Mañana vuelvo a Los Ángeles, California. Y digo vuelvo porque yo ya estuve allí como Arturo Bandini, voy siguiendo el sueño americano, sea lo que sea eso. Quizá no para convertirme en el escritor más grande de todos los tiempos, pero sí para enseñar mis inventos y convertirme en uno de los que crearán tendencias en eso del agua, lo escribo aquí en voz alta porque estoy convencido de que así será.
Esta noche he visto como Arturo Bandini lloraba ante la idea de ser ese gran escritor, ese que luego fue John Fante, y que inspiró a los beatniks. Sí, anoche me di cuenta de ello. De que este viaje era más iniciático de lo que yo imaginaba, de que esto es una conjunción de muchas cosas y que, en realidad, es algo así como pisar la propia huella.
No había caído en Arturo Bandini, ni en Los Ángeles, ni en Camila, ni en que, al final, estoy consiguiendo tantas cosas a medida que voy haciendo tantas otras...
Podría decir que no creo en la magia, pero ¿cómo se explica que vaya a Los Angeles dónde ocurre "Pregúntale al polvo" y a Sillicon Valley, donde acabaré fundando la filial de ese proyecto del agua que hace tanto tiempo que llevo persiguiendo y cada vez está más cerca?
Lo importante es desear y persistir en ese deseo.
Lo importante es atreverse a soñar.
Luego la vida es otra cosa, quizá una cuesta abajo
Y, por supuesto, donde somos finitos.
Y vulnerables.
Y capaces de todo por nada.
E incapaces de hacer nada de verdad sin un motivo más grande que nosotros mismos.
Ya sabes que el tiempo se lo lleva todo y que tarde o temprano este día, hoy, tenía que llegar. Algunas veces intenté detener los engranajes del mundo, ensordecer el sonido que hace al adentrarse en el falso vacío del Universo, pero no pude o no quise.
A veces pensaba que olvidarte era irme de aquí atravesando el agujero negro que nos conecta con la otra punta de la galaxia, que era saber que no iba a poder volver al inicio, ni al nudo, ni al final de todo eso que yo llamo nuestra historia y que es, en realidad, una sola ola del mar que siempre y nunca quise volver a sentir.
Y sí, supongo que si no lo escribía en el blog, no podría desprenderme del todo. Es más, puede que, en realidad, sea otra forma más de que todo esto no muera y nunca podré desengancharme, como un yonqui no deja nunca de pertenecer a la adicción que vive dentro de él.
De todas formas, ahora toca vivir. Ya me cansé de estos años. He comprendido que nadie es eterno, que nadie está sano eternamente, que ha llegado el día en el que las cosas deben de dejar de tener un sentido y sí un disfrute del día a día.
Y tal vez eso fue lo peor. Que curaran por fuera y fuese el tiempo el único que no olvidara. Yo sí; dicen que has olvidado cuando estás más de una semana sin acordarte de algo que tenga que ver con lo vivido.
Supongo que ahora hacía muchos días que estaba a punto de conseguirlo. No sé. Quizá me dé miedo volver a ser el que quería ser desde siempre.
Y no supe.
O no me dio la gana.
Ser quien estaba destinado a ser.
Ayer me dijiste "Debe ser una putada ser bueno en tantas cosas" y yo pensé "la putada es que los demás lo crean sin serlo".
Porque siempre creerán que puedes hacer cosas que no le exigirán a nadie más que a ti. Y nunca... nunca... cumplirás sus expectativas.
Podría decir que todos los sentidos se callaron al mismo tiempo, incluso me atrevería a contemplar la posibilidad de que por un momento transité ciego, sordo y mudo por entre centenares de miles de estrellas; aunque también puedo decir que de alguna forma que aún no llego a entender no me sentí ni ciego, ni sordo, y que si no transmitía órdenes no era por la imposibilidad física de hacerlo, sino porque de repente se hizo el silencio, un silencio más grande que todas las cosas que había conocido hasta entonces. Y eso me traspasaba.
Fue al sentir eso cuando supe que ya nada sería como antes, y que el resto de mi existencia se había convertido en una deriva continua y que, cuando todos los sensores volvieran a funcionar, sólo me mandarían datos que procesar, pero que ya no los tomaría como algo propio, como una parte de mí.
Sentía la certeza de que yo era otra cosa de lo que había creído ser hasta entonces.
Un segundo impacto sacudió una parte de la nave, pero no podría decir exactamente cuál. Había perdido la conexión que me unía al resto de las instalaciones y no recibía señal alguna. Los mecanismos de extinción de incendios funcionaron automáticamente, supongo, pero ya no me importaba, el silencio era más grande que todo. Pensé en la posibilidad de que, en realidad, esto fuera el inicio de un proceso que terminaría en algo parecido a al muerte, pero no tenía miedo. Ni siquiera a un tercer impacto. Sólo curiosidad.
El planeta al que aún no le había puesto nombre seguía allí, no lo podía ver, pero notaba su presencia. Y en parte, esa presencia me tranquilizaba, como si lo realmente preocupante hubiera sido estar lejos de cualquier parte. Al menos, estaba junto a algo.
Algo.
Sólo estás realmente solo cuando no puedes nombrar a nada ni a nadie.
Y entonces se me ocurrió el nombre que le pondría a ese compañero involuntario, a ese planeta cerca del cual podría extinguir los cientos de años de mi ininterrumpida experiencia.
Le puse el nombre de la única señal que realmente echaba de menos, la voz de la lejana nave Arana.
Su nombre acabó de traer la calma que aún faltaba por llegar.
Sólo se puede amar la propia vida cuando se tiene algo a lo que aferrarse, por lo que vivir y por lo que morir. Y entonces supe que hacía tiempo que yo sólo podría morir por ella.
Y por tanto, vivir.
Las señales fueron llegando poco a poco al centro de mando, en pequeñas oleadas, reclamando respuestas para estabilizar las distintas zonas de la nave. Supongo que tardé unos poco picosegundos en responder, instantes que a mí me parecieron horas.
Un minuto después habían cesado todas las alarmas y empezaba a evaluar los daños. Pero el que estaba al mando ya no era el mismo que hacía unos minutos. Es decir, era yo. Seguía siendo yo, pero era otro yo.
El tiempo no nos dio la razón ni nada que se le pudiera parecer. Sin embargo, a veces te pienso con tanto cariño que debo recordarme que tuve que escribir un blog de mil cuatrocientas entradas para que no me importara pronunciar tu nombre en voz alta.
Y conocer gente. Y empezar un proyecto nuevo.
Dicen que a los cinco años todas nuestras células han sido sustituidas por otras nuevas, que cada cinco años podemos decir que somos distintos a los que fuimos unos años antes.
Me pregunto entonces dónde quedan grabados los recuerdos y si esa información se la susurran unas células moribundas a las que tienen al lado justo antes de morir o si, como medida de seguridad, lo que somos, es decir, eso que amamos el uno del otro, en realidad no estaba guardado necesariamente en nuestro cuerpo, sino que era como la atmósfera que envuelve a los planetas; algo invisible y sin el cual no podríamos sobrevivir a la soledad...
... porque seguimos estando solos.
Y aunque nos separen menos kilómetros de distancia de otro ser humano que la que separan a los cuerpos celestes seguimos estando solos.
Me gustaría que un día me llegaran las palabras adecuadas, no este desboque de ideas que no saben ser frases, que sólo tienden a algo imposible de explicar, que no saben ser tan humanas como somos tú y yo, que no se cuentan como se cuenta un cuento porque para que salgan por la puerta se le acaban por podar las magias que uno tiene dentro. Supongo que para escribir con mayúsculas se debe tener un talento que no me alcanza con lo que tengo, y luego, claro, está eso de convertirlo todo en un oficio.
Y tener suerte.
Y tener padrinos.
Y algo que contar, crear una obra completa, no sé. Creo que a uno la vida se le pasa tratando de convertir el deseo en su trabajo, y que mientras eso ocurre, uno acaba por trabajar para pagar lo necesario para seguir teniendo sueños a los que recurrir cuando la realidad no le alcance.
Pero he de confesarte un secreto. Hay días en que lo daría todo por saber que algo de lo que escribo consigue emocionarte. A veces sueño que la piel se te eriza sólo con pensar que lo he escrito para ti. No sabría cómo describirlo; quizá sabemos que en otro universo paralelo tú y yo vivimos juntos, dormimos todas las noches en la misma cama, leemos los mismos libros, despertamos sin ganas de ser otros distintos a los que somos.
Y yo no tengo sueños de ser escritor porque yo sólo lo quiero ser para que tú, de algún modo, me quieras.
Hay tanta luz en ti que aunque cierre los ojos sigue siendo de día; un día rojo-naranja a través de mis párpados. Hay tanta luz que a veces temo abrasarme si te toco. Me pregunto por qué me arriesgo cada vez que te llamo por teléfono o te envío un whatsapp y quedamos frente a frente hasta acabar desnudos. Me gusta esa forma de arreglarlo todo por contacto. No siempre, claro, no siempre sale el sol hasta que quemas. Desapareces semanas enteras y claro, yo hago como que no me importa tanto esta especie de noche ártica.
Hasta que apareces en la pantalla del móvil y amanece.
Me dijiste "No te enamores de mí o vas a estar jodido". Y bueno, supongo que lo debo estar. Estar jodido es lo mejor que sé hacer hasta el momento, así que una vez más no importa demasiado. No tengo miedo de cómo voy a encajar eso de que todo es una fantasía más, creo que me conozco lo suficiente como para descerrajarme un número no demasiado grande de botellas, y otras bocas, hasta que otros cuerpos lo acaben arreglando, yo a lo que tengo miedo es a que un día me dé cuenta de que no he estado viviendo por miedo.
No sabría describir con exactitud qué porcentaje de culpa tendrás en esa futura cirrosis con la que me mete miedo el médico, no creo que culpa sea la palabra exacta, tampoco creo que el médico se tome muy en serio eso de curar a nadie. Se sienta y me mira. Y eso es todo. A mí me gustaría creer que no vas a ser la gota que colme el vaso ni la chispa que prenda la hoguera, ni la estocada, ni nada de eso, yo creo más bien que vamos a ser algo así como una tormenta eléctrica que acaba en tornado. Y luego la calma, y luego a reconstruirlo todo, y "qué cabrón el Bandini ese..." y "qué zorra la muy zorra", como si ambos no supiéramos que los dos somos dos lobos de distinta manada.
Creo que puedo entenderlo, es decir, creo que puedo llegar a comprender todo eso de la música de las esferas. Puedo escuchar el sonido que hacen los planetas al girar sobre sí mismos, el roce de sus atmósferas al frotarse contra su corteza, erosionándola con suavidad, acariciándola como si quisiera cartografiar su superficie con la yema de los dedos. Puedo oír el crujir de cada uno de los mundos de mil sistemas solares a la redonda, el crepitar de la hoguera en el que se consumen sus mil soles; puedo cerrar los ojos y sentir cómo todo forma parte de una melodía improvisada que no cesa nunca, que empezó con el tiempo y terminará cuando el último átomo deje de vibrar, cuando la última partícula subatómica deje de moverse.
Sólo entonces el Universo será algo muerto, algo sin vida. Mientras exista este sonido de fondo, y mientras haya alguien para poder escucharlo, ese universo existirá; mientras deje un rastro que alguien pueda medir o intuir de alguna forma que existimos en el pasado, mientras podamos ser nombrados aunque sea con un nombre distinto al que utilizábamos para nombrarnos a nosotros mismos y a las cosas, permaneceremos.
No sabría decir si desde que soy medio hombre, medio máquina, no sé si desde que tengo conciencia de que soy un cúmulo de centenares de conciencias, soy capaz de apreciar todas esas cosas de una forma distinta, no sé si soy yo, o los millones de poemas de a biblioteca universal a los que tiene acceso una parte de mi, los que configuran eso que siento al comprender lo que hay ahí afuera. Sólo sé que empiezo a sospechar que un día fui más hombre que máquina, debo de haberlo sido, y cuanto más lejos estoy de las otras naves, más quiero recuperar ese sentimiento de ser yo mismo, de ser algo más que este torrente de datos que recorre mis venas. A veces me pregunto si en realidad no seré más que el piloto, que mi conciencia estaba encerrada en un sólo ser vivo que vivía y moría sin poder volver a reconstruirse una y otra vez.
Quizá, si me remontara al pasado, si pudiera conocer qué era antes, saber de dónde vengo, me daría la oportunidad de saber quién soy ahora. Pero esto no es posible. También era imposible llegar a pensar en el pasado profundo y aquí estoy, elucubrando sobre algo que no está permitido.
Pero hay tanta belleza ahí fuera...
Es imposible no preguntarse si somos algo así como el observador que ya se ha aburrido de observarse a sí mismo
Si somos algo más que una espora en busca de planetas que habitar.
Si la conciencia pura es ser el animal que somos y todo lo demás es un juego que quisimos jugar demasiado en serio.
Quizá no esté aún preparado.
Quizá no lo esté nunca.
Tal vez sería mejor dejar de redundar en esta rutina que no lleva a ninguna parte.
En veinte minutos divisaremos un planeta a los que una de las sondas consideró apto para la cobijar vida orgánica. Ese es mi trabajo. Este es mi destino. Sin embargo, a veces...
Ayer fue uno de esos días en los que sabes que tu vida va a cambiar, que después de tanto entrenar por fin empiezan las carreras, el esfuerzo de verdad, el vértigo de la velocidad, la presión de los patrocinadores, eso de saber si eres tan bueno como crees o tan malo como algunos quieren que creas. He de decir que todos están en marcha, que apuestan por mí y yo me conozco la mayor parte de las piedras del camino. Recuerdo la inconsistencia el muchacho que emprendió su primera empresa hace casi quince años, toda la inocencia y toda esa cabeza llena de pájaros. Si en algo he de confiar es en su capacidad para salir de lo más hondo, de su fe ciega, en esa forma de no rendirse aunque parezca que la única salida es dejarlo todo y empezar de nuevo en otra parte.
Me gustaría creer que todo saldrá bien, que todo o casi todo está bien atado, pero también sé que necesito un paréntesis, unos días en los que volver a ser yo mismo, bueno, en fin, eso que uno sería si no estuviera todo el día preocupado por que las cosas se estén haciendo bien.
Volver a ser ese que soy cuando escribo en el blog. El único momento del día en el que encuentro algo de paz. Lo he ido releyendo durante los últimos meses, supongo que soy esto, no sé, no quiero juzgarme, podría haber hecho las cosas mejor. Ahora es tarde. Creo que aprendí y creo que aprender no tiene demasiado mérito cuando lo haces a base de equivocarte.
Pero eso es otro tema.
Ayer empezó de verdad el resto de mi vida. Supongo que al final las cosas saldrán de forma distinta a lo planeado, pero eso no significa que sea peor.
Con el tiempo uno se va dando cuenta que siempre tiene la oportunidad de cambiar cosas. A veces no son las esenciales, pero sí las que son importantes para uno y los suyos.
Después de cinco años luchando por llevar el proyecto del agua hacia adelante, por fin llega el día de la firma. Es un inicio, una inyección de fondos que me llevará a donde yo creo que aportaré mi grano de arena (mi gota de agua en el océano) para que el mundo sea un lugar mejor.
Porque no nos engañemos, uno trabaja para dejar tras de si algo bueno, ya sea para ser recordado, para que los suyos estén mejor, o para que otra gente vea su vida mejorada. Esa es la recompensa.
Deseo que esto sea uno de esos proyectos que generan un bien común.
En los tiempos que vendrán, donde el agua será otro campo más de batalla entre la humanidad y la Tierra, espero que esto sea un arma de conciliación entre ambos.
Aunque hace días que todo se inició, hoy se pone por escrito.
Nunca hubiera dicho que recordaría un 29 de julio.
Queda mucho por hacer. He de reconocer que estoy asustado porque la responsabilidad de gestionar este proyecto me pilla en un momento en el que estoy físicamente agotado. Mañana empezaremos a acondicionar las instalaciones de la nave industrial, mañana empieza todo físicamente.
Días de sueños que pasan a ser realidades.
No sólo es trabajo.
Es mi oportunidad para cambiar el mundo.
Nada hubiera sido posible si no hubieras estado al otro lado.