No sé si puedes verme desde el otro lado de eso (lo que sea) que nos separa. No sé si alguna vez tendré la mínima certeza de que sigues existiendo en ese otro no lugar sin tiempo.
Te quería decir que Meritxell se sacó el carnet de conducir y fuimos a Sitges, al lugar donde tanto te gustaba ir, donde una parte de ti vive para siempre. Sigo sin poder entender cómo puedo seguir como si no pasara nada, aun sabiendo que todo ha cambiado.
Todo y nada cambia para siempre, espero que desde ese no allí donde estás ahora estés tranquila porque cuido (como mejor sé) de tus hijos. Me duele mucho no haber podido hacer lo mismo contigo. No supe o no quise ver. No sé si pude hacer nada. A veces pienso que sí.
Siempre he tenido la sensación de que no estoy haciendo lo que había venido a hacer a esta vida. No sé para qué había nacido, no consigo recordarlo. En realidad nadie lo sabe, supongo. O lo sabemos todos, pero con todo el lío del parto lo olvidamos. No sé.
A veces me doy cuenta que no puedo con todo lo que se supone que debería hacer.
No sabría cómo explicarlo.
Quizá debería conectarme a esa máquina que me recomienda el médico.
Me ha escrito Cl. Seguimos teniendo relación profesional y, aunque se me hace extraño el cruce educado de correos electrónicos, intento mantener un tono neutro. Estoy pensando en cerrar el proyecto que tengo con la empresa en la que trabaja, pero eso me perjudicaría.
Cada vez que recibo un correo suyo abro su perfil para ver la foto que tiene con su novio; imagino que dentro de mí sigue viviendo un hombre que aún sostiene la vana esperanza de que en la nueva foto él ya no esté allí; pero sí lo está.
Él nunca sonríe en las fotos. A ella se la ve siempre riendo y muy pendiente de él. Tengo la sensación de que es muy mayor. La primera vez pensé que era su padre que había adelgazado y tuve que mirar dos veces, pero en la que tiene ahora es más fácil ver que no es así. En ninguna de las fotos sonríe. No me gustan las personas que no sonríen. En general no confío en nadie que no tenga sentido del humor, pero si encima no sonríen no me suelen dar buena espina.
Tampoco confío en las personas que acaban riéndose de lo que acaban de decir ellos mismos. Entiendo que es una forma de manipular al que escucha, de predisponerlo a que lo que diga tenga un tono jocoso que no se corresponde con lo dicho.
Creo que, en realidad, no me cae bien la gente. Intento que no sea así, pero es superior a mí. Siempre hay alguien que quiere algo de ti, algo que crees que te pertenece y que el otro quiere para sí. A mí, en general, me importa casi todo un pimiento. No hay nada que otro tenga que yo quiera tener. Puede sonar prepotente, pero me gusta ser así: que me dé igual todo y todos.
Excepto Cl
Porque Cl es un poco como yo. De otra forma, claro. Nunca necesita nada de nadie, cuando está contigo es que quiere estar contigo porque le gusta. Echo eso de menos. Sentir que le gustaba mi compañía y le gustaba que a mí me gustase la suya. Y puede que sea eso lo que no acabe de entender, que ahora le guste estar con alguien mucho mayor y que nunca sonríe en las fotos, alguien que seguramente quiere algo que Cl tiene y que ni ella misma sabe que es. Algo que quiere para sí, algo que no puede ni tan siquiera vislumbrar.
Cl concluye su correo enviándome un abrazo y una entrada para un evento al que ella asistirá y al que yo también debería ir. Me dice que tiene ganas de verme, pero no sé si yo tengo ganas de verla dadas las circunstancias. No me gusta esta situación en la que yo sigo enamorado de ella y ella está enamorada de otro. Y decir que no me gusta es no querer decir que, en realidad, me gustaría morirme y nacer en otra vida en donde no pudiera acordarme de ella, en donde no pueda ni siquiera imaginar que existe.
No le he respondido aún al correo.
Esperaré a que se me pasen estas ganas de acabar con todo, pero no sé si podré porque sé que en cuanto me ponga a escribirle me volverán a venir ganas de acabar con todo.
Y así siempre. En bucle. Hasta que ya no me importe no importarle.
O hasta que un meteorito nos extinga o nos cocine a fuego lento todo eso del cambio climático.
S me llama. No tengo muy claro el porqué. Hace tiempo que pensaba en llamarla, pero ahora no soy capaz de buscar otra voz que no sea la que suena dentro de mí y que me hace seguir pensando en C. El caso es que quedamos mañana para comer cerca de donde ella trabaja. S tiene un puesto importante, pero por alguna razón que no entiendo a veces me llama y comemos juntos. Hay algo que no tiene nombre y que me atrae cuando me llama.
Es como morder un anzuelo. Es saber que no voy a sacar nada bueno y aún así perder todo un día para no saber cuándo voy a recuperarlo. Creo que es a la persona que más respeto en todo este jodido mundo y al mismo tiempo la que creo que podría llegar más lejos si se lo propusiera y eso me hace respetarla un poco menos.
En otro orden de cosas, queda poco más de un mes para que la petita princesa dé su conferencia sobre cuántica y lenguaje en Barcelona
Ella habrá acabado su novela. Me pregunto si yo alguna vez empezaré la mía. Se ha cambiado el apellido. No sé si será más literario. Me gusta creer que las cosas le van bien y que ya tiene escrita su novela.
No sabría por dónde empezar y empiezo por esa parte que no conoces porque en realidad nunca pudiste conocerme. Creo que me he pasado toda la vida huyendo de ser quien soy, aprendiendo formas de ser otra persona, buscando una concha donde meterme y sentirme seguro.
Me pregunto qué sabrá mi alma que yo no sé, por qué no quiere ser ella, por qué busca ser alguien que no sabe si en realidad quiere ser, porque para saber quien se quiere ser hay que saber primero quién se es.
Recuerdo que durante un tiempo estuve buscándome, que abrí este blog para dibujar un mapa. A veces he pensado que quien abrió el blog hace quince años ya no existe, se perdió hace tiempo en alguna parte del trayecto. Suelo fantasear con releer el blog, pero no soy capaz de hacerlo. No me gusta lo que leo, me da rabia no saber escribir.
Ayer vi que C cambió su foto de whatsapp y sale con su nuevo novio. Creo que es bastante mayor que ella.
Parece buena persona. Me duele que pueda llegar a serlo; que yo esté aquí y ella esté feliz al lado de alguien mejor que yo por dentro y por fuera. Me torturo entrando en su whatsapp, y mi tortura es saber que no puedo hacer nada, que quizá pude y no supe.
Hace tiempo alguien me dijo que yo era algo así como una especie de amuleto, que cuando alguien salía conmigo al poco tiempo encontraba su amor verdadero, que después de mí todo suele ir bien.
Odio esa parte de mí. La odio porque es la que me dice que me quieren por como soy y me dejan por cómo quiero ser.
Y vuelvo a lo de siempre.
No sé qué hacer ni quién ser.
A veces pienso que me he equivocado haciendo todo lo que he hecho en mi vida. Y las pruebas están ahí, no sé.
No sé si existe una salida. Lo que sí sé es que no hay una vuelta atrás.
Ya hace días que C ha dejado de llamarme, puede que sean dos semanas.
Y tres días.
Y una hora.
Y diecisiete minutos.
No lo sé con certeza, sólo he hecho un cálculo mental rápido. Soy así, detallista cuando ya no hay remedio, cuando se ha acabado la época de tener detalles con las personas que deben importar porque en realidad importan. Lo de siempre: querer estar en otra parte cuando has estado ahí y querer haber estado ahí cuando estabas buscando estar en esa otra parte que nunca encontraste porque no existía.
N me llama casi todos los días. Dice que tiene ganas de verme, que tengo que salir y que me dé el aire. N tiene una idea de mí que no se corresponde con quien soy en realidad. Con N siempre estoy en tensión, tengo miedo de decir algo que le moleste. Nunca hemos discutido, pero creo que discutir con ella es una mala decisión. Hace años estuve colado por sus huesos, la amaba hasta que me dolía todo el cuerpo. Siempre pensé que estaba fuera de mi alcance, nunca pensé que ella acabaría insistiéndome para que saliéramos los dos solos, como en una cita. Solía pensar en que ella tendría cosas mejores que hacer, así que nos hicimos amigos. Creo que en el fondo sí hubo una atracción mútua al principio aunque yo no me lo acabase de creer, entonces apareció aquél chico alemán y se hicieron novios casi de inmediato. Recuerdo que me invitó a la fiesta en la que lo conoció y yo no fui porque me sentía poco para ella, que creía que los demás pensarían que qué hacía una chica como ella con alguien como yo.
No sé qué decir al respecto, creo que podría escribir mucho acerca de ello y no cambiaría nada las cosas. Ahora nos vemos de vez en cuando, intento pasar poco tiempo con ella con alguna excusa, creo que es de esas personas de las que uno no debe volver a tener esperanzas, en realidad me pasaría la vida en tensión, queriendo ser alguien que no soy para gustarle, alguien que sufriría por perderla. No se puede perder lo que no se tiene, no se puede tener lo que no se desea tener aunque lo hayas deseado con tantas ganas que te temblaban las piernas, no podías dormir, y quizá llorabas algunas veces por no haber ido a aquella fiesta con ella.
Hace días que sé que tengo que llamar a N y disculparme por no haber ido a su casa cuando le dije que sí iría. Creo que ella ya sabía que no lo haría, en el fondo piensa que no me importa, pero no es eso, es que deseo que no me importe. A veces me pasaba algo parecido con C. Me gustaba la forma en que me quería aunque yo no supiera el porqué, pero al mismo tiempo tenía miedo de que alguien como ella se diera cuenta tarde o temprano de que no merecía la pena estar con alguien como yo y acabase por tirar la toalla.
No sabría decir por qué pienso esto acerca de mí, pero es algo que siempre he pensado, que no merezco que nadie pierda el tiempo conmigo, que por mucho que me esfuerce acabaré tirándolo todo por la borda, que no puedo dar nada de mí que dure en el tiempo. Es algo que he ido asumiendo a base de fastidiar relaciones una detrás de otra. Nunca cumplo las expectativas, no puedo mantenerlas en el tiempo.
Me pregunto si todo esto vale la pena o no.
Mientras duermo algo me susurra al oído que no.
Tan seguro estoy que no existe un destino como que éste me alcanzará cuando menos me lo espere. Esa voz que no es mía y que oigo a veces me dice que el tiempo se está acabando, que todo se quedará en un sueño, en una posibilidad que nunca termina de concretarse, en un quizá o en un ojalá que no llegará a ser un Sí o un No.
A veces me duele físicamente no haberlo ntentado con todas mis fuerzas, en no haber creído lo suficiente que podía quererme de verdad, en creer que en realidad sí que existe un destino en el que estaba gravado su nombre junto al mío, un destino con ella y conmigo cogidos de la mano, con más días de fuego que días de hielo.
A veces pienso que se me ha ido la vida limpiando el desagüe por donde se me drenaba aquello con lo que se construye lo que sea eso en lo que nos convertimos cuando llegamos a adultos, cuando llegamos al tiempo en el que dejamos de preguntarnos quienes somos porque ya no importa la respuesta o porque ya no la necesitamos.
Echaré de menos esta lucidez, volveré a sumergirme en un lugar y tiempo impreciso. Quizá conozca a otra C que no será C y seguiré haciéndome preguntas mientras la vida transcurre. Y aparentaré ser de piedra y acero, y seguiré dando respuestas improvisadas que confundan a la realidad (aunque nunca lo que está por venir) y me permita creer que los días no son una cuenta atrás hacia el olvido.
Como si para salvar la capacidad de recordar y así reconocerme tuviera que engañrme a mí mismo y a los demás todos los días; que esa falsedad sea lo único estable y verdadero que tengo que ofrecer, la que me mantiene a este lado de la frontera que me separa del más allá.
Se la lleva la corriente aguas abajo de una vida que sólo le pertenece a ella y en el que bastante tendrá con tener tanta suerte con su nuevo novio como yo la tuve con ella.
Ha llegado el momento de soltar el hilo que me une a su alma, deshacer el nudo que até a mi dedo meñique y que creía que sería para siempre. Técnicamente dejaré de ser una marioneta, ya no moverá sus pestañas y yo moveré mi mano arriba o abajo al unísono. Seré libre en un mundo donde la libertad será peor que pertenecerle.
Voy a echar de menos la bondad con la que se enfrentaba al mundo, su capacidad para no enfadarse nunca, para encontrar lo bueno de las cosas que no son tan buenas, todos aquellos momentos en los que necesité necesitarla y ella estuvo ahí, invisible pero presente, dueña de un respetuoso silencio que sólo conoce abrazos. A veces me pregunto cuánto tiempo queda suspendido, ese que no notas que pasa, me pregunto también si el suyo y el mío fueron distintos, si las horas que pasó a mi lado en los malos momentos fueron un suspiro o una inmensidad inabarcable.
Me gustaría pensar que no hubo tanta diferencia, pero dentro de mí habita la certeza de que no puedo medirlo igual, ni tan siquiera aproximado el uno del otro. Dicen que el no dormir libera suficiente cortisol como para que la química cerebral te vuelva más huraño. No sabría decir si fue eso, o si no tomé las decisiones adecuadas, o si yo ya era así mucho antes de conocerla, aunque si lo pienso con detenimiento creo que sé la respuesta, y la sé porque hubo un momento en el que tengo la certeza de que C me quiso y si de algo estoy seguro es que no podía querer a alguien como el que soy ahora. Ese que ha sustituido al que solía ser.
C se fue definitivamente de mi vida. Lo hizo de una forma elegante y discreta, claro que yo ayudé en lo que pude; no volví a llamarla. Me dijo que lo mejor sería que hubiera un tiempo prudencial en el que no nos comunicáramos y comprendí que había decidido que el tiempo y la distancia hilaran una tela de araña donde atrapar cualquier amago de buenos recuerdos.
Hace años, cuando holandesita me dejó y fui a ver a una psicóloga me dio una pauta que al final fue acertada: tres semanas sin hablar, sin llamar, sin hacerme el encontradizo y todo se calmaría. No funcionó para mí. Seguí echando de menos a holandesita al menos tres años, pero a ella le vino bien para desengancharse de mí.
Así arda en el infierno aquella psicóloga de la que ya no recuerdo ni su nombre.
Funcionará para C, que necesita ese tiempo para olvidarme. A mí me quedarán otros meses más, quizá algún año. No se me da bien desprenderme de las personas que quieren desprenderse de mí. Por el contrario, se me da bien olvidar a quien no me importa, por lo que llego a la conclusión que a C ya no le importo.
Y hace bien (si es que eso fuera una acción).
Al final las cosas vuelven al lugar al que pertenecen. Dentro del caos siempre hay un orden invisible en el que vuelvo a estar solo.
Ahora más que antes.
Podría decir que eso no me importa, pero es que ya no me importa casi nada...
Hoy es mi cumpleaños y C me llama para felicitarme. Ha roto la regla de las tres semanas. Me dice que me echa de menos, que no sabe si va a poder vivir sabiendo que yo sigo existiendo en otra parte y no vamos a volver a hablarnos.
Le digo llegará un día que no se acordará de mí, como no se acordaba de su ex cuando estaba conmigo, que hay un punto de saturación de recuerdos, un número finito de personas a las que podemos tener presentes, que un día tendrá hijos y todo quedará reducido a un puñado de personas-satélite orbitando su día a día y que es lo que suele organizar el tiempo cuando va teniendo espacio para ello.
"Somos el amor imposible de alguien que ni siquiera sabe que existimos" le digo "o que ya no se acuerda de nosotros". Me gustaría pensar que a mí me pasará lo mismo. "Un día yo también dejaré de pensar en ti" le miento. "Somos hijos del presente".
Me sorprende que sea yo quien hable de olvidar cuando estoy siendo yo el que más tiempo libre tiene. Al fin y al cabo ella sigue con su nuevo novio, y sólo me llama para que seamos amigos, para que yo pueda fingir que no me pasa nada y así ella pueda estar segura que no me ha hecho tanto daño.
A veces amar es fingir que no te duele tanto que el otro deje de amarte.
Creo que C no se irá para siempre, creo que lo intentará una y otra vez hasta que ya no le importe, que poco a poco se espaciarán más las llamadas, hasta que quizá tenga hijos, hasta que un día se olvide de felicitarme por Navidad o mi cumpleaños. Olvidarse de algo importante es como un catalizador que inicia una irrevesible reacción en cadena de olvido.
Existimos mientras nos parecemos a los que un día fuimos. Luego, pasamos a ser otro ser irreconocible y que no soporta la comparación. Se olvida a aquél, no al personaje en que nos hemos convertido. Éste no es posible olvidarlo porque no se tiene nada en común.
Sólo es cuestión de tiempo que acabe sustituyendo al que fui.
Entonces habrá terminado todo.
Quizá por eso haya quien se suicide, para ser siempre el mismo. Hay quien entiende qué es lo que ocurre y no está dispuesto a cambiar.
No sé. Daría lo que fuera por saber escribir, que pudiera hilvanar algo. Cada vez que leo una novela me parece tan difícil hacerlo tan bien... dios mío, parece tan fácil y es tan difícil... Me acuerdo cuando hice los cursos de novela en el Ateneu Barcelonés y bueno, yo ya sabía que iba a ser una puerta cerrada a la que se llama y nunca se abre porque no hay nadie dentro. A veces pasa eso. Creo que si lo pienso bien toda mi vida ha sido algo así como perseguir sueños que sé que no se van a cumplir nunca, que lo único que se me da bien es tratar de no fracasar demasiado de golpe, pero aún así sigo intentando llegar a alguna parte en la que piense que todo está bien y va a mantenerse así durante un tiempo.
C me llamó el otro día. Quiere que nos veamos. Había decidido que no nos veríamos más porque sabe (aunque eso no lo dijo) que cada vez que nos vemos es como si tuviéramos claro que no hay otra persona en el mundo con quien queramos estar ni en ese momento ni nunca. Es la sensación que tengo siempre y noto que a ella le pasa igual, no queremos separarnos, alargamos el momento de despedirnos. No sé si eso volverá a pasar alguna vez más.
C es una persona distinta cuando no está a cuando sí está. Como si hubiesen dos C, una que me quiere y otra a la que parece no importarle dejar de quererme. A mí me pasa algo distinto, para mí también son dos personas, pero las quiero por igual a las dos, lo que pasa es que soy un imbécil y no soy capaz de dar importancia a esos detalles que sí les dan por tener a otros. Otros que saben dar a entender a alguien que son importantes para ellos a través de esos pequeños gestos y regalos.
A veces pienso que C merece a alguien mejor que yo, pero entonces nos vemos, hablamos y sé que ella no quiere a nadie mejor, o al menos eso pensaba hasta hace unos días. No sé cómo he sido tan idiota. Estoy acostumbrado a estropearlo todo, pero ahora no quería. Juro que ahora quería que C fuese parte de mi vida, no sé qué me ha pasado, quizá esa absurda idea de que todo el mundo estará mejor sin mí lo joda todo. Si lo paras a pensar resulta paradójico; la idea de que puedo joderlo todo es la que acaba por hacerlo.
Pues bien, hemos quedado esta tarde para vernos en un bar del centro, una de esas cafeterías informales que tanto el gustan a ella y que hay cerca de donde ella vivía antes. Ahora está todo lleno de calles peatonales pensadas para que los niños puedan jugar y así hacer que las familias vuelvan al centro. No creo que eso vaya a ocurrir. No sé si me gustaría que mis hijo jueguen en este tipo de calles. Yo me crié en una ciudad pequeña, donde podíamos ir a los descampados que aún no habían sido cubiertos por todos los edificios que se construyeron. Y cuando eso pasó hicieron parques lo suficientemente grandes como para que tuviéramos una sensación de semilibertad vigilada. A mí, los niños en los centros de las grandes ciudades me producen lástima. Sé que es absurdo, pero ver a gente viviendo en la calle, las aceras atestadas de gente, me llena de pesimismo. No veo que los niños puedan ser felices ahí, vuelvo a decir que seguro que es absurdo, quizá sea porque la ciudad siempre me ha parecido que le falta sol, que los edificios tapan cualquier posibilidad de naturaleza.
Sin embargo quedar con C me provoca una cautelosa alegría. Intuyo que no será como las otras veces, y que, por supuesto, no acabaremos tan tarde como para que quede la duda de si se va cada uno a su casa o los dos a una de ellas, pero eso no quita que bajo mi piel, el animal que todo ser humano lleva dentro meneé el rabo y de saltos de impaciencia.
Estar en este estado hace que algo dentro de mí esté alerta, nunca puedo estar tranquilo cuando algo bueno puede pasarme. Me da miedo que la tarde vaya bien y lo estropee en el último momento, se me da bien ser la imperfección cuando todo va camino de ser perfecto.