martes, 24 de septiembre de 2013

El verano se ha escondido en alguna parte porque no quiere irse

Al verano se lo llevó el viento una tarde en la que aún daba gusto sentarse en las terrazas a tomar algo en compañía. Y como no quería irse de Barcelona, se agarró a las hojas de los árboles que se asoman a la ventana de la habitación en la que duerme Avellaneda y las fue arrancando en su desesperado intento de quedarse a pasar el invierno entre sus ramas.


Cuando ella se despertó se apagaron al unísono todas las luciérnagas que habitan las farolas de su calle; y casi sin darse cuenta a mi alma también se la llevó el mismo viento que se llevaba el estío. Quizá yo no me agarré tan fuerte, al menos a las hojas, porque a mí el otoño me sedujo susurrándome al oído que eso era lo mejor para todos, como a un niño que se le promete que luego volverán a jugar al parque mientras se le tira de la mano. Me fui convencido de que si el verano se iba y volvería al año siguiente, Avellaneda no se desprendería de dentro de mí por muy lejos que me fuera.

Yo sé que ella no sabe, que ni tan siquiera intuye, lo mucho que me curó que nos quisiéramos, porque yo era incapaz de amar desde hacía mucho tiempo, quizá porque la voluntad de querer se me olvidó en la cestita donde dejaba las llaves junto a una puerta que no daba entrada a mi casa o porque estaba esperando a que apareciera Avellaneda para que algo en mí se conmoviera.

No creo que yo nunca llegue a saber lo que es la felicidad; es más, tengo la sensación de que por mucho que la persiga siempre estará en otra parte, pero también puedo decir que junto a ella pude atisbarla a través de un agujero en la pared, allá a lo lejos, entre todas las risas que crecieron entre nosotros, en los paseos por ciutat vella, o al calor de un vaso grande de chai con jengibre.

Sé que el verano no quiere irse de Barcelona, como yo tampoco quiero irme, que mientras podamos ambos nos agarraremos fuerte a las esquinas del Eixample y querremos creer que las terrazas llenas de fumadores son la esperanza de que el invierno sólo es un pretexto de los fabricantes de ropa de abrigo para vendernos sus paños.

Y Avellaneda seguirá siendo todo el amor que la camaradería encierra. Intuyo que ella ya está muy lejos y que cuanto más crezca, más lejos se llevará todo eso que dejamos por vivir a medias. En cualquier caso, le deseo todo lo mejor al verano por su osadía de no querer marcharse, de seguir agarrado a las ramas del árbol al que da su ventana. He de reconocer que siento envidia de que pueda verla amanecer cada mañana, aunque creo que mientras el verano siga ahí, en cierta forma, yo también estaré.




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