viernes, 18 de abril de 2014

Cien años de soledad: Cuando la soledad no es estar solo, sino vacío.


Algunos aprendimos a leer cuando los bancos y las cajas de ahorro regalaban libros en lugar de quedarse con nuestras casas, porque nuestra infancia fue una epidemia de libros de la que no pudimos inocularnos antídoto alguno porque entonces el negocio eran las editoriales, el mundo era básico y el desarrollo no tenía que ver aún con la tecnología y ni imaginábamos que los ordenadores estaban llegando para no irse nunca jamás.

He de reconocer que siempre he sido muy influenciable, presa fácil de la publicidad y las modas. Y no sé si fue por ello que aquella inundación de palabras me caló tan adentro entonces. Si de pequeño me desviví por las historias de Julio Verne, los cómics de la segunda guerra mundial o los de aventuras, estoy seguro de que me hice mayor en el momento en el que cayó en mis manos Cien años de Soledad. Recuerdo que debía tener doce o trece años y estuvo en mi mesilla varias semanas sin que pudiera pasar de la página diecinueve. Pero caí enfermo y tuve que guardar cama unos días. Nunca más pude apartar la vista de la novela.

Estuve obsesionado con ella. La acababa y la volvía a empezar, disfrutaba con las maravillas de Melquíades aun sabiendo que al último de la estirpe de los Buendía se lo acabarían llevando las hormigas, pero sobre todo, empecé a vivir en el mágico día a día de lo mundano, a conocer qué sentían hombres con determinaciones sin sentido y empecé a amar la literatura hasta el punto que estuve dudando si hacer letras para acabar dedicándome a ese mundo. Creo que, de haberlo hecho, hoy sería psicólogo o abogado en lugar de ingeniero. Nunca sabré qué sería de mí en este momento de haber escuchado a todos los que me aconsejaron que no escogiera ciencias. Como no puedo imaginar una respuesta, lo mejor será que no haga preguntas.

Supongo que la primera vez que escribí un texto fue bajo la influencia de Cien años de soledad, frases cortas y un texto mágico se entrelazaron para dar vida a un hombre condenado a través de los siglos. Apareció de la nada un Sísifo viejo y cansado en una historia corta con un guiño escondido a la novela que tanto significaba para mí. Gané el concurso del instituto, y eso que aún iba a segundo de BUP, pero para mí, lo que de verdad me ilusionó, es que fuera capaz de crear una trama con escenas, un guión surgido de dentro de mí.

Por supuesto, en tercero de BUP eché de menos la literatura y comprendí que lo mío nunca serían las matemáticas. Tiene gracia que lo diga ahora, pero me propuse hacer algo que no me gustaba cuando podía haber disfrutado haciendo lo que sí me gustaba. Como ya he dicho no es bueno hacerse esas preguntas tantos años después.

Hace casí veinte años que leí por última vez Cien años de Soledad y supongo que mi vida ha ido por derroteros similares a los de la estirpe de los Buendía. Quizá no sea tanto la soledad como la sensación de vacío lo que me lleva de la mano todos estos años. Tal vez, si no hubiera leído nunca Cien años de soledad, sería menos consciente de todo ello, no me hubiera pasado la vida buscando una historia que me conmoviese por todo lo contrario, que me hubiera dado una visión más benévola acerca del destino.

Ahora todo eso no importa demasiado, lo que importa es que con Gabriel García Márquez muere un mundo en el que las cosas tenían un nombre y un significado más allá de los conceptos y sentidos que imperan hoy en los noticiarios y en internet. Muere la magia y la capacidad para admirar algo que no sea material, quizá lo que acabe por matar esta civilización sea que la eficacia le está ganando la partida a lo artístico y en esa guerra entre esas dos visiones del mundo, no habrá cabida para los que estamos en medio.

Lentamente, las generaciones que nos siguen, acabarán por olvidar novelas como ésta y no tendrán como referencia algo distinto a lo que nos ha traído la tecnología de masas. Es un hecho. El mundo se ha convertido en un mundo de plástico y de pantallas que escupen consignas alienantes.

Pero el ser humano seguirá sintiéndose vacío, quizá cada vez más, y por consiguiente más solos frente a una sociedad cada vez más agresiva, donde los bancos y las cajas de ahorro, las mismas que regalaban libros a los niños hace treinta años, hoy les roban el futuro para calmar la avaricia de los que nunca tienen ni tendrán bastante.

6 comentarios:

Heidi dijo...

Gran pérdida ahora que uno entiende de la importancia de las palabras de otros... Siempre palabras. Viejas, nuevas, diferentes, iguales...
Encontrar el arte en ellas es lo complicado en estos tiempos. Gago las hacía importantes a diario...
Sonrío. Lo haces tú?
Cuídate.
Se feliz.
Ciao.
;-P

Chus Álvarez (Madame Vaudeville) dijo...

Lindo :)
Un abrazo para usted y paz para el maestro Gabo.

hécuba dijo...

No he leído Cien años de soledad; otros de él, sí. Ya llegará el momento. Supongo.

Espera a la primavera, B... dijo...

Heidi, toda pérdida tiene vocación de absoluta, sólo lo escrito acabará por definirnos alguna vez, cuando alguien nos lea.

Gabo supo hacerlo en vida. Pero empezó a morir desde el momento que se convirtió en inmortal.

Espera a la primavera, B... dijo...

Usted, Madame Vaudeville, usted convoca a la paz. No me pregunte cómo lo sé, pero lo sé.

Besos

Espera a la primavera, B... dijo...

Las historias, a veces, son como las ánimas de la teoría de Platón, están en el limbo hasta que llega el momento de reencarnarse y vivir a través de nosotros.

No sé si te llegará ese día, pero deseo que ese día crezca entre los pliegues de otros días y de otras historias.

En el fondo no importa mucho, supongo. Quizá lo que importe es que todo está secretamente entrelazado y que, al final, el libro y tú podéis no conoceros nunca.

Aunque, sinceramente, lo siento más por el libro.