Mostrando entradas con la etiqueta La mujer que se convirtió en musa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La mujer que se convirtió en musa. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2015

Cancelado por exceso de expectativas


Hay tanta luz en ti que aunque cierre los ojos sigue siendo de día; un día rojo-naranja a través de mis párpados. Hay tanta luz que a veces temo abrasarme si te toco. Me pregunto por qué me arriesgo cada vez que te llamo por teléfono o te envío un whatsapp y quedamos frente a frente hasta acabar desnudos. Me gusta esa forma de arreglarlo todo por contacto. No siempre, claro, no siempre sale el sol hasta que quemas. Desapareces semanas enteras y claro, yo hago como que no me importa tanto esta especie de noche ártica.

Hasta que apareces en la pantalla del móvil y amanece.

Me dijiste "No te enamores de mí o vas a estar jodido". Y bueno, supongo que lo debo estar. Estar jodido es lo mejor que sé hacer hasta el momento, así que una vez más no importa demasiado. No tengo miedo de cómo voy a encajar eso de que todo es una fantasía más, creo que me conozco lo suficiente como para descerrajarme un número no demasiado grande de botellas, y otras bocas, hasta que otros cuerpos lo acaben arreglando, yo a lo que tengo miedo es a que un día me dé cuenta de que no he estado viviendo por miedo.

No sabría describir con exactitud qué porcentaje de culpa tendrás en esa futura cirrosis con la que me mete miedo el médico, no creo que culpa sea la palabra exacta, tampoco creo que el médico se tome muy en serio eso de curar a nadie. Se sienta y me mira. Y eso es todo. A mí me gustaría creer que no vas a ser la gota que colme el vaso ni la chispa que prenda la hoguera, ni la estocada, ni nada de eso, yo creo más bien que vamos a ser algo así como una tormenta eléctrica que acaba en tornado. Y luego la calma, y luego a reconstruirlo todo, y "qué cabrón el Bandini ese..." y "qué zorra la muy zorra", como si ambos no supiéramos que los dos somos dos lobos de distinta manada.

Dos perros tratando de roer el mismo hueso.

viernes, 24 de mayo de 2013

Sigo releyendo La Tregua


Yo sé que usted se va y que las cosas que deja conforman, si lo meto todo en una caja de zapatos, nada más que un puñado de recuerdos que con el tiempo se harán cada vez más viejos y harán que nada de esto (ni siquiera estas palabras) tenga sentido, porque el tiempo juega a su favor y para mí ya son demasiadas cosas que me juzgan en contra como para que le discuta al tiempo su papel de destructor de momentos.

Yo sé que usted no tiene la mirada con que yo la miro, ni entiende lo que yo entiendo, ¿sabe? uno llega a una edad en la que todo le parece lo mismo, como cuando chico uno compraba cromos de futbolistas y acababa siempre con un mismo jugador (nunca el más valioso) seis veces repetido, porque casi todo se repite, aunque eso usted ya lo sabe; uno se acostumbra a que las cosas se rompen casi siempre por la misma antigua fractura, la misma grieta, la misma debilidad invisible, supongo que lo difícil es luchar contra la gran costumbre, detenerse y contemplar todas y cada una de las ramas del árbol antes de subirse a él, pero también es cierto que uno vive sin que haya lugar a retrocesos. Algún día usted se dará cuenta que yo no la cambié por todo eso que usted cree que lo hice, sino que, en realidad, huí hasta que mi cuerpo se volvió polvo de camino, que lo que hice fue dejar de ser yo para convertirme en ese otro que me gustaría ser, solo que nunca supe en qué dirección ir; ya sabe, a veces, lo único importante es mantenerse en movimiento.

No sabría decir el porqué, pero desde que me convertí en personaje de blog, todo empezó a cicatrizar mucho más lentamente, quizá porque escribir es otra forma de enfermar y de perder, a velocidades del trueno, la capacidad de curarse a uno esta enfermedad que es vivir todos los días, uno detrás de otro casi siempre sin un sentido en sí mismo sino que pertenece a un fin postrero, como esas horas que trabajamos al día para cobrar a fin de mes, solo que aquí no hay fin de mes que valga, en fin, ya me estoy liando.

Lo que quiero que entienda, musa querida, es que mientras escriba, mientras sea personaje de este blog, no me van a faltar cielos estrellados por las noches, ni campos de trigo mesados por el viento, ni el sonido que hace el agua de un arroyo en el silencio de la montaña, no me va a faltar inspiración con la que "desasfaltar" cualquier camino para llenarlo de piedras y baches, y charcos, y polvo, y de usted.

Yo sé que usted se va, aunque en realidad sea yo el que se vaya, y sé que no es a causa de que las musas no existan, sino precisamente por eso: porque para que existan han de ser inasibles.


sábado, 18 de mayo de 2013

La cabaña en el bosque, los lobos, la locura, el frío, tu nombre




Los lobos andaban fuera merodeando los resquicios de las ventanas, sabía que tarde o temprano se abalanzarían sobre mí pero no para devorarme, sino para meterse dentro y habitarme. Los lobos saben cuándo pueden atacarme y cuándo no, lo saben porque está escrito en su piel bajo la maraña de espinas que los cubren, lo saben porque está impreso en un instinto común que nos une, cada uno en un extremo del mismo; yo en mi supervivencia y ellos en la suya.

Los lobos aullaban. En la noche sonaban como un esqueleto metálico y oxidado aquejado de la artrosis que precede a su derrumbe, sonaban a animal herido, a barco que se dobla antes de hundirse, si no supiera quienes son en realidad diría que estaban tristes y que esa era su forma de emitir un lamento que hiciera temblar hasta la luna, pero no puedo evitar sentir escalofríos, y volverme loco. La locura es lo único que me ha salvado hasta ahora, pero la locura requiere un punto de insconsciencia y yo me estoy haciendo mayor; y con la edad llegó, poco a poco y casi sin darme cuenta, la inevitable cordura.

Quizá las cosas deban ser así y debería rendirme ante la evidencia, quizá tendría que abrir las ventanas y dejar que entraran dentro de mí y devolver a la naturaleza lo que le pertenece. Aún así sigo impetuosamente obcecado en resistir por si el destino cambia las cosas. Hay un corazón tendido en alguna parte que me pertenece y sé que revivirá en cuanto tenga la suficiente fortaleza física que hoy le ha abandonado. Me pregunto si estará seguro en el bosque, a la vista de todos, sin que nadie repare en él. A veces lo más visible, por cotidiano, pasa inadvertido.

Ya es tiempo de terminar. La nieve se derrite y el bosque tiene una misión a la que, para sus adentros, ha decidido llamar "primavera". Tiene gracia que ya estemos a las puertas del verano, pero así es el bosque: sigue sus propios ritmos, crece con sus árboles y ve desde el cielo a través de los ojos de las águilas, pero el tiempo... el tiempo es un gran desconocido para él.

Bueno, es tiempo de terminar, ya lo había dicho antes, hace frío. Ha estado haciendo frío estos últimos días. No soporto el frío, pero no puedo salir afuera a buscar leña. La musa se fue hace tiempo y no creo que regrese. Me pregunto si sabía lo de los lobos y quiero creer que no, pero lo más probable es que sí lo supiera.

Será una noche larga. Me gustaría poder asomarme a las ventanas a ver la luna reinar sobre la noche, quizá lo haga, quizá tenga una posibilidad, una sola, cuando todos estén despistados, cuando la noche sea más poderosa que el hambre.



domingo, 17 de marzo de 2013

Noche de deseo



La musa se estremece cuando le digo que no voy a dejar que le pase nada. Si lo pienso bien, tiene cierta gracia que alguien como yo pueda prometer algo así; pero a veces uno sabe que la persona que tiene en frente sólo quiere tener la certeza de que no está sola en el mundo, de que entre tanta gente desconocida hay alguien que se preocupa por ella lo suficiente como para cogerla por los hombros, mirarla a los ojos y prometerle que vas a hacer de su vida un lugar del todo seguro. Todos necesitamos creer en algo, lo que sea, algo que con sólo pronunciarlo te caliente los huesos como si te echaran una manta por encima.

No sabría decir por qué prometo cosas que no sé si voy a saber cómo cumplirlas, quizá lo haga porque soy consciente de que es precisamente no estar solo lo que hace el mundo más seguro, que la presencia del otro es indispensable para que no te quedes en medio de la nada y no tengas a quien acudir. Quizá lo que sea una paradoja es que cuantos más somos encima de este planeta, más peligroso resulta y más solos estamos.

La abrazo hasta que entra en calor, sus huesos son fríos y frágiles; su cuerpo se vuelve tibio y acogedor a mi contacto, tal vez la seguridad sea esto: la tibieza cuando estás helado, una cabaña en medio del bosque donde nadie va a venir a buscarte, alguien que escuche lo que tienes que decir y una voz y una presencia que   te recuerde que puedes compartir aquello que tienes, los deseos, los gustos, las mentiras y las verdades, los silencios... a veces se necesitan silencios para saber que también hay veces que no hay nada que decir.

Nos vamos a la cama, esa misma cama que desprendía una humedad fría y que ha ido calentándose poco a poco hasta hacerse acogedora, la abrazo mientras llega el sueño, pero ninguno de los dos es capaz de dormir, la caminata por el bosque, de noche, nos ha activado todo el cuerpo. No pienso en la llamada de teléfono que he ido a hacer al pueblo, aunque decirlo sin que venga a cuento, me delata. No suelo mentir, a veces soy contradictorio, sólo eso, digo que no pienso en algo cuando debería decir que no quiero pensar en ello. Hago de la llamada una cometa y la suelto hasta que se ha ido lejos, muy lejos, sólo sostengo el hilo invisible que la ata, desaparece.

La agarro con fuerza, pienso que este año volveré a escribir o a acabar la novela, que la musa ha llegado para arrancarme palabras hasta que vuelvan a fluir desde donde están atrancadas. Pienso en ello mientras la tengo cogida por la cintura, y siento que si la aprieto más fuerte conseguiré que no se vaya nunca, pero cuando voy a hacerlo se da la vuelta y me mira fijamente a los ojos, como si esos segundos de vacilación fueran silencio, el silencio que se tienen dos cuerpos que se buscan pero no se entregan a las palabras que desgarran la carne ni se ahogan en la boca del otro, húmedas y calientes, suciamente bonitas, despiadadamente sinceras, palabras que no son palabras porque el deseo tiene un lenguaje hecho de caricias  y de manos que buscan a tientas acabar de una vez con la tentación, como su cuerpo lo es para mí, como mi cuerpo lo es para ella.

Porque todo lo que decimos y pensamos es una simple traducción para que nos entretengamos en no escuchar el verdadero sonido que hace nuestra alma cuando se juntan dos cuerpos que se quieren, porque todo en la vida se reduce a eso: el deseo.