jueves, 22 de noviembre de 2012

Escribir es como soplar diente de león



Porque todas las despedidas son la misma, tan única, tan definitiva... pero siempre igual en el fondo. Llevo días dando vueltas a qué estoy haciendo con el blog. Y puede que le haya dado muchas explicaciones distintas, se me han ocurrido tantas... pero al final hay una que siempre vuelve, se da una vuelta por vaya usted a saber dónde y luego llama a la puerta y dice "soy yo, la idea" y entonces yo la observo a través de la mirilla, pero no la dejo pasar dentro, porque entonces se quedaría a vivir dentro de mí. Y no quiero.

Hace tiempo que intento escribir como escribía antes, quiero decir que me gustaría hacer juegos con palabras, crear imágenes surgidas de la magia que existe en el universo, ver y oír en estado sólido esos sentimientos que se aferran a lo que uno ama u odia, y que son invisibles al ojo humano si no es a través de sus actos o de lo que sueñan.

Hace tiempo que me gustaría volver a sentir aquella fuerza vital que me llevaba en volandas, que me hundía y me ahogaba pero que al mismo tiempo me daba todo aquello que te hace sentir vivo. Yo pensaba que existía un equilibrio, y que duraría para siempre, entre el estar bien y el estar mal, entre el amor y el odio, entre el corazón y la cabeza. Y luego estaba el insomnio. Y el bicho, y el hueco y la esfinge, y también estaba ella, estaba la musa a quien podía escribir como si no le escribiera a ella. Todos los adioses son el mismo adiós, son una orilla con un océano de silencio entre uno y lo que se ama. Tópicos, todo queda reducido a tópicos en los adioses, como un edificio queda reducido a escombros cuando se viene abajo.

Y reconozco que no sé estar sólo ni tampoco acompañado. Lo sucedido durante los últimos años me ha dejado aturdido y perplejo, porque yo soy de esa clase de hombres que son capaces de levantarse mil veces después de caerse otras tantas, pero que tozudo obvia eso de que nadie es omnipotente, de que nadie puede vivir solo siempre, ni doblar unas sábanas, ni atravesar desiertos.

Creo que mi debilidad es no haberme rendido, y al mismo tiempo mi fortaleza ha radicado en no poder evitar sentir tristeza por quienes no se quedaron a mi lado. Porque uno es fuerte cuando es capaz de sentir, uno se convierte en un ser humano cuando es capaz de extrañar y de dar valor a lo que se pierde, y se hace merecedor de un futuro si al mismo tiempo es capaz de seguir luchando por salir de situaciones adversas, de buscar entre su basura el oro que encierra todo aquello que le ocurre.

Pero la musa no está. No hay musa que me haga sentir que las palabras vuelven a convertirse en hilos con los que bordar historias que emocionen. Porque se escribe para conmover al que lee. Si no se puede hacer ¿por qué escribir?

Y alguien podría pensar que uno puede inventarse una musa, pero no sirve cualquiera, o puede pensar que qué lástima depender de otra persona para poder ser lo que ya se es.

Ya sabes que yo quería que fueras mi musa. Lo deseaba con todas las fuerzas. Pero siempre llego tarde. O no estoy cuando se me necesita. O estoy tratando de salvar a África, o no soy capaz de entenderte, o tú no me comprendes.

Pero yo empezaba a pensar que sí, que esta vez sí y otra vez me siento perplejo.

Y ni tan siquiera creo que sepas que esto va por ti.




martes, 13 de noviembre de 2012

Hace tiempo...




Hace tiempo que escribo por escribir. No sigo un rumbo claro... también estoy de más mal humor de lo que debería, supongo que algo pasa y debo averiguar qué es.

Por fin he empezado a fabricar el equipo, después de tanto tiempo detrás de todo ello he cedido parte de la patente y me he metido de lleno. Aún así, siento que no tengo nada nuevo que contar.

En cuanto a mí, a lo que soy, siento un gran vacío y tengo la sensación de que una vez llegado hasta aquí no hay un "por dónde continuar". Tengo la sensación de que mi vida ha sido un continuo repetir errores de los que nunca acabo aprendiendo.

Debo de ser cabezota.

Pero hoy siento que algo dentro de mí ha terminado. No sabría decir qué ni cómo ha sucedido. Algo irreparable se ha roto y necesito volver a encontrar nuevas ilusiones.

A lo largo de todos estos años he visto como muchos blogs morían. Es curioso, pero casi nunca que alguien decidía cerrar su blog, podía mantener su palabra durante mucho tiempo. Siempre volvía. Yo también lo he hecho.

Pero un buen día, sin saber el porqué, el blog iba decayendo en número de entradas hasta morir. Los blogs mueren, no porque ya nadie los lea, sino porque ya no se tiene nada que ver con la persona que empezó a escribirlos. La vida es más poderosa que la costumbre... o las costumbres son más volubles de lo que nos pensamos, no sé.

Yo ya no tengo nada qué decir, la poca poesía que tenía dentro se ha ido quedando atrapada en algún lugar del que ya no sé sacarla. Ya no siento odio por nadie ni siento un especial cariño hacia nadie. Y yo escribía para sacar eso, para darle alas a algo que necesitaba salir volando y que se me ha hecho demasiado viejo para aprender a volar ahora.

No estoy triste, pero tampoco tengo la capacidad de estar contento. Hace demasiado tiempo que las distancia entre las alegrías y las penas son escasas. Y vivo por inercia; una inercia de pagos a bancos y de de condenas de culpabilidad manifiesta. Incomprendido, uno puede pasar mil malos tragos, puede luchar solo contra la cruda realidad, puede sufrir traiciones y faltas de solidaridad, pero lo único que da sentido a cualquier lucha es saber que al menos alguien comprende por qué lo estás haciendo.

Todos necesitamos que alguien nos diga que todo va a salir bien. Aunque sea falso. Todos necesitamos que alguien esté a nuestro lado cuando nos haga falta, y viceversa. Todos necesitamos saber que somos útiles, que cuentan con nosotros.

Supongo que este blog se va muriendo. Lentamente, el número de posts va decreciendo. Y también intuyo que llegará el día en el que pase más tiempo del que debería entre post y post.

Mi vida ha cambiado mucho en estos casi cinco años. Cuando empecé a escribir no imaginaba que acabaría todo esto así. Quizá el tiempo pasado sólo es tiempo pasado, pero no puedo evitar mirar hacia atrás y sentir una gran tristeza por todo lo que he dejado atrás.

Espero que lo que esté por venir se afiance más en mi vida, que mi proyecto de llevar agua potable allí donde haga falta, acabará por concretarse más allá de la forma en lo que lo está haciendo. Me pregunto si algún día podré sentirme como me sentía hace unos años atrás, si volveré a tener aquella ilusión casi juvenil por lo que quería hacer en mi vida.

Yo no quería madurar así. A base de soledad y hostias. Yo quería que mi vida fuera de otra forma. Siempre habrá quien te dirá que el cambio está en ti, como si el tsunami de la crisis no le hubiera arrasado a nadie sus sueños, o sus posibilidades de futuro.

Pero igual sólo son cosas del otoño, igual tendré que seguir esperando a la primavera otro año más.

Otro año más.





jueves, 8 de noviembre de 2012

Cuando Agua era fallar en el juego de "hundir la flota"



El gran día. El principio del principio, el abismo después de tantas horas construyendo unas alas con las que surcar los cielos. Hoy es el gran salto, el día en el que comprobaré si soy un hombre pájaro o una piedra hundiéndose en un lago sin fondo. Hoy es el gran día; pasé toda la noche despierto, a tientas entre el frío de la terraza y la manta... sentía que ésta me envolvía como el capullo del que debía desprenderme para extender la fragilidad que nunca admito cara a cara, pero no lo hice: no quería coger una pulmonía.

Ulises vagó por los tejados hasta cansarse, luego se metió dentro de la manta y se durmió. Sentí una gran calma y; o me lo pareció a mí o se relantizaron las nubes, la luna dejó de menguar hasta que a eso de las cuatro se deshizo en un enjambre de luciérnagas que bailaron durante casi media hora hasta volver a su colmena de cielo brillando como una sola luz blanca manchada de tenue asfalto.

Las nubes volvieron a su velocidad de nube y buscaron el este con impaciencia, la noche se volvió otra vez un reino gélido de princesas de mármol y bellas durmientes.

Sin embargo no pensé en que hoy era el gran día, ni tan siquiera en que no sabría por dónde empezar cuando tuviera todas las herramientas en mis manos, en realidad, si he de ser sincero, pensé en ella toda la noche, perdido entre el miedo y el deseo, indeciso y enloquecido, hechizado por el recuerdo de la calidez de su piel y por esas palabras que una vez cada muchos años dicen con voz de viento cosas que desencajan de mi cuerpo a mi alma de vagabundo.



El gran día está siendo como cualquier otro día, el sol calienta todavía a través de los cristales del coche mientras me pierdo en el laberinto multicolor de una ciudad que apenas conozco y que añado, por omisión, a todas las que ni ella ni yo conoceremos.

Y no dejo de pensar en que querría llamarla por teléfono y hacer algo. Algo que ni ella ni yo sabemos qué significaría, algo distinto, algo que nos convierta en cómplices.

Si de alguna vez me arrepiento es de haber estado demasiado ciego. Si de algo me alegro es de haber estado demasiado ciego tal y como me ha ido todos estos últimos años.

Pero las luciérnagas no miente cuando hablan con lenguaje de cielo y bailan como si fueran estrellas de un firmamento austral y mágico, y dicen que yo iré a otra parte, viajaré, abriré el mundo, me convertiré en aquello que siempre quise ser, que me dejaré llevar por la voz que a veces me susurra su epidermis al oído de las yemas de mis dedos, y entonces lo entiendo, entonces sé que el tiempo será otro aliado más del destino como lo ha sido hasta ahora.

Pensaré en ella desde cada rincón del mundo al que me lleve este gran día que se termina, desde cualquier sima en la que, como piedra que soy, acabe. Será un secreto que nunca compartiremos porque nunca ha ocurrido, como si al romper su cáscara de silencio su interior estuviera vacío.

Quizá ese vacío no sea otro que el mismo que siento desde hace tantos años.

Quizá ella sea le hueco que nunca supe llenar.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Porque casi todos los blogs acaban convirtiéndose en un vertedero



Y ha pasado el tiempo y sí, me bastaron diez segundos (lo que tardó en pasar por tu lado el coche en el que iba) para verte sin las grietas que te había dibujado durante casi dos años. No sé si tú me llegaste a ver. Quiero creer que no.

 Se me hizo difícil encajar todo lo que se me sobrevino encima. Fue como abrir un armario y que todo lo almacenado se me cayera encima. He tenido que ordenarlo todo y he vuelto a ver desde fotografías hasta algunas cosas que te escribí. Todo lleno de polvo, algunas cosas inservibles, otras simplemente podridas, ya sabes, lo que ocurre cuando dejas de mirar durante un tiempo todo aquello que en otra época me era imprescindible. Y apuntes de novela; y notas tristes; y algo muy valioso que nunca supiste que tenía.

 Siempre pensé en qué pasaría cuando te viera otra vez. Me lo había imaginado de muchas formas, y siempre suponía cosas distintas, no sé, siempre era yo otra persona y tú, claro, nunca ibas sola. Pero el otro día sí lo estabas.

 Hace mucho tiempo que no te he seguido el rastro, es decir, que no he puesto tu nombre en google para saber si habías cambiado de trabajo, si te apuntabas a esas salidas llenas de amigos que, un día, descubrirás que nunca lo fueron. Hasta hoy. Hoy sí te he buscado y no he encontrado casi nada interesante, quizá porque es cierto aquello de que el tiempo y el olvido son hermanos gemelos.

 Ahora que lo tengo casi todo ordenado, que he vuelto a ordenar los recuerdos, que he cerrado la puerta del armario con la precaución de que al abrirlo no te me caigas encima como unas rocas ladera abajo, ahora que miro hacia un futuro que yo mismo me he ido construyendo a base de aparentar ser fuerte sin serlo, de caer sin levantarme, de dormir al raso algunas noches, acechando a la luna en emboscadas, deseando que las cosas hubieran sucedido, no sólo contigo, de cualquier otra forma; ahora me siento un poco más en paz, me digo a mí mismo que todo está bien así, al menos por ahora, me digo que yo tardé en cerrar más tiempo que tú este capítulo porque probablemente las cosas las siento a destiempo, no se me cierran bien las cicatrices, como si mi alma fuera algo así como hemofílica, no sé, quizá todo se me hizo demasiado grande, todo se me hizo casi casi eterno.

 Por si has seguido el rastro, por si se te ha cruzado el cable de mirar donde no debes, por si hoy tienes un mal día y miras hacia atrás por el retrovisor que te dejaste puesto, si hoy se te llenaron de desidias las manos y tuviste una corazonada, si en el fondo, aunque sea muy en el fondo, te arrepentiste alguna vez de todos los silencios y secretos, si te dolió leer (aunque sólo sea un poco) esto, también puedes recordar qué clase de hombre era y qué clase de hombre fui después. Porque ahora empiezo a volver a ser lo que tenía en mente ser desde el principio.

 Y puede que nunca sea aquél que querías que fuera. Y puede que me midas por tus baremos de saldo en cuenta y por tus planes de futuro a corto plazo, pero muy en el fondo sabes que yo siempre fui mucho más que eso.

Seguro que piensas "pero sigues escribiendo sobre mí en tu blog, el que no olvidas eres tú". Y tendrás razón...

 ... vamos, como si la razón tuviera algo que ver con todo esto.

 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Lo que siempre me llevará



Cuando hace más de dos años empecé a pensar en equipos para tratar el agua en lugares donde hace falta, cuando empecé otro proyecto del que me fui por sentirme engañado, cuando volví a ponerme en situación de riesgo por unos ideales mientras arriesgaba todo lo mío y lo de personas a mi alrededor, no me imaginaba que el destino fuera tan escurridizo.

Supongo que nos ha tocado vivir una época muy difícil, sobre todo para los soñadores. Aún así sigo perseverando, sigo en la brecha y no pierdo casi nunca la esperanza de poder extender este sistema de potabilización a lugares donde sólo llega el sol. Reconozco que mi cabezonería es a veces un poco más por estupidez que por valentía, que soy esa clase de hombres que lo apuestan casi todo a una carta; y eso hace que pierda muchas veces. A pesar de ello creo que soy un hombre con suerte, pero por encima de todo, creo que soy alguien que maximiza sus recursos hasta límites inesperados incluso para mí.

Vivo en un mundo de ideas, no hay día que dentro del caos de mi cerebro no se generen (a veces por colisión) galaxias de mundos posibles. Pero sobre todo, creo que de una forma que no entiendo, me he ido formando en cosas tan dispares que, al final, dispongo de múltiples teorías a mi disposición, teorías que nadie que no haya tenido inquietudes tan dispares como la psicología, la electroquímica, el agua, la escritura creativa, la televisión, el medioambiente, el comercio exterior, las ONG´s... podría haber mezclado. Pero he sentido la necesidad de hacer cada una de las cosas que he hecho. Algo me llamaba a ello. Llámalo curiosidad.

Soy un hombre difícil. Lo admito. Soy inconstante; también lo admito. Yo prefiero pensar que lo que me hace una persona difícil, hace que busque la dignidad por encima de todo. Y de lo inconstante ¿qué puedo decir? Veo el mundo lleno de oportunidades, creo en el futuro y mi capacidad de mejorarlo. Quizá el bicho creativo que vive en mí podría ser menos libre y priorizar más el orden de las cosas. Quizá no debería tener abiertos tantos frentes al mismo tiempo. Pero se me hace la vida tan corta...

Durante los últimos años se me han ido rompiendo casi todos los sueños que he tenido. Lo he visto venir y no he podido pararlo a tiempo. He emprendido proyectos que nunca verán la luz y que otros sí verán por mí. He intentado salvar a mis padres de mi desgracia y los he hundido más en ella. He querido y bueno, este blog se llama como se llama por algo.

Sé que dentro de unos años daré por bueno todo lo ocurrido, sé que dentro de un tiempo me daré cuenta de que debía ser libre para poder elegir mi propio destino y que éste era la más importante de mis prioridades.

Esta semana empezaré una nueva etapa, no sé si acertaré, sólo sé que había llegado a un punto de no retorno y que es la mejor solución por ahora. Intuyo que acierto, pero eso no importa. Lo que creo que importa es que durante todos estos años acerté al formarme, al buscar lo extraordinario, a potenciar todo aquello creativo que crecía dentro de mí, a amar y sentirme perdido en los adioses, a vivir la vida como si de verdad me fuera la vida en ello. Porque es así, de veras que es así.

Sin pasión no hay éxito, porque sentir pasión por lo que haces ya es en sí mismo una recompensa. Y creo que siempre he buscado eso y todo lo que aposté lo aposté a esa carta.

Seguiré levantándome si vuelvo a caer y seguiré buscando aquello que es más importante que todas las cosas que pueda tener o pueda desear. Aquello que buscamos desde que nacemos, lo único que nos hace completamente humanos, lo único que como animales saciados nos motiva, lo único que cabe en un abrazo.

Recuerda que cuando das un abrazo, dos son abrazados.


Vídeo:
Este chico es de mi pueblo, ha ganado un concurso en radio flasback. Todos tenemos una cualidad única e irrepetible, todos tenemos algo que nos hace distintos al resto. Hay quien lo encuentra pronto y otros lo haremos casi al final de nuestra vida y tras muchos intentos. Felicitats Enric.

" Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo, ¿vale? Si tienes un sueño, tienes que protegerlo. Las personas que no son capaces de hacer algo te dirán que tú tampoco puedes. Si quieres algo ve por ello y punto. " En busca de la Felicidad



Espero que no t´importi que difongui aquesta cançó

domingo, 28 de octubre de 2012

La voz


Los ancestros me hablan con voz de viento, de viento frío que se cuela por las rendijas de la casa, aullando como el lobo en el bosque. Los ancestros tienen un mensaje que no conocía pero que al mismo tiempo, sin saber cómo, ya sabía. La sabiduría es una maldición que hay que cultivar y a la que hay que pertenecer, como la corteza pertenece al árbol que lo conecta a todas las cosas. Yo era insensible a todo ello.

 Pero una noche los ancestros aparecieron y me hablaron desde la penumbra de un bosque en el que nunca he estado. Me hablaron del agua que corre cristalina, de la niebla que oculta el sol durante meses, de que el neolítico fue para ellos la gran decadencia, que un hombre es lo que sus manos pueden hacer y poco más y, por tanto, un hombre es lo que piensa, lo que hace con determinación, y que el destino es algo a lo que amar para sentir que se vive de verdad. Los ancestros me trajeron las palabras exactas y yo me hice con ellas para guardarlas en un lugar en el que no pudiera olvidarlas: en mi corazón.

 Van pasando los años. Me he ido convirtiendo en alguien perplejo ante el mundo. No salgo de mi asombro y no entiendo en qué parte estoy ni dónde iré a parar dentro del torbellino que generan tormentas de cifras que llueven sobre la madre tierra para humillar su riqueza. Observo a los que nos guían y no reconozco a ningún hombre entre ellos. La humanidad se ha deshumanizado porque todos los que están en los lugares de sabiduría son seres mezquinos aventados por el miedo.

 Los hombres del bosque no quieren mirar en qué hemos convertido el mundo. Los ancestros añoran al oso y al lobo, la piedra y el hierro, miran de reojo al pasado y creen que ha llegado el momento de cambiar el futuro. Yo soy uno de ellos. Y me llega un canto desde el otro lado del mundo, pero en lugar de ser un lamento por todo lo que ha muerto se convierte en un himno de resurrección y de esperanza. Devolviendo la dignidad a aquello que era digno y viviendo ajenos al Samsara del mundo y sus espejismos.

 La voz inaudible va resquebrajando la corteza terrestre con una vibración constante, tan de baja intensidad que ni el corazón la nota. Pero está ahí, desincrustando el óxido de la superficie de lo que merece la pena. Y yo salgo a caminar por el bosque de nuevo, y veo salir el sol por las mañanas. Y oigo la voz dentro de mí con sabia nueva, dejando atrás muchas de las cosas que solía ser y en realidad no era.

 Ahora ha llegado el momento de cambiar el mundo.



 PD: Estos últimos días se están dando una serie de coincidencias y de oportunidades que no esperaba tener.  Y el miedo ha estado a punto de tirarlo todo por la borda. He de reconocer que mi situación no me permite ningún margen de maniobra, la situación es de verdad poco esperanzadora. Y entonces ha ocurrido todo de nuevo, todo el trabajo de los últimos años cristaliza en unos pocos instantes. A veces es bueno creer en la magia, en que en algún lugar del mundo algo tiene la capacidad de cambiarlo todo.

Nunca perdáis la esperanza.

sábado, 27 de octubre de 2012

... mi alma al diablo


No estoy seguro, mi alma se vale de tan poco que no sé si tiene precio, ni si la compraría yo mismo si la viera en las rebajas en un escaparate de Zara; mi alma carece de futuro, a veces pienso que si pudiera darle un lugar definitivo a todo esto que me pasa, es decir, un lugar en el que estuviera a salvo de los vaivenes de estos años pasados y de los que vendrán lo haría sin vacilar.

Pero vacilo.

Siento dudas y me pregunto miles de cosas al mismo tiempo. A veces siento que me equivoco cuando ya me he equivocado y voy a dar un segundo paso. Entonces no sé por qué he dado el primero.

Creía que había hecho un buen trato, pero el diablo sabe más por diablo que por viejo. En el último instante ocurrió algo, alguien me llamó y me convocó a una reunión intrascendente y yo le dije "he vendido mi alma al diablo" y entonces ese alguien me dijo "no la has vendido, has regalado tu alma al diablo".

En el fondo ya lo sabía pero tengo ese candor del que está acostumbrado a vivir de los sueños. Así que yo confiaba en la buena fe del  señor de la tinieblas y que esta durara siempre. Pensar eso es ser demasiado inocente.

Pero queda el segundo paso y ese segundo paso es poner mi firma en el contrato. Y ahora no me siento solo, ahora alguien vela por mis intereses. Puede que lo esté haciendo mal, puede que el diablo se enfade y me castigue con plagas que ni dios enviaría otra vez a Egipto, pero ahora mismo, en el último instante, me he dado cuenta de que quizá sea mejor morir en paz que vivir con el alma condenada.

Ya sé que las cosas no son siempre como un quiere pero es mejor conservar la dignidad por lo que pueda pasar. Y también sé que el problema no me atañe sólo a mi, sino a mi familia y que mi dignidad vulnera, con probabilidad la suya. Espero que sepan entenderme.

domingo, 21 de octubre de 2012

No debería, pero sin embargo...



No sabría muy bien qué decir. Vuelve a ser de madrugada y vuelvo a estar despierto. Quizá me venza el sueño durante la semana que viene, pero ahora estoy casi despierto. Y leo blogs casi al azar y quiero responder mails y me gustaría tener algo que decir.

Pero no puedo o no sé.

Está lloviendo. Las gotas agujerean la terraza de mi casa sin demasiada convicción. Yo apenas noto a simple vista la erosión que provocan, quizá si tuviera la mirada fija durante los próximos veinte mil años acabara por  ver los estragos de la lluvia. Pero esta noche la lluvia me parece invisiblemente negra y ruidosa y te imagino en otra parte, quizá presa del mismo embrujo del repiquetear de las gotas sobre los canalones metálicos y el corretear de los hilos de agua por la tubería que atraviesa el techo del comedor. Yo creo que he envejecido desde que dejé de imaginarte, cuando dejé de preguntarme qué estarías haciendo en el mismo instante que yo detenía mis quehaceres y te pensaba y tenía que definir el atrezzo que te estaba envolviendo.

Supongo que siempre he escrito para imaginarte, quiero decir que si te tuviera a mi lado, tendría que inventar países u otra cosa. Me dolería tener que dejar de pensar en ti, tanto, creo, que me entristecería los días que pasaramos juntos, como si una de las dos opciones excluyera a la otra, como si tenerte fuera la cara e imaginarte fuera la cruz de una moneda.

Quizá por eso vives tan lejos.

Quizá por eso nunca dejo que me quieras lo suficiente.

Pero no puedo evitarlo. Lo de pensar en ti, me refiero. Te escribiría cosas que antes sí escribía pero tengo miedo a que las creas, miedo a que se te metan en la cama contigo y sueñen a tu lado esa clase de sueños que parecen posibles y por eso mismo se vuelven inalcanzables.

Esta noche estuve a punto de enviarte un mensaje que decía algo casi importante que quería que supieras, pero entonces me he dado cuenta de que tú y yo en realidad no somos nada, y me han dado ganas de salir a la calle y caminar hasta llegar a alguna parte, bajo la lluvia por supuesto, caminar y caminar hasta que la soledad se gaste de tanto pisarla.

 Bueno, en realidad, me han dado ganas de rendirme, pero como siempre que me ocurre, acabo por huir a un lugar del que pueda regresar en un par de horas, y hoy pensaba que me gustaría irme tan lejos que no pudiera volver. Del que no quisiera volver.

Porque aunque no lo sepas yo lo que quisiera es no querer volver, tener una vida nueva, pero no nueva como unos zapatos nuevos que se acaban rompiendo y tienes que comprarte otros, una vida nueva en la que tenerte a mi lado no signifique que tenga que dejar de querer saber de ti, de imaginarte envuelta en tu escenario, que al llegar a casa la mierda de rutina no se nos coma entre el sofá y la cena.

Me da miedo irme a esa vida y volver a esta como un emigrante fracasado que vuelve pobre a donde pertenece.

Cuando pensaba que acabaría la novela y todo eso que se piensa, creía que iríamos a vivir a Nueva York o al campo, o a una casita en la playa como Bandini. Imaginaba más. ¿Sabes? Con lo del equipo del agua imaginaba que viajaríamos a países exóticos de lluvias torrenciales y calientes, y desayunaríamos papayas en un jardín con muebles de teca y palmeras gruesas y enanas.

En cualquier caso, estoy convencido de que un día será así, lo sé no porque lo haya visto en Callejeros Viajeros, lo sé porque cuando lo pienso, mi alma entra en un estado de calma y pienso que allí donde esté esa calma estaremos esperándonos el uno al otro, da igual si desayunando papaya o un café en vaso de porexpan mientras caminamos por una calle de Manhattan.

Y ya paro, porque estás muy bonita esta noche. Te sienta bien la luz de la pantalla cuando te ilumina la cara, no sé si llevarás las gafas puestas, imagino que sí. Aunque no te lo creas yo te veo desde aquí, ni el tiempo ni la distancia son, en realidad, algo importante en estos casos.

Y mientras oigo caer la lluvia soy capaz de ir desabrochándote todos los botones que te encierran, compartiendo las yemas de mis dedos con la costumbre que tiene tu piel de erizarse cuando les da por  usurpar todo tu cuerpo... desatando nudos, izándote la ropa para sembrar mi casa con ella.

sábado, 20 de octubre de 2012

Palabras que no llegan


Me supone un gran esfuerzo escribir esto. Como otras veces tengo la sensación de que ya ha pasado mi tiempo de palabras. Pero si me ha pasado esa época ¿por qué no llega algo que llene este vacío? Me siento como si hubiera saltado de una piedra a otra para cruzar un río y al ir a apoyar el pie no hubiera piedra.

 La semana que viene empiezo a fabricar la máquina. He encontrado un inversor, dicho de otra forma, he vendido mi alma al diablo... pero creo que el diablo se va a llevar una sorpresa, porque quizá valga más el papel donde firmo que mi alma misma. Tal vez sólo sea el vacío, tal vez sólo sea el otoño o que también nos han recortado sin que nos hayamos dado cuenta, todas aquellas ilusiones que una vez tuvimos. Porque las ilusiones son esos deseos que van más allá del deseo de subsistir.

 Pues eso, se me ha secado la planta de donde sacaba las palabras, hace mucho tiempo, tanto que quizá todo lo que haya escrito durante el último año lo haya hecho sin ganas, intentando ser el que era o el que pudiera haber sido. Porque, y ahora es cuando lo veo, que todos los buenos años me los pasé pensando que eran malos, y casi todo lo que he escrito me parecen quejas gratuitas, no me daba cuenta de todo lo que podía haber hecho, mareándome en complicaciones humanas, eligiendo mal, siendo elegido por aquello que podría ser y no era.

 Ahora todo cambia, la máquina ha tenido éxito entre los inversores, he sido finalista en varios concursos importantes y soy finalista en algunos por fallarse. Me felicitan y me auguran éxito, algo que he estado buscando frente a la derrota de tantos meses (casi cinco años) de ir a la deriva entre los restos de un naufragio. Creo que he sido fuerte y débil al mismo tiempo, me he sentido de verdad como un náufrago. Ahora siento la alegría de que por fin un barco viene a rescatarme a esta isla desierta, pero al mismo tiempo tengo miedo por si no me acostumbro a estar otra vez entre hombres, por si durante todo este tiempo que ha pasado me he convertido en eso que sospecho que me he convertido, en alguien que ya no entiende qué es lo que le une a otro ser humano.

 Nunca antes me había dado cuenta del miedo que tengo. Miedo al contacto con otros seres humanos, como si dentro de mí, el animal salvaje que soy, ya no pudiera confiar en nadie más porque ya ha gastado todas las oportunidades que se supone que le da la vida. Supongo que eso nunca es del todo cierto, imagino que siempre hay algo de humano en el desquiciado habitante de su isla desierta. Espero poder recuperar la confianza, espero dejar de tener miedo a lo que pueda pasar. Supongo que unos meses de relativa tranquilidad serán algo así como una cura, como una tregua.

Pero aquí estoy, son casi las cinco de la madrugada y no quiero acabar este día y no sé el porqué, como si me faltara algo. Sigo sintiendo que me falta algo, y ese algo que me falta tiene que ver con poder dar. Espero que dentro de unos meses pueda estar llevando agua potable a gente que realmente lo necesita. Creo que esa posibilidad es la que me ha empujado todos estos meses, la que ha vencido a la burocracia y los "vuelva usted mañana", la que ha espoleado a toda la esperanza que siempre he tenido a pesar de la tristeza. Y quizá, algún día, me volverá la pasión por escribir porque tendré algo que contar, algo de verdad, algo que me conmueva tanto que no tenga otro remedio que explicarlo.

Pero ahora vienen tiempos de emprender otro camino.

 Vienen tiempos de volver a ser humano.

  "Creemos que los humanos somos muy complicados, llenos de pasiones, pero en nuestros corazones sólo queremos pertenecer a algo, estar en paz, ser amados y amar". Dan Fante

sábado, 6 de octubre de 2012

Luz occipital


Quizá fue la luz que se escapaba por debajo de la puerta del cielo o puede que tal vez que la tarde se hundía lentamente en una laguna oscura como la noche, pero el caso es que sonaban campanillas no muy lejos y tú y yo nos besamos por primera y última vez. A veces, cuando viajo en coche y viajo hacia el oeste, y el sol se pone, y las nubes se vuelve manchas de mermelada de naranja y luego se convierten en compota de moras; antes de que la luz se vuelva esa otra cosa que no es luz, recuerdo que yo no pedí que las cosas acabaran así, ni tú tan lejos ni yo tan echándote de menos.

Ha pasado mucho tiempo. Sólo las puestas de sol siguen siendo lo mismo. Yo me fui haciendo viejo porque uno se apaga de esperar. Apenas hace unos meses empecé a asumir que no volvería a verte, quizá esperé demasiados años, quizá debí emprender otra nueva vida para que mi estrella brillara en el cielo. O quizá debí dejarlo todo y presentarme en la puerta de tu piso de la ciudad que nunca duerme.

Supongo que me hubiera llevado una desilusión. Porque tú naciste para la felicidad o para no dejarte arrastrar por las sombras, y no tardaste tanto en encontrar lo mismo que aquí pero todo nuevo.


Y no sabría decirte si hubiera podido soportarlo, quizá lo hubiera hecho y te me habría arrancado para siempre. Pero eso ahora ya no importa. Pero no puedo evitar pensar de vez en cuando que la luz se perdió una vez mientras estábamos juntos. Y que cada vez que ocurre, algo de mí siente una molestia en una parte de mi cuerpo, como esas fracturas de huesos que duelen cuando se acerca la lluvia; como si algo irrompible se me hubiera roto dentro.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El último país de los gatos



Entonces ella dijo algo que no supo muy bien si era algo que pensaba o una frase que siempre solía decir cuando no sabía muy bien qué decir, algo así como quien estampa una firma en un documento sin leerlo; una firma; una de esas frases que se han dicho una docena de veces a interlocutores distintos y que siempre queda la duda de si no se ha formulado ante la misma persona dos o más veces. Pero esa vez era distinta, porque sintió algo que sospechaba desde hacía tiempo: que todo su lenguaje estaba vacío. Todo lo que decía estaba formado por pedazos de una lengua aprendida a lo largo de los años, y a la que le faltaba la impronta de decir algo por primera vez, de que lo que salía por su boca era algo único construido al mismo tiempo que lo pensaba, y sobre todo, que lo sentía.

Bajó las escaleras hasta el coche, Alfredo la estaba esperando mientras hablaba por el manos libres de su Mercedes impoluto, tapicería gris claro y cristales de azul cielo. Hablaba con alguien de no sabía muy bien qué material que tenía que llegar de Japón. A ella Japón se le antojó muy, muy lejos, sin embargo vio y sintió como algo cercano las calles de una película que había visto hacía unos años, y que transcurría en Tokio, con una nitidez extraordinaria; y sintió en la punta de la nariz el frío de la tarde al caer sobre el cemento húmedo de la calle flanqueada por árboles delgados y desnudos. Sintió más real evocar aquella imagen que el interior del coche y el peso de los labios de Alfredo sobre los suyos. Y pensó que qué tontería, que ya se le pasaría, y prefirió los monosílabos y el silencio a contarle a Alfredo cualquier cosa que le hubiera sucedido durante el día, y ni mucho menos contarle algo del vacío que sentía.

Llegaron a casa. La niñera había hecho la cena y había acostado a la niña. Después de cambiarse de ropa, y ya en la cocina, una al lado de la otra, a pesar de que llevaba dos años conviviendo con aquella mujer, pensó que no la conocía en absoluto, que era otra caja vacía sin una sola grieta por la que mirar en su interior. Notó que siempre acababa con un "gracias Rita" casi todas las frases que intercambiaban, pero que en cuanto podía trataba de evitarla cambiando de habitación.

La niña dormía en la habitación contigua a la suya, le gustaba verla dormir porque los niños duermen totalmente abandonados, libres de cualquier tensión. Verla la relajaba, o en cualquier caso, la transportaba a un lugar a donde no necesitaba pensar, un lugar donde nadie vendría a romper el silencio. Desde casi el principio de tener a la niña, le parecía mentira que aquella vida fuera, en realidad, una vida aparte. A veces sentía que la niña era una parte de su cuerpo que se había escindido, como si le hubieran quitado un tumor y todos, sin contar con la opinión de la madre, hubieran acordado que aquel pedazo de carte era otro ser vivo. No la quería. Sentía algo parecido al cariño pero imaginaba que si de repente la niña le faltara no tardaría demasiado a acostumbrarse a su ausencia.

Alfredo salió de la ducha y cenaron, ella repasó la agenda para el día siguiente y él vio una entrevista en la televisión. Para cuando se fue a la cama, ella ya hacía tiempo que daba vueltas bajo las sábanas. Se hizo la dormida, como si fuera un animal y se escondiera entre la maleza para que su depredador no lo descubriera y pasara de largo. Él no hizo ningún gesto de acercamiento, no le preguntó si dormía, se deslizó entre las sábanas absorto en sus pensamientos y se durmió.

A eso de las tres de la mañana ella se levantó, salió del dormitorio y se fue a otra habitación que, como la suya, también daba al jardín. La gata del vecino había saltado a este lado de la verja y no podía hacer el camino inverso, el animalito no paraba de maullar pidiendo ayuda, sintiéndose extraño en un lugar que no conocía y con la imposibilidad de volver a su hogar. Ella pensó que si pudiera describir cómo se había sentido durante todo el día diría que el maullido de la gata era lo más parecido.

En el silencio de la noche, el maullido lastimero de la gata era atronador. No se oía nada más en todo el barrio. Aquello empezó a hacerle sentirse nerviosa y a pensar que debía hacer algo para aliviar tanto desconsuelo. Pero ¿y sí la gata, la arañaba o mordía al acercársele presa del miedo? Al fin y al cabo no la conocía y podría pensar que la estaba acorralando para hacerle daño. Titubeó. Quizá lo mejor era dejar que siguiera así hasta que se resignara y buscara otra salida, o se durmiera para coger fuerzas; tal vez lo mejor era dejar que siguiera maullando hasta que alguien con menos miedo a los gatos hiciera algo.

Como si alguien estuviera leyendo su pensamiento la cabeza del vecino apareció por encima del muro llamando cariñosamente a la gata " Shhhh, Penélope". Ella se alegró de verle aparecer para solucionar el problema, pero sobre todo, le alegró ver a alguien que hacía algo impulsado por un sentimiento de solidaridad y cariño hacia algo o alguien. Y se sorprendió diciéndose "ya que yo soy incapaz de sentir nada por nadie, por lo menos hay alguien que sí". Vio a la gata mirar hacia arriba y al ver a su amo, redoblar la intensidad de su maullido, y al vecino sonreír a la gata y prometerle que enseguida iba a buscarla.

El vecino se subió al murete que separaba los dos jardines y saltó al cuidado césped que el jardinero, bien aleccionado por Alfredo, cortaba cada semana, cogió con las dos manos a la gata, se la acercó a la cara y la frotó contra ella. La gata dejó de maullar. La subió hasta la parte superior de la pared que acababa de saltar y la dejó allí, tras un momento de duda, el animal saltó hasta su jardín dejando solo al hombre en un lugar que no era el suyo, con esa ingratitud natural que tienen los niños y los animales de no esperar a que tú estés a salvo. Al ver al chico allí, ella sintió que ahora quien estaba solo y sin poder volver a casa era él. El muro le pareció demasiado alto para que él pudiera escalarlo y volver a su casa. El hombre no era lo que se dice demasiado alto, más bien era algo bajo de estatura, bastante más que Alfredo y unos centímetros más que ella.

El vecino cogió carrerilla sobre el césped y con una agilidad inesperada, agarrándose al muro con una manos no demasiado grandes, se encaramó al borde de la pared y se quedó sentado con una pierna a cada lado del muro, de cara hacia la casa. Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron. Él, al sentirse descubierto le sonrió de una forma franca y sin un ápice de disculpa por allanar su propiedad. Ella no supo muy bien qué hacer. No había aprendido ninguna frase, ningún pensamiento, ningún gesto que respondiera a aquella falta de culpabilidad por parte de un delito tan evidente. El cuerpo se le ahuecó un poco más, vació del todo sus pulmones y tomó aire de nuevo, como si al hacerlo tuviera la esperanza de poder ser otra persona nueva capaz de entender aquella sonrisa.

Él saltó hacia su hogar después de decirle adiós con la mano. Y ella volvió al dormitorio con una pregunta nueva y con una esperanza sin saber muy bien en qué. Pensó en el vecino y en que era la primera vez que tenía la sensación que lo veía de verdad, es decir, que no era alguien etiquetado como vecino, sino que era alguien de carne y huesos que tenía cuidado de su gata, que sonreía con una sinceridad arrolladora y que no era propenso a sentirse culpable. Se preguntó si para él también era la vecina o si era capaz de mirarla desde el punto de vista desde el que ella lo veía ahora. Y se dijo que si fuera así, ella podría preguntarle quién era ella y él le respondería algo mucho más cerca de la realidad de lo que ella podría responderse a sí misma.

Se durmió después de darle muchas vueltas y se dijo que al día siguiente le haría una visita a su vecino, aunque fuera sólo para saber cómo se llamaba, para saber cómo estaba la gata, y para averiguar qué había detrás de todas las miradas francas o del amor verdadero hacia los animales.