miércoles, 28 de abril de 2010

Love vs. Hate


Suena el teléfono (nº oculto). Sé que es ella. Cinco años sin tener noticias y tres llamadas en cinco días. Algo no cuadra. Y ese algo que no cuadra intuyo que es peligroso; es peligroso y tiene algo que ver conmigo. Volvemos a los viejos tiempos. Esos que nunca saben volver con dignidad.

"Sorpresa. Estoy en Londres" me dice. Qué más me da Londres, que Shangai que Sebastopol. No tengo un duro. No voy a mover un dedo por ti. "¿Qué haces en Londres?" le pregunto. "Vinimos a ver a los padres de Philip. Mañana celebrarán las bodas de oro. ¿No te parece algo increíble? cincuenta años juntos". Ahora entiendo las llamada, estaba preparando el camino, un camino que no sé a dónde me llevará, pero no importa; ella tampoco sabe aún a dónde conduce.

"¿Vendrás a Barcelona?" pregunto. Ella responde rápidamente "Y si fuera así ¿querrías verme? Cuando nos despedimos dijiste que no querías volverme a ver nunca más ¿recuerdas?". Tiene razón, demasiada razón, lo dije. Es el tiempo el que me va volviendo blando, el que encharca mi memoria, el tiempo es quien perdona todo, no yo.

"No nos despedimos, te fuiste. No me dejaste ni una nota. Bueno, me dejaste al gato aquél, seguro que ni te acuerdas, lo encontraste en la calle una semana antes. Menudo bicho más malo. El gato, quiero decir, me destrozó los muebles".

"No, no creo que vayamos a Barcelona. No se nos ha perdido nada allí. A Philip le gustaría aprovechar el viaje para tratar unos negocios y yo estaré unos días libre. Podrías venir tú a Londres" me dice. "¿Para qué?" pregunto. "Para hablar" contesta. "Ya estamos hablando, M"

Deja de hablar del viaje, habla de Philip, de sus suegros, de un cottage, de un caballo que ella monta todos los días, de su vida en Shan(j)ai, de sus amigos, de...

"Te aburres mortalmente M" le digo. "Todo lo que no tenga que ver contigo es aburrido ¿verdad?" suelta ella al otro lado. "Ambos sabemos que te aburres. Tú te acabarías aburriendo hasta de no aburrirte" digo.

"Puedo hacer lo que quiera, puedo comprar en una tarde lo que tú estarías toda la vida ahorrando sólo para comprarte el catálogo" dice. "Sí, claro ¿En serio puedes comprar lo que quieras? ¿puedes comprarme a mí para que vaya a Londres?"digo con sorna. "Por supuesto" dice.

"No, ya no, M." le digo "¿Estás con alguien?" pregunta. "Puede" en seguida que acabo de decirlo sé que la he cagado. "Así que no estás con nadie" dice. "Puede". Me duele ese puede, me duele porque sueño todas las noches que me despierto y puedo ir hasta el estudio y hablarle a la palmera del jardín de delante. Me duele que precisamente M tenga la oportunidad de hacerme daño.

"Eres demasiado bueno, mi niño. ¿Cuándo aprenderás que a las mujeres nos gustan muy malos?" dice. "Creí que yo te había gustado" contesto. "Tú tienes esa mezcla de peligrosa bondad, tienes esa capacidad de sorprender, pero siempre acaba por salir tu vena de boy scoutt y la acabas cagando". Quizá tenga razón, quizá sea esa la explicación a todo. No me preocupa que después de cinco años, en una sola frase haya hecho más que tres años de psicoanálisis. Debí creer a mi psicoanalista cuando me dijo entre risas que me curaría o me arruinaría. Era de los buenos y de los caros. Consiguió lo segundo a medio camino de lo primero.

"¿Qué soy yo? Toni ¿qué tengo yo que te atraigo?" "Que me atraías, querrás decir". Se ríe. "Si me prometes que quedamos, cojo un vuelo a Barcelona". "No te veré, M. Ni que adivinaras dónde vivo y llamaras al timbre" digo. "Veo que lo has superado muy bien, chiquitín" dice.

Sé que ahora esto se ha convertido en un reto, que me llamará desde el aeropuerto o que incluso averiguará dónde vivo y se plantará en mi casa. Pero no porque me quiera, sino porque nada ni nadie puede escapar a ella. Esta vez sí, esta vez yo ya he escapado. Pero no ha sido ni el tiempo ni el orgullo el que ha puesto tierra de por medio, ni mis llamadas que nunca respondía el día de su cumpleaños, ha sido otra cosa que no tiene nada que ver con ella, una casualidad podríamos decir; apareció otra persona capaz de sorprenderme, alguien que me enseñó a no ser ni bueno ni malo, sólo a ser yo, a curar mis adicciones. Y entre todas ellas me curó el odio que sentí por M. Se odia con la misma intensidad que se ama a alguien y ninguno de los dos sentimientos deja paso al olvido. Comprendí que había vida después de ella. Ahora todo eso ya no importa. Ahora sólo importa ese "puede" que supo a "no".

martes, 27 de abril de 2010

Visado


Desciendo como por una cuerda hasta el piso de abajo sólo que lo hago por las escaleras. Unas escaleras angostas y peligrosamente inclinadas, una trampa para elefantes. Me acuerdo cómo las subías o las bajabas, cómo la utilizabas para sentarte y se acercaran los gatos. La escalera sigue igual, no han caído más elefantes por su hueco, a veces yo tropiezo, eso es todo.

Desciendo y abajo hace más calor. No logro entenderlo, el aire frío siempre se desplaza hacia abajo porque pesa más que el caliente. Abajo se está bien, demasiado bien. Vuelvo a subir. La luna llena me llama. Eso explicaría algunas cosas; el licántropo que llevo dentro por ejemplo, las ganas de morderte, esta obsesión por la noche, por esa otra luna que se filtraba por tu ventanal sin cortinas. Me quedo sentado sobre las tejas, quisiera aullar pero pienso en los niños de los vecinos y en cien mi noches de futuros insomnios. Desisto de gritar pero cierro los ojos. Cierro los ojos y sueño que la luz de la luna me baña y deseo con toda mi alma que los dos estuviéramos juntos. No hay nubes. Me gustan las nubes, si hay algo que realmente me gusta es un bonito cielo salpicado de nubes blancas y limpias.

Hoy no tomo decisiones. La luna me lo impide. La luna me susurra que grite bien fuerte ¿existirá algún lugar en el mundo donde nadie te escuche si gritas lo más fuerte que puedas? Quiero creer que sí, que en algún rincón del desierto hasta la arena no quiere oír. Digo tu nombre flojito como si fuera un deseo al soplar las velas de un pastel de cumpleaños. Me gustaría saber escribir para que pudieras estar orgullosa de mí, para que volvieras a quererme sólo un poquito, lo suficiente como para dormir contigo todas las noches, lo sufieciente como para que bailásemos descalzos otra vez por el salón de mi casa.

El reloj marca las 0:00 y yo tengo aún que enviar un correo al colegio de ingenieros. Nunca me creí eso de ser ingeniero. Yo sólo quería tener un trabajo. Después de todos estos años sigo aprendiendo cómo se hace un plano, sigo aprendiendo las cosas más simples, otras no, en otras soy un jodido experto, no sé hasta dónde ni desde cuándo pero eso ya no importa. La luna llena lo inunda todo. Yo ya no soy nada, no tengo ningún atributo, ni profesión ni nada. Sólo soy un hombre sentado en un tejado con los ojos cerrados que te añora. No estoy triste, no estoy contento, estoy en calma, en paz conmigo mismo.

Me siento delante del ordenador. Acabo el anexo y lo envío. Nadie sabrá que historia precede al documento técnico 19 0000432 que alguien mañana visará a precio de oro. Nadie sabe, nunca nadie sabe nada.

lunes, 26 de abril de 2010

Teléfono


Suena el teléfono. Una cifra indecente de números me indica que me llaman desde muy lejos. Si es de tan lejos sólo pueden ser dos personas. Apuesto. Apuesto y pierdo. No me importa, no pienso pagarme, además, deseaba perder.

"Hola" me dice en un tono neutro. Sólo ella es capaz de llamar después de cinco años y de despedirse con un "luego te llamo" y conseguir que me alegre de escucharla. "Hola, M" le digo. Se hace el silencio, quizá se arrepienta de haberme llamado. "Temí que te hubieras cambiado el número" me dice.

Podría decirle que lo conservo por ella, que incluso después del acoso de mis acredores seguí teniéndolo por si llegaba esta llamada. La temida y tan esperada llamada. "Soy un animal de costumbres fijas" le miento "el mismo lugar, los mismos amigos, la misma novela sin acabar, el mismo número de teléfono. Ya sabes" todo lo contrario que tú, estoy a punto de decir. He imaginado esta conversación como el que sueña que le toca la lotería y hace planes de en qué se lo va a gastar. He soñado con su voz, con el lugar desde donde me llamaría, si estaría en Barcelona y nos veríamos, he imaginado todas las posibilidades. Todas.

"Me he casado" me dice en el mismo tono neutro. Y yo caigo en la cuenta de que entre todas esas posibilidades no había tenido en cuenta ésta. Aturdido le pregunto "¿con John?". "No" responde. "¿Desde dónde llamas?" sin saber ni que estoy diciendo. Silencio. "Bucaré el prefijo luego, no importa". "China" dice por fin. "¿Te has casado con un chino?" estoy a punto de preguntar pero no lo hago. "Philip es de padre inglés y madre china" me dice como si me leyera el pensamiento. Como hace años, cuando sí podía leerme el pensamiento. Y yo a ella. "Nos casamos en noviembre, en Shangai" pronuncia Sanjai y en esa j sé que la he perdido para siempre. "Me alegro de veras, M. Menuda noticia. ¿Por qué no me avisaste antes? Te hubiera hecho, os hubiera hecho, un regalo". Se encoje de hombros al otro lado del teléfono. Lo sé porque siempre se comunicó con un lenguaje gestual que no comprendía que al otro lado del teléfono alguien no pudiera verlo. "No sé. Supuse que no te alegrarías".

Hablamos. Hablamos un rato. Yo tratando de hacerle entender algo que ambos sabíamos que no era cierto y es que me alegraba, ella tratando de enterrar con esta llamada una parte de su pasado, una época, a la chica que fue. Le digo que le irá bien. Ella me dice que tendré suerte. Nos despedimos con un adiós mutuo, uno de esos adioses que llevan incluído un "si voy por Barcelona no te llamaré". Cuelga. Cuelgo.

Podría haber acabado aquí, podría no haber escrito esta reflexión que, probablemente, sobre. La decadencia debe ser esto: tratar de expresar lo que hace mucho tiempo que has perdido y no te has dado cuenta hasta ahora. Llevo una mala racha, años y meses de mala suerte, no lo voy a negar. También sé que la mala suerte es más bien producto de dejar de buscar la buena suerte que del azar. Saco fotografías antiguas y van aparaciendo otras más nuevas mezclándose unas con otras, me pongo nostálgico. La nostalgia es un sentimiento inútil que se asocia a lo que has querido, la nostalgia sustituye al objeto querido y al sentirla creemos que podemos estar en posesión, de nuevo, de él.

Te llamo por teléfono. No me lo coges. Cojo el libro de Concha y por fin soy capaz de leer. Creo que la llamada de M. me ha dejado calma, una inexplicable y peligrosa calma y en cierta forma, me alegra. M, en China y yo entre estas cuatro paredes. Todo en su sitio. Quizá sí sea un animal de costumbres. Un animal que quizá esté empezar a salir de su letargo.

domingo, 25 de abril de 2010

Vídeo: Ice Dance - Danny Elfman



A veces me siento como si llevara unas tijeras en las manos con las que corto todo lazo que estrecho, como si las personas a las que quiero fueran cometas a las que les corto sin querer la cuerda y luego ya es imposible volver.

Al principio creí que tenía mala suerte. Ahora sé que soy yo.

sábado, 24 de abril de 2010

AQUEL INESPERADO NOVIEMBRE EN EL QUE CASI ME CARGO (SIN QUERER, ESO SÍ) YO SOLITO ESTE PLANETA o CÓMO RENUNCIÉ A SER EL ANTICRISTO o TODO... 1ª parte


Toda la noche sin dormir dando vueltas en la cama. Desde que te fuiste duermo poco, como demasiado, me persigue Hacienda por avalar tus facturas, cariño.

Es el tiempo el que agita mis persianas y no el viento. El viento no sabe llevarse nada, no quiere llevarse nada, no sopla, evita mi calle, lo veo mecer las hojas de los árboles de la gran avenida desde mi ventana como diciendo "te estoy esperando". Pero por mi calle no pasa. Al principio los vecinos lo comentaban como una curiosidad, luego empezaron a formarse corrillos en la puerta del supermercado, entre todos contrataron a un perito que determinase qué impedía al viento transitar por nuestra calle.

El perito hizo mediciones, buscó en el plan general de ordenación municipal el laberinto por el cual el viento discriminaba nuestra calle nº 15 y después de cobrar sus honorarios señaló un edificio dos calles más arriba que desviaba en su dirección natural cualquier corriente de aire. Dos años de lucha vecinal dieron por fin sus frutos y doce familias vieron como el edificio donde vivían era echado a bajo por los servicios municipales de Acoso y Derribo en una sola tarde, tarde en la que el alcalde inauguraba un nuevo centro cívico con equipamientos tan modernos que nadie sabía para qué servían y que nunca se usaron.

Pero el viento siguió sin pasar por mi calle. Fue entonces cuando mi vecina del primero primera, dios la tenga la primera de la lista para llevársela, reparó en mí y tomó por cierta la dudosa coincidencia de tu marcha de mi casa y la incomparecencia del viento a las tareas que le corresponden por el cargo que ocupa. Dos días después de que el perito apareciese boca abajo en la cuneta de la carretera que une nuestra ciudad con la capital, vino a visitarme a casa un comité de investigación ciudadana con una serie de preguntas (129 para ser más exactos) a las que respondí con indiferencia y sin invitarles a galletas ni nada de nada. El asunto de las galletas no hizo más que añadir un agravio más a la ya de por sí tensa calma con la que mis vecinos me obsequiaban a diario, haciendo turnos de vigilancia y siguiéndome a donde quiera que yo fuese.

(Se da el caso que tuve que viajar a Dubai por negocios y que hasta incluso allí me siguió una representación del comité de vigilancia ataviados con ropa que no llamase la atención, sombreros y gafas de sol; para más inri dio la fatal casualidad que reservaron los asientos adyacentes al mío por lo que nos pasamos todo el viaje haciendo como que no nos conocíamos, mirando hacia otra parte, hablando con acento mexicano para dirigirse a mí cuando era del todo imprescindible).

Cuando volví, el tema del no obsequio de galletas se había salido de madre y ya casi nadie se acordaba de que todo empezó por la extraña desaparición del viento. Nada más llegar (las maletas estaban aún sin abrir) un grupo de exaltados derribó la puerta de mi casa, me amenazaron con punzones, cuchillos y ¿¿tridentes?? mientras otra parte del grupo iba a la cocina, se apoderaban del bote de galletas y tras repartirlas entre todo el grupo de asaltantes se las comieron mirándome fijamente y en silencio. Luego se marcharon.

Hace días que todo ha vuelto a la normalidad. Mi vida transcurre entre las acusaciones veladas de brujería y mi trabajo como ingeniero químico. El viento me sigue a todas partes, divertido. Pero sigue sin pasar por mi calle. Y sin llevarse tu recuerdo.



PS: Desde mi ventana veo mi calle iluminada por decenas de antorchas que llegan hasta mi portal. Qué bonito.

PS2: Llaman a la puerta ¿quién será a estas horas?

2ª Parte



Llevo diez días encerrado en casa. Afuera, en la calle, condensa lentamente una neblina con los vahos de los vecinos y el humo de los coches y que va camino de convertirse en una nube; una nube sucia y pegajosa, inmóvil, ajena al viento que la desharía o se la llevaría. Como esa nube emponzoñada sin el viento, así me siento yo sin tí.

Hace tiempo que la asociación vecinal perdió la esperanza de que el viento airease la calle. Después de más de veinte edificios derribados (los primeros por orden municipal y los últimos a pico y pala enarbolados por la turba desesperada) los vecinos se volvieron huraños y cesaron las reuniones para poder encontrar soluciones (o señalar a un culpable al azar y despellejarlo, o destinar los recursos de las fiestas a la construcción de un ventilador gigante). Cabizbajos y paquidérmicos, los niños van al colegio con la ropa húmeda que sus madres hace tiempo dejaron de tender para que se secara al sol. Los niños juegan en otros barrios, algunos se han ido a vivir con parientes que viven apenas una calle más abajo, por donde sí pasa el viento con la misma irregular regularidad de siempre. Y los adultos miran desde detrás de las ventanas, desalentados, la niebla preguntándose si se trata de un castigo divino o si, simplemente, el fenómeno (más bien la usencia de éste) responde a una causa científica.

Hace un mes ocurrió algo que nos dió esperanza durante un corto espacio de tiempo. Bajó la temperatura bruscamente y la nube se condensó provocando una lluvia fina que alivió momentáneamente el bochorno irrespirable de la calle. La alegría duró poco. El tiempo que tardamos en darnos cuenta de que aquella lluvia espesa venía a empaparlo todo con una consistencia y un olor nauseabundos, que las cloacas desprendían un sonido como a lodo, que aquello más que un alivio suponía la constatación de que si algún día el viento se dignaba a pasar por la calle y llevarse el aire enrarecido, nos quedaría el recuerdo impregnado en las paredes de los edificios, en las aceras, en el brillo asesinado en las carrocerías de los coches.

Diez días llevo escuchando a Camela. Enloquecido y con los ojos vidriosos de ver todos sus vídeos una y otra vez, enferma el alma, enamorado locamente de la Angeles u odiándola a muerte según el momento y el estado de mi corazón. Te echo de menos y todas sus letras me traen tu recuerdo con el repiqueteo de la caja de sonidos del órgano del tío de los tres que ni canta ni actúa ni nada de nada.

Algunas noches cuando consigo dormir te requetesueño y me hundo en las aguas oscuras de tus ojos que en otro tiempo fueron cristalinas. Otras veces sueño que me ahogo y al contrario de lo que pasaría si lo hiciera de verdad, cuanto más me falta el aire menos angustia siento y sólo la idea de que la tranquilidad absoluta me supondría la muerte y con ella la imposibilidad de volver a verte, me devuelve poco a poco la respiración. Sé que tarde o temprano llegaré a la conclusión (supongo que también en sueños) de que es mejor llegar hasta el final pero de momento todavía mantengo el control y siempre vuelvo a la superficie de tu mirada en las fotografías con las que he empapleado el piso. Y allí permanezco... hasta que vuelvo al ordenador y enloquecido, a la visión compulsiva de los vídeos de Camela.

La vecina del primero primera ya no me odia, ha pasado a la indiferencia. Y si bien todavía algunas veces derrama cubos de agua cuando yo paso y aplica al charco que se forma una corriente eléctica considerable (cualquier día hace caer las líneas de alta tensión una tras otras desde Mataró hasta Grenoble) ya no lo hace con aquella vivacidad en el rostro y se ve que su maldad se ha tornado en una malicia casi inofensiva empujada por una inercia cada día menos veloz y que, el día menos pensado, dejará de interesarle realmente mi presencia en este mundo. Llegado ese día, no sé si lo soportaré. De momento, estoy tranquilo porque me responde, eso sí, sin aquella voz de ultratumba, a mis buenos días con su clásico y entrañable "hijo de la gran puta".

Pero sigo pensando en tí aún a la una de la madrugada y escuchando "lágrimas de amor" a todo trapo. Te imagino lejos y en compañía de otro que no soy yo, en un hotel quizá, en su casa de campo tal vez, a bordo de un lujoso yate, caminando de su mano por la playa. En cualquier caso, acabo por volver a pensar y escribir y eso me aporta cierta calma. La calma me hace bien, hace que me de cuenta de las cosas y que, en consecuencia tome decisiones. Mañana vuelvo al trabajo. Lo he decidido. El jefe no ha parado de llamarme y no le he cogido el teléfono. Tal vez esté molesto. Tal vez por eso sus mails amenazándome con despedirme al principio y despidiéndome después.

Creo que si le cuento lo de la ausencia del viento, lo entenderá.

miércoles, 21 de abril de 2010

Mezcla de verdad y misterio


Esta noche las horas pasaban rápidas y despacio, conté las 5:19 en el reloj de cifras rojas, me costaba no ser el sombrerero de Alicia, me costaba no esperarte a que regresaras de nuevo. Luego dormí más de lo que tenía previsto. Esta mañana hubiera resultado del todo improductiva y ha sido la que más lo ha sido de todo el año. Todo día lo doy por perdido si he sentido ganas de salir corriendo, si no doy un abrazo espontáneo, si no canturreo o bailo. Ya sabes, esas cosas por las que me tomáis por loco. He decir en mi contra que este año llevo demasiados días perdidos, días que no han de volver.


Esta noche las horas iban cayendo suavemente como los pétalos de rosa sobre la chica de American Beauty, sólo que esta vez caían sobre ti, haciendo un rumor como de viento entre las hojas cada vez que tú te dabas la vuelta. Llovían pétalos y la casa olía extraña, los de la cisterna regaban la calle con un sonido sordo, sin hablarse entre ellos, como una hermandad convencidos de la necesidad de abrazar un voto de silencio, llevándose los restos de la vida aguas adentro, dejando las aceras como recién puestas. Me puse por encima la manta y me senté en el sofá mientras oía, cada vez más lejos, a las serpientes y su silbido de agua.


Esta mañana ha sido, probablemente, la mitad de todo el año (y encima estas ganas de escribir) y he abierto el calendario de la Fundación Vicente Ferrer en el que dice que Podemos erradicar la pobreza. Y no sé por qué me he sentido sucio, me he sentido lento y viejo, casi sin derecho a la queja, viviendo en un mundo difícil lleno de facilidades de uso, de pago, de educación, de futuro. Y sólo se me ha ocurrido quererte (quererla, recordemos que moriría por ella) porque puede que la razón que tengo para hacer las cosas es querer. Y no digo amar, o el amor, o... no, digo simplemente querer, porque las cosas sencillas tienen nombres sencillos y otros... otros llevan demasiado tiempo en las estanterías de los supermercados. Aprender a querer es lo que erradicaría la pobreza... el resto viene solo.


El resto viene solo. El resto está en ese beso de la mañana, en esa no exigencia de las grandes palabras por muy cortas que sean. Buscar la felicidad en las cosas es desviarlo todo, buscar la felicidad... me recuerda a algo que leí, decía algo así como que lo que más infeliz me hace es tener que salir a buscar la felicidad... la búsqueda... no sé, me suena al que sube en ascensor a casa después de llegar del gimnasio.


martes, 20 de abril de 2010

vídeo: Anthony and the Johnsons - Hope There´s someone

Quizá, después de todo, haya un sentido para todo esto. Ya sabes, quizá en algún lugar haya alguien esperándonos.

lunes, 19 de abril de 2010

El niño guisante


Le pregunto al polvo si era esto lo que me venía anunciando desde hace meses. El polvo, bueno sus motas, suspendidas e invisibles, me hablan tan despacio que probablemente me contesten dentro de dos o tres años. Su respuesta será ambigua, como siempre, ni si ni no, quizá un tal vez, puede que sólo se encoja de hombros. El polvo sobrevivirá al tiempo, ya lo veréis.


Pienso en todo las cosas que he hecho, en todo lo que empecé porque creí que eso me convertiría en hombre. Viajé miles de kilómetros en busca de fortuna sin hallarla, hablé con otros que antes que yo se convirtieron en hombres, tomé decisiones temerarias e inicié negocios visionarios. ¿Qué queda ahora? No soy más hombre. Sólo soy yo más viejo, cuando tenía diez años ya era viejo y lo era porque sabía que saldría al mundo a convertirme en hombre y eso me asustaba. Me asusta lo desconocido, puede que no tenga diez años pero he de confesar que tengo miedo a no saber aún en qué consiste eso de ser adulto.


Amé. O eso creía. A mil mujeres, a cientos, o quizá tan sólo a una. Aprendí cosas que se suponen que sólo saben los buenos amantes, me deshice en mil sábanas que eran como un gran lienzo, supe qué susurrar y dónde clavar mis dientes, con qué caricias sueña la piel sin atreverse a pedirlas, qué sonido tiene el universo cuando se quiebra por la mitad. Quizá decir que amé es demasiado, quizá sólo quise, quizá sólo te he querido a tí, y tal vez fuiste la gran única esperanza de conocer qué es el amor, quizá ahí perdí el conocer que es ser de verdad un hombre.


A veces me siento como Simbad el marino, como Ulises, como Marco Polo. Me siento tentado de sentarme a contraluz y en los rayos que crea la persiana de mi habitación intentar atrapar una sola mota de polvo con los dedos, detener el tiempo en ese minúsculo instante y pedir el deseo de que no te fueras nunca.


Pero ya te has ido. Te fuiste antes de que te conociera, mucho antes de que yo no tuviera la certeza de que nunca sabré exactamente en qué consiste ser ese hombre del que todo el mundo habla y que interpreto como si fuera un personaje en una obra de teatro, un papel que improviso todos los días, desde que me levanto hasta que caigo agotado en un sueño que no repara nada, que sólo maquina estrategias para seguir sin ser descubierto.


Últimamente sospecho que entre querer ser hombre y dejar de ser un niño he dejado de ser uno y otro, que no tiene demasiado sentido irse y quedarse, sin llegar a partir ni construir un hogar. Es por eso que hace días que voy dejando miguitas de pan, no para encontrar el camino de vuelta sino para que encuentres tú el mío. Ya sé que no es fácil pero si te sirve de consuelo, yo moriría por encontrar el tuyo.


Cosas



Me levanto con migraña. Me tomo un espidifén y me vuelvo a meter en la cama. Empieza bien la semana, me digo, la gran semana, me corrijo.

Probablemente sea una estupidez lo que voy a decir pero es así como lo he vivido. Cuando me he despertado esta mañana he tenido uno de esos momentos de gran lucidez, uno de esos momentos de no-yo en los que creo ver las cosas desde un punto de vista no personal, no sabría cómo explicarlo, como si no me contase excusas y todo lo viera como en una película en la que el director no quiere engañar al espectador.

Llevo varias horas despierto, dando vueltas, queriendo que todo haya sido una pesadilla. Pero no lo es y una vez tomado conciencia de todo, sólo me queda una opción: Asumir los errores y actuar.

Actuar y empezar a andar.