domingo, 12 de julio de 2015

Y que me nacieran historias otra vez


Me gustaría que en mis días sonara una banda sonora que me acompañara cuando voy al trabajo o cuando estoy en silencio; una banda sonora suave y tranquila a veces, cuando pienso en ti, música y silencios mezclados, como en las películas de autor que veíamos en el cine Verdi...

... y una voz en off

que me contara lo que está pasando, que leyera lo que pienso y lo que siento en voz alta, susurrándome al oído el guión que algo o alguien está escribiendo en ese momento... y en el que tú y yo somos los protagonistas principales.

sábado, 11 de julio de 2015

Miss Oh! no, Lulú...



Y hoy he leído las entradas que escribí cuando la conocí.

Y sigo sin entenderlo.

Va siendo hora de que me despida de verdad

miércoles, 8 de julio de 2015

El silencio del perdedor


Podría haber sido de otra forma. A veces me equivoco y sé que me estoy equivocando. No sé si eso me convierte en culpable, pero en ese momento en el que ocurren las cosas me da igual. Los remordimientos llegan luego, pocas veces, lo reconozco; no soy mucho de pensar qué podría haber cambiado si yo hubiera hecho esto o aquello. Todos nos equivocamos alguna vez. Yo, muchas.

Pero si pienso en ella no tengo escapatoria, es como si tuviera algo pendiente con todo lo que ella es, como si, de alguna forma, me hubiera convertido en responsable de lo que le ocurriera a partir del momento en que la conocí. Con respecto a eso, creo que lo hubiera podido hacer mejor, es decir, creo que hubiera podido hacer algo para que su vida cambiara a mejor, pero la gente no cambia sólo porque tú quieres que cambien. Nadie cambia a menos que le ocurra algo muy gordo, o que esté harto de que todo le salga mal y se proponga no seguir haciendo siempre lo mismo. Entonces sí que existe una pequeña esperanza.

Pero se trata sólo de eso: una minúscula posibilidad. Somos animales de costumbres. Y ella se había acostumbrado a vivir como si todo fuera una huida hacia delante. Creo que hay gente que sale corriendo un día sin saber muy bien hacia dónde ni el porqué lo hace. Ese tipo de adrenalina engancha, el cuerpo se acostumbra a los garitos oscuros y a que todo parezca fácil, sin responsabilidades más allá de sentirse vivo. Lo sé porque lo he visto noche tras noche durante muchos años y si algo me ha salvado es la incapacidad para sentir eso que intuyo que sienten otros. No me importa, sin embargo un día conoces a alguien que sabes que se va a estrellar en cualquier momento. Y aunque te has prometido que nunca te jugarás el pescuezo por nadie así, un día te ves metido en ello.

Como cuando encuentras a un cachorro abandonado en la calle y te lo llevas a casa.

Estás perdido. Te dará algo que no sabes que existe. 

Te dará un motivo.

Y un motivo es lo que necesitas, es lo que estabas esperando desde hace años sin que te atrevieras a pronunciarlo en voz alta, ni siquiera a media voz, ni siquiera para ti.

Y de la misma forma que un cachorro te araña las cortinas y te muerde los muebles, de la misma forma que te ensucia la casa y te obliga a tenerle siempre presente, habrá persona que hagan eso con tu alma.

Y sin saber por qué los querrás.

Por eso, te voy a dar dos consejos. Nunca recojas un cachorro de la calle y nunca te enamores de alguien de quien no puedas no enamorarte.

martes, 30 de junio de 2015

Idiota


Ayer volví a leer algunas entradas de 2010. No me gusta la persona que se refleja en ellos. Me avergüenza profundamente casi todo lo que escribí. No me gusta cómo escribo, pero esas entradas fueron demasiado crudas, fueron escritas desde la rabia, veo a alguien innoble, alguien que no quiero ser nunca más. 

Creo que cambiar el tono en le que se expresa cambia a la gente, y que también, cuando la gente cambia, es capaz de cambiar lo que dice y siente habitualmente. Me gustaría que todo lo que dije no hubiera sido dicho. 

Supongo que tendré que vivir con ese que fui, aprender a no serlo nunca más. En parte, creo que sí he aprendido algo, aunque sea a huir de la gente y viajar con poco equipaje. 

Luego, después de un rato, pensé que hay cosas que se dicen cuando echas sal en una herida abierta, cosas que se gritan. 

No fue justo. Supongo que no sirve de mucho. Ella ya no entra en el blog. Entonces sí, y tuvo que dolerle mucho. 

Estaría bien que pudiéramos reflexionar con la madurez que nos da la perspectiva de los años, justo en el momento en el que suceden las cosas, pero no es así. 

A veces creo que no podré empezar nada nuevo de verdad hasta que haya cerrado esa parte de mi vida en paz. 

Nadie tiene la capacidad de hacer las cosas de la forma en la que quiere en el instante en que suceden, pero pueden pasar años pensando en cómo hubiera tenido que hacerlas. 

Ese, supongo, es mi caso.

viernes, 26 de junio de 2015

El fondo del mar


Al principio creí que quemar deseos en la hoguera era otra forma más de tentar a la suerte, algo así como lanzar un sedal al mar con la intención de pescar ballenas, pero una noche de Sant Joan, quemé su nombre (o él me quemó a mí, no lo recuerdo) y eso cambió el rumbo de mi vida, o eso quiero creer, no sé.

El caso es que a veces uno desea algo tan grande que puede arrastrarlo hasta el fondo de un silencio oceánico, tan maravilloso como irrespirable, tan lleno de vida como de corales agonizantes; hasta que lo rescata una sirena, como en el cuento. Los hombres tenemos algo así como un contra-cuento de la Cenicienta, donde al príncipe lo salva un pez. deberíamos inventar una género femenino para pez sin que tenga que ser necesariamente "peza".

No sabría decir qué ni cómo salió mal. Me basta el dónde y es hasta aquí hemos llegado. El tiempo lo quemará mejor que todas las hogueras de Sant Joan juntas, al menos a mí me queda esa esperanza. Mientras tanto, sigo creyendo que se pueden atrapar deseos inmensos, aunque te sumerjan hasta paraísos insondables.

Uno puede regresar del deseo si sabe romper el sedal a tiempo.

Supongo que sólo tenemos una vida para averiguarlo.

Aunque a veces me seduce la idea de que vivamos simultáneamente en infinitos universos en los que enmendar errores, y en donde en uno al menos, somos capaces de respirar debajo del agua.

martes, 23 de junio de 2015

La hoguera donde quemé mi deseo


Años más tarde me confesaría que la noche en que la conocí había estrenado un wonderbra. Y yo que creía que me había conquistado su sonrisa... todos los hombres somos iguales. Algunos más iguales que otros, pero ¿qué le voy a hacer? Supongo que aprendí a leer su cuerpo con las manos y me volví un estudiante aplicado, eso es todo.

O eso debería haber sido todo. Yo creo que uno se enamora precisamente cuando no quiere hacerlo, que es algo así como una gripe; sabes que salir a la calle sin chaqueta te puede costar una pulmonía, pero sales igualmente porque tienes la estúpida creencia de que ese día las leyes de la naturaleza no funcionan contigo. Y a mí me pasa eso, yo ya sé que no debo quedar una segunda vez, que un virus al que no soy inmune anda suelto. El segundo día llevaba puesta una sonrisa en lugar del wonderbra. Lo hubiera preferido. No tuve escapatoria.

Y de haberla tenido no hubiera intentado escapar.

Supongo.

Un viento se levanta


Cuando la conocí yo empezaba a buscar eso que siempre creí que pertenecía sólo a unos pocos magos. A mí, por aquel entonces, me costaba digerir tanta inocencia o, por lo menos, la veía pasar como se ven pasar las paradas cuando te has equivocado de autobús. Y pensé que tenía tanta suerte de que el tiempo se detuviera de esa forma que no creí que pudiera volver a ponerse en marcha nunca más...

Pero supongo que las cosas ocurren porque no tienen remedio y así, como con todo, con el tiempo he aprendido a no perder la cabeza. Yo creo que eso es un rasgo de la edad que juega siempre en contra: sobrevivir. Sobrevivir está sobrevalorado. Lo importante siempre fue arder hasta consumirse.

No sé cuándo lo olvidé. Supongo que al mismo tiempo que olvidé lo que era estrellarse.


Hoy hace diez años, es decir, cuando den las diez de la noche de hoy hará algo así como una década. Siempre hay un día en el que te cambia la percepción de las cosas, y sospecho que lo peor que puede sucederte es que en realidad cambien, aunque sea años más tarde, para volver al lugar de inicio y que tú regreses con él.

A veces la verdad contiene demasiadas mentiras.

Y las mentiras, demasiadas certezas.

Pero no puedo evitar sentir nostalgia. La tristeza que la provoca hace tiempo que dejé de sentirla.

La tristeza está también sobrevalorada. Es lo que te lleva a resignarte y la resignación a sobrevivir.

Y lo importante siempre será arder.

Como en una hoguera.

Hasta que no quede nada del pasado.

O hasta que muramos en el intento de asaltar las estrellas.

lunes, 22 de junio de 2015

Mañana hará diez años



Ella tenía casa en ese lugar en el mundo en el que yo siempre había soñado vivir. Igual fue sólo por pura piratería de sentimientos, por decir yo he estallo allí y he vuelto, que la quise. Lo que no sabía es que puede que haya lugares desde los que se puede volver, pero hay personas de las que no se puede regresar nunca.

Tal vez sea sólo una suposición mía y, en el fondo, uno nunca es el mismo pase lo que pase; pero si hoy pudiera pedir que se me concediera una cosa, una sola, sería llegar a saber si sigo todavía allí y esto, esta sensación de que aún estoy vivo y vivo esta vida en la que estoy escribiendo en este blog que no sé si es mío, es una forma de seguir con la esperanza de que todo regresará al mismo estado antes de encontrarme con ella.

Para volver a conocerla.

Y que todo fuera distinto.



Supongo que tendré que aprender a vivir así.

domingo, 21 de junio de 2015

Verano 2015


Aprender la diferencia entre lo que es y lo que parece que es, entre lo que quieres y lo que necesitas ahora, perder el miedo a dar pasos en falso que pisan huellas de otros pasos en falso que tuvimos que desandar. Demasiado difícil para intentarlo de nuevo, demasiado viejo para volver a pretender que aún puedo con casi todo lo que me proponga. Perder, a veces, para sacar fuerzas de donde no quedan, perderse y no saber volver a casa.


jueves, 28 de mayo de 2015

La oscuridad infinita


Hace tiempo que no escribo. Supongo que estoy demasiado ocupado o que escribir ya no ocupa el espacio que antes reclamaba como suyo. Supongo que me he hecho menos reflexivo y más activo, o que simplmente, todo vuelve a tomar velocidades casi tan de vértigo como soñaba que tendrían cuando rezaba para que los sueños se materializasen.

Durante estos años he ido escribiendo una y otra vez los inicios de proyectos que nunca acabaron de funcionar del todo. Era lo más sensato para no caer en la desesperación del día a día. Ahora recuerdo aquellos días como una gran mentira de la que no habría podido surgir esta realidad que empieza a tomar forma.

A veces me pregunto cómo pude soportarlo, no me refiero a que la vida fuera algo oscuro y difícil de llevar, sino cómo pude construir un personaje que caía y se levantaba y hacerlo mío hasta que yo mismo acabara por ponerme ese traje para salir al mundo y convencer a los demás de algo en lo que, en realidad, no creía.

A veces creo que sigo soñando.

Y me detengo y me pregunto si todo esto es cierto.

Tengo miedo de que sea igual que otras veces, que necesite otra mentira más para poder seguir adelante. Entonces miro a mi alrededor, entro en la cuenta del banco y miro la cuenta corriente, voy de vinos con los amigos y puedo pagar mi parte, los veo y pienso que nadie sabe quién o qué he sido, como si tuviera un pasado del qué avergonzarme. Supongo que ya nada será como antes, que yo no seré el mismo que hubiera sido si no hubiera visto la miseria tan de cerca, tan en silencio, tan desde detrás de las cortinas.

Durante mucho tiempo he sentido desprecio hacia la gente corriente, desprecio por los que tenían un sueldo a final de mes, no odio, sino algo más lúgubre y de baja intensidad, como si perteneciera a una casta que conoce algo que no conoce el resto, donde las cartas de embargo, las llamadas telefónicas a horas intempestivas reclamando tres cuotas de hipoteca, o el pasar por casa de mis padres para comer constituyeran algo de lo que no avergonzarse, sino que a quien debería avergonzar es al resto.

Y ese sentimiento ha quedado impregnado en lo que soy. El hombre que soy no puede ser ya de otra forma, ha aprendido que las cosas son más duras de lo que parecen y sabe que se puede adaptar a casi cualquier cosa. Y eso me hace sentir orgulloso y al mismo tiempo me aleja del mundo, me previene contra la felicidad. La felicidad es dejar de estar alerta.

Y entonces comprendo mucho mejor el odio.

El odio no es sólo miedo, el odio es el miedo a la felicidad cuando tú estás excluído de ella.

Y entonces dejas de amar

porque ser feliz implica amar

Y ese es un lujo que no se puede uno permitir cuando sólo se vive para sobrevivir.

Y un día piensas en todas las personas del mundo que sienten eso mismo que tú, a veces multiplicado por mil o diez mil y te parece un milagro que no salgan todos en tromba hacia donde estamos nosotros, que vivimos en la opulencia y en el despilfarro mientras ellos mueren en guerras o por hambrunas.

O por un mísero vaso de agua contaminado.

Y entonces...

...entonces mi vida cobra sentido.


miércoles, 1 de abril de 2015

El tiempo acabó por borrar su nombre, pero gmail, linkedin y ahora Andrés se empeñan en devolverlo de vez en cuando...


A estas alturas, yo ya sé que el tiempo cura poco y mal, que lo único que se puede hacer es mirar atrás y acostumbrarse; y a mirar adelante con un poco de miedo a que al volver a mirar atrás los recuerdos queden más lejos que la última vez y a tener miedo de ya no verlos. Y también acostumbrarse a eso.

A estas alturas ya no me quedan dudas, de las poco importantes quiero decir, porque las otras, las de si aún piensa alguna vez en mi, todavía están ahí, agarrándose al clavo ardiendo. Pero por lo demás ya no creo en nada. Tampoco echo de menos nada. "Nada" debe ser un estado de ánimo.

Supongo que es la primavera, que rompe con fuerza este año, y el eclipse y esta gripe, y tanta lluvia y tanta crisis y tanto tiempo así...

... esperando a que curase las heridas y era un fraude.

Tengo suerte de que al menos pueda seguir escribiendo estas cosas casi sin dolor, de hacer de sueños corazón, de abrir puertas de las que nunca imaginé encontrar la llave, de haberme convertido en lo que quería ser de niño, de saber pasar el tiempo sin echar de menos la alegría, de no irme ahora mal con las mujeres...

... pero nunca pensé que las coincidencias fueran a acertar hasta con las placas de las calles.



... y me pilló desprevenido.