jueves, 31 de diciembre de 2009

Los patos



Ayer ví a Alex. Sigue igual que hace más o menos un año. Cuando llegué vino a buscarme y miró si llevaba algo en las manos pero no encontró nada, porque no le había podido llevar nada. No me preguntó si le llevaba algo porque imagino que su madre le había dicho que no era para eso que habíamos quedado, eso sí, me dio un abrazo, dos besos. Es extraño cómo son los niños para la forma de pensar de los adultos. Los niños no esconden nada.

Ha cambiado y no ha cambiado. Pero sigue teniendo esa felicidad perenne en sus dos ojazos negros, sigue teniendo una sonrísa que enamora a cualquiera. Hace mucho tiempo que entre Esther y yo se rompió lo que hubo como una vajilla contra el suelo pero sigo admirando esa capacidad de crear felicidad entorno a Alex. Hace mucho tiempo que Esther y yo dejamos de querernos pero siempre querré a Alex porque es imposible no quererlo.

Dice mi madre que tengo que olvidarlo, que no es nada mío, que ni siquiera está bien que quiera verlo, aunque sea una vez cada dos años, y yo lo entiendo, sé que hay que dejar que el tiempo y la distancia germinen en olvido pero ¿qué puedo hacer si no confío en los adultos? ¿si cuando un niño te dice te quiero lo dice de verdad? Lo ví durante más o menos tres cuartos de hora. Escribió mi nombre y la fecha del día 29 de diciembre de 2oo9, escribió su nombre, escribió lo que le íbamos diciendo en servilletas de papel. Soy consciente de que viví los mejores momentos, cuando más gracioso estaba, que crecerá y se convertirá en un adulto pequeñito y que esta vez sí, acabará olvidando a Toni de Barcelona. Y yo debo creer que lo olvidaré también con el tiempo y otro niño.

Creo que ya lo dije hace mucho tiempo en este blog. Si de algo me arrepiento es de no haber sido padre. Y si algo me consuela es que por lo menos, esta crisis, esta bancarrota mía, no ha afectado a ningún hijo mío.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Gracias por el fuego


Me dice que casi me quiere. También me dice que las palabras se las lleva el viento y me deja en un no se qué que no me lleva a ningún otro lugar. Me quedo quieto, ahogándome en sus insondables ojos oceánicos. Me quedo ahí, oyendo a los gatos jugar a que la caja de la aspiradora es una casa y tratando de encontrar un hilo que hilvane de una vez por todas todos los sueños de los que está compuesta mi vida. Sí, mi vida está contruída como esas colchas hechas de decenas de pedazos de tejidos distintos. Mi vida, lo que soy, está hecha de de contrastes y deseos, de ilógica razón, de sueños que se perpetúan para que no los derrote la realidad.

Mi vida juega a ser eterna, un culebrón venezolano que seguirá mientras siga la audiencia sobre un índice predeterminado y que tiene vocación de final feliz a pesar de que nada indique eso mismo. Alguna vez se me termina el guión e invento otro personaje que le dé vida, un pasado truculento, un hijo secreto... No, definitivamente, mi vida no es un culebrón venezolano. Es otra cosa, otra cosa de deseos que no se cumplen, una carta a los reyes magos que espera al año siguiente con fe inquebrantable a pesar del fracaso del año anterior.

Y en medio estoy yo. Esta tarde, volviendo de Zaragoza me he preguntado qué quería ser de mayor y si había estado estudiando para ello. La respuesta a la segunda pregunta ha sido un "sí" flojito, un sí inseguro puesto que no tengo ni tendré el título. Soy ingeniero químico porque un título lo dice pero no tengo alma de ingeniero a pesar presentarme al mundo diciendo que lo soy. Si no sé lo que soy, sí debería saber qué quiero ser.

No sé si existen preguntas que responder ni si existen respuestas que buscan preguntas en las que encajar, pero hoy me ha vencido la certeza de que tanta incertidumbre no es un buen camino, que debo tomar una determinación ya mismo antes de que los acontecimientos la tomen por mí.

Hoy ha aparecido la pregunta del qué y la seguía la del para qué. Y sinceramente, creo que esta vez sí, esta vez, voy a buscar el cómo y el en cuánto tiempo. Teniendo en cuenta que no soy eterno, debo empezar a poner plazos, quiero dar un primer paso sabiendo dónde y cuándo voy a dar el último.

Gracias por las preguntas.




domingo, 27 de diciembre de 2009

Si fuera dios


Si fuera Dios no me dejaría llevar por las apariencias, trataría de dejarme llevar por lo que me pasa piel adentro, me decidiría a hacer algo, a ser lo que siempre he sido.

Si fuera Dios no perdería el tiempo en tareas administrativas, supongo que pondría en lugar del dedo, la gasa en la llaga, me detendría en las cosas que importan. Si fuese Dios quizá cambiaran las cosas.

A veces creo que espero a que suceda algo que me coloque en cierto lugar privilegiado. Pero eso nunca sucede. Siempre hay un primer día en el que todo ocurre y ese primer día cambian sólo un poquito las cosas (si es que cambian).

Hoy no tengo un buen día, simplemente he esperado. Simplemente me he quedado a la espera. Y el tiempo se me ha hecho inmenso. Puedo soportar muchas cosas, puedo aparentar ser fuerte pero a veces demasiadas cosas son realmente demasiadas.

No sé qué será de mí durante los próximos días, no me consuela que el mundo vaya a mejor; eso a mi banco se la repanfinfla, ni que en los últimos meses haya empezado de nuevo a subir mi facturación y mis expectativas de contruir nuevas depuradoras. Vivo en la cuerda floja, vivo demasiado cerca del abismo y llevo demasiado tiempo allí. ¿La solución? fácil. Dejarme llevar. ¿Mi solución? aguantar hasta que el alma me explote (tarde o temprano lo acabará haciendo).

No puedo evitar pensar que me quejo sin razón, que hay situaciones mucho más críticas que la mía. A veces me avergüenzo de la ansiedad, del no dormir, de no ser tan fuerte como para que nada me afecte.

Me voy a dormir, en este momento es lo mejor que puedo hacer.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cartografía de una duda


Esta mañana ha sido una de esas mañanas que incumplen todas las leyes de la termodinámica, y casi al unísono el tiempo ha decidido detenerse y a mí con él. El tiempo se ha convertido en un enemigo estos días. Cuanto más intento ponerlo en marcha, más pesado e imposible de mover se vuelve. No sabría decir el porqué de todo esto. Sólo sé que me quedan demasiadas cosas por hacer y poco tiempo, que vienen las fiestas y yo aprovecharé para trabajar en los recovecos que tiene este laberinto en donde se queda estancado el aire.

A veces le echo la culpa al frío y otras a la ADSL, pero acabo convencido que lo que me ocurre es como si el observador observara el mapa y en él a sí mismo. Y eso me tranquiliza porque sé dónde estoy y al mismo tiempo me deja en un estado de incertidumbre porque es como si no supiera hacia dónde ir.

Se me está haciendo difícil este fin de año, demasiadas complicaciones en el trabajo. Veo llegar las oportunidades y no sé si llegarán a tiempo. A veces vivo de la esperanza y otras en las calles de una angustia que no me deja dormir.

A veces escribo para olvidar y otras olvido escribir.



El tiempo huye hacia adelante


A veces uno se da cuenta de que el tiempo y la distancia no son el olvido sino una pared donde pegar recuerdos. A veces uno se da cuenta de que se vive de argumentos de películas antiguas de la que sólo quedan sus carteles.

El tiempo no tiene razones ni sentimientos. El tiempo sólo se tiene a sí mismo y para siempre.

Y esta noche te echo más de menos que nunca.




(me gusta esta letra, nunca he sabido el porqué)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Recuerdo nº 129



Dices que me recorre las venas un viento helado, que tengo los ojos de niebla, que son de lobo mis huellas, que la nieve es mi tierra. Dices que, a veces, puedes escuchar cuando estás junto a mí el silencio de la noche en el bosque y que eso, en lugar de darte miedo, te da calor y confianza; que eso, precisamente, es lo que más te une a mí.

Hace tiempo, cuando aún soñaba todas las noches que caminaba descalzo, tenía la extraña sensación de que vivía por inercia. Aquellos años fueron, sin yo saberlo entonces, una prueba, algo así como un camino iniciático, algo que, más tarde, me acabaría moldeando hasta llegar a esto que soy ahora. Si bien entonces odiaba aquella vida, hoy no podría concebirla sin aquellos días de zozobra. Creo que uno templa sus sentimientos en la soledad, en el mirar por la ventana los campos a través de la bruma, uno se hace fuerte a base de saberse débil, de sentir la escarcha por la mañana crujir al posarse sobre tu cuerpo.

También sé que con la fuerza del bosque no hay suficiente, que la verdadera fuerza sale de compartir la hoguera con otros como tú, saberse a salvo no es vivir a salvo sino saberse parte de una tribu de otros forjados por el mismo fuego, por las mismas inquietudes. Quizá fue esa la primera intención del blog, quizá fue la única razón por la que uno escribe: el saberse acompañado, escuchado, hasta querido.

Luego, por supuesto, todo acaba pareciendo otra cosa. A veces uno sueña con lo que nunca fue por mucho que pudo haber sido.

Hoy me he cruzado con mi profe de Matemáticas de C.O.U. Hemos hablado un buen rato. Me gusta ese hombre afable. Me gusta que un día me explicara que fue capitán de barco y lo dejara todo por Rosa, su mujer y se hiciese profesor para estar con ella. Fue él, con sus historias, el que me insufló la idea de estudiar ingeniería naval y poder así ver mundo, algo que no hice. Para entonces ya me habían arrebatado las letras. Siempre supe que yo lo que quería era que me contaran historias. Todo lo demás ha sido circunstancial en mi vida, ahora soy lo que queda en el fondo una vez se decanta un líquido durante años, tras la calma y el silencio.

Sin embargo, con cada sueño, con cada historia que me lleva, en cada frase distinta a las otras frases que leo, en todos y cada uno de los puntos y aparte en los que por fín respiro, está conmigo todos los hombres que he sido y todos los que probablemente seré. No puedo decir qué seré al fin ni si algún día cumpliré mi destino, sólo diré que desde hace varias noches tengo un sueño recurrente, un sueño en el que, por fin, puedo ser quien siempre he sido.

Y no me malinterpretéis, pero a veces, echo de menos aquellos días en los que todos los sueños tenían el denominador común de que en todos iba descalzo. Y no porque el pasado sea mejor sino porque sé pienso que no debe ser bueno llevar zapatos en los sueños, debe ser porque pienso que uno hasta protege sus pies mientras duerme, pensando que alguien debe haber hecho hostil el suelo, como si ni en sueños, uno pudiera estar del todo a salvo.

Y divago y divago. Como siempre, como antes. Perdido en esta tarde de casi invierno, demasiado oscura, amenazando nieve sin atreverse. Demasiados asuntos pendientes, demasiadas tareas que se me acumulan.

martes, 15 de diciembre de 2009

lunes, 14 de diciembre de 2009

Recetario muy abreviado para unas muy felices fiestas



Después de tirar por accidente (y por el desagüe) mi maravillosa receta de piña al cava y después de, entre lágrimas y un desatascador, deshacerme de los restos que obstruían el fregadero reflexioné largamente acerca de si no estuviera yo sobrevalorando mis dotes de chef.

Tan larga y meditabunda actividad dio como resultado un sopor indescriptible, que dio paso a una siesta-relámpago de seis horas y una posterior merienda a base de lo único que me quedaba en la nevera: un tomate, un limón seco y duro y un yogurt con la efigie de Pedro I de Rusia (el grande) de sabor turrón (aunque puede que en realidad fuese mostaza de Dijon).

En previsión de que se acercan las fiestas y que mi amada Terminator 2 se ha autoinvitado a mi casa para nochebuena con fines todavía no descifrados por mí, he decidido, en un alarde de elegancia, sentido de la dignidad y haciendo uso de las maneras tan exquisitas que en mí son naturales y que todos ustedes conocen, robar un pavo esa misma noche (ya cocinado) y a ser posible extraído ya del horno (aunque ahora que lo pienso un horno nuevo no me vendría mal).

Esta inseguridad en mí mismo me persigue por momentos hasta tal punto que me pregunto si además de un dudoso chef, no seré también un amante regular, un profesional mediocre o un escritor de serie B. Así que salgo al balcón con el ánimo de un héroe que sube a la montaña más alta para recrearse en las vistas de todo aquello que insufla valor en el corazón de un hombre, y miro entre la ventisca de nieve las farolas que alumbran mi calle, lúgubres y constantes; y un escalofrío me recorre la espalda (quizá porque el termómetro marque -6ºC). Un pensamiento con vocación de eternidad me inunda: La duda es la prueba a la que los hombres deben enfrentarse para tomar la determinación e ir más allá de sus propias capacidades. Ese pensamiento me emociona hasta tal punto que lágrimas afloran a mis ojos y crece en mí una determinación: Seré lo que yo quiera ser... pero a partir del uno de enero, de momento seguiré con el plan de robar el pavo.

Entro de nuevo en casa y enciendo la calefaccción. Mi corazón vuelve a la calma. Pedro I, el grande, me observa desde la etiqueta del frasco encima de la encimera con la dignidad y el reconocimiento que merece un igual a él. Sí, Pedro, el mundo necesita hombres como nosotros, capaces de soportar cualquier carga, hombres que amen su destino y que el destino esté hecho para ellos. Me acerco al frasco y lo cojo con mis manos. Leo: Mostaza Vlad Drakul. ¿De qué me sonará a mí ese nombre? Un retorcijón me aparta de mis pensamientos. Pedro I me mira y sonríe con cierta sorna. Otro retorcijón me dobla sobre mí mismo. Salgo corriendo al cuarto de baño tropezando con los cacharros de la comida y del agua de mis gatos, que me miran en silencio y sin inmutarse, quizá con cierta curiosidad. Probablemente murmuran en su lengua algo de mí, pero yo ya no estoy para verlo, yo ya estoy haciendo la pose del pensador de Rodin, con la conciencia nublada y embotados los sentidos, pensando en Terminator 2 y preguntándome qué querrá de mí en nochebuena.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Experimento culinario nº 3


(Lo de culinario debe venir de culo)

Se coge una tarde de lunes cualquiera, a ser posible una mala tarde que uno, en su estúpida ignorancia, crea que las cosas se pueden arreglar a base de hacer un pastel, un suflé, o cualquier otra portentosa manera de hacer una mezcla de ingredientes que, tras una elaboración sencilla y artesana, dé como resultado algo que no te provoque arcadas, la muerte (o la muerte por los espasmos que te produzcan las arcadas).

Paso número uno.

Se coge de la nevera esa piña de oferta irresistible y que lleva más de una semana en el cajón de la fruta. Se hace trocitos del tamaño de un puño después de pelarla.

Se abre aquella botella de cava que te regaló hace seis años un comercial del que siempre intuiste que no le caías bien en exceso (ni en defecto). No reconoces la marca pero prefieres no buscarla en google por si está entre las trescientas cincuenta formas de explosivos que la humanidad conoce.

Se cogen los trozos de piña y se mete en una batidora de vaso como la que tenía tu madre en casa hace treinta años. Batidora que yo he heredado de la mía mediante el filial sistema del hurto.

Paso número cuetro:
¡Qué malo está el puto cava! Se riega la batidora (por dentro) con el líquido espumante hasta cubrir los trozos de piña. IMPORTANTANTE: Se pone la tapa.

Paso número cinco

Se pone en marcha la batidora.
Se para de inmediato después de descubrir por qué era tan importante poner la tapa.

Se reinicia el batido de la mezcla durante treinta segundos. Es posible que en este punto el motor antediluviano de la batidora con la que tu madre te hacía las papillas, y que carece de cualquier protección, haya hecho saltar el diferencial automático de tu casa. Si levantas la palanquita y la luz no vuelve sal al descansillo, si allí tampoco hay luz, sal al balcón. Si tampoco hay luz en tu barrio, sal tú del país: el ministerio de Industria y la comisión nacional de la energía han puesto a trabajar a un equipo de más de trescientas personas para localizarte. Felicidades, acabas de hacer caer la red eléctrica en cadena y debe de haber seis o siete países a oscuras. Cuando te mueras irás al cielo de los musulmanes con treinta o cuarenta vírgenes del sexo contrario al tuyo. Aunque con la suerte que tienes seguro que se equivocan y te envían a toda la tropa de tu propio sexo.

Paso número seis

LA papilla espumosa de color amarillento está a punto de nieve. Pruébala.

Inocente... ¿qué te hacía indicar que eso no iba a estar asqueroso? Recuerda en ese momento que en casa hay canela. Échale canela a discreción. Sigue estando asqueroso. En este punto hay que ser cauto. Cualquier mente científica como la nuestra llegará a la conclusión de que "habrá que echarle más canela". Error. Hay que echarle edulcorante Natreem a porrillo. Lo vuelves a probar. Está igual de asqueroso pero sabe dulce. Un dulzor químico e insalubre.

Paso número siete.

Después de un corto (pero intenso) debate con uno mismo se llega a la conclusión de que hay que tirar esto, con el consiguiente argumento en contra: Cómo voy a tirar esto si la piña me costó tres euros. Se elige una solución de compromiso: se mete en un bol y se introduce en el congelador con la aviesa intención de sacarlo en un día no muy lejano y "ya veremos qué hago".

Y ya tenemos el famoso helado de piña al cava.

(que me estoy comiendo mientras escribo esta receta exquisita y por la que opto al Nobel de la Paz del año que viene)

Si tenéis niños no lo hagáis en casa, puede crear transtornos del sueño y manías persecutorias (de ellos hacia vosotros). Negaré cualquier implicación en este asunto. Mi abogada es implacable y no admitirá ninguna demanda. Mi abogada es terminator 2.

A veces terminator 2 y yo dormimos juntos. Ella desconoce la existencia y sabor de mi patente.

Y yo rezo para que nunca lo descubra.

sábado, 5 de diciembre de 2009

No Bridge




Pues no, no me voy de puente. Me quedo por aquí, con mis cosas...

viernes, 4 de diciembre de 2009

El silencio


Esta noche he encontrado cierta calma. La calma es como ver pasar las nubes, es como charlar con los amigos más queridos. Es encontrar la novela y sus personajes esperándolo a uno con el regalo de su personalidad mucho más clara. Esta noche mis dedos han investigado teclas y han resuelto viejos y planteado nuevos jeroglíficos.

Esta noche huele a que todo es posible y a que casi todo tiene una continuidad. Pero se me cierran los ojos. Y se me ha gastado la pila. Y me dejaré llevar despacio a través de los sueños hacia el rincón en el que habitas, en el lugar exacto en el que se marca en el mapa tu insólita presencia.

A veces uno se convierte, sin saberlo, en su mejor peor enemigo, en la oveja negra del rebaño de nubes negras. Y algo luminoso crece y crece. Hoy he comprendido algo que no puedo expresar en palabras, algo que mañana seguirá teniendo vigencia, algo que ha madurado en mi interior en el silencio de todos estos días.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Toda la verdad sobre la niebla


Dice el bicho que estoy hecho de mantequilla, que soy fácilmente cuestionable, que tengo el sabor que tiene la sangre cuando te muerdes demasiado fuerte el labio inferior, que soy una presa fácil, que no acaba conmigo porque para qué si no tengo escapatoria.

Dice el bicho que debería estar muerto de miedo, que durante la próxima luna nueva habrá cambios y más cambios y entre ellos uno que me hundirá para siempre en unas arenas movedizas eternas de poco más de un metro sesenta de profundidad "lo suficiente para que puedas respirar pero no puedas huir". Dice el bicho que ya se acerca el día y la noche en la que todo se desencadene, el día y la noche en la que todo (pasado y futuro) se convertirá en presente "un presente que no podrás soportar".

Sin embargo el bicho se queda callado cuando le pregunto si existe la posibilidad de que un todo esté hecho de infinitesimales todos, que la realidad no sea otra cosa que la superposición de miríadas de realidades. Ahí es donde el bicho me demuestra que tiene una pequeña debilidad. Y esa debilidad es mi esperanza. Esperanza de que exista una salida negociada, la esperanza de que tarde o temprano exista una fisura por donde las letras caigan en el cesto correcto y alguien, en algún lugar alejado, mire, lea, piense y diga "por aquí, toni, el camino es por aquí".

Entonces el bicho se enfurece y se restriega por las paredes de mi casa, abre y cierra las puertas, convoca a los otros demonios y se pasan la noche aullando por el barrio, viniéndome a ver cuando me saben dormido, inseguros y despiadados como una bandada de estorninos desorientados, deseosos de algo que no saber qué es ni dónde se encuentra.

Luego llega la mañana y la mañana es como un gran portalón que se abre y deja pasar la escarcha unos centímetros adentro que, tímida, no llega a penetrar del todo la oscuridad de mi alma. A veces, lo reconozco, pienso en ti y en la tibia dulzor de tu piel tan blanca, en el sabor a amapolas de tus labios amargos, pienso en tí y en esa forma tan triste que tienes de ser alegre y en esa forma tan niña de ser adulta. Entonces deseo estar a tu lado y agarrarme muy fuerte a tí, en un abrazo que me recuerda a ese cuadro que nunca recuerdo cómo se llama y en el que unos náufragos ven salir unos primeros rayos de sol entre las nubes.

Y sé que soy un boxeador que sólo pierde a los puntos, pero me cuesta tanto hacer puntos... A veces creo que sólo sé ganar con el crujir del aire, en las heridas abiertas, en las marcas en la piel del otro.


miércoles, 2 de diciembre de 2009

La niebla


Llevo diez días encerrado en casa. Afuera, en la calle, condensa lentamente una neblina con los vahos de los vecinos y el humo de los coches y que va camino de convertirse en una nube; una nube sucia y pegajosa, inmóvil, ajena al viento que la desharía o se la llevaría. Como esa nube sin su viento, así me siento yo sin tí.

Hace tiempo que la asociación vecinal perdió la esperanza de que el viento airease la calle. Después de más de veinte edificios derribados (los primeros por orden municipical y los últimos a pico y pala enarbolados por la turba desesperada) los vecinos se volvieron huraños y cesaron las reuniones para poder encontrar soluciones (o señalar a un culpable al azar y despellejarlo, o destinar los recursos de las fiestas a la construcción de un ventilador gigante). Cabizbajos y paquidérmicos, los niños van al colegio con la ropa húmeda que sus madres hace tiempo dejaron de tender para que se secara al sol. Los niños juegan en otros barrios, algunos se han ido a vivir con parientes que viven apenas una calle más abajo, por donde sí pasa el viento con la misma irregular regularidad de siempre. Y los adultos miran desde detrás de las ventanas, desalentados, la niebla preguntándose si se trata de un castigo divino o si, simplemente, el fenómeno (más bien la usencia de éste) responde a una causa científica.

Hace un mes ocurrió algo que nos dió esperanza durante un corto espacio de tiempo. Bajó la temperatura bruscamente y la nube se condensó provocando una lluvia fina que alivió momentáneamente el bochorno irrespirable de la calle. La alegría duró poco. El tiempo que tardamos en darnos cuenta de que aquella lluvia espesa venía a empaparlo todo con una consistencia y un olor nauseabundos, que las cloacas desprendían un sonido como a lodo, que aquello más que un alivio suponía la constatación de que si algún día el viento se dignaba a pasar por la calle y llevarse el aire enrarecido, nos quedaría el recuerdo impregnado en las paredes de los edificios, en las aceras, en el brillo asesinado en las carrocerías de los coches.

Diez días llevo escuchando a Camela. Enloquecido y con los ojos vidriosos de ver todos sus vídeos una y otra vez, enferma el alma, enamorado locamente de la Angeles u odiándola a muerte según el momento y el estado de mi corazón. Te echo de menos y todas sus letras me traen tu recuerdo con el repiqueteo de la caja de sonidos del órgano del tío de los tres que ni canta ni actúa ni nada de nada.

Algunas noches cuando consigo dormir te requetesueño y me hundo en las aguas oscuras de tus ojos que en otro tiempo fueron cristalinas. Otras veces sueño que me ahogo y al contrario de lo que pasaría si lo hiciera de verdad, cuanto más me falta el aire menos angustia siento y sólo la idea de que la tranquilidad absoluta me supondría la muerte y con ella la imposibilidad de volver a verte, me devuelve poco a poco la respiración. Sé que tarde o temprano llegaré a la conclusión (supongo que también en sueños) de que es mejor llegar hasta el final pero de momento todavía mantengo el control y siempre vuelvo a la superficie de tu mirada. Y allí permanezco... hasta que vuelvo al ordenador y enloquecido, a la visión compulsiva de los vídeos de Camela.

La vecina del primero primera ya no me odia, ha pasado a la indiferencia. Y si bien todavía algunas veces derrama cubos de agua cuando yo paso y aplica al charco que se forma una corriente eléctica considerable (cualquier día hace caer las líneas de alta tensión una tras otras desde Balsareny hasta Grenoble) ya no lo hace con aquella vivacidad en el rostro y se ve que su maldad se ha tornado en una malicia casi inofensiva empujada por una inercia cada día menos veloz y que, el día menos pensado, dejará de interesarle realmente mi presencia en este mundo. Llegado ese día, no sé si lo soportaré. De momento, estoy tranquilo porque me responde, eso sí, sin aquella voz de ultratumba, a mis buenos días con su clásico y entrañable "hijo de la gran puta".

Pero sigo pensando en tí aún a la una de la madrugada y escuchando "lágrimas de amor" a todo trapo. Te imagino lejos y en compañía de otro que no soy yo, en un hotel quizá, en una residencia campesina tal vez, en cualquier caso, acabo por volver a pensar y escribir. Mañana vuelvo al trabajo. Lo he decidido. El jefe no ha parado de llamarme y no le he cogido el teléfono. Tal vez esté molesto. Tal vez por eso sus mails amenazándome con despedirme al principio y despidiéndome después.

Creo que si le cuento lo de la ausencia del viento, lo entenderá.