Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que nos reunimos. Puede que tuviera los ojos más bonitos que he visto en mi vida (y eso que yo soy mucho más de miradas) y a mí eso me dejó sin palabras, ella se dio cuenta y se rió, imagino que estaba acostumbrada a ello. Que se riera hizo que se me trabaran más las ideas camino de mi boca y me sentí como un idiota, un idiota idiotizado. Seguimos hacia adelante con el proyecto, decía que era el que más le gustaba de todos los que estaba llevando, había trabajado en cooperación internacional y sabía que tendría recorrido, que sería útil; me dijo que la llamara cuando tuviera la información lista, aunque fuese el fin de semana. Y yo le enviaba archivos y archivos, y ella me llamaba y aclarábamos cosas... y luego empezamos a hablar de esto y de aquello, y más tarde de cosas más personales.
El proyecto fue cancelado. Seguimos llamándonos un tiempo, luego dejamos de hacerlo. Yo iba de vez en cuando a donde trabajaba, siempre tenía cosas que hacer... A veces sentía la necesidad de llamarla y otras, sentía que, a muchos kilómetros de distancia, ella sentía la necesidad de llamarme.
El viernes supe que ya no sentiría nada más, que el proyecto que iba a empezar otra vez con ella a mediados de marzo sería llevado por otra persona porque ella no llevaría ya más proyectos. No al menos aquí, en este mundo, algo fulminante se la llevó sin que nadie pudiera hacer nada... y ahora sé que no volveré a ver los ojos más bonitos que había visto hasta aquel día.
Era lo contrario al cielo, y más puta que princesa, y más dura que el granito, y cobarde y valiente por igual como un ejército en retirada, era un jodido ser humano de los que supongo andamos algo faltos. Solidaria. Irónica. Real.
Alguien que se escondía, alguien a quien se le notaba al hablar que tenía la necesidad de cambiar el mundo.