martes, 30 de septiembre de 2008

tu boca


He recorrido muchos kilómetros, he visto caerse el cielo en la tierra de Itaipú y he visto ponerse el sol por el este cerca de un lago. He visto peces que cambian de color si los tocas, delfines que lloran de amor y añoranza y que me condujeron a una gruta en el fondo del mar donde existe una burbuja de aire que tiene miles de millones de años y en la que conversé con una auténtica sirena y donde ésta me susurró al oído el nombre de la mujer que amaré sin ser correspondido y el nombre de la mujer que sí me corresponderá (y he extraviado sus nombres).
He adorado a un dios viviente y me ha abrasado con su mirada, me ha bendecido una diosa elefanta y he amado unas ruinas como si allí estuvieran mis más profundas raíces, a más de diez mil kilómetros de mi casa. He visto cosas que no se han de repetir jamás en lo que nos queda de Historia y otras que se repetirán hasta el fin de los tiempos y sin embargo...
... sin embargo me quedo con tu boca, con tu boca que quedo mientras tu boca sea tuya.

lunes, 29 de septiembre de 2008

¿Y ahora eres ladrona de bancos?


Llámame mañana, se me hace largo el día, la semana, la vida, sin tu voz de al otro lado. Ya sé que no me quieres y que no te importa que yo lo diera todo por ser el prestamista de tus besos. A cien por cien de interés... por cada uno que te dé, me tienes que devolver dos.

Pero llámame.

vídeo: Fito y los fitipaldis - Cerca de las vías

A veces sueño contigo


A veces me caigo y otras me levanto, cuando estoy en el suelo aprovecho para mirarte debajo de la falda, cuando me levanto te miro el escote, me gusta cuando me acaricias a fuego lento y me derriten tus dedos, eres lo mejor que aún me queda por conocer y lo mejor conocido.
Eres ese sueño del que siempre despierto y en el que me descuelgo por la ventana de tu casa una vez nos hemos visto boca a boca, cuerpo a cuerpo, ombligo contra ombligo. Desearte es lo mejor y lo peor que me ha pasado nunca... y sin embargo, no te consigo. Siempre te escapas, te veo alejarte, te das la vuelta y me dices adiós con la mano y luego echas a correr, probablemente, a los brazos de otro. Y yo me vuelvo a casa, dándole patadas a las piedras, diciéndole que no a todas las otras mujeres, sabiendo que si me perdieras acabarías dándote cuenta que no podemos vivir el uno sin el otro, ni el otro sin su todo.

Y no te imaginas lo cerca que me quedo de tus labios cuando al despedirnos nos damos dos besos, ni lo lejos que vas cuando te separas un metro. Ni lo mucho que deseo que llames al interfono una noche de éstas y me digas: me he dado cuenta que de muy de vez en cuando (es decir, casi siempre) te necesito.

Vídeo: Manu Chao - King of the Bongo

domingo, 28 de septiembre de 2008

Vídeo: Cómplices & Triana Heredia - Alegría de vivir

Para tí

alguien me observa


L.B. habla en un rincón con una sombra que se escapa con rapidez, se abre la claridad de una puerta y se vuelve a cerrar. No he visto quien es pero sé que L.B. y la sombra me observaban. L.B. sigue mirándome cuando la sombra se ha ido. No hay nada en sus ojos, sólo la ausencia de alma porque no se puede estar en esta fiesta y tener alma, es incompatible, como un gato hambriento y un ratón en la misma jaula. L.B. vuelve a la silla. El hijo de J... aún vive. Dos hombres se acercan y lo tumban en el suelo, llevan un maletín médico, lo salvarán, le arrancarán la muerte de su cuerpo inconsciente y acabarán por reconstruirle los signos vitales. No quieren un asesinato, no quieren una investigación, no quieren que en la poli alguien con ganas de obtener una medalla póstuma abra la puerta a los enemigos de Garr. No, no morirá. Volverá a vivir y soñará el insomnio de los golpes, su vida valdrá menos que nada porque nada podrá hacer por castigar a los culpables porque los culpables ya le han hecho entender que pueden convertir su vida en un infierno y ese infierno puede llegar a ser aún peor. Lo irán a visitar al hospital y le dirán que eso que le han hecho a él se lo pueden hacer a cualquiera a quien él ame. Y no se lo dirá cualquiera, se lo dirá el jefe de policía o el alcalde que, casualmente, están en la fiesta y que han observado el colpe y el huracán de sangre con ojos bovinos, sintiendo como un placer extraño y salvaje que les recorría el cuerpo. Un placer conocido porque son miembros antiguos, porque no hicieron ninguna objeción cuando Garr sentó al primer infeliz en la silla y lo reventó delante de sus ojos, porque saben que estar allí de forma anónima les confiere el poder que tienen, el poder que sólo Garr y el club les puede arrebatar.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

el golpe

Fue entonces cuando me dí cuenta de que Sansón había desaparecido. Pensé que al terminar el espectáculo me dedicaría una de sus miraditas, pero no estaba donde lo había visto por última vez y, en ese instante su ausencia se convirtió en un hueco frío a mi lado, en ese momento me sentí solo, como si la presencia de un enemigo concreto conjurara el miedo a estar solo en medio de la incertidumbre. De repente, pasé de dominar mi situación a sentirme inquieto acerca de lo siguiente que fuera a pasar. Sansón era mi guía en aquella fiesta, junto a él sabía que mi sitio estaba al lado de los que jugaban en casa.
L.B. empezó a dar vueltas alrededor de la silla de nuevo repitiendo el mismo ceremonial que antes de elegir al aspirante a miembro del club. Esta vez no me miró. Esta vez sabía exactamente lo que tenía que hacer. Le tendió el látigo en un gesto de invitación a un hombre de antifaz rojo. El único antifaz rojo de toda la fiesta: el hijo de J... Éste declinó la oferta. Ella insistió y volvió a decir que no. L.B. se le acercó y le dijo algo al oído. El hijo de J... se tambaleó, dudó y decició salir al centro del escenario, a la luz, para que todos lo vieran. L.B. repitió el ritual y lo esposó y lo ató. En ese momento, L.B. le quitó la máscara dejándole la cara al descubierto. El hijo de J... no se lo esperaba y se quedó convertido en estatua de sal. No creo que haya algo más humillante que te dejen con la cara al aire expuesta para que todos puedan verla, como un animal exótico o deforme en el centro de una pista de circo. Aquello le duró poco. Es más, podría decirse que fue el momento más plácido de lo que le quedaba por vivir esa noche. De la oscuridad apareció un engendro bestial, un hombre vestido con pantalones de cuero negros, botas militares y con una mácara negra, como un pasamontañas de cueron negro también. Llegó deprisa, apartando a la gente a un lado y aotro. Llevaba una maza en las manos. Cogió impulso y arremetió contra la cara del hijo de J..., que lo vio venir como el que ve que se le viene encima un camión que ha perdido los frenos. No pudo ni gritar, el grito se quedó en alguna parte entre su pecho y su garganta. El choque fue terrible, como aplastar una mosca contra la pared, los huesos de la cara estallaron en pedazos más pequeños que una mota de polvo. He visto cosas horribles, he visto a mucha gente morir pero nunca había visto nada igual. El cerebro aplastado del hijo de J... no debió de poder procesar la información de lo que sus ojos le decían que se le venía encima o sí lo hizo pero la descartó porque era imposible pensar en un impacto así hecho por otro ser humano a alguien indefenso. La piel de la cara hizo que los huesos no salieran disparados en todas direcciones. Los contuvo. Lo que no pudo contener fue la riada de sangre que siguió al golpe, fue como si se desbordara una presa, como si los huesos fueran el muro que no permitiera a la sangre correr a sus anchas. El verdugo se quedó quieto delante de su víctima, impasible. Entonces volvió la cabeza hacia donde yo estaba y me sonrió. Sansón, sin dejar de mirarme, le entregó la maza a L.B. cuyo rostro reflejaba una mezcla de asco y de incredulidad. Alguien, entre los presentes se demayó haciendo un ruido sordo al impactar contra el suelo. El hijo de J... respiraba como un pez, con los ojos muy abiertos, lanzando bocanadas con las que atrapar todo el oxígeno que que le faltaba a sus pulmones, con la cabeza echada hacia atrás y luego hacia adelante.
Ví a J... junto a Garr, mirando a su hijo sin poder reaccionar. Todo había pasado demasiado deprisa. Le fallaron las piernas al ir hacia el muchacho. Ni siquiera miró a Garr, no creo que en ese momento se diera cuenta de lo que había pasado y quién lo había ordenado. Sólo avanzó unos pasos y cayó de rodillas, quiso levantarse y apenas pudo. Sólo sabía que su hijo estaba moribundo

lunes, 22 de septiembre de 2008

Para empezar

La sala era, en realidad, dos salas unidas y que habitualmente separaban unos paneles de madera que podían retirarse deslizándolos sobre unos rieles. Los dos salones estaban a dos alturas diferentes y por tanto, habían unas escaleras de tres peldaños que salvaban ese desnivel. Sansón y yo estábamos en el salón de abajo. Las luces estaban apagadas excepto un potente foco que bajaba del techo y que iluminaba una silla. Los invitados se situaban alrededor de la silla a una distancia prudencial, como si la silla fuese un actor que, en cualquier momento pudiera empezar a recitar su monólogo. Otros invitados se habían subido al otro nivel y miraban desde allí. Estaba claro que todos esperaban algo y ese algo salió de entre ellos en forma de mujer. Llevaba la máscara, por supuesto, lencería de cuero negro, botas altas y una gorra de plato que imitaba a una gorra de oficial de las SS. En la mano llevaba un látigo y lo hizo restallar contra el suelo haciendo que los que estaban en aquella dirección dieran un imperceptible salto hacia atras. Empezó a dar vueltas alrededor de la silla con una cadencia lenta y chulesca y mirando a los invitados como el que va a comprar un esclavo. Aquello me dio risa. Maldita panda de imbéciles, dejarse engañar de aquella forma. Al pasar por donde yo estaba me miró. Yo la miré a ella y la reconocí. Era lady B. Sacudí la cabeza para darle a entender que para mí, que hiciera aquello, era rebajarse más de lo esperaba de ella. Ví odio en su mirada en respuesta e inmediatamente cogió a un hombre por el cuello de la camisa y lo sacó con furia hacia el centro del corro, haciéndole caer. Tenía que reconocer que la chica era fuerte, lanzó a un hombre de unos ochenta kilos como si fuera un fardo. Lo levantó del suelo y lo sentó en la silla. Le ató las muñecas con unas esposas y el resto del cuerpo a la silla con unas cuerdas que otra chica vestida de la misma forma que ella, le llevó. Luego siguió dando vueltas alrededor de la silla. El elegido parecía divertido, todos parecían dispuestos a pasar un rato agradable viendo un espectáculo suave de sado. Lady B. se detuvo su caminar en círculos y se puso delante de él. Le puso la suela de su bota en el pecho y lo empujó hacia atrás, la silla cedió y la víctima cayó de espaldas sin poder hacer nada para evitarlo. Se dió un buen golpe, tenía los brazos detrás del respaldo y fueron lo primero que tocaron el suelo. El hombre dió un grito de dolor. "¿Creías que habías venido aquí a divertirte?" le dijo lady B. agachándose y poniend su cara casi tocando a la del pobre infeliz. "¿Creías que entrar en este club era como hacerse el carnet del campo de golf?" y luego suavizando la voz "quizá hubiera sido mejor que te hubieras quedado en casa. Lo que viene ahora es demasiado para alguien como tú. Pero claro, ya te lo habrán advertido, aquí no eres nada, si no pasas por esto, si te rajas, estarás peor que muerto, porque nadie te hará caso, serás invisible para todos los que están aquí. Puedes marcharte ahora. Estoy deseando que lo hagas, esta mañana me he levantado con dolor de cabeza y cuando tengo dolor de cabeza me pasan dos cosas: me jode que me hagan trabajar y eso me pone de muy mal humor y lo segundo, pierdo el control. Así que, ya sabes, no es nada personal, quiero decir que me da igual si sobrevives o mueres, pero te doy la oportunidad de largarte". El hombre estaba atado a la silla y eso le daba un aspecto de feto. Dijo que había venido a lo que había venido. Pobre hombre. Debía pensar que le admitirían en aquel club privado de ricachones y que aquello le haría entrar en un mundo de posibilidades. Si lady B. y yo compartíamos algo era el desprecio hacia tipos como aquél. La respuesta no se hizo esperar. De la oscuridad salieron dos de los esbirros de Garr y levantaron la silla del suelo y la colocaron en vertical. Luego regresaron de nuevo a la oscuridad. Lady B. le dió unos azotes, le dió un par de latigazos de mentira, le bajó los pantalones y le acarició la polla hasta la erección. Luego salió la chica de las cuerdas y entre las dos se frotaron delante de él, una con otra, le masturbaron, se la chuparon y se fueron turnando para follárselo. Algo tan deprimente y artificial que hasta a mí me daban ganas de salir de allí. De vez en cuando Lady B. me miraba y yo le devolvía la cortesía con una sonrisa. Le debía de hervir la sangre. Cuando el infeliz se corrió, lo desataron y le quitaron las esposas, él se subió los pantalones y se fue al mismo sitio desde donde lo había arrastrado Lady B. Era la primera y última vez que lo invitaban al club y alguien se encargaría de decirle que mantuviera la boca cerrada. El espectáculo sado-maso era el que un don nadie se dejara hacer todo eso delante de gente para poder alcanzar un nivel social que no alcanzaría nunca por sus medios. El placer de los otros invitados no consistía en ver un espectáculo porno-light sino en la humillación a la que podía llegar un individuo para codearse con ellos. Y por eso, a partir de ese día, lo despreciarían aún más. Por eso, desde ese día, aquel desgraciado se había convertido en invisible, por eso y porque el muy idiota pensaría que había estado a punto de lograrlo y les insistiría durante unos meses, hasta que se diera cuenta de lo que había pasado, hasta que se entregara a la certeza de que pertenecía a una casta inferior en un mundo donde no sólo el dinero dice quien eres, un mundo de lobos donde no se admiten perros pastores.

Vídeo: Antònia Font - Batiscafo Katiuskas

domingo, 21 de septiembre de 2008

El silencio del fondo del mar


Se fue la sirena rebozada de arena, se le acababa el sueño del aire y el suelo, debía estar en casa de su padre a las doce y parecía muy seria mientras lo decía. Dijo adiós con la mano y dejó un rastro de purpurina en mis manos (yo le abracé por su cintura de escamas, fría como el resto de su cuerpo). Se fue diciendo que regresaría, se fue haciendo un sonido opaco al chapotear con su cola en el agua. Fue la última vez que la ví, de eso hará doscientos años. Fue un intercambio justo. Ella quería conocer el amor y yo quería la inmortalidad. Los dos podíamos darnos el uno al otro lo que tanto ansíabamos. Nos dimos un beso que sellara el pacto y cumplimos nuestras respectivas promesas. Luego se fue. La esperé pero después de un tiempo decidí que debía seguir con mi vida y retomarla donde la había dejado. Fue fácil, la vida trasncurre incluso cuando tú no estás y puedes montarte en ella en cualquier parada. Yo me subí en Jaume I y me senté en un vagón abarrotado, pensando en la sirena hasta que el murmullo de las cosas fue apagando su recuerdo. Al cabo de un tiempo empecé a notar una molestia en el pecho. No era un dolor, era otra cosa mucho menos intensa, era como una bolsa de aire. Fui al médico, me recetó tranquilidad de las de a 5 miligramos. Yo le dí las gracias. La tranquilidad me llevó a la nostalgia y la nostalgia me trajo el recuerdo de la sirena y entonces me di cuenta que sin el amor que le había dado la inmortalidad no me servía de nada. Me pregunto si a ella le aquejará el mismo mal de las profundidades y si mi amor le compensará una eternidad sin el sueño del aire y de las nubes.