miércoles, 13 de julio de 2011

Por qué lo llaman amor cuando quieren decir confusión?


Él tenía la certeza de que hay personas que están hechas para vivir entendiéndose con otras, que se puede comprender casi todo, que se puede perdonar lo aparentemente imperdonable. Y ella sabía que él pensaba así, pero también pensaba que las cosas eran de otra manera distinta, de lo que no se daba cuenta es que ese detalle de saber cómo pensaba él, era una constatación (en contra de lo que ella creía) de que estaban hechos para entenderse aun sin palabras. A veces lo decía en voz alta "nunca antes me había sentido así, con tanta confianza". Y en esa rebeldía de querer tener razón fue rebuscando, entre los quehaceres cotidianos, argumentos que hablaran en contra de los de él. Y poco a poco, rebatirle cada frase que él pronunciara acerca de esa tolerancia cariñosa que a veces es el amor, se fue convirtiendo en una costumbre. Entre ser feliz y tener razón acabó apostando a lo segundo. Eran una pareja dialogante, hasta que empezaron a dialogar por todo.

Ella era algo más alta, unos meses más mayor, dirigía un departamento en una compañía que incluso se anunciaba en televisión, tenía dos o tres amigas íntimas que la envidiaban en secreto, una belleza exótica y discreta, cierta propensión al ahorro, una dolencia crónica y leve que sólo aparecía cuando cambiaba el tiempo, no le gustaban los muñecos; iba a sesiones de ballet moderno en colectivos y en garajes, tenía una colección de catálogos de muchas tiendas a las que nunca había ido (ni iría), le gustaban las plantas. No le gustaban los perros.

Él era moreno, si hubiera tenido niños con él a ella le hubiera gustado que tuviera sus ojos, era trasnochadamente amable pero sin ser cursi, si veinte personas se quedaran atrapadas en un espacio cerrado sería esa persona que encuentra la solución o la salida, siempre tenía una palabra de ánimo en el ánima, quedaba el segundo o tercero de su promoción en la universidad o en los másters y postgrados que hizo después, nunca el primero; cuando decía algo parecía que lo dijera directamente desde el corazón. Y decía, a quien quisiera oírle, que la quería.

Tabajaban muchas horas, se veían a la hora de la cena, bebían una copa de vino en la sobremesa, a menudo se encerraban a acababar informes para el día siguiente, dormían con cansancio, hacían el amor sin rutina, él sabía invertarse cosas que susurrarle al oído para que ella se volviera loca, ella gemía como si fuera a acabarse el mundo, él la tenía tan gruesa que incluso después de todo el tiempo trnscurrido, a ella aún le dolía cuando entraba con prisas, a él le gustaba salivar las sílabas
cuando leía, con la lengua, su cuerpo. Hablaban por las noches, follaban y luego volvían a hablar, en unas tertulias con sexo que, sin ellos saberlo, mantenían despiertos a la mitad de los vecinos del patio de luces a los que daba su habitación.

Un día a ella, en un vuelo a doméstico, se le vino a la cabeza hacer una lista para poner nombre a esas sensaciones que tenía a veces con él. Día tras día anotaba algo que podía explicar esas repentinas ganas de situarlo en su nivel. Dentro de ella se empezaron a acumular aquellas cosas que los hacían diferentes, y empezó a compararlo con los hombres con los que se cruzaba en el trabajo, directivos y hombres que manejaban cifras. La lista se fue alargando porque los viajes eran muchos y las reuniones hasta tarde, y poco a poco pensó que el cariño se pueden encontrar en cualquier parte, que ella pertenecía a otra raza de gente más preparada, eficaz y dura. Sólo para demostrárselo despidió a uno de sus empleados. Y en ese despido lo vió a él.

Después de días en que se mostrara desapegada y él se diera cuenta y preguntara, ella le dijo que pensaba que eran muy diferentes y lo mejor sería que se separaran. El argumento era simple, tan simple que él lo entendió a la primera. Pero no supo comprender el porqué, porque cuando alguien que gana el doble que tú te dice que eres diferente y por tanto, que estás despedido, se le queda cara de "quizá tenga razón". No hubo veinte personas esperando una respuesta, pero él encontro la salida. Pensó que quizá ella tuviera razón. Pero la razón no basta cuando se quiere a alguien que ha dejado de quererte.

Ella estrenó la libertad con un antiguo conocido, alguien a quien se había encargado de que él no conociera porque si había algo que él tuviera era intuición. Pero habló a él de este desconocido suyo y él supo, por el tono y por las formas, que a ella le gustaba.
Se seguían viendo, él se debatía entre la rabia y la esperanza, ella entre el cariño y el desprecio. Ella se fue a vivir con su desconocido en apenas unos meses, él perdió diez kilos, el trabajo, los amigos.

Pasaron cinco años, o quizá dos que parecieron cinco, él pasó por tres o cuatro trabajos en los que no rendía hasta que montó algo que tenía metido en la cabeza desde hacía años y que a ella le parecía una tontería. Ella perdió el trabajo de directiva y se dió cuenta que sus compañeros eran sólo eso: alguien que compartía horario y oficina, el desconocido resultó ser una gran voz sin nada que decir, argumentos sólo para tener razón. Como si la razón lo fuera todo.

Él siguió entre la rabia y el esperpento, no supo conocer a otras mujeres, vivió una vida con suspense, como cuando se espera a que salgan las notas de un examen. Ella, empezó con eso de las citas de internet, es decir, empezó a comprar en la teletienda, objetos y personas que nunca cumplían lo que prometían y que, para ser sinceros, no contaban con el factor entendimiento que no echaba de menos porque él seguía quedando cuando ella quería.

El negocio de él fue bien, demasiado bien, increíblemente bien. Amasó una pequeña fortuna. Conoció a una chica que todo el mundo decía lo mucho que se parecía a ella, él seguía viéndola y si le hubieran preguntado si volvería con ella, hubiera dicho aún que sí. Y ella lo sabía, no hay nada menos interesante que una devoción así vista desde fuera.

Él acabó tirando la toalla, y mientra cerraba una puerta, abría otra; se fue a vivir con la chica que a él no le recordaba a ella. De vez en cuando, el universo los cruzaba por la calle de forma casi casual, dejaron de sonarse los móviles, creo que a él le robaron el suyo y no recordaba su número, es lo que ocurre.

Un buen día, alguien le dijo a ella que la fortuna de él se la debía a ella. Al fin y al cabo, quien le había puesto en contacto con el producto había sido en la época en la que vivían juntos. Ella hizo otra lista con las razones por las cuáles le pertenecía una parte sustancial del negocio. Se lo pidió. A él se le quedó la misma cara que se le queda al que le ponen una multa por ir demasiado despacio. Él le dijo que hubiera podido tenerlo todo pero no lo quiso.

Ella lo demandó y perdió. Él pasó de la incredulidad a la incomprensión y encerró en un cajón bajo llave los recuerdos queridos. Probablemente no tiró la llave, pero no supo en qué bolsillo de qué pantalón se quedó.

Y probablemente ella, un día sola, cuando quien vió el negocio del sigo también la dejó, pensó en que quizá él tenía razón cuando decía aquello de que hay personas con las que sabes que te vas a entender toda tu vida. Y tal vez, sólo tal vez, entonces pudo admitir que él era esa persona, que a veces, las diferencias sólo son factores a sumar y que hay personas con la que todo es tan fácil que sólo las echas de menos cuando ya no están. El cariño puede estar en todas partes, pero no la ternura, la dureza puede estar en cualquier sitio, pero no la determinación, que no te ayuda quien te puede ayudar sino quien quiere hacerlo, y nunca es demasiado tarde hasta que uno provoca que lo sea.

Él siguió queriéndola y preguntándose el porqué de aquella negación de lo que había entre ambos y pensó durante mucho tiempo, quizá hasta el último instante antes de su muerte, en si pudo haber hecho o haber sido diferente en algo que hubiera cambiado las cosas. Pero no pudo.

Y justo en el instante después de su muerte pensó (o sintió) que tenía ganas de verla de nuevo, como si eso de entenderse de forma tan especial no fuera sólo con la vida o las casualidades, sino que fuera otra cosa aún más inexplicable.

lunes, 11 de julio de 2011

Un día tú y yo seremos agua




Sin nada qué contar... quizá que anoche me tumbé en la terraza por primera vez en mucho tiempo. Y respiré, y pensé en meditar, y casi consigo poner la mente en blanco. Hace demasiado tiempo que dentro de mí hay un bullicio como de feria, de finales de agosto, de calor bochornoso, de polvo que embadurna los zapatos, de luces de colores, de algodón de azúcar, de mil voces que confunden a una sola voz, quizá la mía.


Me propuse practicar el silencio y no pude. Hacía fresco, eso sí, me tumbé en la colchoneta. El cielo estaba allí, con todas sus estrellas, como si todos los fuegos artificiales del mundo hubieran quedado impresos uno encima de otro sobre un papel oscuro, como si la noche fuese, en realidad, un gran telón con miles de quemaduras de cigarrillo que tapa el fondo blanco del universo. No pude practicar el silencio pero sí la contemplación. De vez en cuando, un avión cruzaba en línea recta, mi trocito de cielo.


Ya no pienso en ella como antes, demasiadas cosas dentro de mí (cuando digo de mí, me refiero a que los pensamientos están dentro no sólo de mi cabeza sino circulando por todo mi cuerpo) decía, demasiadas cosas dentro de mí como para que quepa el pasado. Echo de menos a los amigos que se han ido yendo con las mentiras y las medias tintas. Reconozco que ahora entiendo cuando los famosetes se querellan por difamación. Y a veces me acuerdo de Gila y de aquello que contaba de que había detenido a un asesino porque cuando se lo cruzaba por la calle decía "aquí alguien a matado a alguien" o "alguien es un asesino" y el otro acababa confesando su crímen. Me daría risa si no fuera porque alguien ha hecho de Gila y ha ido diciendo por ahí que "Toni podría no ser quien dice ser" o "A lo mejor Toni oculta algo" y lo ha ido diciendo entre mis amigos. Y contra eso, no puedo hacer nada.


Supongo que son esas cosas uno las debería ver antes. Cuando alguien ha hecho algo y le ha funcionado, lo volverá a hacer. Y nada mejor que limpiar la imagen que ensuciar la del otro delante de sus amigos. Ahora eso ya no importa, ya el tiempo ha pasado, mi vida transcurre mirando al teléfono y sonriendo ante su silencio, es extraño el destino: me dan una patada en el culo cuando más necesito que estén a mi lado, y encima soy yo el delincuente.


Quien haya leído este blog durante el último año sabrá de qué hablo. Así que ayer me tumbé en una colchoneta en la terraza y me contemplé el gran telón negro agujereado por quemaduras de cigarrillos y quise poner la mente en blanco sin conseguirlo.


Por el camino he ido dando tropezones, he vuelto a creer en mí mismo, me he dado una hostia increíblemente fuerte, he avanzado en el proyecto del agua, he seguido hacia adelante incluso con todo este barullo dentro, he escrito en un blog (éste) tratando de arrancar a la decepción y a la rabia palabras e imágenes que conmovieran, he vaciado poco a poco la urna donde guardaba las cenizas del pasado, he conocido a personas que llevaré en mi corazón para siempre, y sobre todo, he llegado al momento en el que sólo necesité una colchoneta, el suelo, y un puñado de estrellas, para ser casi feliz.


Porque la felicidad es vivir en calma, la felicidad es que todas las voces que tenemos dentro de nosotros se queden boquiabiertas, como un niño, ante algo extraordinario.

domingo, 10 de julio de 2011

Ahora



Ahora que las palabras suenan a despedida, que este verano nos atraca a cara descubierta con una escopeta de calores recordados, ahora que la luz molesta y uno, que tiene los ojos demasiado claros, ve casi, casi, por una rendija, ahora que con el tiempo uno ha acabado por tener vocación de trópico, y le vienen ganas de emigrar al norte huyendo de esta sequía de abrazos, ahora que somos mucho más que extraños, enemigos lejanos, ahora que no somos ni seremos lo que estábamos destinados a ser tú y yo, ahora se produce este milagro y tu voz y mi voz se entrecortan y se ríen. Es extraño el azar, es extraño todo lo que mueve la necesidad de convertirse en torrente de palabras y que éstas lleguen al mar de la confianza.

sábado, 9 de julio de 2011

Fantástico sábado


Sabíamos que iba a ser difícil, lo sabíamos incluso antes de que la niebla desapareciera, antes de que la humedad relativa del aire me partiera en dos el alma como a una cáscara de huevo. Sabíamos que iba a ser difícil, me pregunto si pude haberlo visto antes y mezclarme con esa niebla y vaporizarme con ella. Pero no pude. No supe, o pero aún, quizá no quise.

A día de hoy, si miro hacia atrás, cada uno de los acontecimientos que se sucedieron durante aquella época acabaron por empujarme un poco más y cada vez, hacia mi destino y, sin saber muy bien cómo, podría distinguir un plan maestro que yo ejecutaba sin conocerlo. Qusiera creer que el azar traza surcos en la vida de cada uno como si fuera un campo y siembra en él semillas que a veces germinan y en otras (la mayoría) no.

Me pregunto si uno está en disposición de saber, nada más verla, qué semillas darán buenos frutos o malas hierbas, si existe una forma de mirar, de entender, de sentir con la piel las cosas que a uno le suceden. Generalmente, después de estar pensando en ello durante un tiempo, llego a la conclusión de que no existe tal habilidad. Pero a veces, y sólo a veces, algo dentro de mí me habla, en una lengua que extrañamente comprendo, y me dice que explore en las coincidencias y en el entramado de casualidades que se suceden a lo largo de los días. No tengo más que decir que luego, y después de dudar de si no tendré algún transtorno de la personalidad que tenga que ver con voces dentro de la cabeza, acabo por obviar esas impresiones...

... hasta que pasado el tiempo y una vez ha sucedido algo, repaso esas intuiciones de que deheché. Y ahí están, en muchas ocasiones certeras como flechas. Me pregunto qué me lleva a hacer cosas a pesar de que la intuición me dice que no las haga, que no confíe...

Cada vez las desilusiones son menos. Cada vez, las desilusiones tienen menos de ilusión frustrada.

Y es que supongo que voy madurando. Quizá por eso nos guste tan poco madurar.

miércoles, 6 de julio de 2011

El dedo en la llaga


Se cierra la puerta, madera de luz, brillo fugaz, de par en par, con los brazos abiertos para la despedida, las manos abiertas listas para agarrar el aire en una gran burjuja imaginaria, si estuvieras aquí te diría que me sabe a sal y a sol cuando paso la lengua por tu piel.

Se baja el telón, terciopelo del color de la granada, silencio de los focos que, uno a uno, se apagan, marcas de pasos sobre la tarima que descansa, que duerme sin querer, sin ser, sin estar... tablas que no admiten su condición sedentaria y sueñan que se van con cada uno de los pies que toman impulso para salir volando, como esos perros que siguen a los coches cuando salen del pueblo, como los niños que extienden los brazos para que los cojan en brazos.

Se apaga la luz y se bajan las persianas, apenas unas rendijas rebeldes espían tu desnuda desnudez, desierto de dunas de arena fina y blanca. Siempre fuiste eso para mí: la sed del desierto. Mi país se extendía por la geografía de tu cuerpo, quise cartografiarte con las manos, hacerte mapa para no perderme. A estas alturas ya debería saber que siempre seré un desorientado crónico, un candidato perfecto a saco de huesos abrasados por el sol y la luna; sabía que me perdería en ti como se pierden los sonidos al poco de salir de la boca. Sabía que moriría por ti en cuento te vi asomando por la esquina, en cuanto tus ojos desbordaron mi timidez como rebosa un cubo de agua bajo un grifo, lo supe, o más bien lo intuí, y quise salir corriendo pero las piernas no me obedecieron. Nunca lo hacen en situación de vida o muerte, hay algo en la fatalidad que les atrae, hay algo de vórtice, de agujero negro, en ciertas personas que anula las comunicaciones entre mi alma y mi cerebro.

Mis piernas nunca obecedieron ni a una ni a otro.


Decías que uno siempre puede elegir hacia dónde ir, quién ser, qué pensar, cómo, cuando y con quién vivir. Y en cuanto te oí decir eso, pensé que eras mi primer cuento, uno de sol y silencio; siempre se me dio bien hablar de desiertos, de hombres que apenas tienen lo que les cabe en una mochila, ¿sabes? sólo se tiene de verdad lo que te cabe en las manos, en las mías cabías tú y por consiguiente, toda la arena de todos los desiertos, todas las gotas de todos los mares y todas las lluvias; cabía tu nombre, cabía tu voz.


Llevo tu voz en los bolsillos, para si alguna vez te oigo reconocerte de inmediato, llevo tu nombre atado a mi tobillo, con la tintineate melodía de mis pasos, que me llevarán hasta ti, en algún lugar o tiempo no tan equivocado, donde la luz no tenga el sabor del óxido de la sangre de los cristales del último beso, donde el último beso dé paso, como en un eterno retorno, al primero.



Coldplay - The Scientist por EMI_Music

Martes por la noche, muy negra noche.


Acabo de llegar a casa... cada día está más cerca el sueño del agua, cuanto más lejos estoy financieramente hablando, más cerca parecen los objetivos y destinos.

Es extraño el azar, a veces la ruleta se detiene en rojo impar unas cuantas veces seguidas... es irritante el azar... siempre llega el negro a darte de bruces con la realidad.

Sé que mi destino es la soledad, como lo es la sombra para la luz, lo sé, lo he sabido desde siempre, desde la primera vez que tuve conciencia de mí mismo y los demás, desde que soy capaz de evocar el olor a hierro de los columpios del parque que ya no existe.

Aunque no te lo creas te echo de menos, a veces entro de puntillas y te veo dormir en silencio, te leo...

lunes, 4 de julio de 2011

Palabras que son sólo palabras... gajos de naranja, racimos de cerezas


Sin nada más que contar... tarde de lunes, soy de esas personas que necesitan trabajar junto a otras personas y llevo demasiados años trabajando solo. Y al mismo tiempo ya no sé trabajar para alguien. Vivo, viajo, pienso, decido, sueño, para ser una sola persona en viaje de un solo billete.

Vivo sin vivir en mí.

Me voy acostumbrando.

La clave está en aceptar lo que se tiene alrededor.

La felicidad es, probablemente, una decisión.



Por cierto: en algunos blogs no me deja dejar comentarios. Me pasa con varios y también algo pasa con los seguidores... y a quienes quiero seguir. Soy antipático pero hasta cierto límite.

domingo, 3 de julio de 2011

Vendrán días.


Abrir la puerta, clavarme en tí como se clavan los dos pulgares en una naranja, y abrirte por el centro, mirándote a través de las llamas de este incendio en el que nos hemos convertido; y a pesar de la distancia entre tu piel y mi cama, deshacer las sábanas como un animal salvaje remueve la maleza en busca de su presa escondida.

Y arrancarte la ropa con la boca, la voz rota de tu blusa, ya sin botones, hablándome al oído, diciéndome que no es posible apagar el fuego que nos quema como si yo hubiera venido a apagarlo, como si yo hubiera venido a salvarte de algo. Y los tobillos agitándose en el aire, y tus piernas danzando infinitas entre los temblores de las velas, y el sudor del verano, dulce como agua de coco, brotando a borbotones, deslizándose entre las dunas de la piel absorta en sus propios pensamientos, ajena a otra cosa que no sea el otro.

Y mi lengua, disléxica en tu boca, intentando atrapar la tuya, repasándote los labios con la punta, mordiéndote con delicada violencia, como se le da un bocado a un pastel con azúcar glasé por encima y se tiene miedo de manchar la alfombra. Manchar la alfombra ¿eres consciente de que habrá que tirar la mitad de los muebles por la mañana? Quedarán empapados como si hubiera llovido dentro de la casa, gotas de deseo, relámpagos dentro de tu cuerpo, truenos y temblores, que nos dejarán a oscuras cuando amanezca.

Cucharadas de sol

Me dijo algo que me dejó pensativo durante meses. Una tarde, sentados en el sofá, durante aquellos sábados de comida con alma de vino y té de sobremesa, cuando ya habían empezado nuestros respectivos campos electromagnéticos a convertirnos en polos iguales y por ende, habíamos iniciado ese movimiento imperceptible que con la inercia de los días se haría cada vez más rápido e imparable hacia la guerra; esa tarde ella, dentro de una conversación casi anodina, de trincheras de conceptos y palabras como balas, ella dijo que yo no me dejaba querer. No supe qué decir a eso, en cierta forma pensé que era verdad, dije que uno se acostumbra a casi todo, que uno aprende al mismo tiempo a querer y ser querido. Le dije que si no me dejaba querer, entonces quizá tampoco supiera querer.

Entonces le dije que aunque no supiera querer yo la quería, que querer era como todo en esta vida, empeñarse en practicar, la mitad es el conocimiento y la otra mitad el deseo de hacerlo. Entonces pensaba que un puercoespín sin púas no tardaba mucho tiempo en parecer a un hámster y acabar en una jaula.

Creo que aquella tarde fue la primera vez que tuve miedo a perderla. Hasta ese momento creía que nos querríamos siempre, quizá por que a hasta ese instante creí que nos habíamos estado buscando el uno al otro. ¿Qué puse en juego aquella tarde en esa partida de Miedo?

Durante los siguientes meses, empecé a quitarme las púas una a una, empecé a notar la piel más fresca, me ilusionó el contacto con el aire, que antes no atravesaba la coraza de espinas, aprendí a abrazar sin miedo a hacer daño, a coger de la mano con el pecho, me dejé llevar, confié, pero cuánto más me quitaba más inseguro me sentía, cuanto más inseguro me sentía, más tiempo caminaba por los arcenes, me preguntaba si era normal lo que sentía, me preguntaba si era normal que me cortara con los cristales de sus labios, si la luz de sus palabras no me estarían quemando la piel. Y empecé a sospechar que se aprende a querer al mismo tiempo que a tener miedo a perder lo que se quiere.

El tiempo le dió la razón a los vidrios rotos, sucedió todo como si fuera a cámara lenta, empezó a canturrera canciones de adioses, empezó a tener más momentos a solas, como si la seguridad que yo iba perdiendo se la fuera quedando ella. Cuando acabó todo tuve que desaprender a querer y eso sólo se hace a base de heridas.

Sin púas, sin seguridad y herido me metí en un hoyo en el suelo, ni quise saber nada de nadie, me convertí en un topo diminuto e invisible que, desde el fondo de un laberinto de túneles escribía un blog. Escribir me ayudó a comprender que un hombre no es un puercoespín, ni un hámster, ni un topo, un hombre es un hombre y que hay intuiciones que no fallan. Que el que soy y el que seré son el mismo porque sigo siendo el mismo que fui, y puede que las cosas no sean como deberían haber sido; cada día es empezar de nuevo, cada día se tiene la oportunidad de ser lo que quieras ser, comerte el sol a cucharadas, beber el destino, no dejar que nadie te diga como deberías ser, ni cómo amar, porque todo el mundo está equivocado, todos estamos equivocados decimos saber cómo hacer las cosas.

Siempre estamos aprendiendo.

No hay nada peor que tener que decir adiós a alguien a quien quieres porque estar como espectador de su indiferencia se te lleva la vida.

Y sin embargo, al final, casi se olvida.

sábado, 2 de julio de 2011

Encuesta



Os quisiera pedir un favor ¿Cuál de estas dos composiciones os gusta más para una primera página de una web sobre potabilización de agua?


Ahora que todo se va acabando, que me doy cuenta de que, probablemente nunca me he enterado de nada, que me miro en el espejo y sólo veo a un idiota... tendría que haber cerrado este blog hace mucho tiempo, haber abierto otro, acabar la novela, empezar otra, dejarme de todas estos pensamientos distorsionados. Veintiocho entradas más y cerraré el blog. Lo hundiré en el mar como si no hubiera existido jamás.

Creo que hasta aquí he llegado. No sé cómo ni cuándo, ni hasta dónde ni por cuánto tiempo. Cumpliré, por fin, lo que el título del blog prometía.

Creo que estos tres años y medio sólo han sido una tregua, un tiempo extra que me he dado para comprobar si era posible que algo cambiara.

Nada cambia si uno no cambia.

Y yo no cambio. Sigo haciendo infeliz a todo el que se me acerca.

Es tiempo de desaparecer.

viernes, 1 de julio de 2011

Días azules y amarillos, naranjas, a veces noto la densidad del aire a tu alrededor cuando veo alguna fotografía tuya


La voz de tu voz en mi voz, las altas horas de la madrugada, un gota de rocío (o sudor) recorriéndote la espalda. No era necesario el fuego lento de la luz de las velas que encendiste, no era necesaria la fría mañana de la despedida.

Alguna vez conoceré el secreto de cómo el sol incide en tus ojos para darles ese reflejo único e indescriptible. No me moriré sin saber, te lo promento, cómo y para qué se encienden como antorchas las esferas cristalinas de tus ojos sin que se prendan tus pestañas, no sé cómo podía arder mi alma y ahogarse al mismo tiempo, en el cielo-infierno de aquel verano desde el que ya no soy el mismo hombre, como si un hechizo me hubiera robado el alma y desde entonces flotara, dentro de una botella, en algún mar desordenado, a merced de contracorrientes, de que una ballena me engulla o de que una red errante o rota me lleve en su interior para siempre.

El caso es que ayer alguien me dijo que la inociencia ya no se le supone a nadie más allá de los cuarenta y que ya no es posible cambiar de piel como las serpientes sin el necesario veneno, que sólo se puede odiar con la intensidad con la que se ha amado, que odiamos porque nos desnudamos, que la verdad es un país en guerra, que es mejor vivir sabiendo que podemos morir en cualquier esquina y a cualquier hora y que, a veces, uno pierde de vista la realidad de que el sol incide de igual modo en todas las pupilas del mundo y que somos nosotros, como observadores, quienes nos rociamos con gasolina a lo bonzo dispuestos a que una chispa nos condene a una felicidad efímera. Nunca olvides que todo tiene un precio y cuanto más pujes más grande es el premio y mayor la decepción.

Porque uno invierte, puja, apuesta, todo lo aprendido, lo humano que estaba destinado a ser, lo divino que nunca hubiera sido; uno se alquila con derecho a cocina y zonas comunes, se da como se dona la mitad de la paga extra a Médicos Sin Fronteras; uno lo pierde todo para ganar todo lo del otro, que gana lo tuyo y te lo da a ti hasta que se olvida qué es de cada uno, como ese tenedor que no casa en el cajón de los cubiertos y que no sabes cómo llegó hasta allí ni quién pudo creerse su dueño.

Y a partir de una edad indeterminada uno se vuelve más conservador, deja de regalar y guarda para el día de mañana, no se sabe muy bien qué, a sabiendas que la vida no se gasta por el uso, que la vida es un grifo siempre abierto bajo el que ponemos las manos haciendo un cuenco en el que no caben ni el amor ni los planes a más de un año...

... y a veces uno da por perdido lo perdido.

Y otras se pierde en el intento de retener lo que no existe... o no existió.