lunes, 2 de julio de 2012

Ronda del mig


Podría haberlo evitado. Podría haber pasado por otra calle en lugar de por esa maldita acera, pero entonces no hubiera recordado el locutorio ni que escribí para ella uno de mis mejores posts un mediodía mientras esperaba a que saliera de trabajar y pudiéramos reunirnos en una habitación barata para arrancarnos el envoltorio de plástico que cubría nuestras ansias de animal en celo. Pero no he podido evitarlo, tenía que pasar por delante para llegar hasta donde me habían convocado a una reunión de negocios. Negocios sucios, tan sucios que también me hubieran recordado aquél día si hubiera acudido a otro lugar que no tuviera que ver ella.

La terraza sobre un patio, un jardín interior que simula un bosque tropical y que lo consiguiría si el desorden no estuviera estudiado hasta el mínimo detalle: un desorden demasiado perfecto para esconder una mano metódica y amante de lo espontáneo pero incapaz de soportar una hoja fuera de lugar. Dos viejos conocidos que han dejado de querer conocerse porque hay demasiados lugares ocultos que ni tan siquiera ellos quieren recordar, pedimos sushi por teléfono y hablamos de todo menos de nosotros, preguntamos cosas que se contestan con "bien" y con "ví a M...", creo que si por algún motivo a uno de los dos se nos abriera una rendija por donde asomar el bicho de cada uno sentiríamos vergüenza, una vergüenza infinita que no conocería nunca más un lugar a salvo en el que ocultarla. Me pide que le hable de ella y yo le cuento cosas sin importancia, como si al volver a nombrarla tomara forma de nuevo y tuviera el poder de hundirme hasta las profundidades del abismo del que tanto me costó salir. Sonrío como si la herida estuviera cauterizada dado el tiempo transcurrido y entonces pienso que no importa el tiempo que haya pasado, algo de mí se quedó para siempre entre las cuatro paredes de la habitación en la que nos devorábamos con las manos, donde me hundía en ella hasta volverme grito.

Bebemos algo que tiene el poder de disolverla hasta convertirla en un aroma que aparece sólo cuando me acerco la copa para tomar un sorbo y desaparece en cuanto la alejo. Me pregunto si podría olvidarla con tanta facilidad, aguar su presencia en hielo hasta que se volviera insípida e inolora, al tiempo me respondo que entonces viviría en todas las copas, en todas las bebidas que bebiera el resto de mi vida, como si lo inundara todo con su nueva forma, como si fuera tomando todos los cuerpos, todos los soportes posibles, hasta convertirse en un todo del que sólo pudiera escapar saltando desde muy arriba con la esperanza de que ella no hubiera adoptado también la forma de la muerte.

Cuando estamos acabando me llama María al teléfono. Sonrío al ver su nombre en la pantalla porque no puedo evitar saber que al otro lado, en su auricular, ella esboza esa alegría con la que inunda todo lo que está a su alrededor. Hablamos poco, me da recuerdos para el monstruo y me dice que luego pasará a verme. Me gustaría decirle que a pesar de que yo soy mucho más grande, cogerla de la mano me da más seguridad de la que he tenido en mi vida, que su fuerza es esa inmensa pasión por la vida que a mí se me olvidó hace tiempo, que vivo aterrado a que un día me suelte, pero no lo digo, los hombres no podemos decir esas cosas porque esas cosas no existen en nuestro lenguaje. Somos los fuertes, los que sabemos a dónde ir y cómo hacerlo, los que tenemos el caparazón tan duro que ni el cielo infinito de estrellas podría agujerearlo si chocara contra él. Y lo que no se puede nombrar no existe.

Colgamos. El monstruo hace un comentario que se pierde por el desagüe por donde se olvidan los años vividos. Le sonrío porque me conoce y sabe que en la debilidad es donde radica la fortaleza de los que viven entre el dolor de la soledad y el pánico a que sobrevenga sin avisar.

El monstruo saca un libro que ha escrito y me lo dedica en bolígrafo rojo.

Últimamente los bolígrafos de tinta roja se han adueñado de mi vida.

Y los de gel verde, y de colores que no había visto nunca antes.

Al volver paso de nuevo por delante del locutorio donde un día me convertí en nómada para siempre. Aunque quizá ya lo era y mis pies sólo tuvieron que recordar que no tienen un hogar sobre el que construir un futuro.

Llamo a María sólo para escuchar cómo su boca se ensancha hasta convertir el silencio en una sonrisa infinita. Con eso me basta.

1 comentario:

Alba dijo...

Me alegro de que exista una María, al menos, y de que el monstruo ya esté fuera. Cerca, pero fuera.

Me encanta esta canción, y la de 'Born to die'.

Saludos :)