El día en que te conocí estabas helada por los cuatro costados y bajo la manta sonaba de fondo música antigua, tan antigua que los instrumentos estaban hechos con huesos de dinosaurios; te recorrí la columna vertebral con la yemas de mi alma y, también recuerdo que, a medianoche, se detuvo la lluvia tras los cristales y cogió aire para llover más fuerte.
Se me hicieron añicos los años, se me agrietó la piel de serpiente, se convirtió el deseo en algo tan palpable que me cabía en el hueco de la mano y en el filo de tu boca, en el cielo de tu boca, en la boca de tu boca.
El día en que te conocí hubiera subido al escenario si me lo hubieras pedido y hubiera hecho reír al público como un payaso, aunque sólo fuera para verte reír a ti, en el fondo del auditorio, sólo se te veía a ti y a tu jersey azul tormenta.
Ese día yo estaba en la parada de metro, y te seguí en cuanto emergiste, pensé que la suerte era demasiada suerte y debía aprovecharla, que el amor es un juego de azar y en esas circunstancias no me quedaba otra que salir arruinado a saltar la banca. Quizá sin esa inconsciencia no me hubiera acercado a ti, ni te hubiera dicho, sin signos de interrogación "me puedo sentar a tu lado".
Aunque de eso haga mil años