domingo, 27 de enero de 2008

Nadie sabe


La frontera. Todo lo peor está tras la frontera y es allí donde vamos, es allí donde la llevo. No ha sido difícil cruzarla, conozco caminos y conozco como hacer para que no me vean. Cuando llevas huyendo toda la vida (imagino que ya cuando nací lo que hice en realidad fue escapar del vientre de mi madre) se convierte todo en más fácil. Es por esa habilidad mía que ella me busca ahora, lo sé. Hubo otro tiempo que no era así. Hubo un tiempo en el que ella sentía por mí algo distinto a lo que siente ahora. ¿Tengo que decirlo? Está bien, ahora siente por mí desprecio. El desprecio que se siente por las personas que quieres lejos pero debes tenerlas cerca porque las necesitas. Ella es consciente que sin mí estaría muerta o mil veces peor que muerta. Sabe que yo haré lo que sea para que no sufra daño. Siempre ha sido así. O tal vez no. Quizá hubo un tiempo en el que me quiso pero tal y como me mira ahora estoy seguro que apenas quedaría nada de aquello. ¿Cuánto tiempo hará de eso? ¿quince años? Recuerdo el día en que la ví por primera vez. Yo estaba de matón en la puerta del Marriors. Ella quería entrar. ¿Cuántos años tendría? ¿quince? "Será mejor que te vayas a casa a jugar con tus muñecas. Este no es un sitio para una jovencita como tú" le dije. "¿Y tú qué sabras?" me dijo con una sonrisa burlona. Sabía como ser morbosa, la niña. Y sabía mantener la mirada a cualquiera. Insistió e insistió. No la dejé pasar. He visto muchas chicas entrar por primera vez en un antro como el Marriors y podría contar con los dedos de una mano las que han salido indemnes. Una vez entran se las comen como si metieras un jugoso filete en una reunión de lobos hambrientos. Luego las ves entrar y las ves salir, cada vez con más pintura en la cara para tapar los estragos de la mala vida, del sinsentido. Se creen las promesas de tipos tan vacíos como lo acaban estando ellas y acaban mal, todas acaban mal. Y yo acabo por verlas salir por última vez y sé que es la última vez. "No vuelvas más, chica. Este no es tu sitio" me digo y a veces recuerdo el primer día que entraron. Han perdido el brillo de los ojos. La vida que uno tiene se puede ver en ese brillo. Llega un día que ya no lo tienen. Muñecas tristes, muñecas rotas.
Ella era especial. Cualquiera que la viera sabía que era especial. No sabías por qué pero te hacía sentir una alegría instantánea de verla. Quise evitar que entrara, lo juro. Se fue maldiciéndome. La verdad es que me sorprendió que de una boca tan bonita salieran palabras tan sucias. Al cabo de un rato volvió, esta vez iba acompañada de uno de los dueños del local. Un idiota al que, de no tener parte en un local nocturno, no se le acercaría una mujer como ella ni a doscientos metros. "No tiene la edad" le dije señalándola a ella y tratando de salvarla a toda costa. "Cállate. No te pago para que me des consejos" me dijo el imbécil. Y pasaron. Desde dentro y con aquella sonrisa suya de medio lado cerró los labios y puso sobre ellos su dedo índice. No sabía lo que le esperaba. Aquel tipo era un auténtico cerdo. Supongo que primero la emborracharía. Luego... se rumoreaba que era un depravado. No la vi salir, le pedí a un compañero que me sustituyera y me fui más temprano a casa.
Tengo un amigo que dice que cuando conoces a una persona y empiezas a hablar con ella, cuando te cuentas la vida de uno y otro, lo que en realidad estás heciendo es estableciendo qué papel jugará el uno en la vida del otro. Quién será el que salve y quién será la víctima. Es algo que ya no podrás cambiar. Supongo que siempre quise salvarla. Y para que alguien se salve es condición indispensable que quiera salvarse.
Recuerdo que los días posteriores entablamos una amistad de portería de discoteca. Ella me decía algo gracioso y yo le respondía con otra bobada. Era simpática. Demasiado. Luego, un día me la encontré en una cafetería, estaba acompañada. La saludé y el individuo con el que estaba le montó un numerito por la excesiva alegría que mostró al verme. Aquella vez no le hice nada. Empecé a frecuentar la cafetería o a pasar por delante de ella variando a veces hasta seis manzanas los itinerarios de ir de mi casa a cualquier sitio. Por entonces yo no era un chaval. Supongo que tendría veintimuchos. Me enamoré de ella desde el primer instante en que la vi. ¿No crees que eso pueda pasar? ¿Y tú que sabes? No me conoces, no puedes saberlo. Nadie sabe.

1 comentario:

Sine die.. dijo...

Deberían inventar sillas...o mejor, tumbonas!! para estirarse y quedarse a vivir en ciertos blogs......


:)