lunes, 25 de febrero de 2008

Regla número uno: Haz el bien aunque para ello tengas que hacer el mal



Era decepción o algo que se le parecía tanto que me provocaba la misma sensación, y es que mi cuerpo entiende poco de matices y sí de fríos repentinos o de calenturas furiosas... no sabía si sentía rabia o tristeza (o algo que era como las dos al mismo tiempo) y me dieron ganas de destrozar la ciudad a puñetazos y echarme a llorar y salir corriendo en cualquier dirección, todo con la misma intensidad y con un mismo sufrimiento. Pero me quedé de pie y no dije nada. Dí las gracias por las molestias y quizá hasta con demasiada lentitud me di la vuelta y salí de la pensión. Había logrado encontrarla pero ya se había ido. Antes de marcharse le dejó bien claro al viejo recepcionista que la correspondencia que le llegara debía quemarla puesto que no dejaba ninguna dirección a la que reenviarlas. Además, le había dicho que si venía un tipo muy grande debería decirle que se olvidara de ella, que para él había muerto y que no debía seguir buscándola porque había abandonado esa ciudad y que tal vez incluso el país. Había elegido bien al mensajero. Sabía que nunca trataría de sacarle información a golpes a un anciano y que a cierta edad se tiene la osadía de no callar según que cosas. El viejo todavía me preguntó a voz en grito si la chica guapa era mi mujer. Pero yo ya estaba en la calle, aturdido, como cuando te dan bien en la cabeza y no tienes donde agarrarte. El bicho se reía de mí y era cruel en lo que decía. Maldito bicho a quien no puedo aplastar el cráneo.
Sentía no poder dar buenas noticias a Cris, desde que vino a buscarme al barrio viejo nos habíamos visto un par de veces. Habíamos planeado cómo buscar a su madre y el chico había dado muestras de tener mucha más inteligencia que yo. Era buen estudiante, listo, noble. Mirarle a los ojos era ver cumplidas todas aquellas esperanzas que tenía acerca de él para cuando creciese. Estaba ilusionado, tenía en el fondo de sus ojos el brillo de los que aún creen que todo es posible. "¿Por qué crees que podemos encontrar a tu madre?" le pregunté. "¿Por qué no?" me sonrió. Estaba verdaderamente convencido de que su madre dejaría algún rastro para que él pudiera encontrarlo y llegar hasta ella. Pero no era así. Ella había sido lo bastante lista para saber que tarde o temprano buscaría entre las pensiones baratas de aquella ciudad a una mujer igual a ella, y lo había previsto todo, ganaría un poco de dinero y entonces... entonces se iría a cualquier otro sitio borrando todas las huellas, dejándome con la imposibilidad de ir más allá de donde ella quisiese.
Caminé sin un rumbo fijo por las calles de otro barrio viejo de esa otra ciudad, tan iguales a las del mío que hubo un momento que creía que acabaría llegando a la puerta del hotelucho donde tengo alquilada la habitación. Supongo que pasaron un par de horas antes de que entrara en un bar decorado haría treinta años pero, a diferencia de lo que suele pasar en estos antros, sorprendentemente limpio. Me senté en una mesa y vino una camarera joven, no tendría más de veinte años, a tomar nota. Por su acento debía ser extranjera. Todo el mundo, últimamente parece ser extranjero, ya ningún sitio es tu sitio. Le pedí un whisky con hielo. Había decidido tirarlo todo por la borda.
La chica trajo la copa y uno de esos recipientes minúsculos con cacahuetes. Me los puso encima de la mesa y me sonrió. Debía de llevar poco tiempo en el oficio. Sólo sonríen los novatos. La chica volvió detrás de la barra. Cantaba una canción de moda, parecía estar alegre y de alguna forma lo transmitía no sólo al cantar, sino al moverse. De vez en cuando me miraba y sonreía. Cuando eres un tipo grande que suele inspirar miedo a los demás, ese tipo de cosas, de sonrisas, se valoran un poco más.
Se abrió la puerta y ella dejó de cantar, diría que se asustó al ver a quien entraba. Un tipo con gabardina negra pasó por mi lado. Era un tipo siniestro, una de esas personas que enseguida intuyes que llevan el mal en la sangre, se acercó a la muchacha y le susurró algo. Estaba realmente asustada. Ella le contestó algo que no llegué a oír pero que tenía toda la pinta de tratarse de una negativa a algo. El hombre de la gabardina negra hizo un rápido movimiento y sujetó una de las manos de la chica que, dejó caer el vaso que sostenía. El tipo debía tener unos treinta y cinco o cuarenta años y sonreía satisfecho al ver el miedo en el rostro de la chica.
Me levanté haciendo el suficiente ruído con la silla para llamar la atención del hombre y me dirigí a él. Éramos casi de la misma estatura. Me miró de reojo y dejó de sonreír. "No es asunto tuyo" me dijo con seguridad. "Tienes razón, no es asunto mío... pero eso no me hace falta para pedirte que dejes a esa chica en paz" le dije. "¿Quién es este imbécil?" le preguntó a la chica "nadie te ha dado vela en este entierro" me dijo. "Será mejor que la dejes, no es de hombre asustar a las niñas". Soltó el brazo de la chica y se volvió hacia mí. "No te había visto nunca por aquí" me dijo. "Será que te fijas poco" le respondí. Entonces metió una mano en el bolsillo de la gabardina y sacó una navaja, que abrió con un estilo más propio de una película de niñatos que de un auténtico experto. "No quiero líos" le advertí. Empezó a acercárseme despacio, seguro de sí mismo. Entonces agarré uno de los taburetes, lo levanté en el aire y salí corriendo hacia él. No se lo esperaba. Retrocedió, se tropezó con una silla y se cayó al suelo trastabillándose. No podía dejar pasar la oportunidad, si no le daba fuerte pensaría que iba de farol y se reharía, con la ventaja además de que llevaba un arma. Estrellé el taburete contra él con la misma fuerza con la que se clava una azada en un campo reseco, como se aplasta a una cucaracha. La chica gritó y una mancha de sangre empezó a extenderse por debajo del cuerpo de aquel tipo. "Lo has matado" gritó. "¿Es que no sabes quién es?" Evidentemente no lo sabía, pero por el pánico de la chica empezaba a ver que me había metido en un buen lío. "Te matarán" me dijo. "No, nos matarán a los dos" le dije. "A mí no me metas en esto" dijo mirando a otra parte. "Sea quien sea sabrá que lo has visto todo, que me reconocerías si me vieras. Así que también te querrán a tí ¿verdad?" Ella dudo un instante. "Mierda, mierda, mierda... no puedo meterme en líos. No ahora que estoy a punto de conseguir los papeles". Me miró mientras cogía su abrigo. "Me voy. Apáñatelas tú con la poli o con quien sea". Salió por la puerta corriendo. El tipo se movía todavía. No estaba muerto. Salí del bar. Quería llegar hasta mi coche y abandonar la ciudad cuanto antes. Entonces fue cuando la ví a ella, pasaba conduciendo un coche rojo. Maldita zorra, no se había ido de la ciudad, le había dicho al viejo aquello para despistarme. Claro, pensó que no perdería el tiempo en buscarla justamente donde había dicho que no estaría. Pero el azar... maldito azar. ¿Cuántos habitantes tendría aquella ciudad? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? ¿medio millón? y justamente tenía que pasar ella delante de mí. Si hay un dios, es retorcidamente cabrón.

2 comentarios:

Sine die.. dijo...

"Si hay un dios, es retorcidamente cabrón"

Esas últimas frases son las que...ufffff....

:)

¿Porqué se me hace tan corto leerte?.....



(másmásmásmásssssss ;)

Espera a la primavera, B... dijo...

Eres ¿Cómo decirlo? mi única lectora y te agradezco estos mensajes que, en estos momentos, son tan necesarios para mí.