jueves, 19 de enero de 2012

El gen número trece fue la perdición de ambos



Los días se fueron. Hay algo alegre en las hojas esparcidas por el suelo, no sabría decir qué; algo de "vamos a recoger hojas y pegarlas luego en una cartulina". Supongo que la alegría es un estado de ánimo ligero, algo que se puede levantar del suelo si sopla una ráfaga de viento. Pero hace frío, y el frío pesa. Así que esta tarde ha sido extraña como de ligera pesadez alegre, como el otoño de Vivaldi ya entrado el invierno. Me he acordado de ti y me he sentido feliz como cuando ibas al lado en mi coche e íbamos a alguna parte. Recuerdo que no te afectaba el frío ni demasiado el calor. Tengo buenos recuerdos, bonitos, extraños; como si hubiera vuelto de un viaje de millones de kilómetros y al volver a la Tierra el espacio fuese algo que hubiera sucedido unos pocos días en lugar de años. Contigo me sentía como un astronauta. Tú no lo sabes. Un astronauta boca abajo en un lugar sin referencias.

Me acostumbré a ti. A esa elegancia al pasar sobre las cosas que no te interesaban o que no tenían realmente importancia. Me acostumbré a ser sólo el que relata lo que haces, eres, sientes. Me acostumbré a ello con la certeza de que no pasaría de ahí. Pero quisiste pasar los límites, como si en el gen número trece de toda princesa estuviera codificada la orden de besar al menos a un hombre rana a lo largo de su vida. Me pregunto cuántos hubieran dado cualquier cosa por ocupar mi lugar y cuántos se hubieran podido pasar el resto de su vida siendo el príncipe consorte. Pero no surtió efecto, el beso me dejó en mi charca. Me gusta mi lugar en el mundo, no había leído el cuento aún. Sin expectativas no hay frustraciones, sin palacios no está tan mal el estanque.

Probablemente eso significaba algo: Que no hubiera un príncipe encantado dentro de mí o que no fuera yo tan batracio como se puede esperar de alguien en mi situación. También podría indicar que no sos tan princesa y que el color, tanto el azul como el rosa, destiñe en la tintorería real cuando se acaba el cuento.

Pero pasa el tiempo y nos volvemos cada vez más viejos, y el hada y el leñador hace tiempo que tienen eso casi irresoluble que eterniza lo de "cada uno en su casa". Y la princesa envía príncipes azules a misiones imposibles para no tener que decidir cuál elige, y siguen pasando los años y nos va venciendo el tedio y, últimamente la he visto pasear alrededor del estanque como queriendo ver sin mirar, obedeciendo (faltaría más) a esa fracción número trece de su adn, por supuesto, como si al final, fuera posible volver a un punto de partida sin que hubiera sucedido lo que ocurrió.

Por eso es feliz este invierno a pesar de la tristeza, porque quizá haya llovido fino y nos haya calado una ternura sin foco ni objeto, una calidez sólo al alcance de las manos y en la sombra, bajo los portales y bajo tu camiseta, un cariño sereno y maduro, de ropas secas y con olor a almidón, de territorios de piel leídos con el mapa de la palma de las manos, donde la línea del corazón tatúa caminos, abre cauces, induce a inducir a eso que tanto tú como yo sabemos que hace tiempo dejó de ser pecado porque no quedan intermediarios que atestigüen que ese fiero deseo, de mordiscos que no duelen, de gritos que no piden auxilio, que se te ahogan en mi garganta, que encontraron nuestro presente en la no búsqueda de un mañana, ese deseo no sea en realidad eso que nos da vida. A tientas. Con las manos.

Me gusta el color de tus ojos cuando me ahogo en ellos.

Cuando mis manos se hunden en la voz de tu cuerpo que me llama.

Como en la frase final de una novela que te ha atrapado y sientes que se cierra algo completo, que no hay nada más perfecto y, al mismo tiempo te duele que haya terminado.

6 comentarios:

Ámber dijo...

Preciosa prosa poética le dedicas a alguien que sí, en el fondo, tuvo que ser y representar en tu vida.

Me quedo con todas y cada una de tus frases tan bien hilvanadas de tu presente. Me quedo con el recuerdo que has ido tejiendo en esta colcha de tu vida que es tu blog. Me quedo con los hilos de colores de tu futuro; un futuro brillante y prometedor, como ésos hilos de seda.

Gracias de corazón, Toni, por hacerme emocionar con tan bellas palabras.

Un abrazo.

Speedygirl dijo...

"Me gusta el color de tus ojos cuando me ahogo en ellos"

Qué bonito.

Daltvila dijo...

Es precioso este texto.
No creo que seamos taaannnnnnn viejos todavía. Tan solo nos hecemos viejos desde que nacemos, pero hacerse viejo tiene su punto ¿y la experiencia que adquieres? Debemos saber aprovechar las ventajas de "hacernos viejos".

Espera a la primavera, B... dijo...

Es el tiempo quien nos hace viejos, Dalvillie.Somos nosotros los que nos montamos en la flecha del tiempo y nos dejamos ir.

A veces pienso que intentamos detener el tiempo como método para librarnos de la inevitable muerte.

Lo único que nos libra de ella es la ternura. A la muerte sólo la vence el cariño.

Espera a la primavera, B... dijo...

speedy, una vez me ahogué en unos ojos... en un destino de aguas profundas y que sabes peligrosas.

Me gusta tu blog

Espera a la primavera, B... dijo...

Ámber, hubo un tiempo en que esta prosa me salía a borbotones, era otro tiempo, otra forma de afrontar el universo, el amor y las palabras.

Resulta extraño pensar en los ojos en los que uno se ahoga sin poder evitarlo, en los lugares que ya forman parte de uno para siempre.

Gracias por tu comentario. Me gusta que te guste.

Besos