A veces me ocurre. Tengo tantas ganas que las palabras se apelotonan y no saben pasar por el minúsculo agujero que debe ser la salida de mi imaginación. Hace tiempo que lo sé y me siento a esperar mientras hago otras cosas. Creo que, entre otras razones, es el motivo principal por el que nunca escribiré nada largo.
Cuando pasa el tiempo, las historias se pierden, dejan de tener sentido. Todo lo que se escribe tiene un halo de continuidad que no puede romperse por una serie de días. Creo que quince es el número exacto. Dos semanas y zas! ya nada de lo que escriba tiene ni interés ni importancia.
Con la vida me pasa lo contrario. Puedo esperar diez o quince años. No importa. Soy de retos largos y difíciles. Tengo paciencia. Sé que un día escribiré durante los días necesarios para acabar una historia, solo que para entonces ya nadie leerá libros porque poco a poco hemos ido acabando con la cultura de tener cosas en las manos que nos cuente historias. Ahora todo son noticias. Destellos fugaces de algo en lo que nunca profundizaremos.
Ya casi nada tendrá el tiempo necesario para desarrollarse y dejarse ir. Vivimos tiempos difíciles para lo que no sea inmediato. No sé si me llega a importar. Puede que, en el fondo, todo esto sólo sea una prueba para ver hasta dónde estamos dispuestos a arriesgar por lo que creemos que somos.
Me gustaría poder tener tiempo, pero no tengo tiempo para tener tiempo. Es una locura. A veces lo detendría todo pero no sé cómo hacerlo. O sí sé, pero no se me hace difícil tomar decisiones. No es fácil seguir adelante por inercia. Intuyo que parar y empezar de nuevo debe ser igual de difícil o más, así que, de momento, prefiero la inercia.
He de confesar que este verano he estado a punto de hacer uno de esos cambios en mi vida en los que uno pone patas arriba su vida y la de los demás. Para mí es fácil. No tengo lo que se suele llamar una existencia ordenada. Hace tiempo que elegí un camino solitario y sin demasiadas cosas ni personas a las que atarme.
Creo que la relación más larga que he tenido es este blog. Y a decir verdad me gusta. Espero que algún día una inteligencia artificial lo encuentre buscando en el hipertexto y lo ordene y lo convierta en una novela en tercera persona.
Si hubiera escrito en tercera persona hubiera sido escritor. Estoy convencido. Pero no sé. Lo he intentado varias veces, pero los personajes se caen por sí solos. Cuando estudié en la Escola d´escriptors de l´Ateneu Barcelonès inicié varias historias, pero sólo podía continuar las escritas en primera persona. Eso es algo que da fuerza a un texto, podrías contar como te pintas las uñas de los pies y parecería una aventura, supongo que por eso escribo como si esto fuera un diario.
Ya casi nunca me releo. Me duele hacerlo. Es como estar en ninguna parte. Saber que estás pero no ahí, si no que eso es lo que podrías haber sido si hubieras decidido ir a por eso en lugar de a por lo que has ido.
A los cincuenta te pasa que te planteas si has hecho realmente lo que has querido en la vida, con la sensación de que no tienes tiempo para casi nada más. Ni salud ni fuerzas. Ya no están los que estuvieron siempre o te preparas para que dejen de estarlo. Es una maldita lucha silenciosa en la que el único que sale herido es el que está ahí.
A veces conectas con otra persona en la distancia. Te dejas llevar por un sentimiento próximo a renacer.
Crear expectativas. Renunciar a ello es lo que nos convierte en adultos.
Lo normal es que suelan renunciar a ti.
Aunque insistas.
Ayer una pareja de ancianos me contaron cómo él estuvo un año detrás de ella sin que ella le hiciera caso. Llevan más de sesenta años juntos. El tiempo es la medida de las intensidades de la vida.
Hay una brújula en algún lugar que señala hacia un lugar y una persona.
Me gustaría saber si alguna vez señaló en su dirección y yo no supe interpretar la cartografía de las líneas de su cuerpo y me perdí en el camino.
A veces creo que no estoy a tiempo de averiguarlo y otras es lo único en lo que pienso en todo el día.
Intento no dormir. A veces sólo trato de vivir una vida pequeña al margen de la vida que vivo. A veces sólo es cuestión de imaginar qué hubiera pasado si hubiera escrito la maldita novela, de qué hubiera sido de mí escribiendo para ti todos los días.
Y entonces no duermo. Me quedo escuchando canciones, todo lo que sea para no caer rendido, para no cerrar los ojos, para no dejar de ser ese que quizá hubiera sido.
Por la mañana me despierto al otro lado, me visto de ese otro y voy a trabajar con más o menos ganas, me dejo llevar por lo que me queda de inercia, sabiendo que si hubiera aprovechado la oportunidad quizá las cosas serían distintas.
Y sólo tendría una vida, sin nada de la que tengo ahora.
Sin cosas que vender para pagar cosas que no me dejan ser
Mirando la hora y cerrando los ojos, calentándome los pies con una estufa eléctrica, escribiendo ya bajo la oscuridad de unos párpados tan pesados como piedras.
Que no soñará
o no recordará lo que sueñe.
Que pensará que es una suerte no poder echarte de menos.
Y lo maldecirá al mismo tiempo.
Que tratará de encontrar algo con lo que acabar esto para que quede redondo
y la cagará de nuevo.
Supongo que no insistí lo suficiente.
Y eso es una puta mierda, porque yo insisto siempre.
JOE PURDY - "Miss me"
Some movie star told you this ain't where it's at.
So you packed your bags and one night you headed out.
Said, these small town blues got you going insane
gone into the city, gonna change your name
and you never look back at where you came
swore you'll never be the same.
Do you miss me?
Do you miss me?
You're a big girl now, got your big shoes
and you're running around with big girl blues
and I know you don't doubt yourself anymore
no, when you feel like leaving, walk out the door
and I bet you ain't got nothin left to learn
it's better that way cause you never get burned
and you try not to think about what might have been
cause you know this town is just sink or swim
Do you miss me?
Do you miss me?
Do you miss me?
Well the last time I say you were waving goodbye
from the back of the train with a tear in your eye.
Now I hear you're in love with some big city man
and together you're making your big city plans
and you hope he don't find out about who you are
that we used to catch fireflies in mason jars
and we used to go down to the county fair
and we listened to blue grass in summer air
and we danced all night as the rain came down
and you held my hand as we slept on the ground
and we wrote our names in the old oak wood
I guess some things don't work out like they should.
Do you miss me?
Do you miss me?
Do you miss me?
Do you miss me?
Do you miss me? yeah...
Do you miss me?
Supongo que las cosas son como son y que eso es suficiente mientras no tenga dudas. Pero a veces me quedo sin respuestas en cuanto surgen las preguntas, no porque no tenga claro quién soy y hacia dónde voy, sino porque sé de sobras que no soy quien digo ser ni voy hacia donde realmente quiero ir.
Quizá en el proceso de mentir a los demás, en la coartada que construí para justificar la huida hacia adelante en la que he convertido mi vida, acabé por mentirme demasiado bien a mí mismo.
Y cuando más se miente uno, más difícil es volver atrás.
Tal vez la edad tenga que ver con todo esto: con plantearme si quiero seguir convertido en este personaje y empezar a desenredarlo todo, reunir a quienes mantengo en esta fantasía que he creado, y tratar de hacer el menor daño posible. Creo que va a ser difícil.
No sé si al final, ese yo que quiere desmantelarlo todo, no es, en realidad, otro personaje que quiere usurpar el lugar del que empieza a ser viejo y a estar cansado; si en realidad, no soy más que una sucesión de personajes que van naciendo dentro de mí a la espera de su oportunidad, de que un día reflexione acerca de quién soy en realidad y qué hago aquí, para aprovechar ese momento de debilidad y destronar al que creí ser, el que quería ser.
En cualquier caso, esos personajes, todos los que he sido o he creído ser, conservan cierta melancolía por no haber sabido mantenerte a mi lado. Y aunque en lo más profundo de mí sé que hubiéramos sido dos animales salvajes compitiendo por un mismo territorio, sigo teniendo la esperanza de que al menos uno de esos que he sido, soy o seré, hubiese tenido la cualidad de encontrar un punto intermedio, un equilibrio, en el que pudiéramos convivir.
Supongo que eso ya no tiene su espacio, que esta sucesión de versiones de mí mismo es como si estuviera mejorando una y otra vez el programa de un ordenador obsoleto, que en el fondo, la oportunidad pasó y lo hizo para siempre.
Me gustaría creer que un día seré alguien que ya no quiera ser otro alguien, o que por lo menos, no lo desee para retroceder en el tiempo y cambiar aquellos cinco minutos que bastaron para desterrar de mí a aquél a quien querías.
Pero he de ser realista, después de todos estos años, sigo escribiendo todos los días el mismo post en el mismo blog.
Como una profecía autocumplida, otro (que también soy yo) reemplazará a otro yo que pierde poco a poco la esperanza.
Porque este blog va de eso, aunque no lo parezca.
De esperanza.
Como el campesino que espera la lluvia tras meses de sequía.
Hay tanta luz en ti que aunque cierre los ojos sigue siendo de día; un día rojo-naranja a través de mis párpados. Hay tanta luz que a veces temo abrasarme si te toco. Me pregunto por qué me arriesgo cada vez que te llamo por teléfono o te envío un whatsapp y quedamos frente a frente hasta acabar desnudos. Me gusta esa forma de arreglarlo todo por contacto. No siempre, claro, no siempre sale el sol hasta que quemas. Desapareces semanas enteras y claro, yo hago como que no me importa tanto esta especie de noche ártica.
Hasta que apareces en la pantalla del móvil y amanece.
Me dijiste "No te enamores de mí o vas a estar jodido". Y bueno, supongo que lo debo estar. Estar jodido es lo mejor que sé hacer hasta el momento, así que una vez más no importa demasiado. No tengo miedo de cómo voy a encajar eso de que todo es una fantasía más, creo que me conozco lo suficiente como para descerrajarme un número no demasiado grande de botellas, y otras bocas, hasta que otros cuerpos lo acaben arreglando, yo a lo que tengo miedo es a que un día me dé cuenta de que no he estado viviendo por miedo.
No sabría describir con exactitud qué porcentaje de culpa tendrás en esa futura cirrosis con la que me mete miedo el médico, no creo que culpa sea la palabra exacta, tampoco creo que el médico se tome muy en serio eso de curar a nadie. Se sienta y me mira. Y eso es todo. A mí me gustaría creer que no vas a ser la gota que colme el vaso ni la chispa que prenda la hoguera, ni la estocada, ni nada de eso, yo creo más bien que vamos a ser algo así como una tormenta eléctrica que acaba en tornado. Y luego la calma, y luego a reconstruirlo todo, y "qué cabrón el Bandini ese..." y "qué zorra la muy zorra", como si ambos no supiéramos que los dos somos dos lobos de distinta manada.
Habrá un universo, es decir: se nos caerán encima miríadas de millones de puntos de luz asomándose al filo de nuestros labios; y encerrados en una habitación hecha de paredes de verano, tú y yo nos esconderemos en la penumbra como si estuviéramos sentados en un planetario, a salvo del frío helor de la nada.
Porque no sé si hace falta que lo diga, pero yo lo que quiero es desbocarme en tu boca y que en lugar de fuegos artificiales ardan galaxias en el cielo, y que tiembles, y que me mires como me mirabas hace años, cuando aún no sentíamos el fuego y el hierro de estar el uno junto al otro.
Porque aunque ninguno de los dos lo recuerde, lo nuestro viene de lejos, de cuando el mundo era sólo un océano de tiempo al que nadie se había asomado aún y no se atrevía todavía a pensar que las cosas tuvieran que ser nombradas para que realmente existieran, y ni tan siquiera se adivinaba allá a lo lejos la llegada de un dios del futuro al que calmar con sacrificios de miles de presentes.
Y ¿sabes? a mí me da que todo esto ya lo vivimos antes, pero que la primera vez es esta de ahora, como si el tiempo se repitiera sin importarle demasiado si lo hace sobre páginas ya escritas, y que la primera vez de algo puede no haber ocurrido aunque estemos viviendo sus consecuencias, como si el tiempo no fuera lineal ni ordenado sino caótico y caprichoso.
Y es por eso que me suena que tú y yo vamos a tener un futuro que regresa desde un pasado que no existe aún. Y necesito creer que es así porque es la única forma que tengo de dar crédito a la certeza de que la fiera que me habita quiera perderse en la frondosa selva que adivino cuando te miro cuerpo a cuerpo el alma.
Y cuando aúllas a la luna con gritos de agua de lluvia.
O cuando busco refugio cuando la noche llega y tú no estás.
Surgió de la nada cuando ya todo eran huellas en la niebla. Llamó por teléfono como si no hubiese ocurrido nada, como si, al final, todo pudiera suceder de nuevo una y otra vez. Al cielo, que en ese momento estaba nublado, se le cayeron las estrellas al suelo haciendo agujeros diminutos en las nubes. Era de noche y pensé que quizá algunas llamadas llevan necesariamente impresas la premisa de que se han de perpetrar al menos con insidiosa nocturnidad. Y hablamos y reímos. Sí, quizá fue eso lo peor: que reímos. Y me preguntó qué tal todo y yo le dije que existía una chica y una bicicleta. Y le pregunté qué tal todo y me respondió vagamente que regresaba de un infierno. Otro infierno, otra vez. Y no supe qué sentir ni mucho menos qué pensar porque regresar del infierno y sentir que lo primero que necesita es llamarme por teléfono me produjo desasosiego. Y eso, en cierta forma me animó, porque antes estas llamadas me producían cierta alegría. Una alegría sucia y deshilachada pero alegría al fin y al cabo.
Llevo toda la mañana inquieto, hablándole al desierto de las páginas en blanco, no saliéndome una sola línea a derechas, borrando una y otra vez las malditas cartas de presentación. Hojas caídas de un otoño que no acaba de llegar. Sé que su llamada ya no conlleva ningún peligro y sin embargo, llevo quince horas perdido, durmiendo como mucho antes, no reconociéndome en los espejos, teniendo la certeza de que nunca se sale del todo del infierno, de que algunas personas representan para nosotros una gran hecatombe de la que se sobrevive por casualidad y nos obliga a reconstruirlo todo.
A eso de la una, he encontrado la calma. Estaba bajo el teclado, estaba en las palabras, estaba en la historia perdida y olvidada que se reencuentra y automáticamente despierta en la memoria las escenas que a uno le gustaron, obviando aquellas que a uno le atormentan el transcurso de algunas noches de insomnio. Me pregunto si volveré a padecer insomnio y si es así, en que invertiré ese tiempo. Me pregunto si volverá a llamar y se me enviará la fotografía que me prometió que me enviaría y que aún no ha hecho.
Esta mañana, cuando la chica de la bicicleta me llamó recuperé la alegría, como si la oscuridad de la noche anterior tuviera que disiparla con su llamada matinal y optimista. A veces, para vivir la luz y el sol tiene uno que haber pasado una temporada a tientas por la niebla.
Al final, a uno no le duele que las cosas no hayan podido ser. Al final, a uno lo que verdaderamente le duele, es que sean tan fáciles de olvidar.
Esta mañana me levanté con la firme determinación de olvidarte. "Empezamos mal" pensé mientras apuntaba en la agenda, Hoy:olvido y para el viernes, recordatorio: haberte olvidado. Metí tu recuerdo en la funda de las gafas (por error, probablemente) y me las puse con la intención de no quitármelas en todo el día. Fui a hacerme el desayuno y estaban las dos tazas, la que tú nunca utilizaste y la mía (la que siempre utilizabas). Se fueron tus últimas palabras por el desagüe con la espuma de lavarme los dientes, el olor de tu piel al doblar las toallas y colocarlas en su sitio y tu batín, ya invisible (probablemente porque no estaba) dejaba una no sombra en el suelo . Ha sido una locura todo esto, una estúpida e inservible locura.
Trato de llamarte por teléfono, una y otra vez marco tu número pero no le doy al simbolito del auricular verde. Apunto en la agenda: olvidar también tu número de móvil, con tres signos de exclamación y en rojo para que se vea bien.
Me llaman del banco, hay recibos pendientes, y mientras escucho al director diciéndome que no está bien esto que hago, que lo que he cambiado en los últimos tiempos, yo me elevo y me voy a otra parte, contigo, hasta que justo en el momento que él me dice: "¿me está escuchando?" me digo "pero si tenía que olvidarte" y digo "sí, claro, señor director. Haré lo que pueda, señor director. Ya sabe usted que no es fácil. Estos tiempos... ya sabe ¿qué le voy a contar a usted?". Le cuelgo y escribo en la pizarra Velleda con letras grandes y verdes "No volar, ni soñar contigo".
Luego me ato un hilo al dedo para recordar en todo momento que estoy en fase de olvidarte, me hago doble nudo, voy al bar de la esquina donde solías esperarme antes de que viviéramos en la misma casa, donde yo te recogía y subíamos a mi casa, a probar la resistencia de nuestra piel, una contra la otra, como si el desgaste tuviese que ver con ese movimiento de vaivén, que es como decir que el tiempo es el movimiento del péndulo y no el inconstante trasiego del sol contra las nubes.
Te eché de menos cuando el dueño del local me preguntó por tí y yo le dije que estabas bien, visitando a tus padres. Su mujer me puso lacasitos en el platillo del cortado y me sonrió con tristeza. Luego me levanté y volvía a trabajar y a mirar por el ventanal que da a la terraza donde tú y yo solíamos sentarnos.
Hoy hace dos años justos que me dijiste que te ibas a vivir con tu novio de toda la vida. "Lo nuestro es más bonito, toni, pero él tiene los pies más en el suelo. Y también me quiere" dijiste. Luego vinieron las tardes donde era yo quien iba a tu casa y hacíamos el amor encima del sofá en el que luego, por la noche, veíais la televisión. Luego fue como tratar de alimentar un fuego ya apagado. El día que me dijiste que lo dejabas creí que volverías pero no fue así. Siempre tienes guardadas cartas en la manga. Pero nunca guardas ases. Nunca he entendido el porqué. Esta vez la aventura era otra y pusiste un mar de por medio. Quizá haya sido lo mejor. Pero hoy es nuestro no aniversario (nos conocimos un día como hoy) y como siempre lo he olvidado. Y como no tengo dinero para hacerte un regalo, hago como los niños que pintan un dibujo.
Como no sé dibujar, te escribo esta carta que tú nunca sujetarás, con un imán, en tu nevera.
Me envías una carta. Hace meses que dejé de llamarte porque no me cogías el teléfono, no contestabas mis mails, no sabía si te había pasado algo malo. Pero cuando el teléfono suena con tanto tiempo por en medio es que pones a cargar la batería, es decir, estabas bien y no querías coger el teléfono. Lo acepté como se hace con las cosas que no tienen remedio.
Me envías una carta, una carta en la que no me cuentas nada, que es como mirar la orilla del mar en su ir y venir de olas. No hablas de estos meses, ni de nosotros, es como si hablaras del tiempo, que parece que va a llover, me haces algún reproche, de esos que te tranquilizaban cuando querías justificar algún engaño. Todo lo hacías porque yo había hecho algo antes pero ni se te pasaba por la cabeza que a mí me pasara lo mismo. Yo hacía las cosas porque sí. Me escribes (¿por que sí?) y me pregunto si me estarás escribiendo porque otro te ha hecho algo que tú pretendes pagarle escribiéndole a un antiguo amor.
Esta noche es la verbena de Sant Joan. Me resulta extraño pasarla lejos de ti, no ir a la playa, no pasear sobre la arena fresca, sentarnos, jugan con Alex, estar tan cerca de la felicidad que puedo alargar la mano y tocarla. Imagino cómo será esa noche para vosotros y en cómo me quedaré en casa porque no soportaría las caravanas que se formarán hoy en las carreteras. Y saldré con mis sobrinos a tirar petardos y comeremos coca y beberemos vino (ellos no, mi hermana si acaso) y a lo mejor hasta imprimo tu carta y la quemo junto con todo lo viejo.
Te echaría de mucho más de menos si no me hubieras escrito. No sabría decirte el porqué con exactitud. Supongo que porque no me cuentas nada y me doy de bruces con la realidad de que no tenemos nada que contarnos, que esta carta es un gesto absurdo, que era mucho mejor cuando habías decidido no cogerme las llamadas, ni responderme a los correos, que era mucho mejor dejar las cosas como estaban porque ahora es como si esos recuerdos perdieran el valor que yo les había acabado dando. Llámalo valor sentimental.
Y yo te contesto aquí porque sé que no sabes que este blog existe, porque hace tiempo que te fuiste porque internet te asfixiaba, porque no te voy a responder y supongo que es lo que pretendes averiguar, si soy capaz de aguantar el hacerlo o no, si por fin he conseguido recuperar la dignidad o por el contrario todavía el deseo de saber de ti es más fuerte.
Aún tengo aquel orujo con el que íbamos a hacer queimada, no sé que hiciste con la botella que te llevaste ni con quién la habrás gastado. Ahora ya no me importa.
Tu voz me salva del infierno y me condena a él al mismo tiempo me llena los ojos de niebla, me ancla a un pasado mejor y a un futuro incierto. Pero tu voz me salva al fin y al cabo de esas tarde perdidas cuando adivino en qué piensas cuando preguntas, creyendo que no intuyo nada, por la estela que deja el viento.
Tu voz ha quedado restringida a sólo tu voz, ha quedado mermada, ciega, tu voz está muda de tus manos, de bares y cervezas cuando aún no te conocíamos ni yo ni las palabras que te iba a escribir. Tu voz es lo que me queda después de los años, y eso es mucho más de lo que podía pedir. Es mucho más de lo que esperaba.
No estamos hechos para vivir mirando al suelo. Eso nos unió en un pacto secreto, en una hermandad de insumisos, nos convirtió en soldados de una guerra perdida de antemano. Sé que tú lo conseguirás. No me lo dicen tus ojos pero sí tu voz firme. Sé que sobrevivirás porque sobreviviste a la gran noche. Sé que lo harás, no me preguntes cómo.
No habrá más esquinas ¿quién las necesita? en las que confundir encuentros y encontronazos, no habrá paraguas ni tardes de lluvia. Al final los caminos se van haciendo cada vez más estrechos, acabaremos por vivir en bosques diferentes de árboles distintos. Si es así me quedo con esa voz que a veces me salva del infierno. Si es así,
He nacido en una estirpe de hombres que han poblado los caminos aún antes de que éstos existieran; ellos los crearon con sus huellas y nacieron sus hijos a un lado y a otro como la hierba, de mujeres que conocen los secretos de la tierra, que son hijas de la luna nueva, que han traído al mundo, antes que a mí, a otros como yo que también fueron y serán de los caminos. ¿Qué es el mundo sino parir, crecer, partir? He nacido en una fuerza mayor que la que pueden hacer todos los brazos de todos los hombres que se llamaron como yo, he crecido en ese gran secreto del que nadie habla (como si al nombrarlo se rompiera el hechizo que lo envuelve y hubiera la posibilidad de que se desvaneciese en la niebla), he crecido con el don de leer las nubes, saber qué ocurrirá cuando llegue el día y la hora que yo señale. He crecido en la sabiduría del silencio, de la contemplanción, de la soledad. Podría estar asustado pero las gentes de los caminos no tenemos miedo, estamos acostumbrados a que el polvo sea lo único seguro que llevamos toda la vida encima. Se acerca un gran frío. Lo presiento. Me duelen los huesos y el alma. Eso es lo que significa que llegue el gran invierno. Ahora mi vida pertenece a los elementos, a ellos entrego el don. Hoy es uno de esos días grises que llaman a las almas a sentarse alrededor del fuego. Estoy a punto de encontrarme con ella. Ella lo sabe y espera, en la orilla del camino a que yo pase y la convoque a sentarse junto a mí a prender la llama del mundo, a soñar con las palmas de las manos la piel desnuda del tiempo.
A donde el mar te lleve con sus olas lleva contigo tu nombre de tulipán, guardado en la boca, lleva de la mano a tu enemigo para que sepas dónde está en cada momento, llévate el secreto que me escondes y que tiene que ver con ese otro que te llama los martes por la tarde, que te envía mensajes al teléfono y borras una vez los has leído. Llévate todos estos años envueltos en un papel que no deje pasar la luz, que yo no los añore, que sólo de vez en cuando los eche en falta porque al mirar atrás encuentre unos años vacíos de los que me pregunte una y otra vez qué hice todo ese tiempo y no halle tu rastro de purpurina. Si te lleva el mar, a donde sea que te lleve, no vuelvas.
Pero si regresas y el mar pronuncia tu nombre de nuevo, llévame contigo, llévame aunque sólo sea para saber dónde estoy a cada instante.
La foto: Juro que se sentó así de forma natural, que intenté hacerle una foto a él y a su madre y que aburridos de que no se estuviera quieto ella se levantó y le dijo que nos íbamos, que si no venía se quedaría allí, como se suele asustar a los niños para que obedezcan. Él se quedó unos instantes quieto, luego serenamente se sentó en esta posición, de espaldas a nosotros. Lo echo mucho de menos, a mi niño, a mi tritón.
Siento volverla a colgar, pero es que esta canción me acompaña desde hace unos días. Cómo se hace de largo el día cuando tienes que atravesarlo solo, cuando llegas a casa y echas de menos esperar o que te esperen, cuando se nota una gran ausencia, como si el piso vacío fuera un reflejo de lo que tiene, a veces, uno dentro. Que nadie se alarme, la soledad es, en realidad, una gran amiga que planea contigo salir a buscar otra soledad con la compartir el mundo. Me encanta esta canción porque aunque es triste, evoca algo vivido, algo tan fuerte, tan intenso que sabes que lo vas a echar de menos para siempre. Algo que querrás reproducir de una forma u otra allá donde vayas, como un emigrante lo hace con la esencia de la tierra a la que pertenece y la lleva prendida en el corazón y en el recuerdo. Y supongo que pasa que, a veces, es difícil empezar de nuevo porque nunca lo hacemos con la inocencia de la vez anterior.
Vivimos entre la esperanza y el miedo. Entre la esperanza de volver a vivir y a sentir con esa intensidad y el miedo a no volverlo a encontrar jamás, o a perderlo si lo hallamos. Vivimos entre la esperanza y el fracaso.
Y sé que en su pensamiento yo soy un extranjero, una bruma de horas pasadas y sentimientos confusos. Me verá y me dará dos besos y, mientras, mis manos desnudas irán soñanando con su piel debajo de la ropa. Me mirará a los ojos y sonreirá como sólo ella lo sabe hacer y entonces yo estaré perdido, me volveré un niño que vive entre la esperanza y el miedo de qué pasará después del beso. Y sé que tendré miedo de la misma forma que sé que por las mañanas me levanta de la cama esa esperanza.