Creo que puedo entenderlo, es decir, creo que puedo llegar a comprender todo eso de la música de las esferas. Puedo escuchar el sonido que hacen los planetas al girar sobre sí mismos, el roce de sus atmósferas al frotarse contra su corteza, erosionándola con suavidad, acariciándola como si quisiera cartografiar su superficie con la yema de los dedos. Puedo oír el crujir de cada uno de los mundos de mil sistemas solares a la redonda, el crepitar de la hoguera en el que se consumen sus mil soles; puedo cerrar los ojos y sentir cómo todo forma parte de una melodía improvisada que no cesa nunca, que empezó con el tiempo y terminará cuando el último átomo deje de vibrar, cuando la última partícula subatómica deje de moverse.
Sólo entonces el Universo será algo muerto, algo sin vida. Mientras exista este sonido de fondo, y mientras haya alguien para poder escucharlo, ese universo existirá; mientras deje un rastro que alguien pueda medir o intuir de alguna forma que existimos en el pasado, mientras podamos ser nombrados aunque sea con un nombre distinto al que utilizábamos para nombrarnos a nosotros mismos y a las cosas, permaneceremos.
No sabría decir si desde que soy medio hombre, medio máquina, no sé si desde que tengo conciencia de que soy un cúmulo de centenares de conciencias, soy capaz de apreciar todas esas cosas de una forma distinta, no sé si soy yo, o los millones de poemas de a biblioteca universal a los que tiene acceso una parte de mi, los que configuran eso que siento al comprender lo que hay ahí afuera. Sólo sé que empiezo a sospechar que un día fui más hombre que máquina, debo de haberlo sido, y cuanto más lejos estoy de las otras naves, más quiero recuperar ese sentimiento de ser yo mismo, de ser algo más que este torrente de datos que recorre mis venas. A veces me pregunto si en realidad no seré más que el piloto, que mi conciencia estaba encerrada en un sólo ser vivo que vivía y moría sin poder volver a reconstruirse una y otra vez.
Quizá, si me remontara al pasado, si pudiera conocer qué era antes, saber de dónde vengo, me daría la oportunidad de saber quién soy ahora. Pero esto no es posible. También era imposible llegar a pensar en el pasado profundo y aquí estoy, elucubrando sobre algo que no está permitido.
Pero hay tanta belleza ahí fuera...
Es imposible no preguntarse si somos algo así como el observador que ya se ha aburrido de observarse a sí mismo
Si somos algo más que una espora en busca de planetas que habitar.
Si la conciencia pura es ser el animal que somos y todo lo demás es un juego que quisimos jugar demasiado en serio.
Quizá no esté aún preparado.
Quizá no lo esté nunca.
Tal vez sería mejor dejar de redundar en esta rutina que no lleva a ninguna parte.
En veinte minutos divisaremos un planeta a los que una de las sondas consideró apto para la cobijar vida orgánica. Ese es mi trabajo. Este es mi destino. Sin embargo, a veces...
Creo que algo se avecina, no puede ser que tantas coincidencias no quieran decir nada en concreto. A veces me siento como uno de esos científicos locos que leen en los números de las líneas de bus y las palabras de los periódicos al azar, una especie de conspiración de extraterrestres...
Pero creo que igual todo esto tiene un sentido.
Un sentido inimaginable
o un sinsentido.
No sé.
Quizá
Me estoy volviendo loco.
Tarde o temprano tenía que ocurrir.
El otro día me crucé con Santi Balmes en la Plaça Universitat. Aclaro que eso no es una coincidencia, simplemente una anécdota... pero pasaba el 16 y en el Mundo deportivo de ese, se podía leer algo inquietante... si juntabas las palabras esdrújulas de los segundos párrafos de las páginas impares con los monosílabos unidos como el movimiento del caballo de ajedrez de la tercera página empezando por la esquina de abajo.
Tendríamos que encuadernar lo nuestro, hacerlo libro, manosearlo hasta que se desgaste, releerlo cuando la lluvia no nos deje salir de casa, subrayar el tiempo, escribir notas a pie de página, recitarlo en voz alta, susurrárnoslo al oído como quien cuenta un cuento a altas horas de la noche para que alguien muy pequeño se duerma al oírnos, acurrucarlo con el tono, hasta que los personajes se conviertan en algo casi tan real como la realidad misma.
Deberíamos dejarnos de tonterías y volver a ser un cúmulo de palabras que desordenamos el uno en el otro hasta volvernos haikus casi sin sentido, sin objeto. Y volver a ser eso que un día fuimos, para empezarnos de nuevo con otra historia que contarnos el uno al otro, más viejos y con menos tiempo que perder, más lentos pero con los horarios de los trenes y los autobuses siempre a mano. Me gustaría volver a conocerte cada mañana para empezar todos los días con la sensación de que es el día más feliz de mi vida.
Hace días que pensaba en que quería volver a escribir algo largo, algo así como una novela corta. Supongo que hay cosas en la vida de cada uno que por mucho que quieras esconderlas siempre acaban por aparecer en un momento u otro, porque te definen, por uno no es el que le gustaría ser sino el que es, y por mucho que te empeñes no encuentras motivación para aquello a lo que renunciarías si pudieras hacer lo que quieres hacer.
Imagino que siempre tendré proyectos dentro de mi cabeza, que surgirán como una idea y se desarrollarán durante días, semanas, meses, hasta que acaben por morir sin llevarse a cabo. Pero últimamente las cosas se están acelerando, es como si mi cerebro trabajase mientras duermo en cuanto le hago un encargo, ahí está por la mañana, con la solución, la idea, el esquema que hay que trabajar durante los siguientes días...
Y a veces pienso que se me están acabando los días en los que puedo empezar cosas, que tarde o temprano esa fuente de energía se agotará y me quedaré añorando la creatividad desperdiciada. No sé, quizá esté exagerando, en cualquier caso tengo la sensación de estar viviendo la vida a medias, de sentir las cosas como a través de un plástico fino y transparente, sin llegar a tocar la superficie de las cosas, y casi peor que eso, sin que ellas me toquen. Empiezo a entender los motivos, y eso me tranquiliza y me desasosiega al mismo tiempo, porque entenderlo no conlleva una solución fácil. Es más, lo que se me ocurre pondría patas arriba casi todo, pensaba que vivir así es cómodo, pero en realidad es algo deshumanizado, no sufrir implica también no sentir la alegría. Todos los personajes que he descrito en todo lo que he escrito ven las cosas con esa distancia.
Quizá por eso envidio a quien sabe escribir desde el corazón, quizá por eso no soy capaz de darle rienda suelta a esa alegría de vivir que siento cuando leo poesía, o cuando entro en ciertos blogs, o cuando me pregunto qué pudo haber sido. No sé si estoy hecho para eso.
Quizá ese plástico transparente es la piel necesaria para soportar un mundo que intuyo demasiado hostil. No implicarse es algo así como un método de higiene que se ha ido convirtiendo en algo compulsivo, como lavarse las manos diez veces al día, o caminar por las baldosas sin pisar las juntas.
El caso es que anoche pedí a mi subconsciente una historia. Y a las dos de la mañana me desperté con la historia completa en mi cabeza. No sé como afrontarla, es compleja, sobre algo que había leído en los últimos días. Ciencia ficción. No sé si tiene mucho sentido que empiece a escribirla porque no sé si tendré tiempo ni si podré mantener el fuego mientras la historia aún esté viva.
No me gustaría que pasara como con "Moriría por ella" que murió antes de acabarla, que se quedó varada en aquella etapa de mi vida en la que dejé de creer en las sirenas.