miércoles, 1 de septiembre de 2010

Miércoles por la mañana, casi por la tarde


No suelo contar lo que me pasa por la cabeza y mucho menos por la lata esa que tengo dentro del pecho. El caso es que ayer tuve (tuvimos) un ataque de sinceridad a dos bandas, desconocidos ambos, como si hablaras a través de una mampara translúcida, donde se van las sombras de la mano de la cadencia de voces que, de repente, son como un salvavidas. Y sólo tienes eso: un océano y un donut rojo de corcho. Pero me mantiene a flote, te mantiene a flote. Estamos, de alguna forma, vivos.

El caso es que ayer hablé demasiado, o hablé en voz alta, o hablé porque me preguntaron o porque sólo había que tirar del hilo para que saliera todo todito todo. Y me di cuenta que cuando le cuentas a alguien que no te conoce algo que te importa lo argumentas, lo justificas, le das razones y motivos que son los que te das a ti mismo para darte una respuesta a la pregunta (sólo una) que te corroe por dentro "¿Por qué?" Y esa es la pregunta y probablemente no exista respuesta o tenga tantas que sea la mezcla (en una batidora) de todas las posibles.

Sea como sea, sólo hay una verdad. Y es que aquello se acabó. Se acabó y quedan las secuelas; ¿Podré volver a confiar en alguien? Probablemente no, o por lo menos no de la misma forma. Y es una mierda, porque sabes que el resto de tu vida va a ser siempre una verdad a medias, una confianza a medias, un sospechar que lo que te cuentan pueden ser sólo palabras que se lleva el viento.

Quiero dejar de pensar en todo esto. Creo que, en cualquier caso, en una guerra nadie gana, o en todo caso, todos pierden. Y yo creo que ya es hora de soltar al enemigo, desearle que tengan la deferencia con él que él tuvo conmigo, que le paguen con la misma moneda con la que compra, que le decepcionen la confianza de la misma forma con que lo hizo conmigo.

Y decir adiós hasta nunca, y olvidar los sueños compartidos, y recuperar mi vida en el punto anterior a que la llamara.

Y empezar a recopilar los buenos momentos (que los hubo) y a apreciar los que tengo (que los hay) y empezar a sonreír de nuevo por defecto y contar chistes de vascos y a merendarme a las chicas con los ojos. Y a dejar de pensar que no lo entiendo y a empezar a pensar que ella se lo pierde, y a tomar una cerveza con amigos, y a llamar por teléfono a la más mínima. Y terminar la novela (tengo 600 páginas de apuntes) y creo que la ensamblaré en dos o tres meses (200 páginas).

Y no tener miedo. Y ser la persona que era justo antes de empezar con ella, porque yo era un tipo como pocos, porque soy capaz de emocionarte(me) y hacerte reír al mismo tiempo. Porque soy capaz de montar una estantería, pasarte a buscar por el trabajo, hacer un curso, escribir diez páginas, vender un proyecto, acabar otro, pelearme con los bancos, preguntarle a mis amigos cómo están... todo en un mismo día. Y que cuando llegues a casa te pregunte por todo y tú llegues de mal humor o con los cables cruzados. Y a pesar de todo eso, pienses que no me supone ningún esfuerzo, que yo soy así, que puedo con todo. Y una mierda puedo con todo, pero me basta saber que estarás a mi lado. Me bastaba saber que estabas a mi lado.

Creo que nadie me da importancia porque yo tampoco doy importancia a todo lo que hago. Y me da igual.

Ahora todo me da igual.

11 comentarios:

hécuba dijo...

A mí no me das igual.

Amber dijo...

Las historias se van haciendo día a día. En realidad no somos más que lo que vivimos y lo que nos resta de vivir. Por eso hay que intentar vivir la vida bien y tb saber pasar página, sobre todo si ha dolido, pero pasarla por mucho que nos cueste. ¿Sabes? Hay veces que se nos olvida y nos preocupamos de las cosas más insignificantes que encontramos, pero que éstas pueden cobrar unas dimensiones desorbitadas. Fíjate que para mí hoy es de esos días en los que te sientas en frente de la ventana y ves pasar a la gente, que va y viene, entra y sale, corre y anda, ves tb pasar la vida. Un día de los que el sol no calienta apenas, sin embargo se está a gusto debajo de él. Un día en el que me gustaría hacer historia e historia bella, poca, pero hacerla. Un día en el que me gustaría fundirme en la arena del desierto de mi ciudad y poder saber dónde acaba la gente que se va sin despedirse. Sin pedir explicaciones, claro, tan solo por saciar la curiosidad, supongo...
Por eso, Toni, creo que tienes todos los ingredientes (en tu batidora personal) para poder salir adelante y de manera virtuosa y triunfal, porque somos muchos quienes te queremos, quienes nos importas.
Y, ¿sabes? Tienes ángel, más ángel que duende diría yo. Mientras que yo tengo más bien duende, o tal vez no...

Mil somriures per a tu,

Amber
P. D.: ¡Vaya! Me he "enrollao" como una persiana. Sorry!

Espera a la primavera, B... dijo...

Hécuba, ¿qué decirte? No sé. De verdad no sé qué decirte. A mí tampoco me das igual y ya ves...

Espera a la primavera, B... dijo...

Supongo que ha sido el momento y el lugar, la forma y el fondo, supongo que mi ángel de alguna forma te ha enviado, no sé.

Gracias por estar ahí y por enrollarte.

Lea Del Revés dijo...

Estoy exactamente en el mismo duelo que tú, asumiendo la pérdida (del ser querido, de la confianza, de la ilusión, de la felicidad) y sintiéndome tan vacía y muerta por dentro que si sobrevivo, es como si resucitara, y nunca fuera la misma. Pero tal vez debamos cambiar.
Y no te preguntes: ¿por qué? sino ¿para qué? Eso da esperanza, fe y fuerza.

40añera dijo...

Me alegra mucho, porque aunque no te conozco no me das igual y espero tu sonrisa

Concha Barbero de Dompablo dijo...

Hace unas horas, escribi esto en mi Twitter:

"Quienes se trabajan a sí mismos construyen el mundo; los que se abandonan lo destruyen".

Pues eso ;-)

Helenaconh dijo...

el párrafo que empieza con "Y no tener miedo" es increíble. Casi muda me dejas, lo justo para escribirte esto.

Elena dijo...

A veces, nos volcamos de tal modo que sin percibirlo, casi sin saberlo, vamos vaciándonos de nosotros mismos y nos convertimos en un cascarón, en algo parecido a aquellos moldes que había que rellenar con escayola y siempre se me hacían añicos en el colegio...

A veces, el miedo nos lastra los pies y no nos permite avanzar. A veces nos queremos tan poco que no nos importa nada, que creemos que no importamos a nadie.

Y nos convertimos en una estatua de sal y dejamos pasar delante de nuestras narices esos pequeños momentos que no volverán, que son únicos aunque no hayamos podido apreciarlos en el preciso instante en que deberíamos habernos sentido felices.

Es un proceso duro, y largo. El molde no se re-rellena de un día para otro. Y a veces, el resultado se resquebraja porque el corazón aún está húmedo de tantas lágrimas.
Pero es cuestión de intentarlo una y otra vez.

La cuestión está en no rendirse. Navegar, naufragar. Y seguir...

Ojalá el viento del Norte te haga llegar un abrazo tan grande como el mar que presiento desde mi jardín. Y el mar te sople al oido una vieja cantinela: no te rindas, no te rindas, no te rindas...

Amén.

Kaoki dijo...

Pues... siento decirte que las personas inteligentes jamás vuelven a ser como eran antes. Todo proceso conlleva un cambio, por mínimo que sea éste, porque conlleva un aprendizaje. Y no quiere decir que, por ejemplo, a la fuerza, te tengas que volver en un tipo desconfiado, quizás el cambio signifique aprender a disfrutar más del presente sin esperar del futuro más de lo que estás seguro te puede dar, o lo que es lo mismo, nada... porque nada es seguro.

Muxu bat (entro callandito por primera vez a visitarte)

Tiklia dijo...

Yo no me creo que si es verdad que ella lee este blog,no se de cabezazos contra la pared ,por haberte hecho tanto daño y por haberte perdido...porque aunque la sigas queriendo,si ella volviese,no sería igual.
Mucho ánimo y sigue adelante porque estoy segura de que cualquier mujer con dos dedos de luces,le encantarñia tener a alguien como tu a su lado!
un besillo