martes, 7 de agosto de 2012

Te leeré como un ciego


Me dejo llevar por las calles, como si mi caminar estuviera guiado por un susurro que sólo soy capaz de escuchar en agosto, cuando la ciudad se vacía de las voces que la habitan y se entrega a los pocos que quedamos; le habla a las plantas de mis pies como si estuviera convencida de que con ellos la oiré y me pide que no me vaya "no me dejes sola con tantos extraños". Y debo de estar loco porque la oigo decir que hoy quiere que le acaricie la piel de asfalto hasta llegar al mar.

Me dejo llevar por sus palabras que laten al ritmo de mi cerebro y leo su piel de cemento con la planta de los pies como un ciego lee braille con las yemas de sus dedos, mientras ella siembra de sílabas y letras todas las aceras creando un camino de baldosas amarillas que me cuenta historias que no conozco y otras que conozco demasiado. A veces, cuando me paro en un semáforo, la ciudad mira alrededor a través de mis ojos. "Me gusta subirme a ciertas personas como un niño a un árbol. Normalmente, yo a la ciudad la veo desde abajo ¿sabes? Como un pez ve la quilla de los barcos". Cuando el semáforo se pone en verde me da las gracias y vuelve a  convertirse en aceras y en pasos. Le enseño la ciudad desde donde yo puedo ver y me pregunto si no es lo que hace un autor a sus lectores: mostrarles qué hay más allá de la pecera para luego devolverlos al agua, escurridizos y hambrientos de otro autor que les enseñe otra porción de ese mundo de aire donde pueden sentir la ingravidez por unos instantes.

Pasamos por lugares que van asociados irremediablemente a personas con las que estuve ahí. Ella se da cuenta y me dice que todos dejamos huellas por la ciudad. "Todo lo que vives, todo lo que sientes, queda grabado en mí. Cuando estás en un lugar donde has sido feliz, yo lo sé, lo siento contigo". Me dice que las huellas no entienden que pasa luego."Si has sido feliz junto a alguien en ese lugar, así se quedará, por mucho que después hayas sido desdichado. Es como una fotografía... aquí fuiste feliz" me dice cuando paso por la Barceloneta. Me limito a sonreír y pienso que la ciudad está hecha, en realidad, de todas las pisadas que han representado algo para alguno de sus habitantes, y no puedo evitar preguntarme por otros puntos de la ciudad en donde fui feliz y desdichado casi al mismo tiempo y si de alguna forma al borrarse las pisadas podría borrar también los recuerdos. 

"No es momento de ponerse triste. Ahí tienes la arena y el mar" me dice. Me quito los zapatos y me meto en la arena y a pesar de que sé que no es la misma arena que pisé, un escalofrío me abre en canal porque yo no puedo desconectar a las personas de los momentos felices ni de lo que vino después. Mi vida se detiene y dejo de escuchar el susurro con la que la ciudad me habla, al rato entiendo que se ha despedido de mí, que ella también me haya dejado solo sin decir adiós. 

Después de unos minutos, cuando ya no me quedan más palabras que deshacer contra el muro de la realidad, me remango los pantalones y meto los pies en el agua. El mar no habla, al menos a mí, o al menos no lo hace hoy. Así que vuelvo a la arena y de la arena al paseo, y camino descalzo entre desconocidos con gafas de sol y cuerpos bronceados y repletos de vida; y a cada paso mi cerebro late llamando a la ciudad para que me acompañe de vuelta a casa, que me hable con huellas cálidas que me reconforten y pienso en cosas que no debería pensar y en qué ocurrirá en la parte alta y si las huellas de otros presentes estarán deambulando por otras ciudades o en otra orilla de este mismo mar. Y susurro como si mis pies tuvieran esa boca que no tienen, en cada semáforo en el que me detengo: "Vuelve. No me dejes solo con tantos extraños".

A mí, personalmente, me gusta más esta versión que la definitiva. Aunque también me gusta. No sé. Supongo que me gusta lo raro y no soy capaz de transmitir eso. O quizá sea lo único que transmito.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Hoy eres abstracto, seductor y al mismo tiempo tan real y pasional...
Barcelona debe sentirse enamorada porque tiene quien la lea de cabo a rabo y además...no la deja abandonada, a la deriva....

Besos Catalán, desde el otro lado del mar, mi mar.

Darío dijo...

Qué cosa bonita, la relación con la ciudad, la ciudad que habla, el mar callado...Un abrazo.

Espera a la primavera, B... dijo...

Nadie está del todo a la deriva. Hasta los derrotados acaban conociendo la versión más humana de la derrota, hasta el ser más solo siempre se tiene a sí mismo. La ciudad está bien, mirándonos desde abajo, desde el submundo del que es, también, parte.

Besos alíseos.

Anna K. dijo...

El mar, per mi, la vida.
Barcelona, casa meva.

Estic aprenent a veure-li la màgia la buidor estiuenda d'aquests dies

Espera a la primavera, B... dijo...

Gracias Darío. Me gustaron tus poesías, espero que no te moleste que te siga...

... y sí, la ciudad es un monstruo que vive bajo la superficie del asfalto, algo así como un tiburón blanco que a veces se vuelve delfín y otras ballena, y otras se sube a los árboles o se vuelve piedra. Yo siempre la he sentido así. Tan llena de vida y tan llena de sangre, de mapas no escritos de cosas que han ido sucediendo a lo largo de los años...

... todas las ciudades están vivas.

Espera a la primavera, B... dijo...

La buidor de les ciutats ens recorda que hi ha una altra ciutat dins la mateixa ciutat, una que no té presses i que ens espera a cada cantonada per passar-nos el braç per l´espatlla i acompanyar-nos una estona allà on anem.

És un bon lloc el mar per posar-hi la vida.

Darío dijo...

Nos vamos siguiendo...