domingo, 13 de enero de 2008


En las novelas negras el tipo suele ser un detective, quizá un antiguo policía al que echaron del cuerpo por algun asunto turbio. Si queremos crear el estereotipo completo el tipo, además, será inocente y el asunto turbio será una trampa de otro policía corrupto porque estaba haciendo demasiadas preguntas. Será el único policía de la comisaría que tendría la mala costumbre de hacer cumplir la ley, incluso a sus compañeros. Pero no os voy a engañar: ese no es mi caso. No soy un ex-policía. Detesto a los polis casi tanto como a esos cobardes que pegan a las mujeres. Los polis y esos cerdos comparten el que creen estar por encima de sus víctimas, que tienen cierta posición moral y de fuerza bruta superior, algo que impide devolverles los golpes porque sabes que luego te buscarán y te harán más daño aún. Yo soy... mejor que no os lo explique, todavía guardo la esperanza de caerle bien a alguien y si lo hago ahora no seguiréis leyendo. En todo caso, si sospecháis que soy un fraude... bien, estaréis más cerca de la verdad que si pensáis que soy un poli honrado (pero infinitamente más lejos de ella si pensáis que soy el policía corrupto que ponía trampas a los compañeros que hacían demasiadas preguntas). Os lo diré más adelante. Siempre (repito, siempre) cumplo lo prometido.
¿Por dónde empezar? Quizá lo mejor será que os cuente quién o qué era ella. Eso será, además, lo más fácil porque no puedo arrancármela de la cabeza. En fín, ella era... ella era un ángel caído. Una niña de belleza celestial poseída por un corazón tan negro y tan frío como una noche de invierno en un cementerio. La veías una sola vez y ya no te la podías quitar de la cabeza. Te miraba y creías que eras el hombre más feliz del mundo, te besaba... y tus huesos se convertían en una cadena con la que te llevaba, como un perrito, hacia donde ella quisiera. Tenía un aspecto frágil, al principio te miraba como si fuera una niña que hubiera perdido su osito de peluche, jugaba con su pelo con inocencia estudiada, hacía como que sentía vergüenza de que tú le estuvieras mirando. Era su forma de echar el anzuelo. Era imposible resistirse, era como como contratar a un vigilante nocturno alcohólico para guardar un almacén de bourbon añejo. A Dios se le olvidó, al hacer el primer hombre, crear el antídoto para contrarrestar tanto y tan dulce veneno. Además, si yo hubiera tenido ese antídoto en mis manos lo hubiese lanzando lo más lejos de mí que pudiera. A ella no se le podía decir que no, era como negarse el aire, la luz, el viento. Lo hubiera dado todo. Hubiera muerto por ella.

1 comentario:

Sine die.. dijo...

Se me pierden los ojos en el horizonte de esa carretera....allí..."muy allí", no sé bien porqué...pero es que hoy estoy rara, tengo insolación....y siento un infinito atascado en la garganta...

"Moriría por ella"....precioso título para un blog, para una novela, para un sentimiento...sí..:), me recordó un poema de Ángel González (hoy supe que se fue la madrugada del sábado..se llevó mucho de mí...quizás por ello siento el mundo un poco más asfáltico)

"Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.."

Morirse muchas veces mucho....me parece la definición exacta de la vida..