lunes, 24 de marzo de 2008

Lo mío no es pensar, lo mío es huír.


Me encaminé al coche, donde le había dicho a María que me esperara. Le había dado la llave para que se metiera dentro y pudiera ponerlo en marcha si hiciera falta, por si alguien nos reconociera a alguno de los dos. María me había hecho entender que J... estaría muy enfadado y habría puesto a todos sus hombres a buscarnos. Cuando llegué María no estaba en el coche. Me acerqué con precaución mirando alrededor por si alguien hacía algún movimiento inesperado. Era casi el mediodía y la gente aún no había salido de las oficinas del centro, así que no había casi nadie por la calle. Abrí la puerta del coche (eso quería decir que María había abierto la puerta del coche) y me subí. Las llaves estaban puestas. Aquello no olía bien. Volví a mirar alrededor; nadie sospechoso. Salí del coche esperando que María estuviera cerca y hubiera pensado en entrar en alguna tienda. Nada, ni rastro. Entonces sólo cabía una explicación: María había hecho lo que le había dicho y uno o dos esbirros de J... la habían localizado, la habían sacado del coche y se la habían llevado. Dos como mucho, si hubieran sido más, uno se hubiera quedado y me hubiera estado esperando a mí; eso también quería decir que pedirían ayuda y que esa ayuda estaba a punto de venir a por mí. Pensé que no podía ayudar a María, así que me metí en el coche y me marché de allí, doblé la esquina en dirección sur y bajé por la calle por la que el Bobster rojo lo había hecho diez minutos antes. Demasiado tiempo para alcanzarlo. Una vez llegara al final de la calle podía haber ido a cualquier parte. Pasé por delante del portal en el que había estado escondido. Una mujer se asomaba desde el primer piso y hablaba a gritos con un cartero que se encogía de hombros. Doblé a la derecha y busqué una ruta para llegar a las afueras. Apenas conocía la ciudad pero tenía memorizadas un para de vías de escape, como siempre hago cuando voy a lugares que no domino. ¿Qué habrá sido de María? ¿Me seguirían buscando a mí ahora que la tenían a ella? "Claro, imbécil. Es a tí a quien quieren romperle las costillas" dijo el bicho.
Al cabo de unos minutos aparqué en una calle de un barrio periférico, una barriada de bloques de pisos construídos en los años sesenta al abrigo de un plan de urbanización salvaje y cuyo único fin era el de erradicar el chabolismo sustituyéndolo por enormes edificios de cientos de viviendas cada uno. En uno de esos, pero de otra ciudad, nací y crecí yo. El ligero olor a descomposción de comida mezclado con el de cloacas no pensadas para tanta gente y tanta miseria me trajo el recuerdo de un lugar perdido en mi infancia, de pantalones cortos y recados a los que mi madre me solía enviar cuando ella ya no soportaba la vergüenza de no poder pagar a los tenderos del barrio. Mi padre, mi padre me enviaba a por tabaco, como a todos los niños del barrio, los cuales iban para guardarse el cambio. Mi padre, me veía llegar al bar con el tabaco y delante de sus amigos, me daba el cambio como los otros padres a sus hijos. Luego, al llegar a casa me lo reclamaba. Crecí odiando a ese padre y despreciando a esa madre. "Lo único bueno que has traído a esta casa" me dijo mi padre un día "es que al nacer tú, tu madre se quedó sin poder tener más hijos. Mejor así, menos bocas que alimentar". Resulta curioso lo que puede pasarte por la cabeza en un instante, cuántos recuerdos están presentes en un olor o en una geografía familiar, caben odios y caben resquemores que habías creído desterrar de la memoria, pero no son simples recuerdos, siempre están ahí, dormidos, y los llevas encima como una segunda piel invisible, a un milímetro de tu verdadera frontera con el mundo, una segunda piel que hace que lo sientas todo como de segunda mano, como si las cosas buenas de verdad se quedaran fuera y no pudieran traspasarla, una segunda piel que te hace inmune al mundo, al bueno y malo. Una piel que te convierte en mero observador de las alegrías y las penas ajenas.
Aquel olor y aquellas calles me producían una seguridad lo más parecida a la que se siente cuando estás en algo semejante a un hogar. Al menos, eso me lo parecía a mí. En estos barrios, el J... de turno sabe que tiene que negociar con las bandas autóctonas, que es un territorio que ya tiene un dueño, un minorista del crímen, uno que trapichea y mantiene a raya a los pocos idealistas que quieren negocios más grandes y que amenazan su autoridad de reyezuelo de un país de cuatro calles. Siempre hay alguien que lo intenta, y siempre hay alguien que aparece flotando accidentalmente en un arroyo putrefacto.
Aparqué el coche. Las tiendas estaban a punto de abrir en su horario de tarde. Me quité la corbata, la dejé en la guantera del coche y me desabroché el botón del cuello de la camisa. Salí y entré en el bar más cercano. El aire estaba ligeramente cargado de humo y unos hombres jugaban a las cartas en una mesa en un rincón. En una televisión amarillenta un presentador engominado daba los resultados de fútbol y los que estaban en la barra prestaban atención mientras hacían comentarios acerca de ellos. El dueño apenas me miró al decirme "¿Qué le pongo?" Me senté en la barra. "Un café solo" le dije. El bicho quería una copa, miraba a los otros presentes y veía sus copitas relucientes llenas de licores impolutos. "Ahora no. Tengo que pensar. Tengo que encontrarle un sentido a todo esto". ¿Dónde estaría María? ¿Qué le habrían hecho? y sobre todo ¿qué podía hacer yo? "Piensa, piensa. Si no fueras tan tonto, si hubieras cultivado el cerebro en lugar de los nudillos, ahora no tardarías en dar con una solución. Mierda, ¿por qué no habría dejado que María viniera conmigo? Porque os hubiesen descubierto a los dos, so memo". Y ¿de qué se conocían Carmen y el viejo loco del desierto, que no estaba tan loco como parecía el día anterior? ¿Quién era el hombre de la silla de ruedas y qué hacía la madre de Cris con él? Lo único claro que tenía claro es que el viejo mintió cuando dijo que no sabía nada de un Bobster rojo. ¿Qué debía hacer y a quién podía pedir ayuda? Carmen y Sansón no me habían visto ¿podría pedirles ayuda para encontrar a María? Tenía la intuición de que Carmen era mucho más peligrosa de lo que lo pudiera ser una madam y sabía que ir a buscarla era meterse en la boca de un lobo pero de momento, ella no sabía que yo estaba buscando a la madre de Cris y no sabía que la madre de Cris era la misma persona que acompañaba al hombre de la silla de ruedas. Tenía que arriesgarme y no sólo para que Carmen moviera sus hilos para encontrar a María sino porque podía conseguir información de dónde encontrar el Bobster rojo y volver a verla a ella. Le había visto sólo los pies, había escuchado sólo una frase, pero era suficiente para saber que estaba bien, lo suficiente como para notar en aquella voz un tono sereno y resignado a un tiempo. Cuando has querido tanto a alguien lo conoces casi tan bien como a ti. Sabes; sin más. Y yo sabía que en este momento ella estaba mejor de lo que nunca lo había estado conmigo.
Pagué el café y volví al coche. Media hora más tarde lo dejaba en el aparcamiento de donde lo había sacado esa mañana para ir al ayuntamiento. Carmen y Sansón no habían vuelto aún y me dispuse a esperar a que llegaran.

domingo, 23 de marzo de 2008

Bicho bueno que muerde


Hoy lo he entendido. Lo del bicho, me refiero. El bicho está siempre presente y hay que cansarlo, cansarlo con carnaza de tiempo, con lagunas de olvido, espacio y tiempo perdido, para siempre quemado, tiempo que no lo utilizas en provecho tuyo, sólo sirve para dejarlo caer al suelo, tiempo que no vives, que se lo das a él para que juegue como un gato con un ovillo de lana...
¿Qué sería de nuestras vidas si no tuviéramos que pagar ese tributo al bicho? Por que no te engañes, si has leído hasta aquí es porque tu bicho o tu esfinge quiere entretenerte con esta historia para que no pienses en la tuya. Dime ¿qué sería de tu vida si hicieras lo que a tí (y no al bicho) te gustaría hacer? Ahora no me vengas con que te gustaría que te gustara hacer esto o aquello. Quiero decir que tú sabes qué es lo que te gusta y te pones excusas... te pones trabas... ¿qué pensará la gente, verdad, si decides que no vas a ser lo que otros quieren que seas? ¿Cómo vas a tirar por la borda todo ese esfuerzo y toda esa educación que te ha dado un puesto entre toda esa gente que no te conoce y que sólo espera de tí que no le perturbes y que le proporciones dinero para poderlo gastar en sus cosas? ¿Qué quiere realmente la gente? ¿Qué quieres tú de verdad? Y claro, se trata de aparentar... ¿qué? Se trata de ir con la cabeza alta, de no ser un paria, de no inspirar lástima... Tienes una dignidad... ¿dignidad u orgullo? Está bien, digamos que dignidad... ¡Pues a la mierda con ella!
Está bien. Tienes hijos. Quizá tengas que conseguir dinero para alimentarlos, vestirlos, cuidarlos... sí, yo también lo he hecho. Es lo que hay que hacer... por eso el bicho odia a los niños, por eso el bicho adora a los niños, porque los niños te liberan de él y al mismo tiempo te encadenan a él. ¿Has pensado alguna vez que sería de tu vida si realmente fueses libre? Tal vez el bicho te dejaría en paz... porque el bicho te grita porque vive en una jaula a la que le has condenado. El bicho te odia profundamente por ello y sin embargo sólo aquel que es capaz de odiar a muerte es capaz de amar hasta lo más profundo. Amor y odio son lo mismo en el lenguaje del bicho... ya deberías saberlo, nos hemos mirado a los ojos y él te lo ha dicho.
Ahora será mejor que lo canses... duerme, empieza otro día y ocúpalo. No pienses, no hagas, no te preguntes.

sábado, 22 de marzo de 2008

Un mundo pequeño

No me había equivocado. El viejo se detuvo delante de un portal, llamó a un interfono, esperó un unos momentos, empujó la puerta y se perdió tras la cristalera de la entrada. Esperé un minuto por si, por casualidad, el viejo se entretenía y me veía acercarme a la puerta y me acerqué para ver si podía reconocer alguna señal en la botonera que pudiera darme alguna pista. Nada, el tercero primera, nada más. Llamé al primero y esperé a que me contestaran. "¿Sí?" preguntó una voz de mujer. "El cartero, señora" dije. "¿El cartero? Pero si ya ha pasado hoy" dijo. "Traigo un certificado" respondí sin pensar. "¿De dónde viene?" volvió a preguntar. "Del juzgado, señora" Nadie le niega la entrada a alguien que te trae algo del juzgado. La señora se quedó en silencio. "¿Qué hago, señora? ¿Lo rechaza?" pregunté. "No, claro, suba"dijo dubitativa. Entré en el vestíbulo y fui directamente a los buzones. Esperaba encontrar una respuesta... tercero primera... "Corp abogados"; un bufete. Parecía que el viejo tenía asuntos legales que tratar. Oí cómo la señora del primero abría la puerta y esperaba que un cartero que nunca subiría le entregara un correo certificado que probablemente, traería malas noticias. Salí hacia la puerta y estaba a punto de abrir la puerta cuando, a través de los cristales vi que se acercaban Carmen y Sansón. Venían hacia donde yo estaba. Retrocedí y me oculté debajo del hueco de la escalera, a oscuras. Llamaron al tercero primera. Se oyó el zumbido que abría la puerta y pasaron. Llamaron al ascensor. "El viejo quiere vernos a todos" dijo Carmen. "Algo pasa". "A lo mejor sólo se trata de otro trabajito" oí que decía el gigantón. "Cuando me llamó estaba mañana parecía enfadado. El viejo Garr suele ser un hombre tranquilo, no sé con qué nos va a salir ahora" dijo Carmen. Desde la oscuridad del hueco de la escalera apenas podía ver sus pies, envueltos en unos zapatos caros, pies nerviosos los de Carmen, tranquilos los del gigante. "¿Oiga?" dijo la mujer del primero "¿sube o qué?" esperando al cartero. Carmen detuvo sus movimientos nerviosos y ambos se tensaron. Probablemente estuvieran mirando por si había alguien más en le vestíbulo. Sansón se fue acercando al hueco de la escalera. Ya está, me descubriría en unos momentos y entonces tendría que atizarle fuerte. Sólo que aquel tipo era más fuerte y parecía tener mucho más oficio que un simple portero de discoteca. Nunca me había encontrado con alguien tan superior a mí. Aquello podía resultar muy embarazoso. En ese momento llegó el ascensor y se abrió la puerta. Sansón se detuvo. Del ascensor salieron una mujer y una silla de ruedas en la que, aparentemente, iba un hombre. "Buenas tardes" dijo la mujer. Aquella voz... aquella voz sí que la conocía perfectamente. Era ella, la madre de Cris, no había duda. De repente aquellos zapatos y aquél caminar cobraron un nuevo significado, otra vida. "Hola Carmen, cuánto tiempo. ¿Te ha llamado Garr? Pues acaba de llegar. Parece algo enfadado... contigo" le dijo el hombre de la silla de ruedas en un tono cínico. Se adivinaba cierto placer en que Carmen tuviera problemas. "No creo que sea grave" dijo Carmen "¿es que sabes tú algo?" "Tal vez, pero será mejor que lo averigües por ti misma" dijo mientras salía a la calle ayudado por la madre de Cris (estoy seguro que era su voz, eran sus pasos, estoy seguro que era ella). "Este maldito lisiado es peor que un demonio. Seguro que si no hablara tan mal de mi a Garr ahora mi posición no sería la que tengo ahora. Maldito cabrón" dijo Carmen. "Tiene motivos para odiarte, divina" contestó Sansón. "Aquello fue un error ¿Cómo iba yo a saber que era la mano derecha de Garr?" dijo Carmen. "Te dijo que llamaras a Garr antes de hacer lo que hiciste. Podrías haber hecho una llamada". "Y tú ¿qué sabrás? No se le puede molestar por todo". Entraron en el ascensor y siguieron hablando pero yo ya no les oí. Esperé unos segundo y salí a la calle. "¿Oiga? ¿sube o no?" gritaba la mujer del primero. Al salir miré a ambos lados con precaución. No había nadie, se habían esfumado en un instante. Un minuto después, a mis espaldas, se abría la puerta de un garaje y salía el Bobster rojo conducido por ella. El hombre iba a su lado. Yo había vuelto sobre mis pasos y volvía en dirección al ayuntamiento y ya me había alejado. Demasiado tarde para gritar su nombre. Todo demasiado extraño como para arrisgarme a que alguien se fijara en mí y me reconociera.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Amanece

Hubiese cerrado los ojos y entonces todo hubiera sido mejor, me hubiera sentado en un rincón apretando las piernas contra el pecho y tal vez así hubiera podido dormir un poco, pero su luna atravesaba las persianas bajadas y era tanta la luz y tanta la espera... Luego, el niño que habita en mí y que convive en una misma habitación cerrada con el bicho rabioso que grita, me susurró al oído palabras de consuelo. "Es bueno tener una almohada a la que abrazar por las noches" me dijo. El bicho se calmó porque el bicho no entiende según que cosas y cuando no entiende se queda en un rincón y observa, sin en la menor intención de aprender, se queda quieto con la cabeza baja y mirando fijamente qué pasa. No hace nada, no sabe hacer otra cosa que gritar y moverse y salir corriendo y dormir cuando se agota. "¿Sabes? me da miedo llegar a tu edad y estar como estás tú?" le dice ella "¿Es esto lo que me espera?" y él cae desde el vigésimo piso de la poca esperanza que le queda... "Es probablemente, lo que te aguarda, mi niña" dice él. El bicho se agita y empieza a caminar cada vez más rápido por la habitación, habla solo, y luego... luego vuelve a gritar... y yo me levanto y voy como un alma en pena a escribir al ordenador para que él no entienda lo que pasa por mi cabeza... y el niño se duerme y deja de susurrarme... y de repente, se vuelven las cinco de la madrugada o de la mañana y tal vez (sólo digo que tal vez) hubiera sido mejor no haber subido tan alto para luego caer tan deprisa...
"El ángel cayó despacio, como cae una pluma y cuando quiso remontar el vuelo no pudo pues había estado tantos años (¿qué es el tiempo?) bajando lentamente sin darse cuenta que ya era del todo imposible saber de dónde venía. Se dejó, entonces, arrastrar por una suave brisa. Eran las once de la mañana (el tiempo es mermelada de fresa) y se acabó posando en una roca lunar con vistas a una ventana".
Deprisa, despacio, con el cuchillo extiendo el tiempo sobre una tostada ya untada de mantequilla. Me gusta el olor del café recién hecho y ese fresco de las mañanas del que sólo te libran las zapatillas de invierno y el batín somnoliento que, bostezando, se aviene a descolgarse de la percha y ser mera funda mía. Subiré a la terraza, con la taza en las manos, me sentaré en la silla vieja y pondré el plato sobre la mesa, quizá cruce las piernas o me levantaré y trataré de ver salir el sol entre los tejados a los que he condenado mi alma... ¿Pensaré en tí? Probablemente. Es inevitable que deambule por la senda que tú has ido marcando todos los días desde hace ¿cuánto tiempo? Ah no, quedamos en que el tiempo era mermelada de fresa... y entonces, con los primeros rayos de sol, me vuelvo escurridizo y dejo de poder ser pensado por nadie. Y entonces empieza el rumor que desprende la vida cuando se despereza y se digna a habitar la ciudad... y miles de duchas al unísono abren sus grifos (que salen volando de las almenas de ciertas catedrales góticas) y el mundo vuelve a hablar con miles de lenguas dentro de miles de cabezas, y bichos duermen y bichos se dan media vuelta en la cama del alma para coger fuerzas para más tarde... Y yo bajo de nuevo a la cocina y dejo la taza y el plato en el fregadero y me pregunto qué día será de verdad este miércoles en el calendario del mundo... y pienso en los niños cuyos padres no viven en casa y me pregunto si no será eso una maldad o sólo un agujero. Me visto de miércoles y me dejo por poner la esperanza, que la dejo en la mesita de noche, enchufada al cargador... y abro la puerta y hoy no, hoy sé que no habitaré el mundo, que sólo me deslizaré por él y quizá, con suerte, me salpique alguna gota de su materia oscura. Y sé que durante todo el día querré volver a las sábanas y a mi almohada y cerrar los ojos y flotar sobre un mar en calma. Bendito maldito insomnio.

(Con Alan Rickman)

domingo, 16 de marzo de 2008

Poutpourri de deseos

Si pudiera volver atrás sería para no volver nunca. Me quedaría pequeño y no crecería, no aprendería a hablar ni haría caso a los mayores. Dormiría más, leería más, tendría más amigos, que comprenderían mi silencio y se desprenderían de semánticas y fonéticas... y nos comunicaríamos mirándonos a los ojos... y bajaríamos al valle durante el invierno y habitaríamos las montañas en la primavera y el verano.
Y me cobijaría en tí y te amarrarías a mí, en un abrazo sin fín, perdido el cielo, lejos y sin embargo tan cerca del paraíso... es dulce tener esperanza, es todo tan fácil al saber que existes en alguna parte...

La bella y la bestia...

sábado, 15 de marzo de 2008

Preguntas que no llevan a ninguna parte


A las nueve sonó el teléfono. No conocía el número pero lo cogí. Era la doctora. Me pregunta que por qué no he ido a verla. "Tenías visita esta mañana" me dice. "¿Estás bien?" Quiere preguntar si he vuelto beber pero no se atreve, no quiere hacerme sentir mal, no quiere enfuercer al bicho... "No he vuelto a beber, si es por eso que me llama" sigo tratándola de usted a pesar de que es más joven que yo, a los médicos siempre les llamo de usted, por educación. "Estoy fuera de la ciudad, no me acordé de avisarla". le digo. "Está bien, ya sabes que me puedes llamar cuando lo necesites. Cuando regreses pasa por la consulta ¿vale?" me dice con esa dulzura tan correcta que sólo utilizan los médicos. Es una buena chica, la doctora. Por algún motivo que desconozco le caigo bien. Le colgué prometiéndole que iría a verla cuando regrese, no sé cuando, tengo un trabajo que terminar, gracias por llamar, adiós doctora.
Casi al tiempo que colgaba María entraba en la habitación. "Buenos días"dijo. Se le notaba que había descansado y estaba de buen humor. "No he venido antes porque quería dejarte dormir. Ayer tenías cara de cansado. ¿Has dormido bien?". Para no aburrirla explicándole mi obcecación por padecer insomnio le dije que sí, que había dormido estupendamente. "He dormido en la habitación de al lado. ¿Sabes que roncas un montón? Ayer pensé que era porque estábamos en la misma habitación pero hoy... hoy te escuchaba igual" dijo. Entonces no había dormido con la mujer de la calma y lo que se traían entre manos no era lo que me había parecido ayer durante la cena. "Vamos a la calle, comeremos algo. Estoy hambrienta" dijo dando un paso hacia atrás para dejarme salir al pasillo. Salimos del edificio y fuimos a una cafetería a dos manzanas de allí. María se había puesto un bonito vestido blanco estampado con grandes y graciosas flores en distintos tonos de verde. Le quedaba realmente bien, era un vestido corto que dejaba al aire sus delgadas piernas morenas. En aquél momento éramos la antítesis de la discreción. Bonita pareja: la bella y la bestia.
Pedimos café y tostadas. Estaban buenas o teníamos tanta hambre que nos hubiéramos comido cualquier cosa. La cena de la noche anterior había sido demasiado frugal y no nos había alimentado lo suficiente para pasar la noche. Además, desde de que había dejado de beber, el bicho pedía más comida y yo tenía hambre a todas horas. "¿Qué vamos a hacer ahora?" preguntó María. "¿Vamos? ¿Los dos? Creo que deberíamos separarnos. Seguro que están buscando a una pareja de lunáticos cuya apariencia coincide con la nuestra. Será mejor que no se lo pongamos tan fácil. ¿No te puedes quedar con Carmen?" le pregunté. "Ella miró a través del ventanal hacia la calle. En ese momento un autobús paraba justo enfrente de la cafetería y se bajaban dos obreros con sus fiambreras en la mano. "Preferiría no tener que pedirle más favores a Carmen. Lo que has visto pertenece al pasado y no quiero estar aquí. Carmen me salvó la vida pero no lo hizo gratis" empezó a decir. "No hace falta que me cuentes nada. No quiero saber..." dije, pero no me dejó acabar "No hace falta contártelo pero te lo cuento. No quiero que te lleves una opinión sin saber la verdad" me miraba fijamente "Vine desde mi país con un contrato para cantar en un local. No había tal local ni era para cantar para lo que me querían. Me quitaron el pasaporte, me obligaron a acostarme con decenas de hombres; y cuando digo que me obligaron te juro que sabían como hacerlo. Un día apareció un tio raro, hablaba y hablaba, me ayudó a escapar. Yo no lo esperaba, lo seguí por incercia. De repente me ví en la calle junto a aquél marciano. Me llevó a casa de Carmen para esconderme pero nos encontraron y para no empezar una guerra en la que Carmen acabaría perdiendo, me compró por mucho dinero y les entregó al tipo que me había llevado a su local. No lo he vuelto a ver más. Se rumorea que le dieron tal paliza que quedó en coma o está muerto. No lo sé. Yo tenía dieciocho años. No sabía qué hacer. Carmen no tiene chicas fijas. Tiene un local al que van amas de casa que necesitan un dinero extra que no les dan sus maridos, estudiantes a las que no les llegan las becas, mujeres que no quieren o no pueden meter a nadie en casa y están en un apuro. Mujeres que tienen una mala racha que siempre se hace demasiado larga... Era distinto y era lo mismo. Así que ya lo sabes. Y si la pregunta es que si vengo mucho por aquí la respuesta es que de vez en cuando. Lo intento pero no es fácil. No se gana mucho de camarera ni cantando un par de veces a la semana". "Lo siento" dije. No sabía que otra cosa decir. Me sentí estúpido diciendo lo siento y me sentí sucio sin saber muy bien el porqué. "El hijo de J... me vió una noche cantando en el hotel, me empezó a enviar flores, invitaciones... yo sabía que tarde o temprano se enteraría, así que lo rechacé amablemente. Acabó enterándose y entonces empezó a perseguirme. No le había rechazado una chica, le había rechazado una que se acostaba con cualquiera. Eso parece ser que le molestó mucho más que cualquier otra cosa. Tengo que irme de la ciudad. Después de lo que le hiciste no puedo quedarme aquí" dijo atravesándome con la mirada. "Mira mi niña, yo estoy buscando a una persona, la del bobster rojo, cuando la encuentre y le diga lo que le tengo que decir, me volveré a mi casa, pero hasta entonces estaré aquí, no tengo elección". "Yo puedo ayudarte, conozco la ciudad mejor que tú" dijo. "¿Ayudarme? Si ni siquiera conseguiste la dirección correcta" le dije. "Te juro que es la que me dijeron. Volvamos al ayuntamiento y esta vez, entras tú conmigo" "¿Estás loca? Seguro que nos reconoce alguien" le dije. "No si te disfrzas" dijo burlona. "¿Disfrazarme yo? Vamos, ni de coña".

Estoy vago... ahora cuelgo vídeos...