miércoles, 18 de mayo de 2011

Ser extranjero en el propio cuerpo


Hay días en los que me creces como una enredadera, me ahogas, me maniatas, me sabe el café a hiedra y las magdalenas tienen el color de las lilas y huelen a pared de cemento. Hay días que hasta el Linkedin te nombra y sé que estás bien y me duele a la altura del diafragma, con un dolor extraño, convertido en una aleación de estaño y olvido, en una maraña de espinas con las que Penélope teje esta mañana soleada en la que tú ya no recuerdas ni que existo.

Hay días en los que la verdad habla sin sentido, en los que me pregunto el porqué de tantas cosas, días en los que recuerdo un día anterior a conocerte, un día cualquiera, debajo de un andamio de una fachada en obras, días que me indican que llevo algunos años muerto y enterrado bajo la capa de hielo de tu ausencia que, para qué negarlo, me robó el aliento. Te puedo perdonar casi todo menos la crueldad de mantenerme ahí hasta que te estorbara, te puedo perdonar casi todo menos que simularas quererme. Te puedo perdonar casi todo menos el hielo.

Ahora que la vida es eso que está ahí afuera, que vendo por fascículos mis noches, ahora que no sólo sé que no se acabará nunca esta primavera que de vez en cuando me sorprende con este sarpullido vegetal que lleva tu nombre, ahora que llega el tiempo de las amapolas y no puedo odiarte en cada una de ellas aunque quiera, quemo las palabras que nunca te dije, dejo a un lado cada una de las preguntas que me hice.

Ahora que esquivo al amor como si fuera el cobrador del frac y yo el gran Goudini, que salto en vertical los horizontes, que devuelvo al remitente sin abrir las cartas todas las miradas, ahora que de tanto saber quién soy no soporto los espejos, puedo decir que aquí se acaba esta etapa de mi mismo, porque si no me reconcilio con la vida, si no dejo de creer que en los demás está la responsabilidad de cómo me siento, no dejaré nunca de tener cuentas pendientes con todo y con todos, da igual quien sea.

Así que hoy, que me creció tu presencia como la hiedra a un árbol, he tomado la decisión de dejarme en paz y hacer las paces con el mundo, creo es lo mejor y más inteligente. Sé que seguirás presente durante más tiempo pero no puedo hacer ya nada, coger el paraguas cuando lluevas, esperar a que las nubes te lleven, a que el olvido te olvide.

Pero yo ya no quiero quererte, aunque sé que a ti, eso, te importa un bledo.

3 comentarios:

hécuba dijo...

Esto que has escrito, Toni, es precioso.

La susodicha dijo...

Desgarrado, bonito... y liberador.

nandara dijo...

Todo pasa, todo queda...