La guerra sigue. Los cadáveres se amontonan y pronto no quedará un rincón en mi corazón donde enterrarlos. Hace tiempo que ya no siento casi nada, sólo el deseo de ser el próximo; ese deseo se ha convertido en un sentimiento, algo que ha sustituido a la alegría y a la tristeza, a los rayos de sol, a la serena bajo la luna.
No me acostumbro a enterrar seres queridos, hace tiempo que me digo que no voy a querer a nadie más, nunca jamás, pero luego llegan las bombas y paso días enteros en refugios con gente que apenas conozco y con quienes comparto el miedo y el hambre. La guerra hace extraños compañeros de celda. Luego llega la tregua y salimos a recoger los restos de la batalla, recolectamos hierbas y caracoles, compartimos la cena, pero cuando vuelven a sonar las sirenas nunca coincidimos en el mismo refugio.
Y vuelven las caras nuevas, y las bombas fuera, y los días, y la sed, y la oscuridad y el deseo de que todo acabe. Pero la guerra nunca acaba.
Cuando cesa la piedra y el hierro llega el momento de enterrar a los muertos. A veces me toca enterrar a alguien a quien apenas reconozco. La guerra es así, nunca le toca a uno hasta que es demasiado tarde y ve pasar por delante a los amigos acérrimos y a los enemigos íntimos, después de algo así me quedo un tiempo pensativo y me importa todo un poco menos, en ocasiones camino con las manos en los bolsillos bajo una fina lluvia de acero y pólvora pero nunca me llevo ni un rasguño, creo que me protege un ángel de la guarda cruel y vengativo que me condena a vivir como castigo a algo que he hecho en el pasado y que no recuerdo.
Pero lo que peor llevo es tener que acompañarlos con las manos atadas a la espalda al bosque y dar la orden de fuego.