domingo, 9 de diciembre de 2012

Los que no nos perdonan que no los perdonemos



Me vestí rápido y bajé la escalera corriendo, dejando atrás a la mujer con la que creía que viviría el resto de mi vida y con quien posiblemente lo hubiera hecho si Goldman Sachs no hubiera decidido mover los hilos de la tela de araña donde tiene atrapado al mundo y hubiera decidido que había llegado la hora de  comérselo.

Me detuve en el rellano desde donde aún podía verla de pie ante mi puerta, mirándome sin entender nada, creyendo que yo pudiera ser aún el mismo hombre que había sido. Me miró con un "no somos nada el uno sin el otro", con un "¿qué vamos a hacer cada uno por su lado?" y en ese preciso instante sentí una punzada en el estómago, porque probablemente fue la misma mirada que ella vio en mí cuando me cerró la puerta para abrírsela a otro hombre, con el que no podía tener nada que hubiéramos tenido entre los dos.

Me acordé de las noches en las que mi insomnio velaba su dormir, los pequeños detalles para cuando llegara a casa, la vez que corrí desde el otro lado del mundo sólo para cogerle la mano, recordé las miradas con las que no podíamos escondernos nada, el ardor de la sangre cuando los cuerpos pedían a gritos devorarnos el uno al otro por dentro, me acordé de todo lo que fuimos y en que ella pensó que lo mejor estaba en otro lugar, con otra persona, que lo mejor estaba en cambiar los muebles de sitio y de paso, a mí con ellos.

Me detuve un instante, lo suficiente como para saber que la mujer de mi vida me necesitaba más que yo a ella, lo suficiente como para saber que a partir de ese momento los dos seríamos dos mitades buscando algo que nada las completará. Y lo supe, porque yo llevaba sintiendo eso durante todos los meses que duró su indiferencia, su voz tediosa al otro lado del teléfono con prisa por colgar. Sólo se dio cuenta de lo que yo significaba cuando desparecí de su vida.

Y ahora me había encontrado, pero había encontrado a un fantasma. Un fantasma con la brújula rota, un loco con prioridades distintas a las suyas, a alguien con la superficie del corazón quemada, un animal herido que no se fía más que de otro animal herido. Cuando bajé el primer escalón de la escalera que va del rellano desde donde la veía hacia abajo, cuando puse el pie en él, tuve la certeza de que ella no perdonaría nunca lo que estaba haciendo, y en cierta modo supe también que yo tampoco me lo perdonaría, que si alguna vez hubiera podido volver a ser un hombre normal ahí se me acababa el camino.

Alcancé la calle justo cuando la noche empieza a tener ese inapreciable fulgor de cuando el sol es aún invisible y azul, cuando lo único amarillo son las luces de las farolas y su reflejo en los charcos del asfalto. No se la veía por ninguna parte, así que tuve que buscar el rastro de purpurina que dejan las musas y las hadas madrinas cuando van camino de alguna parte aguantándose las ganas de llorar.


2 comentarios:

Sasha dijo...

me encanta(s) en cada texto.

Espera a la primavera, B... dijo...

Supongo que en todo hay que poner mucho de lo que eres, de lo que sientes, de lo que deseas.

Supongo que después de toda la vida leyendo, escribiendo, viendo cine, hasta las películas del domingo por la tarde, uno reconoce qué es lo que le gusta, y trata de reproducirlo con su propia voz.

El tiempo es un gran aliado, y al mismo tiempo es un gran enemigo. Cuando era pequeño quería ser escrito e inventor y mi referente era Julio Verne, ya sólo me queda África para completar el círculo.

He inventado una máquina, escribo casi a diario en el blog, y sin salir de casa... Julio Verne estaría orgulloso de mí.

Gracias de corazón por tu comentario, y por el paréntesis que encierra la s.

Besos

Toni

PD: De la parte del corazón que no está quemada, claro ;-)