Me dice que estoy acabado, que el tiempo se me está acabando y me quedan demasiadas cosas por hacer, pero que eso yo ya lo sabía, que no sé decir que no, que en eso consiste ser débil, en no saber poner límites a los demás ni a uno mismo.
Podría rebatir lo que dice pero sé que es inútil, los dos sabemos que es verdad; que la vida es demasiado grande para querer comérsela uno a bocados, que hay que ir despacito o tener suerte y de eso no voy sobrado.
Te queda poco tiempo, dice.
De momento no le voy a hacer caso.
El bicho me mira complacido desde su rincón. Sabe que pronto será su turno y sabe que en ese momento él tomará las riendas de nuestro destino...
Hoy hace diez años. No sé si es el día exacto, pero sí que era viernes y nos vimos en un bar al lado del cine Verdi. Y yo pensé que de dónde sale esta chica tan loca y me gustó que hubiera alguien encima de este planeta que desprendiera esa luz tan blanca. Creo que yo era otra persona distinta a la que soy ahora, escribía diferente, mejor, más yo, no sé. Tenía un blog: éste; y te llamé la chica de la bicicleta no sé el porqué; y tuvimos un instante de cosas que ocurren sin que supiéramos qué pasaba y a pesar de que me gustó la intensidad de la luz supe en ese instante que la electricidad mata.
Han pasado diez años, ayer sentí lo mismo que el día en que se acabó todo. Y hoy, que también se acaba una etapa de mi vida, sé que el que los minutos y las horas envejece como lo hacen las personas, los instantes se llenan de arrugas y pierden piel a escamas, todo lo que ocurre acaba marchitándose.
Pero recuerdo aquella tarde, en el bar de la calle Verdi, diez años atrás y cómo me cambió la vida aquello, cómo pasé de no tener rumbo a tenerlo, y cómo de tenerlo volví a perderlo en tan solo unos meses y ahora pienso que llevo así no una dácada, sino un millón de vidas tratando de encontrar algo, lo que sea, que me devuelva a ese estallido de luz que nunca he vuelto a sentir.
Un universo entre el big bang y su extinción. Eso es lo que ha transcurrido desde entonces.
Y aunque ya me despedí (durante años este blog sólo fue una larga despedida) a veces vuelvo a aquella tarde en que quedamos solos por primera vez. No para empezar desde cero, sino para reconcer cuando pase de nuevo.
Y aunque pasaron cosas y llegaron otras personas mejores, yo ya estaba muerto.
Todo esto sólo es el instante en el que pasa la vida por delante de uno.
Vivo solo desde hace muchos años y vivo solo porque nadie quiere a nadie. Lo aprendí desde muy pequeño: nunca se está a salvo de los demás. La vida es una contínua lucha para que los otros no te hundan.
Y la mayoría de las veces es lo que ocurre.
Si hay algo que he aprendido es que el amor y la felicidad no existen como conceptos, que sólo son reclamos publicitarios para que hagamos cosas que no queremos hacer.
A veces te toca la lotería y te enamoras, pero está claro que te enamoras de la persona que eres cuando te obcecas con alguien y éste te corresponde.
Sólo por un tiempo que pasa demasiado deprisa.
Decía Krishnamurti que el amor es apartar una piedra afilada de un camino por donde sabes que van a pasar personas descalzas.
Yo me lo creí durante un tiempo.
El amor es lo que dice el marketing qué es el amor.
Un estudio de mercado a simple vista.
Una mala decisión tras otra.
El amor es un película de Hollywood, con tiros y persecuciones y esas cosas, con beso final de la chica al musculitos que sabe matar para mantenerla a salvo de otros musculitos que saben matar, pero menos.
Me gustaría volver a encontrar a voz con la empecé este blog. No sé si entonces era una buena o mal alternativa a la mía, pero en cualquier caso era algo distinto a lo que había sentido dentro de mí. Era algo tan poderoso que casi me sustituye. Y en ese momento necesitaba que algo o alguien ocupara mi lugar sin hacer preguntas, sólo para coger el volante y llevarme de copiloto hacia donde fuera. Algo o alguien que me dejara durmiendo en el asiento de al lado y condujera toda la noche. Eso era todo lo que necesitaba
A veces las cosas surgen sin saber de dónde vienen, llegan cuando más lo necesitas, a veces también ese cuando es algo destinado a ser un cómo o un porqué, viene a sujetar cosas (aunque sea a medias) que uno no sabe cómo sostenerlas. Y ese día te conviertes en otro, en uno que sí puede, en alguien que tiene la suficiente fuerza como para aguantar lo que venga.
Algo así siento estos días. Creo que se acerca un tiempo en el que tengo que volver a ser eso.
Golpear antes de ser golpeado.
La vida es una sucia bastarda a la que hay que enseñarle los dientes. No importa cómo. No importa dónde, sólo importa que no saldremos vivos al enfrentarnos a ella. Sólo es cuestión de tiempo que las cosas se pongan feas y tengas que volver a ser ese hombre que has estado destinado a ser y al que le importa una mierda si lo hará bien o mal. Sólo se trata de aguantar de pie sin que se note que ya estás muerto.
Porque no te quepa la menor duda: ninguno de nosotros puede asegurar que mañana no será cierto.
Sé que debería alejarme, que los hombres como yo no están hechos para una vida sin sobresaltos, sin una cara sobre la que cobrarme, a puñetazos, lo que la vida me ha ido quitando. Es lo que tiene el bicho: un día se despierta y ya da igual todo lo que ocurra en adelante, porque ya no tiene que ver contigo. Estás muerto y harás cualquier cosa para sentir que has dejado de estarlo durante esos segundos de adrenalina a los que te vuelves adicto.
Porque la rabia no es un sentimiento, es una droga que te hace sentir vivo, es la guerra y el seguir un día más en pie, pensar que puede ser el último de esos días, que no hay un infierno en el que quemarse eternamente peor al que que te espera cuando el destino se cruce contigo y no te mate del todo.
Si sobrevives a una guerra en la que has tomado parte nunca vuelves a ser el mismo, no por los putos traumas, sino porque tu cuerpo ha probado el límite y lo añorará ya el resto de tu vida.
Lo necesitará.
Supongo que es por eso que debería alejarme, pero no lo hago porque en el fondo soy un cobarde. En el fondo y en la superficie. Todos los hombres somos unos cobardes, unos lo muestran de una forma y otros de otra. Detrás de la rabia sólo está el miedo, un miedo que te dice que has o no de hacer para no perder la poca dignidad a la que tienes derecho. Y tener miedo te convierte en ese cobarde, por mucho que los libros de autoayuda te intenten convencer de que eres una especie de superhéroe sólo por hacer algo a pesar de que estás entrando en pánico.
El bicho sabe que eres soy un cobarde más, lo sabe y se ríe. Se ríe y me encabrona. Y entonces soy capaz de cualquier cosa, soy su puta marioneta y soy capaz de hacer cualquier cosa, soy capaz de hacer daño a todo el que se me ponga por delante y que no me importe casi nada.
Y digo "casi" porque en el fondo todavía hay algo dentro de mí que es humano, que observa y es capaz de arrepentirse y pensar que no lo hará nunca más. Pero es un ser humano débil, alguien encerrado en un lugar oscuro. Alguien que tiene miedo.
Y si hay algo que nos da asco es ver el miedo en los demás.
Si hay algo que no podemos soportar es reconocer en otro eso que nos convierte en una rata asustada.
Podría haber sido de otra forma. A veces me equivoco y sé que me estoy equivocando. No sé si eso me convierte en culpable, pero en ese momento en el que ocurren las cosas me da igual. Los remordimientos llegan luego, pocas veces, lo reconozco; no soy mucho de pensar qué podría haber cambiado si yo hubiera hecho esto o aquello. Todos nos equivocamos alguna vez. Yo, muchas.
Pero si pienso en ella no tengo escapatoria, es como si tuviera algo pendiente con todo lo que ella es, como si, de alguna forma, me hubiera convertido en responsable de lo que le ocurriera a partir del momento en que la conocí. Con respecto a eso, creo que lo hubiera podido hacer mejor, es decir, creo que hubiera podido hacer algo para que su vida cambiara a mejor, pero la gente no cambia sólo porque tú quieres que cambien. Nadie cambia a menos que le ocurra algo muy gordo, o que esté harto de que todo le salga mal y se proponga no seguir haciendo siempre lo mismo. Entonces sí que existe una pequeña esperanza.
Pero se trata sólo de eso: una minúscula posibilidad. Somos animales de costumbres. Y ella se había acostumbrado a vivir como si todo fuera una huida hacia delante. Creo que hay gente que sale corriendo un día sin saber muy bien hacia dónde ni el porqué lo hace. Ese tipo de adrenalina engancha, el cuerpo se acostumbra a los garitos oscuros y a que todo parezca fácil, sin responsabilidades más allá de sentirse vivo. Lo sé porque lo he visto noche tras noche durante muchos años y si algo me ha salvado es la incapacidad para sentir eso que intuyo que sienten otros. No me importa, sin embargo un día conoces a alguien que sabes que se va a estrellar en cualquier momento. Y aunque te has prometido que nunca te jugarás el pescuezo por nadie así, un día te ves metido en ello.
Como cuando encuentras a un cachorro abandonado en la calle y te lo llevas a casa.
Estás perdido. Te dará algo que no sabes que existe.
Te dará un motivo.
Y un motivo es lo que necesitas, es lo que estabas esperando desde hace años sin que te atrevieras a pronunciarlo en voz alta, ni siquiera a media voz, ni siquiera para ti.
Y de la misma forma que un cachorro te araña las cortinas y te muerde los muebles, de la misma forma que te ensucia la casa y te obliga a tenerle siempre presente, habrá persona que hagan eso con tu alma.
Y sin saber por qué los querrás.
Por eso, te voy a dar dos consejos. Nunca recojas un cachorro de la calle y nunca te enamores de alguien de quien no puedas no enamorarte.
Me dice que tiene que marcharse, que se ha hecho demasiado tarde, que no tiene un lugar a dónde ir, que se ha pasado la vida huyendo sin saber a dónde y ahora... ahora lo sabe y también que no llegará a tiempo. La miro sin que se me note ese terror que no se sabe que se tiene dentro hasta que las cosas cambian por un instante de conciencia ajena. Uno intuye que todos los demonios que debe conjurar en su interior se llaman de la misma forma, saben igual de amargos y producen el mismo temblor en las piernas.
Me dice que se va, que todo fue una equivocación, que lo nuestro sólo fue un lugar en el que fondear y no donde quedarse a envejecer, que yo ya sabía que ella era libre y que eso, precisamente, era por lo que yo la quería, porque soy igual que ella aunque aún no lo sepa o no quiera decirlo en voz alta.
Le pido que no se vaya hasta mañana, que la oscuridad está llena de alimañas, que para mí tampoco es como lo había imaginado, que la vida es lo que tenemos por delante y el alma es eso que nos quema y nos empuja a vivirla, y lo entiendo tan bien porque puedo ver las llamas en cuanto cierro los ojos, porque las veo desde que era un niño, que a mí el ardor de la sangre me llevó a buscar hasta que encontrarla a ella. El mismo animal herido, la misma fiera lamiéndose hasta cicatrizar el roce de los días.
Podría fingir que no me importa, que su voz no es una lluvia de cristales sobre la piedra de la que estoy hecho, que ya no moriría por ella, que no podría soportar de ahora en adelante toda la niebla que levantará su ausencia, pero entonces mentiría si es que el silencio supo mentir alguna vez al mirar a los ojos.
Me pregunto si lejos el uno del otro encontraremos algo de paz, si un buen día nos despertaremos siendo sólo un hombre y una mujer que siente algo más que la fiebre abrasadora e incurable, cada uno en una vida distinta, con extraños a nuestro lado, con los hijos que no tuvimos juntos, despertándonos al lado de algo parecido a esa felicidad a la que siempre nos supimos inmunes.
Pero se va, cierra la puerta y se va hacia esa certeza que no se encuentra en ninguna parte. Y a mí me cuesta encontrar la calma, no porque el bicho quiera volver a ser el dueño, sino porque los años fueron domando al domador y lo hicieron más listo.
Debes tener miedo. El miedo es lo único seguro que vas a tener, el único que no te va a abandonar cuando estés desesperado, el único que estará ahí siempre que las cosas se pongan feas, estará ahí para protegerte, para ponerte alerta, para que no vayas más allá. Sin miedo estarías muerto y ya sabes, debes tenerle miedo, sobre todo, a la muerte.
El miedo te condicionará, dejarás de hacer cosas necesarias para sentir que eres tú mismo y te acostumbrarás a ello. Enseñarás a los demás a tener miedo para protegerles, para que huyan y se escondan, para que acepten aquello que es tan grande que ni tú ni ellos podréis comprender, y como no podéis comprenderlo deberéis creer a aquellos que dicen hacerlo.
Con el tiempo aprenderás a resignarte, a pagar y callar, a votar y aceptar, a tener pequeñas frustraciones que tapen la gran frustración. Y las mentiras. Aprenderás a creerlas y aprenderás a mentirte, y sobre todo, evitarás emocionarte hasta olvidar que todo, sobre todo mentirte, lo haces por miedo, un miedo que nunca has sentido de verdad porque porque sólo se puede sentir miedo a morir si estás vivo.
Y ya no lo estás.
Porque si tienes miedo a vivir por miedo a morir es que ya estás muerto.
Pero ya que estás muerto ¿a qué tenerle miedo?
"Si no construyes tus sueños alguien te contratará para que construyas los suyos" y lo hará porque eres débil, y eres débil porque no eres quien estás destinado a ser. Ser débil no es no tener fuerzas, es abandonarse, es resignarse, es aceptar que lo que dicen los demás es lo correcto y tú estás equivocado acerca de ti mismo. Sólo tú vas a vivir tu vida, sólo tú decides lo que quieres ser y lo que no quieres ser.
Y claro, está el miedo. Y claro, estás tú tan débil. Y están ellos, que saben lo que es mejor para ti.
Pero entonces, un día, alguien te hace una pregunta y te obliga a mirarte en el espejo. Y te das cuenta de que el miedo es algo opcional.
Puede que hayas arriesgado demasiado y hayas pagado las consecuencias. O puede que lo que hayas hecho hasta ahora se quedara en un amago de riesgo de verdad, que lo que tomabas como audacia no sea más que un simulacro de lo que deberías haber apostado.
O quizá vivas en el miedo y desees, por encima de todas las cosas, encontrar un lugar en el que refugiarte de él y que sigas mintiéndote cuando te dices que ya no te mientes.
Y puede que le miedo no sea opcional, que el miedo sea tan humano como tú mismo, que esté ahí para proteger a la especie, a tu familia, a tus hijos...
... pero sabes que no estábamos hablando de ese miedo.
Lo sabes y sin embargo te aferraste a él.
Porque aprendiste que debes tener miedo, que cuando estés en peligro o confuso siempre podrás recurrir a cualquier forma de miedo.
El tiempo nos dirá si alargar todo esto mereció la pena.
Yo creo que no, pero le concederé unas pocas semanas más a la incertidumbre.
Quizá fui demasiado optimista.
A primera vista puedo parecer un pesimista, pero soy todo lo contrario. De no ser así, hace ya muchos días que hubiera volado.
A veces me doy cuenta de que ya sólo me queda la esperanza, una esperanza estúpida que no se sostiene con argumentos. Me pregunto si la perseverancia era de verdad el seguro a todo riesgo para alcanzar aquello que se desea.
Pero no es cierto.
El mundo está lleno de frases brillantes que sólo hacen eso: deslumbrar a quien se atreve a mirarlas, pero queman como el sol hasta dejarte ciego.
Regreso a los orígenes.
Quizá el tiempo emitió su veredicto antes de sí mismo.
Quizá la respuesta nunca estuvo demasiado lejos y yo me empeñé en mirar hacia adelante en lugar de mirar a mi alrededor.
Me pasé el tiempo dando demasiada cuerda al bicho para que corriera y me dejara en paz, pero el bicho nunca se cansa, nunca duerme. Siempre está ahí para recordarte lo mucho que va a pedirte.
Ulises y Penélope merodean en busca de algo que yo también necesito.
Lo insoportable de la soledad es que con el tiempo le impregna a uno hasta calarle los huesos y ya nunca más se va.
Pero aún así voy a concederle el beneficio de la duda a todo esto que, si lo pensara con sensatez, ya debería haber acabado hace tiempo.
Porque en el fondo soy ese que lo último que pierde es la esperanza, porque si lo piensas fríamente vivir es una locura, no tiene sentido, sólo se sostiene por la idea de que algo, lo que sea, va a ir a mejor, o por lo menos, va a acabar pareciéndose a aquello que deseas.
Bajamos por las escaleras de incendios hasta la calle. Justo cuando llegamos al suelo se enciende la luz de la habitación en la que estábamos. Al doblar la esquina me giro y llego a ver cómo nos ven escapar a través del cristal de la ventana. Subimos al coche y lo pongo en marcha. No conozco la ciudad pero intuyo que tiene que haber una salida principal que estarán vigilando y un puñado de carreteras secundarias a las que no llegarán a tiempo.
Recibo un mensaje en el teléfono que dice que no llegaremos muy lejos. Imagino que han podido hablar con el recepcionista y que éste de una forma amistosa les ha dejado ver la ficha de registro. Tenía que dejar mi número para que me llamaran si volvía María. Tengo la cabeza llena de pájaros, cada día me hago más viejo y dejo más cabos sueltos. Dudo que puedan rastrear el número pero por si acaso lo desconecto.
Recorro las calles de la ciudad, los barrios altos, buscando un camino que lleve a una carretera que me deje al otro lado de las montañas. Imagino que no pensarán que iba a elegir salir por aquí, lo más lógico hubiera sido seguir el curso del río y abandonar el valle por la autopista, pero eso representaba demasiados riesgos que no quiero correr. Quizá hayan pensado que yo acabaría pensando como ellos y que buscaría la salida menos probable y tendrán un coche apostado más adelante con el que detenerme y darme caza.
Le pido a María que saque la pistola de la guantera, le digo qué ha de hacer para sacarla de su escondrijo. María da un golpecito en el sitio correcto y se abre el cofre donde guardo la reliquia incorrupta del brazo de Thor. Me gustan las pistolas grandes y que hacen mucho ruido al tiempo que salpican trocitos de hueso. Hay algo dentro de mí que necesita toda esa hecatombe, el humo, los gritos, las balas. El bicho sonríe desde algún lugar dentro de mí, agazapado, llenando el tambor de su particular revólver y dice algo así como que hoy es un buen día para divertirse.
María mira por el retrovisor como si pudiera ver si nos siguen. Pero no puede, está orientado para que sólo yo pueda verlo. Conduzco con cuidado y sin hacer demasiado ruido. En las curvas más cerradas alguna rueda chirría. El viejo Mustang tiene los amortiguadores gastados y sus achaques pueden despertar a los lobos que pudieran estar acechándonos.
Quince minutos después pasamos por la cima de la montaña y empezamos el descenso. Las luces de un coche salen de la nada y empiezan a seguirnos. Me pregunto si habrá cobertura en este paraje. Si no la hay aún tenemos una oportunidad. El coche se acerca más y más, cuando están muy cerca, poco antes de una curva cerrada, freno en seco y el otro coche, por la inercia se nos echa encima. Poco antes del impacto acelero para que el choque no sea tan fuerte para que me eche de la carretera y en el momento justo giro el volante con violencia y doy un giro de 180º. Pasan por nuestro lado sin tocarnos a una velocidad que esperaban disminuir al golpearnos. Salen disparados hacia el precipicio. Si no han llamado a sus jefes, estamos salvados.
El coche intenta una última maniobra pero cae igualmente. El sonido de unos golpes sordos, de árboles quebrándose desde dentro, dura unos segundos. Enderezo al viejo zorro y sigo carretera abajo, alejándome de toda la basura que guarda esa infame ciudad. María me mira con una mezcla de felicidad y espanto, me observa nerviosa y se agarra a la puerta para no perder el equilibrio en los vaivenes del asfalto. El bicho maldice mi habilidad al volante. Quería sangre y se ha tenido que conformar con ver unas luces rojas cayendo por un barranco.
Cuando llegamos a la base del puerto de montaña aún podemos ver la luz de un faro del coche a través de la espesura. No creo que hayan sobrevivido a la caída, no creo que puedan llamar por teléfono. Pero no puedo arriesgarme. Acelero hasta que las líneas discontinuas se convierten en una sola. María sube los pies al asiento y se agarra las rodillas.
- ¿Tienes frío? - le pregunto.
- Sí - me dice.
- En el maletero hay una manta. Pararemos - le digo mientras me aparto de la carretera.
Me bajo del coche y saco las llaves, no quiero correr riesgos. Saco la manta del maletero y la destiendo, abro su puerta y le cubro el cuerpo que, aún tiembla; lo hago con un cariño que ya se me hace demasiado extraño, como si en lugar de estar arropando a María estuviera arropando al Cris, como si en algún lugar recóndito aún tuviera la esperanza de recobrar la infancia de un pequeño de cinco años. Cierro la puerta y subo al coche. Pongo las llaves y le doy al contacto.
- ¿Por qué te has llevado las llaves? ¿no te fías de mí? - me pregunta.
Quisiera decirle que ahora mismo es la persona en quien más confío en el mundo, pero que todos tenemos miedos, todos cometemos estupideces, como creer que solos llegaremos a un lugar mejor que acompañados.
- No confío en nadie, María. Tú tampoco deberías hacerlo. Ni siquiera en mí, mi niña. No sé quién eres ni de qué trata todo esto, lo que sí sé es que esos hombres te buscan a ti y no mí. Y te quieren viva, de no ser por eso, los del coche se hubieran estrellado contra nosotros y nos hubieran empujado al precipicio ellos a nosotros. Creo que estaría bien que empezaras a contarme cosas. Por el bien de ambos. Aunque sospecho que tienes miedo que sí sé lo que hay detrás de ti, te abandonaré en cuanto pueda. Y puede que lo haga. Pero también te diré otra cosa: Yo tengo poco que perder y no me gusta la gente que envía a matones para coger a mujeres que se ve a la legua que no han hecho nada malo.
María calla.
- Te vienes conmigo, y si en algún momento crees que estarás mejor sin mí, dímelo y cada uno irá por su lado, pero dímelo, no desaparezcas sin decir nada. Si lo haces entenderé que no te has ido por voluntad propia y te iré a buscar. Sea donde sea. - le digo.
A María se le escapa una lágrima pero se repone enseguida. Es una mujer fuerte que no sabe hasta cuándo puede aguantar sea lo que sea que esté pasando.
- ¿Sabes quién es Garr? - pregunta por fin.
- No - miento. Garr, otra vez ese nombre, el mismo que figuraba en la ficha del coche que conducía la madre de Cris, el mismo nombre que salió en la conversación entre ella y el hombre de la silla de ruedas.
- Garr es el dueño de todos nosotros - dice en un tono que mezcla rabia y resignación.
- Pues ya va siendo hora de que los esclavos rompan sus cadenas y asalten la hacienda.
Sigue corriendo, no te detengas; no mires hacia atrás porque los lobos sólo pueden perseguirte si detectan tu calor corporal y a ti, desde hace mucho tiempo, te arde la mirada y ellos lo saben. Sigue corriendo, encontrarás un sendero a mano derecha cuando llegues a esa curva que sale en aquella fotografía que una vez viste. No estarás a salvo si lo sigues pero si no lo haces estarás muerta. Es la única posibilidad que tienes de llegar a algún lado, la única posibilidad de que hoy no te conviertas en comida. Sigue corriendo.
¿Por qué miraste hacia atrás? Te dije que no lo hicieras. Los lobos ya están en camino. Vamos a cambiar de planes, no sigas el sendero a mano derecha cuando llegues a la curva, olvídate de la foto, ya no existe, alguien la borró de su disco duro. Ahora caminas campo a través, tus pies son como dos piedras y las piernas ya no te responden, debemos elegir otra fotografía que los despiste, una detrás de la que te puedas esconder... hay una con jardín y una piscina, podríamos sumergirnos en el agua y esperar a que pasen, quizá tengamos la suerte de despistarlos. Pero esta vez deberás cerrar los ojos para que no brillen bajo el agua.
Sigue corriendo, te da miedo estar dentro del agua en un lugar que no conoces y has abierto los ojos. No me das muchas más opciones y los lobos cada vez están más cerca, es la última oportunidad que tendremos, porque si tú caes yo caeré después de ti y entonces ya no habrá historia. Me gustaría poder seguir escribiéndote, saber que existes porque no tengo más remedio que inventarte una vida e inventarme otra para mí. Hay una fotografía que casi nadie conoce, una fotografía de una puerta cerrada, ahí no te encontrarán, no sé cómo no se me había ocurrido hasta ahora. Es nuestra última oportunidad, así que no debes abrir los ojos bajo ningún concepto, oigas lo que oigas, por muy cerca que estén no podrán verte si no abres los ojos. Aguanta la respiración y cuenta hasta cien, no pienses en nada que desprenda calor.
Ya puedes respirar, ya puedes abrir los ojos. Puedes salir y volver hacia el punto de encuentro. Los lobos se han deshecho como si fueran de arena porque estaban condenados a encontrarte o morir. Hemos podido sortearlos esta vez, y estoy seguro de que podremos hacerlo todas las veces que vuelvan. Escribo tu nombre en la pizarra que tengo frente a mí para que no se me olvide que tenemos algo pendiente, que tenemos toda la vida por delante hasta escribirnos el uno al otro, para que cobren sentido nuestras vidas, para que podamos tener una segunda parte.
Llegas al punto de encuentro y te subes en el coche. Me das un beso y me pides que arranque para alejarnos cuanto antes de este lugar. "Me da escalofríos" me dices e inmediatamente lo siento yo también recorriéndome la espalda. Salimos de la ciudad sin demasiada prisa para no levantar sospechas y miro por el espejo retrovisor en cada semáforo por si nos estuvieran siguiendo. "Conozco un lugar en el que estaremos a salvo" te digo.
Me miras y siento que confías en mí, y eso es algo que me hace sentir orgulloso y que al mismo tiempo me asusta. Ya hacía demasiado tiempo que no tenía que huir y ahora lo hago por ti, pero ahora es distinto, ahora soy demasiado viejo y me quedan pocos amigos a los que recurrir, a todos les debo favores, a todos les molestará verme entrar por la puerta con una chica a la que salta a la vista que no traerá más que problemas. Problemas que no buscaste pero que llevas contigo, en tu piel blanca como la nieve, en ese ardor doloroso que desprende el fuego que se asoma por tus ojos.
Si me duermo estoy muerto, si me duermo estoy muerto, si me duerm...
¡Despierta!
Darko había regresado a la ciudad, su cuerpo consumido todavía tenía la suficiente energía para perseguirme y acabar conmigo. No hay mejor medicina que el odio para un asesino que sabe que le quedan pocos días. Yo había fallado y él iba a cumplir lo prometido, aunque fuera lo último que hiciera, aunque no tuviera ningún sentido ya. Por que ¿Qué sentido tenía matarme si era el último eslabón de la cadena? Y si no lo fuera, si decidiera airearlo todo ¿quién podría creerme sin pruebas? pero la pregunta, la última pregunta era ¿qué beneficio sacaba él con matarme? No podía temer que lo mataran a él porque él ya estaba sentenciado. ¿Por qué gastar los últimos días que le quedaban dando caza a alguien que no le había causado ningún daño?
Cuando lo vi desde el vagón del metro, llegando tarde a coger (por un segundo) mi mismo convoy nuestras miradas se cruzaron un instante, el tiempo suficiente para saber que me estaba siguiendo y el para qué. Me miró sin odio, con la misma mirada que tenía el día en el que me propuso seguir con su tarea, con su legado; una mirada aséptica, tan impenetrable como un muro de hormigón de dos metros de ancho, la misma mirada que seguramente vieron sus víctimas antes de morir en sus manos, la misma que, aunque quisiera, Sansón no podía imitar cuando rompía un cuello. A Sansón siempre se le escapaba una sonrisa de satisfacción, algo que de una forma siniestra, lo hacía humano.
Desde el momento en que lo vi supe que debía huir de él el tiempo suficiente para que la muerte lo alcanzara antes que él a mi. Ni siquiera se me pasó por la cabeza enfrentarme a él. Yo sólo soy un aficionado, el hecho de que hubiera renunciado a seguir con los encargos ya indicaba que no estaba preparado para ejecutar su plan durante un período largo de tiempo. Estoy seguro de que cuando Darko concertó la cita en la cafetería, de eso hacía ya casi un año, sabía que tarde o temprano tendría que ir a por mí, que yo no soy un asesino por convicción, sino alguien que ha perdido la razón y que no le importa qué puede pasarle y, por tanto, abocado a realizar cualquier locura por un puñado de dinero que dejar a su familia. ¿Sería ese el motivo por el que me perseguía? ¿Por dinero para alguien a quien dejaba solo en este mundo? Me resultaba extraño. Durante los diez años en los que compartí trabajos con él, nunca le oí hablar de familia. Asumí que Darko era un solitario. Un ser asocial que vivía sin necesidades afectivas más allá de noches de sexo fácil con chicas que luego le tenían miedo y trataban de evitar hablar de ello.
Pero yo había encontrado un motivo para seguir viviendo. Cris no necesitaba el dinero, necesitaba a alguien que lo protegiera. Lo mismo que María. Los días pasados me habían hecho reflexionar acerca de lo que pensaba hacer. La solución no era dejarle una cantidad de dinero a Cris para compensarle lo que había tenido que pasar por mi culpa. La culpa no desaparece con dinero, esa es la forma fácil, pero sólo te libra de la responsabilidad que tienes para con las personas que amas. Lo entendí cuando Cris apareció por la puerta del bar y me pidió que buscara a su madre porque intuía que ella lo necesitaba, lo entendí cuando no dudé ni un instante en ponerme manos a la obra a pesar de que no sabía por dónde empezar.
Ignoraba si Darko sabía que María seguía con vida, si sabría quién era María para el hombre que le pagaba y si era consciente de para quién trabajaba y cuál era el verdadero fin de la organización. Que Darko me siguiera ponía en peligro a María y a Cris, y posiblemente también la ponía en peligro a Ella si el hombre de la silla de ruedas estaba ataba cabos y tenía conocimiento de que Darko iba a por mí. También cabía la posibilidad de que quien había enviado a Darko era el hombre de la silla de ruedas para asegurarse de que no volvía a aparecer en la vida de Ella. De cualquier modo, tenía que huir de Darko y alejarme lo más que pudiera de María y de Cris, mis puntos débiles.
En la habitación vacía, el frío me helaba los pies y me mantenía despierto. No sabía durante cuanto tiempo tendría que esconderme allí y si Darko daría conmigo. Dominaba toda la ciudad y todos los oídos y todos los ojos escuchaban y veían por él. Sólo el piso cerrado por ser el escenario reciente de un crimen que yo mismo había cometido unos meses antes parecía un lugar seguro. Pero en eso también me equivocaba.
Dormido en los párpados de ella, aferrado al hilo que me une a cada músculo de su cuerpo para intuir qué sueña, desciendo hasta la cueva del bicho y consigo que mi alma se meta en una especie de laguna de aceite tibio que me cubre por completo. Descanso allí abajo, en ese lugar donde no existen las habitaciones baratas ni las huidas continuas, ni donde la ropa se vuelve tu segunda piel porque tampoco te quedas nunca en ningún sitio demasiado tiempo para que pueda secarse después de haberla lavado. Me calmo, y sueño en una vida plácida, con un trabajo monótono y horarios de oficina, en una casa con jardín donde jueguen los niños, y sueño con María aun sabiendo que ella recuperará su vida y que se olvidará de todo esto, por supuesto también de mí, y eso será lo mejor que le pueda pasar: que olvide... que olvide esta noche y todas las noches anteriores.
Pero yo sigo soñando con la calma, mi pecho se vuelve caliente cuando le entra el aire sin tener que retenerlo por la tensión, mis músculos se ablandan, las heridas cicatrizan y desaparecen, estoy limpio y llevo ropa limpia, el sol se filtra por entre las hojas de los árboles, siento una ligera brisa, oigo cantar, a lo lejos, a un pájaro. Y oigo su voz en sueños. Si el diablo quisiera comprar mi alma hablaría con esa voz y esa cadencia al hablar y yo aceptaría cualquier cosa, haría cualquier cosa que me pidiera que hiciera.
Olvidé que mi alma ya le pertenece al diablo y que esto debe ser algo así como el infierno, pero no me doy por vencido, sigo soñando con ella, en los sábados de compras, en los domingos de excursión, en las bicis de los niños, en todo eso que no supe o no pude dar a Cris. Cris se incorpora al sueño, si estoy aquí es por él, es lo que cambio por mi alma, así que también en el sueño vive conmigo y es feliz, igual de buen muchacho, igual que con las familias de acogida pero diferente porque está conmigo y esta vez no se lo llevará nadie.
Camino por las calles con las manos en los bolsillos. El viento helado y cortante se cuela por las rendijas del cuello de mi chaqueta. Apenas me siento los pies mientras los dedos sólo son un peso muerto donde terminan los zapatos. Por un momento pienso en cuando estuve en el ejército. Duré poco, lo suficiente como para relacionar la congelación de mis pies con el deseo de un buen par de botas. Solo que ahora no estoy en medio de la montaña sino en el centro de una ciudad, las luces de navidad encendidas, poca gente por la calle y con prisa por llegar a alguna parte. Es nochebuena.
He sido un estúpido, le dejé las llaves del coche para que fuera a buscar una maleta a una consigna mientras yo intentaba conseguir algo de dinero. Quedamos en que me recogería en cierta esquina a las ocho. Son casi las doce. Han pasado cuatro horas y no ha aparecido. Si lo pienso con calma, me doy cuenta de que tenía la intuición de que no volvería desde el mismo momento en que las llaves tocaron la palma de su mano. Demasiado segura de sí misma; ni un sólo temblor en su voz cuando dijo "a las ocho".
Conseguí dinero. La policía no me buscará con demasiado ahínco, nadie se arriesga a que un imbécil le amargue la navidad por cincuenta euros que cambian de mano a causa del miedo. Cuatro manzanas entre el crimen y el lugar convenido y casi cuatro horas esperando, dando vueltas en círculo, levantando sospechas y la policía no va a comprobar qué sucede. Es nochebuena.
Paso por delante de cajeros donde duermen los que ya no tienen sueños, me pregunto dónde dormiré esta noche y descarto meterme en uno de ellos. Demasiado peligroso compartir tan poco con desconocidos. Pienso en un portal o en abrir un coche, pienso en conseguir más dinero y pagar un hostal barato, pero si algo saliera mal ya no podría salir corriendo con los pies como los tengo. Envidio un cajero para mí solo y pienso que tal vez por ahí se empiece el camino del cual no se regresa, empezando por desear lo que antes creías imposible, de que cayeras tan bajo.
Paso por la otra acera de la avenida, por la esquina opuesta a donde la chica del pelo corto debería haberme recogido. Tengo una estúpida propensión a la esperanza, a que la gente acabe cumpliendo sus promesas, una estúpida candidez de niño que aún cree en los reyes magos incluso después de saber que son los padres, como si en la esperanza hubiera la posibilidad de que existiera la magia, los extraterrestres, un trabajo digno en el que te respetaran.
Me detengo unos minutos, me duelen los pies, un hormigueo los recorre hasta donde empiezan los dedos; más allá un abismo de hielo. La luces blancas que cuelgan sobre la calle hace que sienta más frío, las luces deberían ser amarillas para dar más calidez, recuerdo que dijo. Casi nadie por la calle. Aprieto los brazos contra el cuerpo para conseguir algo más de humanidad y un poco de calor se me escapa por la solapa de la chaqueta y me da en la cara.
Empiezo a delirar. La veo pararse en la esquina convenida como en un sueño, bajarse del coche, mirar alrededor por si estoy esperándola. Como en un espejismo. La observo desde la distancia, no está nerviosa, espera un poco apoyada en el coche, luego vuelve a meterse dentro. Cruzo la avenida y me acerco despacio, creo que si corriera se me romperían los pies en mil pedazos. Me ve venir y sale.
"Lo siento" le digo antes de que ella pueda decir nada "¿hace mucho que esperas? Tuve un problema, tuve que despistar a la policía" le miento.
Ella me mira calibrando la nueva situación. Ambos sabemos que ella se había ido dejándome tirado en medio de una ciudad extraña, sin dinero y sin demasiadas posibilidades de pasar con dignidad esta noche. Es lista, es rápida. Lo entiende todo. "Llevo mucho tiempo esperando. Pensé que te había pasado algo" me dice con fingida preocupación.
Ahora no importa que me hubiera abandonado, lo que importa es que ha vuelto. No importa que quizá haya vuelto porque se sintió igual de sola que yo pero dentro de una burbuja metálica y sólo me tuviera a mí para sobrellevar la soledad de la noche. Ha vuelto y tenemos más posibilidades, ha vuelto y yo tengo cincuenta euros en el bolsillo. Nos alejamos del centro y buscamos una tienda abierta las veinticuatro horas. Compramos una botella de vino, pan, algo de embutido y un panetone pequeño, con pasas y virutas de chocolate. Le brillan los ojos cuando decido que nos llevamos el panetone, como una niña a quien su madre le compra algo inesperado en una tienda. Se atusa el pelo corto, es la primera vez que lo hace desde que la conozco, es la primera vez que, de verdad, siente que es la persona que era y que debía seguir siendo. Hay algo en el hecho de poder comprar que nos dignifica a ambos.
Cuando salimos a la calle la noche nos devuelve a la realidad, no hay luces de navidad en el extrarradio, sólo farolas. La calefacción del coche hace el resto. Me gustaría dormir en una cama y se lo digo. Buscamos un hostal barato y regateamos. El conserje la mira a ella descaradamente y está a punto de proponer un trato que puede que le cueste unos cuantos huesos rotos. Me mira y se da cuenta de que es mejor no decir nada. Treinta euros, pero debemos salir antes de las nueve, cuando llega su jefe.
Subimos con la minúscula maleta que ha ido a buscar a la consigna y cenamos sentados sobre la moqueta, el vino no está mal del todo y celebramos el panetone casi con alegría. Le prometo que saldremos de ésta y ella sonríe porque me he quedado junto a ella a pesar de todo, a pesar de que todo esto no va conmigo, de que podría haber salido corriendo en cualquier momento.
Dormimos exhaustos y abrazados, antes de quedarme dormido oigo que susurra un nombre de varón que no es el mío. Juraría que solloza en sueños, que tiene una pesadilla dentro de esta pesadilla. Le subo la manta un poco más e intento pensar en algo mientras lucho por mantener los párpados abiertos. La miro en la penumbra de los ojos que se han acostumbrado a la oscuridad. Le paso la mano por el pelo apartándole el flequillo y le doy un beso en la frente. "Feliz Navidad, pequeña" digo.
Y me desvelo. Y le doy vueltas a las mil cosas que podría hacer para solucionarlo todo. Hasta que me duermo, hasta que la oscuridad me engulle por completo como si fueran arenas movedizas. Y sueño. Sueño con que tú leas esto y seas capaz de perdonar que te dejara con los sueños a medio cumplir, con los planes a medio hacer, con las palabras sin decir.
La abrazo fuerte por la espalda y noto como su cuerpo se estremece. No se le va el miedo pero se relaja un instante, poco, sutilmente algunos músculos se destensan. Luego vuelve a crisparse, a mantener la tensión por si tiene que salir huyendo. La costumbre.
Se da media vuelta y me mira a los ojos. Es tan alta como yo y eso hace que la jerarquía desaparezca, un centímetro menos y suplicaría que la salvara, pero tanto ella como yo sabemos que ni yo ni nadie puede hacerlo. El acero de sus ojos me desafía a algo que hace tiempo que sabía que acabaría ocurriendo. No sirvo para según qué juegos, los tímidos tenemos la incapacidad de medir cuándo y cómo debemos hacer nuestro lo que no es de nadie. Quizá la timidez sólo sea eso: una dislexia a la hora de leer el deseo de los demás, una merma en un sentido que ni siquiera tiene una palabra que lo nombre.
"El sentido de la oportunidad" dice ella cuando, horas más tarde intento disculparme ante mis primeras dudas. Si de algo estoy seguro es que, sin embargo, es el sentido que más desarrollado tiene. Sus manos cogen las mías y, disimulando un nerviosismo que viene de lejos, las arrastra hasta sus pechos. Es como lanzar un cubo de sangre a un tanque repleto de tiburones, mi cerebro debería de cortocircuitarse en estas circunstancias, pero no lo hace, hay algo que sigue vigilante, no puedo estar con alguien tenso sin que yo también lo esté. Quizá soy demasiado empático. Un tímido empático, menuda joya estoy hecho.
Lo último que hago antes de tumbarla en la cama es mirar por a través de la mirilla de la puerta de la habitación. Nadie en el pasillo. Nadie nos buscará en un hotel tan caro. Cuando me acerco a ella sigue de pie, esperándome, como si en realidad ella fuera el hombre y yo la mujer que ha ido a darle las buenas noches al pequeño de la casa, me espera de una pieza, sin fantasías, sin lujuria, sin esperanzas...
Nos enzarzamos en algo cuya coreografía hubiera sido inventada por una jauría de lobos. Nos mordemos los cuerpos sin hacernos demasiado daño, su piel es una alambrada que agrieta la mía, mis manos sólo desean abrirse camino sin saber muy bien hacia dónde, a la desesperada. Huimos el uno en el cuerpo del otro, como si pudiéramos intercambiarnos la identidad no para ser el otro, sino para dejar de ser quienes quiera que seamos. La penumbra nos protege del silencio, nos intuimos a tientas, sólo somos dos sombras en el fondo de las retinas, una ilusión óptica y sonora de aliento y hojas secas al ser pisadas. La deseo más que a nada en este mundo, más de lo que haya deseado jamás nada o a nadie.
Intuyo que sólo soy un ejercicio para relajarse y poder dormir, algo así como una tabla de gimnasia y un par de valerianas partiéndole en dos irrumpiendo en su vagina. Puedo adivinar su cara cuando por fin entra dentro de ella, me lo imaginaba desde el momento en el que decidimos alquilar una habitación para no tener que andar por las calles, en realidad lo supe en cuanto la vi, pero los que son como yo nunca nos creemos que algo así pueda llegar a sucedernos.
Pasa el tiempo, nos cansamos pero no podemos pegar ojo. Acabamos hablando, nos contamos cosas que a nadie confesaríamos, poco a poco nos vamos sintiendo a salvo. Volvemos a dejarnos llevar por eso que está entre la rabia y el deseo, eso que nos hace sentir un poco vivos, eso que araña mi espalda y le separa las piernas, eso que tal vez ya nunca más podamos volver a sentir porque quizá no exista un mañana.
Consigo dormir a ratos. Ella también duerme o finge que lo hace en cuanto nota que yo me desvelo. No sé si es buena idea relajarme en su presencia, pero sinceramente esto es lo más cerca que estado de un momento hogareño en los últimos seis meses. La última vez que cierro los ojos, antes de dormirme me acerco a ella un poco más y la abrazo.
Su cuerpo se tensa para luego destensarse otra vez. Afuera algunos pájaros empiezan a piar recibiendo a la mañana. Aún no clarea, miro el reloj y son las cinco y cuarto. Casi hemos sobrevivido a la noche.
Quiero acariciarle la nuca pero no lo hago. Siento que no puedo mostrar ni un ápice de debilidad con ella. Su cuerpo sigue desafiándome, de espaldas, sé que cuando la pierda de vista nunca más volveré a saber de ella.
"¿Dónde estuviste ayer?" me pregunta con la voz trémula. No me lo puedo creer, está celosa. Si hay algo que no entiendo es que alguien que hace lo que le da la gana y con quien le da gana necesite controlar lo que hacen los demás, pero sobre todo no entiendo los celos del que ha sido infiel por sistema.
"Tuve una reunión y luego fuimos a cenar" digo mientras me maldigo a mí mismo por ser franco, por decir la verdad a alguien que me ha ocultado tantas cosas.
"Te llamé" dice dudando en si es mejor tomar la vía de la despechada, de la ignorada o de la enfadada.
"La segunda llamada en dos años. La primera te la cogí. Tienes el cincuenta por ciento de éxito. No todo el mundo puede decir lo mismo cuando eres tú quien recibe una llamada" y le sonrío, no porque me sienta cómodo en el discurso de la ironía sino porque esta vez no voy a entrar en ese juego en el que me indignaba, en el que siempre salía perdiendo. Sonrío porque no quiero ver al monstruo en el que se convierte cuando reclama un derecho sin obligaciones, cuando el ladrón da por supuesto que ella y yo compartimos condición.
"Después de lo del lunes, podrías haberme cogido el teléfono. ¿O es que te crees que para mí fue algo fácil?" se ha decidido por hacerse la ofendida cuando en realidad puede que sólo se haya llegado a la conclusión de que yo sólo pretendía un revolcón y un adiós. A veces las circunstancias son las que son. Una reunión tarde porque los implicados salían de sus trabajos, un teléfono en silencio, una cena no programada, ver su llamada demasiado tarde, pensar que ella no podría justificar delante de la persona con quien vive una llamada a esas horas... y yo justificándome, sabiendo que no iremos hacia ninguna parte, que esto que empezamos es acelerar a fondo dentro de un callejón sin salida, a sabiendas que la gente no cambia y que ella y yo somos demasiado diferentes.
"Tenía el teléfono en silencio, cuando vi la llamada era demasiado tarde" me justifico. Pienso que ella anoche durmió con otro, que durmió abrazado a él, que lo más probable es que hicieran el amor, que hablaran de banalidades comunes, que compartieran esas cosas que ella y yo compartimos y que se perdieron, en el instante en el que se me partió la vida por la mitad, cuando desapareció cuando más la necesitaba.
"No voy a permitir que juegues conmigo" me dice aferrándose a la rabia como único argumento, si siempre hubo algo que me atrajo de ella es que no pudiera ocultar sus emociones. Supe en cada momento cuando me odiaba, cuando era indiferente, cuando se sentía fuera de lugar conmigo, pero también supe cuándo me quería y hasta dónde sin que me lo dijera, cuando le salía del alma y cuando no su cariño, hay algo a lo que uno se acostumbra, uno se agarra a las certezas cuando todo lo demás falla. Y ella era así: un libro abierto. Una novela sin final feliz.
"No tengo por qué mentirte. No tengo ninguna obligación de quedarme en casa esperando a que me llames. Entre otras cosas porque tú sigues tu vida, la vida que elegiste, la vida en la que yo sobraba" le digo.
"Siempre me estás echando en cara las cosas. No puedes estar con alguien afeándole todo lo que hace" me dice soltándose.
"Ahora sí te lo he echado en cara, es cierto. Y en el pasado también te eché en cara que no me fueras franca. ¿Sabes? Me pasé mucho tiempo creyéndome todo lo que me decías a pesar de que fuera inverosímil. No fue justo, sabías que yo te quería".
"No quería perderte pero no podía vivir contigo. ¿Lo entiendes?" me dice "Entonces apareció él y me llevaba lejos. ¿Qué querías que te dijera? ¿Que me iba con otro a donde tú nunca podrás llevarme? Mírate, lleno de rencor, lleno de inseguridades, perdido en tu mundo de razones y motivos, y mientras... mientras pasa la vida y yo no quiero que se me pase. Y sí, te quería. Te quería porque confiaba en ti, por cómo me sentía, por cómo me mirabas y por cómo te esforzabas en hacer cosas juntos, por enseñarme tu mundo y porque podía dejar la puertas del mío abiertas de par en par. Pero con eso no basta" dice con esa serenidad que ella le imprime a sus razonamientos, esa seguridad en lo que dice que te lleva a creer que no está argumentando sino que está describiendo fidedignamente lo que es, que es poseedora del conocimiento de la verdad.
"Artimañas de abogada", pienso; y digo "Lleno de rencor hacia ti, lleno de inseguridades porque te abrí la puerta y entraste pero cuando fui a entrar por la tuya me la cerraste en los morros, perdido porque me prometiste que compartiríamos el mapa. Y sí, es cierto que me pasó la vida por delante. Está claro que hay que subirse a la vida cuando pasa ante ti. Me cuesta creer que la confianza no baste para que dos personas se entiendan o se sientan seguras. Porque ¿sabes? Un día, el del banco, puede decidir unilateralmente que la confianza que depositaste en él para guardar tu dinero no es vinculante y te puede dejar en la puta ruina, porque un día el médico puede decidir que la confianza que depositas en él para que te cure no es tan importante y considere que no hace falta que encuentre un solución para ti. Tienes razón, con la confianza no basta, pero todos la necesitamos para poder interrelacionarnos con los demás, o por lo menos, con quien tienes al lado, con el que te miras a los ojos, con el que tiene las llaves de tu casa".
"Me equivoqué contigo, lo siento. Creí que eras de una forma y eras de otra. Eso es todo" me dice "ahora soy lo feliz que no hubiera sido contigo".
"¿Por eso me llamas a espaldas del otro, por eso me dices que piensas en mí muy a menudo? ¿Por eso me dices que quieres verme? ¿Por eso nos damos un abrazo nada más vernos y por eso nos decimos que nos echábamos de menos? ¿Por eso paseamos de la mano y por eso nos besamos? ¿Por eso buscamos un rincón para...? Y una mierda eres feliz.
"La felicidad es estar a salvo de todas estas discusiones" me dice.
"Tu felicidad es tener a alguien a tu lado que acepte todo lo que tú quieres sin rechistar".
"Te equivocas. Yo admiro a X., es un gran hombre, admiro muchas cosas básicas que él sabe hacer y que tú no sabes. Hace que me sienta segura, que estará ahí pase lo que pase. Y comparto con él muchas aficiones".
"Tuviste que decir su nombre ¿verdad? Siempre sabes como hacer que me sienta bien". Me digo que yo sólo me he metido en esto, que podría habérmelo evitado si no hubiera cogido el teléfono la primera vez. Y por primera vez pienso que tiene toda la razón cuando dice que somos diferentes, que la vida es estabilidad. Y entonces yo pienso que la estabilidad es algo que se logra entre dos, que mi inestabilidad es encontrarme a personas como ella que desean algo que yo no soy o no puedo dar.
"Es mejor que lo dejemos así. Me hubiera gustado que nuestra última conversación hubiera sido una bonita despedida pero está visto que estamos condenados a recordar siempre una imagen cruel del otro".
"Sí, es mejor que lo dejemos aquí" le digo.
"Adiós, cuídate" me dice en un tono amable.
"Adiós princesa" digo mientras me niego a creer que es lo último que habrá entre nosotros.
Cuelga.
Cuelgo.
Me siento como si me hubiera caído desde un quinto piso, no es que me duela todo, es como si yo fuera un sólo miembro y ese miembro sintiera dolor. Me digo a mí mismo que las cosas son así, que estoy condenado a no entenderme con nadie, que soy diferente, que si no puedo retener a alguien a quien quiero y me quiere, no voy a ser capaz de nada en el mundo. Respiro y saco, junto con el aire caliente de mis pulmones, parte de esa tristeza. Después, trabajo lentamente, voy a comer al bar de la esquina, hago un par de llamadas. Me llama S. y después de un rato me pregunta si me pasa algo y le digo que dormí mal. Me pierdo por la tarde dejando que las hora pasen lentas, anochece mientras aún estoy en la oficina y decido volver a casa caminando.
Mientras espero en el semáforo de Vía Agusta con Diagonal una chica rubia se sitúa a mi lado, me mira, la miro, parece que se asusta, debo de tener una cara horrible. De repente, empieza a vibrarme el teléfono en el bolsillo, presiento que es ella y lo busco con rapidez. No es ella, es un número que no conozco. Descuelgo.
"Sí" pregunto
"Soy yo. No podemos dejar que todo acabe así. Debemos quedar y despedirnos en persona" me dice.
Aunque estoy deseándolo le digo que no sé si es buena idea.
"Si no hubiera salido contigo, ahora seríamos los mejores amigos del mundo" me dice con condescendencia, me pregunto si es consciente de que me clava un puñal en el corazón.
"Tú y yo no podemos ser amigos" le digo.
"¿Por qué dices eso?"
"Porque los amigos del mundo no quedan para despedirse definitivamente, no necesitan verse una última vez".
"Siempre saco lo peor de la gente que se me acerca" me dice mirando al suelo. Y me pregunto que si pensará eso mismo de mí, que esto que soy es la peor versión de quien me empeño en ser o en ocultar.
"Quizá sólo sea que tienes mala suerte" le digo, "quizá eliges mal, te dejas elegir mal, quizá la mala gente busca a la buena gente para descansar de su lucha diaria contra el mundo" e inmediatamente pienso que estoy muy cansado y que tal vez ese cansancio sólo sea la constatación de que no es el mundo el que lucha contra mí sino yo contra él y, por tanto, hay algo de maldad en mí. Sacudo la cabeza como si al hacerlo negara algo, como si pudiera expulsar de mi cabeza algo de lo que no quiero ser consciente.
Ella levanta la vista del suelo y me mira. No sé por qué me sorprenden sus ojos grandes y redondos si estoy acostumbrado a ellos. Quizá hoy soy más grandes o su cara más pequeña, la tristeza es un maquillaje exagerado, y su mirada de color violeta se incrusta en mí con un sonido sordo, como el chapotear de una piedra que cae a un estanque de lodo y se queda en la superficie, hundiéndose lentamente como en arenas movedizas.
Esboza una sonrisa levantando la comisura de los labios y se le forman arrugas a los lados, arrugas de estar demasiado delgada o de no estar acostumbrada a reír demasiado. "No me imaginaba que precisamente tú estarías aquí. Podría haberlo pensado de cualquier otro, pero estaba convencida de que no te volvería a ver, de que no querrías volver a verme nunca".
"Bueno" le digo "parece que el tiempo es una pomada milagrosa. Sólo hace falta que pase el tiempo, perder la esperanza, dejar que las cosas tomen su propia inercia, llegar a la conclusión de que lo que te ocurre es lo mejor que podía haberte ocurrido". Al final, todo es autoconvencerse, es negar la evidencia, morir para dejar de agonizar. De todas formas, ella sabe que si yo estoy ahí es porque la sigo queriendo, de otra forma más rencorosa, algo que no es querer sino estar a la expectativa. Estoy aquí sin saber si hago bien o debería haber colgado el teléfono sin contestar cuando oí su voz al otro lado de la línea. Pero aquí estoy, y de momento con eso basta.
"Sólo te llamé a ti" me dice. Y ese "sólo" me lleva a la realidad de que hay otros a los que podría haber llamado, y entonces pienso que ella me llamó primero a mí y si yo no hubiera acudido a su llamada hubiera habido un segundo de la lista, y quizá un tercero. Lo que ella quiere decir es que me llamó primero a mí y no sé por qué en lugar de pensar que necesita algo de mí me invade cierto orgullo estúpido, algo así como quedar primero en una lista, ganar un premio al que se opta, me invade eso que sería vanidad sino fuera porque soy consciente de que no voy a sacar nada bueno de todo esto.
"¿Y eso por qué? le pregunto "Por qué yo?" Soy consciente de que soy de esa clase de hombres que sólo te das cuenta de que estaban cuando se van y que sólo se van cuando ya no hay un lugar para ellos.
"Te eché mucho de menos" me dice.
"No lo parecía" le digo.
"Tú y yo nos entendíamos demasiado bien pero no teníamos los mismos objetivos en la vida" dice.
"¿Pero sabes qué objetivos tengo yo en la vida?" pregunto con una sonrisa "Pues hazme un croquis". Entonces pienso que todos necesitamos a alguien que nos diga qué o quién somos, aunque sólo sea para tener una segunda opinión de cómo va nuestra vida. "¿Cuáles eran los tuyos?"
Ella vuelve a sonreír de la misma forma forzada. "Vivir en una casa en el campo, tener hijos, estar tranquila..." dice.
Vuelvo a la realidad. Entre sus sueños y yo eligió cumplir sus sueños, y ahora yo estoy aquí sin saber qué diablos espera de mí. Vuelve la vanidad porque la vanidad es como las olas rompiendo en la orilla, esta vez pienso que se fue con el hombre con quien cumplió sus sueños y una vez conseguidos se dio cuenta que los sueños necesitan compartirse con quienes se quiere de verdad. Me gustaría creer que me echó de menos de verdad mientras se adueñaba de la llave de la puerta de sus sueños. Pero sé que no es verdad, que nadie se acuerda de lo que le estorba en el camino. Que ella me haya llamado sólo obedece a cumplir otro sueño que tiene ahora, el sueño de que podríamos repetir aquello nuestro sin renunciar a lo que tiene.
"¿Sabes? Hasta el último instante e incluso muchos meses después estuve convencido de que me seguías queriendo" Ahora veía que fue así. Que no me dejó porque ya no me quisiera sino porque estar conmigo era condenarse a renunciar a sus sueños. "Pero eso ahora ya no importa" miento.
Se levanta del borde de la cama y me da un beso. La abrazo con delicadeza, como si su cuerpo se hubiera vuelto, durante este tiempo, de porcelana, como si mis manos pudieran estropearlo todo de nuevo aferrándose a ella desesperadamente. Nos desnudamos lentamente dejando que la ropa siembre de pruebas la moqueta. Nos decimos las cosas palpándonos las palabras directamente sobre la lengua del otro, escribiéndonos mensajes en la piel como se escribe con el dedo en la arena de la playa. Nos miramos a través del pleninulunio que atraviesa la ventana y la miopía de dos que se miran desde demasiado cerca. Dejo de pensar porque pensar es algo que se me da mal y me dejo llevar por esa mezcla de cariño y orgullo que sentimos cuando alguien nos ama.
Y empezamos a mordernos el alma con la boca, como si se fuera a acabar el mundo de veras y supiéramos a ciencia cierta que no hay mañana en el que cumplir los sueños que nos quedan, que somos el uno para el otro lo último que querríamos que nos pasara si dentro de unas horas se acabara el mundo.
El bicho nunca se fue, estuvo siempre ahí, agazapado entre las mantas del armario, boicoteando la primavera, el verano y este maldito otoño desde su guarida, y yo... yo recordé demasiado tarde que los hombres no lloran, que una mujer que no llora es otro hombre, da igual qué tenga entre las piernas, lo recordé mientras trataba de recordar todo que ocurrió entre ella y yo. Entonces lo supe, supe que detrás de cada lágrima que se reprime hay un océano que se congela.
Se me heló el corazón, se convirtió en algo seco, duro... y frágil, demasiado frágil como para mostrarlo. Me aboné a los bares solitarios a horas a las que no va nadie, a las calles estrechas y a los lugares donde el bullicio hace que pases desaparcibido, resulta curioso que cuanta más gente menos reparan en ti. Y emprendí un camino de silencio y de no querer ver a nadie. Me hubiese hundido del todo si no hubiera aparecido D. el croata errante, al que algunos apodaban el rojo por el color de su pelo. Apareció D. y me invitó a una cerveza, luego me dijo que si me contaba algo y yo no aceptaba tendría que matarme allí mismo porque aquello no era un secreto, era algo más. Acepté porque, sinceramente, me daba igual si luego me mataba. Es más, pensé que era otra forma de suicidio.
Fue así como acepté sustituir a D. y fue así como me convertí en lo que soy. Pero eso es algo que ya sabes, es algo que tienes claro desde el principio. Sabes que no soy trigo limpio, lo que no sabías es que los que acabamos en esta cloaca lo hacemos arrastrados por el amor. Sí, has oído bien, por amor. Un amor que no comprendemos, que nos hace sentir como uno oso en una tienda de porcelana, un amor inasible, intocable, que es como tratar de agarrar la luz de un rayo de sol con la mano y llevárselo al bolsillo.
Si lees esto y te reconoces, entonces, entonces date por perdido, tú ya lo sabías, claro, pero te negabas el hecho de que tú también fueras así. Lo siento, no sé si debí habértelo dicho. Quizás también te habite un bicho o una esfinge, quizá también hayas creído que podrían callarse y dejarte ser normal. Pero sabes que eso no ocurrirá, o por lo menos no del todo, quizá hasta tengas unos años de tranquila y plácida somnolencia... pero todo tiene su fin, todo destino acaba alcanzándole a uno por mucho que corra o se esconda. Sólo eliges una de las dos opciones, el resto, no hace falta que te lo cuente.
Te seguiré viendo por aquí y tú seguirás creyendo que eres distinto a mí. Y yo sonreiré y pensaré que conocer a D. el croata errante me ayudó a admitir muchas cosas y a dejar que mis instintos siguieran su curso. ¿Estoy orgulloso de ello? No, no lo estoy, tampoco me avergüenzo. Al fin y al cabo yo sólo soy el personaje de la novela de toni, no soy toni, sólo soy una invención suya. Una invención que le debería dar miedo porque no se puede escribir acerca de lo que se desconoce y yo... yo soy demasiado visceral incluso para ser imaginado por la mente de un escritorzuelo como él.
"...Volví a la ciudad. La ciudad no me estaba esperando tal vez porque nadie nunca me ha esperado en ninguna parte. Todo seguía igual, las gente cansada, el tráfico cansado, las aceras cansadas. Inercia. Todo seguía igual empujado por una inercia de horarios de autobuses y semáforos con pasos de peatones. Las motos que volaban rápidas y de un lado a otro me parecían abejas tratando de polinizar un desierto y me seguían poniendo nervioso, algo se me tensaba cuando caminaba por la ciudad y esa tensión me dificultaba conciliar el sueño. Me mudé a la parte alta, a un edificio no demasiado ostentoso, no podía llamar la atención porque cualquier sospecha acabaría pudiendo acabar en un conato de investigación y si me investigaban acabarían por relacionar mis viajes con las muertes. Arriesgué un poco, sí, lo reconozco, pero el sonido del tráfico me ponía demasiado nervioso y tenía dinero para evitármelo. Entonces entendí que el lujo tiene como componente necesario la posibilidad del silencio... que el silencio también se compra con dinero."
Nunca debí salir de aquí, del color negro. A veces creo que todo puede cambiar pero entonces recuerdo por qué Bandini y por qué el color negro. Entonces... entonces todo vuelve a su sitio y yo me siento mucho más tranquilo, las cosas en su sitio y yo de nuevo en el mismo infierno. Pocas cosas cambian aunque parezca que pueden hacerlo. A veces, lo peor es tener esperanza. Esperanza de que ella regrese, esperanza de que un buen día ya no necesitaré el dulce sopor de unos cuantos tragos, esperanza de que yo en realidad no seas yo, sino ese tipo mejor que yo, que creo ser.
Todos los días lucho y venzo al mismo ejército de demonios, unos demonios que saben que han ganado desde el momento que acepté su existencia. Ellos saben cómo hacerme caer al mismo pozo sin fondo y saben cúando. Luchar contra ellos me hace fuerte y al mismo tiempo me da una falsa seguridad que sé que será fatal para mí. Sé que el primer día que crea que los he vencido será ya demasiado tarde y no habrá remedio. Tal vez por eso esté empezando a vivir cada día como si fuera el último, no hago planes más allá de esta tarde, quizá cuando me leas ya sea otro el que escriba aquí, no yo.
Podría decir que nunca tuve esperanzas pero no estaría siendo sincero. Esta vez sí, esta vez estuve a punto de creer que mi suerte había cambiado pero también era un espejismo. Dice Khrisnamurti que en el amor de verdad no se espera nada a cambio, que es como cuando vas por un camino y ves una piedra afilada por donde sabes que van a pasar gente descalza: simplemente la apartas. Eso es un acto de amor. Yo siempre espero algo a cambio. Algo que no sé muy bien qué es. Todos esperamos algo a cambio. Eso que Khrisnamurti llamaba amor es para las piedras.
Ahora que todo vuelve a ser negro sé que ya no tendré más visitas pero no puedo dejar de pensar en negro, en volver a ser aquel personaje que moriría por ella; quizá porque ahora sí moriría por ella, en un futuro hipotético, en un lugar y un tiempo en donde no caben otras manos que no sean con las que arrancarle la ropa.