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lunes, 27 de agosto de 2018

Intervalo



Puede que ya no convivamos en el mismo espacio ni en el mismo tiempo, que nos hayamos perdido más allá de lo que imaginamos.

Pero sé que te encontraré en otro tiempo, en otra vida, porque las distancias son un mal menor que duelen cuando cambian las estaciones. Huesos rotos que no recordamos, heridas mal cosidas que sólo cerraron a medias.

Noches de insomnio que nunca se recuperan.

Personas y ciudades que sólo son atrezzo.

Destinos que no son nuestros.

Felicidad que no nos completa.

Universos de los que salir huyendo para zambullirse en otro para poder encontrarnos.

Materia que nos condena a ser casi materia.

Objetos.

Sólo cosas que me recuerdan que no he llegado aún a donde quiero llegar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Recetario muy abreviado para unas muy felices fiestas



Después de tirar por accidente (y por el desagüe) mi maravillosa receta de piña al cava y después de, entre lágrimas y un desatascador, deshacerme de los restos que obstruían el fregadero reflexioné largamente acerca de si no estuviera yo sobrevalorando mis dotes de chef.

Tan larga y meditabunda actividad dio como resultado un sopor indescriptible, que dio paso a una siesta-relámpago de seis horas y una posterior merienda a base de lo único que me quedaba en la nevera: un tomate, un limón seco y duro y un yogurt con la efigie de Pedro I de Rusia (el grande) de sabor turrón (aunque puede que en realidad fuese mostaza de Dijon).

En previsión de que se acercan las fiestas y que mi amada Terminator 2 se ha autoinvitado a mi casa para nochebuena con fines todavía no descifrados por mí, he decidido, en un alarde de elegancia, sentido de la dignidad y haciendo uso de las maneras tan exquisitas que en mí son naturales y que todos ustedes conocen, robar un pavo esa misma noche (ya cocinado) y a ser posible extraído ya del horno (aunque ahora que lo pienso un horno nuevo no me vendría mal).

Esta inseguridad en mí mismo me persigue por momentos hasta tal punto que me pregunto si además de un dudoso chef, no seré también un amante regular, un profesional mediocre o un escritor de serie B. Así que salgo al balcón con el ánimo de un héroe que sube a la montaña más alta para recrearse en las vistas de todo aquello que insufla valor en el corazón de un hombre, y miro entre la ventisca de nieve las farolas que alumbran mi calle, lúgubres y constantes; y un escalofrío me recorre la espalda (quizá porque el termómetro marque -6ºC). Un pensamiento con vocación de eternidad me inunda: La duda es la prueba a la que los hombres deben enfrentarse para tomar la determinación e ir más allá de sus propias capacidades. Ese pensamiento me emociona hasta tal punto que lágrimas afloran a mis ojos y crece en mí una determinación: Seré lo que yo quiera ser... pero a partir del uno de enero, de momento seguiré con el plan de robar el pavo.

Entro de nuevo en casa y enciendo la calefaccción. Mi corazón vuelve a la calma. Pedro I, el grande, me observa desde la etiqueta del frasco encima de la encimera con la dignidad y el reconocimiento que merece un igual a él. Sí, Pedro, el mundo necesita hombres como nosotros, capaces de soportar cualquier carga, hombres que amen su destino y que el destino esté hecho para ellos. Me acerco al frasco y lo cojo con mis manos. Leo: Mostaza Vlad Drakul. ¿De qué me sonará a mí ese nombre? Un retorcijón me aparta de mis pensamientos. Pedro I me mira y sonríe con cierta sorna. Otro retorcijón me dobla sobre mí mismo. Salgo corriendo al cuarto de baño tropezando con los cacharros de la comida y del agua de mis gatos, que me miran en silencio y sin inmutarse, quizá con cierta curiosidad. Probablemente murmuran en su lengua algo de mí, pero yo ya no estoy para verlo, yo ya estoy haciendo la pose del pensador de Rodin, con la conciencia nublada y embotados los sentidos, pensando en Terminator 2 y preguntándome qué querrá de mí en nochebuena.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La niebla


Llevo diez días encerrado en casa. Afuera, en la calle, condensa lentamente una neblina con los vahos de los vecinos y el humo de los coches y que va camino de convertirse en una nube; una nube sucia y pegajosa, inmóvil, ajena al viento que la desharía o se la llevaría. Como esa nube sin su viento, así me siento yo sin tí.

Hace tiempo que la asociación vecinal perdió la esperanza de que el viento airease la calle. Después de más de veinte edificios derribados (los primeros por orden municipical y los últimos a pico y pala enarbolados por la turba desesperada) los vecinos se volvieron huraños y cesaron las reuniones para poder encontrar soluciones (o señalar a un culpable al azar y despellejarlo, o destinar los recursos de las fiestas a la construcción de un ventilador gigante). Cabizbajos y paquidérmicos, los niños van al colegio con la ropa húmeda que sus madres hace tiempo dejaron de tender para que se secara al sol. Los niños juegan en otros barrios, algunos se han ido a vivir con parientes que viven apenas una calle más abajo, por donde sí pasa el viento con la misma irregular regularidad de siempre. Y los adultos miran desde detrás de las ventanas, desalentados, la niebla preguntándose si se trata de un castigo divino o si, simplemente, el fenómeno (más bien la usencia de éste) responde a una causa científica.

Hace un mes ocurrió algo que nos dió esperanza durante un corto espacio de tiempo. Bajó la temperatura bruscamente y la nube se condensó provocando una lluvia fina que alivió momentáneamente el bochorno irrespirable de la calle. La alegría duró poco. El tiempo que tardamos en darnos cuenta de que aquella lluvia espesa venía a empaparlo todo con una consistencia y un olor nauseabundos, que las cloacas desprendían un sonido como a lodo, que aquello más que un alivio suponía la constatación de que si algún día el viento se dignaba a pasar por la calle y llevarse el aire enrarecido, nos quedaría el recuerdo impregnado en las paredes de los edificios, en las aceras, en el brillo asesinado en las carrocerías de los coches.

Diez días llevo escuchando a Camela. Enloquecido y con los ojos vidriosos de ver todos sus vídeos una y otra vez, enferma el alma, enamorado locamente de la Angeles u odiándola a muerte según el momento y el estado de mi corazón. Te echo de menos y todas sus letras me traen tu recuerdo con el repiqueteo de la caja de sonidos del órgano del tío de los tres que ni canta ni actúa ni nada de nada.

Algunas noches cuando consigo dormir te requetesueño y me hundo en las aguas oscuras de tus ojos que en otro tiempo fueron cristalinas. Otras veces sueño que me ahogo y al contrario de lo que pasaría si lo hiciera de verdad, cuanto más me falta el aire menos angustia siento y sólo la idea de que la tranquilidad absoluta me supondría la muerte y con ella la imposibilidad de volver a verte, me devuelve poco a poco la respiración. Sé que tarde o temprano llegaré a la conclusión (supongo que también en sueños) de que es mejor llegar hasta el final pero de momento todavía mantengo el control y siempre vuelvo a la superficie de tu mirada. Y allí permanezco... hasta que vuelvo al ordenador y enloquecido, a la visión compulsiva de los vídeos de Camela.

La vecina del primero primera ya no me odia, ha pasado a la indiferencia. Y si bien todavía algunas veces derrama cubos de agua cuando yo paso y aplica al charco que se forma una corriente eléctica considerable (cualquier día hace caer las líneas de alta tensión una tras otras desde Balsareny hasta Grenoble) ya no lo hace con aquella vivacidad en el rostro y se ve que su maldad se ha tornado en una malicia casi inofensiva empujada por una inercia cada día menos veloz y que, el día menos pensado, dejará de interesarle realmente mi presencia en este mundo. Llegado ese día, no sé si lo soportaré. De momento, estoy tranquilo porque me responde, eso sí, sin aquella voz de ultratumba, a mis buenos días con su clásico y entrañable "hijo de la gran puta".

Pero sigo pensando en tí aún a la una de la madrugada y escuchando "lágrimas de amor" a todo trapo. Te imagino lejos y en compañía de otro que no soy yo, en un hotel quizá, en una residencia campesina tal vez, en cualquier caso, acabo por volver a pensar y escribir. Mañana vuelvo al trabajo. Lo he decidido. El jefe no ha parado de llamarme y no le he cogido el teléfono. Tal vez esté molesto. Tal vez por eso sus mails amenazándome con despedirme al principio y despidiéndome después.

Creo que si le cuento lo de la ausencia del viento, lo entenderá.