El caso es que voy recordando pequeños trozos de aquello: una tarde en el metro, el día que pediste aquel póster a los operarios que los cambiaban de una marquesina. El ir caminando a casa. El olor de tu barrio. La palmera de la casa de al lado.
No he vuelto a pegar ojo esta noche. No sabría decir exactamente el porqué. No creo que sea por la llamada de ella; sólo es una coincidencia, estoy seguro. Mi día a día está siendo el mismo, no tengo deseo de nada, ni de verla ni de no verla. Me siento dentro de la misma burbuja en la que he vivido todos estos años. En realidad casi estoy seguro de que llamará para decirme que anuló el viaje o que vendrá pero no me dirá que está aquí.
En el fondo, todo esto no me ha alterado en nada más que escribir en el blog dos días seguidos después de no escribir en un tiempo. Por lo demás todo sigue igual. Las mismas cosas igual de lentas que siempre. Tiene gracia que ahora que parece que conseguiré un montón de pasta ella aparezca al mismo tiempo. No sé quién mueve los hilos de todas estas coincidencias que pasan en mi vida, no creo que haya un dios que sepa que existo, ni que el destino esté escrito para mí, pero este tipo de coincidencias me sorprenden.
Después de tantas ya debería estar acostumbrado, pero el caso es que no las veo venir, ocurren sin razón alguna. A veces me hace creer que existe algo parecido a la magia, pero se me pasa. Aunque una vez hice un curso de conseguir cosas, algo parecido a lo del libro de El Secreto. Me invitó la directora de una editorial. Creo que ella pagó un dineral para estar en primera fila y de paso le regalaron un par de entradas gratuitas entre la muchedumbre. Estos actos necesitan tener todo el local lleno. Y lo llenan.
Fue poco antes de que ella se marchara. Reconozco que durante un tiempo mi vida fue un ir de una mujer a otra, pero ya dije que nunca sentí nada. Sólo me dejaba querer, pero no era capaz de sentir nada. A veces tengo dificultad en acordarme de las caras y de los nombres de algunas. Sólo fue correr en todas direcciones, el juego del pilla pilla que se me daba bastante bien porque nunca me atrapaban.
Imagino que luego todo cambió. Creo que apareció alguien con quien creí que podía olvidarla, pero no pude. Nunca olvidas a alguien a quien no quieres olvidar y, sinceramente, nunca buscas a alguien con quien puedas hacerlo. Lo malo de ese intento es que me dijo que no me fuera y me quedé un tiempo. Esa fue una mala decisión la mires por donde la mires. No nos deberíamos quedar cuando queremos irnos, es como plantar sabiendo que no vas a recoger los frutos sabiéndolo desde el principio y no hacer nada, sólo seguir por inercia. La inercia te permite seguir adelente por un tiempo, pero no es un tiempo que ganas, es un tiempo que pierdes.
El caso es que no he dormido nada, y ya van un par de noches. Creo que tendré que tomar algo que me ayude. No sé. Algo que me quite de la cabeza eso de que en realidad no me pasa nada.
Diez años. Me llamó desde el otro lado del mundo, con esa voz de "no pasa nada", como si fuéramos amigos que hiciera un par de semanas que no se llaman; para saber cómo me encontraba, dijo. Sinceramente, creía que había muerto, como esas personas que desaparcen en el océano y no arrojan un cadáver nunca.
Pero no, allí estaba, al otro lado del aparato. La última vez que hablamos no existían los smartphones, casi no exisitía internet, no sé; teníamos treinta y tantos y toda la vida. Me dijo adiós y se fue. Eso fue todo lo que recuerdo. Estuve como tres años viviendo como si hubiera estallado una bomba y hubiera perdido la capacidad de oír nítidamente, sólo que no era sólo oír, lo era todo: caminar, dormir, salir a la calle.
Nunca lo entendí. Desde entonces siento pánico a que alguien a quien aprecio desaparezca sin decir nada, quizá por eso nunca más volví a querer a nadie.
Luego supe cosas y me hice mi propia versión del porqué se fue. Creo que en parte, como uno de esos que sufren el síndrome de Estocolmo, acabé por darle la razón sin saber muy bien de qué. Terminé por comprender que se alejara de alguien como yo, que en lugar de hacerme daño poco a poco, lo hiciera rápido e indoloro.
Me preguntó qué tal y cómo estaba mi familia y yo respondí que bien, no sé por qué, no quise dar explicaciones, pensé que no había nada que contar. Estaba dispuesto a representar el papel del que dice "es verdad, no pasa nada. No importó tanto, te fuiste y mi vida siguió con otras personas y otras cosas". Supongo que a veces uno sólo sigue la corriente porque está cansado y lo cierto es que cuando escuché su voz fue como si me abandonara a ese instante, como si nada hubiera sucedido. Hay personas cuya voz es casi tu propia voz de tanto que las has hecho tuyas y te quedas hipnotizado, como si oyeras por primera vez, como si escucharas algo imposible.
Podría trancribir lo que hablamos, pero sólo fue una sarta de mentiras piadosas en las que yo, al menos, quise mentir en casi todo. Esperaba un "te he echado de menos" por su parte; lo había soñado durante todos estos años, pero no lo dijo y entendí que no hubiera sido sincero, no al menos ese "echado de menos" en el que yo le importara como ese único hombre en la tierra al que querría nunca. Nunca lo eres para alguien que se va. Eso lo aprendí.
Supongo que esa fue la decepción más grande: que el gran episodio que esperas en tu vida sea en realidad un entreacto, una farsa, un conato de incendio que no consume nada. Supongo que lo que me dolió fue que no me doliera, que todo pasara tan deprisa y con ese aire de banalidad, como si, en realidad, hubiera sido una llamada de cortesía de dos familiares lejanos; como cuando mi madre llama a mi tía de Bilbao y le pregunta por todos los de la casa.
Eso sí. Ahora tengo su número de teléfono.
Y no sé qué hacer.
Dice que viene a Barcelona. En una semana. Que le gustaría verme, dice.
Sé que acabaremos quedando, pero si me preguntaran hoy juraría que no nos veremos. Es una pataleta, lo sé. Ella era ese agujero negro que han fotografiado hace poco. Una corona de fuego. Una llamarada dentro de mí que arrasaba con cualquier propósito que tuviera.
Me hubiera gustado ser para ella tan solo la mitad de lo que ella fue para mí.
A veces, cuando todo va a suceder, cuando todo va a cambiar, llega algo nuevo que trata de tirarlo todo por el suelo. Sueños que parece que se deshacen, a merced de vientos que no son tan fuertes como parecen, que no son nada, que no suenan como los que solían aullar detrás de las ventanas.
Esos momentos son los que hacen que vivir valga la pena. Ser diferente, pensar diferente. Atreverse a reinventar lo ya inventado.
Si miro hacia atrás, puedo ver como todo lo construido se deshace. Pero sólo son las cenizas de donde crecerá algo nuevo. Siempre hay algo nuevo que salir a buscar.
Siempre hay algo intenso a lo que temerle y al mismo tiempo sentirte atraído por ello.
Cuando esto acabe habrá un nuevo hombre afrontando un nuevo reto.
Creo que he llegado a ese puto punto de inflexión del que nadie habla pero que todos saben que existe. Me hubiera gustado haber llegado de otra forma, más humana, no como este cyborg podrido en el que me he ido convirtiendo. No atiendo a las leyes fundamentales de la robótica. Y sinceramente, a nadie parece imporatarle.
Hoy parece que va a llover. Tengo ganas de que llueva cuatro o cinco días seguidos; que el suelo se enfríe y se empape, que tenga la necesidad de estar en casa, en un rincón, leyendo, con mantas y más mantas encima. Soy un mal cyborg también, según se puede ver.
La verdad es que necesito respirar; que mi parte humana pueda dormir por las noches casi en paz.
Esta noche oí un grito en mi oído. Alguien gritaba algo que no entendía. Uuuuuh! decía. Como un fantasma. Me desperté sobresaltado. No le encuentro explicación. Llevo todo el día con mucho sueño. Me quedé dormido después de comer porque a pesar de haberme vuelto a dormir después del episodio del grito creo que no he podido dejar de estar alerta. Es como si no hubiera dormido en toda la noche. Y este vértigo que no se va...
No encuentro una explicación a casi nada.
Nada tiene sentido y al mismo tiempo tengo la sensación de que casi todo está a punto de encontrar ese guión que lo explique.
¿Sabes? A veces me gustaría poder decir aquello de que valió la pena. Pero ahora, cuando más cerca estoy del fin, sé que no valió la pena.
Sé que estoy perdido en alguna dimensión distinta a la que pertenezco. Siempre lo he sabido. Me gustaría poder escribir un tiempo. Dejar de correr en todas direcciones sin saber muy bien a dónde me lleva tanta prisa. Tener una certeza era esencial, y ahora casi casi la tengo
Sólo con pensarlo, con saber que existe, ya me calmo un poco.
Me gusta eso de creer que un día estaré en paz con lo que me rodea.
Se me olvidó todo, del todo. Ya casi no queda nada. Si el cuerpo se regenera por entero cada cinco años, ya he sido otra persona dos veces desde que dejamos de vernos.
Y tú también. Eso son cuatro vidas de distancia.
Así que es normal que no seamos nada el uno para el otro. Dejamos de ser la ausencia siempre presente, nos corroyó la intemperie de las vidas vividas. Existir era esto: dejar poco a poco de ser, desgastarse, perder la esperanza sin encontrar otra que la reemplace.
De perder nunca se aprende.
Pero hoy me acordé de algo, de algo de lo que nunca quise formar parte y me quedé un tiempo pensativo, luego triste y más tarde, sin saber el porqué, mientras volvía de Barcelona, sentí una inmesa desesperación, como si hubiera perdido algo muy importante.
Escribí mucho en este blog todo eso de irme, de aceptarlo todo, de asumirlo, de cortar cuerdas y de poder dormir de nuevo. Siempre mentí. Uno cree que si escribe saca de dentro para siempre aquello que fue. Pero no es cierto. Sólo las células al morir y nacer otras hasta volverte otro ser completamente nuevo olvidan, y lo hacen porque dejan de ser las células que vivieron aquello.
El que no siente no recuerda.
Puede que haya tenido que ser dos veces otra persona con la misma conciencia y saber que tú tambíen has sido otras dos para poder seguir siendo ese otro yo que hoy nace y quizá dentro de cinco años muera del todo.
Puede que este post sólo sea otra forma más de engañarme.
Hoy he estado en el barrio en el que vivías y no sé si aún vives. He pasado por la puerta de la casa de tu madre que no sé si aún vive allí, no tan siquiera si vive.
Supongo que no lo sabré nunca.
No teníamos nada en común, ni siquiera amigos.
Ahora puede que no sobreviva ningún electrón que te perteneciera en mi cuerpo. Ni que conserves ninguno que haya formado parte del mío.
Bueno, sólo eso.
Saber que dejaste de leerme hace mucho tiempo.
Que pasarán otras dos vidas (o diez años) por nosotros y de vez en cuando vendrás como una ráfaga de viento.
Como siempre llego justo a tiempo. Casi sin aliento. Me gustaría poder tener ese hueco inerte, paz, silencio. Nada.
Acelero.
Mi vida es una ganzúa que me tiene enganchado a algo y me arrastra.
Sé que yo no soy yo. Al menos no lo soy del todo.
A veces tengo la sensación que el yo que soy en realidad sólo se asoma por una rendija, como un animal salvaje atrapado en una caja de madera, en tránsito hacia un lugar desconocido ajeno a su voluntad.
Estas semana he conocido a un astrofísico francés de avanzada edad que me ha dicho "te estaba buscando".
Estoy negociando con una empresa sueca de muebles algo muy muy grande.
Como si todo por fin se alinease, como si la meta estuviera ya a la vista.
Creí que estaría más contento cuando llegara.
Pero siento la necesidad de no estar demasiado feliz. Como si el peso de todo lo vivido me aconsejara hacer las cosas con calma.
Respiro.
Los días pasan rápido.
(...)
Este año pasaré una parte de las vacaciones en Estados Unidos.
Siento vértigo.
Estoy aterrado.
No estoy acostumbrado a los halagos. Me siento incómodo. Me guataría quedarme en la habitación del hotel y que me dejasen en paz.
Me gusta mirar las luces por la ventana.
Hay lugares en los que he soñado estar antes y he llegado a conclusiones que sé que son el cúmulo de muchas historias que no son mías mezcladas con escenas de películas o series.
Estoy pensando alquilar un coche y volver a San Francisco por carretera.
Sigue habiendo un hueco en mí.
Algo que sé que muchos otros comparten, que puedo ver detrás de una mirada o intuir al leer un puñado de frases escritas.
Y he empezado a escribir un ensayo que probablemente será publicado originalmente en inglés.
Sé qué hacer.
He tardado demasiado tiempo en llegar hasta aquí como para no haberlo previsto casi todo.
Si miro hacia atrás veo que todo lo que he hecho y que no tenía sentido entonces, hoy lo tiene.
El curso de novela, este blog, las magias blancas, los errores pasados, análisi transaccional, los pactos con el diablo...
... quemarme.
... no haberme quedado al lado de personas que creía que iban a estar ahí.
... haber dejado marchar a quien no debía estar...
Amaneció el día frío. Nunca sé si el día en el que cambian la hora en octubre es el más largo o el más corto. Desde que el teléfono se encarga por sí solo de trasladarme de una hora a otra, me desentendí del tiempo tal y como lo había conocido. Ahora el tiempo sólo son números que ir dejando atrás, como pantallas de un videojuego.
Creo que tendré que empezar de nuevo. Siento que esta vez sí. Esta vez las cosas seguirán un curso que no sé si serán para bien. Han sido tantos golpes que no sé si todavía me aguarda uno más. Puede que llegue el día en el que las cosas se tuerzan del todo o que el destino me pase factura por todas esas cosas en las que confié en el pasado.
La prudencia del presente siempre va de la mano de los excesos de confianza del pasado.
A veces siento un escalofrío cuando pienso en todo lo que puede suceder.
Todo tiene un porqué
Supongo
He empezado a escribir un libro. Ya ves. Tanto tiempo pensándolo y ya ha llegado el día. No pensé que fuera esto precisamente. Quiero decir, que pensé que escribiría sobre la vida, algo de ficción. Y mira tú por dónde estoy escribiendo un ensayo.
Es raro todo lo que estoy viviendo.
A veces tengo miedo.
Lo peor de todo es vivir con miedo.
Miedo a uno mismo.
A lo frágil que se es.
A lo pequeño que somos respecto al cosmos y la eternidad.
Supongo que hice cosas mal.
Supongo que ha llegado el momento de la verdad y debo de arreglar cosas.
A todo esto, todavía sigo buscando tu estrella.
Ya sabes.
Ese punto al que me hubiera anclado para que orbitara mi alma cuando ya no exista un cuerpo al que agarrarse.
Con hilo de tela de araña.
Con la única atracción que sienten entre sí algunos cuerpos celestes, más allá de la maldita ley de gravitación universal de Newton.
Cuando todo parecía que no tenía sentido, se abrió una grieta en la pared y entró la luz.
Y de repente, todo tuvo un sentido
Como si siempre hubiera estado ahí.
Todo cuadró.
Cuanto más estoy contra las cuerdas, mi subconsciente une puntos sin conexión aparente, me lleva recorrer senderos que sueño haber recorrido antes. El círculo de la espiral parece que se cierra pero sigue a otro nivel por encima.
Como si para poder ver con perspectiva tuviera que mirar el plano general para volver luego al detalle en el que mi vida encaja.
A veces me pregunto si hubiera podido ir más rápido.
Haber hecho mejor las cosas.
Pero luego pienso que qué importa eso, lo importante es que sigo en la brecha, y que tarde o temprano, llegaré a la meta.
Bueno, ya sabes, aquí las cosas no cambian. Supongo que porque todo se mueve mediante una inercia de la que sólo somos conscientes hasta que estamos tan lejos que no importa.
A veces las cosas cambian para que todo siga igual. No sé. Llevo tiempo intentando conseguir que todo esto por lo que lucho acabe teniendo vida propia.
Pero no.
He inventado el primer equipo de potabilización de agua que funciona a través del móvil. Casi todo el mundo tiene un teléfono móvil, así que el potencial es de 4.000 millones de usuarios. Pero no sé moverlo. Lo he presentado a un premio que sé que no me darán a pesar de que es infinitamente mejor que nada a lo que pueda compararse.
Supongo que debo caer en la evidencia de que soy invisible.
Y que sólo el tiempo me ayudará a mejorar esto.
Que hay quien nace para perder a pesar de tener todos los ases en la mano.