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jueves, 22 de agosto de 2019

A tiempo completo


Sin tiempo para tener tiempo.

Relámpagos,  flashes de fotos en la oscuridad hechos de luciérnagas. Hay sonrisas que son así. Un destello reflejado en una en el iris de una noche tibia después de unas cuantas cervezas.

Luego ocurre todo.

El vértigo.

El principio de algo que un día acabará como acaban casi todas las cosas que acaban en huella.

Cicatrices que son como un tatuaje y que sólo ser borran a base de supernovas estallando en mil pedazo a mil millones de años luz para que todo vuelva a comenzar.

Otras cervezas frías en otras tibias noches de verano.

La ilógica lógica de lo que nos conviene frente al ardor en la sangre que nos destruye por dentro.

El deseo y los cuerpos.

No existe el amor más que para los alquimistas.

No un lugar a donde ir sino es adentro (de lo que sea, de quien sea)

A veces me gustaría tenerte tan cerca que se formaran arcos voltáicos entre nosotros.

Entonces recuerdo que somos luces que se apagan en los extremos de un hilo de tela de araña por el que viaja información sin masa.

Que todo es una quimera.

Esta tarde cojo un vuelo, en el que sin saberlo, viajas conmigo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Entre el cielo y el suelo


A veces uno se empeña en lograr aquello que le destruiría si lo consiguiera y deja de lado aquello que le reconstruiría si se dejara.

Quizá el problema es que nos vemos capacitados para emprender cualquier cosa y afrontar todo lo que nos llegue.

Y puede que pueda ser así durante un tiempo, pero no siempre, o al menos, no siempre solo.

Yo nunca diré eso de que al menos lo intenté... porque lo seguiré intentando hasta que dejen de sobrarme las fuerzas, e incluso cuando que queden las justas, o a pesar de no tenerlas.




viernes, 4 de julio de 2014

La indiferencia


Hoy hace un año que empecé de nuevo otra vez, la misma fiera afilando las uñas en la misma piedra, mostrando los colmillos al mismo punto indeterminado del mismo cielo. Digo yo que la perseverancia debería tener premio y que a mí, en eso, no me va a ganar nadie; creo que si me muriera seguiría haciendo lo mismo aunque fuese desde el infierno o desde las nubes, aún no tengo muy claro dónde me va a llevar todo esto. El caso es que vivo en un eterno retorno porque yo sigo volviendo, cometiendo menos errores, o más pero distintos. Pero sigo.

Me pregunto por qué en otras áreas de mi vida no hago lo mismo. Me voy y no vuelvo, o no acabo nunca de seguir queriendo regresar al mismo lugar. A veces la respuesta que me sale es que porque no lo deseo lo suficiente. O por que no necesito saber algo que ya sé y he comprobado una y mil veces que funciona de la misma forma y a mí, nunca me gustaron las cosas que se saben de antemano, ni se dicen demasiado directas, ni son demasiado frecuentes.

Hace días que tengo una sensación extraña, sé que me voy a encontrar con la princesa de la luna. Y eso es volver a algo a lo que no deseo volver, porque intuyo que es el azar el que interviene y es que estos días voy a coincidir en lugares en los que no soy habitual, pero sí lo es ella. Tampoco es tanto azar, ahora que lo pienso.

Supongo que temo ese momento porque no sé cómo reaccionará ni cómo reaccionaré yo a su reacción. Porque puede ser cordial, indiferente u hostil. O las tres cosas al mismo tiempo.

En fin, no adelantemos acontecimientos.

El post venía a cuento de que hace un año empecé un nuevo proyecto y no me ha ido mal del todo. Ya he desarrollado tres patentes y estoy en marcha con otras tres, al final me di cuenta que la creatividad es algo que uno tiene porque es capaz de incorporar sueños a la realidad, mezclarla en una masa que no siempre acaba dando un buen resultado final. Y era un poco lo que he ido haciendo en este blog durante mucho tiempo.

Echo de menos escribir todos los días, pero yo escribía básicamente porque estaba muy triste, por desamor y porque no encontraba un sólo momento de cordura dentro de una gran desesperanza. Porque uno hace las cosas básicamente por amor, por darlo o por recibirlo, por sentirlo o por sentir la paz que lo inunda todo cuando se vive en la vorágine que supone.

Y a mí, el desamor me desbordó durante unos cuantos años, porque no entendía algunas cosas que estaban cambiando en la forma de sentir el mundo. Pero me he ido adaptando, o por lo menos he aprendido a fingir que lo hago. Y no me va demasiado mal.

Supongo también que son cosas de la edad

lunes, 28 de octubre de 2013

Miríadas de estrellas fugaces harán que parezca de día


Cada vez tengo menos que decir. Es un hecho. Antes siempre tenía una inquietud, sentía la necesidad de escribir acompañada de arcadas que nacían en la boca de mi mano hacia las yemas de mis dedos, siempre tenía la suicida vocación de sumergirme en historias que me atraparan y, cuando salía del agua de esa literatura de vino barato me secaba con la toalla del blog para vencer al frío que te deja lo que ya se ha acabado.

Pero de un tiempo a esta parte, después de seis o siete días de escribir en él, me entra una tristeza infinita y debo dejarlo por un tiempo. No sé muy bien a qué obedece esa media docena de nubes negras, o lo sé muy bien pero he aprendido a dejarlo bajo llave.

Hace mucho tiempo que no quiero seguir con todo esto, se me está haciendo todo muy cuesta arriba. Son demasiadas cosas una detrás de otra, antes seguía por inercia, pero ahora me he quedado en medio de la nada. Supongo que no tardaré en volver a ponerme en marcha, pero esta vez es la primera en la que tengo la sensación de que pudiera ser que el destino me alcanzara por la espalda.

Últimamente me cuesta respirar, desde hace unos meses tengo la sensación de que cada día estoy más lejos de a donde quiero ir, no sabría cómo explicarlo, es un ahogo como si los pulmones se me hubieran empequeñecido, como si sólo pudieran respirar con la parte superior del pecho y el resto se hubiera negado a hacerlo.

La estrella polar se fue apagando poco a poco. Pasó como una estrella fugaz por mi cielo, no quise agarrarme a su estela y se fue enfadada conmigo para orbitar el centro de otra galaxia, eso sí,  dejándome escrita en la carta de navegación algo que quería remarcar: que en otras circunstancias yo hubiera sido sólo uno más entre esa muchedumbre que se pasaba soñando con la improbable posibilidad de acercarse a alguien como ella. Que yo había tenido la suerte que buscan hombres infinitamente mejores que yo sin conseguirlo jamás.

Al cabo de poco tiempo coincidí con ella en la sala de reuniones de una ONG y hablamos, me dijo que no había querido decir lo que dijo aunque ambos supiéramos que lo que había sentenciado se correspondía con una ley fundamental del universo que yo, sin ser consciente de ello, había quebrantado; algo así como que la gravedad no se correspondiera con la masa de un cuerpo, ni a velocidades de vértigo, ni siquiera en ensoñaciones cuántico-marcianas.

Fuimos a cenar y bebimos demasiado, volvimos a eclipsarnos bajo un manto de nubes que olían a las sábanas del hotel donde se hospedaba. Se fue; fugaz de nuevo, a mí me quedó un cráter azul tatuado en la boca del estómago. Supongo que me encariño demasiado pronto, o que la gravedad es una ley que no permite que se rían de ella más de una vez.

Desde detrás de la ventanilla del taxi que la llevaba al aeropuerto me dedicó la mirada más enigmática que una esfinge como ella sabe pronunciar con los ojos. Yo la entendí de inmediato, fugaz como en un sueño en el que se cambia constantemente de personajes y de lugares, y supe que quería que yo entendiera que sería la última vez que la veía en carne y polvo de estrellas.

jueves, 27 de junio de 2013

La estrella polar



La mujer de la estrella polar apareció una noche de luna gigantesca, me cogió de la mano sin que yo pudiera retirarla a tiempo, imperceptible y fugaz, trayéndome el olor azul de su océano en una cajita cerrada con un candado que sólo podía abrir la suave desesperación de un beso. Yo le dije que era un mal momento, por supuesto no le hablé de Avellaneda, ni de que de repente me sentía mucho más viejo de lo que soy, no porque Avellaneda se fuera, sino porque todos los adioses envejecen, al menos a mí, y me dejan con la sensación de que estoy mayor para que me vuelva a gustar una mujer. Siempre pienso que no podré volver a querer como ya he querido. Y supongo que es cierto y no lo es del todo, quizá sea verdad eso que el sr. Ortiz me dice algunas veces, cuando nos sinceramos tras un par de copas: "Es el corazón el que se nos hace viejo, toni, ya no hacemos nada por primera vez y el corazón aprende por su capacidad de sorprenderse, de amar lo nuevo. Busca una vida agitada y nunca te sentirás viejo".

Pero el sr. Ortiz no comprende esta nostalgia que me asalta de vez en cuando, ni siquiera sabe que una vez existió Avellaneda, ni que la mujer de la estrella polar brilla con luz blanca, que viene de un norte sin brújula y que a mí siempre me queda esa mala costumbre de creer que traicionar un recuerdo es como traicionar a la persona con quien los has vivido, o traicionar los propios sentimientos, o... no sé, quizá las huellas que dejan en mí los afectos duran demasiado tiempo.

La mujer de la estrella polar tiene el norte agrietándole la piel al calor de este sur, y en sus ojos viajan mil icebergs sobre el gran azul. No sabría decir si su cuerpo guarda el fuego bajo tierra como la isla de donde viene o si se puede guarda la compra en los compartimentos de su corazón. A mí me gustaría creer que lo descubriré algún día no muy lejano, cuando se me deshiele el recuerdo de Avellaneda, cuando se me rejuvenezca el corazón a base de sorprenderse con lo que le depara el mundo.

Yo sé que la mujer de la estrella polar sabe cosas que yo no sé que sabe, quizá aprenderlas nos rejuvenezca a los dos tanto nos devuelvan los años en los que, cada uno por su lado, envejecimos sin darnos cuenta.