Pero en una mesa de juegos, los resultados a diez años visa, no tienen mucho sentido, la bola corre, la rueda gira, y todas las existencias se quedan fijadas en sólo treinta segundos. La estrella polar sabía que el azar era otra forma de karma y que yo era el vehículo, todo lo demás carecía de sentido, un mantra "hagan juego" se parecía tanto a la voz de mi madre llamándome para la cena... hubiese jurado que... de veras, hubiera puesto la mano en el juego, pero...
... era elegante. Vestida de largo parecía una walkiria (sin casco con cuernos, claro), sus ojos permanecían eternamente en la visión de los dioses y los ojos de éstos la preferían a ella. Tenía una piernas perfectas, unos senos hercúleos... o vicerversa, y empecé a amarla cuando la bola se detuvo en la casilla roja, impar, dañina, con los números dorados como su cabellera. Según le daba la luz parecía una estatua de bronce o una vestal esculpida en mármol blanco, quise que no fuera así, pero soy adicto a este juego, y esta vez la misma voz de mi madre, llamándome desde la eternidad, me anunciaba que había ganado. Ganaba de nuevo, mientras tú intentabas entender algo sin conseguirlo, entre un galimatías indescifrable.
Imagino que debo dejar de escribir sin saber qué es lo que quiero contar, no conduce a nada, no nos lleva ni a ti ni a mí a ningún lugar en el que nos sintamos seguros. Ocurre que he llegado tarde a casa, no tenía ganas de leer los correos acumulados durante el día, y quería dejarte algo con lo que te entretuvieras, no creo que lo haya conseguido, te voy a dejar una sensación extraña cuando acabes de leer esta entrada.
Igual era lo que pretendía: que siguieras pensando unos segundos en mí cuando acabaras de leerme.
1 comentario:
Ojos nuevos. Sí.
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