martes, 4 de octubre de 2011

El fin del mundo


"Siempre saco lo peor de la gente que se me acerca" me dice mirando al suelo. Y me pregunto que si pensará eso mismo de mí, que esto que soy es la peor versión de quien me empeño en ser o en ocultar.

"Quizá sólo sea que tienes mala suerte" le digo, "quizá eliges mal, te dejas elegir mal, quizá la mala gente busca a la buena gente para descansar de su lucha diaria contra el mundo" e inmediatamente pienso que estoy muy cansado y que tal vez ese cansancio sólo sea la constatación de que no es el mundo el que lucha contra mí sino yo contra él y, por tanto, hay algo de maldad en mí. Sacudo la cabeza como si al hacerlo negara algo, como si pudiera expulsar de mi cabeza algo de lo que no quiero ser consciente.

Ella levanta la vista del suelo y me mira. No sé por qué me sorprenden sus ojos grandes y redondos si estoy acostumbrado a ellos. Quizá hoy soy más grandes o su cara más pequeña, la tristeza es un maquillaje exagerado, y su mirada de color violeta se incrusta en mí con un sonido sordo, como el chapotear de una piedra que cae a un estanque de lodo y se queda en la superficie, hundiéndose lentamente como en arenas movedizas.

Esboza una sonrisa levantando la comisura de los labios y se le forman arrugas a los lados, arrugas de estar demasiado delgada o de no estar acostumbrada a reír demasiado. "No me imaginaba que precisamente tú estarías aquí. Podría haberlo pensado de cualquier otro, pero estaba convencida de que no te volvería a ver, de que no querrías volver a verme nunca".

"Bueno" le digo "parece que el tiempo es una pomada milagrosa. Sólo hace falta que pase el tiempo, perder la esperanza, dejar que las cosas tomen su propia inercia, llegar a la conclusión de que lo que te ocurre es lo mejor que podía haberte ocurrido". Al final, todo es autoconvencerse, es negar la evidencia, morir para dejar de agonizar. De todas formas, ella sabe que si yo estoy ahí es porque la sigo queriendo, de otra forma más rencorosa, algo que no es querer sino estar a la expectativa. Estoy aquí sin saber si hago bien o debería haber colgado el teléfono sin contestar cuando oí su voz al otro lado de la línea. Pero aquí estoy, y de momento con eso basta.

"Sólo te llamé a ti" me dice. Y ese "sólo" me lleva a la realidad de que hay otros a los que podría haber llamado, y entonces pienso que ella me llamó primero a mí y si yo no hubiera acudido a su llamada hubiera habido un segundo de la lista, y quizá un tercero. Lo que ella quiere decir es que me llamó primero a mí y no sé por qué en lugar de pensar que necesita algo de mí me invade cierto orgullo estúpido, algo así como quedar primero en una lista, ganar un premio al que se opta, me invade eso que sería vanidad sino fuera porque soy consciente de que no voy a sacar nada bueno de todo esto.

"¿Y eso por qué? le pregunto "Por qué yo?" Soy consciente de que soy de esa clase de hombres que sólo te das cuenta de que estaban cuando se van y que sólo se van cuando ya no hay un lugar para ellos.

"Te eché mucho de menos" me dice.

"No lo parecía" le digo.

"Tú y yo nos entendíamos demasiado bien pero no teníamos los mismos objetivos en la vida" dice.

"¿Pero sabes qué objetivos tengo yo en la vida?" pregunto con una sonrisa "Pues hazme un croquis". Entonces pienso que todos necesitamos a alguien que nos diga qué o quién somos, aunque sólo sea para tener una segunda opinión de cómo va nuestra vida. "¿Cuáles eran los tuyos?"

Ella vuelve a sonreír de la misma forma forzada. "Vivir en una casa en el campo, tener hijos, estar tranquila..." dice.

Vuelvo a la realidad. Entre sus sueños y yo eligió cumplir sus sueños, y ahora yo estoy aquí sin saber qué diablos espera de mí. Vuelve la vanidad porque la vanidad es como las olas rompiendo en la orilla, esta vez pienso que se fue con el hombre con quien cumplió sus sueños y una vez conseguidos se dio cuenta que los sueños necesitan compartirse con quienes se quiere de verdad. Me gustaría creer que me echó de menos de verdad mientras se adueñaba de la llave de la puerta de sus sueños. Pero sé que no es verdad, que nadie se acuerda de lo que le estorba en el camino. Que ella me haya llamado sólo obedece a cumplir otro sueño que tiene ahora, el sueño de que podríamos repetir aquello nuestro sin renunciar a lo que tiene.

"¿Sabes? Hasta el último instante e incluso muchos meses después estuve convencido de que me seguías queriendo" Ahora veía que fue así. Que no me dejó porque ya no me quisiera sino porque estar conmigo era condenarse a renunciar a sus sueños. "Pero eso ahora ya no importa" miento.

Se levanta del borde de la cama y me da un beso. La abrazo con delicadeza, como si su cuerpo se hubiera vuelto, durante este tiempo, de porcelana, como si mis manos pudieran estropearlo todo de nuevo aferrándose a ella desesperadamente. Nos desnudamos lentamente dejando que la ropa siembre de pruebas la moqueta. Nos decimos las cosas palpándonos las palabras directamente sobre la lengua del otro, escribiéndonos mensajes en la piel como se escribe con el dedo en la arena de la playa. Nos miramos a través del pleninulunio que atraviesa la ventana y la miopía de dos que se miran desde demasiado cerca. Dejo de pensar porque pensar es algo que se me da mal y me dejo llevar por esa mezcla de cariño y orgullo que sentimos cuando alguien nos ama.

Y empezamos a mordernos el alma con la boca, como si se fuera a acabar el mundo de veras y supiéramos a ciencia cierta que no hay mañana en el que cumplir los sueños que nos quedan, que somos el uno para el otro lo último que querríamos que nos pasara si dentro de unas horas se acabara el mundo.

5 comentarios:

Madame Vaudeville dijo...

Jopé, esta maravilla de escrito sí que es un "moriría por ella" claro y contundente :)

Majo dijo...

me mató

gracias

Espera a la primavera, B... dijo...

Madame, usted si es "moriría por ella" pero con luz. Gracias por tu comentario.

Un abrazo

Toni

Espera a la primavera, B... dijo...

Gracias Majo, espero no haber dejado huellas que me incriminen en tu muerte. Volver a tener que huir, a mi edad, sería un fastidio.

Un abrazo

Toni

Anónimo dijo...

Precioso, hay partes con las que es inevitable identificarme, por eso a veces utilizo tus palabras para describir mis sentimientos, espero que no te moleste. Por supuesto siempre aclaro que no son mias tus palabras...