domingo, 31 de mayo de 2009

vídeo: Moby - whispering wind

Tarde de fiebre y cama. Me pongo esta casi nana y mientras me voy a la cama. Y vuelo, sobre todo vuelo.

Vídeo: Massive Attack - Live with me

sábado, 30 de mayo de 2009

Una casa baja a pocos metros del mar


A veces me pregunto qué hubiese ocurrido si no hubiese cogido el teléfono, si hubiese dejado que, como algunas veces hago, sonase hasta agotar el tiempo y llamar más tarde o si, simplemente, no hubiese escuchado la llamada. Eran casi las once de la noche. Hubiese podido hacerlo y tal vez hoy seguiría siendo el mismo que soy ahora y su vago recuerdo sería una pesada piedra que, de vez en cuando, se me caería encima sin aplastarme del todo al leer una de esas noticas con las que, muy de tarde en tarde, los periódicos nos aleccionan acerca de lo inútil de la muerte. Probablemente no hay nada tan revelador como ver la estupidez del suicidio de un extraño desde la distancia. Pero cogí el teléfono; en realidad me alegró que en la pantalla del teléfono móvil apareciese su nombre y que aquella palabra que la definía por encima del resto, me indicara que ella, en ese preciso momento, estaba pensando en mí con tal fuerza que se veía en la necesidad de llamarme. Descolgué y todo fue rápido. Colgué, llamé a una ambulancia, bajé al garaje, cogí el coche, salí en dirección a su casa y pasé toda la noche con ella en urgencias.
En seguida supe que no tenía nada que ver conmigo y que, en realidad, la decisión de abandonar el mundo era una decisión a medias, que nunca quiso algo distinto a llamar la atención. Que eligiera un método con antídoto, que me llamara a mí para que pudiera desencadenar el rescate, fue una mezcla de lucidez de última hora y de grito de socorro del que se está ahogando y, enfrentarme a aquella certeza, me produjo un desencanto que atenuaba la alegría de que hubiese podido salvar su vida. Al fin y al cabo, el mensaje que quería hacernos llegar era el que no podía soportar aquello que la rodeaba y entre todo y todos yo era un motivo más, una razón que pesaba poco o mucho en la balanza que se decantó finalmente por la muerte. Así que, en lugar de sentirme aliviado, empecé a sentirme culpable y comprendí que no había podido aportarle un motivo por el cual seguir viviendo sino uno más para dejar de hacerlo. Aquello me llenó de zozobra y, poco a poco, fue configurando una imagen más oscura y mezquina de la que tenía hasta entonces del hombre que yo era. Me sentí más egoísta, y aunque fuera ella la que me dejara unos días antes, sabía que entre todo lo que nos dijimos y lo que había sucedido aquellos meses flotaba un reproche implícito a aquella imposibilidad de hacerla feliz aunque no de hacerla infeliz. Después de varios intentos y coacciones por parte de ella de no poner los hechos en conocimiento de su familia conseguí localizar a uno de sus hermanos y me fui a dormir. Dormí bien, quizá porque al liberarme de la tensión mi cuerpo debió de tomar las riendas y decidió que ya pensaría más adelante. Tal vez mi mente consideró que lo sucedido ponía en duda todos los plantamientos que me ataban a la cordura, que dotaban de sentido la existencia que había llevado hasta entonces. Después seguimos viéndonos, paseamos por la playa y pusimos las cosas en orden. ¿La seguía queriendo? Me temblaban las piernas cuando estaba junto a ella, me moría de ganas de abrazarla, quería que volviésemos a seguir lo que habíamos empezado y ella había cortado de raíz. Sin embargo sabía que aquello era imposible, que dentro de ella había una sima insondable que, aunque yo estuviese dispuesto a explorarla, era un territorio sólo y exclusivo de ella y que en aquella tarea de sobrevivir a semejante abismo yo ya había sido relevado como miembro de la expedición. ¿Buscaría a otro? Tal vez.
El tiempo nos fue separando. El silencio se instaló entre nosotros dos como lo hacen las telarañas en una casa abandonada, lentamente y fuera de la vista del ojo humano. Tres meses después conocí a Esther y aquel encuentro me salvó de entrar en una espiral de la que, probablemente me hubiese costado salir si hubiese permanecido mucho más tiempo solo. Esther me quiso y yo sentí aquél cariño con un agradecimiento infinito y de no ser por el miedo que ambos teníamos de repetir errores del pasado, hoy seguiríamos juntos. El tiempo no es el gran enemigo, el gran enemigo es la esperanza.

Cuando se suicidó Hemingway, García Márquez escribió que "había muerto de muerte natural" y, en cierta forma para algunas personas puede que sea así. Creo que eso sólo ocurre cuando has conseguido todo aquello que quisiste y te das cuenta que eres una mala influencia para los demás.

Cuando a Víctor Frankl le venía alguien a la consulta con depresión éste le preguntaba ¿y por qué no se suicida? el paciente siempre daba un motivo: mis hijos, mi esposa, tengo algo que acabar... Siempre hay un motivo por el que seguir viviendo. Yo tengo claro por qué sigo viviendo. ¿Y tú?

jueves, 28 de mayo de 2009

jueves por la tarde


Me he pasado la noche abrazado a tí, a tu espalda, oliendo tu pelo, saboreando tu nuca y con las palmas de mis manos persiguiendo tu ombligo, encajados el uno en el otro como dos piezas de tetris. Ha sido una noche de nubes y de ventana entornada para que tanto ardor no pudiera arrebatarme el sueño. Me desperté solo esta mañana y es extraño, tal vez por que creía que te despegarías de mí de una forma violenta como una pieza de velcro a otra e irremediablemente me transportarías en un parpadeo del mundo de los vivos que sueñan al de los que mueren ahogados en la rutina. Pero me desperté poco a poco para hacerme a la idea de que, en realidad, dormimos a kilómetros de distancia, de que soñar que te sueño es el pedazo de realidad que me salva y a la vez me condena a vivir el día como una cuesta hacia arriba que bajo por las noches deslizándome sobre tu espalda desnuda, esperando a que te vuelvas y me busques la boca, esperando que un día, me despiertes de golpe y me digas "Mierda, me he quedado dormida", pero que seas esta vez de carne y huesos, y piel y pelos de loca, pero que existas.

Universo flotante (como el parket pero todo aire)


El universo se contrae en un chasquido, como el crujir seco al partirse una rama, como el crepitar sordo de la masa de una crep en el instante que toca la superficie incandescente de una plancha demasiado caliente. Abro la ventana para que se airee la habitación (siempre, desde niño me gustó mucho más escribir "avitación" y me llevé un gran chasco cuando descubrí que las palabras no le pertenecían a uno aunque nombrase cosas muy suyas, sino que pertenecían a todos o a casi todos, así que, en secreto cuando necesito describir mi lugar en el mundo me lo llamo avitación aunque duela a la vista a otros que no soy yo). Pues eso, cuando el universo se ha contraído y he necesitado abrir la ventana, ha sucedido algo. Algo inexplicable, algo sorprendente. He descubierto una nueva flor en el centro que tengo encima de mi mesa de trabajo. La he tocado con el dedo, me he levantado para verla desde otro ángulo, he mirado alrededor por si alguien más me observaba hacer eso pero nadie miraba, quizá porque trabajo solo y desde casa. Alguien puede pensar que una nueva flor no es nada extraordinario teniendo en cuenta que es primavera. Lo sorprendente es que el resto de flores y helechos son de papel y plástico.

Click, clack, clown



_ Haz click _ me dice.
_ Clack_ digo.
_ Noooooo_ me grita. Luego parece calmarse de repente y dice con cierta serenidad_ Así no.
_ Click_ digo después de un esfuerzo considerable de concentración.
_ Así está mejor_ dice_ pero deberías practicar más.
_ ¿Qué?_ pregunto.
_ Ya estamos _ dice levantando la vista hacia el cielo.

El cielo

Me encantan los cielos con nubes. Éste, el de la cabecera, me sobrecoge; me deja sin palabras, me calma, me arriostra.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Todas las paredes


Las tres. No puedo dormir. Me gustaría poder dejarme ir, abandonarme y caer desde muy arriba y muy despacio pero por alguna razón no puedo. Algo permanece encendido dentro de mí, como un disco de vinilo que ya ha acabado y el tocadiscos sigue girando y girando. Me he levantado y casi he acabado una botella que ya estaba abierta, sea lo que sea eso sigue encendido y no le afecta la nocturnidad que contiene el color verde del vidrio. En lugar de hacer algo útil (siempre puedo adelantar el trabajo que mañana no podré empezar hasta que el café inunde de aristas de soja mi torrente sanguíneo pasadas las diez) repito, en lugar de hacer algo útil viajo por blogs recién descubiertos. Escucho canciones. Escucho lamentos. La vida parece mucho más interesante si todo te va de puta pena pero resistes como un héroe cotidiano, me pregunto si quejarse de lo insustancial de la vida es, en realidad, una forma de esconderse de ella, si el ser un verdadero héroe no es aceptar que, en realidad uno está solo. Me pregunto también si los blogs no serán una especie de agujero negro donde las almas en pena encuentran su particular terapia de fracasados anónimos y quién se beneficiará de todas estas horas muertas, palabras hundidas. Topo con uno que me engancha, hurgo en sus entrañas buscando algo a lo que agarrarme. Surgen coincidencias extrañas: algunas canciones repetidas, algún poema, un libro, una ciudad. Decido salir de allí corriendo "No es tu mundo, en ese no hay insomnio ni novelas que nunca acabarás, no hay paredes agrietadas a base de puñetazos. En ese mundo ella no se ha ido, nunca se fue. En ese mundo ella se habría quedado" me digo, pero sé que volveré a pesar de todo. Regreso a las entradas de la tarde. A estas horas tengo ya el alma impermeable, envasada al vacío, la podría tirar al suelo y sonaría como un filete estampándose contra la pared. Intento leer algo ligero, Murakami, Kafka en la orilla, y ni siquiera puedo concentrarme en ello. Cada vez estoy más despierto y me arrepiento de haber sacado a Ulises de la cama para ocuparla yo y luego dejarla desaprovechada. Ulises se habrá ido al sofá. Como a un buen gato le gustan las cajas pero prefiere el sofá. Penélope, en cambio, prefiere la silla del ordenador del piso de arriba, ignoro el porqué. Quizá no exista un porqué.
Poco a poco voy encontrando cierta paz. Es como si al tocadiscos se le fuera acabando las pilas. Una polilla se ha colado por la ventana atraída por la luz. Me duele la espalda. El bicho me susurra al oído que seguirá sin dejarme dormir y se ríe. Me da igual. Me voy a la cama...

Joder, y encima tengo unas ganas terribles de comerme una hamburguesa.

martes, 26 de mayo de 2009

La primera


Me voy cansado de esperarla, cansado de soñar con que tenga una última deferencia conmigo y me mande al infierno de una vez por todas, cansado de que su silencio me persiga como un lobo hambriento todas las noches, cansado de vivir pendiente de una llamada que nunca llega. Me voy pero sin embargo me quedo en el mismo sitio en el que estoy, en realidad sólo abandono la esperanza de que se comporte conmigo de tal forma que yo pueda detentar algo parecido a la dignidad, algo que me recuerde que soy un hombre y no uno de esos animales amaestrados que mendiga un trozo de pan con una pena infinita en esa cara que un día fue la de una fiera salvaje. La esperanza te mantiene vivo; la espera te envejece. ¿Dónde está la frontera entre la esperanza y la estupidez? Yo te lo diré. Está allí donde sabes que no hay vuelta atrás posible y tienes todavía la sensación de que un golpe de suerte lo cambiará todo. De que escribirás una novela y un día, en una presentación, la verás a ella entre el público y tú estarás deseando que acabe para que se te acerque y te vuelva a mirar a los ojos como antes y como por arte de magia vuelva a ser el día antes que ella se fuera para siempre. Sí, la frontera está ahí pero como siempre, las fronteras sólo sirven en los mapas, no hay líneas pintadas que atraviesen los prados, las montañas, la vida. Sé que envejeceré en esa espera y que, tarde o temprano, perderé la esperanza. Mientras, pasan los días, se llenan de botellas vacías los rincones de la cocina, crecen telarañas en el techo, llegan cartas de deshaucio, me amenaza la policía con detenerme si siguen las quejas de los vecinos. A veces pienso que sería mejor irme muy lejos, a otra ciudad, a otro país pero sé que lo haría por ella y no quiero. No quiero vencer al tiempo, quiero vencerla a ella, quiero hacerle trizas la ropa, morder su piel desnuda, hundirme en ella como un cuchillo en la mantequilla, quiero que me suplique que no deje que se vaya de nuevo.
Sospecho que será una larga noche, que el bicho leerá lo que pienso y vendrá a por mí armado hasta las cejas pero no me importa, sólo estoy escribiendo para crear la primera página de la novela, sólo estoy agotando el mineral precioso y amargo del desengaño porque sé que mi sitio está en otra parte, donde mueren las nubes y nacen los charcos.

lunes, 25 de mayo de 2009

Ahora que ya no me importa.


A veces escribo sobre algo que ya no siento hasta agotarlo, como una mina a cielo abierto. Vuelo sus paredes, horado pozos insondables, escribo NO PASAR SIN CASCO en cartelones de madera. Y trabajo en turnos de ocho horas... y a base de olvidarla la olvido pero regreso al día siguiente y al levantar una piedra, allí está de nuevo, cada vez en menor cantidad y peso, brillante al sol aunque en bruto, su voz y su nombre que. pulidos con al herramienta palabra, queda lista para soltarla como a un pájaro curado. Cuántas veces habré creído expoliado el mineral de la tierra, cuántas veces habré querido volver de nuevo al hierro y el fuego. Hoy vino el señor ingeniero, han abierto un nuevo pozo en el este y quieren que me traslade allí con la menor brevedad posible. Le he respondido que no puedo aún, que he de acabar este trabajo.
A veces escribo sobre algo que me duele hasta que ya no lo siento, hasta que se me entumecen los dedos de tanto buscarla entre los cubos de basura del alma, como se busca algo valioso tirado por error, antes de que llegue el camión e irremediablemente se pierda para siempre.

A veces sé que crees que aún sangra la herida pero ya no. Tú crees que aún moriría por ella pero ya no. Ahora se ha acabado. Todo tiene su fin. De igual forma que tiene su principio, toda obsesión se diluye con el tiempo.

Ahora sí estoy preparado para terminar la novela.

domingo, 24 de mayo de 2009

Un día como hoy


A veces quisiera volver al instante antes de conocerla, detenerme en seco, dar media vuelta, no haberle mirado a los ojos, quizá así no tendría que hacer el esfuerzo de obligarme a olvidarla. Otras veces me pregunto cómo pude vivir hasta ese momento, qué había antes de ella, me pregunto en estas tardes de domingo cómo se puede sobrevivir con la mitad del aliento que uno tiene.
Yo entonces ya sabía que hay ciertas miradas que suenan como las colas de algunas serpientes, que la belleza es una enfermedad hereditaria que provoca la muerte. Yo entonces ya lo sabía, y me creía inmune a los hechizos y a los contagios. Y empecé a quererla como se quieren a las fieras que crías desde cachorros: sabes que pueden partir a un hombre en dos pero tienes la absoluta certeza de que nunca te lo harán a tí.

Pero te equivocas. Y basta con un solo zarpazo, con un simple mordisco, una palabra tan solo.

vídeo: Toni Zenet - Soñar contigo