domingo, 28 de octubre de 2012

La voz


Los ancestros me hablan con voz de viento, de viento frío que se cuela por las rendijas de la casa, aullando como el lobo en el bosque. Los ancestros tienen un mensaje que no conocía pero que al mismo tiempo, sin saber cómo, ya sabía. La sabiduría es una maldición que hay que cultivar y a la que hay que pertenecer, como la corteza pertenece al árbol que lo conecta a todas las cosas. Yo era insensible a todo ello.

 Pero una noche los ancestros aparecieron y me hablaron desde la penumbra de un bosque en el que nunca he estado. Me hablaron del agua que corre cristalina, de la niebla que oculta el sol durante meses, de que el neolítico fue para ellos la gran decadencia, que un hombre es lo que sus manos pueden hacer y poco más y, por tanto, un hombre es lo que piensa, lo que hace con determinación, y que el destino es algo a lo que amar para sentir que se vive de verdad. Los ancestros me trajeron las palabras exactas y yo me hice con ellas para guardarlas en un lugar en el que no pudiera olvidarlas: en mi corazón.

 Van pasando los años. Me he ido convirtiendo en alguien perplejo ante el mundo. No salgo de mi asombro y no entiendo en qué parte estoy ni dónde iré a parar dentro del torbellino que generan tormentas de cifras que llueven sobre la madre tierra para humillar su riqueza. Observo a los que nos guían y no reconozco a ningún hombre entre ellos. La humanidad se ha deshumanizado porque todos los que están en los lugares de sabiduría son seres mezquinos aventados por el miedo.

 Los hombres del bosque no quieren mirar en qué hemos convertido el mundo. Los ancestros añoran al oso y al lobo, la piedra y el hierro, miran de reojo al pasado y creen que ha llegado el momento de cambiar el futuro. Yo soy uno de ellos. Y me llega un canto desde el otro lado del mundo, pero en lugar de ser un lamento por todo lo que ha muerto se convierte en un himno de resurrección y de esperanza. Devolviendo la dignidad a aquello que era digno y viviendo ajenos al Samsara del mundo y sus espejismos.

 La voz inaudible va resquebrajando la corteza terrestre con una vibración constante, tan de baja intensidad que ni el corazón la nota. Pero está ahí, desincrustando el óxido de la superficie de lo que merece la pena. Y yo salgo a caminar por el bosque de nuevo, y veo salir el sol por las mañanas. Y oigo la voz dentro de mí con sabia nueva, dejando atrás muchas de las cosas que solía ser y en realidad no era.

 Ahora ha llegado el momento de cambiar el mundo.



 PD: Estos últimos días se están dando una serie de coincidencias y de oportunidades que no esperaba tener.  Y el miedo ha estado a punto de tirarlo todo por la borda. He de reconocer que mi situación no me permite ningún margen de maniobra, la situación es de verdad poco esperanzadora. Y entonces ha ocurrido todo de nuevo, todo el trabajo de los últimos años cristaliza en unos pocos instantes. A veces es bueno creer en la magia, en que en algún lugar del mundo algo tiene la capacidad de cambiarlo todo.

Nunca perdáis la esperanza.

sábado, 27 de octubre de 2012

... mi alma al diablo


No estoy seguro, mi alma se vale de tan poco que no sé si tiene precio, ni si la compraría yo mismo si la viera en las rebajas en un escaparate de Zara; mi alma carece de futuro, a veces pienso que si pudiera darle un lugar definitivo a todo esto que me pasa, es decir, un lugar en el que estuviera a salvo de los vaivenes de estos años pasados y de los que vendrán lo haría sin vacilar.

Pero vacilo.

Siento dudas y me pregunto miles de cosas al mismo tiempo. A veces siento que me equivoco cuando ya me he equivocado y voy a dar un segundo paso. Entonces no sé por qué he dado el primero.

Creía que había hecho un buen trato, pero el diablo sabe más por diablo que por viejo. En el último instante ocurrió algo, alguien me llamó y me convocó a una reunión intrascendente y yo le dije "he vendido mi alma al diablo" y entonces ese alguien me dijo "no la has vendido, has regalado tu alma al diablo".

En el fondo ya lo sabía pero tengo ese candor del que está acostumbrado a vivir de los sueños. Así que yo confiaba en la buena fe del  señor de la tinieblas y que esta durara siempre. Pensar eso es ser demasiado inocente.

Pero queda el segundo paso y ese segundo paso es poner mi firma en el contrato. Y ahora no me siento solo, ahora alguien vela por mis intereses. Puede que lo esté haciendo mal, puede que el diablo se enfade y me castigue con plagas que ni dios enviaría otra vez a Egipto, pero ahora mismo, en el último instante, me he dado cuenta de que quizá sea mejor morir en paz que vivir con el alma condenada.

Ya sé que las cosas no son siempre como un quiere pero es mejor conservar la dignidad por lo que pueda pasar. Y también sé que el problema no me atañe sólo a mi, sino a mi familia y que mi dignidad vulnera, con probabilidad la suya. Espero que sepan entenderme.

domingo, 21 de octubre de 2012

No debería, pero sin embargo...



No sabría muy bien qué decir. Vuelve a ser de madrugada y vuelvo a estar despierto. Quizá me venza el sueño durante la semana que viene, pero ahora estoy casi despierto. Y leo blogs casi al azar y quiero responder mails y me gustaría tener algo que decir.

Pero no puedo o no sé.

Está lloviendo. Las gotas agujerean la terraza de mi casa sin demasiada convicción. Yo apenas noto a simple vista la erosión que provocan, quizá si tuviera la mirada fija durante los próximos veinte mil años acabara por  ver los estragos de la lluvia. Pero esta noche la lluvia me parece invisiblemente negra y ruidosa y te imagino en otra parte, quizá presa del mismo embrujo del repiquetear de las gotas sobre los canalones metálicos y el corretear de los hilos de agua por la tubería que atraviesa el techo del comedor. Yo creo que he envejecido desde que dejé de imaginarte, cuando dejé de preguntarme qué estarías haciendo en el mismo instante que yo detenía mis quehaceres y te pensaba y tenía que definir el atrezzo que te estaba envolviendo.

Supongo que siempre he escrito para imaginarte, quiero decir que si te tuviera a mi lado, tendría que inventar países u otra cosa. Me dolería tener que dejar de pensar en ti, tanto, creo, que me entristecería los días que pasaramos juntos, como si una de las dos opciones excluyera a la otra, como si tenerte fuera la cara e imaginarte fuera la cruz de una moneda.

Quizá por eso vives tan lejos.

Quizá por eso nunca dejo que me quieras lo suficiente.

Pero no puedo evitarlo. Lo de pensar en ti, me refiero. Te escribiría cosas que antes sí escribía pero tengo miedo a que las creas, miedo a que se te metan en la cama contigo y sueñen a tu lado esa clase de sueños que parecen posibles y por eso mismo se vuelven inalcanzables.

Esta noche estuve a punto de enviarte un mensaje que decía algo casi importante que quería que supieras, pero entonces me he dado cuenta de que tú y yo en realidad no somos nada, y me han dado ganas de salir a la calle y caminar hasta llegar a alguna parte, bajo la lluvia por supuesto, caminar y caminar hasta que la soledad se gaste de tanto pisarla.

 Bueno, en realidad, me han dado ganas de rendirme, pero como siempre que me ocurre, acabo por huir a un lugar del que pueda regresar en un par de horas, y hoy pensaba que me gustaría irme tan lejos que no pudiera volver. Del que no quisiera volver.

Porque aunque no lo sepas yo lo que quisiera es no querer volver, tener una vida nueva, pero no nueva como unos zapatos nuevos que se acaban rompiendo y tienes que comprarte otros, una vida nueva en la que tenerte a mi lado no signifique que tenga que dejar de querer saber de ti, de imaginarte envuelta en tu escenario, que al llegar a casa la mierda de rutina no se nos coma entre el sofá y la cena.

Me da miedo irme a esa vida y volver a esta como un emigrante fracasado que vuelve pobre a donde pertenece.

Cuando pensaba que acabaría la novela y todo eso que se piensa, creía que iríamos a vivir a Nueva York o al campo, o a una casita en la playa como Bandini. Imaginaba más. ¿Sabes? Con lo del equipo del agua imaginaba que viajaríamos a países exóticos de lluvias torrenciales y calientes, y desayunaríamos papayas en un jardín con muebles de teca y palmeras gruesas y enanas.

En cualquier caso, estoy convencido de que un día será así, lo sé no porque lo haya visto en Callejeros Viajeros, lo sé porque cuando lo pienso, mi alma entra en un estado de calma y pienso que allí donde esté esa calma estaremos esperándonos el uno al otro, da igual si desayunando papaya o un café en vaso de porexpan mientras caminamos por una calle de Manhattan.

Y ya paro, porque estás muy bonita esta noche. Te sienta bien la luz de la pantalla cuando te ilumina la cara, no sé si llevarás las gafas puestas, imagino que sí. Aunque no te lo creas yo te veo desde aquí, ni el tiempo ni la distancia son, en realidad, algo importante en estos casos.

Y mientras oigo caer la lluvia soy capaz de ir desabrochándote todos los botones que te encierran, compartiendo las yemas de mis dedos con la costumbre que tiene tu piel de erizarse cuando les da por  usurpar todo tu cuerpo... desatando nudos, izándote la ropa para sembrar mi casa con ella.

sábado, 20 de octubre de 2012

Palabras que no llegan


Me supone un gran esfuerzo escribir esto. Como otras veces tengo la sensación de que ya ha pasado mi tiempo de palabras. Pero si me ha pasado esa época ¿por qué no llega algo que llene este vacío? Me siento como si hubiera saltado de una piedra a otra para cruzar un río y al ir a apoyar el pie no hubiera piedra.

 La semana que viene empiezo a fabricar la máquina. He encontrado un inversor, dicho de otra forma, he vendido mi alma al diablo... pero creo que el diablo se va a llevar una sorpresa, porque quizá valga más el papel donde firmo que mi alma misma. Tal vez sólo sea el vacío, tal vez sólo sea el otoño o que también nos han recortado sin que nos hayamos dado cuenta, todas aquellas ilusiones que una vez tuvimos. Porque las ilusiones son esos deseos que van más allá del deseo de subsistir.

 Pues eso, se me ha secado la planta de donde sacaba las palabras, hace mucho tiempo, tanto que quizá todo lo que haya escrito durante el último año lo haya hecho sin ganas, intentando ser el que era o el que pudiera haber sido. Porque, y ahora es cuando lo veo, que todos los buenos años me los pasé pensando que eran malos, y casi todo lo que he escrito me parecen quejas gratuitas, no me daba cuenta de todo lo que podía haber hecho, mareándome en complicaciones humanas, eligiendo mal, siendo elegido por aquello que podría ser y no era.

 Ahora todo cambia, la máquina ha tenido éxito entre los inversores, he sido finalista en varios concursos importantes y soy finalista en algunos por fallarse. Me felicitan y me auguran éxito, algo que he estado buscando frente a la derrota de tantos meses (casi cinco años) de ir a la deriva entre los restos de un naufragio. Creo que he sido fuerte y débil al mismo tiempo, me he sentido de verdad como un náufrago. Ahora siento la alegría de que por fin un barco viene a rescatarme a esta isla desierta, pero al mismo tiempo tengo miedo por si no me acostumbro a estar otra vez entre hombres, por si durante todo este tiempo que ha pasado me he convertido en eso que sospecho que me he convertido, en alguien que ya no entiende qué es lo que le une a otro ser humano.

 Nunca antes me había dado cuenta del miedo que tengo. Miedo al contacto con otros seres humanos, como si dentro de mí, el animal salvaje que soy, ya no pudiera confiar en nadie más porque ya ha gastado todas las oportunidades que se supone que le da la vida. Supongo que eso nunca es del todo cierto, imagino que siempre hay algo de humano en el desquiciado habitante de su isla desierta. Espero poder recuperar la confianza, espero dejar de tener miedo a lo que pueda pasar. Supongo que unos meses de relativa tranquilidad serán algo así como una cura, como una tregua.

Pero aquí estoy, son casi las cinco de la madrugada y no quiero acabar este día y no sé el porqué, como si me faltara algo. Sigo sintiendo que me falta algo, y ese algo que me falta tiene que ver con poder dar. Espero que dentro de unos meses pueda estar llevando agua potable a gente que realmente lo necesita. Creo que esa posibilidad es la que me ha empujado todos estos meses, la que ha vencido a la burocracia y los "vuelva usted mañana", la que ha espoleado a toda la esperanza que siempre he tenido a pesar de la tristeza. Y quizá, algún día, me volverá la pasión por escribir porque tendré algo que contar, algo de verdad, algo que me conmueva tanto que no tenga otro remedio que explicarlo.

Pero ahora vienen tiempos de emprender otro camino.

 Vienen tiempos de volver a ser humano.

  "Creemos que los humanos somos muy complicados, llenos de pasiones, pero en nuestros corazones sólo queremos pertenecer a algo, estar en paz, ser amados y amar". Dan Fante

sábado, 6 de octubre de 2012

Luz occipital


Quizá fue la luz que se escapaba por debajo de la puerta del cielo o puede que tal vez que la tarde se hundía lentamente en una laguna oscura como la noche, pero el caso es que sonaban campanillas no muy lejos y tú y yo nos besamos por primera y última vez. A veces, cuando viajo en coche y viajo hacia el oeste, y el sol se pone, y las nubes se vuelve manchas de mermelada de naranja y luego se convierten en compota de moras; antes de que la luz se vuelva esa otra cosa que no es luz, recuerdo que yo no pedí que las cosas acabaran así, ni tú tan lejos ni yo tan echándote de menos.

Ha pasado mucho tiempo. Sólo las puestas de sol siguen siendo lo mismo. Yo me fui haciendo viejo porque uno se apaga de esperar. Apenas hace unos meses empecé a asumir que no volvería a verte, quizá esperé demasiados años, quizá debí emprender otra nueva vida para que mi estrella brillara en el cielo. O quizá debí dejarlo todo y presentarme en la puerta de tu piso de la ciudad que nunca duerme.

Supongo que me hubiera llevado una desilusión. Porque tú naciste para la felicidad o para no dejarte arrastrar por las sombras, y no tardaste tanto en encontrar lo mismo que aquí pero todo nuevo.


Y no sabría decirte si hubiera podido soportarlo, quizá lo hubiera hecho y te me habría arrancado para siempre. Pero eso ahora ya no importa. Pero no puedo evitar pensar de vez en cuando que la luz se perdió una vez mientras estábamos juntos. Y que cada vez que ocurre, algo de mí siente una molestia en una parte de mi cuerpo, como esas fracturas de huesos que duelen cuando se acerca la lluvia; como si algo irrompible se me hubiera roto dentro.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El último país de los gatos



Entonces ella dijo algo que no supo muy bien si era algo que pensaba o una frase que siempre solía decir cuando no sabía muy bien qué decir, algo así como quien estampa una firma en un documento sin leerlo; una firma; una de esas frases que se han dicho una docena de veces a interlocutores distintos y que siempre queda la duda de si no se ha formulado ante la misma persona dos o más veces. Pero esa vez era distinta, porque sintió algo que sospechaba desde hacía tiempo: que todo su lenguaje estaba vacío. Todo lo que decía estaba formado por pedazos de una lengua aprendida a lo largo de los años, y a la que le faltaba la impronta de decir algo por primera vez, de que lo que salía por su boca era algo único construido al mismo tiempo que lo pensaba, y sobre todo, que lo sentía.

Bajó las escaleras hasta el coche, Alfredo la estaba esperando mientras hablaba por el manos libres de su Mercedes impoluto, tapicería gris claro y cristales de azul cielo. Hablaba con alguien de no sabía muy bien qué material que tenía que llegar de Japón. A ella Japón se le antojó muy, muy lejos, sin embargo vio y sintió como algo cercano las calles de una película que había visto hacía unos años, y que transcurría en Tokio, con una nitidez extraordinaria; y sintió en la punta de la nariz el frío de la tarde al caer sobre el cemento húmedo de la calle flanqueada por árboles delgados y desnudos. Sintió más real evocar aquella imagen que el interior del coche y el peso de los labios de Alfredo sobre los suyos. Y pensó que qué tontería, que ya se le pasaría, y prefirió los monosílabos y el silencio a contarle a Alfredo cualquier cosa que le hubiera sucedido durante el día, y ni mucho menos contarle algo del vacío que sentía.

Llegaron a casa. La niñera había hecho la cena y había acostado a la niña. Después de cambiarse de ropa, y ya en la cocina, una al lado de la otra, a pesar de que llevaba dos años conviviendo con aquella mujer, pensó que no la conocía en absoluto, que era otra caja vacía sin una sola grieta por la que mirar en su interior. Notó que siempre acababa con un "gracias Rita" casi todas las frases que intercambiaban, pero que en cuanto podía trataba de evitarla cambiando de habitación.

La niña dormía en la habitación contigua a la suya, le gustaba verla dormir porque los niños duermen totalmente abandonados, libres de cualquier tensión. Verla la relajaba, o en cualquier caso, la transportaba a un lugar a donde no necesitaba pensar, un lugar donde nadie vendría a romper el silencio. Desde casi el principio de tener a la niña, le parecía mentira que aquella vida fuera, en realidad, una vida aparte. A veces sentía que la niña era una parte de su cuerpo que se había escindido, como si le hubieran quitado un tumor y todos, sin contar con la opinión de la madre, hubieran acordado que aquel pedazo de carte era otro ser vivo. No la quería. Sentía algo parecido al cariño pero imaginaba que si de repente la niña le faltara no tardaría demasiado a acostumbrarse a su ausencia.

Alfredo salió de la ducha y cenaron, ella repasó la agenda para el día siguiente y él vio una entrevista en la televisión. Para cuando se fue a la cama, ella ya hacía tiempo que daba vueltas bajo las sábanas. Se hizo la dormida, como si fuera un animal y se escondiera entre la maleza para que su depredador no lo descubriera y pasara de largo. Él no hizo ningún gesto de acercamiento, no le preguntó si dormía, se deslizó entre las sábanas absorto en sus pensamientos y se durmió.

A eso de las tres de la mañana ella se levantó, salió del dormitorio y se fue a otra habitación que, como la suya, también daba al jardín. La gata del vecino había saltado a este lado de la verja y no podía hacer el camino inverso, el animalito no paraba de maullar pidiendo ayuda, sintiéndose extraño en un lugar que no conocía y con la imposibilidad de volver a su hogar. Ella pensó que si pudiera describir cómo se había sentido durante todo el día diría que el maullido de la gata era lo más parecido.

En el silencio de la noche, el maullido lastimero de la gata era atronador. No se oía nada más en todo el barrio. Aquello empezó a hacerle sentirse nerviosa y a pensar que debía hacer algo para aliviar tanto desconsuelo. Pero ¿y sí la gata, la arañaba o mordía al acercársele presa del miedo? Al fin y al cabo no la conocía y podría pensar que la estaba acorralando para hacerle daño. Titubeó. Quizá lo mejor era dejar que siguiera así hasta que se resignara y buscara otra salida, o se durmiera para coger fuerzas; tal vez lo mejor era dejar que siguiera maullando hasta que alguien con menos miedo a los gatos hiciera algo.

Como si alguien estuviera leyendo su pensamiento la cabeza del vecino apareció por encima del muro llamando cariñosamente a la gata " Shhhh, Penélope". Ella se alegró de verle aparecer para solucionar el problema, pero sobre todo, le alegró ver a alguien que hacía algo impulsado por un sentimiento de solidaridad y cariño hacia algo o alguien. Y se sorprendió diciéndose "ya que yo soy incapaz de sentir nada por nadie, por lo menos hay alguien que sí". Vio a la gata mirar hacia arriba y al ver a su amo, redoblar la intensidad de su maullido, y al vecino sonreír a la gata y prometerle que enseguida iba a buscarla.

El vecino se subió al murete que separaba los dos jardines y saltó al cuidado césped que el jardinero, bien aleccionado por Alfredo, cortaba cada semana, cogió con las dos manos a la gata, se la acercó a la cara y la frotó contra ella. La gata dejó de maullar. La subió hasta la parte superior de la pared que acababa de saltar y la dejó allí, tras un momento de duda, el animal saltó hasta su jardín dejando solo al hombre en un lugar que no era el suyo, con esa ingratitud natural que tienen los niños y los animales de no esperar a que tú estés a salvo. Al ver al chico allí, ella sintió que ahora quien estaba solo y sin poder volver a casa era él. El muro le pareció demasiado alto para que él pudiera escalarlo y volver a su casa. El hombre no era lo que se dice demasiado alto, más bien era algo bajo de estatura, bastante más que Alfredo y unos centímetros más que ella.

El vecino cogió carrerilla sobre el césped y con una agilidad inesperada, agarrándose al muro con una manos no demasiado grandes, se encaramó al borde de la pared y se quedó sentado con una pierna a cada lado del muro, de cara hacia la casa. Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron. Él, al sentirse descubierto le sonrió de una forma franca y sin un ápice de disculpa por allanar su propiedad. Ella no supo muy bien qué hacer. No había aprendido ninguna frase, ningún pensamiento, ningún gesto que respondiera a aquella falta de culpabilidad por parte de un delito tan evidente. El cuerpo se le ahuecó un poco más, vació del todo sus pulmones y tomó aire de nuevo, como si al hacerlo tuviera la esperanza de poder ser otra persona nueva capaz de entender aquella sonrisa.

Él saltó hacia su hogar después de decirle adiós con la mano. Y ella volvió al dormitorio con una pregunta nueva y con una esperanza sin saber muy bien en qué. Pensó en el vecino y en que era la primera vez que tenía la sensación que lo veía de verdad, es decir, que no era alguien etiquetado como vecino, sino que era alguien de carne y huesos que tenía cuidado de su gata, que sonreía con una sinceridad arrolladora y que no era propenso a sentirse culpable. Se preguntó si para él también era la vecina o si era capaz de mirarla desde el punto de vista desde el que ella lo veía ahora. Y se dijo que si fuera así, ella podría preguntarle quién era ella y él le respondería algo mucho más cerca de la realidad de lo que ella podría responderse a sí misma.

Se durmió después de darle muchas vueltas y se dijo que al día siguiente le haría una visita a su vecino, aunque fuera sólo para saber cómo se llamaba, para saber cómo estaba la gata, y para averiguar qué había detrás de todas las miradas francas o del amor verdadero hacia los animales.




viernes, 28 de septiembre de 2012

El derecho a decidir


Con todo esto que está ocurriendo en este país parece que ha pasado a un segundo término que el gobierno, más concretamente, el ministerio de Justicia, está preparando una nueva ley del aborto, o modificarla tanto que va a parecer nueva. La noticia pasó casi inadvertida dadas las circunstancias, pero básicamente, la ley que probablemente se aprobará dada la mayoría absoluta que el partido en el gobierno tiene en el congreso, viene a decir que el aborto no será libre, que si una mujer se queda embarazada no tendrá derecho a decidir si tiene ese hijo o no lo tiene, no podrá esgrimir razones económicas (una boca más que alimentar dadas las circunstancias del país es inviable para muchas familias), de problemas de salud del feto (malformaciones, enfermedades,...) o de simplemente, ahora no es le momento.

Decidir qué hacer con intimidad en función de tus circunstancias, decidir no traer a alguien al mundo porque no puedas atenderlo o darle las oportunidades que merece, porque el entorno es hostil (y no se ve que haya futuro) es algo básico. Que el gobierno decida por ti es, cuanto menos, un atentado a tu libertad.


El negocio de robar niños.
El proyecto de ley tiene un lado perverso, teniendo en cuenta que no hace mucho ha salido a la luz un asunto de secuestro de niños por parte de un entramado de médicos, enfermeras, monjas, etc. en algunas clínicas durante las décadas de los setenta y ochenta. A la madre se le decía que el bebé había muerto pero en realidad se les había entregado (vendido) a familias con recursos y adscritas a corrientes ultra-católicas. ¿Por qué se robaban niños en los ochenta? Cuando los gobiernos progresistas de Felipe González aprobaron la ley del aborto, el número de mujeres que daban a luz y no poder hacerse cargo de ellos disminuyó considerablemente, hundiendo la industria de la adopción, siempre en manos conservadoras. Miles de parejas se vieron forzadas a buscar hijos en otros países puesto que en éste el número era limitadísimo y las listas de espera, interminables. En los ochenta se empezaron a robar niños para familias escogidas por un grupúsculo de mesiánicos que repartían los bebés como si el mismo Dios se los hubiera entregado en una repetición del milagro de los panes y los peces.

Pero eran seres humanos.

La verdad es que a mí me suena un poco raro lo de vamos a volver a tiempos de Luis Candelas y a aquella estigmatización de la mujer más propia del catolicismo represor del sexo, algo así como "consérvate virtuosa y no tendrás la vergüenza del fruto de tu pecado" o en el fondo, restar dignidad a los más pobres, por tener que dar sus hijos a otros más ricos. A mi me suena a servidumbre y esclavitud.


Nos quieren siervos y esclavos.
Porque lo que está en juego es el derecho a decidir. Y el derecho a decidir sobre lo que vas a hacer con tu vida y la de tus hijos es lo que te hace libre, qué eres y cómo vas a vivir, con qué carga o con qué posibilidades vas a afrontar tu futuro. Las libertades en el mundo son un campo de batalla donde se enfrentan dos modos de pensar:

- los que votan para que los elegidos hagan lo que se les pida que hagan.
- los que votan para que los elegidos les digan lo que tienen que hacer. Y si es sin tener que votar, mejor.

Hay una parte de la sociedad que tiene miedo a la libertad. Miedo a la suya propia (tener que decidir y equivocarse), y miedo a la libertad de los demás (que los demás decidan algo distinto a lo que ellos decidirían y que no se equivoquen). La libertad (ya lo dicen muchos filósofos y coach) es la ausencia de miedo irracional.

La gran estafa de la crisis está cimentada en el miedo. En el capitalismo hay dos posiciones que se resumirían en dos frases:

Posición ON: "Tranquilo, no pasa nada, ya me lo pagarás mañana". Esto nos lleva a la expansión y a la sensación de omnipotencia. Crédito a diestro y siniestro, huida hacia adelante...

Posición OFF: "No podemos gastar". Esto lleva a la contracción y al miedo. No hay liquidez, no hay dinero porque el dinero no circula. El mañana del "ya me lo pagarás mañana" ha llegado y te reclaman la devolución para cuadrar números. Desconfianza, miedo.

A mí me suena a lanzar las redes sobre un banco (qué ironía de palabra) de peces y cuando ya está bastante llena la red y se recoge el fruto de la faena, pero no tan llena como para que se rompa la red. Mira, que a mí me parece que eso de la frase de "Tranquilo, ya me lo devolverás mañana" me parece un anzuelo. Por eso muchos creemos que todo está premeditado.

Para la pesca de arrastre hace falta una red de bancos por un territorio, unos barcos que trabajen coordinados (fondos de capital) y unos marineros que tengan experiencia en pescar y que, sobre todo, no se identifiquen con lo que pescan.

Cuando no se tiene en cuenta el drama de las familias, de las dificultades de la mayor parte de la gente, cuando el dinero se acumula en pocas manos a costa de que desaparezca del bolsillo de la gran mayoría, y cuando la razón de existir de esas pocas manos es ganar el máximo posible sin importar de dónde salga el dinero y sin importar qué consecuencias tenga para los demás, estamos, además, frente a una injusticia. El sistema capitalista salvaje es injusto. Y lo ha sido siempre. Lo ha sido con todos los pueblos oprimidos por intereses comerciales y que a nosotros nos han importado un bledo que les pasara.

Yo soy un pez que mordió el anzuelo. Lo reconozco. Un dúplex en la mejor zona, un coche de alta gama, una empresa que trabajaba en un radio geográfico amplio... ferias, cenas, proyectos...

Y ahora estoy atrapado en la red.

Si tuviera un hijo tendría que darlo en adopción porque no podría mantenerlo o lo condenaría a mi misma situación... todo mi presente desapareció con el tsunami de la crisis.

Miedo. El conocimiento te libra del miedo. No tener miedo es ser un poco más libre. Conocer qué está pasando, es poder hacer un agujero en la red para salir.

En ello estoy. Si eres consciente de ello tienes más posibilidades de decidir. Con ello no quiero decir que sea fácil. La red es tupida y está todo muy bien montado. Sé que, además, fuera de la red, están los tiburones esperando a los que escapan. Los business angels, los fondos de capital riesgo que te "financiarán" tu invento, tu método para salir de la crisis...

A veces también es cuestión de que te sonría la suerte. Pero la suerte hay que buscarla. ¿La buscas conmigo?

jueves, 20 de septiembre de 2012

Runaway train



A veces la valentía consiste en no dejar que el mundo sea un lugar donde sólo ganan los cobardes. Y ser capaz de dar un paso al frente cuando más miedo tienes a no ser lo que se esperaba que fueras, a no ocupar ese lugar que se te había asignado.

A veces ser valiente es ser capaz de huir a algún lugar donde no te conozcan y puedas empezar de cero, donde nadie tenga expectativas acerca de lo que puedes o no puedes hacer. A veces lo más valiente es huir del personaje que interpretamos como si de una cárcel se tratase.

Tal vez tengamos una oportunidad mientras creamos que podemos cambiar, que en otro lugar podremos ser diferentes, pero quizá no sea verdad y siempre haremos las mismas cosas que hacíamos, quizá somos presos de lo que realmente somos y lo llevamos con nosotros allá a donde vayamos.

Me he dado cuenta de que no soy eterno, pero que esta vida sí se me está haciendo eterna. Eso me indica que debo cambiar cosas, y voy a hacer cambios en mi vida. Cambios. Tantos cambios como me sea posible, tantos que me va a parecer que vivo otra vida que no es la mía.













martes, 18 de septiembre de 2012

La verdad sobre los duendes que crees que habitan tu casa


Hace días que quería contártelo, todo eso de que se te cambiaran solas las cosas de sitio es cosa mía, bueno, en realidad no estoy seguro. Lo que se te comieran la mortadela me extraña, porque a mí no me gusta y aún no he aprendido a que mi fantasma abra las puertas de los armarios o de la nevera. Eso creo que debe ser otro fantasma. Pero no lo he visto, me moriría de miedo si lo viera, de hecho es un alivio que no me refleje en los espejos... (a ver si voy a ser también un vampiro, lo que me faltaba ya, el fantasma vampiro come mortadela). Pero no, yo sólo te cambio las cosas de sitio, porque he decirte algo que debí decirte hace tiempo: Yo me cuelo en tu casa cada vez que me lees.

No puedo explicarlo, me lees y yo puedo atravesar la pantalla sin esfuerzo. Bueno, yo todo no, quiero decir que mi cuerpo y mi mente se quedan aquí, al otro lado, en mi otro lado, pero de alguna forma que no entiendo me paso agarrado a las palabras como si las frases fueran una cuerda de la que tiras al leerme. Yo sólo tengo que vencer el miedo al golpe que me voy a dar contra el cristal de tu monitor, pero hasta ahora no me la he pegado, siempre acabo pasando, como si estuviera hecha de niebla, como si fuera un humo sin incendio.

A veces me quedo un rato a tu lado, pero como no puedes verme (ni yo tocarte) al cabo de un rato me doy una vuelta por tu casa, miro las fotografías que tienes a la vista, me imagino tu pasado, me pregunto si elegiste tú esos muebles y si los dispusiste así, quién te ayudo a colocarlos, si vienen a visitarte tus padres de vez en cuando, si estos rastros de escamas de sirena (casi invisible) que hay por el suelo son tuyos o los restos del naufragio de algún sueño que igual ni recuerdas. 

Tu casa de define pero fisgonear no me interesa, la verdad es que yo no vengo por eso, yo vengo por ti, porque te escucho muchos días mientras estás delante del ordenador; bueno, a veces también, mientras me lees, como ahora, puedo yo leerte el pensamiento. Bueno, ¿qué esperabas? Igualdad de condiciones, yo creo que es justo ¿no? 

Ahora que ya lo sabes igual crees que sé demasiado de ti, pero sé que te escucho porque me acuerdo cómo me siento cuando lo hago, sin embargo, soy incapaz de recordar qué piensas. Al día siguiente lo he olvidado, sólo me queda una sensación de querer volver a leerte por dentro, y ya sé que está mal decirlo, pero creo que me estoy volviendo adicto a esta clase de cosas que eres cuando piensas, no sabría cómo expresarlo, si al menos pudiera recordar una parte de lo que te escucho pensar... 

Igual ahora crees que soy un bicho raro. No, no lo piensas, aunque claro, tampoco lo recordaría; porque si lo pensaras no hubiera vuelto. Quiero decir que si lo paras a pensar tú también, de otra forma, también sabes lo que pienso.

Lo que no creo es que sepas que esto lo escribo por ti. Es extraño si te lo paras a pensar. Puedes leerme el pensamiento sin saber que ahora mismo estoy pensando en ti.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Llega de nuevo el frío



Me deslizo por encima de las sábanas como un surfista que llega al verdadero fin del mundo, del mundo plano medieval aguantado por elefantes y que se tanto se parece a su cama. Me siento en el borde con los pies colgando en la orilla por donde caen los barcos hacia el abismo, pero yo sólo veo parket y mis pies lo sienten cuando me decido navegar lo desconocido.

Me doy la vuelta y la miro por si le ha despertado el maremoto de mi cuerpo abandonando el viscolástico que, al recuperar su forma, borra la huella que he dejado esta noche. Duerme o finge dormir, perdida en algo que ni ella misma recordará al despertar o demasiado consciente de lo que ocurre a su alrededor. Creo que duerme, su cuerpo no miente tan bien como su boca, su cuerpo está relajado como el de un jaguar tumbado y despreocupado.

Voy a tientas hasta la cocina, a oscuras por el pasillo, y entro en la cocina y cierro la puerta antes de encender la luz. Pongo leche a calentar, necesito algo caliente en el estómago, algo que me abrace desde dentro, no entiendo este frío que siento, sé que en la calle hace calor, que en la casa las ventanas están cerradas, es como si mi cuerpo no entendiera nada y fuera por su cuenta, como si algo dentro de mí hubiera puesto en marcha el motor invisible de una nevera. Me pregunto si esto será eso que llaman "quedarse helado", si esto tiene que ver con el estado de shock que no quise tener unas horas antes.

Ella sigue durmiendo, lo noto. Tengo la facultad de intuir si hay alguien en tensión en unos metros a la redonda. Siento su presencia, siento físicamente cuando alguien se aproxima, es como si desprendiese un campo electromagnético y algo dentro de mí lo detectase. Debo estar loco, debo ser uno de esos paranoicos que acaban juntando palabras al azar en el periódico hasta encontrar una conspiración oculta, mensajes en los cartones de leche en el super y que vive como si le fuera la vida en ello toda esa parafernalia desquiciada y delirante.

La leche está suficientemente caliente cuando apago el fuego y vierto el contenido de la cazuela en una taza en la que se lee "Asturias" y tiene una caricutura de una vaca con una flor en la boca. Bebo despacio y me sienta de maravilla, el cuerpo se calienta desde dentro, esófago abajo hasta llegar al estómago; mi cuerpo se relaja y se vuelve tibio como si me hubiera echado una manta por encima.

Me apoyo en la encimera y me pregunto con algo más de calma si será cierto lo que me ha contado su amiga esta tarde. No me gusta esa mujer, no me gusta que me haya confirmado lo que yo ya sospechaba desde hace tiempo. Sé que no debería importarme, al fin y al cabo nadie pertenece a nadie, pero me cansa volver otra vez a lo mismo, me cansa tener que volver a tener que marcharme una y otra vez, volver a sentirme como una muestra de colonia que la gastas porque te la han regalado en la perfumería aunque no te guste como huele.

Cuando mi cuerpo se calienta del todo vuelvo a la cama, y en cuanto me meto entre las sábanas ella se despierta y se sobresalta. "¿Te pasa algo?" pregunta. "No, me levanté al lavabo. Duérmete mi vida" y entonces pienso que debería haber aprovechado para ir al baño y en que ya no podré volver a utilizar esa excusa si no me queda más remedio que ir.

No vuelve a dormirse. Yo tampoco. Ambos sabemos por qué no nos dormimos pero no nos lo decimos. A ratos caigo en un sopor nervioso y ella hace lo mismo, por turnos, como si estuviéramos vigilando una puerta por la que de un momento a otro saldrá alguien al que debemos seguir y averiguar a dónde va y con quién se ve.

Por la mañana el despertador nos sirve de excusa. Ambos coincidimos en que hemos dormido mal y me pregunto si ella se pregunta si es el momento de decírmelo o si esperará a la noche, cuando volvamos del trabajo.

Nos llamamos dos veces durante el día, nos preguntamos cómo nos va, pero no nos decimos nada cariñoso. Me habla de forma automática, me cuenta no se qué de un compañero de trabajo al que están a punto de echar y que tiene dos niños pequeños. Le digo que el mundo es una mierda, que todo se está emponzoñando y que deberíamos hacer algo. Ella me dice que yo sólo pienso en lo malo y que lo único que podemos hacer es conservar nuestros empleos.

Por la tarde me acerco a visitar a un cliente en Montacada i Reixach y me cuenta que las cosas van cada vez peor, yo me hago el fuerte, le cuento lo de mi patente, me dice que yo tengo suerte. Le miento y le digo que sí, que tengo mucha suerte, a sabiendas que hoy termina otra etapa de mi vida.

De camino a su casa fantaseo con que gano el concurso de inventos del que soy finalista. En mi fantasía ella es ella y está cansada, se ha aburrido de esperar a que todo funcione, a que gane dinero, se desespera y me dice que no se puede vivir a la espera de que las cosas funcionen, me dice que me busque otro trabajo más, que no puedo vivir siempre soñando un golpe de suerte.

Y sé que tiene razón y que no sé hacer bien las cosas, me gustaría ser el hombre que había sido en el pasado, el que no necesitaba otra cosa que creer en sí mismo, pero ahora me he metido en algo más grande que yo y tengo miedo, miedo a que se me escape de las manos y miedo a que la carroza vuelva a convertirse en calabaza.

Cuando llego a la puerta de su casa me pregunto cuántas veces le habrá llamado él o si habrá sido ella quien le habrá llamado.

Entro en su casa con la llave que me dio hace casi un año y me dispongo a hacer lo que mejor sé hacer desde hace unos años a esta parte: encajar el golpe como pueda. Me pregunto cómo empezará el fin, si empezaremos a discutir por algo insignificante hasta que se haga una gran hoguera o si lo soltará como una bomba, si admitirá lo que cree que yo sé y se callará el resto o si omitirá del todo la existencia de eso que empieza entre el otro y ella.

Oigo abrir la puerta y el sonido de las llaves al caer en la cestita donde deja las cosas al llegar a casa. Nos cruzamos las miradas cuando llega a la sala donde tengo mi ordenador. No hace falta decir nada. Sus frialdad lo dice todo.

Yo disimulo, le paso el brazo por el hombro y le pregunto cómo le ha ido el día. Fría, ahora entiendo que me tuviera que levantar anoche a tomar leche caliente. Era ella.

En cierta forma me alegra que todo esto acabe.

jueves, 13 de septiembre de 2012

En el corazón del bosque


A las cinco de la mañana todavía es de noche, a esas horas los gatos no entienden de oscuridad sino de calma y la respiración se vuelve un ahogo porque mientras tú estás despierto los pulmones siguen dormidos, soñando, quizá, con olores de bosque. Me pregunto si uno sueña el conjunto de sueños de cada uno de sus órganos. Quizá, antes de despertarme rebozado por una fina capa de sábana, soñé el sueño que no me atrevo a soñar contigo, si hago caso a mis pulmones, probablemente estábamos en un bosque. 

A las cinco de aquí es casi media noche en el otro lado del Facebook, en esos momentos ambos vivimos en la cara oculta de este planeta húmedo, encharcado de sombras que no tienen luz que las provoque. Al otro lado hablo con un viejo amigo que está de viaje por México, hablamos del agua, de la vida, de mi sequía, de las noches interminables en Df y de la infinita soledad que provocan las muchedumbres. Nos despedimos sin adioses y nos convocamos a una fecha tan incierta que las hojas de los árboles serán algo así como un recuerdo, y yo sigo pensando en que si pudiera volver a dormirme me gustaría soñar sueños en los que pudiera pasarte la mano por la cintura, pero no me atrevo, por si sólo vivimos juntos en mi cabeza por las noches, como si tuviera miedo de que soñarte fuera el veneno y la luz del alba fuera el antídoto. Un antídoto que no llega a tiempo.

El día se me está haciendo especialmente largo. A las nueve fui a hacer una visita y ya me sentía viejo, estuve a punto de llorar mientras daba una explicación sin sentido, me comprometí a resolver no sé qué papeleo y me enfundé en un enfado contra la luz del día, contra el mundo tranquilo de las mañanas de los jueves. Ahora trabajo lento, tan lento que una parte de mi cerebro (el derecho) duerme y me dice que debo escribir esto. Lo escribo sin convicción. Yo sé que estás ahí y me lees, pero no creo que entiendas que escribo esto, esencialmente, para ti.

A las doce, una llamada me corta el día, hago números, odio los números, me pregunto si la verdad nos acaba haciendo libres o simplemente nos convierte en unos esclavos más conscientes de que lo somos. Repaso el planning del día y acabo por acordarme que debo hacer un informe para esta tarde. El dichoso informe que me persigue desde esta mañana a las nueve. ¿De qué se trataría?

El lado derecho de mi cerebro se despierta. Nos coordinamos y empezamos a redactar un informe del que él sí había oído hablar. La mañana de desliza como por un tobogán de reluciente acero inoxidable y yo pierdo las esperanzas de que hoy sea el primer día del resto del genocidio de mis insomnios.