jueves, 4 de febrero de 2010

Cinco (veinte) minutos


Hay días en los que no puedo escribir. Trato de poner en orden sensaciones y pensamientos pero es como pasar por un colador algo demasiado grueso dentro de un medio demasiado denso. No cae nada esta mañana. Podría decir que el cielo gris me cubre las palabras de nubes y que yo nunca fui de nubes pero mentiría y no quiero mentir; y es que, no sé el porqué, últimamente soy demasiado franco con los demás y conmigo mismo, algo que no sé si corresponde a una excesiva temeridad por mi parte o si se debe a que al final he optado por desocializarme del todo y quedarme a vivir en la más absoluta soledad.

Aguanto poco, lo reconozco. Diría que aguanto lo justo, pero para decir esto tendría que existir alguien que debiera impartir justicia o por lo menos decir qué es lo justo. Y naturalmente, yo no se lo aguantaría, por lo que en realidad digo que aguanto poco como contrario de aguantar mucho (o como dicen algunos "carros y carretas"). Me estoy liando.

Ayer comí por primera vez en mi vida "lichis" crudos. Hasta ahora siempre los había comido en almíbar y en los restaurantes chinos. Me gustaron los lichis y pensé que debe de haber muchas cosas en el mundo que me gustarían crudas. Me comería tus labios crudos, tus pechos crudos, como un lichi o una mandarina, después de haberte quitado la ropa, con las uñas y los dedos, pero eso tú ya lo sabes, lo sabes como quien sabe la tabla de multiplicar, es decir, con un conocimiento que crees que es una habilidad y que vive almacenada en algún lugar de la memoria hasta que se desencadena la ocasión para salir a la luz. dos por cuatro: ocho, mis manos debajo de tu camiseta: tus pechos. A veces pienso que vivo en un país indeterminado, un lugar sin leyes ni ordenanzas municipales que regulen este deseo de estar a tu lado, que vivo ilegal en tu pensamiento, con derecho a educación y asistencia sanitaria pero despojado del derecho a vivir en tu boca, a llenarme del olor de tu piel por las mañanas, a sentir el frío al que se condenan las sábanas cuando tú te levantas, casi siempre antes que yo, casi siempre a muchos kilómetros de distancia.

A veces pienso demasiado en ti, tanto que cinco minutos se convierten en veinte casi sin quererlo, veinte minutos que luego tengo que recuperar de la nada a un jefe vago e idiota que no se afeita por las mañanas, que no sabe ni que existes, que no se imagina que escribo cartas de amor desde mi puesto, un jefe mezquino que nunca se acuerda de pagarme el día que debe por convenio, que te miraría con un deseo sucio si entrases alguna vez por la puerta de la oficina, que no tiene lucidez en los negocios, que probablmente se lo gaste todo en juego y en mujeres, que no puede entender algo más allá de lo que caben dentro de estas cuatro paredes.

Veinte minutos son demasiados incluso para este jueves de febrero, demasiados para el mucho trabajo que tengo. Vuelvo a él, te llevaré conmigo.


2 comentarios:

hécuba dijo...

qué bonito

Damatista dijo...

me encanta esa canción :)