No me acuerdo cómo la conocí, pero sí cuándo la vi por primera vez. Salía por la puerta grande de un edificio de oficinas, vestida de El Corte Inglés y oro, con un escote sin costuras que le sentaba tan bien que me sugirió el título de un blog y mi epitafio. Le nacían auroras boreales en el pelo que levantaban huracanes de miradas, ardían las retinas a su paso, era una de esas pesadillas que uno no quiere que acaben nunca porque se sabe mero espectador y eso le hace sentir a salvo. Algún demonio había convertido el deseo en realidad y la realidad de nuevo en una quimera y a mí, supongo me pareció un espejismo pasajero que vino tan rápido que creí que se iría de la misma forma... Ese fue el principio de mi inmensa suerte y de mi oceánica agonía. Fue el día más feliz de mi vida.
Y en el que el destino fue más cabrón conmigo.
Yo tenía treinta y muchos, y una casa, y una mujer, y una amante tan, pero tan bonita... a la que mentía diciéndole que lo dejaría todo para irme con ella a vivir muy lejos; pero ese día, ese en el que la vi por primera vez bajando unas escaleras, me rompí la cordura por tres sitios que aún me duelen cuando cambia el tiempo; ¡y como he desperdiciado mi vida desde entonces! no cuento el tiempo a partir de ese instante porque voy detrás de él (del mísero e implacable tiempo) como si me llevara atado con una correa, dócil y resignado hasta que la muerte me cruce la cara y me grite por fín¡despierta!.
Y no es que me pese haberme convertido en esto sin alma que soy ahora, es más, siempre lo he dicho a quien me ha querido escuchar, la locura dio sentido a mi vida, o lo que es lo mismo, me empujó al abismo y mientras caía soñé que volaba.
Sabía que iba a morir a causa de ella, que me llevaría a un estado de enfermedad obsesiva y mortal por sobredosis, que su presencia acabaría siendo mejor que su ausencia, que su cuerpo era una droga, el síntoma, la excusa, y yo el que se cuece a fuego lento, el delirar por las noches, las treguas del fin de semana, las coartadas cada vez más inverosímiles, los celos de todos los que podría conocer a cada instante y el suplicar conociera a otro que se la llevara lejos de mi vida...
... y todo lo que escribí para ella...
Sé que voy a morir de ti,
que tú eres el virus
y yo la fiebre.
que voy a quererte hasta hacerme voz
hasta que te enamores de nuevo
aunque sea de otro hombre que no sea yo,
porque sé que no voy a ser yo.
Voy a odiarte mucho de menos.
LA RESACA DEL INCRÉDULO
Hace 4 semanas
1 comentario:
Eso tipo de personas que te cruzas una sola vez en la vida y que, si la dejas pasar, todo parece un poco más gris y desdibujado luego...
Suerte con ello.
J.
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