendí más de lo que creo, fui más yo y menos otro, espero que cuando llegue el día en que me despida de este escenario, si es verdad eso de que pasa por delante de uno toda su vida, la época en la que está usted la recordaré como una de las mejores de mi vida.



Al final



Imagino que al final todo tenía que ver con esto. Con dar por bueno o no lo vivido, firmar en la línea de puntos y girar de nuevo la rueda de las existencias.

Haber aprovechado la oportunidad tratando de cambiar el mundo aunque sea sólo un poco.

Haber contribuido algo a la felicidad de otros, haber conocido el amor y la pérdida, querer ser alguien más y dar lo que fuera no ser uno de tantos.

Dar y recibir.

Ser quien estabas destinado a ser y que parezca que haya sido una elección.

Nunca es una elección.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Cuando por fin lleguemos a nuestro destino



A veces creo que el pasado es consecuencia del futuro. Es decir, como si en el futuro tomáramos la decisión de ser quienes somos y aceptáramos pasar por todo lo que hemos de pasar hasta alcanzarlo. Como si el futuro y el pasado estuvieran pasando al mismo tiempo y tomáramos decisiones que modifican uno y otro continuamente.

Y al descubrir que eso es así nos encontráramos con momentos de transición, huecos en los que caben... quién sabe qué cabe. Que el sentido de la vida estuviera precisamente en esos momentos, ahí, en esos minutos sin objetivo que no pertenecen a ninguna magnitud, sólo al ser con que habitamos esta pobre conjunción de dimensiones.

Como si el tiempo pudiera estar en el pasado, en el futuro, en los dos a la vez... y en ninguno.

Todo evitable y todo posible.

Eternos si nos reencarnamos

Una fogata que se consume si sólo hay esto.

domingo, 7 de agosto de 2016

Mil kilómetros para decir adiós.


Ayer estuve todo casi todo el día conduciendo. Salí a las seis de la mañana de casa y entré en el hotel a las nueve de la noche. Me equivoqué en un cruce y atravesé la sierra de Gredos por un carretera serpenteante y con precipicios a ambos lados. Creo que la llaman la calzada romana. Me gusta más coger curvas que recorrer kilómetros en línea recta. Supongo que es mi carácter, no sé, debo preferir lo complicado. Hay algo de riesgo en los trayectos desconocidos y abruptos que me atrae.

Me recordó a mi viaje por la costa desde Los Angeles a San Francisco. Me gusta conducir solo y a mi aire, parando poco, sin que nadie me moleste. Dicen que los hombres, al igual que los chimpancés, a medida que nos hacemos viejos tensamos cada vez más las relaciones con los demás.

Supongo que por eso pienso que soy un alma vieja: porque no me gusta mucho la gente en general, sólo unas pocas personas. No soporto lo cercano, lo inmediato, lo insustancial me desespera.

El caso es que ayer tuve mucho tiempo para pensar. Me pasé todo el camino triste sin un motivo que lo explicara. Llevaba días esperando una respuesta a una pregunta que nunca debí formular. Sé que esa respuesta ya no llegará a tiempo, porque ya me despedí; a decir verdad, me pasé despidiéndome casi mil kilómetros.

Imagino que uno se despide no de la otra persona, sino de lo que esa persona significa en su vida. Creo que en el fondo, uno sólo toma conciencia de que, en realidad, se cierra una etapa de años y que es mejor no insistir más. No deberíamos insistir más allá de lo necesario. Uno nunca sabe dónde termina la dignidad y empieza la mendicidad emocional.

Creo que lo que peor llevo es no significar nada, no dejar huella, morir para esa otra persona sólo para resucitar cuando le haga falta y volver a caer.

No sé si existe el síndrome de Quasimodo, el personaje de la novela de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París, pero el caso es que me siento así, y supongo que, en el fondo, algo de razón hay. Y como el título de este blog, Quasimodo decide morir cuando muere su amor imposible Esmeralda.

Es decir, muere por ella.

No sé qué decir, una vez llegado aquí, creo que ya no hay nada más que contar.

Ésta era la herida.

Siempre lo ha sido.

En realidad, todo lo que he escrito se resume en esto.

Por eso escribo, por eso tengo la necesidad de escribir...

la necesidad de ser otro.

Creo que esa también es la razón por la que rehuyo el contacto humano, salvo contadas ocasiones.

El porqué siento esa animadversión por el género humano y al mismo tiempo siento la necesidad de ser aceptado como parte de él.

Nunca perdono, pero siempre estoy dispuesto a echar una mano.

Hasta mi casa tiene su propia torre de Nôtre Dame.

Quiero decir que, bueno, esto era todo.

No sé si acabaré publicando esto...



y claro, éste es el vídeo.

Aprendiendo a vivir con ello.