miércoles, 23 de enero de 2008

Un mar de océanos


Paramos en un hostal que se ve desde la carretera. No es un buen sitio pero se puede esconder el coche en el patio y no llamar así la atención si se les ocurriera pasar por este camino. He tenido que parar porque nos estábamos quedando sin gasolina y era poco probable encontrar una gasolinera abierta a estas horas por estos contornos. Nos abrió un tipejo bajo, calvo y gordo, el cabrón lo tenía todo, hasta dos gatos encima del mostrador. Hay gente que me produce verdadera repulsión. Éste es uno de esos. Le mira a ella con descaro, como si diera por supuesto que ella es una puta y yo su cliente, o su chulo. Me dan ganas de destrozarle la cara de un puñetazo pero me retengo, quiero descansar en una habitación, dormir un poco, pero sobre todo, quiero abrazarla y que ella se pegue a mí. La echaba de menos.
El tipo nos da una habitación en el primer piso, sonríe mientras nos da la llave, le mira el culo a ella cuando sube las escaleras. Maldito cerdo, si no fuera porque no quiero armar jaleo estaría bebiéndose su propia sangre, respirando su propia sangre, lamentándose de no haber tenido más consideración. Me calma ver que ella abre la puerta y enciende la luz. "No está del todo mal" dice. Y me sonríe. "Hemos dormido en sitios peores ¿verdad?" le digo. Y me vuelve a sonreír. "Estoy muerta" gime al tiempo que suspira "¿te duele?" dice señalando el golpe en la cara. "No" le miento "pero será mejor que me ponga algo de hielo". No hay hielo en el mueble bar así que mojo una toalla y me la pongo sobre el pómulo. No es lo mismo pero alivia. No lo ví venir. Ya no tengo los reflejos de antes. Un niñato, un mequetrefe, un pobre insensato que ahora le estará explicando al doctor de urgencias que se le vino un tren de mercancías encima, y que me odiará el resto de su vida porque ya no volverá a ser nunca más el guapo del su barrio. Espero que tenga algo de arreglo esa cara. No me importa que no lo supiera, que fuera nuevo en esto de pegar primero pero alguien debía haberle advertido: no me gusta que me toquen la cara.
Ella se desnuda con tanta rapidez y con tanta naturalidad como si estuviera acostumbrada a hacerlo ocho horas diarias, cinco días a la semana. Sólo se deja puestas las braguitas. Conserva bien el tipo, más delgada ahora quizá; las palmas de mis manos rememoran el tacto de su piel al sentirla cerca, y ese olor... así deben de oler los ángeles que se hacen pasar por demonios. Un día me contó que su cuerpo no segregaba no se qué hormona, así su piel seguía siendo suave, pero al mismo tiempo, cualquier herida dejaba su cicatriz para siempre, un simple corte y ahí se quedaba para siempre. "Has engordado ¿no?" me dice cuando me quito la camisa. "Sí. Desde que dejé de beber me ha dado por comer más" le digo. Al final todo es lo mismo, hay que calmar al bicho, ya sea bebiendo, comiendo o jugando. "Pues vuelve a beber. Me gusta sentir que me proteges, no que me cubres". Y se mete en la cama dándome la espalda. Me siento y me quito los zapatos, luego los pantalones. Me meto en la cama, apago la luz y me pego a ella. Huelo su pelo que guarda aún un rastro lejano del champú con el que se lo lavó antes de ir a lugares donde el humo se deposita en tu cuerpo como una segunda piel. "Hoy no, cielo, tenemos muchos días por delante" me dice. La abrazo. "Quita" dice apartándome sin demasiada brusquedad. Me quedo ahí, a unos centímetros de ella, mirando en la oscuridad el lugar donde ella va cayendo poco a poco en un profundo sueño. No puedo dormir, es difícil explicarlo, es como si estuviera flotando en un océano de serenidad despierta, como si hubiera encontrado la solución a todos mis problemas y ya nada importase. Sí, eso es, como flotando en un oceáno. No, más grande aún... en un mar de océanos.

1 comentario:

Sine die.. dijo...

"..flotando en un océano de serenidad despierta.."

:)

Que corto se me hace siempre leerte.......