A veces las cosas no son lo que parecen. A veces las cosas no son lo que son, son otra cosa que la imita bien.
Hemos llegado al final
Ahora sólo queda otro principio.
Voy a echar de menos echarte de menos, pero eso no lo decidí yo. Como siempre.
Hoy he pasado cerca de tu casa. Nunca volví a estar tan cerca. No ceo que sepa volver, no creo que vivas allí. Han pasado veinte años. Tendrás el pelo gris, los ojos del color de la hierba de Irlanda, seguirás llevando el apellido de escritora, se te habrá curado el agujero que tenías en el pecho, habrás vivido aventuras que nunca son como uno las espera. Habrás tenido paz. Sé que has tenido lucidez y paz para lograrlo casi todo.
Hoy me he acordado por qué no puedo volver y me he asustado de mí mismo.
Eras tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo.
Te vi morir y te vi volver a la vida. Me quedé a tu lado todo un día hasta que se me hizo de noche.
Hoy sólo quería volver a casa, pero no he podido y ya nunca creo que pueda.
No soy quien digo ser, ni tan siquiera quien escribe esto es quien quiso escribirlo.
Soy la cosa esa que no es capaz de ver lo frágiles que somos.
Por eso me alejo, por eso no soy capaz de averiguar hasta dónde debo mantener la distancia.
Tal vez tengamos la costumbre, la manía, de abrir el día con la mente puesta en el azar en lugar de empezarlo con una Determinación que nos cambie el destino, que nos arrastre hacia lo imposible y nos arrebate la vida que tenemos para conquistar esa otra a la que no nos atrevemos. Hartos de vivir con eso de que la rutina nos impulse como un ángel de la guarda psicópata y obsesivo que nos da empujones por la espalda porque no sale nada bueno de uno mismo.
Me gustaría sentir el impulso de algo mío, querer vivir sin tener que estar buscando un porqué, un destino final al que el niño que fuimos estaba destinado a ser porque lo quería ser; al que le gustaría volver el día que empezó a leer su primera novela y cuando la acabó pensó; yo quiero ser escritor sin saber que el mundo es un lugar de múltiples verdades donde uno debe aferrarse a la suya, como si la realidad dependiera de uno hasta que viene la del otro y parece más real
Y entonces yo la vi y supe que era mi realidad y mi punto final. Y me olvidé. Me gustaría que me dijeran que me hicieron olvidarla, pero no. Uno se olvida de quién es cuando deja de saber que es lo que quiere y qué debe hacer para conseguirlo.
Siempre quise ser otra persona de la que soy hoy, pero no cambiaría nada de en lo que me he convertido, en el que está escribiendo esto y sabe que hay un lugar al que pertenece que sigue vacío. No sé muy bien por qué hoy me levanté temprano y me di cuenta de todo esto. En que en otro universo paralelo yo también estoy sentado escribiendo este mismo texto u otro que se le parece, pero no soy yo del todo quien lo escribe, soy ese otro que no olvidó, o puede que esté escribiendo este texto para mí (que sí olvidé) para que abra mi día y me dé la vuelta y le diga a mi ángel de la guarda que ya no tendrá que empujarme nunca más, que yo ya sé qué quiero.
Todos sabemos qué queremos y nos pasaremos la vida sabiendo qué queríamos haber sido o hecho.
Hoy siento que al acabar el día sí habrá cambiado algo
Me pregunto si alguna vez entras, si alguna vez has pensado en escribirme un whatsapp en el que dijeras te echo de menos, si alguna vez necesitaste saber de mí o verme, si pensaste alguna vez que yo merecía la pena a pesar de todo.
Me gustaría creer que otro universo paralelo diste el paso y me dijiste algo que nos dejase uno frente al otro llenos de palabras amables, de algo que nos reconciliase con la vida, que borrase el rencor que en este universo en el que estoy me devora y me asusta.
Llevo días, meses, años preguntándome quién soy, quién hubiese sido de no ser por creerme lo que nunca debí creer.
Dónde está la superficie para poder subir a respirar? Hacia dónde he de ir para dejar de ser un ahogado y tener la posibilidad de ser un náufrago? Hoy me miraba en un espejo que reflejaba otro reflejo mío y pensaba en cómo he envejecido, en qué me he convertido, en cómo van yendo las cosas y en cómo he desperdiciado el tiempo que se me fue dado.
Somos la copia inexacta de lo que deberíamos haber sido.
Antes buscaba una foto tuya. Ahora no busco nada.
He aceptado que desapareciste y me he conformado.
No quisiera tener que lidiar con esto, no quisiera tener que luchar contra lo que no quiero luchar.
De nuevo aquí. Cada cierto tiempo acabo en el borde del precipicio. Hay una proporción inversa entre lo que digo que hago y lo que acabo por hacer.
El fin lleva al fin
Esa es la ley
Me gustaría poder cambiar las cosas, tener el coraje de hacer lo que me gustaría hacer. No quiero seguir haciendo esto que hago. La otra vez que dije esto mi vida se desmoronó como paso previo a esto en lo que estoy ahora.
Cambio, cambio, cambio.
Me da miedo el salto.
Me da miedo el vacío.
Me da miedo seguir hacia adelante.
Es como estar atrapado.
Es como ser esclavo de mi inercia y de mi cansancio.
Esta noche soñé con ella. Hablábamos un día, dentro de unos cuantos años, es extraño el tiempo cuando sueñas. Creo que habían pasado más o menos veinte desde que ella interpusiera una era de glaciaciones entre nosotros. Al principio me importó, luego siguió importándome pero aprendí a disimular que no lo hacía. A veces pienso que aprendí a desaprender fuese lo que fuese que ella me enseñó. Fue corto. Duró una tarde de verano. Quise creer que también fue lo de antes y lo de después, pero sólo duró un instante, lo que tarda una estrella fugaz en arder al contacto con el aire.
Me hubiese gustado no gustarle .Me hubiese parecido bien no haber tenido la oportunidad de estar solo con ella aquella tarde. Ahora sé que el universo había escuchado mi ruego y había decidido reírse de mí. Creo que no me importaría estar en ese lugar y haber deseado conocerla, pero lo hice. Eso también lo recuerdo.
Empiezo a recordar el sueño poco a poco; es como un viento cálido que viene de improviso trayendo una última versión de algo que nunca sabré qué fue. Creo que le dije cosas y que ella me dijo otras. Veinte años son muchos para conservar algo de lo que fuimos hace tanto tiempo. Han pasado quince años desde entonces, así que faltan más o menos cinco para que el sueño se cumpla.
Si es que los sueños se cumplen.
Daría lo que fuese por volver a soñar con ella otra vez. Creo que recuerdo dos veces en estos quince años. Recuerdo que pensé que ya no me importaba, que en el sueño las verdades casi nunca llegan ni a ser medias, son proyecciones de nuestra mente desesperada por no parecer desesperada, son deseos nunca confesados, son el certificado de locura que nos habilita como cuerdos vigiles.
Luego se complicó todo. No me enteré de nada hasta que fue tarde.
Nadie sabe nunca nada.
Ahora no debería importar, pero a pesar de seguir disimulando, sigue siendo importante para mí.
Un enjambre de neutrones se precipitaban sobre la escalera atraídos por la masa invisible de sus huellas. Era capaz de verlos al mismo tiempo que sabía que no podía verlos, quizá porque estaba muerto y los muertos pueden ver y saber cosas que los vivos no podemos entender desde este lado y nos tenemos que conformar con crear pensamientos abstractos extraídos de un texto que ha escrito alguien con la intención de transmitir una idea de la que desea que seamos partícipes. Pero en ese instante yo estaba muerto, o quizá era Miquel quien lo estaba y yo estaba pudiendo ser él durante este poco tiempo que se me estaba concediendo. Ser él pudiera implicar no ser yo, pero por alguna razón podía mantener mi conciencia al tiempo que me apropiaba (o era al revés?) de la suya. "No tengas miedo" me dijo. "Te voy a enseñar algo, pero te recomiendo que no le digas a nadie como lo conociste, porque si lo haces acabarás perdiendo la poca credibilidad que ya tienes". He de decir que eso me dolió y me divirtió porque tenía razón, hacía tiempo que no gozaba de la necesaria reputación que se esperaba de alguien como yo. "He aquí el significado de la vida" Y me mostró de qué estaba hecho todo lo que podemos ver, oír, pensar, tocar, ser.
No está siendo un buen año. Podría haberlo sido, pero las cosas no son como deberían. No sé el porqué. Nunca tengo la sensación de estar donde debería estar. Me gustaría poder estar donde tú estás ahora, pero no sé llegar hasta él.
No está siendo un buen año, pero los anteriores fueron peores. Echo de menos cosas que no se si está bien echar de menos. Por otro lado, sigo sin hilvanar nada que se le parezca a una historia. Quizá debería apuntarme a un taller o algo así.
A veces las cosas no son como uno desea, pero está bien así. Sé que C es feliz y me gusta que sea así, Cada vez que conozco algo de ella se me abre una oportunidad para imaginar qué podría haber sido. Pronto sabré algo fundamental de ella, me dijo que debíamos quedar. Sé que me va a doler porque ya me está doliendo desde el día en que me lo propuso. Podría haberme negado, incluso al princpio puse una excusa. Hoy tengo fiebre y he pasado un buen rato en la cama.
No puedo o no sé mantener un orden de las cosas. Tengo la sensación de que todo me sobrepasa. Como ahora. Estoy intentando escribir y sólo soy capaz de escribir una frase detrás de otra sin que pueda darle un sentido. No sé a quien estoy escribiendo y, sobre todo, no creo que vuelva a leer lo que estoy escribiendo.
Daría lo que fuera por poder llevar a la vida real la novela que llevo tanto tiempo escribiendo por las noches. No sé si algún día podré. Probablemente ya es demasiado tarde.
Nunca es demasiado tarde y siempre lo es.
Te echo de menos, sea quien sea a quien le estoy escribiendo, aunque no lo sé del todo, lo intuyo
No me voy a echar de menos cuando me vaya al otro lado del entrelazamiento de lo que soy con lo que pude haber sido. Me hubiera gustado encontrarte, será en la próxima vida, quizá por esto no creo que me duela la vida, sino no haberla podido vivir contigo.
Sólo sé que voy a echar de menos echarte de menos.
Sé que no sabré hacerlo. No sabré llegar al otro lado sin que me arrepienta de lo que dejo atrás, de no haber sabido ser yo; de no haber escrito la novela que tenía dentro y que sigo sin saber por qué no soy capaz de que salga de dentro de mí. Me habré ido sin haber tenido un hijo, sin haber plantado un árbol y sin haber escrito eso que me hubiera acercado a ti sin que pudieras tú saberlo.
Anoche soñé contigo. Soñé que habías llegado a ser mi hija. Bueno, en realidad no fue del todo así. Soñé que leías mi libro y venías un día y yo, claro, sabía quien eras aunque tú no lo supieras. A veces me pregunto cómo eres y si existe una remota posibilidad de sepas que un día estuve a punto de ser quien te sostuviese en brazos una primera vez de muchas. Pero fue otro. Otro al que llamaste papá si es que pudiste hacerlo en la lengua de los hombres de más allá de la tundra, o en esta en la que ahora navegan tus pensamientos.
No me pregunto mucho. Es más, casi ni recuerdo el sueño. Los sueños son como velas que se apagan en la noche, como murmullos de voces de personas que pasan por la calle, el sonido de los coches que nunca sabremos a dónde se dirigen. Y aún así puedo asegurar que soñé contigo y juraría que sé que estás hecha de buena pasta. Necesito saber que estás hecha de un material sensible a los rayos cósmicos que borbotean en algún lugar del universo y que acaban haciendo pompas de jabón al contacto con los iones de nuestra atmósfera. Sé que tú también las ves.
Sé que lo que nos une es que podemos sentirlas como una fina lluvia casi invisible que nos atraviesa y deja rastros de luz en nuestros huesos. Somos la prueba viviente de que aún existe la magia porque si nos miras con detenimiento somos capaces de brillar casi imperceptiblemente entre tanta oscuridad.
Sé que un día nos encontraremos. No sé si sabré que eres tú. Probablemente no.
Sólo sé tu nombre.
Me lo dijo tu madre un día cuando aún creía que podíamos ser amigos.
Es triste no poder creer que yo pueda ser amigo de alguien.
Me hubiese gustado gustarte, pero nunca he sabido gustar a nadie. Es algo así como un don, pero a la inversa. Por otro lado sé que caigo bien en mi entorno. Tengo buenos amigos. Sé escuchar porque aprendí a escuchar desde muy niño.
Aprendí de mi abuelo Manuel y de mi madre. Siempre tenían historias que contar. Creo que vengo de esa estirpe de contadores de historias. Yo debía haber sido un contador de cuentos, pero nunca aprendí a contarlos porque a mí lo que me gustaba era escuchar. Y preguntar. Cuando preguntas al narrador le pones en un aprieto, porque debe imaginar una respuesta que concuerde con lo que está contando.
Yo era un niño. A los niños se les cuentan historias fantásticas hechas con trozos de realidad mal cosidas. A mi madre la escuche durante muchos años contar historias de la verdad, como ella solía llamarlas. Ella no fantaseaba. Era una narradora creíble que describía un mundo que ya no existía: el de su infancia, adolescencia y juventud.
Y yo escuchaba siempre las mismas historias. Hechos que poco a poco fueron conformando dentro de mí un amor incondicional por los personajes que aparecían en ellos. Echo de menos aquel mundo casi tanto como echo de menos a mis padres porque en el fondo ellos eran aquel murmullo lejano que ellos oían cuando pensaban en sus padres y en su vida de entonces.
Dentro de poco me iré de casa de mis padres y volveré a la mía. Me da mucha tristeza dejar el piso en el que pasé horas y horas escuchándola. Me da pánico perder todo aquello porque aunque lo haya perdido seguía teniendo el escenario. Dejar el piso será dejar atrás el mismo mundo que ella dejó atrás y que le hizo perder algo de su identidad.
Tengo la sensación de que fui un mal hijo y al mismo tiempo siento que estuve donde tuve que estar todo el tiempo que me fue posible. En todos los años que escuché a mi madre tuve la certeza de que todo aquel conjunto de historias conformaban un lamento, que su vida fue un continuo sentir que no había sido quien estaba destinada a ser. Entonces pienso que el mundo es muy injusto, que dentro de todo lo malo, al menos tuvo un hijo extraño que la escuchaba.
No me gusta vivir. Detesto todo esto de estar vivo. Me pregunto todo el tiempo en qué pensaba mi madre de mí y en qué pensará ahora esté donde esté, y si sabe qué me deparará el futuro y en si me habrá perdonado que no pudiera hacer más de lo que intenté hacer. En si sabrá que no supe qué hacer y no pude ser quien debería haber sido.
Espero que sepa que trato de hacer las cosas mejor.
Me gustaba pensar que un día tendría aquello que quería tener. Ahora me conformo con no perder lo que no soportaría perder. A veces tengo la sensación que lo entiendo todo y otras tengo la certeza de que no entiendo nada. Voy yendo hacia un lugar al que no quiero llegar. Voy hacia un lugar al que ya no llamo destino, sino casualidad.
Alguna vez que otra pienso en lo que podía haber sido. Creo que cuando me pase la vida por delante pensaré en ti y creo que no pasará al revés. Tú y yo no fuimos recíprocos, cuando quise creer que eras de verdad tú ya te habías ido. Creo que mi recuerdo más cálido será algo de aquello. Me gustaría que fuese de mi infancia, de mis padres, de mi hermana y mis sobrinos, pero sospecho que será algo que tiene que ver contigo. Aún tengo la esperanza en que sea algo que todavía tiene que pasar, pero no soy capaz de creer que algún día me ocurrirá algo tan extraordinario que pase por delante de aquella tarde de verano en la que empecé a soñar despierto para despertar de verdad unos meses después.
No voy a decir que te echo de menos. No soy capaz de echarte de menos más de a los que sí hecho de menos de verdad.
A veces me pregunto si alguna vez me lees, pero entonces me doy cuenta de lo ingenuo que soy. Sé que no lo haces porque nuestras vidas se perdieron la una de la otra y porque tú tampoco quisiste nada más que yo fuese algo así como un comodín.
Sé que te ha ido mal y bien al mismo tiempo. Era fácil adivinarlo. A ti siempre te irá bien aunque no puedas controlarlo todo. Durante mucho tiempo no quise saber nada, pero luego, un día después de diez años me llamaste. No me lo esperaba. Había imaginado ese momento durante esos diez años, cada día, no creo que lo creas, pero es cierto.
Luego me borraste de nuevo.
Muchos días paso por delante de tu trabajo. Por esas casualidades del destino la entrada a tu trabajo está en el camino a mi psicoterapeuta. Tiene gracia. A veces le hablo de ti, y entonces entiendo que yo no soy el mismo que era cuando pasé aquella tarde de verano contigo, cuando se forjó ese recuerdo en el que posiblemente pensaré cuando esté camino del más allá.
No soy el que quería ser entonces.
No soy nada de lo que había imaginado ser. Nadie es quien cree que será.
Han pasado muchas cosas.
Todas más importantes.
Hoy pasaré por delante de tu trabajo aunque a una hora en la que no estarás. Así no voy a poder olvidarte nunca.
Creo que he perdido la apuesta. Todo lo que él hace lo hace mejor que yo. Me lo dice, pero luego no lo hace. Cree que todo lo mío acabará siendo suyo, sólo tiene que tomar la decisión de hacerlo y así será. Y a mí me da miedo.
Vivo con miedo.
Desde siempre.
Hasta hace poco no lo sabia. Siempre he tenido la sensación de que vivo gracias a haber sobrevivido a algo que no recuerdo. O al menos no recordaba.
Pero el otro día lo supe. Lo vi claro. Vi el miedo acercarse y alejarse después. Se paró y miró hacia atrás, hacia mí. Luego se dio la vuelta y se fue para siempre.
Paso muchas veces por el puente desde donde se tiró. No he vuelto a hablar de ello. Nunca he sabido el porqué. No creo que exista un porqué real como argumento. No me gusta generalizar, no me gusta hablar de los suicidas en plural porque cada historia es distinta, cada alma es lo más singular que existe, no hay dos huellas álmicas iguales.
A veces hablaba con su padre. Era un buen hombre al que le tocó vivir lo más duro que puede sucederle a alguien. Siempre me preguntaba qué quería hacer, que si necesitaba algo lo llamara o lo fuese a ver. Ahora sé que lo decía en serio. Era uno de los entrenadores de fútbol del colegio porque era también el padre de uno del equipo. Yo era muy malo, pero tuve algo así como una temporada buena. No sé qué sucedió. Aprendí a regatear, a pisar la pelota y a chutar a portería. Luego no sé qué pasó y volví a dar una.
Nunca he sabido qué me pasó en aquella época. Creo que fue el miedo de nuevo. Miedo a perderlo todo, miedo a la violencia física y al desprecio. Miedo a no ser y ser al mismo tiempo.
No sabría decir el porqué. El otro día fui a con R. mi terapeuta. A veces voy sólo a verla porque me cae bien, porque puedo hablar de todo. Puedo contarle que vivo con miedo y sé que ella no me juzga como haría cualquier otra persona que no me conociese. Le hablo de los extraterrestres y de las olas cuánticas, de limpiezas energéticas y al mismo tiempo de mis desvelos financieros y de mis proyectos de ingeniería, de mis viajes, de mis sincronicidades, de mi universo y del meteorito que tarde o temprano arrasará la burbuja en la que vivimos.
R. no lo sabe, pero ha sido mi anclaje al mundo. Aunque creo que sí lo sabe y no lo dice.
Mi sobrino también ha sido mi anclaje. Si no fuera por él no tendría a nadie.
No me queda nadie excepto mis dos sobrinos. Y yo soy todo lo que les queda. O casi.
El momento más hermoso de mis días es verlo entrar por la puerta de su casa con su perro. Se tienen el uno al otro, pero esa imagen es algo que me conmueve. Entonces pienso en que no soportaría perderlo. Y pienso en las malditas guerras y en la gente malvada y me entra una gran tristeza.
Hay momentos que lo engloban todo. Lo mejor y lo peor, lo que existe y lo que sólo es una probabilidad; el pasado y lo que está por venir. Todo al mismo tiempo, o peor aún: como si el tiempo no existiese y todo estuviese ocurriendo al mismo tiempo, como si el futuro ya hubiese ocurrido y condicionara al pasado para que pueda ocurrir algún día.
Algo así como declinan los alemanes.
Pero es hora de irse a dormir. Escribiría tanto como puediera, pero no acabo nunca de saber qué, ni cómo.
El miércoles estuve donde Enric para presentar otras dos patentes. Luego por la tarde fui a visitar a Francesc y me dijo que tenía que escribir.
Sé que cuando me muera y vea mi vida pasar pensaré que la desperdicié porque no escribí la novela, ni mis patentes llegaron a donde tenían que llegar.
Y pensaré en el cansancio y sabré que el cansancio no existe.
Y supongo que veré el túnel y alli me estarán esperando mis seres queridos, como seguramente estaban esperándole su mujer y su hijo al padre de mi amigo que se tiró por un puente. Y si vio pasar su vida, supo que lo hizo todo lo bien que podía haberlo hecho.
Me cuesta pensar en cómo es el mundo y en si alguna vez tendré la perseverancia que he tenido en sacar adelante todo lo que estoy sacando adelante.
A veces pienso que trato de recordar la imagen de mi sobrino entrando por la puerta de su casa con su perro porque es lo que quiero ver cuando me muera para saber que lo hice bien; que el mundo que dejé no fue el que creí que dejaría, pero sí mejoré el suyo dentro de mis posibilidades.