martes, 10 de junio de 2008

L.B.


Volví al piso de Carmen. Llamé al timbre y Sansón miró a través de la mirilla de la puerta. Tardó en abrir por lo que supuse que no estaba muy seguro de si debía dejarme entrar. Oí una voz femenina detrás de él que supuse sería la de Carmen. Supuse bien. Abrió la puerta y mientras Sansón me daba a entender que mi presencia allí seguía siendo una molestia, Carmen, vestida con un traje de chaqueta gris y zapatos negros de tacón alto, entraba en su despacho con prisa, cogía un bolso plano, negro y con aspecto de ser caro y volvía a salir al pasillo haciendo un ruido seco al caminar, un repiqueteo de pájaro carpintero probablemente a causa de lo estrecho de la falda y de las prisas por salir de allí. Sansón me miraba con desconfianza mientras su ama iba y venía, entraba y salía de las habitaciones, nerviosa, buscando algo que al final, estaba dentro del bolso. Si Carmen iba a salir, él la acompañaría en el coche. Eso quería decir que dejaban a María sola o que alguien había accedido a quedarse en la casa por si necesitara algo. "Salimos" dijo Carmen. "L.B. se queda con María. Te agredecería que no las molestaras. María y L.B. son amigas; está en buenas manos. María ha querido que la llamáramos". "Volveremos pronto" me advirtió Sansón.
No me fiaba de los movimientos de aquellos dos. Por un momento pensé que sería oportuno seguirles pero supuse que eso era precisamente lo que Sansón esperaba que hiciera. Es difícil ir detrás de alguien que sabe que le vas a seguir y extrema las precauciones. Así que desistí. "Me quedaré aquí" le dije sin saber si relamente lo haría y esperaría a que volvieran, quien sabe si con alguna sorpresa desagradable o por el contrario, me iría de allí y negociaría con ellos lo del dinero desde la distancia. Se fueron escaleras abajo. Antes de cerrar la puerta, Sansón me lanzó una última mirada amenazadora. Le sonreí. Se detuvo al cerrar la puerta ante mi provocación. "No me creo nada de lo que dices. Te pillaré y entonces no podrás esconderte, te cazaré como a un conejo". "Y si tan seguro estás ¿por qué no lo haces?" No dijo nada. Estaba claro que quien mandaba era Carmen y Carmen tenía demasiado que perder en todo ese asunto como para arrisegarse a que Sansón se estuviera equivocando. "¿Cuándo me darás la maldita dirección?" le pregunté. "Te interesa mucho esa dirección ¿por qué?" preguntó. "Eso no es de tu incumbecia" le dije volviéndole a sonreir. "Después de la fiesta lo sabrás" dijo en un tono burlón y misterioso, sonriéndome él esta vez. No me gustó aquel tono ni que hiciera mención de la fiesta. Hacía quince minutos de mi entrevista con Garr y Sansón ya estaba al corriente. Me sentía como una ratón de laboratorio participando de un experimento del que sospechaba iba a tener un final cruel y doloroso. Pero los ratones no piensan en qué pasará, buscan un premio, buscan comida. Yo buscaba un millón, buscaba saber de la madre de Cris y cumplir lo que le había prometido al muchacho.
Cuando Sansón cerró la puerta, me vino a la cabeza el hecho de que no estaba solo en el piso, que había otra persona allí. "L.B. Eso no es un nombre" me dije. ¿Dónde estaría? Avancé por el pasillo en dirección a la habitación de María. Al pasar por delante de una de las habitaciones a oscuras y que, casualmente estaba abierta, alguien. cuya silueta se confundía con el sillón donde estaba sentada, me dijo: "María está descansando"dijo. Y añadió: "Tú debes de ser el que le sacó de encima al hijo de J... el otro día en el bar. ¿Siempre vas por ahí creando problemas a los demás?" "Más o menos" le dije. Se levantó de la silla y se acercó a la luz del pasillo. Era una mujer muy alta, probablemente por encima del metro y noventa centímetros y de complexión musculosa. Cuando se quedó en el umbral de la puerta de la habitación pude verla mejor. Morena, con el pelo largo, los ojos oscuros, entre tristes y fieros, los pómulos y la barbilla ligermente pronunciados, la boca pequeña y de gruesos labios, la piel morena y pecosa, de haber invertido mucho tiempo en tomar el sol y haberlo hecho a conciencia. Vestía completamente de negro y tenía ese aire desgarbado de los delgados en exceso huesudos. Debía rondar los treinta y pocos y, sin embargo, parecía, a simple vista, que estaba de vuelta de casi todo, y entre ese "casi todo" estaban incluídos los tipos como yo.

1 comentario:

* Sine die * dijo...

Uhmmmm...ya ha vuelto la voz de las musas a tus dedos.... :)

(siguesiguesigue.......)