A veces las cosas se sienten para siempre, sin más dolor que el que ya dolió, sin más alegría que la que hay detrás de uno de esos mensajes tuyos por whatsapp.
Supongo que las cosas son así y mejor dejarlo tal cual.
Y si por si acaso vuelves a volver por aquí, ya sabes, estaré en la misma casilla de salida, intentado empezar de nuevo.
Creo que lo que peor se me da es la incertidumbre. No soy bueno gestionando nebulosas ni gatos de Schrödinger. A veces parece como que soy capaz de dominar todo eso pero la verdad es que no sé cómo hacerlo en absoluto. Para mi, la incertidumbre es como estar en un bote a la deriva y esperar a que un barco te rescate. Casi nunca hago planes, sólo me limito a tratar de sobrevivir hasta que llegue ese día.
Curiosamente siempre acaba llegando. No sé cómo lo hace pero el caso es que lo acaba haciendo. Siempre ocurre algo que hace que las cosas se salven en el último instante. Si pudiera planificar mejor todo eso de no saber, tal vez nunca llegaría al borde del desastre, al "nos queda agua sólo para un día" o al "habrá que comerse a Harry".
De todas formas, hoy esto escribiendo esto porque no encuentro la voz para el libro. Intento escribir cosas y no sé. Creo que he intentado tantas voces que ahora no soy capaz de dar con la voz. Una voz que suene sincera, fría y empática al mismo tiempo. Al fin y al cabo no quiero que parezca literatura ni quiero que sólo sea información.
Me gustaría creer que encontraré a ese personaje que siempre he ido buscando. Pero no sé si es el lugar ni el momento adecuado. Podría soltar un chiste de vez en cuando, pero tampoco es eso. Como ya he dicho no se me da bien la página en blanco, crear mapas de la realidad, yo soy más de senderos y de pensar poco, o de pensar mucho y decidir poco, no estoy seguro.
Hoy tendré una reunión de socios. Una reunión que no augura nada bueno. Como siempre al borde del desastre y como siempre encontraré un punto de partida hacia otra parte.
Me faltan vidas para vivir esta vida.
Quizá lo más sensato hubiera sido dejar que todo se fuera a la mierda y empezar de nuevo.
Me gustaría empezar de nuevo.
En esa frase se resume todo. Conservando sólo lo que he leído y lo que he inventado. Sólo eso.
Y flotar en el mar sin barco que me rescate ni tener que comerme a Harry y con agua para muchos días.
Pero tal vez todo eso ya esté lejos de mi alcance.
Salió de entre las sombras como el que sale desde una maleza cerrada y abrupta a campo abierto, como el que nace de un parto largo y doloroso, como el que sale de una cárcel después de una condena equivocada, como el que abre una puerta de entrada o de salida para escapar de algo que lleva mucho tiempo pesando ssobre los hombros.
Y no pensó que era una salida, sino que era otra realidad paralela que le estaba esperando ahí desde su primer día, desde el inicio de los tiempos, antes incluso que de que pudieran nombrarse el cielo, el mar, o las estrellas; que en el plano original desde el que dios sigue construyendo el universo, eso, es decir esa nueva vida, estaba escrito en letras grandes al lado de las líneas principales, al lado de todo aquello creado para apuntalar lo que se iba creando.
Tal vez, en algún momento, cuando estaba en el borde, cuando todavía la sombra de los últimos árboles le privaba de los rayos del sol, tuvo esa sensación que uno nunca sabe si identificar con la ansiedad de lo nuevo por venir o con el terror de dejar atrás todo lo conocido.
Pero una excluye a la otra, la seguridad sólo es lo nuevo repetido hasta que deja de serlo, y la aventura es la única forma de vencer a la rutina y al aburrimiento. Al fin y al cabo había llegado hasta allí, había dejado atrás años de viaje hasta la frontera con ese sólo objetivo: llegar.
Como si llegar fuera el final del camino.
Pero llegar sólo es el primer paso después del haber llegado.
Le voy a echar de menos. El tiempo se escurrirá y yo con él, lejos, aguas abajo. Aunque no podamos olvidarnos ya el uno del otro sé desapareceremos entre la bruma de la rutina. Ya sabe, no es nada personal, es esta tendencia mía a destruírlo todo. A empezar de nuevo sobre las cenizas de lo anterior. No voy a disimular que me importa. O tal vez sí. Disimular se me da bien. Creo que llevo disimularndo toda mi vida. Diría que, en realidad, soy otro al que nadie conoce. Alguien que no me atrevo a ser.
Por eso suelo irme, porque a veces llego a cierto límite en el que no me queda más remedio que dejar de ser el personaje y tener que ser yo.
Odio ser yo.
Sea quien sea ese. A veces creo que nunca he sido, sólo he estado pendiente de cumplir con el papel que ejecuto.
Está bien así. No me siento cómodo pero me siento vivo.
Sentirme vivo es lo más cerca de estar vivo de lo que nunca estaré.
Pero últimamente no consigo centrarme, me diluyo. Mi equipo me ha recomendado visitar un neurólogo. Supongo que debería hacerlo. Aunque creo que lo que ocurre es que estoy cansado. Muy cansado. Cansado de estar cansado, de sostener tantas cosas que debería convertirme en gato para disponer de sietes vidas.
Hoy alguien me dijo algo como "parece que estás pastoreando un rebaño de gatos". Me gustó la imagen. En el fondo es algo así.
No sé, me estoy perdiendo. ¿Ves? Igual tienen razón.
Lo nuestro fue un encuentro inesperado. Una mala decisión que se convierte en la mejor de todas. Un fin de fiesta descalzos por la playa. Un levantarse despeinados en una cama apenas deshecha, un cine una tarde de domingo, una despedida con un no te vayas no dicho.
Solo sucedió que yo me crucé en tu camino y tú no te cruzaste en el mío.
Así son las cosas.
No creo que salga vivo de esta.
Tampoco creí que lo lograría esta vez.
A veces las cosas sólo ocurren.
Sin más.
Uno acaba por dejar a un lado todo eso de que existe un motivo para todo. Siempre supe que llegaría el día en el que no supiera de ti.
El gran vacío, la oscuridad y el silencio.
Hay un abismo entre lo que soy y lo que quise ser, porque hay un trillón de kilómetros entre lo que soy y lo que tú querías que fuera.
Maldita nostalgia.
Mi querida y cálida nostalgia.
Mi amada tristeza.
Aún no soy capaz de entender por qué te quise tanto.
Espero encontrar algo que haya escrito que lo explique. Algo que me cure; que me deje sin esta duda que casi siempre quiere ocultar la certeza de que... esa que tú y yo sabemos.
Vivo de notas que nunca me acuerdo de leer.
Que escriben alrededor mío una vida que no me acuerdo de vivir.
Tú lo supiste enseguida o lo supiste al poco de conocerme:
Que nunca fui del todo yo.
Que nunca me atreví a ser el que podía haber sido.
Con el tiempo he ido aprendiendo a vivir así: a ratos. Noches de insomnio y días de no saber muy bien hacia dónde voy. Supongo que no tengo edad para escribir esto, pero tampoco ya nadie me lee. Supongo que un día todo terminará, o todo empezará de nuevo.
Y habrá una tú al lado de ese otro yo.
Y otro yo saliendo a buscar esa otra tú que te sustituya.
Sin lograrlo del todo.
Porque nunca se logra nada del todo.
No existe un todo de la misma manera que no existe un cero absoluto.
Las frases se me escapan si no las escribo aquí. Se van a ese rincón de la memoria donde no hay cámaras de vigilancia que las descubran de nuevo. Se pierden para siempre, se olvidan así mismas como en una especie de suicidio literario. Yo no sé ya si dejé de ser yo en este intervalo de tiempo en el que no soy capaz de reescribir.
Estoy en Bogotá, esperando el vuelo a Barcelona, no me queda mucha batería. El trabajo está siendo muy absorbente. Siempre pensé que cuando funcionara el negocio lo vendería y me retiraría a escribir una novela.
Eso es una trampa, la piedra de Sísifo, No sé cuánto me queda de vida, pero no me gusta esto que estoy haciendo, va demasiado lento, demasiadas pideras en el zapato, demasiados demasiados, agotado de estar agotado, de distraerme, de ser otro que no soy yo, que vive una vida sin mí, sin el la barbárie del bicho gritando y saltando por la habitación como un loco.
Echo de menos aquello. La locura, los días del miedo, los días de no ser demasiado bueno, los de las noches de insomnio, los de aún ser demasiado joven y demasiado mayor para casi todo.
Como siempre me disperso.
En ocasiones, me gustaría desconectar. Desconectar de todo. Perderme unos días, no ser ni estar, sólo la página en blanco y yo.
Entro demasiado en Facebook, no comento nada, sólo entro y leo.
Últimamente salgo a tomar vinos con amigos. No me gusta. Sólo lo hago por perder el tiempo.
Hace unos días que voy a CrossFit. A veces lloro, a veces vomito. Ahora estoy lesionado, volveré en cuanto pueda. El ejercicio extremo me vacía, me lleva a un estado de no sé muy bien qué suerte de paz. Esa paz que no logro encontrar porque el silencio me asusta hasta tal punto que debo llenarlo de ruido.
Es extraño que tenga miedo de lo que más deseo. Que evite todo lo que tenga que ver con alcanzar la paz, como esos perros que perdiguen un coche, pero que no sabrían que hacer si lo alcanzaran.
El miedo es un lenguaje universal que todos conocemos, sabe quienes somos, forma parte de uno como el tener calor o frío. Es tan poderoso que no hay nada mejor que él para sentirse seguro, porque si estás alerta sabes que tienes una oportunidad de salir con vida. Como si de esta vida se pudiera salir con algo distinto a la muerte.
Espero que el darme cuenta de eso sea el primer paso. el primer paso al que siguen muchos más. Todo se reduce a eso: a no dejar de ir hacia ese lado donde el miedo no te paraliza, donde no te domina.
Supongo que el bicho no es más que eso: aquello que sabes que podrías estar haciendo y no haces, la libertad de decir y hacer lo incorrecto, lo salvaje, lo humano. Eso es lo que nos distingue. No es la raza ni la clase social, es el comprender que el miedo no nos lleva a ningún lado, que somos fuertes, que tenemos un poder infinito dentro de nosotros que sólo se acaba cuando morimos.
El resto es morir en la orilla. Es morir todos los días en la misma orilla, perdernos la isla, sobrevivir al mar para no ser hijos del sol y la lluvia.
He hablado del miedo. Está mal visto hablar del miedo porque el miedo se confunde con la cobardía, y sí, ser cobarde es la consecuencia, a veces. A veces sólo es la excusa con la que nos conformamos. Ahora entiendo aquello de que ser valiente es sentir miedo y superarlo.
Releo lo escrito y pienso que no debería hber dejado de escribir. Se pierde el hábito.
La costumbre. Siempre la costumbre.
Lo más difícil de afrontar no es el miedo, es la costumbre.
Demasiado tiempo es demasiado, le dijo él desde el fondo de la habitación.
Ella siguió de pie, estatua y pájaro al mismo tiempo, tan a punto de quedarse para siempre como de desplegar las alas y volar tan lejos como pudiera. Se supone que la vida es un constante tomar decisiones meditadas largo tiempo, pero a veces parece como que todo lo que vivimos pertenezca a esos microsegundos en los que al no saber qué decidir, tomamos una opción entre todas para no permanecer en una duda que nos perturba cada hora que pasa más y más.
Él. Hay días en los que aún sigue creyendo que lo suyo era algo duradero, que si lo piensa fríamente, casi cree recordar el instante exacto en el que ella decidió que debía volar para posarse en una rama y desde allí tomarse unt tiempo para pensar qué hacer. Si regresaba o si emigraba junto a las de su especie.
Si le preguntaran respondería que cuando la vio salir por la puerta tenía la convicción de que volvería, que el instante de no saber qué decidir y aceptar la primera opción que apareciese sucedió días después, no muy lejos de la casa. Quizá en el motel que hay en la carretera que lleva a la colina roja.
Sigue convencido de que si hubiera ido a buscarla aún estarían juntos. También sabe que no hubiera llevado la vida que llevó desde entonces y, en el fondo, eso amortigua cualquier nostalgia, la idea de que todo pudo haber sido distinto.
Todo eso de que la vida fluye.
De que no se detiene.
Que detrás de una cosa sólo puede venir otra.
Que la memoria se llena de más cosas que recordar para tapar otras que siguien ahí como un "puediera haber sido".
Que olvidar es sólo aprender a enterrar como hacen los perros con las cosas que desean ocultar de los demás.
Que al final la vida es también todas esas vidas que no vivimos y enterramos para buscarlas más adelante y que nunca recuperamos porque no tenemos tiempo de hacerlo.
Sólo para que cuando estemos tan cerca del final que lo veamos sin necesidad de hacer hipótesis, podamos mirar atrás y ver viejos momentos como quien mira viejas fotos y poder preguntarse qué hubiera pasado si hubiéramos sido valientes en lugar de ser los protagonistas de esa gran huída en la que convertimos nuestros días.
Sé que un día me despertaré y todo habrá cambiado. Un día todo por lo que he ido haciendo lo que he ido haciendo esto cristalizará en algo diferente. Tan nuevo como viejo, tan humano y tan deshumanizado, tan cercano y tan ciencia ficción al mismo tiempo. Una línea marcada en el tiempo que se junta con el horizonte a la que nunca crees que vas a llegar.
Y llegas.
Hay lugares a los que uno sabe que va a volver. Lo sabe porque hay algo así como un destino que nos arrastra.
Me gustaría creer que las cosas van a salir bien, que sólo es el principio de algo que tiene verdaderas ganas de quedarse.
Y puede que el tiempo no acompañe. Y puede que toda la información acumulada sólo sea la punta de un iceberg que se deshiela. Reconozco que no lo controlo.
Mañana no será un gran día, pero será el inicio de saber dónde estamos.
Al principio creí que esta vez las cosas iba a ser más fáciles, que el tiempo no caducaría, que volveríamos a ser lo que solíamos ser, pero luego me di cuenta que eso no iba a suceder, que las historias están para vivirlas y mientras las vives, para respetarlas.
Supongo que no había otra forma más desastrosa de acabar con todo. No había nada más difícil de negociar que la soledad de los días que iban a llegar. Quizá por eso nunca te llamé ni supe qué decir cuando me escribías aquellos mensajes. Todo lo que soy es lo que demostré esos días.
Ahora las cosas van mejor, me va bien el frío y me va bien soñar de vez en cuando contigo, en lo que podía haber sido y en todo aquello que nunca nos dijimos porque yo me fui antes de que llegaras.
A veces pienso en ti, en cómo hubiera sido como padre, en cómo nos hubiéramos acurrucado juntos para ver la tele en el sofá, en tus primeras veces de todo y en el pequeño profesor que seguramente tienes metido entre ceja y ceja.
El año pasado, cuando estuve en San Francisco, pasé por delante de una galería de arte donde se exponían unas pinturas de Margaret Keane y te imaginé así, como ese cuadro (luego supe que era la Margaret Keane Gallery) y creo que algo se movió dentro de mí. Algo que sabía que tarde o temprano nos encontraríamos.
Luego lo dejé ir.
Y hoy estoy aquí, tratando de no mezclar las cosas, tratando de no mezclar las personas, haciendo caso omiso a la cordura.
El destino. Siempre el destino. Nos quedaban quince días. Después: la nada. El vacío. Las esperanzas perdidas. Lo empezado hace mucho años frente a un abismo, pisando un freno que no funcionaba.
Entonces... entonces me llamó mi casi nuevo hermano y me dijo que encargara mesa para ir a celebrar que nos aceptaban en un proyecto europeo, que teníamos la mejor puntuación posible, y nos pusimos a llorar los dos.
Lo importante siempre es creer.
Creer que todo va a ir a mejor.
Que el tiempo siempre pone a cada uno en el lugar que le corresponde.
Que la diferencia es el trabajo bien hecho y sobre todo: la dedicación, Hacer las cosas bien, pensando en el bien común es fundamental para que las cosas salgan adelante.
Se acercan tiempo interesantes.
Esta noche he dormido peor de lo que esperaba. Supongo que la tensión de los últimos meses no se va en unas horas.