lunes, 1 de septiembre de 2008

Que empice la fiesta

Avanzamos por un largo y estrecho pasillo de paredes enmoquetadas de un color marrón claro, iluminado con bombillas halógenas incrustadas en el techo y con puertas a uno y otro lado. Puertas cerradas. Tal cantidad de puertas (el pasillo debía de tener unos cincuenta metros, pensé) indicaba que en aquella casa habitaban muchos secretos y a pesar del silencio, creí oír el susurro de algunas voces, como de almas en pena, perdidas para siempre entre aquellas paredes. Las puertas cerradas siempre me despertaron la curiosidad y ya desde pequeño tuve por ellas una rara mezcla de atracción y pavor que hacía que me detuviera delante de ellas sin saber qué hacer. El paso ligero de Sansón me arrastraba hacia la última puerta, la del final del pasillo, centrando mi atención hacia ella, sabiendo que allí me aguardaba algo o alguien mucho más importante que lo que encerraban las otras. Sansón caminaba rápido y con determinación, como lo hacen los seres que saben hacia dónde van y qué es lo que encontrarán cuando lleguen. Eso es algo distinto a lo que se podría decir de mí, que iba a remolque de Sansón; y casi cuando llegábamos a la puerta del final del pasillo pensé que, en el fondo, aquella carrera hacia el final era un reflejo de lo que estaba sucediéndome desde que empezara a buscarla: Iba detrás de las circunstancias, sin saber qué es lo que iba a suceder inmediatamente y allí donde los demás me llevaban. Y me pregunté también si al analizar un instante de nuestra vida, una acción aislada (como la de caminar por un pasillo siguiendo a un casi desconocido hacia una habitación en la que no sabes que encontrás) se podría extrapolar una idea más global de en qué momento está tu vida, cómo has llegado hasta allí y hacia dónde es más probable que te dirijas. Como si un instante cualquiera de tu vida pudiera contener la información esencial de quién eres y de cómo te desenvuelves en el mundo.
Pensando en ello llegamos delante de la puerta y la curiosidad se convirtión en excitación. Deseaba entrar cuanto antes y que acabara de una vez toda incertidumbre. Se me pasó, por un instante, la idea de que detrás estaban esperándome para darme una lección pero entonces no tendría sentido lo de la invitación a la fiesta que me hiciera Garr en persona ni los smokings ni la aparente tranquilidad de Sansón. Éste me entregó un antifaz y dijo que me lo pusiera. Él hizo lo mismo. Mi miró para comprobar que me lo había puesto correctamente, se ajustó con una mano el suyo mientras llamaba a la puerta. En seguida nos abrió un tipo con pinta de guardaespaldas (a esa gente se las huele a la legua) que nos franqueó la entrada. Pasamos por el umbral de puerta a un despacho elegante, con aspecto de ser insultantemente caro. Alrededor de la mesa escritorio otras tres personas habían interrumpido una conversación, por la postura que tenían, distendida y cordial. Sólo podía ver al que parecía en anfritión, sentado en un sillón de cuero negro. Los otros dos estaban de espaldas a la puerta, por lo que no podía verles la cara. "Os estábamos esperando" dijo Garr desplegando una sonrisa que me pareció siniestra. "Bienvenidos a la fiesta". Entonces los dos hombres se giraron para mirarnos. Y fue en ese instante cuando tuve una premonición de lo que iba a pasar allí aquella noche y se me fue empezando a helar la sangre, lentamente, en un proceso que duró varios minutos y cada vez más a cada palabra que fue pronunciando Garr. Aquel frío iba a durarme toda la noche y aún hoy, cuando algún lugar (la consulta de un médico, el despacho de un abogado) me recuerda a aquella habitación, empiezo a sentir la misma intranquilidad. Sé que no soy yo, sé que es lo que queda del bicho lo que se sobresalta, pero lo cierto es que creo que aún puedo recordar la cara con la que me miró uno de ellos y lo afortunado que me sentí al llevar puesta la máscara que ocultaba mi identidad y que eso, en cierto modo, era una forma de decir que yo no estaba allí. Y a veces me pregunto si uno está en un lugar si otros no sólo no saben quién eres sino que admiten tu presencia como si fueras un ser sin rostro, sin personalidad, sin nada que te reconozca como un ser humano.

1 comentario:

* Sine die * dijo...

...sigue...sigue...sigue...

Tengo todas las palabras en el cielo del paladar.... Qué ganas tenía de que la retomaras....


;)