Me gustaría empezar alguna frase con la certeza de lo que quiero decir. Nunca sé cómo va a acabar lo que empiezo, y eso es algo que está presente en todas las facetas de mi vida. En el trabajo, con la familia... así que me dejo llevar en medio de un caos incomprensible en el que viajo medio perplejo, sin saber qué va a pasar porque no sé planificar qué es lo que tiene que ocurrir. Antes de ponerme a escribir este párrafo no tenía claro que iba a hablar de eso de no tener nada claro.
Creo que este blog es un ejemplo de ello. Es un galimatías descomunal de más de mil quinientos post que no llevan a nada. No hay historia ni mensaje, sólo palabras unas detrás de otras intentando no resultar demasiado sueltas las unas de las otras con pocos o nulos resultados. Al cabo de un rato de estar escribiendo me vienen algunas ideas que voy anticipando, pero tampoco creas que son muchas. Lo único que tengo claro es que te escribo a ti aunque no me leas. Ya no tengo otra voz literaria que no sea la de susurrarte al oído lo que no soy capaz de decir con la boca.
Ya no leo como antes ni me intereso por escritores nuevos. Releo a autores que ya he leído antes y me sumerjo en novelas de aguas tranquilas que sé que no me van cubrir lo suficiente como para que me ahogue en un nuevo e irrenunciable viaje.
En algunas ocasiones me nace una novela del pecho y paso meses escribiéndola en mi cabeza, pero no llego a más que dos o tres intentos de inicio o de escenas que son demasiado malas, lo suficiente como para descorazonarme y posponerlo. Cuando leo que alguien ha escrito diez o doce novelas le admiro con toda mi alma, porque entiendo que es tan difícil que sólo por eso merecería un reconocimiento mundial. No me importa si son buenas o malas (todas son buenas); joder, tienen que ser buenas.
Entonces siempre pienso que el que ha sido capaz de tal hazaña es capaz de planificar lo que va a escribir y encima lo hace bien, y que yo no soy capaz ni de saber qué estoy escribiendo en estos momentos hasta que dentro de un rato lo haya releído y quizá le encuentre un sentido. Es como si mi voz literaria tuviera una memoria de pez: tan a corto plazo que no sabe qué le espera detrás del siguiente punto y seguido, por mucho que haya imaginado toda la orografía del río.
Y aquí estoy; cinco párrafos más tarde tratando de saber qué estoy haciendo. Frente a un lugar que no conozco y que no sé cómo atravesar con dignidad ni sentido.
Lo que sí que tengo claro es esa conciencia de cruzar la vida como si fuese un lugar extraño, algo que no es mío, que no entiendo, que no puedo sujetar ni al que agarrarme para sentirme seguro, como en los cuentos cuando el niño debe atravesar un bosque encantado.
Creo que, definitivamente, vivir no es lo mío. Quizá por eso me aferro a las rutinas, que es el sucedáneo de la seguridad porque la repetición no puede sorprenderte. Quizá por eso dicen que es mejor lo malo conocido, aunque no estoy seguro, porque hace años que me lancé a por toda esa mierda de perseguir los sueños... y eso para alguien que no sabe ni cómo va a acabar esta frase es complicado.
Me gustaría saber que en el otro extremo del hilo de araña van las cosas bien, que el tiempo se detuvo lo justo (y en el instante preciso) para empezar de nuevo dándole la vuelta, como cuando giramos un reloj de arena; que aunque el viento sea cada vez más fuerte y el calor más caliente, y los días más imprevisibles y las épocas cambien más rápido, me gustaría saber que todo está bien; que los niños están bien, que hay más y mejor de lo que puede haber más y mejor.
Porque sé que la mayor parte de las verdades cambiaron y que las cosas importantes se volvieron otra vez importantes, y que los mamuts y los unicornios volvieron a extinguirse porque ya no caben en la realidad de los que imaginamos mundos perdidos; que tarde o temprano nosotros también nos extinguiremos porque apenas somos burbujas emergiendo desde el fondo del océano hasta la superficie para fundirnos con la inmensidad del cielo.
Y saber eso me vuelve más vulnerable a lo que puedo ser y a lo que he sido (sospecho que no varía mucho lo uno de lo otro), y me gustaría creer que me queda algo de aliento y eso quizá quiera decir que también algo de vida.
Vida: Agua y aire. Espacios infinitos entre millones de millones de átomos vacíos. Minúsculos pedazos de elctro-materia asombrados ante la inexplicable luz en una total oscuridad. Eso y poco más. Los sabios del mundo se pasan siglos tratando de averiguar qué es la vida, y quizá la vida sea sólo eso: esa luz y lo que alumbra. Como eso de que nada existe si no lo miras.
Luz como la que desprenden algunas personas; como la que se prendía en mí cada vez que te leía o te pensaba. Creo que eso nunca lo sabrás. Es más, no podrás saberlo ni aunque me estés leyendo ahora y acabes esta frase en un punto y final y te frenes justo antes de que se convierta en un abismo.
Aquí quise dejarlo.
Pero no pude. Uno no es dueño de su vida. Es la vida la que lo atraviesa a uno: lo quema o lo mantiene iluminado. Lo envuelve y le condiciona.
La materia y lo que se crea y se destruye versus lo que no se ve y lo abraza y lo parte.
Por eso estoy convencido de que cuando muera seguiré existiendo, porque hay un sol que nos alumbra a ratos y ahí fuera está todo eso de la materia oscura, la anti-materia y esas cosas que cuentan los viejos físicos para asustar a los jóvenes matemáticos. Eso y porque sé que tu burbuja y la mía emergerán desde el fondo del océano para fundirse con ese cielo infinito y entonces sí (tú y yo) seremos una maraña de átomos bailando entre las corrientes de aire y luz que nos arrastren hasta ser el agua (tú el hidrógeno y yo el oxígeno) de la gota de rocío que condense sobre el hilo de araña que nos une y que, como mamuts y unicornios, también acabó por extinguirse.
Aunque yo siga creyendo en ellos aún.
Y quiera seguir creyendo hasta que se apague el último sol de la última galaxia y ya no haya ninguna posibilidad de seguir haciéndolo.
Nada se acaba mientras algo brille y otro algo sienta de alguna forma que ese algo brilla.
Siento que nunca me voy a enamorar como me enamoré de ti.
Bueno, ya sabes, este año va a ser el año. Empecé a escribir la novela y ya llevo unas páginas. Esta vez no la voy a ir publicando en el blog, sólo la voy a ir dejando en borrador y a tratar de pasarla a limpio. Está hecha de escenas y de entrelazar tres generaciones de una misma familia. Supongo que es más de lo mismo y mi forma de escribir no es demasiado efectiva, pero lo estoy intentando y creo que lo estoy logrando a veces. Ahora no me obsesiono con dejarla escena acabada, sólo la dejo ahí y se que crece por sí sola, soy capaz de verla más grande unos días más tarde y la reescribo hasta que crece como la maleza y luego la podo como a un seto.
Y sigue creciendo.
Me gustan los personajes menos el protagonista. Es una búsqueda del origen del malestar interno de alguien y de cómo cambia su percepción de la vida y de la fatalidad, de cómo nos enfrentamos a ella y de cómo las cosas cambian si cambias la forma en la que las enfrentas y de que eso es casi imposible, porque vivimos bajo influencias que ni siquiera somos capaces de imaginar porque no son nuestras, son vivencias de otras personas que absorbemos nada más nacer, de sus odios y sus resquemores, de sus deseos no cumplidos y de algo que nos envuelve y lo transmite. No sé cómo ha nacido esa idea en mí, pero lo cierto es que hace años que mi vida me ha llevado a buscar ahí, en ese recóndito no tiempo ni espacio en el que habitamos en realidad.
Un simulacro de vida el que no somos nadie ni tenemos un futuro y el pasado que creemos tener tampoco es nuestro hasta que un día algo nos hace decantarnos hacia ese otro lado de las cosas, donde la materia es cada vez más ligera hasta desaparecer en el vacío de los átomos, en el que sólo tenemos conciencia de ser y por tanto, de que somos 99,99% un hueco abarrotado de nanocometas en forma de electrones y protones, y del que la mayoría de ellos pertenecen al oxígeno y al hidrógeno del agua. Un agua que no nos pertenece, que se evapora y que nos inunda, que está en equilibrio con el vapor de agua que nos envuelve...
... dicen que el agua llegó de las estrellas a bordo de asteroides y cometas, que es algo así como lo más extraterrestre que existe en este planeta. Dicen también que se comporta de forma poco común y distinta a como debería comportarse, que si diriges malos pensamientos lo sabe y si le aplicas otros más armónicos ella se vuelve más predispuesta a mejorar su entorno, como un gato que ronronea cuando lo acaricias y que huye de ti si te molesta.
Supongo que la historia no tendrá mucho sentido al principio e irá tomando forma. Me hubiera gustado subirla al blog para que fueras leyéndola, pero no sé si sigues entrando. Sé que que todo ha cambiado y me resisto a saberme una molestia e intentar ser lo que no soy. He llegado a una edad en la que lo que se me da mejor es meter la pata. Falta de reflejos o perdido en un rol que ya no me corresponde, qué se yo, pero el caso es que no quiero resultar patético, aunque a veces pienso que ya es demasiado tarde, porque el caso es que los últimos diez años no he dejado ni un solo día de pensar en que llegaría el día en el que todo se acabaría y que lo haría precisamente como imagino que acabará sucediendo. Siempre he tenido la sensación de que he gastado mis siete vidas en esperar trenes en la estación equivocada, en la que no paraba el expreso a Boulder, o que si, maldita sea, por casualidad parase no tenía el billete adecuado.
¿Sabes? Estuve tentado de llamar Arturo a mi personaje principal, y convertirlo en un antihéroe, pero luego pensé que quizá debía salir de eso, y escribir algo serio, algo a lo que Bandini hubiera aspirado escribir algún día.
A veces me da la sensación de que sólo soy yo cuando te escribo y que todo esto me ha salvado la vida al tiempo que la ha dejado sin tiempo, y que en el fondo, lo que espero no es que el tren se detenga y yo pueda subirme, si no que pare y tu bajes, aunque luego vuelvas a subir y te vayas a California y yo me quede en Colorado.
Por cierto, mi novela tiene una parte americana, en la que visito Coney Island y pasan cosas.
No sé si sabré escribir en tercera persona. Tengo la sensación de que si no he escrito nunca nada largo es porque sé que no sé escribir como si fuera otro el que lo cuenta. Me pregunto si alguna duda similara a esa me ha confundido algún otro aspecto de mi vida y si eso es lo que me ha llevado a vivir esta vida a medias que vivo, haciendo demasiadas cosas al mismo tiempo y sin acabar de apostarlo todo por alguna en detrimento de las otras.
Creo que algunas veces lo intenté y no pude. Aunque aparentara que lo daba todo por un proyecto siempre tenía en la cabeza otro tan ambicioso o más; cuando he acabado de presentar una patente ya tengo otra que la supera. Y no soy malo en ello. He ganado premios de innovación y he viajado por medio mundo invitado por organizaciones y universidades importantes: Silicon Valley, Zurich... reuniones con UCLA, MIT, proyectos con universidades y grandes empresas europeas... Mi agente de patentes dice que las mías son muy buenas, algunas alcanzaron la máxima valoración por parte de los evaluadores de agencia europea de patentes, e incluso una la catalogaron de estratégica para los intereses de la Unión Europea; pero sigo sintiendo esa voz que me dice que no soy lo suficientemente bueno en nada.
Me gustaría saber escribir esa historia en la que le doy forma a todo eso que llevo años imaginando. No sé si tendré tiempo, si debí empezar a escribirla hace años, el caso es que sólo hace unos meses que la tengo clara y que necesita salir de mí, de que ésta es la historia de mi vida, el porqué estoy aquí, la razón por la que sobreviví al accidente de coche de hace veinticinco años, la histora que debe ser contada a través de mí.
Y claro, tengo miedo a no saber hacerlo. Como en tantas cosas antes, el fracaso es la opción con más opciones y no me siento preparado.
Hace un año me propuse leer las novelas con más éxito en los últimos años para aprender cómo se abren y cierran subtramas, qué personajes van a estar y dónde va a transcurrir la historia y me di cuenta que ese no era el problema, que mi problema es otro... que apenas sé escribir de forma literaria. Antes pensaba que eso era algo bueno, porque podía expresar las cosas de forma sencilla y directa; pero luego me he ido dando cuenta de que el placer de leer tiene que ver tanto con el lenguaje como con la historia que cuenta.
Que una novela es un cuento que hay que saber contar, una guía de viajes y no un mapa, un diario íntimo y no un currículum. Y creo que todo eso se me ha ido olvidando mientras la historia crecía en mí, la otra parte que soy (o que era) fue perdiendo el contacto con los contadores de historias... y queriendo ser las dos cosas, ahora tengo la sensación de que no soy ninguna de ellas.
Supongo que sólo lo podré saber en cuanto empiece a escribir.
También tengo la sensación de que tengo que escribirla pronto o alguien se me adelantará.
No creo que te hubiera gustado que el personaje de mi novela se pareciese a ti. Desde que la historia se enraizó en mí, los personajes y sus conflictos empezaron a tomar vida propia y con ella todos los secretos que les pertenecen. Imagino que esto sucede porque nada ni nadie creado artificialmente es realmente de quien les da vida, que los que inventamos historias apenas somos un vehículo por el que circulan circunstancias y patrones de algo que es más grande que la misma trama, y que ésta no es otra cosa que un lugar en el que vivimos como un pez dentro del agua. O como tú y yo en esta maraña de líneas invisibles que van desde mi teclado a tu pantalla; un lugar sin ubicación ni tiempo estable de vida, y que dura lo que dura el centelleante palpitar de los leds en la caja de un servidor en un oscuro centro de datos, este sí físicamente real, en algún lugar recóndito del planeta.
Pero tengo que decirte que si hubiera podido elegir, me hubiera gustado que el protagonista de mi novela se pareciese a ti. No sé si por que me gusta quien intuyo que eres, si no porque hubiese sido la manera de perpetuarte de una forma tangible, de que no te fueras nunca del todo cuando el tiempo nos devuelva al instante previo a conocernos. Pensar que los días que pasen nos devuelvan cada vez con menos frecuencia la sensación de que les falta algo, que nos dejen sin la posibilidad de pensar en el uno en el otro, hasta que ocupemos nuestro día con otra persona que haga arder todo lo que fuimos, o lo que quisimos ser.
Que no sea nadie en esta historia.
Que sepa estar.
Que ocupe nuestro lugar.
Me hubiera gustado escribir mejor para poder contar algo que mereciera la pena, ya lo sabes; algo a lo que poder darle la vida que merece ser leída.
A veces, cuando más cerca creo que estoy, más lejos siento que me encuentro.
Algunas noches me despierto porque me llama una información desde alguna parte del universo. Hace unos meses fue Spinoza, anoche fue Tesla.
Todo conforma una idea que hace tiempo que vengo desarrollando, no sé si alguien más en este planeta lo habrá pensado antes y si es así, si habrá puesto el empeño en llegar a ello. Lo cierto es que lentamente va cuajando en forma de texto y cada vez con más frecuencia tengo la sensación de que ese texto era mi misión para esta vida, que a través de esto todo lo que he hecho hasta ahora cobra sentido: este amor infiel por la literatura de aventuras; Stevenson, Verne, García Márquez (sí, el realismo mágico es otra forma de viajar a mundos improbables), los ingratos años de ingeniería, la escuela de narrativa que hay al lado del cementerio de los libros olvidados, los años de investigar con biosensores, las largas noches de inventos portátiles, mi vida (y la usencia de ésta) social, la extraña (que se convirtió en natural) costumbre de escribirte casi todos los días, dar más importancia a lo simbólico que a lo real, los viajes a los confines del mundo y a las personas que conocí en ellos...
Me pregunto qué más tiene que pasar y si llegaré a tiempo de transmitir esto de lo que, probablemente, no tengo nada mío.
Ahora lo sé.
Somos algo que transmite señales a través nuestro.
Electrolitos de una inteligencia superior que nos envuelve como el agua a los peces.
Meros ladrillos de una construcción infinita.
Habitantes de algo llamado Tierra compuesto prácticamente en su totalidad por Agua.
Balbuceando los primeros sonidos articulados de un lenguaje cósmico, cuántico, infinito... con tantas combinaciones como estrellas hay en todas las galaxias de todos los universos.
Esta noche ha sido otra noche de despertar. Habrá otras. Ahora ya sé para qué estaba preparándome, aunque ya lo intuía, desde hoy lo sé.
Creo que todos estos años no he tenido un post abierto sin escribir una sola línea. Debo de llevar un día y medio sin atreverme ni a cerrar el ordenador.
No creo que pueda salir nada que tenga que ver con lo que pienso o siento. Estoy, literalmente, seco. Si me hubieran preguntado cuando era niño cómo me gustaría que fuese mi vida a la puerta de los cincuenta, primero no me imaginaría lo que significan los cincuenta en la vida. Creo que, en realidad, un niño no es capaz de imaginar algo así, pero si hiciéramos esa suposición, creo que habría una mezcla de "esta bien así" y un "pero se puede saber qué has hecho con nuestra vida". Al menos hoy, miércoles dieciocho de noviembre del año la pandemia, creo que pensaría que qué bien ser ingeniero, inventor y medio científico, pero qué raro es estar solo y qué mierda tener todo eso de la responsabilidad.
Me imagino que repasaríamos las oportunidades perdidas y las oportunidades bien desaprovechadas. Supongo que nos sentaríamos encima de un muro, con los pies colgado y comeríamos pipas y golosinas, y hablaríamos como dos adultos-niños, porque yo aún sigo sin comprender el mundo de los mayores a pesar de que me camuflo muy bien y no se nota.
Tal vez tomáramos alguna decisión para de aquí en adelante, para cuando acabe la pandemia o para cuando todo se acabe convirtiendo en algo normal.
Sabíamos que el tiempo iba a abrir heridas al tiempo que cerraba otras. Es lo que tiene vivir y querer hacer cosas: que sales herido a poco que lo intentes; que hieres a otros, que disparas y te disparan, y que siempre es mejor disparar antes de que lo haga el otro.
Porque si perdonas tu oportunidad, el otro puede que no deje pasar la suya. Y casi nunca ocurre eso.
Puede que el amor no sea eso, pero las relaciones humanas sí.
Nadie va pensar desde donde tú estás.
Ni desde tus motivaciones.
Todos van a querer lo tuyo y salvaguardar lo que consideran suyo.
Que no le importas a nadie más de lo que se importa a sí mismo.
Que somos animales de morder y arañar, o salir corriendo
Y que quedarse es admitir que puede que no haya un mañana.
Ni un tiempo en el que retroceder y cambiar esa decisión.
Y el azar. Que lo desmonta todo cuando más falta te hace que las cosas sigan el plan establecido.
No sé cuántas veces he escrito este post y lo he acabado borrando. Así que esta vez lo voy a dejar tal y como salga. Hace tiempo que me voy dando cuenta de que ya no soy ni la mitad de lo que era (o de lo que creía ser). Si las células del cerpo humano se regeneran todas en siete años más o menos, probablemente sea verdad y tú y yo somos dos seres distintos, con átomos dispersos por todo el universo, me pregunto cuántos, y sin nada que ver con las personas que se encontraron.
Puede que para las células que ya no viven en nosotros, nuestra vida es algo así como una eternidad incomprensible, algo que existía antes y que seguirá existiendo después a ellas; una inteligencia superior que las ignoraba al mismo tiempo que no podía vivir sin una sola de ellas.
A veces pienso que la humanidad es lo mismo, aunque más que pensarlo, lo "siento". Si cierro los ojos puedo sentirme parte de ese todo al mismo tiempo que me siento infinitamente solo, sólo apenas consciente de que tarde o temprano desapareceré para dejar paso a otra célula con la que esa comunidad humana seguirá adelante sin mí.
Ya sé que no es nada original. Creo que madurar es saber que ya nunca serás original del todo; que al final todas las historias se parecen, que todos los textos escritos desde la primera pintura rupestre de la historia hablan, en realidad, de lo mismo, de traspasar algo que no comprendemos, como una célula transmite su información genética a la siguiente, pero que nos es imposible no hacerlo visible al resto y que, al comunicarlo nos volvemos un poco más conscientes de quién somos, de que no fue tan en vano haber vivido. Si destilaramos la esencia de todo lenguaje (desde las miradas al de las supercomputadoras, de las manos del alfarero a la inteligencia artificial) todo sería lo mismo: un océano hecho del mismo agua, inabarcable, con sus corrientes y temperaturas, con sus profunidades, con sus hielos, o como fondo en las fotos de tus pies con las que inugurabas el vereno.
Estos días me cuesta controlar lo que pienso. Me gustaría poder podar todos los automatismos aprendidos de generación en generación de células que nacieron y murieron en mi. Me gustaría creer que si aún escribo es porque aún cabe la esperanza de que un puñado de ellas tome el mando y cree un hombre completamente nuevo capaz de iniciar todo de nuevo, sin los prejuicios y miedos con los que mi yo ha ido anquilosando mi ser a esta realidad a la que, en lugar de servirme, rindo pleitesía cada día que al levantarme pongo los pies en el suelo.
Puede que, al final, este acto de escribir y decidir que no tocaré nada de lo escrito, no sea otra cosa más que seguir transmitiendo como esas balizas que señalan el punto exacto donde se ha producido un naufragio, pero también puede que sea una declaración de intenciones de ese grupúsculo de células que han decidido tomar el mando en pos de algo infinitamente nuevo.
Porque todos los días son el primero del resto de nuestras vidas. Aunque nos quedaran diez días, o solo dos, o mil, merecen ser vividos como si algo dentro de nosotros se sublevara y se atreviese a vivirlos como nos merecemos.
Sin excepción.
Como si no hubiera una segunda oportunidad.
Como si no pudieras reescribir una sola línea del texto que dejas ir.
Sin arrepentirte de no haberte arrepentido otra vez.
Suena como el chasquido que hace una rama al romperse cuando la pisas en el bosque. Y como esa rama, tampoco va a volver al estado anterior a que se encontrara con la suela de tu bota.
No sé cuántas veces llevo ni por cuántos sitios se ha roto la mía.
Con los años he aprendido que nunca aprendo, que aún no sé el porqué de esa pequeña llama que dentro de mí sigue ardiendo por mucho que la quiera apagar.
No debería ilusionarme por nada, me digo. No debería creer que algo, alguna vez, saldrá bien.
A veces pienso que soy como esos edificios que sólo se sostienen porque lo soportan los que están a los lados.
Siempre fue así, es decir, yo ya era así de niño.
Creo que me he involucrado demasiado en eso de seguir vivo y hacer cosas y ya no hay marcha atrás.
Cada vez es más difícil no poner un evento límite.
Y aunque sé que puedo más, no quiero poder más.
Pero cuando menos te lo esperas, surge algo que te da un empujoncito más con la que proseguir la inercia.
Y olvidas y todo vuelve a empezar sin que te des cuenta. Y vives un día tras otro haciendo planes y sin que la llama se apague.
Hasta que otro día vuelves a sentir un chasquido.
Y todo vuelve a empezar, y todo termina y tú sigues ahí, preguntándote lo mismo que te has preguntado siempre, volviendo a fingir que la pena merece la pena.
Si tienes suerte, algo te distrae (de nuevo) hasta llegar al siguiente lugar del bosque donde te está esperando otra rama muerta para decirte que todo esto no es más que la consecuencia de querer andar por el bosque.
Como si hubiera un porqué.
Pero no lo hay.
Sólo alguien que te mira y, mientras piensas que vivirías para siempre en esa mirada, te dice que ya no más.