A veces creo que si dijera lo que realmente pienso todo se desmoronaría.
A veces lo dejaría todo y me iría lejos.
Como los personajes de Paul Auster.
Puede que mañana sea el día en el que cambie todo. Hay días en los que puede cambiar todo.
Mañana es uno de esos días. Este año he contado treinta y siete.
A veces puedo hacer cosas.
Me gustaría saber si son realmente ciertas.
Con la mente, quiero decir. Hacer cosas con la mente. Inventar historias. Me gustaría no ser un personaje de Paul Auster, no tender hacia esa maldita melancolía. No ser tan tolerante. Ni ir de allá para acá. Ser feliz de una vez. No narrarme a mí mismo lo que me pasa por dentro.
No tener que irme ahora.
A un lugar al que no quiero ir del todo.
Hacerte sonreír un rato, aunque sospeche que es difícil.
Hacer magia para hacer desaparecer los fantasmas con los que sueñan algunos niños.
He de confesar que a veces tengo la fantasía de que escribo una novela. Es decir, escribo La Sombra del Viento, pero de otra forma, claro, desde mi limitado lenguaje y creando personajes que no saben tanto lo que quieren; es decir: como si Paul Auster escribiera La Sombra del Viento y la corrigiera Murakami poseído por Dovstoievski y Borges a partes iguales, pero notándose que soy más de barrio Sésamo que de Bob Esponja. O de barrio, así, simplemente.
Pero sólo lo haría por la fama, por todo eso de firmar libros. Por si un día de Sant Jordi se te ocurre pasar por Barcelona y vienes a verme firmar en los chiringuitos que montan las editoriales, aunque sólo sea por curiosidad, y entonces yo, que no sé ni cómo eres, te reconozco porque hablas igual que escribes, porque callas igual, porque miras igual a como sé que miras cuando lees, o cuando no miras.
A veces pienso que lo único que me haría escribir una novela es saber que existiera la posibilidad de que vinieras y todo eso.
Pero claro, eso es la gran excusa. No hacer algo para que ese algo no genere la posibilidad de que eso suceda.
Para la cobardía siempre existirán argumentos, habrá días nublados para salir y días demasiado buenos como para quedarse en casa.
En cualquier caso, tengo la intención de no morirme sin intentarlo.
Si el tiempo se detuviese ahora mismo ¿de qué te arrepentirías?, me pregunta.
Nunca sé qué contestar cuando me hacen una pregunta así. Creo que es porque no tengo nada claro. Tengo cuarenta y ocho años y sigo preguntándome qué quiero ser de mayor.
Le digo que probablmente me arrepentiría de no haber sido claro con ella y que, en el fondo, siempre supe que mi vida dejó de tener sentido el día en el que nuestros caminos dejaron de tener la posibilidad de correr paralelos.
O quizá no se lo dije, quizá sólo lo pensé y contesté otra cosa con sentido pero sin visos de ser nada personal, una de esas frases que aparecen en cualquier libro de citas. Cuidado con lo que deseas o algo así.
Tal vez la miré y le dije que me arrepentía de no haberla besado.
Hubiera perdido la cabeza por ella si no supiera que estaba tan lejos de mi alcance como la estrella que se ve más pequeña de todas.
Así que me conformé con esto.
Esto es mucho mejor que nada.
Una vez cada mil años recibo un telegrama. No sé en cuántas vidas se traduce eso, ocho o diez, tal vez. A veces oigo hablar de ti, como quien oye hablar de un imperio de oro al otro lado del océano y me dan ganas de dejarlo todo.
Otras veces te miro a los ojos (o me imagino que lo hago) y me dejo llevar por una corriente que no existe, que no me lleva a ninguna parte, pero que no deja de ser la única ocasión en la que, entre regresar o ir hacia ti, me plantearía no volver a donde pertenezco.
Sé que estoy empezando a cambiar de tercera persona a segunda. Siempre que intento hablar de ti como si fueras otra persona acabo volviendo a escribirte como si las fuerzas de atracción gravitacionales supieran más de mi que yo mismo y tú fueras un cuerpo celeste al que no puedo resistirme.
Y sigo escribiendo. Aunque hace mucho tiempo que sé que no sirvo para esto, sigo haciéndolo.
Hasta que el tiempo se detenga y seas la única cosa de la que me arrepienta.
Estos días he ido soltando cosas. No sé si eso es bueno, lo que sí creo es que uno va recogiendo responsabilidades que tienen que ver con los demás y eso acaba en un vivir la vida de otros en lugar de la de uno. A veces es bueno aceptarlo y otras es bueno cambiarlo.
Estos días volé una comenta que se soltó y se fue a ninguna parte. Como otras veces. No importa, todo ocurre por algo.
Lo cierto es que durante estos días de reflexión me he dado cuenta de que tal vez me equivoqué en mis objetivos. Siempre digo que volvería a hacer lo mismo porque en el fondo quiero creer eso, pero no es cierto del todo.
Creo que le debo al niño que fui y al hombre que soy escribir una historia de verdad, y supongo que en todo ese proceso de darme cuenta siempre estuvo ella. Si no hubiera estado, nunca hubiera seguido escribiendo.
Sé que soy un escritor mediocre y que no tengo historias que contar que merezcan la pena. Pienso que más bien es un "ve a por ello" que un "ojalá". Tenía la intuición de que la vida iba más de lo que consigues de que lo que tienes que contar.
Nunca se me dio bien contar historias. Soy más bien de silencios y dejar pasar el tiempo.
Me hubiera gustado tener la energía para hacerlo todo, pero en realidad siempre he sabido que no la tenía.
Quizá las cosas no fueran tan perfectas como hubiera esperado. Puede que, en realidad, no sean más que uno de esos capítulos que anuncian el final de algo que hace tiempo que sabes que se acaba. Como cuando lees una novela y cada vez quedan menos hojas.
Supongo que la vida es así. Un ir pasando hojas, un ir acercándose al definitivo final.
Creo que ha pasado suficientemente tiempo como para poder entender que todo o casi todo tiene un sentido.
Yo nunca supe qué hacer ni cómo tomármelo. Cuando llegue el día en el que muera esto no estoy seguro de que esté dentro de los "me hubiera gustado" o entre los "qué bien que lo hice", pero en todo caso, doy gracias por haber tenido la oportunidad de haber estado ahí.
Siempre fui de retos largos. No importa hasta dónde me llevaran ni lo difícil que fuera, a veces, mantener la calma. El tiempo siempre me trató bien. Pasé por esta vida relativamente bien hasta hace poco.
Daría lo que fuera por que ella me hubiera correspondido.
No sé. A veces creo que las cosas se vuelven difíciles porque no yo las hago difíciles.
Llevo días pensando en que quizá sería un buen momento (es un mal momento en general) de escribir esa novela que llevo tiempo queriendo hacer.
Al fin y al cabo he vuelto a retomar el hábito diario de escribir algo, lo que sea, a veces sin sentido. Otras, con toda la intención.
Creo que ha llegado el día en el que he de pensar en que no voy a salir vivo de ésta y que, tal vez, me queden menos años de los que creía que viviría.
No sé si la escribiré en primera o tercera persona, aunque creo que eso no tiene demasiada importancia. Siempre me he perdido en los detalles, como si lo periférico tuviera más importancia que lo esencial hasta llegar a ahogarlo.
No sabría decir hasta qué punto eso ha determinado mi vida y la dejado varada en este punto muerto en el que siento que estoy ahora.
Si pudiera vivir otra vida paralela a ésta, creo que hubiera modificado tantas cosas que, probablemente, viviría en otra parte del mundo, con otras personas distintas a las que tengo alrededor mío, pero si sólo tuviera una sola (ésta) cambiaría pocas cosas o ninguna. Y aunque esto es algo que he dicho muchas veces en este blog, ahora lo "siento" así más allá de lo imprescindiblemente intelectual.
A veces me ocurre. Tengo tantas ganas que las palabras se apelotonan y no saben pasar por el minúsculo agujero que debe ser la salida de mi imaginación. Hace tiempo que lo sé y me siento a esperar mientras hago otras cosas. Creo que, entre otras razones, es el motivo principal por el que nunca escribiré nada largo.
Cuando pasa el tiempo, las historias se pierden, dejan de tener sentido. Todo lo que se escribe tiene un halo de continuidad que no puede romperse por una serie de días. Creo que quince es el número exacto. Dos semanas y zas! ya nada de lo que escriba tiene ni interés ni importancia.
Con la vida me pasa lo contrario. Puedo esperar diez o quince años. No importa. Soy de retos largos y difíciles. Tengo paciencia. Sé que un día escribiré durante los días necesarios para acabar una historia, solo que para entonces ya nadie leerá libros porque poco a poco hemos ido acabando con la cultura de tener cosas en las manos que nos cuente historias. Ahora todo son noticias. Destellos fugaces de algo en lo que nunca profundizaremos.
Ya casi nada tendrá el tiempo necesario para desarrollarse y dejarse ir. Vivimos tiempos difíciles para lo que no sea inmediato. No sé si me llega a importar. Puede que, en el fondo, todo esto sólo sea una prueba para ver hasta dónde estamos dispuestos a arriesgar por lo que creemos que somos.
Me gustaría poder tener tiempo, pero no tengo tiempo para tener tiempo. Es una locura. A veces lo detendría todo pero no sé cómo hacerlo. O sí sé, pero no se me hace difícil tomar decisiones. No es fácil seguir adelante por inercia. Intuyo que parar y empezar de nuevo debe ser igual de difícil o más, así que, de momento, prefiero la inercia.
He de confesar que este verano he estado a punto de hacer uno de esos cambios en mi vida en los que uno pone patas arriba su vida y la de los demás. Para mí es fácil. No tengo lo que se suele llamar una existencia ordenada. Hace tiempo que elegí un camino solitario y sin demasiadas cosas ni personas a las que atarme.
Creo que la relación más larga que he tenido es este blog. Y a decir verdad me gusta. Espero que algún día una inteligencia artificial lo encuentre buscando en el hipertexto y lo ordene y lo convierta en una novela en tercera persona.
Si hubiera escrito en tercera persona hubiera sido escritor. Estoy convencido. Pero no sé. Lo he intentado varias veces, pero los personajes se caen por sí solos. Cuando estudié en la Escola d´escriptors de l´Ateneu Barcelonès inicié varias historias, pero sólo podía continuar las escritas en primera persona. Eso es algo que da fuerza a un texto, podrías contar como te pintas las uñas de los pies y parecería una aventura, supongo que por eso escribo como si esto fuera un diario.
Ya casi nunca me releo. Me duele hacerlo. Es como estar en ninguna parte. Saber que estás pero no ahí, si no que eso es lo que podrías haber sido si hubieras decidido ir a por eso en lugar de a por lo que has ido.
A los cincuenta te pasa que te planteas si has hecho realmente lo que has querido en la vida, con la sensación de que no tienes tiempo para casi nada más. Ni salud ni fuerzas. Ya no están los que estuvieron siempre o te preparas para que dejen de estarlo. Es una maldita lucha silenciosa en la que el único que sale herido es el que está ahí.
A veces conectas con otra persona en la distancia. Te dejas llevar por un sentimiento próximo a renacer.
Crear expectativas. Renunciar a ello es lo que nos convierte en adultos.
Lo normal es que suelan renunciar a ti.
Aunque insistas.
Ayer una pareja de ancianos me contaron cómo él estuvo un año detrás de ella sin que ella le hiciera caso. Llevan más de sesenta años juntos. El tiempo es la medida de las intensidades de la vida.
Hay una brújula en algún lugar que señala hacia un lugar y una persona.
Me gustaría saber si alguna vez señaló en su dirección y yo no supe interpretar la cartografía de las líneas de su cuerpo y me perdí en el camino.
A veces creo que no estoy a tiempo de averiguarlo y otras es lo único en lo que pienso en todo el día.
Y cuando me despierto en medio de la noche, y cuando estoy parado en un semáforo, cuando tengo cien kilómetros por delante, y es verano, y es invierno. Y cae la lluvia (sobre todo entonces), cuando tengo que atravesar un bosque para llegar a otra parte donde hay una orilla.
Y cuando hay mar, y cuando llega viento del Norte (sí, con mayúscula, el gran Norte), y cuando voy por carreteras de más de dos carriles por sentido, y cuando hay una banda sonora de una película de alguien que emprende un viaje.
Relámpagos, flashes de fotos en la oscuridad hechos de luciérnagas. Hay sonrisas que son así. Un destello reflejado en una en el iris de una noche tibia después de unas cuantas cervezas.
Luego ocurre todo.
El vértigo.
El principio de algo que un día acabará como acaban casi todas las cosas que acaban en huella.
Cicatrices que son como un tatuaje y que sólo ser borran a base de supernovas estallando en mil pedazo a mil millones de años luz para que todo vuelva a comenzar.
Otras cervezas frías en otras tibias noches de verano.
La ilógica lógica de lo que nos conviene frente al ardor en la sangre que nos destruye por dentro.
El deseo y los cuerpos.
No existe el amor más que para los alquimistas.
No un lugar a donde ir sino es adentro (de lo que sea, de quien sea)
A veces me gustaría tenerte tan cerca que se formaran arcos voltáicos entre nosotros.
Entonces recuerdo que somos luces que se apagan en los extremos de un hilo de tela de araña por el que viaja información sin masa.
Que todo es una quimera.
Esta tarde cojo un vuelo, en el que sin saberlo, viajas conmigo.