martes, 11 de diciembre de 2012

Camino de la perdición



Seguí el rastro de una vía láctea de purpurina en dirección a donde creía que iría. Sólo sabes hasta qué punto te importa alguien cuando sabes a dónde iría en caso de que saliera corriendo sin dirección aparente, a dónde le llevarían sus pasos cuando no se quiere ir a ninguna parte. Fui a paso ligero porque el barrio se mantiene tranquilo mientras que nadie corra; hay lugares en los que correr sólo puede significar que te persigan, y cuando tienes algo que ocultar lo mejor es que no te pille en medio y, en este barrio, todos tienen algo (mucho) que esconder.

Doblé la última esquina por la que la he visto desaparecer todas las veces que la he seguido. Ahí desaparece siempre, tras esa esquina mordida por la humedad, y no es que se meta en algún portal, lo que ocurre es que esa es la frontera que me marca ella, más allá de esa calle existe un país vedado incluso para mí. Nunca he sabido cómo había logrado intuir que la seguía, porque es imposible tener la certeza. Soy extremadamente bueno en pasar desapercibido, en no hacer ruido, en entender mejor a las sombras que a las personas.

Pero ella lo supo y determinó que ahí terminaba lo que podía saber de ella. Y en cuando me dí cuenta lo respeté, como se respetan el interior de las iglesias o el dinero que se recauda para los pobres. Ahora eso iba en mi contra, por eso tenía que darme prisa; por eso y porque no quería que desapareciera de mi vida como yo lo había hecho con la mujer que había dejado tan sólo hacía unos minutos escaleras arriba, frente a mi puerta.

Me dio un vuelco el corazón cuando la vi en mitad de la acera, apenas a unos cincuenta metros de mí. Hablaba con un un hombre fornido, de aspecto fiero, probablemente extranjero, de uno de esos lugares donde a los niños se les arranca el alma al nacer para poder criar bestias que no tengan conciencia con las que sentir qué está bien y qué no. La agarraba de una muñeca y permanecía impasible, ni tan siquiera creo que disfrutara con el poder que le otorgaba su descomunal fuerza. Mi musa trataba de soltarse y la gabardina negra se le balanceaba como una vela mayor que se suelta en medio de una tormenta.

Mi primera opción fue quedarme quieto, observando, sin saber qué hacer. Sabía que no tenía nada que hacer si llegaba allí e intentaba razonar con aquel mastodonte; es más, se pondría nervioso y cuando alguien así siente que no domina la situación, es capaz de cualquier cosa. Y cualquier cosa es demasiado para mí. Así que opté por la sorpresa. Busqué algo contundente a mi alrededor, una barra de hierro olvidada entre los contendedores de basura, una piedra suelta, un pedazo suelto de bordillo de la acera, busqué, pero lo más contundente que encontré fue mi propia rabia. Paradójicamente las piernas me temblaban, y sin saber cómo, empecé a correr hacia los dos, sin saber aún qué haría cuando llegara.

Ella me vio venir, abrió de par en par sus ojos pero no dijo nada. Él dudó un instante en si obedecer a sus reflejos y mirar a donde miraba ella o en si creer que era un farol para que mirara donde ella quería que mirara para hacer algo que le permitiera zafarse de él y huir corriendo. Pero para cuando se dio cuenta de que las hadas madrinas no pueden correr con semejantes tacones, yo ya estaba encima de él, con el puño a punto de llegarle justo detrás de la oreja. Quizá llegó a ver mi sombra, o a oír los últimos pasos de mi carrera, quizá hasta pudo verme con el rabillo del ojo y se hizo la idea de a quién debería buscar cuando se recuperara. Yo recé para que no fuera tan rápido como para esquivar el golpe aunque sólo fuera por un centímetro, y por suerte para mí no lo era.

Algo crujió, en ese momento no supe si era su cráneo o mis falanges, el caso es que el bicho había decidido que la rabia y el odio son más fuertes que el miedo y que esa noche iba a ser o una noche gloriosa o la de nuestra muerte. Y entonces supe que mientras el bicho estuviera conmigo aún tendría una posibilidad aunque fuese entre un millón de volver a sentirme un hombre de verdad. El bicho gritó de rabia, gritó de alegría y se desbocó a galope encendiendo mi pecho, mientras que en ese mismo instante me sobrevenía la certeza de que pese a todo, mientras tuviera algo o alguien por quien luchar, mis límites estarían más lejos de lo que yo creyese.

Se desplomó como un árbol que arranca un vendaval: lentamente, intentado mantener los pies en el mismo sitio por si las raíces aguantaban un último esfuerzo antes de que otro golpe de viento lo tumbara definitivamente. No sé si llegó a perder el conocimiento, intentó aferrarse a mi musa queriendo detener su caída pero sólo logró arrastrarla en ella. Ella se soltó justo cuando perdía el equilibrio, retirando la mano con un gesto seco.

Lo miró para cercionarse de que estaba fuera de juego, luego me miró a mí sin una emoción en su cara, me miró perpleja y enfadada, y contenta, y temerosa, con preguntas sin respuestas, con la duda de si huir o abrazarme, de si salir corriendo sola o conmigo.

"Tenemos que irnos" dijo "la has... la hemos hecho buena". Y salió corriendo calle abajo. "¿A qué esperas?" preguntó, y la seguí de inmediato, consciente de que había empezado algo que no iba a acabar bien para ninguno de los dos. Empecé a correr mientras el bicho miraba hacia atrás y sentía esa clase de orgullo del que ha hecho algo que sabe que nunca más va a volver a poder hacer. Y empezó a aullar y a reír, al mismo tiempo que me susurraba "la has cagado de nuevo", y volvía a reírse de mí, de que fuera tan fácil acabar conmigo, de que le brindara tantas oportunidades para joder mi destino.

Corrimos sin parar cinco manzanas más, habíamos salido del barrio y estábamos en otro menos siniestro. Algunos edificios eran nuevos y a otros les habían rehabilitado la fachada hacía más de diez años. Entramos en un portal con suelos de mármol rojo y espejos en las paredes, el ascensor estaba en la planta baja, entramos y subimos hasta el tercero. Mientras el aparato subía no nos dijimos nada. Sólo nos miramos.

Se cambió de ropa y se puso unos jeans y un jersey grueso, e hizo la bolsa con lo imprescindible: mudas limpias, más ropa de calle, un neceser y unas cuantas cajas que no mostraban lo que encerraban. Salimos al rellano. El ascensor aún seguía allí. Se detuvo a mirar el piso desde la puerta un par de segundos antes de cerrar la puerta con llave. Luego me miró a mí y se metió en el ascensor.

Bajamos. "Supongo que sabrás algún lugar a dónde ir" me dijo. No supe qué decir. No había pensado en nada. Hasta ese momento sólo la seguía mientras trataba de acallar al bicho.

Llegamos a la calle. Miró hacia ambos lados. "¿Sabes conducir?" me preguntó. "Sí" respondí. "¿Y abrir un coche y ponerlo en marcha?" volvió a preguntar. Mi cara de asombro debió de dejarle clara mi respuesta.

"Mientras tanto cogeremos un taxi. Sé dónde hay uno" dijo. Y volví a seguirla por las calles, mirando hacia atrás de vez en cuando, esperando no cruzarnos con un enemigo invisible que no tardaría en salir a buscarnos. Lo que sí empezaba a quedarme claro es que mi hada madrina era una experta en fugas, o que al menos había estudiado un plan B para cuando las cosas se pusiera feas y su afilada varita mágica no sirviera para defenderse de los lobos feroces. Y me pregunté si en ese plan B yo había estado alguna vez incluido o si no era más que un mero accidente. El bicho me dijo desde muy cerca y desde muy adentro que había sido un estúpido por seguir a la mujer equivocada en lugar de quedarme al lado de la mujer de mi vida. Quizá aún no era demasiado tarde, quizá la mujer que se quedó esperando frente a mi puerta aún me esperaría, me decía al oído.

Quizá el bicho tuviera razón, quizá fuese verdad que todo lo estropeo y tomo siempre las decisiones equivocadas, pero allí estaba ella, o más bien su espalda, yo llevaba una de sus bolsas, por mi parte no tenía nada mío excepto la ropa que llevaba puesta, seguía aturdido, hacía tiempo que no hacía nada más que sobrevivir a la miseria, y mi alma tiraba de mí por inercia a sabiendas que si el bicho me hablaba de la mujer de mi vida, a mi hada madrina su esfinge le decía al oído que se deshiciera de mí en cuanto pudiera.

Llegamos a una parada de taxis en la confluencia de dos calles anchas, de varios carriles. "Hola Susi" la saludó uno de los taxistas.

"No te hagas ilusiones, Susana no es mi verdadero nombre" me dijo sin ni siquiera volver la cabeza para mirarme.

"¿Y cuál es tu verdadero nombre?" pregunté.

Entonces sí se giro, me miró sin emoción, sopesando dejarme allí tirado mientras ella escapaba "Si sobrevivimos a esta noche te lo diré" dijo. Y sonrió.

Y al sonreír el bicho se calló, mi cuerpo se relajó. Y entonces supe por qué había tomado la decisión de salir tras ella. Lo supe sin que pudiera explicarlo con palabras. Sentí que incluso si nos encontraba fuese quien fuese el mastodonte al que había noqueado y me hacía picadillo, estaba haciendo lo que de verdad quería hacer.

2 comentarios:

Anna K. dijo...

Tengo la sensación de que hoy en día ya nadie sale tras ella...

Petons i bona setmana!!

Espera a la primavera, B... dijo...

Quizá el problema de base del mundo es que ya nadie sale corriendo detrás de nadie, que nadie lo dejaría todo por otra persona. Quizá la codicia no sea otra cosa que cobardía.

Pero también, y es una realidad, para salir corriendo detrás de alguien, ese alguien debería estar dispuesto a dejarse seguir.

Y no es tan sencillo, casi todos tenemos un plan B para salir huyendo. Si hay algo por lo que se recordarán estos tiempos, es por todas las vías de evasión que nos creamos para poder salir corriendo.

Quizá todos los textos que últimamente escribo encierran una metáfora de lo que vivimos... y quizá una de nuestras huidas, entre otras, escribir un blog.

Un fuerte abrazo.

Toni

PS: No son horas de andar despierta un lunes. ;-)