martes, 22 de noviembre de 2011

¿Quién trajo esta lluvia?


Me llamas y cuelgas. Dices que te has equivocado, que querías llamar a otra persona. Eras mi mundo, temblaba sólo con pensarte y ahora sólo he sonreído, le he dado la importancia que se le da a los argumentos que no se sostienen y he seguido un buen rato tratando de hilvanar agujas de acero con tubos de plástico hasta que me ha vencido la tarde y la lluvia me ha llamado con sus arañazos de gotas en la ventana.

Luego, he salido a caminar sin paraguas bajo un simulacro de aguacero, inconstante como yo, despistado y tenaz, con la osadía de los que solemos cansarnos de ser tímidos y en un día hacemos el ridículo que nos correspondería en toda la vida. He salido a arrastrar las zapatillas para que se impregnaran de los últimos árboles amarillos desparramados por las aceras, perdidos en un mundo aséptico de asfalto, famélicos de humus, rodeados siempre de luces de farolas, árboles insomnes, tensos, desquiciados. Al salir me acordé de que el primer día que saliste de mi casa llovía. Llovió toda la noche y recordé que nadie de los dos ganó a los puntos en el ring de mi cama, que nunca supe o quise saber qué hubiera sido de mí si no te hubieras ido en mitad de la noche. Nos reíamos, conversábamos, nos rompíamos la boca con el quicio de los cuerpos, volvíamos a hablar, dormimos abrazados hasta que nos dimos cuenta que éramos algo más que dos enemigos, éramos dragones dispuestos a prenderse en fuego hasta el fin de los tiempos.

Los reyes volvían a ser los padres cuando te subías las bragas; y me mirabas condescenciente desde la puerta de mi habitación, con la libertad envuelta con la sábana; puedo recordar tu piel con la yema de los dedos como si el cerebro hubiera cedido funciones de memoria a otras partes del cuerpo por no poder soportarla toda en un único lugar, pero ya no pienso en ti cuando mi sexo está pensando en ti, es algo extraño, porque sé que te traiciono mientras estoy de alguna forma contigo.

Esta tarde, mientras caminaba, la lluvia se volvió de repente seca. El suelo seguía mojado pero tenía la sensación de caminar por un desierto sin fin, de paredes tan altas que si respiraba demasiado fuerte sonaba el eco de mis pensamientos. Hacía frío, estaba oscuro, no sé por qué eché de menos que mi boca supiera a sal. El calor sabe a sal y el frío a nada. Quizá por eso algunas partes del mi cuerpo desencadenaron conversaciones de memoria y salió el tema de conversación recurrente: tú. Seguí caminando hasta que me vinieron ganas de salir corriendo pero para correr sin levantar sospechas debes ir vestido para correr y me contuve.

Cuando llegué a casa me sentí como un pueblo fronterizo entre dos países enemigos. Me sentí roto y cansado de estar roto, de que no valiera nunca la pena reconstruirse, hacer parques a los niños, levantar bibliotecas, adoquinar las calles. Pensé que el último bombardeo fue una crueldad innecesaria y que yo había llegado a ese punto en el que el odio o el perdón se vuelven indiferencia. Hoy he sabido el porqué nunca luchamos en la misma guerra, ni peleamos con las mismas reglas, ni nos quisimos con las mismas ganas, ni nos reflejaron los mismos espejos. Hoy he sabido qué prueba de raza me exigías y me he alegrado de no haber cumplido tus exigencias.

Y ahora sé que durante el tiempo que fuimos humanos, que mi calor te calentaba las manos, tu piel me enseñaba en braile el mundo, mis ojos de bosque se perdía en el oráculo de tu cielo o tus pies andaban hacia mi casa, durante ese tiempo en el que quisimos ser tú y yo, fuimos tú y yo.

Así que en estos días, al animal que me habita, al que el lobo sale a aullarle a la claridad que se filtra por entre las nubes cuando el mundo huele a árbol y los pájaros han acabado por irse, le duele el hueso roto ya soldado que se le rompió cuando le echaste. Poco a poco voy comprendiendo y a cada cosa que comprendo me vuelvo más huraño. Hay cosas que no se pueden decir en voz alta, es mejor guardarlo bajo llave, no sea que un día vuelva a creer en alguien y ese alguien me convenza de que todo fue mentira, que sólo fuimos un sueño que, sin quererlo, se me volvió pesadilla.

2 comentarios:

Tom dijo...

Fantástico

Espera a la primavera, B... dijo...

Es un gran halago par mí, Tom. Leo entadas tuyas, a cuentagotas, hay algo afilado en ellas, algo que atrae e inquieta. Hay algo de eterno retorno inconcluso, me gustan las listas que casi nunca son listas.

Algún día dejarás de censurarte a ti mismo, o al menos así lo das a entender, y... bueno, no sé, como si yo pudiera saberlo.

Gracias, Tom, de veras.